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¿Pueden los robots dudar de sí mismos?

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El profesor Angelo Cangelosi, experto en aprendizaje automático y robótica cognitiva, interactúa con el robot humanoide iCub.
manlitphil.ac.uk, CC BY

 

Para una IA conversacional, una silla puede ser una palabra, una definición o una imagen. Para un robot, una silla es un obstáculo que esquivar, un objeto que mover, una superficie en la que alguien puede sentarse.

Hemos analizado 40 estudios científicos publicados en los últimos diez años sobre robótica cognitiva e interacción humano-robot, y la conclusión es que todavía estamos muy lejos de que nuestra vida se parezca a la película Ex Machina (2014). Tal y como defienden expertos en Robótica Alessandra Sciutti, Giulio Sandini y Pietro Morasso, hemos dominado la inteligencias artificiales capaces de procesar información, pero la cognición robótica exige algo más: cuerpo, acción y experiencia situada. Los robots no entienden el mundo como nosotros; lo perciben y actúan en él de formas todavía parciales.

Para que los robots convivan con nosotros, no basta con que tengan muchos datos; necesitan entender el mundo tal y como lo experimentamos.

La inteligencia múltiple

La robótica cognitiva busca desarrollar robots capaces de percibir, aprender, razonar, decidir y adaptarse en entornos cambiantes. No se trata solo de automatizar movimientos, sino de construir sistemas que puedan interpretar información del entorno y actuar con cierta flexibilidad.

En nuestra revisión sistemática analizamos 40 estudios científicos, pero conviene aclarar algo: no son 40 robots distintos. En robótica, un mismo cuerpo puede alojar distintas arquitecturas cognitivas: diferentes formas de organizar la percepción, la memoria, el aprendizaje, la toma de decisiones o la interacción.

Muestra de ello, tenemos el ejemplo del iCub, un ingenio humanoide del Instituto Italiano de Tecnología, utilizado como plataforma para estudiar cómo se desarrollan e integran capacidades cognitivas en un cuerpo robótico.

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El robot humanoide iCub con la investigadora Giulia Scorza, del Instituto Italiano de Tecnología, durante un experimento sobre cómo la colaboración con robots puede modificar la atención espacial humana. Imagen vinculada al estudio
CELL, CC BY

¿Pueden saber cuándo se equivocan?

A partir de clasificaciones previas de la cognición, organizamos esas capacidades en dos grandes grupos: habilidades cognitivas troncales y habilidades sociocognitivas. Las primeras son el motor básico de la inteligencia robótica.

La percepción les permite transformar datos de cámaras, micrófonos o sensores en información útil. Pueden decidir qué señales importan entre todo lo que ocurre gracias a la atención.

La selección de acción –qué hacer– les permite elegir si moverse, esperar, frenar o cambiar de estrategia. La memoria conserva información relevante y pueden ajustar el comportamiento a partir de la experiencia porque son capaces de aprender.
El razonamiento ayuda a resolver situaciones cuando algo no encaja con el plan previsto. La prospección permite anticipar futuros posibles. Y por último, la metacognición, más ambiciosa, posibilitaría al robot monitorizar sus propios procesos: detectar incertidumbre, corregirse o reconocer que puede estar equivocado.

La silla de ruedas inteligente

Uno de los estudios revisados no trabajaba con un robot humanoide de película, sino con una silla de ruedas inteligente. Su arquitectura cognitiva buscaba ayudar en la navegación sin quitar autonomía al usuario: asistir cuando hacía falta, pero sin convertir a la persona en pasajera pasiva. En ese caso, la cognición no consistía en “conversar” ni parecer humana, sino en decidir cuándo intervenir, cómo moverse y cómo preservar el control de quien la usa. En la evaluación, el tiempo de navegación bajó de 124 a unos 72 segundos para usuarios con menores capacidades cognitivas.

En cuanto a las habilidades cognitivas desarrolladas en los robots, el mapa de resultados dibuja una especie de pirámide. En la base están las capacidades más desarrolladas: percepción en 35 de los 40 estudios, atención y aprendizaje en 31, y selección de acción en 30.

Más arriba aparecen el razonamiento y la memoria, presentes en menos de la mitad de los estudios analizados. Y en la punta quedan las habilidades más sofisticadas: la prospección, con 7 estudios, y la metacognición, presente en solo 2.

Estamos avanzando mucho en robots que perciben, aprenden y actúan, pero bastante menos en robots capaces de anticipar, dudar o revisar sus propios errores. Aunque lo conseguido es mucho, no equivale a tener robots con sentido común, comprensión social o inteligencia humana.

Jugar a “piedra papel o tijera”

Ahora nos centraremos en las habilidades sociocognitivas, las que permiten al robot funcionar en un entorno y hacerlo junto a otros. Incluyen la lectura de intenciones, es decir, inferir qué quiere hacer una persona; la comunicación, para intercambiar información de forma comprensible; el discernimiento entre uno mismo y el otro, clave para diferenciar la propia acción de la ajena; y la atención conjunta, que permite a robot y humano dirigir la atención hacia el mismo objeto o tarea.

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RASA, el robot con el que jugaban a piedra, papel o tijera.
Rresearchgate, CC BY

La lectura de intenciones puede parecer abstracta, pero se entiende muy bien con un juego. En uno de los estudios revisados, un robot social llamado RASA jugaba a “piedra papel o tijera con personas”. La cuestión no era ganar por reflejos, sino probar si el robot podía anticipar la intención humana. Cuando funcionaba en modo predictivo, obtenía mejores resultados que cuando actuaba al azar, y los participantes lo percibían como más inteligente y atractivo.

Prueba con niños con autismo

También hay ejemplos en robótica social y asistencial. Un robot social fue probado con niños con autismo para trabajar el reconocimiento y la reciprocidad emocional. En estos casos, la habilidad importante no es levantar peso ni moverse con precisión, sino leer expresiones, responder con gestos comprensibles y sostener una interacción social mínimamente legible.

Aquí aparece la brecha. La lectura de intenciones y la comunicación aparecen cada una en 13 estudios. El reconocimiento entre uno mismo y el otro, en 6. La atención conjunta, solo en 2. Además, mientras 39 de los 40 trabajos desarrollan al menos tres habilidades troncales, solo 8 incorporan más de una habilidad sociocognitiva.

Estamos construyendo sobre todo el motor invisible de los robots: aquello que les permite ver, calcular, aprender y actuar. Pero desarrollamos mucho menos la parte que, en nuestro imaginario, nos hace decir “esto parece inteligente”: interpretar al otro, coordinarse con él, comunicar dudas, anticipar gestos, volverse legible.

Efectos colaterales

Esto importa porque un robot puede tener muchas habilidades cognitivas troncales y aun así ser difícil de entender para una persona. Puede percibir un objeto, calcular una trayectoria y ejecutar una acción con precisión, pero no transmitir bien qué hará después. Puede anticipar un movimiento humano en laboratorio, pero no generar necesariamente más seguridad, más confianza, menos tensión o más sensación de control.

La prospección y la lectura de intenciones suelen presentarse como habilidades clave para robots que comparten espacio con humanos. Sin embargo, en los estudios revisados, estas capacidades no siempre se traducen en mejoras de seguridad claramente medidas o reportadas.

La historia de la automatización nos recuerda que las herramientas no solo hacen cosas por nosotros, también nos transforman. Un GPS cambia nuestra forma de orientarnos. Un corrector automático modifica nuestra relación con la escritura. Un robot cognitivo puede cambiar cómo prestamos atención, cómo tomamos decisiones y cómo sentimos nuestra presencia en el trabajo o en la vida cotidiana.

La pregunta importante ya no es solo cuánto podrán hacer los robots, sino qué habilidades estamos priorizando y cuáles estamos dejando atrás.The Conversation

Sobre la autora: Nagore Osa Arzuaga, Docente e investigadora en Innovación en Diseño Industrial, con especialización en Diseño de Interacción Humano-Robot y Factores Humanos, Mondragon Unibertsitatea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.

El artículo ¿Pueden los robots dudar de sí mismos? se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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El asombro de contemplar el cielo nocturno mejora nuestro bienestar y lo estamos perdiendo

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FMirar las estrellas mejora el bienestar. La ciencia comienza a desarrollar herramientas para medir sus beneficios y, justo ahora, el cielo nocturno está desapareciendo. Foto: Greg Rakozy en Unsplash

Contemplar el cielo nocturno tiene algo especial que el ser humano ha experimentado desde sus más lejanos orígenes, una mezcla de humildad, íntima conexión, respeto, espiritualidad y profundo asombro que nos ha acompañado desde nuestros primeros pasos como especie. Disfrutar de la inmensa vista del cosmos durante una de estas noches de verano nos deja la confusa, pero agradable sensación de ser muy pequeños y muy grandes a la vez. Los japoneses, acostumbrados a concentrar ideas intangibles y complejas con unos simples caracteres, poseen el concepto Yügen (幽玄) que no designa un objeto o un sentimiento concretos, sino el estado intermedio que se mueve entre ambos. Yügen es la percepción, profunda y hasta melancólica, de la enorme belleza del Universo incluso cuando la contemplamos de forma incompleta, velada, sugerida… Los anglosajones, más prácticos y directos, suelen usar la palabra «Awe» para reflexionar sobre esa esquiva sensación de asombro. En castellano no existe un único vocablo y, como se puede comprobar, he necesitado todo este párrafo para acercarme a su difusa descripción.

El contacto con la Naturaleza despierta esa misteriosa interacción y desencadena reacciones físicas y psicológicas que la ciencia, desde hace ya varias décadas, ha empezado a analizar y documentar. Los beneficios de la interacción con el entorno natural son claros: menos estrés, menos ansiedad, mejor atención, mayor resiliencia… Podríamos incluso ir un paso más allá y mencionar que existen estudios que relacionan esa sensación de asombro con ser más generosos, con la percepción de que tenemos más tiempo y somos más felices, y hasta sabemos que mejora nuestra salud física. «El hecho de contemplar con asombro la belleza natural y sus maravillas proporciona un empujón extra a nuestro sistema inmunitario, promoviendo niveles más saludables de citoquinas, unas moléculas que pueden bloquear hormonas y neurotransmisores clave —como la serotonina y la dopamina— que controlan el estado de ánimo, el apetito, el sueño y la memoria».

Lo que el asombro hace al cerebro es, cuando menos, contraintuitivo. En lugar de inquietar al individuo, lo apacigua. Paul Piff y sus colaboradores de la Universidad de California demostraron en 2015 que quienes «experimentaban asombro se volvían más generosos, más éticos y, sobre todo, se percibían a sí mismos como menos importantes». No en el sentido de la autoestima dañada, sino en el más literal: el yo se empequeñece ante algo mayor, y esa perspectiva —lo llamaron el «yo pequeño»— tiene efectos medibles sobre el comportamiento y el estado de ánimo.

Sin embargo hay un detalle revelador en toda esa literatura: casi todos los artículos científicos publicados se han centrado en lo que ocurre de día. Contamos con estudios que analizan las ventajas físicas y mentales de la observación de aves (White et al., 2023), de caminar por espacios naturales (Keenan, et al. 2021; Nisbet et al., 2019; Samus et al. 2022), de participar en proyectos de ciencia ciudadana como el recuento de mariposas (Pocock et al., 2023) o de intervenciones específicas como baños forestales (Kotera et al. 2020).

La mitad nocturna del entorno natural ha sido, hasta hace muy poco, un camino poco transitado por la investigación. De hecho, entre esta maraña de artículos sobre el bienestar de actividades naturales diurnas apenas destaca ningún estudio que haya analizado la contemplación del cielo nocturno, como fenómeno separable del comportamiento diurno relacionado con la naturaleza.

Foto:  Uvejs Bektas / Pexels.com

 

Esta ausencia de estudios sobre la observación del cielo nocturno fue el motivo por el que Christopher Barnes de la Universidad de Derby (UK) y Holli-Anne Passmore, de la Universidad de Edmonton (Canadá), se decidieron a intentar llenar ese hueco con un punto de partida bastante sencillo: si tenemos escalas psicométricas para medir la conexión y el bienestar de alguien en contacto con un bosque o con el océano, ¿por qué no existe nada equivalente para el cielo nocturno? Su respuesta se publicó en 2024 en el Journal of Environmental Psychology y su propósito principal fue «diseñar, desarrollar y validar una nueva medida: el Índice de Conectividad del Cielo Nocturno (NSCI)». En la práctica, el NSCI representa la primera escala psicométrica validada capaz de medir la conexión de una persona con el cielo nocturno.

Para crear esta escala NSCI los autores no partieron de cero sino que aprovecharon otros modelos de medición del bienestar, como el modelo de Pathways to Nature Conectedness, que identifica cinco elementos clave a través de los cuales los seres humanos desarrollamos vínculos con el mundo natural: contacto, emoción, compasión, significado y percepción de belleza. Después se pusieron en contacto con diferentes grupos de interés que incluían tanto a colectivos de astrónomos aficionados, profesiones relacionadas con la guarda y observación del cielo nocturno, así como con personas sin ningún interés especial en astronomía (n=406). Los voluntarios se sometieron a diferentes test con atención especial a dos elementos o subescalas: Conexión con el cielo nocturno y voluntad de protección del mismo.

Los resultados del estudio fueron más que previsibles: Mayor conexión con el cielo nocturno se relaciona positivamente con salud mental y bienestar físico, predice un mayor nivel de preocupación ambiental y quienes viven en zonas con más contaminación lumínica puntúan menos en conexión y declaran menor intención de proteger el cielo.

Por supuesto, el estudio posee numerosas limitaciones que los propios autores reconocen: la muestra es de población general y probablemente no es representativa de todos los grupos demográficos; las relaciones encontradas son correlacionales, no causales; y el índice necesita ser probado en contextos culturales distintos al anglosajón, donde el cielo nocturno puede tener significados y prácticas muy diferentes. Sin embargo, más allá de los datos, la importancia de este artículo radica en el desarrollo de un primer instrumento de medición que permite cuantificar con rigor algo tan etéreo como el «Awe» y sus consecuencias.

Parece una simple apreciación técnica, pero tiene consecuencias notables: Sin herramientas fiables de medición y cuantificación, la relación humana con el cielo nocturno permanece en el terreno de la experiencia personal inarticulada. Con medición, se convierte en un objeto legítimo de investigación científica, de diseño de políticas ambientales y de evaluación de futuros programas.

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Predicciones del brillo y las posiciones de los satélites comparando el millón de satélites-centros de datos para IA propuestos por SpaceX con la megaconstelación de 42.000 satélites aprobada anteriormente. Fuente: Lawler et al (2022), CC BY-NC-ND / The Conversation.

Por otro lado, se hace muy difícil no apreciar la triste ironía tras esta cronología: Durante décadas, el interés científico por el cielo nocturno y la salud humana fue marginal. Ahora, justo cuando la psicología por fin construye las herramientas para medir esa relación con rigor, el recurso que la hace posible —un cielo oscuro con estrellas visibles— está siendo alterado de forma irreversible desde dos frentes simultáneos: la contaminación lumínica terrestre, que ya afecta al 80% de la población mundial, y la creciente población orbital de objetos artificiales.

Entre 2019 y 2025, el número de satélites en órbita pasó de unos 2.000 a más de 12.000, un descomunal crecimiento impulsado casi en su totalidad por megaconstelaciones de internet satelital. SpaceX lanza de media alrededor de 40 satélites Starlink cada semana. Amazon, con su Proyecto Kuiper, puso sus primeros 27 en órbita en abril de 2025 y planea más de 3200.

Hace poco, el dueño de SpaceX y reciente billonario Elon Musk ha presentado su propuesta de un millón de satélites a la Comisión Federal de Comunicaciones de los Estados Unidos (FCC) y, aunque hasta ahora sólo ha proporcionado información básica sobre estos nuevos satélites, sí podemos anticipar «que la nueva constelación propuesta tendrá satélites en órbitas mucho más altas, lo que los hará visibles durante períodos más largos de la noche».

En resumen, parece que cuando empezamos a interesarnos por las ventajas en nuestro bienestar físico y mental de la contemplación del cielo nocturno, cuando comenzamos a desarrollar herramientas científicas que nos permitan estudiarlas y cuantificarlas… es justo cuando empezamos a perder el cielo nocturno. Quizás, antes de atiborrar la espléndida visión que se expande sobre nuestras cabezas con miles o millones de satélites, deberíamos estudiar, cuantificar y comprender lo que estamos a punto de emborronar.

 

Referencias científicas y más información:

Christopher Barnes & Holli-Anne Passmore (2024) Development and testing of the Night Sky Connectedness Index (NSCI) Journal of Environmental Psychology doi: 10.1016/j.jenvp.2023.102198

Samantha Lawler, Aaron Boley, Hanno Rein (2026) A million new SpaceX satellites will destroy the night sky — for everyone on Earth The Conversation (2026)

Mal James  (2026) Psychology suggests stargazing might be better for us than we realize SpaceDaily

 

Sobre el autor: Javier Peláez (@Irreductible), es escritor y comunicador científico. Autor de «500 Años de Frío» (2019), «Planeta Océano» (2022) y «En busca del último continente» (2026). También es guionista en el programa de TVE «Órbita Laika», ganador de tres premios Bitácoras, un premio Prisma a la mejor web de divulgación científica por Naukas.com y un Premio Ondas al mejor programa de radio digital por Catástrofe Ultravioleta.

El artículo El asombro de contemplar el cielo nocturno mejora nuestro bienestar y lo estamos perdiendo se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Sonreír hace que los demás confíen más, así determina la mímica la primera impresión

30 December 2025 at 11:00
Persona sonriendo de forma natural, con expresión relajada y abierta, asociada a confianza y primera impresión positiva en una interacción social.

Un nuevo estudio internacional demuestra que una simple sonrisa no solo mejora la apariencia, sino que activa un mecanismo inconsciente de imitación que influye de forma decisiva en cuánto confiamos en una persona desde el primer encuentro.

Pensamos que evaluamos a los demás con calma y lógica, pero la realidad es muy distinta. Cuando conocemos a alguien por primera vez, nuestro cerebro ya ha emitido un veredicto en cuestión de segundos, incluso antes de que la conversación empiece. Ese juicio inicial se apoya en señales sutiles, rápidas y profundamente automáticas. Entre todas ellas, la expresión facial destaca como una de las más influyentes. Una sonrisa abierta puede inclinar la balanza a favor, mientras que un gesto serio o enfadado suele jugar en contra.

Una investigación reciente en psicología social ha puesto cifras y mecanismos concretos a esta intuición cotidiana. El trabajo, publicado en la revista científica Emotion por la Asociación Americana de Psicología, revela que la confianza que otorgamos a una persona depende en gran medida de un fenómeno casi invisible: la imitación emocional inconsciente, conocida como emotional mimicry. Este proceso nos lleva a copiar de manera automática la expresión facial, el tono emocional o incluso la postura corporal de quien tenemos delante, y cumple un papel clave en la forma en que evaluamos su fiabilidad y atractivo.

Juicios instantáneos y cerebros antiguos

Los seres humanos llevan milenios extrayendo información social a partir del rostro. Rasgos como una mandíbula marcada o cejas prominentes se han asociado en distintas culturas con dominancia o fortaleza. Sin embargo, más allá de la estructura facial, lo que realmente activa nuestros sistemas de evaluación social es el movimiento del rostro. Una sonrisa, un ceño fruncido o una expresión de tristeza transmiten mensajes inmediatos sobre las intenciones y el estado emocional del otro.

La neurociencia ha demostrado que estas señales se procesan de forma extremadamente rápida. En menos de 500 milisegundos, áreas cerebrales vinculadas a la emoción y la toma de decisiones ya están activas. En ese corto intervalo, nuestro cerebro no solo interpreta la expresión ajena, sino que también la reproduce de manera casi imperceptible. Los músculos faciales se contraen o relajan siguiendo el mismo patrón, aun cuando no somos conscientes de ello. Este reflejo emocional facilita la empatía y ayuda a predecir el comportamiento de los demás, un elemento crucial para la supervivencia social.

La imitación como base de la confianza

El nuevo estudio se propuso ir un paso más allá y responder a una pregunta central: ¿qué relación existe entre esa imitación automática y los juicios sociales que emitimos? Para ello, un equipo internacional de investigadores diseñó una serie de experimentos controlados con participantes de distintos perfiles. El objetivo era medir hasta qué punto las personas imitan expresiones emocionales específicas y cómo esa imitación influye en la percepción de confianza, atractivo y seguridad.

“Esperábamos que los participantes evaluaran de forma más positiva a las personas que sonreían que a las que mostraban enfado o tristeza”, explica el psicólogo Michał Olszanowski, investigador principal del estudio y profesor en la SWPS University de Polonia. “Pero queríamos comprobar si la imitación emocional era solo una consecuencia de esa evaluación o si, en realidad, era un factor que la impulsaba”, señala el autor.

Los resultados apuntan claramente a la segunda opción. La sonrisa no solo genera una impresión favorable; desencadena un proceso de imitación que, a su vez, incrementa la confianza. Cuanto más intensamente una persona reproduce de forma inconsciente la sonrisa del otro, mayor es la probabilidad de que lo perciba como fiable y digno de cooperación.

Tres experimentos para medir una emoción

El trabajo se estructuró en tres experimentos complementarios. En el primero, los participantes observaron breves videoclips de personas mostrando distintas expresiones emocionales: alegría, tristeza y enfado. Tras cada vídeo, debían valorar a la persona en términos de atractivo, confiabilidad y autoconfianza. Mientras tanto, sensores de electromiografía facial registraban la actividad de los músculos implicados en la expresión emocional.

Los datos fueron contundentes. Las caras sonrientes no solo obtuvieron las puntuaciones más altas en todos los criterios, sino que también provocaron una mayor activación de los músculos faciales asociados a la sonrisa en los observadores. Este efecto fue especialmente fuerte cuando los participantes percibían a la persona del vídeo como socialmente similar a ellos, lo que sugiere que la identificación refuerza la imitación.

El segundo experimento introdujo una variación clave. En esta fase, se pidió a los participantes que imitaran deliberadamente expresiones faciales, incluso cuando estas no coincidían con su evaluación inicial del rostro. El hallazgo fue revelador: forzar una determinada expresión en el propio rostro alteraba el juicio posterior sobre la persona observada. En otras palabras, no solo imitamos a quienes nos parecen dignos de confianza, sino que imitar puede hacernos confiar más.

“Esto demuestra que la relación entre expresión facial y juicio social es bidireccional”, afirma Olszanowski. “Nuestro propio cuerpo participa activamente en la construcción de la opinión que formamos sobre los demás”.

Un juego de confianza que lo confirma todo

El tercer experimento trasladó estos hallazgos a una situación más cercana a la vida real. Los participantes participaron en un juego económico virtual de confianza, en el que debían decidir cuántos puntos compartir con otros jugadores. Antes de tomar la decisión, habían visto vídeos de esos jugadores con diferentes expresiones faciales.

Una vez más, la sonrisa marcó la diferencia. Los jugadores que aparecían sonrientes recibieron más puntos y fueron imitados con mayor frecuencia a nivel facial. El gesto alegre se tradujo directamente en una mayor disposición a cooperar y asumir riesgos compartidos. De forma significativa, en este contexto la percepción de similitud social dejó de ser relevante: la sonrisa funcionó como un atajo universal hacia la confianza.

Según los autores, este resultado refuerza la idea de que la imitación emocional no es un simple subproducto de la simpatía, sino un mecanismo central que guía decisiones sociales con consecuencias tangibles.

Por qué la alegría se contagia y la ira no

Uno de los aspectos más interesantes del estudio es la asimetría entre emociones positivas y negativas. Mientras que la alegría se imita con facilidad, el enfado y la tristeza generan mucha menos imitación. Esta diferencia tiene sentido desde un punto de vista evolutivo. Copiar una sonrisa ayuda a crear vínculos y reduce la tensión social, mientras que imitar la ira podría escalar un conflicto.

Los investigadores observaron que las expresiones de enfado, aunque captaban la atención, rara vez activaban el mismo nivel de respuesta muscular en los observadores. Como resultado, estas caras eran evaluadas como menos confiables y menos atractivas. La tristeza, por su parte, despertaba empatía en algunos casos, pero no generaba el mismo impulso automático de imitación que la alegría.

La investigación, difundida también a través de un comunicado científico internacional, subraya que estos efectos se producen incluso cuando los participantes no son conscientes de estar imitando nada en absoluto. La mayor parte del proceso ocurre por debajo del umbral de la atención consciente, lo que explica por qué las primeras impresiones pueden ser tan difíciles de cambiar.

Implicaciones más allá del laboratorio

Los hallazgos tienen implicaciones que van mucho más allá de la psicología experimental. En contextos como entrevistas de trabajo, negociaciones, educación o interacciones digitales, la expresión facial puede influir de manera decisiva en la confianza que generamos. Una sonrisa genuina no solo comunica amabilidad, sino que activa en el otro un reflejo corporal que refuerza esa percepción.

“Nuestro estudio muestra que las personas extraen conclusiones sobre los demás basándose en sus expresiones faciales”, resume Olszanowski. “La alegría, la satisfacción y el bienestar desempeñan un papel especialmente importante. Esto confirma una idea cotidiana —que las emociones positivas generan actitudes positivas— y explica científicamente por qué ocurre”.

Lejos de ser un simple gesto social, la sonrisa actúa como una señal biológica que pone en marcha un circuito de imitación y evaluación. En un mundo donde las interacciones rápidas y superficiales son cada vez más frecuentes, comprender estos mecanismos ayuda a explicar por qué algunas personas inspiran confianza casi de inmediato.

La conclusión práctica es tan sencilla como poderosa. Sonreír no garantiza que alguien sea digno de confianza, pero aumenta de forma notable las probabilidades de que así lo perciban los demás. Y, como demuestra este estudio, esa percepción no se basa solo en lo que vemos, sino también en lo que nuestro propio rostro hace sin que nos demos cuenta.

Solemos creer que los demás están más enfadados de lo que realmente están y eso no siempre es malo

23 December 2025 at 11:00
Reunión con tensión emocional que refleja cómo las personas tienden a sobreestimar el enfado ajeno

Interpretar las emociones ajenas es una habilidad clave para la vida social, pero un nuevo conjunto de estudios revela que solemos exagerarlas, especialmente cuando son negativas. Lejos de ser solo un error, esta tendencia puede favorecer la empatía y proteger las relaciones, aunque también entraña riesgos en determinados contextos.

Confiar en la intuición para descifrar el estado emocional de los demás es una práctica cotidiana. Un silencio prolongado, una respuesta breve en un chat o un gesto ambiguo bastan para que nuestra mente complete la escena. Sin embargo, la ciencia empieza a mostrar que ese proceso no es tan preciso como creemos. De hecho, solemos imaginar emociones más intensas de las que realmente experimenta la otra persona, sobre todo cuando se trata de enfado, tristeza, miedo o estrés.

Esta conclusión emerge de una serie de siete estudios realizados con más de 2800 participantes por un equipo de la Hebrew University of Jerusalem, liderado por la profesora Anat Perry. El trabajo, publicado en la revista Nature Communications, analizó cómo las personas interpretan emociones en contextos muy diversos: interacciones cara a cara, mensajes escritos, conversaciones con desconocidos y con personas cercanas. En todos los casos apareció el mismo patrón: la intensidad emocional percibida superaba sistemáticamente a la real.

Lejos de limitarse a un laboratorio o a una situación artificial, el fenómeno se repite en escenarios cotidianos y con distintos tipos de vínculos. Esa consistencia llevó a los investigadores a plantearse una pregunta clave: si este sesgo es tan común, ¿podría cumplir alguna función adaptativa en lugar de ser solo una distorsión cognitiva?

Una herencia de la evolución social

Para comprender el origen de esta tendencia, el equipo recurrió a una explicación evolutiva. Shir Genzer, una de las investigadoras del estudio, explica que el cerebro humano parece inclinarse deliberadamente hacia la cautela cuando interpreta señales emocionales negativas. “Nuestros hallazgos muestran que el cerebro tiende a ser precavido al interpretar las emociones negativas de los demás. Desde un punto de vista evolutivo, tiene sentido mantenerse en el lado seguro y exagerar señales que podrían indicar estrés, insatisfacción o conflicto”, señala.

En términos simples, el sistema cognitivo prefiere equivocarse por exceso antes que por defecto. Asumir que alguien está más enfadado o más asustado de lo que realmente está puede llevar a una respuesta defensiva o cuidadosa que, en el peor de los casos, resulta innecesaria. Pero subestimar una emoción intensa podría tener consecuencias mucho más graves, especialmente en entornos sociales donde la cooperación y la detección temprana del conflicto han sido claves para la supervivencia.

Genzer lo resume con una lógica clara: “La presión evolutiva favorece sistemas que minimizan los errores más costosos. Pasar por alto señales emocionales negativas puede causar daños, mientras que reaccionar ante una señal que luego resulta menos grave suele tener un coste menor”. Así, el cerebro opta por una estrategia de “falsa alarma” antes que por el riesgo de ignorar una amenaza potencial.

Cuando exagerar ayuda a conectar mejor

Uno de los hallazgos más llamativos del trabajo es que una ligera exageración de las emociones negativas no solo no es perjudicial, sino que puede resultar beneficiosa en ciertos contextos. Los participantes que tendían a sobreestimar moderadamente el malestar ajeno mostraban respuestas más empáticas y conductas más cuidadosas hacia los demás.

En el ámbito de las relaciones de pareja, este efecto se volvió especialmente interesante. Las parejas de personas con esta leve tendencia a la sobreinterpretación reportaron mayores niveles de satisfacción relacional. Según los autores, detectar —o creer detectar— señales tempranas de malestar puede llevar a actuar antes de que el problema crezca, reforzando la comunicación y el apoyo mutuo.

“La lógica evolutiva también se aplica a las relaciones íntimas”, explica Genzer. “No percibir las emociones negativas de la pareja puede amenazar la estabilidad del vínculo. La sobreestimación puede ser un sesgo moldeado por la evolución para proteger los lazos sociales”. En este sentido, exagerar un poco el enfado o la tristeza del otro puede traducirse en más atención, más cuidado y una mayor disposición a reparar posibles tensiones.

El riesgo de cruzar la línea

No obstante, los propios investigadores advierten que este efecto positivo tiene límites claros. Cuando la sobreestimación deja de ser leve y se vuelve sistemática o extrema, las consecuencias pueden invertirse. En lugar de fomentar la empatía, puede generar ansiedad, malentendidos y conflictos innecesarios.

El estudio encontró que niveles elevados de este sesgo se asocian con menor satisfacción en las relaciones. La razón es sencilla: interpretar constantemente que el otro está molesto o angustiado puede crear un clima de tensión permanente, incluso cuando no hay motivos reales para ello. En personas con rasgos ansiosos, esta dinámica puede alimentar una espiral de preocupaciones difícil de romper.

Genzer subraya que “los efectos dependen tanto de la magnitud como del contexto”. No se trata de que exagerar emociones sea intrínsecamente bueno o malo, sino de cómo y cuándo ocurre. Una ligera distorsión puede servir como amortiguador social, pero una exageración persistente puede convertirse en una fuente de estrés.

Consecuencias en situaciones de alta presión

Más allá de las relaciones personales, la investigación plantea implicaciones importantes para contextos profesionales y sociales donde la lectura de emociones es crítica. Un ejemplo citado por el equipo es el de las fuerzas de seguridad en situaciones de conflicto.

“Pensemos en agentes de policía muy estresados al gestionar manifestaciones”, plantea Genzer. “Incluso una tendencia moderada a sobreestimar señales emocionales negativas puede llevar a percibir la situación como más peligrosa de lo que realmente es”. Esa percepción inflada del riesgo puede desencadenar intervenciones prematuras o desproporcionadas que, en lugar de calmar el ambiente, contribuyan a su escalada.

Este punto resulta especialmente relevante en un mundo donde las tensiones sociales y políticas son frecuentes. Un sesgo que en el ámbito privado puede actuar como un mecanismo protector, en escenarios colectivos puede amplificar conflictos y aumentar la probabilidad de enfrentamientos.

Un sesgo que cruza fronteras culturales

Los estudios analizados se llevaron a cabo en Israel, Estados Unidos y el Reino Unido, lo que permitió a los investigadores explorar si el fenómeno se repetía en distintos entornos culturales occidentales. El resultado fue claro: la tendencia a sobreestimar emociones negativas apareció de forma consistente en los tres países, tanto en hombres como en mujeres.

Este patrón sugiere que el sesgo no está limitado a una cultura específica, al menos dentro del contexto occidental. Sin embargo, los autores son cautos a la hora de generalizarlo al resto del mundo. La forma en que las emociones se expresan y se interpretan varía considerablemente entre culturas, y es posible que la magnitud o incluso la dirección del sesgo cambie en otros entornos sociales.

Además de la cultura, los investigadores señalan que las diferencias individuales juegan un papel importante. Rasgos de personalidad asociados a la ansiedad, la sensibilidad social o determinados estilos de apego podrían influir en cuánto se exageran las emociones ajenas. Este aspecto abre la puerta a futuras investigaciones que exploren por qué algunas personas son más propensas que otras a este tipo de interpretaciones.

El desafío añadido de la comunicación digital

Si interpretar emociones cara a cara ya es complejo, hacerlo a través de una pantalla lo es aún más. El estudio también examinó cómo funciona este sesgo en la comunicación digital, un terreno donde las pistas emocionales son limitadas y fácilmente ambiguas.

Según Genzer, “la comunicación digital cambia las reglas del juego”. Los mensajes de texto, los correos electrónicos y las redes sociales eliminan gestos, tonos de voz y expresiones faciales, lo que deja más espacio para la interpretación subjetiva. En ese vacío informativo, la tendencia a exagerar emociones negativas puede intensificarse.

A esto se suma el papel de los algoritmos de las plataformas digitales, que tienden a amplificar contenidos con alta carga emocional. “Si las personas ya tienen la inclinación a sobreestimar emociones, este efecto puede escalar rápidamente en entornos digitales que favorecen la ira o la intensidad emocional”, advierte la investigadora.

Una frustración leve puede leerse como enfado, ese enfado como hostilidad y, sin una corrección inmediata, la emoción reconstruida puede persistir y crecer. En el espacio digital, donde las interacciones no siempre ofrecen retroalimentación directa, la sobreestimación puede contribuir a malentendidos duraderos y a conflictos innecesarios.

Un equilibrio delicado en la vida social

El conjunto de estudios dibuja un panorama matizado. Exagerar un poco las emociones negativas de los demás no es necesariamente un fallo del sistema cognitivo; puede ser una estrategia profundamente arraigada que, en muchos casos, favorece la empatía y la cohesión social. Sin embargo, ese mismo mecanismo puede volverse problemático cuando se desborda o se traslada a contextos donde la cautela excesiva tiene un alto coste.

Comprender este sesgo no implica eliminarlo, sino aprender a reconocerlo. Saber que tendemos a imaginar emociones más intensas de lo que son puede ayudarnos a frenar interpretaciones precipitadas, especialmente en situaciones tensas o en la comunicación digital. En un mundo cada vez más interconectado y emocionalmente cargado, este equilibrio entre sensibilidad y precisión se vuelve más importante que nunca.

La investigación no ofrece recetas simples, pero sí una idea clave: nuestras percepciones emocionales no son un espejo fiel de la realidad, sino el resultado de un sistema diseñado para protegernos. La tarea ahora es aprender a usar ese sistema con conciencia, aprovechando sus ventajas sin caer en sus trampas.

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