❌

Normal view

El océano Ártico cruza un punto de no retorno y altera la base de toda su cadena alimentaria

2 June 2026 at 00:47
Vista del océano Ártico con hielo marino fragmentado y aguas abiertas, escenario de los cambios climáticos y químicos que afectan la cadena alimentaria del ecosistema polar.

Un nuevo estudio científico revela que el océano Ártico habría atravesado un punto de inflexión ecológico alrededor de 2009. La rápida pérdida de hielo marino está provocando una transformación química que reduce una de las sustancias más importantes para la vida marina: el nitrato. Los investigadores advierten que las consecuencias podrían extenderse desde el plancton hasta las pesquerías comerciales del Atlántico Norte y afectar también la capacidad del océano para almacenar carbono.

Durante décadas, el deshielo del Ártico fue considerado una de las señales más visibles del cambio climático. Sin embargo, los científicos creían que la desaparición del hielo marino tendría al menos un efecto aparentemente positivo: permitiría que una mayor cantidad de luz solar alcanzara la superficie del océano, favoreciendo el crecimiento del fitoplancton, los microorganismos que constituyen la base de la red alimentaria marina.

Ahora, una investigación internacional liderada por científicos de la University of Edinburgh muestra que la realidad es mucho más compleja. El aumento de la luz solar está desencadenando procesos químicos que eliminan nitrato del agua, un nutriente esencial para el desarrollo del fitoplancton. Lejos de impulsar la productividad biológica, el deshielo estaría reduciendo la capacidad del ecosistema ártico para sostener la vida marina. 

Los hallazgos fueron publicados en la revista científica Communications Earth & Environment bajo el título Sea ice loss drives a regime shift in Arctic Ocean nitrogen biogeochemistry, firmado por Marta Santos-García, Raja S. Ganeshram y otros investigadores especializados en oceanografía y biogeoquímica marina. 

Un cambio químico oculto bajo el deshielo

El estudio se basa en más de dos décadas de observaciones realizadas en el estrecho de Fram, una de las principales puertas de salida de las aguas del océano Ártico hacia el Atlántico. Los investigadores analizaron datos recopilados entre 1998 y 2023 para reconstruir la evolución química de estas masas de agua. 

Los resultados mostraron una tendencia clara. A partir de aproximadamente 2009 comenzó una disminución sostenida de las concentraciones de nitrógeno disponible, especialmente en forma de nitrato. Esta caída coincidió temporalmente con una aceleración significativa de la pérdida de hielo marino en la región ártica. 

Según los investigadores, la desaparición del hielo está permitiendo que la luz solar alcance amplias zonas costeras poco profundas que anteriormente permanecían cubiertas durante gran parte del año. Esa nueva exposición favorece un fenómeno conocido como desnitrificación bentónica, mediante el cual bacterias presentes en los sedimentos convierten el nitrato en nitrógeno gaseoso, eliminándolo del ecosistema marino. 

El problema es que casi la mitad de la superficie del océano Ártico está formada por estas plataformas continentales poco profundas, lo que amplifica enormemente el impacto de este proceso. 

El nutriente que sostiene la vida marina

Aunque el nitrato suele pasar desapercibido fuera de los círculos científicos, se trata de uno de los componentes más importantes para la vida en los océanos. Está formado por nitrógeno y oxígeno y constituye una fuente fundamental de nutrientes para las algas microscópicas y el fitoplancton.

El nitrógeno es indispensable para la formación de proteínas, ADN y otras moléculas esenciales para todos los organismos vivos. Sin embargo, la mayor parte del nitrógeno presente en la atmósfera se encuentra en una forma que la mayoría de los seres vivos no puede utilizar directamente. El nitrato actúa como una especie de puente biológico que vuelve accesible ese elemento para la vida. 

En el océano, el fitoplancton depende de este nutriente para crecer. A su vez, estos microorganismos alimentan al zooplancton, que sirve de alimento para peces, aves marinas y mamíferos como focas y ballenas. Cuando disminuye la disponibilidad de nitrato, toda la estructura ecológica que se apoya sobre esa base comienza a debilitarse. 

Los autores del estudio sostienen que el Ártico está experimentando una transición hacia un sistema donde el nitrato se ha convertido en el principal factor limitante de la productividad biológica, algo que podría modificar profundamente la composición de las especies que habitan la región. 

Un nuevo tipo de océano Ártico

Uno de los aspectos más preocupantes de la investigación es que no se trata simplemente de una fluctuación temporal. Los científicos describen el fenómeno como un cambio de régimen, es decir, una transformación estructural en el funcionamiento del ecosistema.

Marta Santos-García, investigadora de la Universidad de Edimburgo y autora principal del trabajo, explicó que durante años los modelos científicos asumían que una mayor entrada de luz impulsaría la producción de fitoplancton.

“Nuestros hallazgos sugieren que esta relación ha cambiado: el océano Ártico parece haber pasado de ser un sistema limitado principalmente por la luz a uno cada vez más limitado por la disponibilidad de nitrato, con consecuencias de gran alcance para los ecosistemas marinos, las cadenas alimentarias y el papel del Ártico en el sistema climático de la Tierra”, afirmó la investigadora. 

La consecuencia inmediata podría ser un cambio en las especies dominantes de fitoplancton. Los organismos más grandes suelen requerir mayores cantidades de nutrientes, mientras que las especies más pequeñas pueden sobrevivir en ambientes pobres en nitrato.

Este cambio aparentemente sutil puede alterar toda la cadena alimentaria. Las especies pequeñas contienen menos energía disponible para los niveles superiores, reduciendo la cantidad de alimento que puede sostener poblaciones de peces, aves y mamíferos marinos. 

Menos plancton, menos captura de carbono

Las implicaciones del estudio van mucho más allá de la biodiversidad marina. El fitoplancton también desempeña un papel crucial en la regulación del clima global.

A través de la fotosíntesis, estos microorganismos absorben dióxido de carbono de la atmósfera. Parte de ese carbono termina hundiéndose hacia las profundidades oceánicas cuando los organismos mueren o son consumidos, quedando almacenado durante largos períodos de tiempo. Este mecanismo es conocido como bomba biológica de carbono. 

Si la productividad del fitoplancton disminuye debido a la escasez de nitrato, también podría reducirse la capacidad del océano Ártico para actuar como sumidero de carbono.

En otras palabras, menos nitrato implica menos plancton; menos plancton significa una menor captura de dióxido de carbono; y una menor captura de carbono puede contribuir a acelerar el calentamiento global. Los investigadores consideran que este efecto podría convertirse en una retroalimentación climática adicional que agrave los cambios ya observados en la región polar. 

Diversos trabajos recientes ya habían detectado cambios en las poblaciones de animales marinos del Ártico, aunque las causas concretas seguían siendo difíciles de identificar. El nuevo estudio aporta una posible explicación relacionada con la disponibilidad de nutrientes esenciales en el ecosistema. 

El punto de inflexión de 2009

Los científicos consideran que alrededor de 2009 se produjo un umbral crítico. A partir de ese momento, los registros muestran un descenso continuo del nitrato en las aguas que abandonan el Ártico.

“El ecosistema del océano Ártico alcanzó un punto de inflexión alrededor de 2009. Debemos vigilar muy de cerca cómo este cambio se propaga a través de la cadena alimentaria, porque podría tener consecuencias profundas para todos nosotros, incluidas las pesquerías comerciales del Atlántico Norte”, señaló el profesor Raja Ganeshram, quien ha dirigido esta línea de investigación durante los últimos veinte años. 

El concepto de punto de inflexión climático se utiliza para describir cambios que, una vez iniciados, se vuelven extremadamente difíciles de revertir. En este caso, los investigadores consideran improbable que el océano Ártico regrese a su estado anterior debido a que el proceso está directamente vinculado a la pérdida continua de hielo marino. 

La preocupación también se extiende más allá de las regiones polares. Las aguas árticas terminan mezclándose con el Atlántico Norte, por lo que las alteraciones químicas observadas podrían influir en ecosistemas marinos situados a miles de kilómetros de distancia. Las repercusiones sobre especies comerciales de peces y sobre las redes alimentarias oceánicas aún están siendo investigadas. 

Mientras el hielo continúa retrocediendo a un ritmo acelerado, los científicos advierten que el Ártico podría estar entrando en una nueva etapa ecológica. Una etapa marcada no solo por la desaparición del hielo, sino también por una transformación profunda de los procesos químicos que sostienen la vida marina y ayudan a regular el clima del planeta. 

Los océanos rompieron todos los récords de calor en 2025

12 January 2026 at 11:00
Océano polar con grandes placas de hielo derritiéndose, reflejando el impacto del calentamiento global y el aumento récord de calor en los mares.

Los mares del planeta almacenaron más energía térmica que en ningún otro año desde que existen mediciones, confirmando una aceleración sostenida del calentamiento global con efectos directos sobre el clima extremo.

Los océanos de la Tierra actuaron en 2025 como nunca antes. Lejos de ser simples masas de agua pasivas, absorbieron una cantidad de calor sin precedentes, consolidándose como el principal regulador —y víctima— del calentamiento global inducido por las emisiones humanas. Más del 90 % del exceso de energía atrapada por los gases de efecto invernadero terminó en el océano, no solo en su superficie, sino penetrando hasta profundidades de casi dos kilómetros.

Un nuevo análisis internacional cuantificó con precisión esa acumulación térmica y llegó a una conclusión inequívoca: 2025 fue el año más cálido jamás registrado para los primeros 2000 metros de los océanos del mundo. El estudio, publicado en la revista científica Advances in Atmospheric Sciences, especializada en ciencias atmosféricas y oceánicas, detalla que el océano absorbió alrededor de 23 zettajulios adicionales de energía en comparación con 2024, una cifra que equivale a un número difícil de imaginar de explosiones nucleares concentradas en el agua del planeta.

Una señal clara en las profundidades del océano

La investigación fue realizada por un consorcio internacional de climatólogos y oceanógrafos que analizaron décadas de observaciones procedentes de boyas, barcos, satélites y modelos oceánicos. Según explican los autores, la temperatura media del océano profundo es uno de los indicadores más robustos del cambio climático, ya que integra el calentamiento a largo plazo y no se ve tan afectada por variaciones meteorológicas de corto plazo.

“El océano es como un gigantesco archivo climático”, señaló uno de los investigadores principales en declaraciones difundidas a través de un comunicado científico publicado por EurekAlert. “Si queremos saber cuánta energía adicional está entrando realmente en el sistema Tierra —el conjunto formado por la atmósfera, los océanos, la criosfera y la superficie continental— debemos mirar al océano, no solo al aire”. Esa afirmación resume por qué los científicos consideran estos resultados especialmente preocupantes.

Los datos muestran que el calentamiento no se limita a regiones aisladas. En 2025, aproximadamente un tercio de todas las áreas oceánicas del planeta se ubicaron entre los tres años más cálidos jamás observados, mientras que más de la mitad entró en el grupo de los cinco años con mayor contenido de calor. La señal es global, persistente y cada vez más intensa.

Nueve años consecutivos de récords sin precedentes

Uno de los aspectos más llamativos del nuevo informe es la continuidad de la tendencia. Desde 2017 hasta 2025, los océanos han batido récords de contenido de calor de manera ininterrumpida durante nueve años consecutivos. Según los científicos, no existe ningún antecedente similar en los registros modernos.

Esta sucesión de máximos históricos no es un simple accidente estadístico. Los investigadores subrayan que refleja un desequilibrio energético persistente del planeta: entra más energía de la que sale, y el océano absorbe la mayor parte de ese exceso. Mientras las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero sigan aumentando, este proceso continuará.

Algunas regiones destacaron especialmente en 2025. La zona del océano Austral que rodea la Antártida mostró valores récord, al igual que el Atlántico Norte y el mar Mediterráneo. Estas áreas son consideradas puntos clave del sistema climático global, ya que influyen en corrientes oceánicas, patrones atmosféricos y ecosistemas marinos de gran importancia.

Un enfriamiento superficial que no contradice la tendencia

Paradójicamente, mientras las capas profundas del océano seguían acumulando calor, la temperatura media de la superficie marina descendió ligeramente en comparación con el año anterior. En 2025, el valor global fue aproximadamente 0,12 grados inferior al de 2024, que había sido el año más cálido registrado en superficie.

Lejos de contradecir el calentamiento global, este descenso tiene una explicación bien conocida: la presencia del fenómeno climático La Niña. Este patrón natural favorece el afloramiento de aguas más frías en el Pacífico tropical, lo que reduce temporalmente la temperatura superficial media del océano.

“Lo importante es entender que la energía no desaparece”, explican los autores del estudio. “Durante La Niña, el calor se redistribuye dentro del océano y hacia capas más profundas”. De hecho, incluso con ese enfriamiento relativo, 2025 se posicionó como el tercer año más cálido jamás registrado para la temperatura superficial del mar, una señal de que el nivel de partida es cada vez más alto.

Impactos climáticos visibles en todo el planeta

El aumento continuo del calor oceánico no es una curiosidad científica abstracta. Tiene consecuencias directas y medibles sobre el clima extremo. Un océano más cálido libera más vapor de agua a la atmósfera, alimentando tormentas más intensas y lluvias más violentas, mientras que también contribuye a olas de calor más prolongadas en tierra firme.

En 2025, estos efectos se manifestaron de forma dramática en distintas regiones del mundo. En el sudeste asiático, inundaciones catastróficas provocadas por lluvias excepcionales causaron la muerte de más de 1350 personas. En el sur de Europa, una ola de calor extrema llevó los termómetros por encima de los 48 grados, rompiendo récords históricos y poniendo en jaque a los sistemas de salud y energía. En Estados Unidos, una crecida súbita en Texas dejó al menos 138 víctimas mortales tras precipitaciones intensas concentradas en pocas horas.

Los científicos señalan que ningún evento aislado puede atribuirse exclusivamente al calentamiento oceánico, pero el contexto térmico elevado aumenta la probabilidad y la intensidad de estos desastres. “Es como cargar los dados”, explicó uno de los investigadores. “No garantiza un resultado concreto, pero hace que los extremos sean mucho más probables”.

Un ritmo de calentamiento cada vez más rápido

Más allá de los récords anuales, el estudio revela otro dato inquietante: la velocidad a la que se está calentando el océano se ha incrementado de manera notable. Entre 1958 y 1985, el contenido de calor oceánico aumentaba a un ritmo promedio de 2,9 zettajulios por año. Desde 2007, esa cifra se ha disparado hasta superar los 11 zettajulios anuales, es decir, casi cuatro veces más.

Este aumento en la pendiente de la curva es una señal clara de que el sistema climático está respondiendo de forma acelerada al incremento de gases de efecto invernadero. Los investigadores advierten que, incluso si las emisiones se estabilizaran hoy, el océano seguiría calentándose durante años debido a la inercia térmica del sistema.

“El calentamiento del océano solo se detendrá cuando las emisiones netas de gases de efecto invernadero lleguen a cero”, subrayan los autores. Hasta entonces, los mares continuarán absorbiendo energía y amplificando los impactos del cambio climático.

Un indicador más fiable que la temperatura del aire

Los climatólogos insisten en que la temperatura del aire, aunque es el indicador más citado, no siempre refleja con precisión la magnitud real del calentamiento global. Las variaciones asociadas a fenómenos como El Niño y La Niña pueden provocar subidas o bajadas temporales que confunden la percepción pública.

El contenido de calor del océano, en cambio, actúa como un promedio a largo plazo del desequilibrio energético del planeta. Al absorber y almacenar enormes cantidades de energía, suaviza las oscilaciones de corto plazo y revela con mayor claridad la tendencia subyacente.

Por esa razón, muchos científicos consideran que el océano ofrece la “firma térmica” más fiable del cambio climático. Y esa firma, según los datos más recientes, apunta de forma inequívoca hacia un planeta que continúa acumulando calor a un ritmo cada vez mayor.

Un mensaje inequívoco desde el océano

Los resultados de este trabajo científico, difundidos también a través de plataformas internacionales de divulgación académica, refuerzan un mensaje que la comunidad científica viene repitiendo desde hace años: el calentamiento global no se ha detenido ni se ha ralentizado. Por el contrario, se está intensificando, y el océano es el principal testigo de ese proceso.

Mientras las emisiones continúen, los récords seguirán cayendo. Y aunque el océano ha actuado hasta ahora como un amortiguador que protege a la humanidad de un calentamiento aún más rápido del aire, ese servicio tiene un costo creciente para los ecosistemas marinos y para la estabilidad climática del planeta.

En palabras de uno de los autores del estudio, “el océano nos está diciendo, de la forma más clara posible, que el sistema Tierra sigue fuera de equilibrio”. Ignorar esa señal, advierten los científicos, solo hará que los impactos futuros sean más severos y más difíciles de gestionar.

Antiguos restos de lava del fondo marino almacenan enormes cantidades de CO₂

2 January 2026 at 11:00
Superficie del océano Atlántico sobre una dorsal submarina donde antiguas rocas volcánicas almacenan dióxido de carbono durante millones de años

Capas de brecha volcánica formadas en la dorsal mesoatlántica actúan como auténticas esponjas de carbono durante millones de años, ampliando el papel del océano profundo en la regulación del clima terrestre.

El fondo del océano, a menudo percibido como un escenario geológicamente pasivo y lejano, es en realidad uno de los actores más relevantes en el equilibrio químico del planeta. Nuevas evidencias científicas muestran que antiguos escombros de lava acumulados en la base de montañas submarinas pueden atrapar enormes cantidades de dióxido de carbono durante decenas de millones de años. Estos hallazgos amplían la comprensión de cómo la Tierra regula de forma natural el carbono atmosférico a escalas de tiempo geológicas.

La investigación se centra en la dorsal mesoatlántica, una gigantesca cadena montañosa submarina que atraviesa el océano Atlántico de norte a sur. Esta estructura comenzó a formarse hace unos 160 millones de años, cuando el supercontinente Pangea empezó a fragmentarse y los continentes actuales iniciaron su separación. A día de hoy, la dorsal sigue activa y produce nueva corteza oceánica a partir de magma que asciende desde el manto terrestre.

Durante millones de años, la actividad volcánica, la tectónica y la erosión han dado lugar a grandes volúmenes de material fragmentado en los flancos de estas montañas submarinas. Es precisamente ese material, conocido como brecha volcánica o lavapuin, el que ha captado la atención de un equipo internacional de geólogos liderado por investigadores de la Universidad de Southampton.

Un archivo oculto de carbono en la corteza oceánica

Los científicos analizaron núcleos de perforación extraídos del fondo del Atlántico Sur, donde encontraron capas de brecha volcánica con una antigüedad aproximada de 60 millones de años. A diferencia de las coladas de lava compactas que suelen estudiarse en la corteza oceánica, estas brechas están formadas por fragmentos irregulares de lava acumulados tras procesos de erosión y colapso en los flancos de montes submarinos.

El estudio, publicado en la revista Nature Geoscience, revela que estas capas contienen cantidades de CO₂ muy superiores a las detectadas previamente en basaltos oceánicos más homogéneos. La investigación demuestra que el lavapuin puede almacenar entre dos y cuarenta veces más carbono que otros tipos de lava del fondo marino, un resultado que sorprendió incluso a los propios autores del trabajo.

La autora principal, Rosalind Coggon, explica que la clave reside en la estructura porosa del material. “Sabíamos desde hace tiempo que la erosión en los flancos de montañas submarinas produce grandes volúmenes de escombros volcánicos, similares a los canchales que se observan en las montañas continentales”, señala la investigadora. Esa geometría fragmentada multiplica la superficie de contacto entre la roca y el agua de mar, favoreciendo reacciones químicas prolongadas en el tiempo.

El papel del océano en la captura de carbono

El océano es uno de los principales sumideros de carbono del planeta. Una parte del CO₂ atmosférico se disuelve directamente en las aguas superficiales, especialmente en regiones frías, y puede hundirse hacia las profundidades. Otra fracción es absorbida por el fitoplancton, organismos microscópicos que utilizan el carbono para crecer mediante fotosíntesis. Cuando estos organismos mueren, su biomasa desciende al fondo marino y queda enterrada bajo capas de sedimentos, retirando carbono de la atmósfera durante miles o millones de años.

A estos mecanismos biológicos y físicos se suma ahora con mayor claridad un proceso puramente geológico. El estudio muestra que, a escalas temporales muy largas, la interacción entre el agua de mar y determinados tipos de roca puede secuestrar CO₂ de forma altamente eficiente. En el caso de las brechas volcánicas, el agua circula durante millones de años a través de grietas y espacios entre los fragmentos de lava.

“Durante todo ese tiempo, el agua de mar reacciona con la roca, intercambiando elementos químicos”, explica Coggon. “Ese proceso elimina CO₂ del agua y lo fija en minerales estables, como el carbonato cálcico, que quedan atrapados en la estructura de la roca”. Las capas de brecha terminan cementadas por minerales blancos ricos en carbono, transformándose en un archivo químico del pasado oceánico.

Una esponja de carbono a escala planetaria

Los resultados sugieren que la contribución de este tipo de rocas al ciclo global del carbono ha sido subestimada durante décadas. Hasta ahora, la mayor parte de los modelos se centraban en basaltos más compactos de la corteza oceánica o en procesos sedimentarios clásicos. Sin embargo, las brechas volcánicas asociadas a montañas submarinas erosionadas podrían representar un volumen mucho mayor de lo que se pensaba.

Según los investigadores, estas formaciones están ampliamente distribuidas a lo largo de las dorsales oceánicas de todo el planeta. Si su capacidad de almacenamiento de CO₂ es similar en otras regiones, el impacto acumulado sobre el clima terrestre a lo largo de millones de años podría ser considerable. El trabajo destaca que este mecanismo actúa como un regulador lento pero persistente de la concentración de dióxido de carbono en los océanos y, por extensión, en la atmósfera.

Un comunicado difundido por EurekAlert subraya que este descubrimiento obliga a reconsiderar el balance global de carbono a largo plazo y el papel de la corteza oceánica en la estabilización climática del planeta. La brecha volcánica, lejos de ser un simple residuo de la actividad geológica, emerge así como un componente activo del sistema climático profundo.

Implicaciones para la historia del clima terrestre

Comprender cómo se ha almacenado el carbono en el pasado es esencial para interpretar la evolución del clima a lo largo de la historia de la Tierra. Las concentraciones de CO₂ han fluctuado de forma drástica durante cientos de millones de años, influyendo en periodos de calentamiento global, glaciaciones y grandes transformaciones biológicas.

Los autores del estudio señalan que la formación de brechas volcánicas ricas en carbonatos pudo haber contribuido a amortiguar aumentos prolongados de CO₂ atmosférico en determinadas épocas geológicas. Aunque estos procesos son demasiado lentos para compensar las emisiones humanas actuales, ofrecen un marco de referencia crucial para entender los límites naturales del sistema terrestre.

Además, los resultados abren nuevas vías de investigación sobre la distribución de estas rocas y su interacción química con el océano. Aún se desconoce cuánta brecha volcánica existe en total en la corteza oceánica, ni cómo varía su capacidad de almacenamiento de carbono según la edad, la composición mineral o las condiciones locales del agua de mar.

Lecciones para las tecnologías de captura de carbono

El descubrimiento también tiene un eco inesperado en las estrategias modernas de mitigación del cambio climático. En los últimos años, varias iniciativas han apostado por capturar CO₂ directamente de fuentes industriales o del aire y almacenarlo de forma permanente en formaciones geológicas. Un ejemplo es el de la empresa suiza Climeworks, que trabaja en Islandia capturando dióxido de carbono emitido por centrales geotérmicas.

En ese proceso, el gas se disuelve en agua y se inyecta en el subsuelo, donde reacciona con rocas basálticas ricas en calcio y magnesio. En cuestión de años, el CO₂ se transforma en minerales carbonatados sólidos, de manera similar a lo que ocurre de forma natural en las brechas volcánicas del fondo marino. La diferencia es que, en el entorno oceánico, ese proceso ha operado sin intervención humana durante decenas de millones de años.

Los investigadores subrayan que estudiar estos sistemas naturales puede aportar información valiosa para optimizar las tecnologías de almacenamiento geológico. La naturaleza ofrece ejemplos de estabilidad química a largo plazo que podrían servir de inspiración para soluciones más seguras y duraderas frente al exceso de carbono atmosférico.

Un recordatorio del poder geológico del océano profundo

Más allá de sus implicaciones prácticas, el estudio pone de relieve la complejidad del océano como sistema integrado. Bajo kilómetros de agua, lejos de la luz solar y de los ecosistemas más visibles, la corteza oceánica interactúa constantemente con el agua de mar, influyendo en la química global del planeta.

La brecha volcánica de la dorsal mesoatlántica demuestra que incluso los restos fragmentados de antiguas erupciones pueden desempeñar un papel fundamental en la regulación climática. Como señala Coggon, este tipo de roca “actúa como una auténtica esponja de carbono en el ciclo de carbono a largo plazo”, recordando que los procesos geológicos lentos, aunque imperceptibles a escala humana, han sido decisivos para mantener la habitabilidad de la Tierra a lo largo de su historia.

El hallazgo invita a mirar el fondo del océano no solo como un archivo del pasado geológico, sino también como un componente activo y dinámico del sistema climático. En un momento en que la atención se centra en soluciones rápidas frente al cambio climático, estas investigaciones aportan una perspectiva profunda sobre cómo el planeta ha gestionado el carbono durante millones de años y sobre los límites, pero también las posibilidades, de los mecanismos naturales de almacenamiento.

❌