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Un planeta en llamas hace 56 millones de años revela nuevas claves sobre el cambio climático

21 January 2026 at 11:00
Incendio forestal avanzando sobre un bosque seco, con grandes llamas y columnas de humo, un fenómeno ligado al aumento de temperaturas.

Restos microscópicos de carbón vegetal hallados en sedimentos marinos muestran que un episodio extremo de calentamiento global en la prehistoria estuvo acompañado por incendios forestales masivos y profundos cambios ecológicos.

Mucho antes de que la actividad humana alterara la atmósfera, la Tierra ya había atravesado episodios de calentamiento abrupto con consecuencias profundas para los ecosistemas. Uno de los más intensos ocurrió hace unos 56 millones de años, durante el llamado Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, un periodo en el que la temperatura media global aumentó de forma rápida y sostenida. Ahora, un nuevo estudio científico aporta pruebas sólidas de que aquel calentamiento estuvo acompañado por incendios forestales generalizados, comparables en escala —aunque no en origen— a los que hoy se observan en distintas regiones del planeta.

La investigación se basa en el análisis detallado de sedimentos marinos extraídos del fondo del océano Atlántico Norte, cerca de las costas actuales de Noruega. En esas capas de sedimento, acumuladas lentamente a lo largo de millones de años, los científicos han identificado abundantes restos de carbón vegetal microscópico, junto con cambios abruptos en el polen fósil y otros indicadores ambientales. El conjunto de evidencias apunta a un escenario de incendios recurrentes y extensos, estrechamente ligados a un aumento repentino de dióxido de carbono en la atmósfera.

El estudio ha sido publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences y constituye uno de los análisis más detallados hasta la fecha sobre la relación entre calentamiento global y fuego en tiempos prehistóricos. Sus resultados refuerzan la idea de que el sistema climático de la Tierra puede reaccionar de manera no lineal ante perturbaciones rápidas, incluso en ausencia de intervención humana directa.

El Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno como laboratorio natural

El episodio del Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, conocido por sus siglas PETM, es uno de los eventos climáticos más estudiados del pasado geológico reciente. Ocurrió unos 10 millones de años después de la extinción de los dinosaurios y se caracterizó por un aumento de la temperatura media global de entre 5 y 8 grados centígrados en apenas unos miles de años, un intervalo extremadamente corto en términos geológicos.

Durante ese periodo, el planeta adoptó un aspecto radicalmente distinto al actual. Las regiones polares carecían casi por completo de hielo permanente, los océanos eran más cálidos y ácidos, y los ecosistemas terrestres experimentaron una reorganización profunda. Grandes cantidades de carbono fueron liberadas a la atmósfera y a los océanos, aunque el origen exacto de esa liberación sigue siendo objeto de debate científico.

Lo que sí está claro es que el PETM ofrece una oportunidad única para estudiar cómo responde la Tierra a una inyección masiva de gases de efecto invernadero. A diferencia de la situación actual, aquel calentamiento no fue provocado por la quema de combustibles fósiles, sino por procesos naturales aún no completamente esclarecidos, como actividad volcánica, liberación de metano desde los fondos marinos o cambios en los ciclos del carbono.

Sedimentos marinos que conservan la memoria del fuego

La nueva investigación se apoya en muestras de sedimento obtenidas mediante perforaciones profundas del lecho marino. Estos sedimentos presentan una estructura laminada, con capas finas superpuestas que funcionan de manera similar a los anillos de crecimiento de un árbol: cada capa registra información ambiental del momento en que se formó.

Al analizar esas capas bajo el microscopio, los investigadores cuantificaron partículas de polen, restos orgánicos y fragmentos de carbón vegetal. La presencia de este último es especialmente reveladora, ya que el carbón se forma únicamente cuando la vegetación terrestre se quema en incendios y sus restos son transportados por el viento o el agua hasta el océano.

Según explica una de las autoras del estudio, Mei Nelissen, investigadora de la Universidad de Utrecht, “la abundancia de carbón vegetal en los sedimentos aumenta de forma muy marcada coincidiendo con el inicio del PETM, lo que indica que los incendios forestales no fueron eventos aislados, sino un fenómeno recurrente y extendido”. La científica añade que los cambios observados en el polen fósil refuerzan esa interpretación.

Antes del aumento de CO₂, los sedimentos muestran una alta proporción de polen de coníferas, árboles que dominaban amplias regiones del hemisferio norte. Sin embargo, tras el inicio del calentamiento, esa vegetación es sustituida rápidamente por otras especies, incluidas variedades de helechos conocidas por colonizar terrenos quemados. “Ese tipo de plantas suele proliferar después de incendios intensos, cuando el paisaje ha quedado abierto y alterado”, señala Nelissen.

Incendios, erosión y océanos alterados

Los incendios no solo transformaron la vegetación terrestre, sino que también tuvieron efectos en cascada sobre otros sistemas del planeta. La desaparición de grandes extensiones de bosque dejó los suelos expuestos a la erosión, facilitando el arrastre de sedimentos y materia orgánica hacia ríos y mares. Esa entrada masiva de nutrientes y carbono en los océanos contribuyó a cambios químicos y biológicos significativos.

El estudio documenta indicios claros de perturbación del suelo, visibles en la composición de los sedimentos marinos. Estos cambios sugieren que los incendios y la pérdida de cobertura vegetal alteraron el ciclo del carbono de forma compleja, amplificando el impacto inicial del calentamiento. En otras palabras, el fuego no fue solo una consecuencia del cambio climático, sino también un factor que pudo intensificarlo.

Esta interacción entre clima, vegetación e incendios es uno de los aspectos más relevantes del trabajo. Los investigadores subrayan que el PETM muestra cómo un aumento rápido de la temperatura puede empujar a los ecosistemas más allá de ciertos umbrales, desencadenando procesos que refuerzan el calentamiento en lugar de amortiguarlo.

Comparaciones inevitables con el presente

Aunque las causas del calentamiento durante el PETM fueron naturales, las comparaciones con la situación actual resultan difíciles de evitar. En la actualidad, la concentración de CO₂ en la atmósfera está aumentando a un ritmo sin precedentes en la historia reciente del planeta, impulsada por la actividad humana. De hecho, las emisiones actuales superan ampliamente las estimadas para el inicio del PETM en términos de velocidad.

“Hoy estamos liberando carbono a la atmósfera a un ritmo al menos diez veces mayor que durante el PETM”, advierte Nelissen en el estudio. No obstante, matiza que la cantidad total de carbono acumulada en la atmósfera durante aquel episodio fue muy elevada, y que el proceso se extendió durante miles de años. Aun así, el paralelismo en los mecanismos de respuesta del sistema terrestre es motivo de preocupación.

Los incendios forestales se están intensificando en muchas regiones del mundo actual, impulsados por temperaturas más altas, sequías prolongadas y cambios en el uso del suelo. El registro geológico del PETM sugiere que, una vez que ciertas condiciones se combinan, el fuego puede convertirse en un elemento dominante del paisaje durante largos periodos.

Preguntas abiertas sobre la recuperación climática

Uno de los grandes interrogantes que persisten es cómo logró la Tierra salir de un estado tan cálido como el del PETM y regresar gradualmente a condiciones más templadas. El estudio reconoce que, pese a los avances en la comprensión de aquel episodio, los mecanismos exactos de enfriamiento posterior siguen siendo objeto de debate.

Algunas hipótesis apuntan a cambios en la configuración de los continentes y a la evolución de las corrientes oceánicas, que habrían facilitado una mayor absorción de carbono por parte de los océanos y un enfriamiento progresivo del clima. Otros investigadores sugieren que el aumento de la meteorización química de las rocas, acelerado por las altas temperaturas y las lluvias intensas, pudo retirar CO₂ de la atmósfera a lo largo de cientos de miles de años.

Lo que resulta claro es que la recuperación no fue rápida desde una perspectiva humana. El PETM duró alrededor de 200 000 años, un lapso durante el cual los ecosistemas tuvieron que adaptarse a condiciones extremas. Esa escala temporal subraya una diferencia crucial con el presente: aunque la Tierra posee mecanismos de autorregulación, estos operan demasiado lentamente como para evitar impactos severos en sociedades humanas y ecosistemas actuales.

Un mensaje desde el pasado profundo

Los autores del estudio insisten en que su trabajo no pretende establecer equivalencias directas entre el PETM y el cambio climático contemporáneo, pero sí ofrecer un contexto más amplio para entender los riesgos asociados a un calentamiento rápido. El registro de incendios masivos en aquel periodo demuestra que el fuego ha sido, y puede volver a ser, una respuesta natural del sistema terrestre ante perturbaciones climáticas extremas.

“Los sedimentos marinos actúan como un archivo extraordinario de la historia de la Tierra”, afirma Nelissen. “Al leer ese archivo con suficiente detalle, podemos identificar patrones que nos ayudan a anticipar posibles trayectorias futuras”. En ese sentido, el pasado remoto se convierte en una herramienta valiosa para interpretar el presente.

El estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences refuerza una idea cada vez más aceptada en la comunidad científica: el cambio climático no solo eleva las temperaturas, sino que reorganiza profundamente los ecosistemas, altera los ciclos biogeoquímicos y puede desencadenar procesos difíciles de revertir. Hace 56 millones de años, el planeta ardió bajo un calor extremo. Hoy, ese recuerdo geológico adquiere una relevancia inquietante.

Los océanos rompieron todos los récords de calor en 2025

12 January 2026 at 11:00
Océano polar con grandes placas de hielo derritiéndose, reflejando el impacto del calentamiento global y el aumento récord de calor en los mares.

Los mares del planeta almacenaron más energía térmica que en ningún otro año desde que existen mediciones, confirmando una aceleración sostenida del calentamiento global con efectos directos sobre el clima extremo.

Los océanos de la Tierra actuaron en 2025 como nunca antes. Lejos de ser simples masas de agua pasivas, absorbieron una cantidad de calor sin precedentes, consolidándose como el principal regulador —y víctima— del calentamiento global inducido por las emisiones humanas. Más del 90 % del exceso de energía atrapada por los gases de efecto invernadero terminó en el océano, no solo en su superficie, sino penetrando hasta profundidades de casi dos kilómetros.

Un nuevo análisis internacional cuantificó con precisión esa acumulación térmica y llegó a una conclusión inequívoca: 2025 fue el año más cálido jamás registrado para los primeros 2000 metros de los océanos del mundo. El estudio, publicado en la revista científica Advances in Atmospheric Sciences, especializada en ciencias atmosféricas y oceánicas, detalla que el océano absorbió alrededor de 23 zettajulios adicionales de energía en comparación con 2024, una cifra que equivale a un número difícil de imaginar de explosiones nucleares concentradas en el agua del planeta.

Una señal clara en las profundidades del océano

La investigación fue realizada por un consorcio internacional de climatólogos y oceanógrafos que analizaron décadas de observaciones procedentes de boyas, barcos, satélites y modelos oceánicos. Según explican los autores, la temperatura media del océano profundo es uno de los indicadores más robustos del cambio climático, ya que integra el calentamiento a largo plazo y no se ve tan afectada por variaciones meteorológicas de corto plazo.

“El océano es como un gigantesco archivo climático”, señaló uno de los investigadores principales en declaraciones difundidas a través de un comunicado científico publicado por EurekAlert. “Si queremos saber cuánta energía adicional está entrando realmente en el sistema Tierra —el conjunto formado por la atmósfera, los océanos, la criosfera y la superficie continental— debemos mirar al océano, no solo al aire”. Esa afirmación resume por qué los científicos consideran estos resultados especialmente preocupantes.

Los datos muestran que el calentamiento no se limita a regiones aisladas. En 2025, aproximadamente un tercio de todas las áreas oceánicas del planeta se ubicaron entre los tres años más cálidos jamás observados, mientras que más de la mitad entró en el grupo de los cinco años con mayor contenido de calor. La señal es global, persistente y cada vez más intensa.

Nueve años consecutivos de récords sin precedentes

Uno de los aspectos más llamativos del nuevo informe es la continuidad de la tendencia. Desde 2017 hasta 2025, los océanos han batido récords de contenido de calor de manera ininterrumpida durante nueve años consecutivos. Según los científicos, no existe ningún antecedente similar en los registros modernos.

Esta sucesión de máximos históricos no es un simple accidente estadístico. Los investigadores subrayan que refleja un desequilibrio energético persistente del planeta: entra más energía de la que sale, y el océano absorbe la mayor parte de ese exceso. Mientras las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero sigan aumentando, este proceso continuará.

Algunas regiones destacaron especialmente en 2025. La zona del océano Austral que rodea la Antártida mostró valores récord, al igual que el Atlántico Norte y el mar Mediterráneo. Estas áreas son consideradas puntos clave del sistema climático global, ya que influyen en corrientes oceánicas, patrones atmosféricos y ecosistemas marinos de gran importancia.

Un enfriamiento superficial que no contradice la tendencia

Paradójicamente, mientras las capas profundas del océano seguían acumulando calor, la temperatura media de la superficie marina descendió ligeramente en comparación con el año anterior. En 2025, el valor global fue aproximadamente 0,12 grados inferior al de 2024, que había sido el año más cálido registrado en superficie.

Lejos de contradecir el calentamiento global, este descenso tiene una explicación bien conocida: la presencia del fenómeno climático La Niña. Este patrón natural favorece el afloramiento de aguas más frías en el Pacífico tropical, lo que reduce temporalmente la temperatura superficial media del océano.

“Lo importante es entender que la energía no desaparece”, explican los autores del estudio. “Durante La Niña, el calor se redistribuye dentro del océano y hacia capas más profundas”. De hecho, incluso con ese enfriamiento relativo, 2025 se posicionó como el tercer año más cálido jamás registrado para la temperatura superficial del mar, una señal de que el nivel de partida es cada vez más alto.

Impactos climáticos visibles en todo el planeta

El aumento continuo del calor oceánico no es una curiosidad científica abstracta. Tiene consecuencias directas y medibles sobre el clima extremo. Un océano más cálido libera más vapor de agua a la atmósfera, alimentando tormentas más intensas y lluvias más violentas, mientras que también contribuye a olas de calor más prolongadas en tierra firme.

En 2025, estos efectos se manifestaron de forma dramática en distintas regiones del mundo. En el sudeste asiático, inundaciones catastróficas provocadas por lluvias excepcionales causaron la muerte de más de 1350 personas. En el sur de Europa, una ola de calor extrema llevó los termómetros por encima de los 48 grados, rompiendo récords históricos y poniendo en jaque a los sistemas de salud y energía. En Estados Unidos, una crecida súbita en Texas dejó al menos 138 víctimas mortales tras precipitaciones intensas concentradas en pocas horas.

Los científicos señalan que ningún evento aislado puede atribuirse exclusivamente al calentamiento oceánico, pero el contexto térmico elevado aumenta la probabilidad y la intensidad de estos desastres. “Es como cargar los dados”, explicó uno de los investigadores. “No garantiza un resultado concreto, pero hace que los extremos sean mucho más probables”.

Un ritmo de calentamiento cada vez más rápido

Más allá de los récords anuales, el estudio revela otro dato inquietante: la velocidad a la que se está calentando el océano se ha incrementado de manera notable. Entre 1958 y 1985, el contenido de calor oceánico aumentaba a un ritmo promedio de 2,9 zettajulios por año. Desde 2007, esa cifra se ha disparado hasta superar los 11 zettajulios anuales, es decir, casi cuatro veces más.

Este aumento en la pendiente de la curva es una señal clara de que el sistema climático está respondiendo de forma acelerada al incremento de gases de efecto invernadero. Los investigadores advierten que, incluso si las emisiones se estabilizaran hoy, el océano seguiría calentándose durante años debido a la inercia térmica del sistema.

“El calentamiento del océano solo se detendrá cuando las emisiones netas de gases de efecto invernadero lleguen a cero”, subrayan los autores. Hasta entonces, los mares continuarán absorbiendo energía y amplificando los impactos del cambio climático.

Un indicador más fiable que la temperatura del aire

Los climatólogos insisten en que la temperatura del aire, aunque es el indicador más citado, no siempre refleja con precisión la magnitud real del calentamiento global. Las variaciones asociadas a fenómenos como El Niño y La Niña pueden provocar subidas o bajadas temporales que confunden la percepción pública.

El contenido de calor del océano, en cambio, actúa como un promedio a largo plazo del desequilibrio energético del planeta. Al absorber y almacenar enormes cantidades de energía, suaviza las oscilaciones de corto plazo y revela con mayor claridad la tendencia subyacente.

Por esa razón, muchos científicos consideran que el océano ofrece la “firma térmica” más fiable del cambio climático. Y esa firma, según los datos más recientes, apunta de forma inequívoca hacia un planeta que continúa acumulando calor a un ritmo cada vez mayor.

Un mensaje inequívoco desde el océano

Los resultados de este trabajo científico, difundidos también a través de plataformas internacionales de divulgación académica, refuerzan un mensaje que la comunidad científica viene repitiendo desde hace años: el calentamiento global no se ha detenido ni se ha ralentizado. Por el contrario, se está intensificando, y el océano es el principal testigo de ese proceso.

Mientras las emisiones continúen, los récords seguirán cayendo. Y aunque el océano ha actuado hasta ahora como un amortiguador que protege a la humanidad de un calentamiento aún más rápido del aire, ese servicio tiene un costo creciente para los ecosistemas marinos y para la estabilidad climática del planeta.

En palabras de uno de los autores del estudio, “el océano nos está diciendo, de la forma más clara posible, que el sistema Tierra sigue fuera de equilibrio”. Ignorar esa señal, advierten los científicos, solo hará que los impactos futuros sean más severos y más difíciles de gestionar.

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