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El océano Ártico cruza un punto de no retorno y altera la base de toda su cadena alimentaria

2 June 2026 at 00:47
Vista del océano Ártico con hielo marino fragmentado y aguas abiertas, escenario de los cambios climáticos y químicos que afectan la cadena alimentaria del ecosistema polar.

Un nuevo estudio científico revela que el océano Ártico habría atravesado un punto de inflexión ecológico alrededor de 2009. La rápida pérdida de hielo marino está provocando una transformación química que reduce una de las sustancias más importantes para la vida marina: el nitrato. Los investigadores advierten que las consecuencias podrían extenderse desde el plancton hasta las pesquerías comerciales del Atlántico Norte y afectar también la capacidad del océano para almacenar carbono.

Durante décadas, el deshielo del Ártico fue considerado una de las señales más visibles del cambio climático. Sin embargo, los científicos creían que la desaparición del hielo marino tendría al menos un efecto aparentemente positivo: permitiría que una mayor cantidad de luz solar alcanzara la superficie del océano, favoreciendo el crecimiento del fitoplancton, los microorganismos que constituyen la base de la red alimentaria marina.

Ahora, una investigación internacional liderada por científicos de la University of Edinburgh muestra que la realidad es mucho más compleja. El aumento de la luz solar está desencadenando procesos químicos que eliminan nitrato del agua, un nutriente esencial para el desarrollo del fitoplancton. Lejos de impulsar la productividad biológica, el deshielo estaría reduciendo la capacidad del ecosistema ártico para sostener la vida marina. 

Los hallazgos fueron publicados en la revista científica Communications Earth & Environment bajo el título Sea ice loss drives a regime shift in Arctic Ocean nitrogen biogeochemistry, firmado por Marta Santos-García, Raja S. Ganeshram y otros investigadores especializados en oceanografía y biogeoquímica marina. 

Un cambio químico oculto bajo el deshielo

El estudio se basa en más de dos décadas de observaciones realizadas en el estrecho de Fram, una de las principales puertas de salida de las aguas del océano Ártico hacia el Atlántico. Los investigadores analizaron datos recopilados entre 1998 y 2023 para reconstruir la evolución química de estas masas de agua. 

Los resultados mostraron una tendencia clara. A partir de aproximadamente 2009 comenzó una disminución sostenida de las concentraciones de nitrógeno disponible, especialmente en forma de nitrato. Esta caída coincidió temporalmente con una aceleración significativa de la pérdida de hielo marino en la región ártica. 

Según los investigadores, la desaparición del hielo está permitiendo que la luz solar alcance amplias zonas costeras poco profundas que anteriormente permanecían cubiertas durante gran parte del año. Esa nueva exposición favorece un fenómeno conocido como desnitrificación bentónica, mediante el cual bacterias presentes en los sedimentos convierten el nitrato en nitrógeno gaseoso, eliminándolo del ecosistema marino. 

El problema es que casi la mitad de la superficie del océano Ártico está formada por estas plataformas continentales poco profundas, lo que amplifica enormemente el impacto de este proceso. 

El nutriente que sostiene la vida marina

Aunque el nitrato suele pasar desapercibido fuera de los círculos científicos, se trata de uno de los componentes más importantes para la vida en los océanos. Está formado por nitrógeno y oxígeno y constituye una fuente fundamental de nutrientes para las algas microscópicas y el fitoplancton.

El nitrógeno es indispensable para la formación de proteínas, ADN y otras moléculas esenciales para todos los organismos vivos. Sin embargo, la mayor parte del nitrógeno presente en la atmósfera se encuentra en una forma que la mayoría de los seres vivos no puede utilizar directamente. El nitrato actúa como una especie de puente biológico que vuelve accesible ese elemento para la vida. 

En el océano, el fitoplancton depende de este nutriente para crecer. A su vez, estos microorganismos alimentan al zooplancton, que sirve de alimento para peces, aves marinas y mamíferos como focas y ballenas. Cuando disminuye la disponibilidad de nitrato, toda la estructura ecológica que se apoya sobre esa base comienza a debilitarse. 

Los autores del estudio sostienen que el Ártico está experimentando una transición hacia un sistema donde el nitrato se ha convertido en el principal factor limitante de la productividad biológica, algo que podría modificar profundamente la composición de las especies que habitan la región. 

Un nuevo tipo de océano Ártico

Uno de los aspectos más preocupantes de la investigación es que no se trata simplemente de una fluctuación temporal. Los científicos describen el fenómeno como un cambio de régimen, es decir, una transformación estructural en el funcionamiento del ecosistema.

Marta Santos-García, investigadora de la Universidad de Edimburgo y autora principal del trabajo, explicó que durante años los modelos científicos asumían que una mayor entrada de luz impulsaría la producción de fitoplancton.

“Nuestros hallazgos sugieren que esta relación ha cambiado: el océano Ártico parece haber pasado de ser un sistema limitado principalmente por la luz a uno cada vez más limitado por la disponibilidad de nitrato, con consecuencias de gran alcance para los ecosistemas marinos, las cadenas alimentarias y el papel del Ártico en el sistema climático de la Tierra”, afirmó la investigadora. 

La consecuencia inmediata podría ser un cambio en las especies dominantes de fitoplancton. Los organismos más grandes suelen requerir mayores cantidades de nutrientes, mientras que las especies más pequeñas pueden sobrevivir en ambientes pobres en nitrato.

Este cambio aparentemente sutil puede alterar toda la cadena alimentaria. Las especies pequeñas contienen menos energía disponible para los niveles superiores, reduciendo la cantidad de alimento que puede sostener poblaciones de peces, aves y mamíferos marinos. 

Menos plancton, menos captura de carbono

Las implicaciones del estudio van mucho más allá de la biodiversidad marina. El fitoplancton también desempeña un papel crucial en la regulación del clima global.

A través de la fotosíntesis, estos microorganismos absorben dióxido de carbono de la atmósfera. Parte de ese carbono termina hundiéndose hacia las profundidades oceánicas cuando los organismos mueren o son consumidos, quedando almacenado durante largos períodos de tiempo. Este mecanismo es conocido como bomba biológica de carbono. 

Si la productividad del fitoplancton disminuye debido a la escasez de nitrato, también podría reducirse la capacidad del océano Ártico para actuar como sumidero de carbono.

En otras palabras, menos nitrato implica menos plancton; menos plancton significa una menor captura de dióxido de carbono; y una menor captura de carbono puede contribuir a acelerar el calentamiento global. Los investigadores consideran que este efecto podría convertirse en una retroalimentación climática adicional que agrave los cambios ya observados en la región polar. 

Diversos trabajos recientes ya habían detectado cambios en las poblaciones de animales marinos del Ártico, aunque las causas concretas seguían siendo difíciles de identificar. El nuevo estudio aporta una posible explicación relacionada con la disponibilidad de nutrientes esenciales en el ecosistema. 

El punto de inflexión de 2009

Los científicos consideran que alrededor de 2009 se produjo un umbral crítico. A partir de ese momento, los registros muestran un descenso continuo del nitrato en las aguas que abandonan el Ártico.

“El ecosistema del océano Ártico alcanzó un punto de inflexión alrededor de 2009. Debemos vigilar muy de cerca cómo este cambio se propaga a través de la cadena alimentaria, porque podría tener consecuencias profundas para todos nosotros, incluidas las pesquerías comerciales del Atlántico Norte”, señaló el profesor Raja Ganeshram, quien ha dirigido esta línea de investigación durante los últimos veinte años. 

El concepto de punto de inflexión climático se utiliza para describir cambios que, una vez iniciados, se vuelven extremadamente difíciles de revertir. En este caso, los investigadores consideran improbable que el océano Ártico regrese a su estado anterior debido a que el proceso está directamente vinculado a la pérdida continua de hielo marino. 

La preocupación también se extiende más allá de las regiones polares. Las aguas árticas terminan mezclándose con el Atlántico Norte, por lo que las alteraciones químicas observadas podrían influir en ecosistemas marinos situados a miles de kilómetros de distancia. Las repercusiones sobre especies comerciales de peces y sobre las redes alimentarias oceánicas aún están siendo investigadas. 

Mientras el hielo continúa retrocediendo a un ritmo acelerado, los científicos advierten que el Ártico podría estar entrando en una nueva etapa ecológica. Una etapa marcada no solo por la desaparición del hielo, sino también por una transformación profunda de los procesos químicos que sostienen la vida marina y ayudan a regular el clima del planeta. 

Pacientes con cáncer abandonan la quimioterapia por ivermectina tras viralizarse afirmaciones sin pruebas

13 May 2026 at 00:51
Botella de ivermectina junto a pastillas sobre una mesa médica, usada como símbolo del debate sobre tratamientos alternativos contra el cáncer.

El uso de ivermectina y fármacos antiparasitarios destinados originalmente a combatir gusanos y parásitos se ha disparado entre pacientes con cáncer después de que el actor Mel Gibson afirmara en un popular pódcast que podían curar tumores avanzados. Médicos y especialistas advierten sobre riesgos de toxicidad hepática, interacciones peligrosas y abandono de tratamientos con eficacia comprobada.

Una nueva controversia médica vuelve a poner en evidencia el impacto que pueden tener las redes sociales y las celebridades sobre las decisiones sanitarias de miles de personas. En Estados Unidos, las prescripciones de ivermectina y derivados benzimidazólicos —grupo al que pertenece el fenbendazol— prácticamente se duplicaron durante 2025, coincidiendo con la difusión masiva de declaraciones del actor Mel Gibson en el pódcast Joe Rogan.

Durante una entrevista emitida en enero de 2025 en el programa The Joe Rogan Experience, Gibson aseguró que tres amigos con cáncer metastásico en estadio 4 se habían curado tras consumir ivermectina y fenbendazol. El fragmento se viralizó rápidamente en plataformas como Facebook, Instagram, TikTok y X, acumulando decenas de millones de visualizaciones en pocas semanas.

El fenómeno no quedó limitado al debate digital. Un estudio publicado en JAMA Network Open confirmó que el interés por estos medicamentos se tradujo en un aumento real de las recetas médicas y del consumo entre pacientes oncológicos, alimentando la preocupación de especialistas en cáncer y salud pública.

El aumento de recetas preocupa a los investigadores

Los autores del trabajo analizaron las prescripciones emitidas en Estados Unidos durante los primeros siete meses de 2025 y las compararon con el mismo periodo de 2024. Los resultados mostraron que las recetas de ivermectina y derivados benzimidazólicos casi se duplicaron en apenas un año.

Entre pacientes con cáncer, el crecimiento fue todavía más pronunciado. Las personas con diagnósticos oncológicos recibieron más de 2,6 veces más recetas de estos compuestos respecto al año anterior. Los incrementos más notorios aparecieron entre hombres, personas blancas, adultos de entre 18 y 64 años y residentes del sur estadounidense, un perfil demográfico que coincide con buena parte de la audiencia habitual del pódcast de Rogan.

El estudio plantea que la viralización de testimonios anecdóticos en redes sociales puede influir directamente en la búsqueda de terapias alternativas, especialmente entre personas que enfrentan enfermedades graves y que buscan nuevas opciones cuando los tratamientos convencionales generan efectos secundarios intensos o perspectivas limitadas de curación.

Los investigadores también alertan sobre un fenómeno creciente: pacientes que recurren a medicamentos originalmente diseñados para otras patologías basándose en experiencias personales difundidas en internet y no en evidencia clínica sólida.

La tendencia también se extiende fuera de Estados Unidos

Especialistas europeos aseguran que el fenómeno ya se percibe en otros países. Desde el servicio belga My Cancer Navigator, una plataforma gratuita de orientación para pacientes con cáncer y sus familiares, explican que desde comienzos de 2025 han observado un incremento notable de consultas relacionadas con ivermectina, fenbendazol y mebendazol como posibles tratamientos contra el cáncer.

Liese Vandeborne y Gabry Kuijten, representantes de la organización, señalaron que no solo son los pacientes quienes preguntan por estos productos. Algunos médicos generales también han sido abordados por personas interesadas en recibir recetas, e incluso algunos profesionales han considerado prescribirlos.

Según explican, buena parte de la difusión ocurre en comunidades digitales y espacios vinculados a terapias alternativas. El fenbendazol, por ejemplo, es un antiparasitario aprobado únicamente para uso veterinario, pero se promociona en internet como una supuesta terapia anticancerígena pese a la ausencia de pruebas clínicas concluyentes en humanos.

Las especialistas sostienen que los pacientes suelen compartir recomendaciones entre sí en foros y redes sociales, donde abundan testimonios personales presentados como pruebas de eficacia. Este tipo de relatos puede resultar especialmente persuasivo para personas con diagnósticos avanzados o que han agotado tratamientos convencionales.

Riesgos de toxicidad y abandono de terapias probadas

Uno de los mayores temores de oncólogos y farmacólogos es que algunos pacientes decidan suspender tratamientos con eficacia comprobada para reemplazarlos por medicamentos cuya utilidad contra el cáncer no ha sido demostrada.

“El mayor riesgo clínico de la automedicación es la posible toxicidad hepática y las interacciones con otros medicamentos”, explicaron Vandeborne y Kuijten. También advirtieron que algunos pacientes podrían rechazar quimioterapia, inmunoterapia u otras terapias estándar con la esperanza de evitar efectos adversos y obtener resultados similares mediante ivermectina o fenbendazol.

La situación se vuelve aún más delicada cuando las sustancias son adquiridas por internet. Los especialistas alertan que muchos productos vendidos en plataformas digitales carecen de controles adecuados sobre composición, pureza o dosificación. En algunos casos, incluso se trata de formulaciones veterinarias no diseñadas para consumo humano.

El hígado aparece como uno de los órganos más vulnerables. La ivermectina y ciertos derivados benzimidazólicos pueden producir daño hepático, especialmente cuando se utilizan en dosis elevadas o combinados con otros medicamentos metabolizados por el mismo sistema enzimático.

Además, los pacientes oncológicos suelen recibir múltiples fármacos simultáneamente, incluyendo analgésicos, corticoides, inmunoterapias y agentes quimioterapéuticos. La introducción de sustancias no supervisadas puede alterar concentraciones plasmáticas y aumentar el riesgo de efectos secundarios graves.

Por qué estas teorías resultan convincentes

La popularidad de estos medicamentos no surgió de la nada. Parte de la confusión proviene de investigaciones preliminares en laboratorio que sí han mostrado ciertos efectos sobre células cancerosas.

Experimentos realizados en cultivos celulares y estudios con ratones han encontrado que ivermectina y fenbendazol pueden afectar algunos procesos biológicos vinculados al crecimiento tumoral. Estos resultados han sido suficientes para alimentar teorías en redes sociales y videos virales que presentan los hallazgos como si fueran pruebas definitivas de curación.

Sin embargo, los especialistas subrayan que existe una enorme diferencia entre observar un efecto en una placa de laboratorio y demostrar eficacia real en seres humanos. Miles de compuestos muestran actividad prometedora en células aisladas y nunca logran convertirse en tratamientos efectivos o seguros para personas.

Los propios investigadores del estudio publicado en JAMA Network Open remarcan que todavía existen muy pocos ensayos clínicos en humanos. Una pequeña investigación que combinó ivermectina con inmunoterapia en mujeres con cáncer de mama metastásico no encontró beneficios claros respecto a la inmunoterapia administrada sola.

Hasta ahora, ninguna gran agencia reguladora del mundo ha aprobado ivermectina o fenbendazol como tratamiento contra el cáncer. Tampoco existen ensayos clínicos robustos que demuestren que puedan curar tumores avanzados o mejorar significativamente la supervivencia de los pacientes.

El papel de las redes sociales y las celebridades

La difusión de tratamientos alternativos a través de figuras mediáticas se ha convertido en un desafío creciente para la medicina contemporánea. Las declaraciones de celebridades suelen alcanzar audiencias masivas en cuestión de horas, especialmente cuando aparecen en programas de gran alcance digital.

En este caso, el impacto fue amplificado por la enorme popularidad del pódcast de Joe Rogan, uno de los más escuchados del mundo. El fragmento donde Mel Gibson hablaba sobre sus amigos enfermos se compartió repetidamente en distintas plataformas, acompañado de mensajes que sugerían la existencia de una supuesta “cura oculta” contra el cáncer.

Los especialistas advierten que los testimonios individuales tienen un enorme poder emocional, incluso cuando no aportan evidencia científica verificable. Para muchas personas, escuchar a alguien famoso relatar una aparente recuperación puede resultar más convincente que leer datos clínicos o estudios estadísticos.

Además, el cáncer es una enfermedad que genera miedo, incertidumbre y desesperación. Esa vulnerabilidad emocional facilita que algunos pacientes se aferren a alternativas que prometen soluciones simples o menos agresivas que los tratamientos convencionales.

Los investigadores consideran que las plataformas digitales han acelerado la propagación de desinformación médica, permitiendo que afirmaciones sin respaldo científico alcancen rápidamente a millones de personas en todo el mundo.

Los médicos piden diálogo en lugar de confrontación

Ante esta situación, especialistas y organizaciones de apoyo a pacientes recomiendan evitar respuestas agresivas o despectivas cuando una persona pregunta por ivermectina o fenbendazol.

“Muchas personas están asustadas después de un diagnóstico de cáncer y buscan recuperar cierto control sobre su situación”, señalaron Vandeborne y Kuijten. Según explican, rechazar inmediatamente estas inquietudes puede provocar que los pacientes oculten el consumo de estos productos a sus médicos.

Los expertos recomiendan mantener conversaciones abiertas y transparentes sobre lo que se sabe y lo que todavía no está demostrado científicamente. También insisten en la importancia de supervisar de cerca a quienes deciden consumir estos medicamentos para detectar posibles efectos adversos o interacciones peligrosas.

La estrategia, sostienen, debe centrarse en la información y el acompañamiento más que en la confrontación. En muchos casos, los pacientes buscan esperanza o alternativas complementarias, no necesariamente abandonar toda la medicina convencional.

Los autores del estudio estadounidense coinciden con esa visión. En sus conclusiones advierten que el crecimiento de estas terapias no probadas representa un reto creciente para oncólogos y sistemas sanitarios, especialmente en un contexto donde la información médica circula de manera descontrolada en redes sociales y plataformas digitales.

El ADN influye en los escalofríos que provoca la música y el arte

23 February 2026 at 11:00
Persona con auriculares cerrando los ojos mientras escucha música y siente un escalofrío emocional

Un estudio con más de 15 000 personas revela que cerca del 30 % de la variación en las llamadas “tintineos estéticos” está vinculada a factores familiares y que una parte significativa se explica por variantes genéticas comunes.

Hay quienes sienten un estremecimiento recorrer la espalda cuando suena una melodía determinada o notan cómo se les eriza la piel ante un verso especialmente poderoso. Otros, en cambio, permanecen casi imperturbables frente a las mismas obras. Esa diferencia, que durante siglos se atribuyó al temperamento o a la sensibilidad individual, empieza ahora a encontrar una explicación en la biología.

Una nueva investigación internacional aporta evidencias de que los genes desempeñan un papel relevante en la intensidad con la que experimentamos esas reacciones conocidas como “escalofríos estéticos”. Los resultados, publicados en la revista PLOS Genetics, sugieren que aproximadamente una cuarta parte de la influencia familiar en este rasgo puede atribuirse a variantes genéticas frecuentes en la población.

Un fenómeno descrito desde Darwin

La experiencia no es nueva. El naturalista Charles Darwin dejó constancia de cómo la música podía provocarle una sensación tan intensa que le recorría la columna vertebral. Décadas más tarde, el escritor Vladimir Nabokov se refirió a ese hormigueo corporal como “the telltale tingle”, la señal física que, según él, distinguía la auténtica genialidad literaria.

Hoy, la ciencia denomina a ese fenómeno “escalofríos estéticos” o “tintineos estéticos”. Se trata de respuestas emocionales intensas que suelen ir acompañadas de reacciones fisiológicas observables: piel erizada, un estremecimiento súbito, cambios en la frecuencia cardíaca o incluso lágrimas. Lo singular es que combinan una vivencia subjetiva profunda con manifestaciones corporales medibles.

Investigaciones previas ya habían mostrado que, cuando alguien experimenta estos escalofríos ante música o poesía, se activan circuitos cerebrales implicados en la recompensa, la motivación y el procesamiento de estímulos biológicamente relevantes. Sin embargo, hasta ahora no estaba claro en qué medida la predisposición a sentirlos dependía de la herencia genética.

Más de 15 500 participantes y un enfoque genómico

Para responder a esa pregunta, el equipo recurrió a una base de datos poblacional de gran escala que incluía información genética y cuestionarios detallados sobre reacciones emocionales ante distintas formas de arte. En total, se analizaron datos de más de 15 500 personas, lo que permitió aplicar modelos estadísticos robustos y técnicas de genética cuantitativa.

El estudio, disponible en PLOS Genetics, evaluó hasta qué punto las diferencias en el ADN podían explicar la variación individual en la frecuencia o intensidad de los escalofríos estéticos. Los resultados muestran que cerca del 30 % de la variación observada está asociada a factores familiares. De ese porcentaje, alrededor de una cuarta parte puede atribuirse específicamente a variantes genéticas comunes.

En otras palabras, los genes no determinan por completo si alguien se emocionará hasta la médula al escuchar una sinfonía o leer un poema, pero sí aportan una contribución significativa. El resto de la variación responde a factores ambientales y experiencias individuales que moldean la sensibilidad artística a lo largo de la vida.

Genes compartidos entre música, poesía y arte visual

Uno de los hallazgos más llamativos es que ciertas influencias genéticas parecen ser comunes a distintas formas de arte. Las variantes asociadas a una mayor probabilidad de experimentar escalofríos con la música también se relacionan con reacciones intensas ante la poesía o las artes visuales.

Esa coincidencia apunta a la existencia de mecanismos biológicos generales vinculados a la apertura a la experiencia y a la implicación artística. Rasgos de personalidad como la curiosidad intelectual o la sensibilidad estética podrían compartir una base genética parcial con la propensión a sentir escalofríos estéticos.

Según explicó el investigador principal del estudio, que firma el artículo en PLOS Genetics, “la genética puede ofrecer una vía adicional para entender por qué las personas viven experiencias subjetivas tan diferentes ante los mismos estímulos”. La afirmación subraya que el ADN no actúa de forma aislada, sino en interacción con factores culturales y biográficos.

Este componente compartido ayuda a comprender por qué algunas personas tienden a emocionarse con múltiples disciplinas artísticas, mientras que otras muestran una respuesta más moderada en general. No obstante, los autores advierten que hablar de un “gen del arte” sería una simplificación excesiva.

Mecanismos distintos según la forma artística

Más allá de las influencias comunes, el análisis también detectó efectos genéticos específicos para determinadas modalidades artísticas. Es decir, algunas variantes parecían asociarse con escalofríos provocados por la música, pero no necesariamente con los generados por la literatura o las artes visuales.

Este patrón sugiere que, junto a mecanismos biológicos compartidos, existen procesos más especializados. La música, por ejemplo, involucra sistemas cerebrales relacionados con el ritmo, la anticipación y la armonía, mientras que la poesía puede activar con mayor intensidad redes vinculadas al lenguaje y la semántica. Las artes visuales, por su parte, apelan a circuitos de procesamiento espacial y perceptivo.

La combinación de influencias generales y específicas dibuja un panorama complejo. Una persona podría estar genéticamente predispuesta a experimentar fuertes reacciones emocionales ante piezas musicales, pero no mostrar la misma intensidad frente a un cuadro o un texto literario. Y viceversa.

Los autores sostienen que este hallazgo abre la puerta a investigaciones futuras que examinen con mayor detalle los mecanismos neurobiológicos implicados en cada tipo de experiencia estética. Comprender esas diferencias podría ayudar a desentrañar cómo se construye la sensibilidad artística en el cerebro humano.

Más allá del ADN

Aunque el estudio aporta pruebas sólidas de una contribución genética, los investigadores subrayan que los genes son solo una parte de la historia. El entorno, la educación, la exposición temprana a distintas formas de arte y las vivencias personales desempeñan un papel fundamental en el desarrollo de la respuesta emocional.

Alguien que creció rodeado de música o literatura puede haber reforzado ciertos circuitos neuronales a través de la práctica y la familiaridad. Del mismo modo, contextos culturales distintos pueden moldear qué estímulos se consideran emocionalmente significativos y cómo se expresan las reacciones corporales.

La interacción entre predisposición biológica y experiencia acumulada resulta clave. La genética puede inclinar la balanza hacia una mayor o menor sensibilidad, pero es el entorno el que activa, modula o incluso amortigua esas tendencias.

En conjunto, los hallazgos publicados en PLOS Genetics ofrecen una nueva perspectiva sobre una pregunta tan antigua como el arte mismo: por qué algunas personas sienten que una melodía les atraviesa el cuerpo mientras otras la escuchan con distancia. Parte de la respuesta parece estar escrita en nuestro ADN. El resto se teje a lo largo de la vida, en el cruce entre biología, cultura y experiencia personal.

Cuidar a los nietos refuerza el cerebro y el efecto es más claro en las abuelas

29 January 2026 at 11:00
Abuela ayudando con la tarea de su nieta pequeña en un ambiente familiar, una interacción asociada a beneficios cognitivos en la vejez.

Los abuelos que cuidan con regularidad a sus nietos muestran un mejor rendimiento cognitivo que quienes no lo hacen, con ventajas claras en memoria y lenguaje. Sin embargo, el beneficio no se distribuye por igual: las abuelas parecen experimentar una protección más duradera frente al deterioro cognitivo que los abuelos.

Cuidar de los nietos es una experiencia ambivalente para muchos abuelos. Para algunos supone una fuente de alegría y sentido vital; para otros, una responsabilidad exigente que interfiere con sus propios planes. Más allá de las percepciones personales, una investigación reciente sugiere que esta forma de cuidado familiar se asocia con un mejor funcionamiento del cerebro en edades avanzadas. El hallazgo no solo refuerza la idea de que el envejecimiento activo es clave para la salud mental, sino que introduce un matiz relevante: el impacto positivo parece ser especialmente consistente en las mujeres.

El estudio, publicado en la revista científica Psychology and Aging y desarrollado por un equipo internacional de investigadores, analizó durante varios años el estado cognitivo de un amplio grupo de abuelos. El trabajo se apoya en datos longitudinales, lo que permite observar la evolución del rendimiento mental a lo largo del tiempo y no solo una fotografía puntual.

Un seguimiento prolongado de casi 1700 abuelos

La investigación se basó en el seguimiento de aproximadamente 1700 abuelos residentes en el Reino Unido, cuyas capacidades cognitivas fueron evaluadas en varias ocasiones a lo largo de los años. Los participantes realizaron pruebas estandarizadas de memoria y de fluidez verbal, dos indicadores ampliamente utilizados para medir el funcionamiento cognitivo en la edad adulta y la vejez.

Para evitar comparaciones engañosas, los autores del estudio emparejaron a los abuelos que cuidaban de sus nietos con otros que no lo hacían, asegurándose de que ambos grupos fueran similares en aspectos clave como edad, nivel educativo, estado de salud general y situación socioeconómica. De este modo, las diferencias observadas podían atribuirse con mayor confianza al papel del cuidado de los nietos y no a otros factores externos.

Los resultados fueron claros: quienes participaban de forma regular en el cuidado de sus nietos obtenían puntuaciones más altas en las pruebas de memoria y lenguaje que aquellos que no desempeñaban ese rol. La diferencia no era marginal, sino consistente a lo largo de las distintas mediciones realizadas durante el periodo de seguimiento.

Abuelas y abuelos, beneficios desiguales

Al analizar los datos por sexo, emergió un patrón inesperado. Tanto las abuelas como los abuelos que cuidaban de sus nietos mostraban mejores resultados cognitivos en comparación con sus pares que no lo hacían. Sin embargo, cuando se observó la evolución a lo largo del tiempo, solo en las abuelas se detectó un enlentecimiento claro del deterioro cognitivo asociado al envejecimiento.

En los abuelos varones, el rendimiento inicial era algo mejor si cuidaban de sus nietos, pero la velocidad del declive cognitivo con el paso de los años no difería de manera significativa respecto a la del grupo de control. Este contraste llevó a los investigadores a plantear nuevas preguntas sobre el papel del género en las dinámicas de cuidado familiar y su impacto en el cerebro.

Yvonne Brehmer, una de las autoras del estudio, explicó que las razones de esta diferencia aún no están claras. “Por el momento no sabemos por qué el cuidado no se asoció con mejores resultados cognitivos a largo plazo en los abuelos”, señaló. Según la investigadora, una posibilidad es que el rol que desempeñan los hombres en el cuidado de los nietos sea, en promedio, menos central o menos desafiante desde el punto de vista cognitivo y emocional. Otra hipótesis es que, para algunos, la tarea resulte más exigente y genere un nivel de estrés que neutralice los posibles beneficios.

La cantidad de horas no es lo decisivo

Uno de los resultados más llamativos del estudio es que la cantidad de tiempo dedicada al cuidado no parece ser el factor clave. Los investigadores no encontraron una relación directa entre el número de horas de cuidado —ya fuera una vez al mes o varios días a la semana— y el nivel de rendimiento cognitivo.

Este hallazgo desafía la idea de que “más es mejor” cuando se trata de actividades beneficiosas para el cerebro. Según Brehmer, si el cuidado de los nietos tiene efectos positivos, estos probablemente no dependen de la intensidad o de tareas específicas, sino de la experiencia global de implicarse en una actividad significativa y socialmente relevante.

En otras palabras, no se trata de acumular horas, sino de cómo se vive ese tiempo. El estudio sugiere que la calidad de la interacción y el grado de implicación personal pueden ser más importantes que la frecuencia con la que se cuida a los nietos.

Actividades variadas y participación activa

Al profundizar en el tipo de actividades realizadas durante el cuidado, los investigadores identificaron patrones más concretos. Los abuelos que participaban activamente en juegos, ayudaban con los deberes escolares o realizaban distintas actividades con sus nietos tendían a obtener mejores resultados en las pruebas de memoria y lenguaje.

La variedad también desempeñó un papel relevante. Cuantas más actividades diferentes realizaban los abuelos con sus nietos, mejores eran sus puntuaciones cognitivas. Esta diversidad puede estimular distintas funciones mentales, desde la planificación y la atención hasta el lenguaje y la memoria de trabajo.

Estas observaciones encajan con una amplia literatura científica que señala que el cerebro se beneficia de los entornos ricos y variados, especialmente en etapas avanzadas de la vida. El cuidado de los nietos, cuando implica interacción, juego y aprendizaje compartido, puede convertirse en una forma cotidiana de estimulación cognitiva.

El valor de un rol social significativo

Más allá de las tareas concretas, el estudio pone el acento en el significado social y emocional del cuidado. Según Brehmer, asumir el rol de cuidador puede ofrecer a las personas mayores una función clara y valiosa dentro de la familia, algo que no siempre está garantizado tras la jubilación o la salida del mercado laboral.

“La atención a los nietos puede proporcionar en edades avanzadas un rol social adicional y muy significativo”, explicó la investigadora. Ese rol suele ir acompañado de experiencias emocionales positivas, mayor actividad física y un compromiso mental constante con tareas cotidianas, factores que, en conjunto, podrían contribuir a preservar la salud cognitiva.

Además, cuidar de los nietos puede reforzar la posición de los abuelos dentro de la red familiar, aumentando la interacción social y el acceso a apoyo emocional. Esta integración social es un factor ampliamente reconocido como protector frente al deterioro cognitivo y la soledad, dos riesgos frecuentes en la vejez.

Una relación compleja, no necesariamente causal

Los autores del estudio subrayan que sus resultados no prueban una relación causal directa. Es decir, no se puede afirmar con certeza que cuidar de los nietos sea la causa del mejor rendimiento cognitivo. Existe la posibilidad de un efecto de selección: los abuelos con mejores capacidades mentales y físicas podrían ser, simplemente, quienes tienen más probabilidades de asumir ese rol.

Incluso después de emparejar a los participantes según salud y características sociodemográficas, los abuelos cuidadores mostraban un nivel cognitivo ligeramente superior al inicio del seguimiento. “No sabemos qué explica estas diferencias iniciales”, reconoció Brehmer, quien señaló que factores como la personalidad, la motivación o estilos de vida previos podrían influir.

Aun así, el hecho de que no se observen efectos negativos asociados al cuidado es un dato relevante. Siempre que la experiencia no sea vivida como una carga, el cuidado de los nietos no parece perjudicar la cognición y, en muchos casos, se asocia con beneficios claros.

La importancia de la voluntariedad

El estudio también advierte sobre los riesgos de convertir el cuidado en una obligación. Cuando la atención a los nietos se percibe como forzada o excesiva, puede generar estrés, un factor conocido por su impacto negativo en la salud mental.

Brehmer matizó que el concepto de “exceso” es subjetivo y depende de cada persona. “Alguien que cuida cinco días a la semana puede encontrarlo muy gratificante, mientras que otra persona que cuida solo ocasionalmente puede vivirlo como algo estresante”, explicó. Esto sugiere que la clave no está en el número de días, sino en el grado de elección y en la adecuación del rol a las preferencias individuales.

En este sentido, los investigadores insisten en que los beneficios potenciales del cuidado no deben traducirse en presión social sobre los abuelos. No todas las personas desean o pueden asumir ese papel, y ello no implica una desventaja automática para su salud cognitiva.

Más allá de los nietos

En sociedades cada vez más envejecidas, el tiempo que muchas personas pasan como abuelos es cada vez mayor. Sin embargo, los autores del estudio destacan que el mensaje central va más allá del cuidado de los nietos. Lo que parece marcar la diferencia es cómo se emplea el tiempo y si las actividades cotidianas generan implicación, estimulación y satisfacción personal.

“Nuestros hallazgos no implican que los abuelos que no cuidan de sus nietos estén en desventaja”, subrayó Brehmer. Actividades como el voluntariado, el aprendizaje continuo, la participación social o los hobbies intelectualmente exigentes pueden ofrecer beneficios similares para el cerebro.

El cuidado de los nietos es, en este contexto, una de las muchas formas en que las personas mayores pueden mantenerse mentalmente activas y socialmente conectadas. Para muchas abuelas, según sugiere el estudio, esta experiencia puede convertirse en un aliado inesperado para preservar la agilidad mental a lo largo de los años.

Las muertes por eventos climáticos aumentan, pero algunas regiones logran revertir la tendencia

28 January 2026 at 11:00
Inundación severa cubriendo calles y viviendas tras lluvias intensas, con personas desplazándose entre el agua y equipos de emergencia al fondo.

Un análisis global de casi cuatro décadas revela que el cambio climático está asociado a un mayor número de muertes por fenómenos extremos, aunque la adaptación humana ha permitido salvar cientos de miles de vidas en determinadas partes del mundo.

Desde finales de la década de 1980, el número de personas que mueren como consecuencia directa de fenómenos meteorológicos extremos ha aumentado de forma notable a escala global. Olas de calor, inundaciones y tormentas se han vuelto más intensas y, en muchos casos, más frecuentes, en un contexto de calentamiento del planeta ampliamente documentado por la comunidad científica. Sin embargo, esta tendencia general esconde una realidad más compleja: no todas las regiones del mundo siguen el mismo patrón, y en algunas el impacto humano de estos desastres se ha reducido de manera significativa.

Así lo muestra un nuevo estudio liderado por el geofísico B. B. Cael, de la University of Chicago, publicado en la revista Geophysical Research Letters. La investigación analiza casi cuarenta años de datos sobre desastres climáticos y sus víctimas mortales, con un enfoque que combina rigor estadístico y una mirada comparativa entre continentes. El resultado es un panorama desigual, donde conviven señales de alarma con ejemplos claros de que las políticas de adaptación pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Una base de datos global y criterios estrictos

Para su análisis, Cael recurrió a la Emergency Events Database (EM-DAT), uno de los registros más completos y utilizados a nivel internacional para el seguimiento de catástrofes naturales. El investigador decidió aplicar un criterio especialmente exigente: solo incluyó eventos climáticos que hubieran causado al menos 30 muertes. El objetivo era centrarse en los episodios con mayor impacto humano y evitar que fluctuaciones menores distorsionaran las tendencias de largo plazo.

El período estudiado abarca desde 1988 hasta 2024. Tras el proceso de filtrado, la base de datos final quedó compuesta por 1974 eventos extremos, entre ellos 300 olas de calor y frío, 1088 inundaciones y 586 tormentas. En conjunto, estos fenómenos fueron responsables de aproximadamente 941 000 muertes en todo el mundo durante el período analizado.

La distribución geográfica de estos desastres no es uniforme. Asia concentra la mayor parte de los eventos y de las víctimas, seguida por África, Europa, América Latina y América del Norte. Para identificar tendencias, Cael aplicó métodos estadísticos utilizados habitualmente en el análisis de fenómenos extremos, como los que se emplean para estudiar daños por huracanes o precipitaciones excepcionales. Esto permitió evaluar, por continente y por tipo de desastre, si la letalidad de estos eventos ha aumentado, disminuido o se ha mantenido estable con el paso del tiempo.

Asia y el peso de la adaptación

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio se observa en Asia. A pesar de ser la región más afectada por inundaciones y tormentas, estas no se han vuelto más mortales con el tiempo. Al contrario, la tendencia apunta a una reducción clara del número de víctimas por evento.

Según las estimaciones del estudio, entre 1988 y 2024 se habrían salvado alrededor de 350 000 vidas en Asia gracias a una disminución sostenida de la mortalidad asociada a inundaciones y tormentas. En términos relativos, esto equivale a una caída cercana al 40 % en la tasa de muertes por estos fenómenos, incluso teniendo en cuenta el crecimiento poblacional en la región.

El propio Cael califica estas cifras de “sorprendentemente altas” y las atribuye a una combinación de factores: mejores sistemas de alerta temprana, infraestructuras más robustas, planes de evacuación más eficaces y una respuesta de emergencia más rápida y coordinada. Todo ello ha permitido reducir la vulnerabilidad de millones de personas frente a eventos que, en décadas anteriores, habrían tenido consecuencias mucho más graves.

Este resultado es especialmente relevante porque no considera explícitamente el aumento en la intensidad de las precipitaciones asociado al cambio climático. Es decir, la mejora observada en Asia se produce a pesar de que algunos riesgos climáticos están aumentando, lo que refuerza la idea de que la adaptación puede compensar, al menos en parte, los efectos de un clima más extremo.

África y el peso de los eventos excepcionales

En África, el panorama es más complejo y difícil de interpretar. Los datos muestran una aparente tendencia al aumento de muertes por inundaciones, en un contexto de rápido crecimiento demográfico y expansión de asentamientos en zonas vulnerables, como llanuras aluviales y áreas costeras mal protegidas.

No obstante, el estudio advierte que esta tendencia está fuertemente influida por un solo evento de magnitud excepcional: la tormenta Daniel, que golpeó el Mediterráneo en septiembre de 2023. En Libia, el colapso de dos presas cerca de la ciudad de Derna provocó inundaciones catastróficas que causaron la muerte de más de 13 000 personas y generaron daños económicos estimados en decenas de miles de millones.

Cuando este episodio se excluye del análisis estadístico, la tendencia al alza en la mortalidad por inundaciones en África prácticamente desaparece. Esto sugiere que el continente no está experimentando, al menos por ahora, un aumento sostenido y sistemático en la letalidad de estos eventos, sino que sigue siendo extremadamente vulnerable a catástrofes raras pero devastadoras, que algunos expertos califican como fenómenos de ocurrencia centenaria o incluso bicentenaria.

El caso africano pone de relieve la importancia de la infraestructura crítica, como presas y sistemas de drenaje, y de su mantenimiento. También subraya cómo la combinación de eventos meteorológicos extremos y fallos estructurales puede multiplicar el impacto humano de una sola tormenta.

Europa y el avance silencioso del calor

Europa destaca en el estudio por una tendencia claramente preocupante: el aumento de la mortalidad asociada a las olas de calor. A diferencia de otras regiones, donde las inundaciones y las tormentas dominan las estadísticas, en el continente europeo el calor extremo se ha convertido en el principal factor de riesgo climático para la población.

El análisis muestra que las muertes relacionadas con el calor han aumentado de forma significativa desde finales de los años ochenta. Este cambio no se explica por un aumento de la población expuesta, ya que el crecimiento demográfico europeo en ese período fue inferior al 4 %. La causa principal es la mayor frecuencia e intensidad de los veranos extremadamente calurosos, junto con una reducción de los episodios de frío intenso.

Además, se observa un desplazamiento estacional de la mortalidad. Mientras que en el pasado las muertes asociadas al clima se concentraban sobre todo en otoño e invierno, ahora una proporción creciente ocurre en primavera y verano. Este fenómeno afecta especialmente a personas mayores, pacientes con enfermedades cardiovasculares y poblaciones urbanas expuestas al efecto isla de calor.

A diferencia de las inundaciones, donde las obras de ingeniería y los sistemas de alerta pueden ofrecer una protección directa, la adaptación al calor extremo requiere estrategias más complejas, que van desde el rediseño de las ciudades hasta cambios en los sistemas de salud y en los hábitos cotidianos de la población.

América sin tendencias claras

En América del Norte y América Latina, el estudio no identifica tendencias estadísticamente significativas en la mortalidad por eventos climáticos extremos durante el período analizado. Esto no implica que la región esté libre de riesgos, sino que las variaciones observadas no siguen un patrón claro de aumento o disminución a largo plazo.

En estas regiones conviven realidades muy distintas: países con alta capacidad de respuesta y otros con sistemas de protección más frágiles, zonas expuestas a huracanes, sequías prolongadas, inundaciones repentinas y olas de calor cada vez más frecuentes. Esta diversidad dificulta la identificación de tendencias continentales homogéneas y sugiere que los análisis a escala nacional o incluso local son esenciales para comprender el verdadero impacto del cambio climático en la mortalidad.

El papel decisivo de la acción humana

Más allá de las diferencias regionales, el estudio de Cael transmite un mensaje central: el cambio climático incrementa la amenaza de los fenómenos extremos, pero no determina de forma inevitable su impacto humano. Las decisiones políticas, la inversión en infraestructura, la planificación urbana y la preparación de los sistemas de emergencia pueden reducir de manera sustancial el número de víctimas.

La experiencia asiática demuestra que incluso en regiones altamente expuestas es posible salvar cientos de miles de vidas mediante medidas de adaptación sostenidas en el tiempo. Al mismo tiempo, los casos de África y Europa recuerdan que la falta de preparación o la subestimación de riesgos emergentes, como el calor extremo, puede tener consecuencias mortales.

En un mundo que se calienta rápidamente, el estudio refuerza la idea de que la adaptación no es un complemento opcional de la mitigación del cambio climático, sino una necesidad urgente. Construir diques más altos, mejorar los sistemas de alerta, reforzar infraestructuras críticas, rediseñar ciudades y proteger a las poblaciones más vulnerables son acciones que, según los datos, pueden marcar una diferencia real y medible en términos de vidas humanas.

Estados Unidos formaliza su salida de la OMS y abre una crisis legal, política y sanitaria

24 January 2026 at 11:00
Logotipo de la Organización Mundial de la Salud con el mapa del mundo y la vara de Asclepio, símbolo de la salud pública global.

La retirada estadounidense de la Organización Mundial de la Salud se hace efectiva tras un año de preaviso, dejando una deuda millonaria, un vacío presupuestario difícil de cubrir y un debate abierto sobre si un país puede abandonar una agencia clave de la ONU sin cumplir todas sus obligaciones.

Está semana se cumplió el plazo que convierte en oficial la salida de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud. La decisión, anunciada hace un año por el entonces presidente Donald Trump, no solo supone un golpe financiero directo para la agencia sanitaria de Naciones Unidas, sino que también plantea una pregunta de fondo que va más allá del dinero: ¿puede un Estado abandonar la OMS de forma unilateral y sin saldar sus cuentas pendientes?

La respuesta no es sencilla. La OMS pierde de golpe a su mayor contribuyente, responsable de cerca del 20 % de su presupuesto total, mientras expertos en derecho internacional discuten si la retirada estadounidense es plenamente válida desde el punto de vista jurídico. Al mismo tiempo, la organización intenta ganar tiempo y dejar la puerta abierta a un eventual regreso, consciente de que las consecuencias se sentirán en programas de salud en todo el mundo.

Un adiós anunciado con un año de antelación

La decisión de abandonar la OMS fue comunicada por Trump el 22 de enero de 2025, en línea con una visión crítica hacia los organismos multilaterales que marcó gran parte de su política exterior. Sin embargo, el proceso no podía hacerse efectivo de inmediato. El acuerdo firmado por Estados Unidos al incorporarse a la OMS establece un preaviso de un año antes de que la retirada sea válida, un plazo que se cumple ahora.

Durante estos doce meses, la incertidumbre ha sido constante. Por un lado, la OMS se preparaba para un escenario sin financiación estadounidense; por otro, la Casa Blanca dejaba claro que no tenía intención de dar marcha atrás ni de cumplir plenamente con las obligaciones financieras pendientes. Según informó NPR, el medio público estadounidense, Estados Unidos mantiene una deuda de 278 millones de dólares correspondientes a las contribuciones de 2024 y 2025, una cantidad que la administración Trump no piensa pagar antes de la retirada.

El Departamento de Estado fue explícito en una declaración recogida por la emisora pública: “Los Estados Unidos no realizarán pagos a la OMS antes de su retirada”. El argumento oficial es que el coste para el contribuyente estadounidense, derivado de lo que consideran fallos graves de la organización durante la pandemia de covid-19, ya ha sido demasiado alto.

La deuda pendiente y el choque legal

El impago de las cuotas no es un detalle menor. Para numerosos expertos en derecho internacional, la retirada sin saldar la deuda plantea serias dudas sobre su legalidad. Lawrence Gostin, profesor de derecho sanitario global en la Universidad de Georgetown y director de un centro colaborador de la OMS, describió la situación con una metáfora contundente en declaraciones a NPR. “Es un divorcio muy público y muy desordenado”, afirmó. “Él dice: no voy a pagar y ya no estamos casados. Y ella responde: no puedes estar divorciado mientras no me pagues”.

Gostin sostiene que abandonar la OMS sin cumplir las obligaciones financieras es “ilegal”, aunque reconoce que, en la práctica, existen pocos mecanismos para impedirlo. No hay una demanda en curso ni una iniciativa clara en el Congreso estadounidense para frenar la decisión presidencial. En ese vacío político y jurídico se mueve ahora el proceso.

Desde la OMS, el enfoque es más prudente. Steven Solomon, el principal responsable legal de la organización, explicó también a NPR que la cuestión de si la retirada es efectiva, y en qué condiciones, corresponde en última instancia a los Estados miembros. Es decir, no es solo una decisión bilateral entre Washington y Ginebra, sino un asunto que deberá ser debatido colectivamente en los órganos de gobierno de la OMS.

Una organización sin cláusula de salida

El caso estadounidense es excepcional por otra razón: la Constitución de la OMS no contempla la posibilidad de que un país abandone la organización. Sus 194 Estados miembros, en teoría, no pueden retirarse. Esta ausencia de una cláusula de salida no es un olvido, sino una elección deliberada.

Según explicó Solomon, los redactores del texto fundacional entendieron que la lucha contra la propagación internacional de enfermedades requería una organización verdaderamente universal. En su visión, permitir la retirada de los países podía debilitar la respuesta global ante amenazas sanitarias compartidas. Por eso no incluyeron ningún mecanismo de salida.

Estados Unidos, sin embargo, cuenta con una singularidad histórica. Cuando se incorporó a la OMS en 1948, negoció una condición especial que le permite retirarse si así lo decide, siempre que cumpla con ciertos requisitos, entre ellos el pago de todas las contribuciones pendientes. Es precisamente este último punto el que ahora genera el conflicto.

La existencia de esa excepción refuerza la posición de Washington en cuanto al derecho a marcharse, pero al mismo tiempo refuerza el argumento de quienes sostienen que la retirada no puede completarse sin saldar la deuda. De ahí que la OMS insista en que el proceso aún no está completamente cerrado.

Decisiones pendientes en los órganos de la OMS

El debate no se resolverá hoy. Está previsto que la cuestión de la retirada estadounidense figure en la agenda del Consejo Ejecutivo de la OMS, que se reúne a finales de febrero, y que vuelva a tratarse en mayo durante la Asamblea Mundial de la Salud, el máximo órgano de decisión de la organización.

Hasta entonces, la OMS se mueve entre dos estrategias. Por un lado, asume que debe adaptarse a un escenario con menos recursos; por otro, mantiene un discurso diplomático que deja abierta la posibilidad de un reencuentro. “Espero que los Estados Unidos reconsideren su decisión y vuelvan a unirse”, dijo recientemente el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, en una rueda de prensa. “No se trata de dinero. El dinero se puede ajustar. Se trata de cooperación”.

La afirmación subraya la dimensión política del conflicto. Más allá de los presupuestos, la salida de Estados Unidos debilita la idea de una gobernanza sanitaria global coordinada, especialmente en un contexto marcado por el recuerdo reciente de la pandemia.

Un impacto financiero inmediato y profundo

Pese a los intentos de minimizar el papel del dinero en el discurso oficial, el golpe económico es innegable. Estados Unidos ha sido, durante décadas, el mayor donante de la OMS. En el último decenio, su aportación anual osciló entre unos 160 millones y 815 millones de dólares, dentro de un presupuesto total que ronda los 2000 a 3000 millones de dólares al año.

La retirada de un contribuyente de ese tamaño obliga a ajustes drásticos. Ya en noviembre del año pasado, la OMS anunció que tendría que recortar aproximadamente una cuarta parte de su plantilla debido a la salida estadounidense. Eso supone la eliminación de unos 2400 puestos de trabajo en todo el mundo, una reducción sin precedentes para la organización.

Además de los despidos, varios programas e iniciativas de salud pública se verán afectados o directamente cancelados. La OMS desempeña un papel central en la coordinación de respuestas frente a brotes de enfermedades como el ébola, la polio o el mpox, así como en el apoyo técnico a países con sistemas sanitarios frágiles. Menos recursos significan menos capacidad de intervención, especialmente en regiones donde otros actores internacionales tienen una presencia limitada.

Qué es y qué hace la Organización Mundial de la Salud

La OMS es una agencia especializada de Naciones Unidas encargada de la salud pública internacional. Se financia mediante una combinación de contribuciones obligatorias y aportaciones voluntarias de sus 194 Estados miembros, además de donaciones de otros actores. Las cuotas obligatorias se calculan en función de la riqueza y la población de cada país y se revisan periódicamente.

Su mandato incluye coordinar la respuesta mundial a emergencias sanitarias, ofrecer asistencia técnica, facilitar la distribución de vacunas y tratamientos, y elaborar directrices sobre cientos de enfermedades y condiciones de salud, tanto físicas como mentales. Aunque no tiene poder para imponer políticas a los Estados, sus recomendaciones suelen marcar la pauta en situaciones de crisis.

A lo largo de más de siete décadas, la OMS ha sido clave en logros históricos como la erradicación de la viruela y la drástica reducción de la polio a nivel mundial. También opera en contextos de conflicto o en zonas de difícil acceso, donde pocas organizaciones internacionales pueden trabajar de forma continuada.

Las razones de Trump para romper con la OMS

El distanciamiento entre Trump y la OMS no es nuevo. Ya durante su primer mandato, el presidente criticó duramente a la organización por su gestión de la pandemia de covid-19 y por lo que consideraba una excesiva influencia de China en sus decisiones. En un decreto presidencial emitido el año pasado, Trump detalló los motivos de su rechazo.

Una parte central del documento se centraba en el reparto de la carga financiera. Según el texto, la OMS “sigue exigiendo pagos injustamente elevados a los Estados Unidos, que no guardan proporción con las contribuciones de otros países”. El decreto también señalaba que China, con una población aproximadamente tres veces mayor que la estadounidense, aporta cerca de un 90 % menos en contribuciones obligatorias.

Más allá del dinero, el decreto acusaba a la OMS de no haber implementado “reformas urgentemente necesarias” y de haber demostrado una falta de independencia frente a la influencia política de algunos Estados miembros durante crisis sanitarias recientes. Estas críticas reflejan una visión más amplia de la política exterior de Trump, escéptica del multilateralismo y partidaria de priorizar la soberanía nacional.

Consecuencias globales de una retirada histórica

La salida de Estados Unidos de la OMS no es solo un episodio administrativo. Marca un precedente que podría animar a otros países a replantearse su compromiso con las instituciones multilaterales, especialmente en un contexto de tensiones geopolíticas crecientes.

Para la OMS, el desafío inmediato es mantener su capacidad operativa con menos recursos y demostrar que puede seguir siendo relevante sin el respaldo financiero y político de Washington. Para la comunidad internacional, la preocupación es que la fragmentación debilite la respuesta colectiva frente a futuras pandemias.

Aunque la puerta a un regreso estadounidense no está completamente cerrada, el daño ya es tangible. Programas reducidos, personal despedido y una organización obligada a redefinir sus prioridades son parte del nuevo paisaje. En un mundo interconectado, donde los virus no reconocen fronteras, la pregunta que queda en el aire es si la salud global puede permitirse un divorcio tan ruidoso y costoso.

Un planeta en llamas hace 56 millones de años revela nuevas claves sobre el cambio climático

21 January 2026 at 11:00
Incendio forestal avanzando sobre un bosque seco, con grandes llamas y columnas de humo, un fenómeno ligado al aumento de temperaturas.

Restos microscópicos de carbón vegetal hallados en sedimentos marinos muestran que un episodio extremo de calentamiento global en la prehistoria estuvo acompañado por incendios forestales masivos y profundos cambios ecológicos.

Mucho antes de que la actividad humana alterara la atmósfera, la Tierra ya había atravesado episodios de calentamiento abrupto con consecuencias profundas para los ecosistemas. Uno de los más intensos ocurrió hace unos 56 millones de años, durante el llamado Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, un periodo en el que la temperatura media global aumentó de forma rápida y sostenida. Ahora, un nuevo estudio científico aporta pruebas sólidas de que aquel calentamiento estuvo acompañado por incendios forestales generalizados, comparables en escala —aunque no en origen— a los que hoy se observan en distintas regiones del planeta.

La investigación se basa en el análisis detallado de sedimentos marinos extraídos del fondo del océano Atlántico Norte, cerca de las costas actuales de Noruega. En esas capas de sedimento, acumuladas lentamente a lo largo de millones de años, los científicos han identificado abundantes restos de carbón vegetal microscópico, junto con cambios abruptos en el polen fósil y otros indicadores ambientales. El conjunto de evidencias apunta a un escenario de incendios recurrentes y extensos, estrechamente ligados a un aumento repentino de dióxido de carbono en la atmósfera.

El estudio ha sido publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences y constituye uno de los análisis más detallados hasta la fecha sobre la relación entre calentamiento global y fuego en tiempos prehistóricos. Sus resultados refuerzan la idea de que el sistema climático de la Tierra puede reaccionar de manera no lineal ante perturbaciones rápidas, incluso en ausencia de intervención humana directa.

El Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno como laboratorio natural

El episodio del Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, conocido por sus siglas PETM, es uno de los eventos climáticos más estudiados del pasado geológico reciente. Ocurrió unos 10 millones de años después de la extinción de los dinosaurios y se caracterizó por un aumento de la temperatura media global de entre 5 y 8 grados centígrados en apenas unos miles de años, un intervalo extremadamente corto en términos geológicos.

Durante ese periodo, el planeta adoptó un aspecto radicalmente distinto al actual. Las regiones polares carecían casi por completo de hielo permanente, los océanos eran más cálidos y ácidos, y los ecosistemas terrestres experimentaron una reorganización profunda. Grandes cantidades de carbono fueron liberadas a la atmósfera y a los océanos, aunque el origen exacto de esa liberación sigue siendo objeto de debate científico.

Lo que sí está claro es que el PETM ofrece una oportunidad única para estudiar cómo responde la Tierra a una inyección masiva de gases de efecto invernadero. A diferencia de la situación actual, aquel calentamiento no fue provocado por la quema de combustibles fósiles, sino por procesos naturales aún no completamente esclarecidos, como actividad volcánica, liberación de metano desde los fondos marinos o cambios en los ciclos del carbono.

Sedimentos marinos que conservan la memoria del fuego

La nueva investigación se apoya en muestras de sedimento obtenidas mediante perforaciones profundas del lecho marino. Estos sedimentos presentan una estructura laminada, con capas finas superpuestas que funcionan de manera similar a los anillos de crecimiento de un árbol: cada capa registra información ambiental del momento en que se formó.

Al analizar esas capas bajo el microscopio, los investigadores cuantificaron partículas de polen, restos orgánicos y fragmentos de carbón vegetal. La presencia de este último es especialmente reveladora, ya que el carbón se forma únicamente cuando la vegetación terrestre se quema en incendios y sus restos son transportados por el viento o el agua hasta el océano.

Según explica una de las autoras del estudio, Mei Nelissen, investigadora de la Universidad de Utrecht, “la abundancia de carbón vegetal en los sedimentos aumenta de forma muy marcada coincidiendo con el inicio del PETM, lo que indica que los incendios forestales no fueron eventos aislados, sino un fenómeno recurrente y extendido”. La científica añade que los cambios observados en el polen fósil refuerzan esa interpretación.

Antes del aumento de CO₂, los sedimentos muestran una alta proporción de polen de coníferas, árboles que dominaban amplias regiones del hemisferio norte. Sin embargo, tras el inicio del calentamiento, esa vegetación es sustituida rápidamente por otras especies, incluidas variedades de helechos conocidas por colonizar terrenos quemados. “Ese tipo de plantas suele proliferar después de incendios intensos, cuando el paisaje ha quedado abierto y alterado”, señala Nelissen.

Incendios, erosión y océanos alterados

Los incendios no solo transformaron la vegetación terrestre, sino que también tuvieron efectos en cascada sobre otros sistemas del planeta. La desaparición de grandes extensiones de bosque dejó los suelos expuestos a la erosión, facilitando el arrastre de sedimentos y materia orgánica hacia ríos y mares. Esa entrada masiva de nutrientes y carbono en los océanos contribuyó a cambios químicos y biológicos significativos.

El estudio documenta indicios claros de perturbación del suelo, visibles en la composición de los sedimentos marinos. Estos cambios sugieren que los incendios y la pérdida de cobertura vegetal alteraron el ciclo del carbono de forma compleja, amplificando el impacto inicial del calentamiento. En otras palabras, el fuego no fue solo una consecuencia del cambio climático, sino también un factor que pudo intensificarlo.

Esta interacción entre clima, vegetación e incendios es uno de los aspectos más relevantes del trabajo. Los investigadores subrayan que el PETM muestra cómo un aumento rápido de la temperatura puede empujar a los ecosistemas más allá de ciertos umbrales, desencadenando procesos que refuerzan el calentamiento en lugar de amortiguarlo.

Comparaciones inevitables con el presente

Aunque las causas del calentamiento durante el PETM fueron naturales, las comparaciones con la situación actual resultan difíciles de evitar. En la actualidad, la concentración de CO₂ en la atmósfera está aumentando a un ritmo sin precedentes en la historia reciente del planeta, impulsada por la actividad humana. De hecho, las emisiones actuales superan ampliamente las estimadas para el inicio del PETM en términos de velocidad.

“Hoy estamos liberando carbono a la atmósfera a un ritmo al menos diez veces mayor que durante el PETM”, advierte Nelissen en el estudio. No obstante, matiza que la cantidad total de carbono acumulada en la atmósfera durante aquel episodio fue muy elevada, y que el proceso se extendió durante miles de años. Aun así, el paralelismo en los mecanismos de respuesta del sistema terrestre es motivo de preocupación.

Los incendios forestales se están intensificando en muchas regiones del mundo actual, impulsados por temperaturas más altas, sequías prolongadas y cambios en el uso del suelo. El registro geológico del PETM sugiere que, una vez que ciertas condiciones se combinan, el fuego puede convertirse en un elemento dominante del paisaje durante largos periodos.

Preguntas abiertas sobre la recuperación climática

Uno de los grandes interrogantes que persisten es cómo logró la Tierra salir de un estado tan cálido como el del PETM y regresar gradualmente a condiciones más templadas. El estudio reconoce que, pese a los avances en la comprensión de aquel episodio, los mecanismos exactos de enfriamiento posterior siguen siendo objeto de debate.

Algunas hipótesis apuntan a cambios en la configuración de los continentes y a la evolución de las corrientes oceánicas, que habrían facilitado una mayor absorción de carbono por parte de los océanos y un enfriamiento progresivo del clima. Otros investigadores sugieren que el aumento de la meteorización química de las rocas, acelerado por las altas temperaturas y las lluvias intensas, pudo retirar CO₂ de la atmósfera a lo largo de cientos de miles de años.

Lo que resulta claro es que la recuperación no fue rápida desde una perspectiva humana. El PETM duró alrededor de 200 000 años, un lapso durante el cual los ecosistemas tuvieron que adaptarse a condiciones extremas. Esa escala temporal subraya una diferencia crucial con el presente: aunque la Tierra posee mecanismos de autorregulación, estos operan demasiado lentamente como para evitar impactos severos en sociedades humanas y ecosistemas actuales.

Un mensaje desde el pasado profundo

Los autores del estudio insisten en que su trabajo no pretende establecer equivalencias directas entre el PETM y el cambio climático contemporáneo, pero sí ofrecer un contexto más amplio para entender los riesgos asociados a un calentamiento rápido. El registro de incendios masivos en aquel periodo demuestra que el fuego ha sido, y puede volver a ser, una respuesta natural del sistema terrestre ante perturbaciones climáticas extremas.

“Los sedimentos marinos actúan como un archivo extraordinario de la historia de la Tierra”, afirma Nelissen. “Al leer ese archivo con suficiente detalle, podemos identificar patrones que nos ayudan a anticipar posibles trayectorias futuras”. En ese sentido, el pasado remoto se convierte en una herramienta valiosa para interpretar el presente.

El estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences refuerza una idea cada vez más aceptada en la comunidad científica: el cambio climático no solo eleva las temperaturas, sino que reorganiza profundamente los ecosistemas, altera los ciclos biogeoquímicos y puede desencadenar procesos difíciles de revertir. Hace 56 millones de años, el planeta ardió bajo un calor extremo. Hoy, ese recuerdo geológico adquiere una relevancia inquietante.

Los mosquitos se alimentan cada vez más de sangre humana por la deforestación

19 January 2026 at 11:00
Mosquito posado sobre la piel humana, ejemplificando el aumento de picaduras en zonas de bosque brasileño fragmentado.

La pérdida acelerada de biodiversidad en uno de los ecosistemas más ricos del planeta está alterando el comportamiento de los mosquitos forestales, que empiezan a picar con mayor frecuencia a las personas incluso cuando existen otras presas disponibles.

El avance de la deforestación y la fragmentación de los bosques tropicales no solo transforma el paisaje: también modifica las relaciones más básicas entre especies. En Brasil, uno de los países con mayor diversidad biológica del mundo, científicos han detectado un cambio preocupante en la conducta de los mosquitos que habitan los restos del Bosque Atlántico. Estos insectos, tradicionalmente asociados a una amplia variedad de animales silvestres, están recurriendo cada vez más a la sangre humana como fuente principal de alimento.

El hallazgo procede de una investigación reciente publicada en la revista científica Frontiers in Ecology and Evolution, que analizó con detalle qué especies están picando los mosquitos en áreas forestales degradadas del estado de Río de Janeiro. Los resultados apuntan a una tendencia clara: incluso en entornos donde aún sobreviven anfibios, aves y mamíferos, los mosquitos optan de forma desproporcionada por los seres humanos. El fenómeno, advierten los autores, no es anecdótico y podría tener implicaciones directas para la salud pública.

Un ecosistema fragmentado bajo presión

El Bosque Atlántico brasileño es uno de los grandes puntos calientes de biodiversidad del planeta. Durante siglos albergó una enorme variedad de especies, muchas de ellas endémicas. Sin embargo, la expansión urbana, la agricultura intensiva y las infraestructuras han reducido este ecosistema a fragmentos aislados que, en conjunto, representan apenas una parte del bosque original.

En ese contexto de presión ambiental se desarrolló el estudio liderado por investigadores brasileños especializados en entomología y ecología de enfermedades. El trabajo se llevó a cabo en dos áreas protegidas del estado de Río de Janeiro, Sítio Recanto Preservar y la Reserva Ecológica del Río Guapiaçu, dos enclaves que conservan restos significativos de vegetación nativa, pero rodeados por zonas habitadas y explotadas por el ser humano.

Para evaluar el comportamiento alimentario de los mosquitos, el equipo instaló trampas de luz durante la noche, un método habitual para atraer a estos insectos. A lo largo del muestreo se capturaron 1 714 mosquitos pertenecientes a 52 especies diferentes. De ellos, 145 hembras presentaban el abdomen lleno de sangre, lo que indicaba que se habían alimentado recientemente.

El análisis de la sangre revela una preferencia inesperada

El siguiente paso fue determinar de qué animales procedía esa sangre. Aunque suele asumirse que los mosquitos forestales se alimentan de una gran diversidad de vertebrados, especialmente en ecosistemas ricos, los datos obtenidos ofrecieron una imagen distinta. Solo en 24 muestras fue posible identificar con precisión el origen del alimento, pero el resultado fue contundente: 18 correspondían a sangre humana.

“Mostramos que los mosquitos capturados en fragmentos del Bosque Atlántico presentan una clara preferencia por alimentarse de sangre humana”, explica el biólogo Jeronimo Alencar, uno de los autores principales del estudio. Según el investigador, este patrón resulta llamativo porque contradice la expectativa de una dieta más variada en un entorno con múltiples hospedadores potenciales.

Para identificar el origen de la sangre, los científicos recurrieron a una técnica de análisis genético basada en la amplificación de un fragmento específico de ADN. Ese segmento funciona como una especie de código de barras biológico que permite distinguir entre especies animales al compararlo con bases de datos internacionales. Gracias a este método, los investigadores pudieron confirmar no solo la presencia de sangre humana, sino también restos procedentes de anfibios, aves, cánidos y roedores.

Picaduras múltiples y contactos cruzados

El análisis reveló además que algunos mosquitos habían ingerido sangre de más de una especie. En un ejemplar de Coquillettidia venezuelensis, por ejemplo, se detectó una mezcla de sangre humana y de anfibios. En otros casos, como en Coquillettidia fasciolata, predominaba la sangre de aves combinada con la de otros vertebrados.

Este tipo de resultados sugiere que los mosquitos pueden interrumpir una picadura y continuar alimentándose en otro hospedador, o bien realizar varias tomas consecutivas durante un mismo periodo de actividad. Desde el punto de vista epidemiológico, este comportamiento es especialmente relevante, ya que facilita el salto de patógenos entre especies distintas.

Los autores subrayan que el número limitado de muestras identificables no resta valor al patrón observado. Al contrario, consideran que la alta proporción de sangre humana detectada refuerza la hipótesis de que el entorno degradado está influyendo de manera directa en las decisiones alimentarias de los mosquitos.

¿Por qué los humanos se vuelven la presa principal?

El estudio no se limita a describir el fenómeno, sino que explora posibles explicaciones. El comportamiento de los mosquitos, señalan los investigadores, es el resultado de una combinación de factores genéticos y ambientales. Algunas especies pueden tener preferencias innatas por determinados hospedadores, pero la disponibilidad y la cercanía juegan un papel decisivo.

En los fragmentos de bosque cada vez más pequeños, muchas especies animales desaparecen o reducen drásticamente sus poblaciones. Al mismo tiempo, la presencia humana aumenta, ya sea por asentamientos permanentes, actividades agrícolas o turismo. “Con menos opciones naturales, los mosquitos se ven obligados a buscar otras fuentes de alimento”, señala Sergio Machado, investigador en microbiología e inmunología de la Universidad Federal de Río de Janeiro y coautor del trabajo. “Por simple disponibilidad, los humanos se convierten en el hospedador más frecuente”.

Esta interacción creciente entre mosquitos y personas no es solo una molestia. En regiones tropicales, muchas de las especies analizadas son conocidas por su capacidad para transmitir virus y otros patógenos. El cambio en los patrones de picadura puede, por tanto, alterar la dinámica de las enfermedades infecciosas.

Un riesgo creciente para la salud pública

En el área estudiada circulan virus como el de la fiebre amarilla, el dengue, el Zika, el chikungunya o el Mayaro, entre otros. No todos los mosquitos están infectados ni todas las picaduras derivan en enfermedad, pero el aumento del contacto entre insectos y humanos incrementa la probabilidad de transmisión.

Machado advierte que “en un entorno con gran diversidad de vertebrados, una preferencia marcada por los humanos eleva de forma significativa el riesgo de que los patógenos salten de un hospedador a otro y se propaguen con mayor rapidez”. Desde esta perspectiva, la pérdida de biodiversidad no solo empobrece los ecosistemas, sino que también puede favorecer escenarios más propicios para brotes epidémicos.

La investigación, difundida también a través de un comunicado científico en EurekAlert!, insiste en que estos cambios no deben interpretarse como un fenómeno aislado. Se trata de una señal de que el equilibrio ecológico está siendo alterado a varios niveles, con consecuencias que trascienden el ámbito ambiental.

Limitaciones y nuevas preguntas abiertas

Los propios autores reconocen que el estudio tiene limitaciones. Solo una fracción de los mosquitos capturados contenía sangre identificable, y las técnicas actuales aún presentan dificultades para analizar muestras mezcladas o degradadas. Aun así, consideran que los resultados justifican la necesidad de ampliar este tipo de investigaciones en otras regiones y con metodologías más avanzadas.

Comprender con mayor precisión qué especies pican a los humanos, en qué momentos y bajo qué condiciones ambientales, puede ser clave para diseñar estrategias de vigilancia y control más eficaces. En lugar de enfoques generalistas, los científicos proponen sistemas de monitoreo adaptados a las características ecológicas de cada zona.

Alencar destaca que “si sabemos que en determinados fragmentos forestales los mosquitos recurren con mayor frecuencia a las personas, podemos anticiparnos y reforzar las medidas preventivas”. Esto incluye desde campañas de información hasta programas de control vectorial que tengan en cuenta el impacto sobre el ecosistema y no se limiten a la eliminación indiscriminada de insectos.

Biodiversidad, un escudo invisible

Más allá de los mosquitos, el estudio pone de relieve un mensaje más amplio: la biodiversidad actúa como una barrera natural frente a la propagación de enfermedades. Cuando los ecosistemas se simplifican y pierden especies, las interacciones se vuelven más directas y, a menudo, más peligrosas para el ser humano.

La creciente dependencia de los mosquitos de la sangre humana en los bosques degradados del sureste brasileño es un ejemplo concreto de cómo los cambios ambientales pueden tener efectos inesperados. Lo que comienza como una alteración del hábitat termina influyendo en la salud y el bienestar de las poblaciones humanas que viven en contacto con esos entornos.

En ese sentido, los investigadores subrayan que proteger los ecosistemas no es solo una cuestión de conservación de la naturaleza, sino también una inversión en prevención sanitaria. Mantener bosques funcionales y diversos reduce la probabilidad de que los mosquitos y otros vectores concentren su actividad en un único hospedador.

El trabajo publicado en Frontiers in Ecology and Evolution aporta así una nueva pieza al complejo rompecabezas que conecta la degradación ambiental con la aparición y expansión de enfermedades. Un recordatorio de que, en un mundo cada vez más interconectado, la salud humana y la salud de los ecosistemas son, en realidad, dos caras de la misma moneda.

Las aplicaciones para dejar de fumar demuestran un impacto real en la abstinencia

15 January 2026 at 11:00
Cigarrillo encendido con humo elevándose, símbolo del consumo de tabaco y la adicción a la nicotina.

Una amplia revisión científica concluye que las apps móviles no son un simple apoyo motivacional y pueden aumentar de forma significativa las probabilidades de abandonar el tabaco, especialmente cuando se combinan con tratamientos farmacológicos.

Durante años, las aplicaciones para dejar de fumar han proliferado en tiendas digitales prometiendo acompañar a los fumadores en uno de los procesos más difíciles para la salud pública. Sin embargo, su eficacia real había sido motivo de debate entre profesionales sanitarios. Un nuevo análisis científico aporta ahora datos sólidos que permiten ir más allá de la intuición o del marketing tecnológico.

El trabajo, realizado por un equipo de investigadores de la Capital Medical University de Pekín, analizó de forma sistemática la evidencia disponible sobre el uso de aplicaciones móviles para la cesación tabáquica. El estudio examinó 31 investigaciones previas que, en conjunto, incluyeron a cerca de 13 000 fumadores adultos seguidos durante varios meses tras su intento de abandonar el tabaco.

Los resultados muestran que quienes utilizan aplicaciones diseñadas específicamente para dejar de fumar tienen una probabilidad notablemente mayor de mantenerse abstinentes a medio plazo. En comparación con personas que no reciben ningún tipo de apoyo digital o que solo acceden a materiales informativos básicos, como folletos, los usuarios de estas apps presentan casi el triple de probabilidades de seguir sin fumar seis meses después del intento inicial.

Un efecto medible más allá del placebo digital

Según el análisis, el beneficio no es solo estadístico, sino también clínicamente relevante. Traducido a cifras comprensibles, por cada 1000 fumadores que utilizan una aplicación para dejar el tabaco, se estima que alrededor de 40 personas adicionales logran abandonar el hábito en comparación con un grupo equivalente sin apoyo digital. En el ámbito de la salud pública, donde pequeñas mejoras porcentuales pueden traducirse en miles de vidas salvadas, este incremento resulta significativo.

Los autores subrayan que este efecto no puede atribuirse únicamente a la motivación inicial de quienes descargan una app. Al comparar distintos tipos de intervenciones, observaron que incluso frente a apoyos tradicionales de baja intensidad, las aplicaciones bien diseñadas ofrecen una ventaja clara. Esto sugiere que el componente interactivo y continuo de las herramientas digitales desempeña un papel clave.

El estudio, publicado en una revista científica del grupo BMJ, señala que la accesibilidad constante de los teléfonos móviles permite intervenir en momentos críticos del proceso de abandono, como los episodios de deseo intenso de fumar o las recaídas tempranas. “Las aplicaciones pueden proporcionar apoyo inmediato en situaciones en las que otros recursos no están disponibles”, explican los investigadores en su análisis.

La combinación que multiplica resultados

Uno de los hallazgos más relevantes del trabajo es que las aplicaciones no compiten con los tratamientos clásicos, sino que los potencian. Cuando el uso de una app se combina con terapias farmacológicas, como parches de nicotina, chicles o medicamentos recetados, las tasas de éxito aumentan de forma aún más marcada.

De acuerdo con los datos analizados, la combinación de app y medicación puede casi duplicar la probabilidad de dejar de fumar en comparación con el uso exclusivo de fármacos. Este efecto sugiere que las aplicaciones cubren aspectos del proceso de abandono que los tratamientos farmacológicos no abordan directamente.

Los investigadores explican que los medicamentos actúan principalmente sobre la dependencia física a la nicotina, reduciendo los síntomas de abstinencia. Las apps, en cambio, intervienen sobre la dimensión conductual y psicológica del tabaquismo. “Las herramientas digitales ayudan a mantener la motivación, recuerdan la toma correcta de la medicación y ofrecen estrategias prácticas para afrontar el impulso de fumar”, señalan los autores.

Este enfoque complementario parece especialmente útil en los primeros meses, cuando el riesgo de recaída es mayor. La posibilidad de recibir mensajes personalizados, registrar avances diarios o acceder a consejos en tiempo real puede marcar la diferencia entre perseverar o abandonar el intento.

No todas las aplicaciones funcionan igual

El análisis también pone de relieve que la eficacia varía considerablemente según el tipo de aplicación. Los investigadores distinguieron entre apps básicas, centradas principalmente en contar cigarrillos no fumados o dinero ahorrado, y aplicaciones más complejas que integran técnicas psicológicas estructuradas.

Las mejores tasas de abandono se observaron en aquellas apps que incorporan métodos procedentes de la terapia cognitivo-conductual o ejercicios de mindfulness. Estas herramientas no se limitan a informar, sino que enseñan a los usuarios a identificar desencadenantes, replantear pensamientos automáticos y manejar el estrés sin recurrir al tabaco.

“Las aplicaciones que utilizan estrategias psicológicas basadas en la evidencia parecen ofrecer un apoyo más profundo y sostenido”, apuntan los autores. Este hallazgo refuerza la idea de que el diseño y el contenido son factores decisivos, y que no basta con trasladar un contador digital a la pantalla del móvil.

Además, las apps más avanzadas suelen adaptarse al progreso del usuario, modificando la intensidad y el tipo de mensajes a medida que pasan las semanas. Esta personalización podría explicar parte de su mayor efectividad frente a enfoques genéricos.

Las limitaciones que aún persisten

A pesar de los resultados alentadores, los investigadores adoptan un tono prudente. La calidad global de la evidencia se califica como moderada a baja, debido a varias limitaciones comunes en los estudios analizados. Muchos ensayos contaban con muestras relativamente pequeñas, lo que reduce la robustez estadística de las conclusiones.

Otro problema frecuente es la verificación del abandono del tabaco. En varios estudios, el estado de no fumador se basó únicamente en la declaración de los participantes, sin confirmación mediante pruebas biológicas como la medición de monóxido de carbono en el aliento. Esto introduce un margen de error, ya que algunas personas pueden sobrestimar su éxito.

La tasa de abandono de los propios estudios también fue elevada en algunos casos, con participantes que dejaron de responder antes del final del seguimiento. Este fenómeno es habitual en investigaciones sobre hábitos de salud, pero complica la interpretación de los resultados a largo plazo.

Los autores añaden que el ecosistema de aplicaciones móviles evoluciona con rapidez. Algunas de las apps evaluadas ya no existen o han sido actualizadas de forma sustancial desde que se realizaron los estudios. “Lo que funcionaba hace tres años puede no ser idéntico a lo que hoy encuentra un usuario en una tienda de aplicaciones”, advierten.

Qué implican estos datos para los fumadores

A la luz de la evidencia disponible, las aplicaciones pueden considerarse una herramienta útil, especialmente para personas que no tienen acceso fácil a programas presenciales de apoyo o que prefieren un enfoque autónomo. Para muchos fumadores, una app puede ser el primer paso hacia un intento serio de abandono.

Sin embargo, los investigadores insisten en que las mayores probabilidades de éxito se logran cuando las aplicaciones se utilizan como complemento y no como sustituto de otras intervenciones eficaces. El apoyo de profesionales sanitarios y el uso adecuado de medicación siguen siendo pilares fundamentales del tratamiento del tabaquismo.

Elegir la aplicación adecuada también resulta clave. Las apps que ofrecen acompañamiento estructurado, ejercicios prácticos y estrategias de afrontamiento basadas en evidencia científica parecen ser más eficaces que aquellas centradas solo en el registro de datos. La implicación activa del usuario, más allá de la simple descarga, es otro factor determinante.

Hacia una integración en la atención sanitaria

Más allá del beneficio individual, el estudio plantea un escenario interesante para los sistemas de salud. Los autores destacan el potencial de las aplicaciones como herramienta de bajo coste y alta escalabilidad, especialmente en regiones con escasez de profesionales especializados en cesación tabáquica.

Una app puede estar disponible las 24 horas, adaptarse a miles de usuarios simultáneamente y ofrecer un nivel de personalización impensable para los programas tradicionales. Estas características la convierten en una candidata atractiva para integrarse en estrategias de salud pública más amplias.

No obstante, antes de que las aplicaciones puedan considerarse parte de la atención estándar, los investigadores reclaman estudios más ambiciosos. Proponen ensayos con muestras mayores, seguimientos más prolongados y métodos homogéneos para medir tanto el abandono del tabaco como el grado real de uso de las apps.

“Descargar una aplicación es sencillo; utilizarla de forma constante y efectiva es el verdadero desafío”, señalan. Comprender mejor cómo interactúan los usuarios con estas herramientas será clave para maximizar su impacto y evitar que se queden en promesas tecnológicas sin continuidad.

En conjunto, la evidencia sugiere que las aplicaciones para dejar de fumar han superado la fase de curiosidad digital y se perfilan como un apoyo real y medible. Aunque no son una solución milagrosa, su capacidad para reforzar otros tratamientos y llegar a poblaciones amplias las sitúa como una pieza cada vez más relevante en la lucha contra el tabaquismo.

El nitrógeno impulsa el crecimiento acelerado de los bosques tropicales jóvenes

14 January 2026 at 11:00
Bosque tropical en regeneración con árboles jóvenes y vegetación densa, mostrando crecimiento acelerado y captura natural de carbono en un ecosistema húmedo.

Un amplio experimento internacional revela que la falta de nitrógeno frena la recuperación de los bosques tropicales y que su presencia puede casi duplicar su velocidad de crecimiento durante la primera década, con un impacto directo en la captura de dióxido de carbono.

La regeneración de los bosques tropicales se ha convertido en una de las grandes esperanzas frente al cambio climático. A medida que los árboles crecen, extraen dióxido de carbono de la atmósfera y lo almacenan en su madera, sus raíces y sus ramas. Esta función convierte a los bosques en auténticos sumideros de carbono, especialmente durante las primeras etapas de su recuperación tras la deforestación. Sin embargo, ese potencial no se activa automáticamente: depende de condiciones ecológicas muy concretas.

Una investigación publicada en Nature Communications aporta ahora una pieza clave para entender por qué muchos bosques tropicales jóvenes no crecen tan rápido como cabría esperar. El estudio concluye que la escasez de nitrógeno, un nutriente esencial para las plantas, limita de forma decisiva la velocidad de recuperación de estos ecosistemas. Cuando ese elemento está disponible, el crecimiento puede acelerarse hasta casi el doble durante los primeros años, lo que se traduce en una mayor absorción de CO₂ a escala global.

Según las estimaciones del equipo científico, si los bosques tropicales en recuperación dispusieran del nitrógeno necesario, podrían llegar a almacenar alrededor de 820 millones de toneladas adicionales de dióxido de carbono al año durante su fase más activa de crecimiento. Ese ritmo, subrayan los autores, puede mantenerse durante aproximadamente diez años, un periodo considerado crítico en la lucha por frenar el calentamiento global.

Jóvenes bosques como aliados climáticos

Los bosques jóvenes desempeñan un papel desproporcionadamente importante en el ciclo del carbono. A diferencia de los bosques maduros, donde la captación y la liberación de carbono tienden a equilibrarse, las masas forestales en regeneración crecen con rapidez y acumulan grandes cantidades de biomasa en poco tiempo. Esa dinámica los convierte en aliados estratégicos para mitigar las emisiones humanas, siempre que se den las condiciones adecuadas.

La ecóloga Sarah Batterman, del Cary Institute of Ecosystem Studies y una de las autoras del trabajo, lo resume así: “El nitrógeno determina la rapidez con la que regresan los bosques jóvenes”. En declaraciones difundidas a través de un comunicado científico internacional publicado en EurekAlert!, añade que “durante los primeros diez años, los bosques crecieron casi el doble de rápido cuando añadimos nitrógeno al suelo. Eso supone un aumento muy significativo de la captura de CO₂ y nos permite ganar un tiempo valioso para reducir las emisiones netas”.

El contexto global refuerza la relevancia del hallazgo. Se calcula que cerca de la mitad de los bosques tropicales del planeta se encuentran actualmente en proceso de recuperación tras haber sido degradados por la tala, los incendios o la expansión agrícola. En muchos casos, estas perturbaciones provocan la pérdida de nutrientes del suelo, que se erosionan o se lixivian con las lluvias, dejando a los ecosistemas empobrecidos y menos capaces de sostener un crecimiento rápido.

Un experimento a gran escala en Panamá

Para comprobar qué nutrientes limitan realmente el crecimiento de los bosques tropicales, un equipo internacional liderado por Wenguang Tang, de la Universidad de Glasgow, diseñó uno de los experimentos más ambiciosos realizados hasta ahora en este campo. El estudio se desarrolló en Panamá, en una región que alberga bosques en diferentes etapas de desarrollo, desde antiguas tierras agrícolas abandonadas hasta selvas maduras con siglos de antigüedad.

Los investigadores establecieron 76 parcelas experimentales, cada una de aproximadamente 60 por 30 metros, un tamaño comparable al de una pista de hockey sobre hielo. En cada una aplicaron tratamientos distintos: algunas recibieron nitrógeno, otras fósforo, otras ambos nutrientes y un último grupo se dejó como control, sin añadidos. A lo largo de los años, cada parcela fue inventariada de forma exhaustiva al menos cinco veces, registrando datos de más de 20 000 árboles en cada campaña.

“Es el experimento más grande y prolongado del mundo en el que se han añadido nitrógeno y fósforo a bosques tropicales”, explica Tang en declaraciones difundidas a través de un comunicado científico. “Cada fragmento de terreno ha sido medido y recontado repetidamente. El esfuerzo logístico fue enorme, pero nos permitió obtener una imagen muy sólida de cómo responden los bosques a estos nutrientes”.

Crecimientos cercanos al 100 por ciento

Los resultados superaron las expectativas del propio equipo. En áreas recientemente abandonadas por la agricultura, los bosques que recibieron nitrógeno crecieron un 95 por ciento más rápido que los de control. En parcelas donde la regeneración llevaba unos diez años en marcha, el aumento medio de la velocidad de crecimiento fue del 48 por ciento. Las diferencias eran visibles incluso a simple vista.

“Fue realmente sorprendente”, reconoce Batterman. “Las parcelas con nitrógeno adicional parecían gigantescas. Los árboles habían crecido de forma descomunal. No esperábamos una respuesta tan rápida y tan intensa al añadir compuestos de nitrógeno al suelo”.

Ese efecto, sin embargo, no se mantuvo indefinidamente. En bosques de 30 años o más, la adición de nitrógeno ya no produjo un aumento apreciable del crecimiento. Los científicos interpretan este resultado como una señal de que, con el tiempo, los suelos forestales recuperan parte de su fertilidad de manera natural. Entre los mecanismos implicados se encuentran los árboles capaces de fijar nitrógeno atmosférico en simbiosis con bacterias, un proceso que enriquece progresivamente el suelo.

El enigma del fósforo

Durante décadas, una de las teorías dominantes en ecología tropical sostenía que el fósforo era el principal nutriente limitante en estos ecosistemas, especialmente en suelos antiguos y muy lavados por las lluvias. Sin embargo, el nuevo estudio no encontró evidencia de que la adición de fósforo acelerara el crecimiento de los bosques, ni siquiera en las etapas más tempranas de la recuperación.

“Este resultado cuestiona una idea muy arraigada”, afirma Tang. “Durante mucho tiempo se pensó que los bosques tropicales estaban sobre todo limitados por la falta de fósforo”.

Los autores no descartan que este elemento desempeñe un papel importante en otros aspectos no medidos directamente, como el desarrollo de raíces, la producción de frutos o la reproducción. También es posible que muchas especies tropicales hayan desarrollado adaptaciones eficientes para prosperar en condiciones de bajo fósforo. Para aclarar estas incógnitas, el equipo planea extender sus investigaciones a bosques de África y Asia, donde las condiciones del suelo y la composición de especies pueden ser diferentes.

Potencial climático y límites prácticos

La magnitud del beneficio climático potencial es considerable. El aumento de la captura de carbono asociado al crecimiento acelerado de los bosques jóvenes sería comparable, según los cálculos del estudio, a retirar de la circulación unos 142 millones de automóviles de gasolina cada año. Sin embargo, los investigadores son cautelosos a la hora de trasladar estos resultados a políticas de intervención directa.

Lejos de promover la fertilización masiva de bosques tropicales con fertilizantes industriales, el equipo subraya que esa estrategia tendría costes económicos y ambientales elevados. La producción y el uso de fertilizantes sintéticos generan emisiones de gases de efecto invernadero y pueden contaminar suelos y aguas si se aplican sin control.

La alternativa, explican, pasa por diseñar programas de restauración forestal más inteligentes. Una de las propuestas consiste en favorecer la plantación de especies arbóreas capaces de fijar nitrógeno de forma natural, de modo que enriquezcan el suelo a medida que crecen. Otra opción es concentrar los esfuerzos de reforestación en zonas donde ya existe una alta deposición de nitrógeno procedente de la agricultura, el tráfico o la actividad industrial.

“De esa manera, los bosques pueden matar dos pájaros de un tiro”, señala Batterman. “Por un lado, eliminan el exceso de nitrógeno que contamina el entorno y, por otro, crecen más rápido”.

Ganar tiempo en una década decisiva

Más allá de las cifras, el estudio pone el acento en un factor temporal que muchos expertos consideran crucial. Aunque a largo plazo los bosques no incrementan indefinidamente su capacidad de almacenar carbono, la aceleración del crecimiento durante los primeros diez años puede marcar una diferencia significativa en el corto plazo.

“A largo plazo, los bosques no almacenan más carbono en total”, explica Batterman. “Pero en esos primeros diez años lo hacen mucho más rápido. Y esos diez años son exactamente los que necesitamos ahora, porque la transición hacia energías limpias avanza demasiado despacio”.

En ese sentido, la investigación refuerza la idea de que la restauración de los bosques tropicales no es solo una cuestión de plantar árboles, sino de entender y gestionar los procesos ecológicos que determinan su crecimiento. El nitrógeno, un elemento a menudo asociado a problemas ambientales en otros contextos, emerge aquí como una pieza clave para liberar el potencial climático de algunos de los ecosistemas más importantes del planeta.

La reanimación que muestra la televisión no se parece a la real y puede poner vidas en riesgo

13 January 2026 at 11:00
Persona realizando reanimación cardiopulmonar con compresiones torácicas en el centro del pecho a una víctima inconsciente.

Las escenas de reanimación cardiopulmonar en series y películas siguen usando técnicas obsoletas que ya no se recomiendan y que, según investigadores, pueden confundir a la población y retrasar la ayuda correcta en una emergencia real.

Las imágenes se repiten una y otra vez en la ficción audiovisual: una persona se desploma, alguien se acerca, busca el pulso, inclina la cabeza del paciente y comienza una combinación apresurada de compresiones y respiraciones boca a boca. La escena transmite urgencia y heroísmo, pero también un mensaje equivocado. En la vida real, ese protocolo ya no es el recomendado para quienes presencian una parada cardíaca fuera del ámbito sanitario.

El problema no es solo narrativo. Investigadores de la University of Pittsburgh alertan de que la persistencia de estas representaciones erróneas puede tener consecuencias graves cuando los espectadores trasladan lo aprendido en la pantalla a una situación de emergencia real. Su análisis muestra que buena parte de las series de televisión siguen difundiendo métodos de reanimación superados, a pesar de que las guías médicas cambiaron hace más de una década.

Un estudio sobre la influencia de la ficción

El estudio, publicado en una revista científica de la American Heart Association, analizó cómo se representa la reanimación cardiopulmonar realizada por testigos en series estadounidenses emitidas desde 2008. Los investigadores revisaron 169 episodios en los que aparecía una escena de reanimación e identificaron los pasos seguidos por los personajes, el contexto y el perfil de las víctimas.

Los resultados muestran una brecha clara entre la ficción y la práctica clínica actual. Menos de un tercio de los episodios presentaban de forma correcta los pasos básicos recomendados hoy para una persona sin formación sanitaria avanzada. En casi la mitad de los casos se mostraban técnicas obsoletas, como comprobar el pulso antes de actuar o realizar respiraciones boca a boca, prácticas que ya no forman parte de las recomendaciones para reanimación por parte de testigos.

El estudio fue difundido también mediante un comunicado científico publicado en la plataforma EurekAlert, en el que se subraya el impacto potencial de estas imágenes en la conducta del público. Los autores advierten de que muchas personas adquieren su idea de cómo actuar en una emergencia médica a través de lo que ven en televisión y redes sociales, no en cursos formales de primeros auxilios.

Cómo ha cambiado la reanimación básica

Desde hace aproximadamente quince años, las guías internacionales de reanimación recomiendan un enfoque simplificado para los testigos de una parada cardíaca: llamar inmediatamente al número de emergencias y comenzar con compresiones torácicas firmes y continuas en el centro del pecho. El objetivo es mantener el flujo de sangre hacia el cerebro y otros órganos vitales hasta que llegue ayuda especializada.

Este método, conocido como “solo compresiones”, ha demostrado ser tan eficaz para los primeros minutos como la reanimación que incluye ventilaciones, siempre que la realice personal entrenado. Además, elimina una de las principales barreras psicológicas para intervenir: el rechazo o miedo a realizar respiración boca a boca a un desconocido.

“Durante mi trabajo como voluntaria enseñando reanimación a jóvenes en Pittsburgh, veo mucha confusión”, explica la investigadora Beth Hoffman, de Pitt Public Health, en declaraciones recogidas en el comunicado del estudio. “Preguntamos a los estudiantes cuál es el primer paso y muchos responden que hay que comprobar si la persona tiene pulso. Pero eso ya no se hace en la reanimación por parte de testigos”. Según Hoffman, antes de recibir formación, una gran parte de los alumnos afirma haber aprendido sobre reanimación a través de la televisión o las redes sociales, lo que llevó al equipo a plantear la investigación.

Lo que la televisión muestra mal

El análisis no se limita a los pasos técnicos. También revela distorsiones importantes sobre quién sufre una parada cardíaca y dónde ocurre. En las series analizadas, el 44 % de las víctimas tenía entre 21 y 40 años. En la vida real, la edad media de las personas que requieren reanimación es de 62 años, según datos epidemiológicos utilizados por los investigadores.

Algo similar ocurre con el lugar del colapso. En la ficción, el 80 % de las paradas cardíacas se produce en espacios públicos, lo que facilita la presencia de testigos y añade dramatismo a la escena. En la realidad, alrededor del 80 % ocurre en el hogar, lejos de miradas externas y con familiares como primeros respondedores.

Estas diferencias no son triviales. Para la investigadora principal Ore Fawole, pueden generar una falsa sensación de distancia respecto al riesgo real. “Esto puede llevar al público a pensar que una parada cardíaca es algo que solo ocurre en lugares públicos o a personas jóvenes”, señala. “Si alguien cree que no es relevante para su propia vida, puede no ver la necesidad de formarse en reanimación. Pero la mayoría de las paradas suceden en casa y la persona a la que puedes salvar probablemente sea alguien a quien amas”.

Quién recibe ayuda y quién no

El estudio también detectó un patrón que sí coincide con la realidad: tanto en la ficción como fuera de ella, la mayoría de las personas que reciben reanimación son hombres blancos. Las mujeres y las personas negras tienen menos probabilidades de ser reanimadas por un testigo, un fenómeno documentado en estudios previos sobre desigualdades en la atención de emergencias.

Los autores reconocen que no está claro si la televisión refleja estas desigualdades existentes o si contribuye a reforzarlas. “No sabemos si la ficción está copiando la realidad o si está influyendo en ella”, apunta Hoffman. “Pero es una cuestión importante para futuras investigaciones”.

El peso de la cultura audiovisual

La influencia de la televisión y el cine en la percepción pública de la medicina ha sido objeto de debate durante años. En el caso de la reanimación, esa influencia puede ser especialmente crítica porque las decisiones deben tomarse en segundos y bajo estrés extremo. En ese contexto, las personas recurren a lo que recuerdan, aunque ese recuerdo provenga de una serie de ficción.

Los investigadores subrayan que no se trata de culpar a los guionistas, sino de reconocer el alcance educativo involuntario de la ficción. En ausencia de formación formal, muchas personas toman la pantalla como referencia. Cuando esa referencia es incorrecta, el riesgo es que se retrase la intervención o se apliquen maniobras innecesarias que distraen de lo esencial.

El artículo científico señala que comprobar el pulso, por ejemplo, puede consumir segundos valiosos y resultar confuso para alguien sin entrenamiento. Lo mismo ocurre con las ventilaciones, que pueden interrumpir las compresiones y reducir su eficacia si no se realizan correctamente.

Llamar y comprimir, el mensaje clave

La recomendación actual para la población general se resume en dos pasos claros: llamar a emergencias y comenzar inmediatamente las compresiones torácicas. Los centros de emergencia, además, suelen guiar por teléfono a la persona que asiste a la víctima, corrigiendo la técnica y manteniendo el ritmo adecuado hasta que llega la ambulancia.

Los autores del estudio insisten en que este mensaje debería reflejarse con mayor fidelidad en la ficción audiovisual. Mostrar a personajes que actúan de acuerdo con las guías actuales no solo aumentaría el realismo, sino que podría tener un efecto positivo en la supervivencia real, al reforzar conductas correctas entre millones de espectadores.

Un llamado a la responsabilidad narrativa

La investigación concluye que las representaciones inexactas de la reanimación cardiopulmonar siguen siendo frecuentes y que existe margen de mejora. Los científicos animan a los creadores de contenidos a consultar fuentes médicas actualizadas y a colaborar con expertos cuando se abordan escenas de emergencia sanitaria.

No se trata de eliminar la tensión dramática, sino de adaptarla a la realidad. Una escena en la que un personaje marca el número de emergencias y comienza compresiones firmes y constantes puede ser tan intensa como cualquier otra, con el valor añadido de transmitir un conocimiento potencialmente salvador.

El estudio completo, publicado en una revista de la American Heart Association y difundido a través de un comunicado científico internacional, refuerza una idea sencilla pero crucial: en una parada cardíaca, saber qué hacer marca la diferencia entre la vida y la muerte. Si la televisión es una de las principales maestras involuntarias, su lección debería estar actualizada.

Los océanos rompieron todos los récords de calor en 2025

12 January 2026 at 11:00
Océano polar con grandes placas de hielo derritiéndose, reflejando el impacto del calentamiento global y el aumento récord de calor en los mares.

Los mares del planeta almacenaron más energía térmica que en ningún otro año desde que existen mediciones, confirmando una aceleración sostenida del calentamiento global con efectos directos sobre el clima extremo.

Los océanos de la Tierra actuaron en 2025 como nunca antes. Lejos de ser simples masas de agua pasivas, absorbieron una cantidad de calor sin precedentes, consolidándose como el principal regulador —y víctima— del calentamiento global inducido por las emisiones humanas. Más del 90 % del exceso de energía atrapada por los gases de efecto invernadero terminó en el océano, no solo en su superficie, sino penetrando hasta profundidades de casi dos kilómetros.

Un nuevo análisis internacional cuantificó con precisión esa acumulación térmica y llegó a una conclusión inequívoca: 2025 fue el año más cálido jamás registrado para los primeros 2000 metros de los océanos del mundo. El estudio, publicado en la revista científica Advances in Atmospheric Sciences, especializada en ciencias atmosféricas y oceánicas, detalla que el océano absorbió alrededor de 23 zettajulios adicionales de energía en comparación con 2024, una cifra que equivale a un número difícil de imaginar de explosiones nucleares concentradas en el agua del planeta.

Una señal clara en las profundidades del océano

La investigación fue realizada por un consorcio internacional de climatólogos y oceanógrafos que analizaron décadas de observaciones procedentes de boyas, barcos, satélites y modelos oceánicos. Según explican los autores, la temperatura media del océano profundo es uno de los indicadores más robustos del cambio climático, ya que integra el calentamiento a largo plazo y no se ve tan afectada por variaciones meteorológicas de corto plazo.

“El océano es como un gigantesco archivo climático”, señaló uno de los investigadores principales en declaraciones difundidas a través de un comunicado científico publicado por EurekAlert. “Si queremos saber cuánta energía adicional está entrando realmente en el sistema Tierra —el conjunto formado por la atmósfera, los océanos, la criosfera y la superficie continental— debemos mirar al océano, no solo al aire”. Esa afirmación resume por qué los científicos consideran estos resultados especialmente preocupantes.

Los datos muestran que el calentamiento no se limita a regiones aisladas. En 2025, aproximadamente un tercio de todas las áreas oceánicas del planeta se ubicaron entre los tres años más cálidos jamás observados, mientras que más de la mitad entró en el grupo de los cinco años con mayor contenido de calor. La señal es global, persistente y cada vez más intensa.

Nueve años consecutivos de récords sin precedentes

Uno de los aspectos más llamativos del nuevo informe es la continuidad de la tendencia. Desde 2017 hasta 2025, los océanos han batido récords de contenido de calor de manera ininterrumpida durante nueve años consecutivos. Según los científicos, no existe ningún antecedente similar en los registros modernos.

Esta sucesión de máximos históricos no es un simple accidente estadístico. Los investigadores subrayan que refleja un desequilibrio energético persistente del planeta: entra más energía de la que sale, y el océano absorbe la mayor parte de ese exceso. Mientras las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero sigan aumentando, este proceso continuará.

Algunas regiones destacaron especialmente en 2025. La zona del océano Austral que rodea la Antártida mostró valores récord, al igual que el Atlántico Norte y el mar Mediterráneo. Estas áreas son consideradas puntos clave del sistema climático global, ya que influyen en corrientes oceánicas, patrones atmosféricos y ecosistemas marinos de gran importancia.

Un enfriamiento superficial que no contradice la tendencia

Paradójicamente, mientras las capas profundas del océano seguían acumulando calor, la temperatura media de la superficie marina descendió ligeramente en comparación con el año anterior. En 2025, el valor global fue aproximadamente 0,12 grados inferior al de 2024, que había sido el año más cálido registrado en superficie.

Lejos de contradecir el calentamiento global, este descenso tiene una explicación bien conocida: la presencia del fenómeno climático La Niña. Este patrón natural favorece el afloramiento de aguas más frías en el Pacífico tropical, lo que reduce temporalmente la temperatura superficial media del océano.

“Lo importante es entender que la energía no desaparece”, explican los autores del estudio. “Durante La Niña, el calor se redistribuye dentro del océano y hacia capas más profundas”. De hecho, incluso con ese enfriamiento relativo, 2025 se posicionó como el tercer año más cálido jamás registrado para la temperatura superficial del mar, una señal de que el nivel de partida es cada vez más alto.

Impactos climáticos visibles en todo el planeta

El aumento continuo del calor oceánico no es una curiosidad científica abstracta. Tiene consecuencias directas y medibles sobre el clima extremo. Un océano más cálido libera más vapor de agua a la atmósfera, alimentando tormentas más intensas y lluvias más violentas, mientras que también contribuye a olas de calor más prolongadas en tierra firme.

En 2025, estos efectos se manifestaron de forma dramática en distintas regiones del mundo. En el sudeste asiático, inundaciones catastróficas provocadas por lluvias excepcionales causaron la muerte de más de 1350 personas. En el sur de Europa, una ola de calor extrema llevó los termómetros por encima de los 48 grados, rompiendo récords históricos y poniendo en jaque a los sistemas de salud y energía. En Estados Unidos, una crecida súbita en Texas dejó al menos 138 víctimas mortales tras precipitaciones intensas concentradas en pocas horas.

Los científicos señalan que ningún evento aislado puede atribuirse exclusivamente al calentamiento oceánico, pero el contexto térmico elevado aumenta la probabilidad y la intensidad de estos desastres. “Es como cargar los dados”, explicó uno de los investigadores. “No garantiza un resultado concreto, pero hace que los extremos sean mucho más probables”.

Un ritmo de calentamiento cada vez más rápido

Más allá de los récords anuales, el estudio revela otro dato inquietante: la velocidad a la que se está calentando el océano se ha incrementado de manera notable. Entre 1958 y 1985, el contenido de calor oceánico aumentaba a un ritmo promedio de 2,9 zettajulios por año. Desde 2007, esa cifra se ha disparado hasta superar los 11 zettajulios anuales, es decir, casi cuatro veces más.

Este aumento en la pendiente de la curva es una señal clara de que el sistema climático está respondiendo de forma acelerada al incremento de gases de efecto invernadero. Los investigadores advierten que, incluso si las emisiones se estabilizaran hoy, el océano seguiría calentándose durante años debido a la inercia térmica del sistema.

“El calentamiento del océano solo se detendrá cuando las emisiones netas de gases de efecto invernadero lleguen a cero”, subrayan los autores. Hasta entonces, los mares continuarán absorbiendo energía y amplificando los impactos del cambio climático.

Un indicador más fiable que la temperatura del aire

Los climatólogos insisten en que la temperatura del aire, aunque es el indicador más citado, no siempre refleja con precisión la magnitud real del calentamiento global. Las variaciones asociadas a fenómenos como El Niño y La Niña pueden provocar subidas o bajadas temporales que confunden la percepción pública.

El contenido de calor del océano, en cambio, actúa como un promedio a largo plazo del desequilibrio energético del planeta. Al absorber y almacenar enormes cantidades de energía, suaviza las oscilaciones de corto plazo y revela con mayor claridad la tendencia subyacente.

Por esa razón, muchos científicos consideran que el océano ofrece la “firma térmica” más fiable del cambio climático. Y esa firma, según los datos más recientes, apunta de forma inequívoca hacia un planeta que continúa acumulando calor a un ritmo cada vez mayor.

Un mensaje inequívoco desde el océano

Los resultados de este trabajo científico, difundidos también a través de plataformas internacionales de divulgación académica, refuerzan un mensaje que la comunidad científica viene repitiendo desde hace años: el calentamiento global no se ha detenido ni se ha ralentizado. Por el contrario, se está intensificando, y el océano es el principal testigo de ese proceso.

Mientras las emisiones continúen, los récords seguirán cayendo. Y aunque el océano ha actuado hasta ahora como un amortiguador que protege a la humanidad de un calentamiento aún más rápido del aire, ese servicio tiene un costo creciente para los ecosistemas marinos y para la estabilidad climática del planeta.

En palabras de uno de los autores del estudio, “el océano nos está diciendo, de la forma más clara posible, que el sistema Tierra sigue fuera de equilibrio”. Ignorar esa señal, advierten los científicos, solo hará que los impactos futuros sean más severos y más difíciles de gestionar.

Restos humanos tempranos en Marruecos refuerzan a África como cuna de nuestra especie

9 January 2026 at 11:00
Mandíbula fósil humana ThI-GH-1 de 773 000 años hallada en la cantera Thomas, Marruecos, clave para entender el origen africano de la humanidad.

Huesos y dientes hallados en una cueva de Casablanca, con una antigüedad cercana a 773 000 años, aportan nuevas pruebas sobre el origen africano del linaje humano y revelan una diversidad regional más temprana de lo que se pensaba.

En una cantera del suroeste de Casablanca, Marruecos, un conjunto de restos humanos excepcionalmente antiguos vuelve a situar a África en el centro del relato sobre nuestros orígenes. Los fósiles, recuperados en la llamada Grotte à Hominidés, corresponden a individuos que vivieron hace alrededor de 773 000 años, en un momento clave de la evolución humana, cuando las principales líneas que darían lugar a nuestra especie y a otros grupos humanos comenzaban a diferenciarse.

El hallazgo no es reciente, pero sí lo es la certeza sobre su antigüedad y su significado. Tras décadas de excavaciones sistemáticas y análisis geológicos detallados, el yacimiento marroquí se ha convertido en una referencia para comprender cómo y dónde se configuraron las poblaciones humanas arcaicas que acabarían conduciendo a Homo sapiens. Los resultados han sido publicados en la revista Nature y difundidos por el servicio científico EurekAlert, consolidando su impacto en la comunidad internacional.

Una cueva redescubierta por la ciencia

La Grotte à Hominidés se encuentra incrustada en una antigua cantera, un entorno poco habitual para uno de los yacimientos paleoantropológicos más importantes del norte de África. El primer indicio de su relevancia apareció en 1969, cuando un coleccionista aficionado encontró parte de una mandíbula humana. Durante años, aquel fósil permaneció como una pieza aislada, sin un contexto claro que permitiera evaluar su edad y su lugar en la evolución humana.

No fue hasta 1994 cuando un equipo de investigadores inició excavaciones sistemáticas en la cueva. Desde entonces, los trabajos han sacado a la luz dos mandíbulas parciales, varios dientes, ocho vértebras y un fragmento de fémur. Este conjunto, poco habitual por su variedad anatómica y su estado de conservación, permitió por primera vez estudiar a estos individuos como parte de una población y no como restos aislados.

La acumulación de hallazgos también permitió analizar con precisión las capas de sedimentos en las que se encontraban los fósiles. Esa información geológica resultó decisiva para situar cronológicamente los restos y para descartar que hubieran sido desplazados desde niveles más antiguos o más recientes, una duda habitual en yacimientos descubiertos hace décadas.

El reloj magnético de la Tierra

Determinar la edad exacta de fósiles tan antiguos es uno de los mayores desafíos de la paleoantropología. En este caso, los investigadores recurrieron al paleomagnetismo, una técnica que analiza la orientación del campo magnético terrestre registrada en las rocas. A lo largo de la historia del planeta, los polos magnéticos se han invertido en múltiples ocasiones, dejando una huella detectable en los sedimentos.

Las capas que rodeaban los restos humanos de Casablanca registran una inversión magnética conocida, ocurrida hace aproximadamente 773 000 años. Los fósiles se depositaron justo en torno a ese cambio, lo que permite asignarles una edad muy precisa. Esta coincidencia convierte al yacimiento en uno de los pocos del norte de África con restos humanos tan antiguos y con una datación tan sólida.

Gracias a este contexto, los científicos pueden afirmar no solo que los fósiles son antiguos, sino que realmente pertenecen a ese periodo concreto. Esa seguridad cronológica refuerza su valor para reconstruir la historia temprana del linaje humano y para compararlos con otros restos hallados en Europa y Asia.

Rasgos antiguos y rasgos modernos

El análisis anatómico de las mandíbulas, los dientes y las vértebras revela una combinación sorprendente de características. Por un lado, algunos rasgos recuerdan a los de homínidos más antiguos, con mandíbulas robustas y proporciones consideradas primitivas. Por otro, aparecen detalles que anticipan características observadas más tarde tanto en Homo sapiens como en los neandertales.

Una de las mandíbulas, de menor tamaño, probablemente perteneció a un adulto de constitución ligera. Justo debajo se encontraron ocho vértebras que, por su posición y tamaño, podrían corresponder al mismo individuo. La otra mandíbula es más grande y robusta, con rasgos que muestran afinidades parciales con poblaciones humanas posteriores de Europa.

Esta diversidad dentro de un mismo yacimiento sugiere que las poblaciones humanas de hace 773 000 años no eran homogéneas. Al contrario, presentaban una variabilidad anatómica notable, reflejo de procesos evolutivos complejos que se desarrollaban de forma paralela en distintas regiones.

Un panorama más complejo que una sola línea evolutiva

Durante años, algunos investigadores plantearon que grupos humanos antiguos de Europa, como Homo antecessor en la península ibérica, podrían representar un ancestro común tanto de los neandertales como de los humanos modernos. Los fósiles marroquíes, de edad similar a los españoles, obligan a matizar esa idea.

Aunque coetáneos, los restos de Casablanca muestran diferencias claras respecto a los europeos. Los fósiles de España parecen alinearse más directamente con la línea que conduciría a los neandertales, mientras que los del norte de África apuntan hacia un linaje más cercano al que desembocaría en Homo sapiens. Esta divergencia indica que ya existían diferencias regionales marcadas mucho antes de lo que se suponía.

Lejos de una evolución lineal y uniforme, el registro fósil sugiere un mosaico de poblaciones humanas arcaicas, adaptadas a distintos entornos y siguiendo trayectorias evolutivas parcialmente independientes. Esa “diversidad temprana” es clave para entender cómo surgió nuestra especie.

Hienas y humanos en un mismo escenario

Un aspecto llamativo del yacimiento es que la cueva no fue, al parecer, un refugio habitual para los humanos. La abundancia de coprolitos, restos fosilizados de excrementos, y las marcas de mordeduras en muchos huesos indican que el lugar fue utilizado principalmente por grandes carnívoros, probablemente hienas.

Los huesos humanos muestran señales de haber sido roídos, pero carecen de marcas de corte producidas por herramientas de piedra. Esto sugiere que los individuos no murieron ni fueron procesados allí por otros humanos, sino que sus cuerpos pudieron ser transportados a la cueva como presas o carroña por los depredadores.

Este contexto aporta información valiosa sobre la relación entre los humanos tempranos y los grandes carnívoros del Pleistoceno. También recuerda que la supervivencia de aquellos grupos se desarrollaba en un entorno peligroso, donde los humanos no siempre ocupaban la cima de la cadena alimentaria.

África, un escenario clave para el origen humano

La gran pregunta que atraviesa la paleoantropología es dónde y cómo surgió Homo sapiens. Los estudios genéticos indican que la separación entre la línea que conduciría a los humanos modernos y la que daría lugar a neandertales y denisovanos ocurrió entre hace 765 000 y 550 000 años. Sin embargo, los fósiles que representen a esos ancestros tempranos han sido escasos y fragmentarios.

Los restos de Casablanca encajan temporalmente con ese periodo crítico. Sus características anatómicas, combinadas con su ubicación africana, refuerzan la hipótesis de que los antepasados directos de nuestra especie evolucionaron en África, y no en Europa o Asia, como se planteó en algunos momentos del debate científico.

La región del Magreb emerge así como un área de especial relevancia. Ya en 2017, los hallazgos de Jebel Irhoud, también en Marruecos, revelaron restos de Homo sapiens de unos 300 000 años de antigüedad, los más antiguos conocidos hasta ahora. Los nuevos fósiles amplían esa historia hacia atrás, mostrando que el norte de África albergaba poblaciones humanas clave mucho antes.

Un rompecabezas en expansión

Cada nuevo yacimiento añade piezas a un rompecabezas que sigue incompleto. Los fósiles de la Grotte à Hominidés no ofrecen una respuesta definitiva, pero sí delimitan mejor el escenario en el que se desarrolló la evolución humana temprana. Muestran que África no solo fue un punto de partida, sino un continente con una rica diversidad de poblaciones humanas arcaicas.

Al situar estos restos en una cronología precisa y compararlos con hallazgos europeos y asiáticos, los investigadores pueden reconstruir con mayor detalle las ramificaciones del árbol evolutivo humano. Lejos de un origen simple, la historia que emerge es la de múltiples poblaciones interactuando, divergiendo y, en ocasiones, desapareciendo.

En ese contexto, Marruecos y el norte de África se consolidan como regiones esenciales para comprender quiénes somos y de dónde venimos. Los huesos y dientes de Casablanca, silenciosos durante cientos de miles de años, se han convertido ahora en testigos clave de un pasado en el que África ya albergaba las raíces profundas de la humanidad.

Europa podría carecer de un fondo oceánico activo y eso complica la búsqueda de vida

8 January 2026 at 11:00
Vista artística de Europa, la luna helada de Júpiter, mostrando su superficie agrietada de hielo y el océano subterráneo que podría albergar agua líquida.

Una nueva investigación sugiere que la luna helada de Júpiter no tiene la actividad geológica necesaria en su fondo marino para sostener ecosistemas como los de la Tierra, lo que obliga a replantear cómo y dónde buscar señales de vida más allá de nuestro planeta.

Europa, uno de los satélites más estudiados de Júpiter, ocupa desde hace años un lugar privilegiado en la lista de mundos potencialmente habitables del sistema solar. Bajo una corteza de hielo de varios kilómetros de espesor, los científicos creen que se esconde un océano global de agua líquida, con un volumen comparable o incluso superior al de todos los mares terrestres juntos. La combinación de agua, energía y química ha convertido a este mundo helado en un objetivo prioritario para la astrobiología.

Sin embargo, una nueva investigación publicada en Nature Communications introduce un matiz importante —y poco alentador— en este escenario. Según el estudio, el fondo oceánico de Europa podría ser geológicamente inactivo, incapaz de generar las fracturas y procesos que en la Tierra alimentan algunos de los ecosistemas más antiguos y resistentes del planeta. De confirmarse, esta característica limitaría de forma significativa las fuentes de energía química disponibles para la vida.

El papel clave del fondo oceánico en la Tierra

En nuestro planeta, gran parte de la vida marina profunda no depende del Sol. En lugar de fotosíntesis, numerosos organismos obtienen energía de reacciones químicas que se producen en torno a fuentes hidrotermales del fondo oceánico. Estas chimeneas se forman cuando el agua de mar se filtra por grietas de la corteza terrestre, se calienta al contacto con rocas calientes y emerge cargada de compuestos químicos reducidos.

Este proceso, conocido como serpentinización y otras reacciones agua-roca, libera hidrógeno, metano y minerales que sirven de combustible para comunidades microbianas complejas. Alrededor de estas fuentes prosperan bacterias, arqueas y organismos multicelulares, demostrando que la vida puede florecer incluso en condiciones extremas y sin luz solar.

Durante décadas, los científicos han especulado con la posibilidad de que un proceso similar ocurra en Europa. La presencia de un océano profundo, estimado en unos 97 kilómetros, y el calentamiento interno generado por las fuerzas de marea de Júpiter parecían ingredientes suficientes para sostener actividad geológica en el fondo marino.

Un cálculo detallado de las fuerzas internas

El nuevo estudio se propuso poner a prueba esa suposición con un enfoque cuantitativo. Los investigadores calcularon cuánta tensión mecánica sería necesaria para activar fallas y fracturas en el fondo rocoso de Europa. A continuación, compararon ese umbral con las fuerzas reales que actúan en el interior de la luna.

La principal fuente de energía considerada fue la fuerza de marea ejercida por Júpiter. Europa orbita al gigante gaseoso cada 84 horas, lo que provoca que el satélite se estire y se comprima de forma rítmica. Este efecto es responsable, por ejemplo, de la intensa actividad volcánica de Ío, otra luna joviana. En el caso de Europa, esas mismas fuerzas son las que mantienen el océano en estado líquido bajo el hielo.

No obstante, los resultados muestran que la tensión generada por las mareas apenas alcanza alrededor del 3 % de la necesaria para reactivar fracturas en el fondo oceánico. Incluso suponiendo que la roca esté debilitada tras miles de millones de años de deformación, la energía disponible seguiría siendo entre diez y doce veces inferior a la requerida para un proceso tectónico sostenido.

Otros mecanismos que no alcanzan

El equipo también analizó otras posibles fuentes de deformación interna. Una de ellas es la convección en el manto, la capa situada entre el núcleo rocoso y el océano. En teoría, el movimiento lento de materiales calientes podría generar tensiones suficientes para fracturar la base del océano.

Sin embargo, incluso en los escenarios más optimistas, la fuerza resultante de esa convección sería cientos de veces demasiado débil. Otra posibilidad considerada fue la contracción del interior de Europa a medida que se enfría con el paso del tiempo. Para que este proceso generara fracturas, el núcleo rocoso tendría que reducir su tamaño en aproximadamente un kilómetro, una cifra considerada poco realista dadas las propiedades físicas del satélite.

En conjunto, estos cálculos apuntan a un fondo oceánico estable y rígido, sin la dinámica necesaria para mantener un intercambio continuo entre el agua del océano y las rocas profundas.

El problema del equilibrio químico

La falta de fracturas activas tiene implicaciones directas para la química del océano de Europa. Sin grietas profundas, el agua solo puede interactuar con las capas superiores del fondo rocoso, limitando las reacciones químicas a unos pocos cientos de metros. Con el tiempo, esa zona alcanza un equilibrio químico con el océano que la cubre.

Cuando se llega a ese punto, las reacciones dejan de liberar energía aprovechable. Para organismos que dependan de la química agua-roca, esto supone una pérdida progresiva de su fuente de “alimento” energético. A diferencia de la Tierra, donde la tectónica de placas renueva constantemente la corteza oceánica, Europa carecería de un mecanismo comparable para reactivar el sistema.

Este escenario no descarta por completo la vida, pero sí reduce las probabilidades de encontrar ecosistemas extensos y dinámicos similares a los que rodean las fuentes hidrotermales terrestres.

Energía alternativa en un mundo helado

A pesar del panorama poco alentador, el estudio no cierra la puerta a la habitabilidad de Europa. Los autores destacan que existen fuentes de energía independientes de la tectónica activa. Una de ellas es la radiolisis, un proceso en el que la radiación procedente del decaimiento de elementos radiactivos como el uranio, el torio o el potasio rompe las moléculas de agua y produce hidrógeno.

En la Tierra, este mecanismo sostiene comunidades microbianas en rocas muy antiguas, a varios kilómetros de profundidad, completamente aisladas de la superficie. Estos microorganismos utilizan el hidrógeno generado como fuente de energía, demostrando que la vida puede subsistir en entornos extremadamente limitados.

La gran incógnita es si este tipo de energía sería suficiente para mantener un ecosistema completo en Europa o solo pequeñas poblaciones microbianas dispersas. La eficiencia del proceso y la disponibilidad de elementos radiactivos en el interior del satélite siguen siendo cuestiones abiertas.

Implicaciones para la exploración espacial

El hallazgo llega en un momento clave para la exploración de Europa. La misión Europa Clipper de la NASA, lanzada en 2024 y con llegada prevista al sistema joviano en 2030, tiene como objetivo principal evaluar la habitabilidad de la luna. El orbitador realizará decenas de sobrevuelos cercanos, utilizando instrumentos capaces de medir el grosor del hielo, la composición química de la superficie y el flujo de calor interno.

Uno de los aspectos más esperados de la misión es la posible detección de géiseres o plumas de agua que emerjan a través de la corteza helada. Si existen, estas columnas podrían transportar material del océano al espacio, permitiendo analizar su composición sin necesidad de perforar el hielo.

Aunque Europa Clipper no está diseñada para estudiar directamente el fondo oceánico, sus mediciones ayudarán a refinar los modelos internos del satélite y a comprobar si las predicciones del nuevo estudio se ajustan a la realidad observada.

Un cambio de enfoque en la búsqueda de vida

La idea de un fondo oceánico inactivo obliga a replantear algunas estrategias de búsqueda de vida en Europa. En lugar de centrarse exclusivamente en analogías con las fuentes hidrotermales terrestres, los científicos podrían explorar otros escenarios, como microhábitats químicos sostenidos por radiación o procesos superficiales que introduzcan oxidantes en el océano.

Este cambio de perspectiva no resta importancia a Europa como objetivo científico, pero sí subraya la complejidad de evaluar la habitabilidad de mundos lejanos. La presencia de agua líquida, aunque fundamental, no garantiza por sí sola la existencia de vida.

A largo plazo, responder de forma definitiva a estas preguntas requerirá misiones aún más ambiciosas, capaces de penetrar la corteza helada y explorar directamente el océano oculto. Hasta entonces, estudios como este ayudan a afinar las expectativas y a comprender mejor los límites y posibilidades de uno de los mundos más intrigantes del sistema solar.

Las medusas y las anémonas duermen como nosotros y ofrecen nuevas pistas sobre el origen del sueño

7 January 2026 at 11:00
Medusa invertida nadando en el fondo marino, especie sin cerebro que presenta ciclos de sueño similares a los humanos.

Incluso los animales más simples, sin cerebro ni órganos especializados, dedican una parte sustancial de su vida a dormir. Un nuevo estudio revela que medusas y anémonas marinas pasan cerca de un tercio del día en reposo, un hallazgo que refuerza la idea de que el sueño surgió como un mecanismo ancestral para proteger las células nerviosas.

Dormir es una de las conductas más desconcertantes de la biología. Durante horas, los animales reducen su actividad, reaccionan peor a los estímulos y se exponen a riesgos evidentes. Aun así, la gran mayoría de los seres vivos con sistema nervioso lo hacen de manera regular. La pregunta de por qué el sueño es tan universal ha acompañado a la ciencia durante décadas, y suele abordarse desde el estudio de cerebros complejos, como los de mamíferos y aves. Sin embargo, una investigación reciente ha llevado la mirada mucho más atrás en la historia evolutiva.

El trabajo se centró en dos animales marinos pertenecientes al grupo de los cnidarios, una de las ramas más antiguas del árbol evolutivo con neuronas. Se trata de la medusa invertida Cassiopea andromeda y la anémona marina Nematostella vectensis. Ambos carecen de cerebro y poseen, en su lugar, una red difusa de células nerviosas repartidas por el cuerpo. A pesar de esa simplicidad extrema, los investigadores descubrieron que estos organismos muestran patrones de sueño sorprendentemente similares a los de animales mucho más complejos.

Dormir sin cerebro

Para determinar si una medusa o una anémona están dormidas no basta con observar si permanecen quietas. Los científicos utilizaron un criterio habitual en estudios del sueño animal: la reducción de la capacidad de respuesta a estímulos. En condiciones normales, estos cnidarios reaccionan rápidamente a cambios de luz, movimientos del agua o estímulos mecánicos. Cuando su respuesta se vuelve más lenta y errática, y ese estado es reversible, se considera un equivalente funcional del sueño.

Mediante este enfoque, el equipo observó que tanto Cassiopea como Nematostella pasan alrededor de ocho horas al día en un estado de reposo profundo. En términos relativos, eso supone aproximadamente un tercio del ciclo diario, una proporción muy cercana a la que se observa en los seres humanos. En el caso de la medusa invertida, el patrón es aún más llamativo: además de dormir por la noche, suele realizar un breve descanso adicional durante el día, comparable a una siesta.

El hallazgo desafía la idea de que el sueño esté ligado exclusivamente a cerebros capaces de procesar información compleja, almacenar recuerdos o regular emociones. Estos animales no sueñan, no aprenden de la misma manera que los vertebrados y no poseen estructuras neuronales centralizadas. Aun así, duermen, y lo hacen durante una fracción notablemente constante de su vida.

Ritmos opuestos, misma necesidad

Aunque la cantidad total de sueño es similar, el momento en que ocurre varía entre ambas especies. La medusa invertida es principalmente diurna: pasa las horas de luz activa y reduce su actividad cuando cae la noche. La anémona marina, en cambio, muestra un comportamiento casi opuesto. Su actividad aumenta al atardecer y durante la noche, mientras que el reposo más prolongado se concentra en las primeras horas de la mañana.

Las causas de estas diferencias también parecen distintas. En Cassiopea andromeda, la luz actúa como el principal regulador. Cuando el entorno se oscurece, el animal entra rápidamente en un estado de reposo. Si se altera artificialmente el ciclo de luz y oscuridad, su patrón de sueño se ajusta en consecuencia. En Nematostella vectensis, por el contrario, el sueño está gobernado por un reloj biológico interno que sigue funcionando incluso en condiciones de oscuridad constante.

Pese a estos contrastes, el resultado final es casi idéntico: una cantidad diaria de sueño muy estable. Para los investigadores, esta coincidencia sugiere que existe una necesidad fisiológica profunda que impone un “mínimo” de descanso, independientemente de cuándo se produzca. La función del sueño, por tanto, podría ser más básica y antigua de lo que se pensaba.

El vínculo con el daño en el ADN

La pregunta clave es por qué un animal tan simple necesitaría dormir. Sin un cerebro que consolidar recuerdos ni una mente que ordenar experiencias, ¿qué se gana con el reposo? La respuesta propuesta por el estudio apunta a un proceso celular fundamental: la reparación del ADN.

Durante los periodos de actividad, las neuronas de medusas y anémonas acumulan daños en su material genético. Estas lesiones pueden deberse a múltiples factores, como el metabolismo normal de la célula o la exposición a la radiación ultravioleta. Al analizar los tejidos nerviosos, los investigadores comprobaron que los niveles de daño en el ADN disminuyen de forma significativa durante el sueño.

Cuando los animales fueron privados de su descanso habitual, el daño genético continuó acumulándose. El efecto no era sutil: las diferencias entre animales bien descansados y aquellos mantenidos despiertos eran claras y consistentes. Según los autores del trabajo, esto indica que el sueño actúa como una ventana temporal en la que las neuronas pueden activar mecanismos de reparación sin las interferencias asociadas a la actividad constante.

Este resultado fue descrito en un artículo publicado en la revista Nature Communications, donde se plantea que la función original del sueño pudo haber sido, precisamente, proteger la integridad de las células nerviosas en los primeros animales con sistemas neuronales.

Cuando el sol induce al sueño

Para reforzar esta hipótesis, el equipo realizó experimentos adicionales. Expuso a medusas y anémonas a radiación ultravioleta, conocida por causar roturas en el ADN. Tras la exposición, ambos animales aumentaron de manera notable la cantidad de tiempo que pasaban dormidos. Un efecto similar se observó cuando se les administró una sustancia química que induce daños genéticos de forma controlada.

“Cuanto mayor es el daño en el ADN, mayor parece ser la presión para dormir”, señalan los autores del estudio. Esta relación directa sugiere que el sueño no es solo una consecuencia pasiva del cansancio, sino una respuesta activa a un problema celular concreto. Dormir permitiría a las neuronas detener temporalmente su actividad y dedicar recursos a la reparación.

Desde una perspectiva evolutiva, este mecanismo tendría mucho sentido. Las neuronas son células muy especializadas que, a diferencia de otras, no se dividen ni se reemplazan fácilmente. En organismos primitivos, perder neuronas podía comprometer funciones esenciales para la supervivencia. El sueño habría surgido como una solución eficiente para mantenerlas en buen estado.

Un papel inesperado de la melatonina

Otra de las sorpresas del estudio fue el papel de la melatonina. Este compuesto, conocido como la “hormona del sueño” en humanos, se produce en el cerebro y ayuda a regular los ritmos circadianos. Cuando los investigadores administraron melatonina a las medusas y anémonas durante sus fases activas, ambos animales entraron en un estado de reposo prolongado.

El efecto se produjo independientemente de si la especie era diurna o nocturna. En otras palabras, la melatonina inducía el sueño incluso cuando el animal normalmente estaría despierto. Esto indica que los mecanismos bioquímicos que responden a esta molécula ya existían mucho antes de la aparición de cerebros complejos y glándulas especializadas como la pineal humana.

“El hecho de que la melatonina funcione en animales sin cerebro sugiere que los componentes químicos del sueño son extremadamente antiguos”, destacan los investigadores. La regulación hormonal del descanso podría haberse establecido en los primeros sistemas nerviosos, y luego haberse conservado y refinado a lo largo de cientos de millones de años de evolución.

Una función que se amplió con el tiempo

A partir de estos resultados, los autores proponen un escenario evolutivo en el que el sueño aparece inicialmente como un proceso de mantenimiento celular. En los primeros animales con neuronas, dormir habría servido principalmente para reparar el ADN y preservar la funcionalidad de las células nerviosas. Con el paso del tiempo y el aumento de la complejidad del sistema nervioso, el sueño habría incorporado nuevas funciones.

En vertebrados y, especialmente, en mamíferos, el descanso nocturno se asocia hoy con la consolidación de la memoria, el aprendizaje, la regulación emocional y la eliminación de desechos metabólicos del cerebro. Según esta visión, estas funciones serían añadidos relativamente recientes sobre una base mucho más antigua.

El estudio de medusas y anémonas ofrece así una ventana al pasado profundo de la biología. Al observar cómo duermen animales que se parecen poco a nosotros, es posible identificar qué aspectos del sueño son esenciales y cuáles son producto de una evolución posterior. La idea de que una conducta tan cotidiana como dormir tenga su origen en la necesidad de reparar el ADN de unas pocas neuronas primitivas refuerza la noción de que, incluso en la biología más simple, el descanso nunca ha sido un lujo, sino una necesidad vital.

Este trabajo se suma a una creciente línea de investigación que busca comprender el sueño no solo como un fenómeno del cerebro humano, sino como un rasgo fundamental de la vida animal. Medusas y anémonas, silenciosas y aparentemente simples, se convierten así en inesperadas maestras sobre uno de los grandes misterios de la existencia.

Los humanos llevan miles de años trasladando cerdos de isla en isla

5 January 2026 at 11:00
Ilustración de cerdos en una isla del Pacífico que muestra antiguas rutas de migración humana y la dispersión de animales entre archipiélagos.

Un amplio estudio genómico revela que la presencia de cerdos en islas remotas del sudeste asiático y el Pacífico no es fruto del azar, sino el resultado de migraciones humanas repetidas a lo largo de decenas de milenios, con consecuencias ecológicas y culturales que aún persisten.

Durante siglos, la distribución de los animales en el planeta ha servido para trazar fronteras invisibles entre regiones biológicas. Una de las más influyentes fue propuesta en el siglo XIX por el naturalista Alfred Russell Wallace, quien observó una clara separación entre las faunas de Asia y Australia. Esa línea, conocida hoy como la Línea de Wallace, marcaba un límite casi infranqueable para la mayoría de los grandes mamíferos terrestres. Sin embargo, había una excepción llamativa: los cerdos.

Estos animales aparecen a ambos lados de la Línea de Wallace y, además, en islas tan distantes como Vanuatu o regiones apartadas de la Polinesia. La pregunta de cómo llegaron hasta allí ha intrigado durante décadas a biólogos, arqueólogos y antropólogos. Ahora, un estudio publicado en la revista Science ofrece la reconstrucción más detallada hasta la fecha de ese proceso, apoyándose en el análisis genómico de cientos de animales actuales y restos arqueológicos.

El trabajo, difundido también a través de una nota científica en EurekAlert!, muestra que los cerdos no cruzaron mares y estrechos por sus propios medios. Fueron los seres humanos quienes los transportaron deliberadamente en distintas oleadas migratorias, desde épocas muy tempranas hasta la expansión de las primeras sociedades agrícolas por el Pacífico.

Una frontera biológica con una excepción inesperada

La Línea de Wallace separa dos mundos evolutivos distintos. Al oeste predominan especies típicamente asiáticas, mientras que al este se imponen formas de vida emparentadas con Australia. Esta división se explica por la historia geológica de la región y por profundos canales marinos que, incluso durante las glaciaciones, nunca llegaron a secarse por completo.

En ese contexto, la presencia de cerdos en islas situadas muy al este de la línea resultaba desconcertante. No se trata de animales capaces de nadar largas distancias ni de sobrevivir a travesías oceánicas accidentales. Su distribución sugería una intervención humana sistemática, pero faltaban pruebas genéticas sólidas que permitieran reconstruir cuándo y desde dónde se produjo esa expansión.

El nuevo estudio aborda ese vacío mediante un enfoque exhaustivo. Los investigadores analizaron el ADN de más de 700 cerdos, combinando muestras de animales vivos con restos hallados en yacimientos arqueológicos. Esta base de datos genética permitió rastrear linajes, detectar cruces entre poblaciones y reconstruir rutas de dispersión con una resolución inédita.

Los resultados confirman que la historia de los cerdos en estas islas es, en realidad, una historia de viajes humanos, contactos culturales y adaptaciones ecológicas que se extienden a lo largo de decenas de miles de años.

El ADN como mapa del pasado humano

El análisis genómico reveló que no hubo un único episodio de traslado, sino múltiples movimientos en distintas épocas. Cada uno dejó una huella genética reconocible en las poblaciones actuales. Según el equipo, este patrón solo puede explicarse si los cerdos acompañaron a diferentes grupos humanos en sucesivas migraciones.

Una de las señales más antiguas apunta a Sulawesi, en la actual Indonesia. En esta isla existen evidencias de presencia humana de hace al menos 50 000 años, así como algunas de las representaciones artísticas más antiguas conocidas, entre ellas pinturas rupestres de cerdos. Los datos genéticos sugieren que poblaciones humanas muy tempranas pudieron haber trasladado cerdos salvajes o jabalíes verrugosos desde Sulawesi hacia otras islas cercanas.

La hipótesis planteada por los investigadores es que estos animales no eran necesariamente domesticados. Podrían haber sido introducidos deliberadamente como una forma de asegurar futuras presas de caza. En islas a las que se planeaba regresar, dejar animales capaces de reproducirse era una estrategia eficaz para garantizar recursos alimentarios a largo plazo.

Este tipo de manejo temprano de la fauna muestra un grado de planificación y conocimiento ecológico notable en sociedades humanas muy antiguas, mucho antes del desarrollo formal de la agricultura.

La gran expansión agrícola por el Pacífico

Aunque hubo movimientos tempranos, el estudio identifica un punto de inflexión claro hace unos 4000 años. En ese periodo, comunidades agrícolas comenzaron a expandirse rápidamente por el sudeste asiático insular y el Pacífico occidental. A diferencia de los grupos anteriores, estos pueblos ya practicaban una forma estable de ganadería y agricultura, y transportaban animales domésticos de manera sistemática.

Los datos genéticos indican que esta oleada se originó en Taiwán. Desde allí, las comunidades se desplazaron hacia el sur, pasando por Filipinas y el norte de Indonesia, antes de alcanzar Papúa Nueva Guinea. En cada etapa del viaje, los cerdos viajaron con ellos, estableciendo nuevas poblaciones en las islas visitadas.

Desde Papúa Nueva Guinea, la expansión continuó hacia islas más remotas, como Vanuatu, y posteriormente hacia regiones aún más aisladas del Pacífico. Algunos de esos cerdos acabaron llegando a zonas de la Polinesia que se encuentran entre las más alejadas de cualquier continente.

Una vez introducidos, muchos animales escaparon o fueron liberados, adaptándose a la vida salvaje. Con el tiempo, estas poblaciones ferales desarrollaron rasgos propios y comenzaron a interactuar de forma compleja con los ecosistemas locales.

Cruces, híbridos y nuevos equilibrios ecológicos

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es la evidencia de cruces entre distintas poblaciones de cerdos introducidas en momentos diferentes. En algunos archipiélagos, los animales transportados por agricultores se mezclaron con poblaciones más antiguas de jabalíes verrugosos llevados por grupos humanos previos.

Un ejemplo destacado se encuentra en las islas Komodo. Allí, el análisis genético muestra que los cerdos ferales actuales descienden de una mezcla entre cerdos domésticos y jabalíes procedentes de Sulawesi. Este mestizaje dio lugar a animales adaptados al entorno local, con un papel ecológico específico.

En el caso de Komodo, esos cerdos híbridos se han convertido en una fuente de alimento clave para los dragones de Komodo, una especie amenazada y emblemática. De este modo, una introducción humana realizada siglos atrás ha acabado influyendo directamente en la supervivencia de uno de los grandes depredadores actuales.

El estudio subraya que estos procesos no pueden entenderse como simples “errores” humanos del pasado. En muchos casos, las especies introducidas llevan tanto tiempo integradas que forman parte esencial del funcionamiento de los ecosistemas modernos.

Lo que los cerdos revelan sobre nuestras migraciones

Más allá de la historia de un animal concreto, los investigadores destacan el valor del estudio como herramienta para comprender los desplazamientos humanos antiguos. El profesor Laurent Frantz, uno de los autores, señala que “es extraordinario que, a partir del ADN antiguo de los cerdos, podamos reconstruir por dónde viajaron las personas y cómo conectaron islas separadas por enormes distancias”.

Según Frantz, los animales domésticos y semidomésticos actúan como marcadores biológicos de las migraciones humanas. A diferencia de otros restos arqueológicos, el ADN conserva información detallada sobre mezclas, aislamientos y contactos repetidos entre poblaciones.

El trabajo publicado en Science demuestra que, en regiones donde las evidencias humanas directas son escasas o fragmentarias, el estudio genético de los animales asociados puede ofrecer una ventana complementaria al pasado.

El debate entre especies autóctonas e invasivas

Los resultados también plantean preguntas complejas para la conservación actual. Frantz advierte que “si una especie fue introducida por humanos hace decenas de miles de años y hoy está completamente integrada en el ecosistema, ¿debemos seguir considerándola no nativa?”. Esta cuestión no es solo teórica: tiene implicaciones directas para las políticas de gestión de la fauna.

En muchas islas del Pacífico, los cerdos desempeñan papeles muy distintos según el contexto. En algunos lugares son animales con un profundo significado cultural y espiritual, ligados a rituales y tradiciones ancestrales. En otros, son vistos como una plaga que degrada suelos, destruye vegetación y amenaza especies endémicas.

El estudio sugiere que las respuestas simples no son suficientes. La historia ecológica de cada isla es el resultado de miles de años de interacción entre humanos, animales y paisajes. Ignorar esa complejidad puede conducir a decisiones de conservación que, aunque bien intencionadas, tengan efectos imprevistos.

Una historia que sigue influyendo en el presente

Al reconstruir la expansión de los cerdos por el sudeste asiático y el Pacífico, la investigación muestra hasta qué punto las acciones humanas del pasado remoto siguen moldeando el mundo actual. Los movimientos de pequeñas comunidades prehistóricas dejaron huellas que hoy se manifiestan en la genética de los animales, en las cadenas tróficas y en las culturas locales.

Los autores insisten en que comprender esta historia es clave para diseñar estrategias de conservación más realistas. No se trata solo de decidir qué especies “pertenecen” a un lugar, sino de entender cómo se formaron los ecosistemas y qué equilibrios se han establecido a lo largo del tiempo.

Así, los cerdos, animales cotidianos en muchas islas, se convierten en testigos silenciosos de una de las grandes historias de la humanidad: la capacidad de viajar, adaptarse y transformar el entorno mucho antes de la era moderna.

La Edad Media no fue tan sucia como la historia popular sostiene

3 January 2026 at 11:00
Ciudad medieval europea con calles empedradas, habitantes limpiando canales, controlando alimentos en el mercado y gestionando agua y residuos para proteger la salud urbana.

Durante siglos, la imagen de ciudades medievales sumidas en el barro, el hedor y las enfermedades ha dominado el imaginario colectivo. Sin embargo, investigaciones recientes revelan una realidad más compleja: los habitantes de la Edad Media no solo eran conscientes de los riesgos de la suciedad, sino que desarrollaron normas, oficios y estrategias urbanas para combatirla.

La expresión “Edad Oscura” ha servido durante mucho tiempo para describir un periodo supuestamente atrasado en términos de ciencia, higiene y calidad de vida. En ese relato popular, las calles estaban cubiertas de desechos, la gente convivía sin reparos con la inmundicia y las enfermedades se propagaban sin resistencia. Pero esa visión, heredada en gran parte de prejuicios posteriores, empieza a resquebrajarse a la luz de nuevas investigaciones históricas.

Uno de los trabajos que más ha contribuido a matizar esta imagen es el de la historiadora Janna Coomans, especialista en historia urbana y ambiental. Sus estudios sobre ciudades de los Países Bajos medievales muestran que la preocupación por la limpieza, la calidad del aire y la salud colectiva formaba parte central de la vida urbana mucho antes de la peste negra. Lejos de la indiferencia, existía una atención constante —y a menudo conflictiva— por mantener el orden y la salubridad en los espacios compartidos.

El miedo al mal aire como amenaza mortal

Para entender la mentalidad medieval respecto a la higiene, es útil detenerse en sus relatos simbólicos. Uno de los más difundidos fue la leyenda de San Jorge y el dragón. En la historia, el monstruo no solo aterroriza a la población por su fuerza, sino por su aliento pestilente, capaz de enfermar y matar a quienes lo respiran. El sacrificio diario de animales buscaba aplacar esa amenaza invisible, hasta que el santo logra eliminarla.

Este relato no era un simple cuento fantástico. Funcionaba como una advertencia moral y sanitaria. El “mal aire” era percibido como un peligro real, una sustancia corrupta que podía penetrar en el cuerpo y alterar su equilibrio interno. “La asociación entre hedor y enfermedad estaba profundamente arraigada en la cultura urbana medieval”, explica Coomans en sus investigaciones. Respirar aire corrompido no era una molestia, sino una posible sentencia de muerte.

En consecuencia, pozos malolientes, canales estancados o montones de basura no eran vistos solo como problemas estéticos. Representaban focos de riesgo sanitario. Esta percepción explica por qué las autoridades urbanas dedicaron tantos recursos a regular el uso del espacio público y a sancionar comportamientos considerados peligrosos para la comunidad.

Ciudades vigiladas por normas y conflictos

Durante décadas, muchos historiadores asumieron que las políticas de higiene surgieron como reacción tardía a grandes catástrofes, como la peste del siglo XIV. Sin embargo, el trabajo de Coomans demuestra que ya en los siglos anteriores existía un entramado normativo sorprendentemente denso. Para llegar a esta conclusión, la investigadora analizó ordenanzas municipales, libros de leyes y registros financieros de ciudades como Deventer, Leiden y Gante.

Estos documentos revelan una vida urbana marcada por disputas constantes en torno a la limpieza. Vecinos que se denunciaban entre sí, autoridades que imponían multas y tribunales que resolvían conflictos aparentemente menores, pero cargados de significado sanitario. Un caso estudiado por Coomans en Deventer ilustra bien esta dinámica: tres vecinos protagonizaron un litigio por un callejón público que servía de paso. Una pareja había retirado una puerta y comenzó a verter aguas residuales en el pasaje, provocando acumulación de agua y suciedad.

El problema no era solo la incomodidad. El callejón quedó “estropeado”, en términos de la época, porque el agua ya no fluía. Esa alteración del entorno justificó una acción legal. “Estos conflictos muestran hasta qué punto la gestión de la suciedad era una cuestión colectiva, no privada”, señala la historiadora. La ciudad, como organismo vivo, debía mantenerse en equilibrio para proteger la salud de todos.

Un cuerpo gobernado por los humores

La obsesión medieval por el aire, el agua y los residuos no puede entenderse sin su marco médico. Durante más de mil años, el pensamiento europeo estuvo dominado por la teoría de los cuatro humores, formulada por el médico griego Galeno en el siglo II. Según este modelo, el cuerpo humano estaba compuesto por sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra, cada una asociada a cualidades específicas como el calor, la humedad o la sequedad.

La salud dependía del equilibrio entre estos humores. Cualquier alteración podía provocar enfermedad. Y esas alteraciones no surgían solo desde dentro del cuerpo, sino también por factores externos. El aire viciado, los alimentos en mal estado o el agua contaminada podían desequilibrar los humores y desencadenar dolencias graves. Aunque hoy sabemos que esta teoría era incorrecta en términos biológicos, ofrecía una lógica coherente para interpretar la relación entre entorno y salud.

Galeno, cuyas ideas se difundieron ampliamente tanto en Europa como en el mundo islámico, se convirtió en una autoridad incuestionable. Sus textos fueron copiados, comentados y enseñados durante siglos. En ese contexto, cuidar el entorno urbano era una forma de medicina preventiva. Mantener calles limpias y aire en movimiento no era solo una cuestión de orden, sino de supervivencia.

Oficios y arquitectura contra la suciedad

A partir de estas creencias, las ciudades medievales desarrollaron una serie de medidas prácticas. Una de ellas fue la orientación de las viviendas. En muchos casos, las casas se construían de este a oeste para aprovechar los vientos considerados purificadores. La circulación del aire era vista como una defensa natural contra los miasmas, esos vapores nocivos que se creía causaban enfermedades.

También surgieron oficios específicos. Los llamados “maestros del lodo” se encargaban de retirar residuos y mantener transitables las calles. Eran, en esencia, precursores de los servicios de limpieza urbana. Su trabajo evitaba que los desechos se acumularan y comenzaran a descomponerse, liberando olores peligrosos.

Los excrementos humanos se depositaban en pozos negros, que debían situarse a una distancia prudente de las viviendas. La ubicación no era arbitraria: se pensaba que los vapores que emanaban podían infiltrarse en las casas y corromper el aire interior. Además, las élites urbanas invirtieron en pavimentar calles con piedra y en sistemas de drenaje. Estas infraestructuras reducían la formación de charcos y facilitaban la limpieza, un lujo inaccesible para muchos barrios pobres, pero revelador de una clara intención sanitaria.

Agua, alimentos y control del mercado

La preocupación por la salud no se limitaba al aire. El agua potable era un recurso crítico. Beber agua en mal estado se consideraba una de las formas más directas de alterar los humores. Por ello, muchas ciudades protegían cuidadosamente sus pozos y sistemas de captación. El agua de lluvia se canalizaba mediante tuberías y se almacenaba para su uso doméstico.

Cuando el agua presentaba mal olor o sabor, se recurría a hervirla antes de consumirla, una práctica que, aunque no basada en el conocimiento de microorganismos, reducía efectivamente ciertos riesgos. Esta atención al agua muestra que la población no era ajena a la relación entre ingestión y enfermedad, incluso sin comprender los mecanismos modernos de contagio.

Los alimentos también estaban bajo vigilancia. En los mercados operaban funcionarios encargados de inspeccionar la calidad de los productos. Carne, pescado y otros alimentos perecederos debían retirarse si se consideraban en mal estado. El hedor no era solo señal de putrefacción, sino una amenaza directa para la salud pública. Por esa razón, los mercados se ubicaban estratégicamente, de modo que los olores —especialmente los del pescado— no se desplazaran hacia las zonas residenciales con el viento dominante.

Entre la realidad y el mito de la suciedad medieval

Nada de esto significa que las ciudades medievales fueran limpias según estándares actuales. Las enfermedades eran frecuentes, la mortalidad elevada y las condiciones de vida duras. Sin embargo, reducir todo el periodo a una caricatura de inmundicia permanente es una simplificación injusta. Las numerosas normas y conflictos documentados indican que existía un esfuerzo constante por mejorar el entorno urbano.

En su obra Community, Urban Health and Environment in the Late Medieval Low Countries, publicada por la Universidad de Cambridge, Coomans subraya que la abundancia de regulaciones no debe interpretarse como prueba de fracaso. Al contrario, revela una sociedad activa, consciente de los problemas y dispuesta a intervenir. “Del mismo modo que una sociedad con muchas leyes contra el homicidio no es necesariamente más violenta, la presencia de numerosas normas de higiene no implica que no tuvieran ningún efecto”, afirma la historiadora.

Los habitantes de la Edad Media no se revolcaban deliberadamente en el barro ni arrojaban residuos con despreocupación absoluta. Hacerlo podía acarrear multas, disputas legales o sanciones sociales. La suciedad era tolerada hasta cierto punto, pero también combatida con los conocimientos y recursos disponibles.

La imagen de una Edad Media completamente “asquerosa” dice más sobre los prejuicios posteriores que sobre la realidad histórica. Lejos de la indiferencia, hubo preocupación, debate y acción. Comprender esto no solo corrige un error histórico, sino que recuerda que la relación entre salud y entorno ha sido una inquietud humana constante, mucho antes de la llegada de la ciencia moderna.

Antiguos restos de lava del fondo marino almacenan enormes cantidades de CO₂

2 January 2026 at 11:00
Superficie del océano Atlántico sobre una dorsal submarina donde antiguas rocas volcánicas almacenan dióxido de carbono durante millones de años

Capas de brecha volcánica formadas en la dorsal mesoatlántica actúan como auténticas esponjas de carbono durante millones de años, ampliando el papel del océano profundo en la regulación del clima terrestre.

El fondo del océano, a menudo percibido como un escenario geológicamente pasivo y lejano, es en realidad uno de los actores más relevantes en el equilibrio químico del planeta. Nuevas evidencias científicas muestran que antiguos escombros de lava acumulados en la base de montañas submarinas pueden atrapar enormes cantidades de dióxido de carbono durante decenas de millones de años. Estos hallazgos amplían la comprensión de cómo la Tierra regula de forma natural el carbono atmosférico a escalas de tiempo geológicas.

La investigación se centra en la dorsal mesoatlántica, una gigantesca cadena montañosa submarina que atraviesa el océano Atlántico de norte a sur. Esta estructura comenzó a formarse hace unos 160 millones de años, cuando el supercontinente Pangea empezó a fragmentarse y los continentes actuales iniciaron su separación. A día de hoy, la dorsal sigue activa y produce nueva corteza oceánica a partir de magma que asciende desde el manto terrestre.

Durante millones de años, la actividad volcánica, la tectónica y la erosión han dado lugar a grandes volúmenes de material fragmentado en los flancos de estas montañas submarinas. Es precisamente ese material, conocido como brecha volcánica o lavapuin, el que ha captado la atención de un equipo internacional de geólogos liderado por investigadores de la Universidad de Southampton.

Un archivo oculto de carbono en la corteza oceánica

Los científicos analizaron núcleos de perforación extraídos del fondo del Atlántico Sur, donde encontraron capas de brecha volcánica con una antigüedad aproximada de 60 millones de años. A diferencia de las coladas de lava compactas que suelen estudiarse en la corteza oceánica, estas brechas están formadas por fragmentos irregulares de lava acumulados tras procesos de erosión y colapso en los flancos de montes submarinos.

El estudio, publicado en la revista Nature Geoscience, revela que estas capas contienen cantidades de CO₂ muy superiores a las detectadas previamente en basaltos oceánicos más homogéneos. La investigación demuestra que el lavapuin puede almacenar entre dos y cuarenta veces más carbono que otros tipos de lava del fondo marino, un resultado que sorprendió incluso a los propios autores del trabajo.

La autora principal, Rosalind Coggon, explica que la clave reside en la estructura porosa del material. “Sabíamos desde hace tiempo que la erosión en los flancos de montañas submarinas produce grandes volúmenes de escombros volcánicos, similares a los canchales que se observan en las montañas continentales”, señala la investigadora. Esa geometría fragmentada multiplica la superficie de contacto entre la roca y el agua de mar, favoreciendo reacciones químicas prolongadas en el tiempo.

El papel del océano en la captura de carbono

El océano es uno de los principales sumideros de carbono del planeta. Una parte del CO₂ atmosférico se disuelve directamente en las aguas superficiales, especialmente en regiones frías, y puede hundirse hacia las profundidades. Otra fracción es absorbida por el fitoplancton, organismos microscópicos que utilizan el carbono para crecer mediante fotosíntesis. Cuando estos organismos mueren, su biomasa desciende al fondo marino y queda enterrada bajo capas de sedimentos, retirando carbono de la atmósfera durante miles o millones de años.

A estos mecanismos biológicos y físicos se suma ahora con mayor claridad un proceso puramente geológico. El estudio muestra que, a escalas temporales muy largas, la interacción entre el agua de mar y determinados tipos de roca puede secuestrar CO₂ de forma altamente eficiente. En el caso de las brechas volcánicas, el agua circula durante millones de años a través de grietas y espacios entre los fragmentos de lava.

“Durante todo ese tiempo, el agua de mar reacciona con la roca, intercambiando elementos químicos”, explica Coggon. “Ese proceso elimina CO₂ del agua y lo fija en minerales estables, como el carbonato cálcico, que quedan atrapados en la estructura de la roca”. Las capas de brecha terminan cementadas por minerales blancos ricos en carbono, transformándose en un archivo químico del pasado oceánico.

Una esponja de carbono a escala planetaria

Los resultados sugieren que la contribución de este tipo de rocas al ciclo global del carbono ha sido subestimada durante décadas. Hasta ahora, la mayor parte de los modelos se centraban en basaltos más compactos de la corteza oceánica o en procesos sedimentarios clásicos. Sin embargo, las brechas volcánicas asociadas a montañas submarinas erosionadas podrían representar un volumen mucho mayor de lo que se pensaba.

Según los investigadores, estas formaciones están ampliamente distribuidas a lo largo de las dorsales oceánicas de todo el planeta. Si su capacidad de almacenamiento de CO₂ es similar en otras regiones, el impacto acumulado sobre el clima terrestre a lo largo de millones de años podría ser considerable. El trabajo destaca que este mecanismo actúa como un regulador lento pero persistente de la concentración de dióxido de carbono en los océanos y, por extensión, en la atmósfera.

Un comunicado difundido por EurekAlert subraya que este descubrimiento obliga a reconsiderar el balance global de carbono a largo plazo y el papel de la corteza oceánica en la estabilización climática del planeta. La brecha volcánica, lejos de ser un simple residuo de la actividad geológica, emerge así como un componente activo del sistema climático profundo.

Implicaciones para la historia del clima terrestre

Comprender cómo se ha almacenado el carbono en el pasado es esencial para interpretar la evolución del clima a lo largo de la historia de la Tierra. Las concentraciones de CO₂ han fluctuado de forma drástica durante cientos de millones de años, influyendo en periodos de calentamiento global, glaciaciones y grandes transformaciones biológicas.

Los autores del estudio señalan que la formación de brechas volcánicas ricas en carbonatos pudo haber contribuido a amortiguar aumentos prolongados de CO₂ atmosférico en determinadas épocas geológicas. Aunque estos procesos son demasiado lentos para compensar las emisiones humanas actuales, ofrecen un marco de referencia crucial para entender los límites naturales del sistema terrestre.

Además, los resultados abren nuevas vías de investigación sobre la distribución de estas rocas y su interacción química con el océano. Aún se desconoce cuánta brecha volcánica existe en total en la corteza oceánica, ni cómo varía su capacidad de almacenamiento de carbono según la edad, la composición mineral o las condiciones locales del agua de mar.

Lecciones para las tecnologías de captura de carbono

El descubrimiento también tiene un eco inesperado en las estrategias modernas de mitigación del cambio climático. En los últimos años, varias iniciativas han apostado por capturar CO₂ directamente de fuentes industriales o del aire y almacenarlo de forma permanente en formaciones geológicas. Un ejemplo es el de la empresa suiza Climeworks, que trabaja en Islandia capturando dióxido de carbono emitido por centrales geotérmicas.

En ese proceso, el gas se disuelve en agua y se inyecta en el subsuelo, donde reacciona con rocas basálticas ricas en calcio y magnesio. En cuestión de años, el CO₂ se transforma en minerales carbonatados sólidos, de manera similar a lo que ocurre de forma natural en las brechas volcánicas del fondo marino. La diferencia es que, en el entorno oceánico, ese proceso ha operado sin intervención humana durante decenas de millones de años.

Los investigadores subrayan que estudiar estos sistemas naturales puede aportar información valiosa para optimizar las tecnologías de almacenamiento geológico. La naturaleza ofrece ejemplos de estabilidad química a largo plazo que podrían servir de inspiración para soluciones más seguras y duraderas frente al exceso de carbono atmosférico.

Un recordatorio del poder geológico del océano profundo

Más allá de sus implicaciones prácticas, el estudio pone de relieve la complejidad del océano como sistema integrado. Bajo kilómetros de agua, lejos de la luz solar y de los ecosistemas más visibles, la corteza oceánica interactúa constantemente con el agua de mar, influyendo en la química global del planeta.

La brecha volcánica de la dorsal mesoatlántica demuestra que incluso los restos fragmentados de antiguas erupciones pueden desempeñar un papel fundamental en la regulación climática. Como señala Coggon, este tipo de roca “actúa como una auténtica esponja de carbono en el ciclo de carbono a largo plazo”, recordando que los procesos geológicos lentos, aunque imperceptibles a escala humana, han sido decisivos para mantener la habitabilidad de la Tierra a lo largo de su historia.

El hallazgo invita a mirar el fondo del océano no solo como un archivo del pasado geológico, sino también como un componente activo y dinámico del sistema climático. En un momento en que la atención se centra en soluciones rápidas frente al cambio climático, estas investigaciones aportan una perspectiva profunda sobre cómo el planeta ha gestionado el carbono durante millones de años y sobre los límites, pero también las posibilidades, de los mecanismos naturales de almacenamiento.

Sonreír hace que los demás confíen más, así determina la mímica la primera impresión

30 December 2025 at 11:00
Persona sonriendo de forma natural, con expresión relajada y abierta, asociada a confianza y primera impresión positiva en una interacción social.

Un nuevo estudio internacional demuestra que una simple sonrisa no solo mejora la apariencia, sino que activa un mecanismo inconsciente de imitación que influye de forma decisiva en cuánto confiamos en una persona desde el primer encuentro.

Pensamos que evaluamos a los demás con calma y lógica, pero la realidad es muy distinta. Cuando conocemos a alguien por primera vez, nuestro cerebro ya ha emitido un veredicto en cuestión de segundos, incluso antes de que la conversación empiece. Ese juicio inicial se apoya en señales sutiles, rápidas y profundamente automáticas. Entre todas ellas, la expresión facial destaca como una de las más influyentes. Una sonrisa abierta puede inclinar la balanza a favor, mientras que un gesto serio o enfadado suele jugar en contra.

Una investigación reciente en psicología social ha puesto cifras y mecanismos concretos a esta intuición cotidiana. El trabajo, publicado en la revista científica Emotion por la Asociación Americana de Psicología, revela que la confianza que otorgamos a una persona depende en gran medida de un fenómeno casi invisible: la imitación emocional inconsciente, conocida como emotional mimicry. Este proceso nos lleva a copiar de manera automática la expresión facial, el tono emocional o incluso la postura corporal de quien tenemos delante, y cumple un papel clave en la forma en que evaluamos su fiabilidad y atractivo.

Juicios instantáneos y cerebros antiguos

Los seres humanos llevan milenios extrayendo información social a partir del rostro. Rasgos como una mandíbula marcada o cejas prominentes se han asociado en distintas culturas con dominancia o fortaleza. Sin embargo, más allá de la estructura facial, lo que realmente activa nuestros sistemas de evaluación social es el movimiento del rostro. Una sonrisa, un ceño fruncido o una expresión de tristeza transmiten mensajes inmediatos sobre las intenciones y el estado emocional del otro.

La neurociencia ha demostrado que estas señales se procesan de forma extremadamente rápida. En menos de 500 milisegundos, áreas cerebrales vinculadas a la emoción y la toma de decisiones ya están activas. En ese corto intervalo, nuestro cerebro no solo interpreta la expresión ajena, sino que también la reproduce de manera casi imperceptible. Los músculos faciales se contraen o relajan siguiendo el mismo patrón, aun cuando no somos conscientes de ello. Este reflejo emocional facilita la empatía y ayuda a predecir el comportamiento de los demás, un elemento crucial para la supervivencia social.

La imitación como base de la confianza

El nuevo estudio se propuso ir un paso más allá y responder a una pregunta central: ¿qué relación existe entre esa imitación automática y los juicios sociales que emitimos? Para ello, un equipo internacional de investigadores diseñó una serie de experimentos controlados con participantes de distintos perfiles. El objetivo era medir hasta qué punto las personas imitan expresiones emocionales específicas y cómo esa imitación influye en la percepción de confianza, atractivo y seguridad.

“Esperábamos que los participantes evaluaran de forma más positiva a las personas que sonreían que a las que mostraban enfado o tristeza”, explica el psicólogo Michał Olszanowski, investigador principal del estudio y profesor en la SWPS University de Polonia. “Pero queríamos comprobar si la imitación emocional era solo una consecuencia de esa evaluación o si, en realidad, era un factor que la impulsaba”, señala el autor.

Los resultados apuntan claramente a la segunda opción. La sonrisa no solo genera una impresión favorable; desencadena un proceso de imitación que, a su vez, incrementa la confianza. Cuanto más intensamente una persona reproduce de forma inconsciente la sonrisa del otro, mayor es la probabilidad de que lo perciba como fiable y digno de cooperación.

Tres experimentos para medir una emoción

El trabajo se estructuró en tres experimentos complementarios. En el primero, los participantes observaron breves videoclips de personas mostrando distintas expresiones emocionales: alegría, tristeza y enfado. Tras cada vídeo, debían valorar a la persona en términos de atractivo, confiabilidad y autoconfianza. Mientras tanto, sensores de electromiografía facial registraban la actividad de los músculos implicados en la expresión emocional.

Los datos fueron contundentes. Las caras sonrientes no solo obtuvieron las puntuaciones más altas en todos los criterios, sino que también provocaron una mayor activación de los músculos faciales asociados a la sonrisa en los observadores. Este efecto fue especialmente fuerte cuando los participantes percibían a la persona del vídeo como socialmente similar a ellos, lo que sugiere que la identificación refuerza la imitación.

El segundo experimento introdujo una variación clave. En esta fase, se pidió a los participantes que imitaran deliberadamente expresiones faciales, incluso cuando estas no coincidían con su evaluación inicial del rostro. El hallazgo fue revelador: forzar una determinada expresión en el propio rostro alteraba el juicio posterior sobre la persona observada. En otras palabras, no solo imitamos a quienes nos parecen dignos de confianza, sino que imitar puede hacernos confiar más.

“Esto demuestra que la relación entre expresión facial y juicio social es bidireccional”, afirma Olszanowski. “Nuestro propio cuerpo participa activamente en la construcción de la opinión que formamos sobre los demás”.

Un juego de confianza que lo confirma todo

El tercer experimento trasladó estos hallazgos a una situación más cercana a la vida real. Los participantes participaron en un juego económico virtual de confianza, en el que debían decidir cuántos puntos compartir con otros jugadores. Antes de tomar la decisión, habían visto vídeos de esos jugadores con diferentes expresiones faciales.

Una vez más, la sonrisa marcó la diferencia. Los jugadores que aparecían sonrientes recibieron más puntos y fueron imitados con mayor frecuencia a nivel facial. El gesto alegre se tradujo directamente en una mayor disposición a cooperar y asumir riesgos compartidos. De forma significativa, en este contexto la percepción de similitud social dejó de ser relevante: la sonrisa funcionó como un atajo universal hacia la confianza.

Según los autores, este resultado refuerza la idea de que la imitación emocional no es un simple subproducto de la simpatía, sino un mecanismo central que guía decisiones sociales con consecuencias tangibles.

Por qué la alegría se contagia y la ira no

Uno de los aspectos más interesantes del estudio es la asimetría entre emociones positivas y negativas. Mientras que la alegría se imita con facilidad, el enfado y la tristeza generan mucha menos imitación. Esta diferencia tiene sentido desde un punto de vista evolutivo. Copiar una sonrisa ayuda a crear vínculos y reduce la tensión social, mientras que imitar la ira podría escalar un conflicto.

Los investigadores observaron que las expresiones de enfado, aunque captaban la atención, rara vez activaban el mismo nivel de respuesta muscular en los observadores. Como resultado, estas caras eran evaluadas como menos confiables y menos atractivas. La tristeza, por su parte, despertaba empatía en algunos casos, pero no generaba el mismo impulso automático de imitación que la alegría.

La investigación, difundida también a través de un comunicado científico internacional, subraya que estos efectos se producen incluso cuando los participantes no son conscientes de estar imitando nada en absoluto. La mayor parte del proceso ocurre por debajo del umbral de la atención consciente, lo que explica por qué las primeras impresiones pueden ser tan difíciles de cambiar.

Implicaciones más allá del laboratorio

Los hallazgos tienen implicaciones que van mucho más allá de la psicología experimental. En contextos como entrevistas de trabajo, negociaciones, educación o interacciones digitales, la expresión facial puede influir de manera decisiva en la confianza que generamos. Una sonrisa genuina no solo comunica amabilidad, sino que activa en el otro un reflejo corporal que refuerza esa percepción.

“Nuestro estudio muestra que las personas extraen conclusiones sobre los demás basándose en sus expresiones faciales”, resume Olszanowski. “La alegría, la satisfacción y el bienestar desempeñan un papel especialmente importante. Esto confirma una idea cotidiana —que las emociones positivas generan actitudes positivas— y explica científicamente por qué ocurre”.

Lejos de ser un simple gesto social, la sonrisa actúa como una señal biológica que pone en marcha un circuito de imitación y evaluación. En un mundo donde las interacciones rápidas y superficiales son cada vez más frecuentes, comprender estos mecanismos ayuda a explicar por qué algunas personas inspiran confianza casi de inmediato.

La conclusión práctica es tan sencilla como poderosa. Sonreír no garantiza que alguien sea digno de confianza, pero aumenta de forma notable las probabilidades de que así lo perciban los demás. Y, como demuestra este estudio, esa percepción no se basa solo en lo que vemos, sino también en lo que nuestro propio rostro hace sin que nos demos cuenta.

El descubrimiento de nuevas especies alcanza un ritmo histórico y no muestra señales de frenarse

24 December 2025 at 11:00
Mariposas de distintos colores, representando la diversidad de especies descubiertas por la ciencia.

Lejos de estar cerca de completar el inventario de la vida en la Tierra, la ciencia atraviesa el momento más fértil de su historia en el descubrimiento de especies, con decenas de miles de organismos nuevos descritos cada año y un horizonte que apunta a millones aún desconocidos.

Durante siglos ha existido la sensación de que la exploración biológica del planeta estaba entrando en su fase final. Desde que en el siglo XVIII el naturalista sueco Carl Linneo sentó las bases de la taxonomía moderna con su sistema de nomenclatura binomial, generaciones de científicos han ido sumando nombres a la lista de la vida conocida. Sin embargo, más de 300 años después de aquel primer intento sistemático, el catálogo sigue incompleto y, según la evidencia más reciente, lejos de estabilizarse.

Un amplio estudio liderado por la University of Arizona y publicado en la revista Science Advances demuestra que el ritmo de descripción de nuevas especies no solo se mantiene, sino que es hoy más alto que en cualquier otro periodo histórico. El trabajo, basado en el análisis de cerca de dos millones de especies ya descritas, concluye que actualmente se incorporan más de 16 000 especies nuevas cada año al registro científico global, sin indicios de que esta tendencia esté disminuyendo.

Este hallazgo desafía la idea, defendida durante años por parte de la comunidad científica, de que el “descubrimiento fácil” ya había quedado atrás y de que la mayoría de las especies existentes ya habían sido identificadas. Según los autores, los datos muestran exactamente lo contrario.

Un análisis global de la historia taxonómica

Para llegar a estas conclusiones, el equipo examinó la historia taxonómica de aproximadamente dos millones de especies pertenecientes a todos los grandes grupos de organismos vivos. El análisis se centró en el momento en que cada especie fue descrita formalmente y recibió un nombre científico válido, lo que permitió reconstruir la evolución del ritmo de descubrimiento a lo largo del tiempo.

Los resultados indican que, entre 2015 y 2020, la media anual de nuevas especies descritas superó las 16 000. De ese total, más de 10 000 correspondieron a animales, con un peso especialmente alto de los artrópodos, como insectos y otros invertebrados. A estas cifras se suman alrededor de 2500 nuevas especies de plantas y unas 2000 de hongos por año.

John Wiens, profesor de ecología y evolución en la University of Arizona y autor principal del estudio, subraya que estos números desmontan una percepción muy extendida. “Algunos científicos pensaban que el ritmo de descubrimiento estaba cayendo y que ya casi no quedaban especies nuevas por encontrar”, explica. “Nuestros resultados muestran justo lo contrario: estamos describiendo especies más rápido que nunca”.

El estudio destaca además que este patrón no se limita a un único grupo biológico, sino que se observa de forma consistente en animales, plantas y hongos, lo que refuerza la idea de que la biodiversidad conocida es solo una fracción de la real.

Más descubrimientos que extinciones registradas

Uno de los aspectos más llamativos del trabajo es la comparación entre el ritmo de descubrimiento y las estimaciones del ritmo de extinción. Según Wiens, los datos disponibles sugieren que, al menos en términos numéricos, las especies que se describen cada año superan ampliamente a las que se pierden.

“El número de nuevas especies descritas anualmente es mucho mayor que el de especies que se extinguen, que estimamos en torno a diez por año”, señala el investigador. Esta afirmación no pretende minimizar la gravedad de la crisis de biodiversidad, sino aportar contexto sobre la dinámica del conocimiento científico. “No estamos hablando solo de microbios”, añade. “Entre las nuevas especies hay insectos, plantas, hongos e incluso cientos de vertebrados”.

El estudio recalca que las cifras de extinción se refieren únicamente a aquellas especies cuya desaparición ha sido documentada con certeza, lo que deja fuera a muchos organismos que podrían extinguirse antes incluso de ser conocidos por la ciencia.

Cuántas especies quedan por descubrir

Además de analizar el pasado y el presente, los investigadores intentaron proyectar el futuro del inventario biológico. A partir de modelos estadísticos basados en las tendencias actuales, estimaron cuántas especies podrían existir finalmente en distintos grandes grupos.

En el caso de los peces, las proyecciones sugieren que el número total podría rondar las 115 000 especies, frente a las aproximadamente 42 000 descritas hasta ahora. Para los anfibios, el cálculo asciende a unas 41 000 especies potenciales, cuando en la actualidad se conocen alrededor de 9000. En el reino vegetal, las estimaciones apuntan a que el total final podría superar el medio millón de especies.

Estas cifras refuerzan una idea ya clásica en la biología moderna: el número de especies conocidas es solo una pequeña parte del total existente. Wiens recuerda una reflexión atribuida al ecólogo Robert May: si visitantes extraterrestres preguntaran cuántas especies viven en la Tierra, la humanidad no podría ofrecer una respuesta definitiva. “Hoy conocemos aproximadamente 2,5 millones de especies”, explica Wiens, “pero el número real probablemente sea mucho mayor, del orden de decenas o incluso cientos de millones”.

Conocer para poder proteger

Más allá de las cifras, el estudio subraya la importancia práctica del descubrimiento de nuevas especies. Documentar la biodiversidad no es un ejercicio académico abstracto, sino un paso esencial para la conservación.

“Una especie no puede ser protegida si no sabemos que existe”, afirma Wiens. “Por eso, describir nuevas especies es siempre el primer paso para preservar la diversidad biológica”. El investigador advierte de que es posible que numerosas especies aún desconocidas estén actualmente al borde de la extinción, sin que existan herramientas legales o estrategias de conservación para salvarlas, simplemente porque no han sido identificadas.

La investigación insiste en que el conocimiento taxonómico es una condición previa para cualquier política eficaz de conservación, desde la creación de áreas protegidas hasta la evaluación del impacto ambiental de proyectos humanos.

Beneficios directos para la sociedad

El descubrimiento de nuevas especies no solo tiene implicaciones ecológicas, sino también potenciales beneficios directos para la humanidad. Muchos organismos albergan compuestos químicos con aplicaciones médicas o industriales, o presentan soluciones biológicas que pueden inspirar nuevas tecnologías.

Los autores del estudio mencionan ejemplos conocidos, como medicamentos populares para la pérdida de peso que se inspiran en una hormona presente en el monstruo de Gila. De forma similar, toxinas de arañas y serpientes, así como sustancias producidas por plantas y hongos, están siendo investigadas como posibles tratamientos contra el dolor o el cáncer.

En otros casos, el interés no reside en una molécula concreta, sino en una adaptación física. Las patas de los gecos, capaces de adherirse a superficies lisas con una eficacia extraordinaria, han inspirado el desarrollo de nuevos materiales adhesivos. “Estas especies pueden tener todavía muchísimo que aportar a la humanidad”, afirma Wiens.

Del ojo humano al ADN

Tradicionalmente, la identificación de nuevas especies se ha basado en características visibles, como la forma, el tamaño o el color. Aunque este enfoque sigue siendo fundamental, el estudio anticipa un cambio progresivo hacia el uso de herramientas genéticas.

Wiens considera que el análisis de ADN jugará un papel cada vez más importante en el futuro del descubrimiento de especies. Este enfoque permite detectar organismos que, aunque sean prácticamente indistinguibles a simple vista, presentan diferencias genéticas claras que justifican su reconocimiento como especies separadas.

Este método es especialmente prometedor en grupos como bacterias y hongos, donde la diversidad genética puede ser enorme pese a una apariencia externa muy similar. Según los autores, la aplicación sistemática de técnicas moleculares podría revelar una cantidad aún mayor de biodiversidad oculta.

Dónde se descubren las nuevas especies

El siguiente paso del equipo de investigación será analizar la distribución geográfica de los descubrimientos recientes. El objetivo es identificar las regiones del planeta donde es más probable que se concentre una biodiversidad aún desconocida.

Además, los investigadores quieren examinar quiénes son los responsables de estas descripciones y si existe un cambio en el perfil de los científicos implicados. En particular, les interesa saber si el protagonismo está pasando de investigadores europeos y norteamericanos a científicos locales que trabajan en sus propios países y ecosistemas.

Para ilustrar la magnitud del desconocimiento que aún persiste, Wiens ofrece un dato revelador: pese a que Linneo inició su proyecto hace tres siglos, el 15 % de todas las especies conocidas en la actualidad ha sido descrito en apenas los últimos 20 años. “Dicho de otro modo”, concluye, “el gran inventario de la vida en la Tierra está todavía muy lejos de completarse”.

El estudio deja claro que, lejos de cerrarse, la era del descubrimiento biológico atraviesa un momento de extraordinaria vitalidad. Cada año, miles de nuevas formas de vida se incorporan al conocimiento humano, ampliando no solo la lista de nombres científicos, sino también la comprensión de la complejidad y riqueza del planeta.

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