❌

Normal view

Descubren que las rocas volcánicas de la Tierra primitiva contenían fósforo reactivo, y eso explica uno de los enigmas más antiguos sobre el origen de la vida

11 August 2026 at 15:00
Durante más de siete décadas, el fósforo ha representado una de las grandes paradojas en el estudio del origen de la vida. Este elemento, indispensable para la existencia de los seres vivos tal como los conocemos, constituye el esqueleto estructural del ADN y del ARN, permite a las células almacenar y transferir energía mediante la […]

El Sol curvará la luz de las estrellas durante el eclipse como predijo Einstein

10 August 2026 at 07:15
Algunas estrellas parecerán estar donde no deberían durante el eclipse total del 12 de agosto. La diferencia será minúscula, pero detrás de ese desplazamiento se esconde una de las ideas más revolucionarias de la física.

Las personas ciegas podrán escuchar el eclipse total de Sol como si fuera una melodía

9 August 2026 at 09:00
El próximo 12 de agosto, el eclipse total de Sol ofrecerá una vivencia poco habitual: parte del público podrá seguir su desarrollo sin necesidad de mirar al cielo.

Científicos presencian por primera vez el nacimiento de un fragmento de corteza oceánica: así se abrió el fondo del mar en solo unas horas

8 August 2026 at 09:07
Un observatorio instalado en el océano Índico captó un proceso geológico que hasta ahora solo podía reconstruirse a partir de sus huellas: el momento en que la Tierra creó nuevo suelo oceánico.

Cómo afectará a la fauna y a la meteorología el próximo eclipse solar

1 August 2026 at 12:04
Durante unos minutos, el día se convierte en noche: los animales cambian de comportamiento y el termómetro cae varios grados. Esto es lo que le ocurre a la Tierra durante la totalidad.

Los océanos rompieron todos los récords de calor en 2025

12 January 2026 at 11:00
Océano polar con grandes placas de hielo derritiéndose, reflejando el impacto del calentamiento global y el aumento récord de calor en los mares.

Los mares del planeta almacenaron más energía térmica que en ningún otro año desde que existen mediciones, confirmando una aceleración sostenida del calentamiento global con efectos directos sobre el clima extremo.

Los océanos de la Tierra actuaron en 2025 como nunca antes. Lejos de ser simples masas de agua pasivas, absorbieron una cantidad de calor sin precedentes, consolidándose como el principal regulador —y víctima— del calentamiento global inducido por las emisiones humanas. Más del 90 % del exceso de energía atrapada por los gases de efecto invernadero terminó en el océano, no solo en su superficie, sino penetrando hasta profundidades de casi dos kilómetros.

Un nuevo análisis internacional cuantificó con precisión esa acumulación térmica y llegó a una conclusión inequívoca: 2025 fue el año más cálido jamás registrado para los primeros 2000 metros de los océanos del mundo. El estudio, publicado en la revista científica Advances in Atmospheric Sciences, especializada en ciencias atmosféricas y oceánicas, detalla que el océano absorbió alrededor de 23 zettajulios adicionales de energía en comparación con 2024, una cifra que equivale a un número difícil de imaginar de explosiones nucleares concentradas en el agua del planeta.

Una señal clara en las profundidades del océano

La investigación fue realizada por un consorcio internacional de climatólogos y oceanógrafos que analizaron décadas de observaciones procedentes de boyas, barcos, satélites y modelos oceánicos. Según explican los autores, la temperatura media del océano profundo es uno de los indicadores más robustos del cambio climático, ya que integra el calentamiento a largo plazo y no se ve tan afectada por variaciones meteorológicas de corto plazo.

“El océano es como un gigantesco archivo climático”, señaló uno de los investigadores principales en declaraciones difundidas a través de un comunicado científico publicado por EurekAlert. “Si queremos saber cuánta energía adicional está entrando realmente en el sistema Tierra —el conjunto formado por la atmósfera, los océanos, la criosfera y la superficie continental— debemos mirar al océano, no solo al aire”. Esa afirmación resume por qué los científicos consideran estos resultados especialmente preocupantes.

Los datos muestran que el calentamiento no se limita a regiones aisladas. En 2025, aproximadamente un tercio de todas las áreas oceánicas del planeta se ubicaron entre los tres años más cálidos jamás observados, mientras que más de la mitad entró en el grupo de los cinco años con mayor contenido de calor. La señal es global, persistente y cada vez más intensa.

Nueve años consecutivos de récords sin precedentes

Uno de los aspectos más llamativos del nuevo informe es la continuidad de la tendencia. Desde 2017 hasta 2025, los océanos han batido récords de contenido de calor de manera ininterrumpida durante nueve años consecutivos. Según los científicos, no existe ningún antecedente similar en los registros modernos.

Esta sucesión de máximos históricos no es un simple accidente estadístico. Los investigadores subrayan que refleja un desequilibrio energético persistente del planeta: entra más energía de la que sale, y el océano absorbe la mayor parte de ese exceso. Mientras las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero sigan aumentando, este proceso continuará.

Algunas regiones destacaron especialmente en 2025. La zona del océano Austral que rodea la Antártida mostró valores récord, al igual que el Atlántico Norte y el mar Mediterráneo. Estas áreas son consideradas puntos clave del sistema climático global, ya que influyen en corrientes oceánicas, patrones atmosféricos y ecosistemas marinos de gran importancia.

Un enfriamiento superficial que no contradice la tendencia

Paradójicamente, mientras las capas profundas del océano seguían acumulando calor, la temperatura media de la superficie marina descendió ligeramente en comparación con el año anterior. En 2025, el valor global fue aproximadamente 0,12 grados inferior al de 2024, que había sido el año más cálido registrado en superficie.

Lejos de contradecir el calentamiento global, este descenso tiene una explicación bien conocida: la presencia del fenómeno climático La Niña. Este patrón natural favorece el afloramiento de aguas más frías en el Pacífico tropical, lo que reduce temporalmente la temperatura superficial media del océano.

“Lo importante es entender que la energía no desaparece”, explican los autores del estudio. “Durante La Niña, el calor se redistribuye dentro del océano y hacia capas más profundas”. De hecho, incluso con ese enfriamiento relativo, 2025 se posicionó como el tercer año más cálido jamás registrado para la temperatura superficial del mar, una señal de que el nivel de partida es cada vez más alto.

Impactos climáticos visibles en todo el planeta

El aumento continuo del calor oceánico no es una curiosidad científica abstracta. Tiene consecuencias directas y medibles sobre el clima extremo. Un océano más cálido libera más vapor de agua a la atmósfera, alimentando tormentas más intensas y lluvias más violentas, mientras que también contribuye a olas de calor más prolongadas en tierra firme.

En 2025, estos efectos se manifestaron de forma dramática en distintas regiones del mundo. En el sudeste asiático, inundaciones catastróficas provocadas por lluvias excepcionales causaron la muerte de más de 1350 personas. En el sur de Europa, una ola de calor extrema llevó los termómetros por encima de los 48 grados, rompiendo récords históricos y poniendo en jaque a los sistemas de salud y energía. En Estados Unidos, una crecida súbita en Texas dejó al menos 138 víctimas mortales tras precipitaciones intensas concentradas en pocas horas.

Los científicos señalan que ningún evento aislado puede atribuirse exclusivamente al calentamiento oceánico, pero el contexto térmico elevado aumenta la probabilidad y la intensidad de estos desastres. “Es como cargar los dados”, explicó uno de los investigadores. “No garantiza un resultado concreto, pero hace que los extremos sean mucho más probables”.

Un ritmo de calentamiento cada vez más rápido

Más allá de los récords anuales, el estudio revela otro dato inquietante: la velocidad a la que se está calentando el océano se ha incrementado de manera notable. Entre 1958 y 1985, el contenido de calor oceánico aumentaba a un ritmo promedio de 2,9 zettajulios por año. Desde 2007, esa cifra se ha disparado hasta superar los 11 zettajulios anuales, es decir, casi cuatro veces más.

Este aumento en la pendiente de la curva es una señal clara de que el sistema climático está respondiendo de forma acelerada al incremento de gases de efecto invernadero. Los investigadores advierten que, incluso si las emisiones se estabilizaran hoy, el océano seguiría calentándose durante años debido a la inercia térmica del sistema.

“El calentamiento del océano solo se detendrá cuando las emisiones netas de gases de efecto invernadero lleguen a cero”, subrayan los autores. Hasta entonces, los mares continuarán absorbiendo energía y amplificando los impactos del cambio climático.

Un indicador más fiable que la temperatura del aire

Los climatólogos insisten en que la temperatura del aire, aunque es el indicador más citado, no siempre refleja con precisión la magnitud real del calentamiento global. Las variaciones asociadas a fenómenos como El Niño y La Niña pueden provocar subidas o bajadas temporales que confunden la percepción pública.

El contenido de calor del océano, en cambio, actúa como un promedio a largo plazo del desequilibrio energético del planeta. Al absorber y almacenar enormes cantidades de energía, suaviza las oscilaciones de corto plazo y revela con mayor claridad la tendencia subyacente.

Por esa razón, muchos científicos consideran que el océano ofrece la “firma térmica” más fiable del cambio climático. Y esa firma, según los datos más recientes, apunta de forma inequívoca hacia un planeta que continúa acumulando calor a un ritmo cada vez mayor.

Un mensaje inequívoco desde el océano

Los resultados de este trabajo científico, difundidos también a través de plataformas internacionales de divulgación académica, refuerzan un mensaje que la comunidad científica viene repitiendo desde hace años: el calentamiento global no se ha detenido ni se ha ralentizado. Por el contrario, se está intensificando, y el océano es el principal testigo de ese proceso.

Mientras las emisiones continúen, los récords seguirán cayendo. Y aunque el océano ha actuado hasta ahora como un amortiguador que protege a la humanidad de un calentamiento aún más rápido del aire, ese servicio tiene un costo creciente para los ecosistemas marinos y para la estabilidad climática del planeta.

En palabras de uno de los autores del estudio, “el océano nos está diciendo, de la forma más clara posible, que el sistema Tierra sigue fuera de equilibrio”. Ignorar esa señal, advierten los científicos, solo hará que los impactos futuros sean más severos y más difíciles de gestionar.

Los planetas similares a la Tierra podrían ser mucho más comunes en el universo de lo que se pensaba.

19 December 2025 at 11:00
La Tierra vista desde el espacio, con océanos azules, continentes iluminados y la atmósfera rodeando el planeta sobre el fondo oscuro del cosmos.

Un nuevo modelo desarrollado por investigadores japoneses sugiere que los planetas rocosos con cantidades moderadas de agua podrían ser mucho más comunes en el universo de lo que se pensaba, gracias a la influencia indirecta de supernovas cercanas durante la formación de los sistemas planetarios.

La Tierra ocupa una posición delicada entre dos extremos cósmicos. No es un desierto árido como Marte, pero tampoco una esfera cubierta por océanos profundos como algunos exoplanetas detectados en los últimos años. Esta proporción precisa de agua líquida ha sido clave para el desarrollo de la vida compleja, pero durante décadas los científicos se han preguntado por qué nuestro planeta terminó siendo así y no de otra manera. Un nuevo estudio apunta a que la respuesta podría encontrarse en una explosión estelar ocurrida en las inmediaciones del joven Sistema Solar.

Investigadores de la Universidad de Tokio proponen que una supernova relativamente cercana bañó el disco protoplanetario que rodeaba al Sol naciente con radiación y materiales radiactivos en el momento justo. Ese proceso habría eliminado gran parte del agua inicial de los materiales que acabarían formando la Tierra, dejando atrás un planeta rocoso con océanos superficiales, pero sin un exceso de agua incompatible con la geología y la química necesarias para la vida.

La idea no solo ofrece una explicación coherente para el origen del equilibrio hídrico terrestre, sino que además sugiere que este tipo de circunstancias podría repetirse con frecuencia en otras regiones de la galaxia. Si es así, los mundos similares a la Tierra podrían ser mucho menos excepcionales de lo que se creía hasta ahora.

El exceso de agua en el nacimiento de los planetas

Las observaciones de discos protoplanetarios jóvenes muestran que los materiales sólidos que dan origen a los planetas suelen ser ricos en agua y otros compuestos volátiles. En el caso del Sistema Solar primitivo, los modelos indican que los bloques iniciales contenían varias veces más agua de la que hoy existe en la Tierra. Sin embargo, ese contenido se redujo de forma drástica antes de que el planeta alcanzara su tamaño final.

La clave de este proceso estaría en una familia de elementos conocidos como radionúclidos de vida corta. Se trata de versiones inestables de ciertos elementos que se desintegran rápidamente, liberando calor en el proceso. El más importante de ellos es el aluminio-26, un isótopo radiactivo cuya vida media es de apenas unos cientos de miles de años.

Cuando los primeros cuerpos rocosos del Sistema Solar se formaron, la desintegración del aluminio-26 y de otros radionúclidos similares calentó su interior. Ese calor provocó la evaporación de agua y otros volátiles, alterando de manera irreversible la composición de los materiales que acabarían integrándose en planetas como la Tierra.

El problema es que, debido a su corta vida, estos radionúclidos no podían haber sobrevivido desde la nube interestelar original que dio origen al Sistema Solar. La formación del Sol y de su disco protoplanetario llevó millones de años, demasiado tiempo para que el aluminio-26 inicial siguiera presente en cantidades significativas. Alguna fuente externa tuvo que reabastecer el sistema justo antes o durante el nacimiento de los planetas.

Una supernova sin destruir el sistema

Desde hace tiempo, los astrónomos consideran que una supernova cercana podría haber sido la responsable de ese aporte de material radiactivo. Las supernovas producen grandes cantidades de elementos pesados e isótopos inestables, que se dispersan en el espacio circundante tras la explosión. Sin embargo, los modelos clásicos planteaban un dilema difícil de resolver.

Para explicar la abundancia observada de aluminio-26 en el Sistema Solar temprano, la supernova debía haber ocurrido extremadamente cerca, a una distancia tan corta que la onda expansiva habría destruido el disco protoplanetario. Sin ese disco, no podrían haberse formado ni la Tierra ni el resto de los planetas. El escenario parecía incompatible con la propia existencia del Sistema Solar.

El nuevo trabajo propone una solución distinta, conocida como el “modelo de inmersión”. Según esta hipótesis, no es necesario que la supernova esté peligrosamente cerca. Basta con que ocurra a una distancia del orden de 1 parsec, aproximadamente 3,26 años luz, para que sus efectos sean decisivos sin resultar catastróficos.

Cuando una estrella masiva explota como supernova, no solo expulsa fragmentos de materia, sino que también genera una potente onda de choque cargada de partículas altamente energéticas, sobre todo protones. Esa ola de radiación puede atravesar el espacio interestelar y alcanzar discos protoplanetarios cercanos sin desintegrarlos.

Un baño de radiación creadora

En el modelo de inmersión, cuando la onda de choque de la supernova atraviesa el disco protoplanetario, se producen dos procesos simultáneos. Por un lado, parte del material radiactivo sintetizado en la explosión se incorpora directamente al disco. Por otro, y quizá más importante, las partículas energéticas bombardean los átomos ya presentes en el disco y transforman algunos de ellos en nuevos radionúclidos.

Este “baño” de rayos cósmicos actúa como una fábrica local de isótopos radiactivos. En lugar de depender exclusivamente del material expulsado por la supernova, el propio disco genera aluminio-26 y otros radionúclidos de vida corta a partir de elementos estables. De este modo, se alcanzan las concentraciones necesarias sin exponer al sistema a una explosión devastadora.

Los investigadores muestran que este mecanismo puede explicar de manera coherente la presencia de los seis principales radionúclidos de vida corta identificados en meteoritos primitivos del Sistema Solar. Ningún modelo anterior había logrado reproducir todas estas abundancias de forma simultánea.

Los resultados del estudio fueron publicados en la revista Science Advances, una de las publicaciones científicas de mayor prestigio en el ámbito internacional, donde los autores detallan los cálculos y simulaciones que sustentan su propuesta.

Supernovas comunes en viveros estelares

Más allá de resolver un viejo enigma sobre el origen de la Tierra, el nuevo modelo tiene implicaciones profundas para la astrobiología. La cuestión clave es cuán frecuente puede ser este tipo de interacción entre supernovas y discos protoplanetarios.

Para responder a esta pregunta, el equipo analizó datos observacionales y teóricos sobre cúmulos estelares, los entornos donde nacen la mayoría de las estrellas similares al Sol. En estos viveros estelares, las estrellas masivas que acabarán explotando como supernovas suelen formarse junto a estrellas más pequeñas y longevas.

El análisis sugiere que una fracción significativa de estrellas de tipo solar experimenta al menos una supernova a una distancia de alrededor de 1 parsec durante la vida de su disco protoplanetario. Esta distancia es compatible con el modelo de inmersión y mucho más común que las explosiones extremadamente cercanas que exigían las teorías anteriores.

Según las estimaciones del estudio, entre el 10 y el 50 por ciento de las estrellas similares al Sol en la Vía Láctea podrían haber recibido una dosis de radionúclidos comparable a la que tuvo el Sistema Solar primitivo. Esta cifra implica que las condiciones que favorecieron la formación de la Tierra no serían una rareza cósmica.

Mundos secos en la zona habitable

La presencia o ausencia de radionúclidos de vida corta puede marcar una diferencia crucial en el tipo de planetas que se forman. Sin el calor generado por su desintegración, los planetas rocosos nacidos en la llamada zona habitable podrían retener enormes cantidades de agua. En algunos modelos, estos mundos tendrían océanos que representarían decenas de por ciento de su masa total.

Aunque un planeta cubierto casi por completo de agua pueda parecer atractivo, este escenario plantea problemas para la aparición de vida compleja. La ausencia de continentes limita los ciclos geoquímicos esenciales, como la regulación del carbono a largo plazo, y reduce la diversidad de entornos donde la vida puede evolucionar.

El calentamiento radiactivo temprano, en cambio, favorece la formación de planetas más secos, con superficies sólidas expuestas, actividad tectónica y una química más variada. En ese contexto, la Tierra aparece como un ejemplo de un resultado particularmente favorable, pero no necesariamente único.

Si el modelo es correcto, muchos exoplanetas rocosos detectados en la zona habitable de sus estrellas podrían haber pasado por procesos similares. Esto ampliaría de forma notable el número de candidatos potenciales para albergar vida.

Incertidumbres y pruebas futuras

Los propios autores subrayan que el modelo aún presenta incertidumbres importantes. La cantidad exacta de radionúclidos producidos por una supernova depende de la masa y composición de la estrella progenitora. Además, la eficiencia con la que las ondas de choque aceleran partículas energéticas sigue siendo un tema de investigación activa.

Estas variables pueden modificar las cantidades finales de material radiactivo en el disco protoplanetario hasta en un factor dos. Aun así, los investigadores consideran que el marco general del modelo es robusto y compatible con los datos disponibles.

La teoría podrá ponerse a prueba en los próximos años mediante observaciones más detalladas de exoplanetas rocosos. Si futuras misiones detectan una abundancia significativa de mundos de tamaño terrestre con densidades compatibles con composiciones relativamente secas, ello reforzaría la idea de que procesos como el propuesto fueron comunes en la historia galáctica.

Más allá de explicar nuestro propio origen, el estudio ofrece una perspectiva optimista sobre la frecuencia de planetas similares a la Tierra. En lugar de ser el producto de una cadena improbable de acontecimientos, nuestro planeta podría ser uno de muchos mundos moldeados por la influencia discreta pero decisiva de estrellas que murieron cerca en el momento adecuado.

❌