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Received — 16 September 2026 ⏭ Cuaderno de Cultura Científica

Los números desnudos

16 September 2026 at 10:59

Siguiendo el camino marcado por mis dos últimas entradas en el Cuaderno de Cultura Científica, tituladas Los números de Smith y Canadá tiene su propia familia de números, esta entrada se centra en una nueva familia de números naturales, los llamados números desnudos. Esta es, además, una familia muy interesante para trabajar las reglas de la divisibilidad (véanse las entradas Las curiosas reglas de divisibilidad y Las curiosas reglas de divisibilidad (II)).

 

 números desnudos
Hijos de las Matemáticas (primera parte, de cinco), 1986/87, de la artista alemana Rune Mields (1935-2026)

 

¿Qué es un número desnudo?

 

Se dice que un número natural es un número desnudo si es divisible por todos sus dígitos. Por ejemplo, 3.276 es un número desnudo ya que es divisible por sus dígitos 2, 3, 6 y 7, de hecho, 3.276 = 2 x 1.638 = 3 x 1.092 = 6 x 546 = 7 x 468. O también el número 1.153.395, que es divisible por 1, 3, 5 y 9, siendo 1.153.395 = 3 x 384.465 = 5 x 230.679 = 9 x 128.155.

 

Los números repidígitos, o monodígitos, que son los números naturales formados por la repetición de una misma cifra, como 3, 99, 666, 222.222, 77.777.777 o 111.111.111.111.111 (que es un número repituno, de los que hablamos en la entrada ¿Tienen algún interés los números repitunos, cuyos dígitos son todos unos?), son claramente números desnudos, ya que son divisibles por la cifra que se repite. Como existen infinitos números repidígitos, podemos afirmar que también existen infinitos números desnudos.

 

Teorema: Existen infinitos números desnudos.

 

 números desnudos
Repituno – números primos (1988), de la artista alemana Rune Mields (1935-2026)

 

Se pueden construir más subfamilias infinitas de números desnudos. Por ejemplo, los números cuyos dígitos son todos 1, salvo el último (el de las unidades), que es un 2, como 11.112 o 111.111.111.112, que son divisibles por sus dígitos, 1 (todo número es divisible por 1) y 2 (un número terminado en 2 siempre es par). Argumento que sigue siendo válido si sustituimos el 2 por el 5, ya que los números divisibles por 5 son los que terminan en 0 o 5. En general, si tenemos en cuenta las reglas de divisibilidad podemos construir más familias infinitas de números desnudos.

 

Los números desnudos fueron introducidos por el creador de pasatiempos matemáticos Yoshinao Katagiri en una carta al editor publicada en la revista Journal of Recreational Mathematics (vol. 15, no. 4, 1982-83). Además, estos números forman la sucesión A034838 de la Enciclopedia on-line de sucesiones de enteros – OEIS, cuyos primeros términos son

 

1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 11, 12, 15, 22, 24, 33, 36, 44, 48, 55, 66, 77, 88, 99, 111, 112, 115, 122, 124, 126, 128, 132, 135, 144, 155, 162, 168, 175, 184, 212, 216, 222, 224, 244, 248, 264, 288, 312, 315, 324, 333, 336, 366, 384, 396, 412, 424, 432, 444, 448, …

 

¿Números desnudos consecutivos?

 

Si dos números consecutivos n y n + 1 son números desnudos (asumimos que tienen más de un dígito, ya que todos los números de un solo dígito son desnudos) esto quiere decir que ambos son divisibles por los dígitos comunes, que son todos menos los de las unidades, luego todos esos dígitos tienen que ser igual a 1, ya que dividen a dos números consecutivos. Por lo tanto, esos dos números consecutivos desnudos serán de la forma 111…111U y 111…111(U + 1).

 

Ahora, nos podemos plantear cuando un número de la forma 111…111U es desnudo. Ya hemos visto que para U = 2 y 5 se tiene un número desnudo, pero qué ocurre con el resto de cifras. Atendiendo a las reglas de divisibilidad el número 111…111U es desnudo cuando ocurre lo siguiente:

i) si U = 1; ii) U = 2; iii) U = 3 y el número de unos es múltiplo de 3 (por la regla de divisibilidad del 3, que nos dice que “un número es divisible por 3 si, y sólo si, la suma de sus dígitos es divisible por 3”), como el 1.113 o 1.111.113; iv) U = 4, pero no hay ningún 1 (ya que “un número es divisible por 4 si, y sólo, si el número formado por los dos últimos dígitos, los de la derecha (decenas y unidades), es divisible por 4”, pero 14 claramente no lo es); v) U = 5; vi) U = 6 y el número de unos es múltiplo de 3, ya que el número debe ser divisible por 3; vii) U = 7 y el número de unos es múltiplo de 6 (lo cual se puede deducir de la regla de divisibilidad del 7, “un número es divisible por 7 si la suma alternada de los grupos de tres dígitos, empezando por la derecha, también lo es”); viii) U = 8, pero no hay ningún 1 (como en el caso del 4); ix) U = 9 y el número de unos es múltiplo de 9 (por la regla de divisibilidad del 9, que es similar a la del 3).
Teniendo en cuenta todo lo anterior podemos afirmar lo siguiente sobre números desnudos consecutivos (de más de un dígito). Si k es la cantidad de unos del número,

A. para cualquier valor de k, los números consecutivos de la forma 111…11 y 111…12 son desnudos;

B. si 3 divide a k, el trío de números 111…11, 111…12 y 111…13 son desnudos, así como la pareja de números 111…15 y 111…16;

C. si 6 divide a k, el trío de números 111…15, 111…16 y 111…17 son desnudos.

Neima (2020), de la artista interdisciplinar canadiense Loralei R. Byatt. Imagen de su estudio InterFACEarts

 

¿Cuál es el número desnudo más grande con todos sus dígitos distintos?

 

Otra cuestión interesante que se han planteado algunos matemáticos y matemáticas es cuál es el número desnudo más grande con todos sus dígitos distintos. Esta cuestión nos lleva a empezar a pensar en números desnudos con todos sus dígitos distintos, como 7, 15, 132, 4.128, 9.135 o 12.384, que son desnudos.

 

Resulta que los números desnudos cuyos dígitos son todos distintos tiene nombre. Son los números de Lynch-Bell, la sucesión A115569 de la Enciclopedia on-line de sucesiones de enteros – OEIS. Claramente la familia de los números de Lynch-Bell es finita puesto que no puede tener más de nueve dígitos.

 

Por lo tanto, si estamos buscando el número desnudo más grande con todos sus dígitos distintos, es decir, el mayor número de Lynch-Bell, lo primero que podemos hacer es intentar ver qué números pandigitales (que contienen todas las cifras básicas no nulas, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, sin repetir ninguna) son desnudos.

 

 números desnudos
Conexiones aleatorias (2020), de la artista interdisciplinar canadiense Loralei R. Byatt. Imagen de su estudio InterFACEarts

 

Primero analicemos una curiosidad relacionada con la cifra 5. Si un número desnudo contiene al 5 como uno de sus dígitos, entonces todos sus dígitos son impares. Esto se debe a la regla de divisibilidad del 5, es decir, un número es divisible por 5 si su dígito de las unidades es 0 o 5. Pero como el número no es divisible por 0, entonces su último dígito tiene que ser 5, por lo que no es par y no puede ser dividido por ningún número par.

 

Ahora, si tenemos en cuenta la anterior propiedad, el número desnudo más grande con todos sus dígitos distintos no puede ser pandigital, puesto que la cifra 5 no es compatible con las cifras pares 2, 4, 6 y 8.

 

Teorema: No existen números de Lynch-Bell, luego desnudos, pandigitales (con las nueve cifras no nulas, sin repetir ninguna).

 

Por lo tanto, lo lógico es que busquemos el número desnudo más grande que esté formado por todas las cifras no nulas (sin repetir ninguna), menos el 5, es decir, 1, 2, 3, 4, 6, 7, 8 y 9. Pero antes, veamos el otro caso, busquemos los números de Lynch-Bell que contengan al 5.

 

Como hemos comentado los números desnudos, en particular, los de Lynch-Bell, que contienen al 5 solo contienen cifras impares, 1, 3, 5, 7, 9. Pero como la suma de estas cifras es 1 + 3 + 5 + 7 + 9 = 25, que no es divisible por 3 o por 9, no existen números de Lynch-Bell con todas las cifras impares.

 

Teorema: No existen números de Lynch-Bell con todas las cifras impares.

 

Ahora, nos podemos plantear si existen, y cuántos son, los números de Lynch-Bell con cuatro cifras impares. Por el mismo razonamiento que antes las cifras impares implicadas solo pueden ser 1, 3, 5, 9, cuya suma es 18. Como debe acabar en 5, para ser divisible por esta cifra, tenemos que las soluciones son 1.395, 1.935, 3.195, 3.915, 9.135 y 9.315.

 

Contando – zonas asintóticas 2 (1972), del artista conceptual estadounidense Mel Bochner. Imagen de la National Gallery of Art

 

Pero volvamos a la cuestión de encontrar el número de Lynch-Bell más grande. Sabemos que tenemos que empezar buscando entre los formados por las cifras 1, 2, 3, 4, 6, 7, 8, 9. Sumamos estas cifras, 1 + 2 + 3 + 4 + 6 + 7 + 8 + 9 = 40, que no es múltiplo de 3, luego no existen números de Lynch-Bell con estas ocho cifras, ya que no pueden ser divisibles por 3. Aquí tendríamos dos opciones: i) eliminar las cifras 3, 6, 9 (quedarían solo cinco cifras); ii) eliminar una única cifra para evitar el problema (quedarían siete cifras). Analicemos ambas opciones.

 

Opción i): eliminar las cifras 3, 6, 9, luego utilizar las cifras 1, 2, 4, 7 y 8. Si el número es divisible por 2, el último dígito (derecha) es 2, 4 u 8. Si es divisible por 4, los dos últimos dígitos (derecha) tienen que ser divisibles por 4, luego, con las cinco cifras anteriores, solo pueden ser las combinaciones 12, 24, 28 y 48. Si es divisible por 8, los tres últimos dígitos (derecha) tienen que ser divisibles por 8, luego las únicas combinaciones posibles, teniendo en cuenta el anterior comentario, son 712, 824, 128 y 248. Con ellas podemos generar ocho números 48.712, 84.712, 17.824, 71.824, 47.128, 74.128, 17.248 y 71.248, de los cuales solo el número 17.248 es también divisible por 7, luego es el único número de Lynch-Bell generado por las cifras 1, 2, 4, 7 y 8.

 

Opción ii): eliminar una única cifra, para que sea divisible por 3. Lo que nos llevaría a que de las cifras 1, 2, 3, 4, 6, 7, 8, 9 hay que eliminar una de ellas para que la suma sea múltiplo de 3, lo que nos lleva a tres candidatas 1, 4 y 7. Sin embargo, para que sea además divisible por 9 solo queda la opción de eliminar la cifra 4. En consecuencia, buscamos números de Lynch-Bell con las cifras 1, 2, 3, 6, 7, 8 y 9. Aquí tenemos muchas opciones, como el número 3.817.296, que es divisible por todos sus dígitos, 3.817.296 = 2 x 1.908.648 = 3 x 1.272.432 = 6 x 636.216 = 7 x 545.328 = 8 x 477.162 = 9 x 424.144.

 

De los 7! = 5.040 números que pueden construirse con las cifras 1, 2, 3, 6, 7, 8 y 9, de manera que no haya ninguna que se repita, hay 105 números de Lynch-Bell, es decir, números desnudos con todos sus dígitos diferentes. El más pequeño de ellos es 1.289.736 y el más grande, que era el que buscábamos, es 9.867.312.

 

Teorema: El número desnudo más grande con todos sus dígitos distintos es 9.867.312.

 

Por cierto, la cantidad total de números de Lynch-Bell es 548.

 

Serigrafía 1024, de la carpeta Numbers One (1974), del artista, crítico y poeta visual Richard Kostelanetz

 

Rompecabezas matemáticos

 

Como comentábamos al principio, esta es una familia de números muy interesante para trabajar, o jugar, con las reglas de divisibilidad. De hecho, se pueden generar algunos interesantes juegos matemáticos, como el problema 34 del libro Puzzles 101: A Puzzlemaster’s Challenge, del inventor de rompecabezas matemáticos y juegos de ingenio japonés Nobuyuki Yoshigahara (1936-2004), al que denominó problema LYM (Least Yoshigahara Multiple – Menor Múltiplo de Yoshigahara).

 

Problema LYM: Elige dos cifras del 2 al 9. Crea un número cuyos dígitos sean alguna de estas dos cifras, de manera que sea divisible por cualquiera de los dos. Por ejemplo, con el 4 y el 8 se pueden formar el 48 o el 488, y cada uno de ellos es divisible tanto por el 4 como por el 8. Si utilizas el 2 y el 4, el número más pequeño de este tipo es el 24. Si utilizas el 3 y el 5, el número más pequeño de este tipo es el 3555. Encuentra dos cifras de tal forma que el número más pequeño de este tipo sea el mayor de todas las combinaciones.

 

Para obtener la solución a este problema, buscad el número más pequeño para todas las elecciones de dos cifras entre el 2 y el 9 y disfrutad del camino hacia la misma. Después de la bibliografía os dejo la solución al mismo, aunque os animo a que juguéis a este rompecabezas antes de mirar la solución.

 

Podéis ir más allá con este problema y elegir más de dos cifras. Primero podéis elegir tres cifras, cuando terminéis cuatro, etcétera hasta llegar a la mayor cantidad posible de cifras. O incluso incluir la cifra 1 entre las cifras a elegir, luego serían todas las cifras no nulas. Así podríais llegar al número más pequeño con la mayor cantidad de cifras posible (que es ocho, como ya sabíamos):

 

El número más pequeño con la mayor cantidad de cifras posible

 

Bibliografía

 

1.- Raúl Ibáñez, La gran familia de los números, Libros de la Catarata – ICMAT – FESPM, 2021.

2.- Numbers Aplenty.

3.- Roberto A. Ribas, The Nude Numbers, The Pentagon, vol. 45, no. 1, pp. 18-31, 1985.

4.- Nobuyuki Yoshigahara, Puzzles 101: A Puzzlemaster’s Challenge, Taylor & Francis, 2018.

Nota:

La solución al problema LYM es el número 77.777.779.779, que es el más pequeño que puede ser dividido por 7 y 9. El siguiente más grande sería 8.888.889.888, que es el más pequeño divisible por 8 y 9.

 

Sobre el autor: Raúl Ibáñez es profesor del Departamento de Matemáticas de la UPV/EHU y colaborador de la Cátedra de Cultura Científica

El artículo Los números desnudos se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

¿Por qué estas conchas fósiles invierten el sentido de su espiral cada pocos milenios?

15 September 2026 at 10:59

El misterio de los foraminíferos que invierten su enrollamiento podría ocultar un proceso evolutivo que rara vez se observa y que se desarrolla a escala planetaria.

Un artículo de Fanni Daniella Szakál . Historia original reimpresa con permiso de Quanta Magazine, una publicación editorialmente independiente respaldada por la Fundación Simons.

foraminíferos
Ada Zejun Shen / Quanta Magazine

Durante miles y, en ocasiones, millones de años, el plancton marino de todo el mundo construyó sus conchas espirales en un mismo sentido. Después, de repente, las espirales cambiaron de sentido al mismo tiempo y en todas partes, para volver a cambiar más tarde.

Estos microorganismos son un tipo de foraminíferos, o simplemente forams. Se encuentran en todos los océanos, desde los trópicos hasta las altas latitudes, y se cuentan entre los organismos eucariotas más abundantes de la Tierra. Estos protistas unicelulares secretan una concha dura perforada por numerosos pequeños orificios; la mayoría de las especies vive en el fondo marino, mientras que algunas son planctónicas y quedan a merced de las corrientes. Cuando mueren, sus conchas cubren el fondo marino de todo el mundo y forman un archivo natural de la historia de la Tierra que se remonta unos 560 millones de años.

Al estudiar la composición de las especies o medir isótopos o elementos traza, los científicos utilizan las conchas de foraminíferos acumuladas para reconstruir los climas y las condiciones oceánicas del pasado. Con el paso de los años, han observado un fenómeno extraño. Entre los numerosos foraminíferos planctónicos que poseen conchas enrolladas semejantes a las de un caracol, algunas especies muestran una marcada preferencia por un sentido de la espiral (izquierdo o derecho) frente al otro, de modo que hasta el 97 % de los individuos de una especie se enrollan en el mismo sentido. Y, a veces, un nuevo sentido de enrollamiento pasa a predominar aparentemente en todos los océanos a la vez en el registro fósil. Desde que se observó esta curiosidad en la década de 1950, los científicos han intentado averiguar qué podría hacer que el sentido del enrollamiento de las conchas cambiara al unísono en miles de billones de microorganismos.

Recientemente, los micropaleontólogos integraron y sintetizaron datos sobre el sentido del enrollamiento de las conchas, o quiralidad, de varias especies a partir de estudios de foraminíferos que se remontan hasta 56 millones de años. Algunos investigadores plantearon que las inversiones del enrollamiento de las conchas estaban relacionadas con cambios de temperatura u otros factores climáticos. Sin embargo, el nuevo estudio plantea como hipótesis que el sentido del enrollamiento no es en sí mismo una respuesta adaptativa, sino un marcador accidental de un acontecimiento evolutivo importante que comienza en una pequeña subpoblación y después se extiende por vastas cuencas oceánicas.

Estos fósiles del foraminífero extinto Globorotalia limbata, que vivió hace entre 11 y 2 millones de años, ilustran la quiralidad dextrógira y levógira en el enrollamiento de la concha. Imagen: David King

«Probablemente sea una de las primeras veces que personas que normalmente trabajan más en bioestratigrafía (básicamente, en investigación del tiempo profundo) sobre foraminíferos se plantean una cuestión así», afirma Julie Meilland, investigadora del Cerege, un instituto de investigación de Francia que no participó en el estudio. Además de datos sobre el sentido del enrollamiento de varias especies que se remontan a millones de años, el estudio incorpora conocimientos de la genética y la biología de los foraminíferos actuales. «Ha sido muy refrescante ver cómo se conectan estos mundos, porque muy a menudo quienes hacen más investigación moderna no necesariamente establecen contacto con quienes trabajan sobre el tiempo profundo», añade Meilland.

El trabajo ofrece una nueva perspectiva sobre un misterio que dura décadas y una rara visión de un proceso poco conocido que permite que nuevos caracteres se extiendan por poblaciones grandes.

Una hipótesis retorcida

El fenómeno de los foraminíferos que invierten su enrollamiento se describió por primera vez a principios de la década de 1950, cuando los avances en las técnicas de extracción de testigos del fondo marino permitieron a los investigadores analizar las capas acumuladas de conchas. El micropaleontólogo suizo Hans Bolli fue el primero en señalar que, entre los foraminíferos con conchas enrolladas, varias especies presentaban una preferencia direccional y que, en ocasiones, esta preferencia cambiaba con el tiempo.

La explicación de este curioso fenómeno llegó con un estudio fundamental de 1959, en el que el geólogo marino David Ericson, especialista en testigos de sondeo de la Universidad de Columbia, en el Lamont Geological Observatory (actualmente Lamont-Doherty Earth Observatory), examinó cientos de conchas enrolladas de la especie Neogloboquadrina pachyderma recogidas en el Atlántico Norte. Ericson observó que, en climas fríos durante las glaciaciones, las conchas tendían a enrollarse hacia la izquierda, mientras que durante los periodos más cálidos lo hacían hacia la derecha.

No estaba seguro de por qué el sentido del enrollamiento debía estar relacionado con el clima, pero planteó que la temperatura era el factor determinante en esta especie. Sin embargo, a medida que se recuperaron más testigos en todo el mundo y avanzaron los estudios genéticos, la hipótesis de la temperatura dejó de sostenerse.

Kate Darling, profesora honoraria de la Universidad de Stirling, ha estudiado la genética y la evolución de los foraminíferos durante décadas. «Ese cambio de orientación, en mi opinión, significa que han dado lugar a nuevas especies», afirma. Foto: Cortesía de Ian Darling

En 2006, Kate Darling, actualmente profesora honoraria de la Universidad de Stirling, publicó un trabajo genético que demostraba que las variantes de N. pachyderma son, en realidad, dos especies distintas, cada una con su propio sentido de enrollamiento. Después, en 2013, la paleobióloga evolutiva Yurika Ujiié, actualmente profesora de la Universidad de Kochi, en Japón, descubrió que la quiralidad de las conchas en distintas especies de foraminíferos, recogidas en varios océanos, no se correspondía con la temperatura.

Cada estudio refutaba la hipótesis de Ericson de una manera diferente. Además, a muchos investigadores les resultaba difícil imaginar qué ventaja podía ofrecer el sentido del enrollamiento a un organismo unicelular sin una lateralidad evidente. Medio siglo después de la observación inicial de Ericson, el factor impulsor de las inversiones volvía a ser un misterio.

No tardaría en despertar el interés de otra investigadora. Bridget Wade, micropaleontóloga del University College London, llevaba décadas estudiando testigos de sedimentos cuando su equipo observó un patrón curioso. Varias especies de foraminíferos parecían invertir el sentido de sus conchas aproximadamente al mismo tiempo en distintas latitudes de los océanos Atlántico, Índico y Pacífico. En una especie, las inversiones parecían casi instantáneas tanto en los trópicos como en latitudes más altas. Esta evidencia de que el fenómeno se extendía mucho más allá de una sola cuenca oceánica sugería que estaba actuando un proceso global en el que intervenía algo más que la temperatura.

Para saciar su curiosidad, el equipo de Wade sintetizó datos de cinco décadas de estudios y analizó los cambios en los patrones de enrollamiento de varias especies de foraminíferos planctónicos de los últimos 56 millones de años. Para cada especie, encontraron evidencias de inversiones en múltiples cuencas oceánicas y cinturones climáticos. Paragloborotalia siakensis pasó de un enrollamiento mixto a un enrollamiento sinistral hace 15 millones de años. Globorotalia scitula invirtió el sentido dos veces: pasó de mixto a sinistral hace 15 millones de años y después a dextral hace 10 millones de años. «Resulta realmente desconcertante que una especie pueda existir durante millones de años enrollándose de una manera y después invertir de repente el sentido, sin ninguna razón aparente», escriben los autores.

Bridget Wade, micropaleontóloga del University College de Londres, señala una especie de foraminífero que describió en el Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian. Foto: Cortesía de Bridget Wade

Pulleniatina obliquiloculata fue un ejemplo especialmente útil, afirma Wade: posee un registro fósil excepcionalmente detallado, sigue viviendo en la actualidad y está presente en los océanos tropicales de todo el mundo. Durante los últimos 860.000 años, su concha se ha enrollado casi exclusivamente hacia la derecha. Pero antes de ese periodo atravesó una sucesión de rápidas inversiones del enrollamiento que se produjeron a escala mundial cada pocos miles de años.

Los cambios eran demasiado repentinos y generalizados para explicarlos mediante una evolución gradual. «Fue toda una sorpresa porque, si se tratara de un acontecimiento local, sería más fácil pensar en un entorno local cambiante», afirma Wade. El hecho de que estuviera ocurriendo en todas partes apuntaba a que intervenía un proceso diferente.

Un significado críptico

¿Qué podría explicar la expansión mundial de un cambio de quiralidad? Wade sabía que, pese a su aparente uniformidad, los océanos esconden numerosos hábitats distintos que difieren en temperatura, corrientes, luz ultravioleta, composición química y oxígeno. Del mismo modo, una población aparentemente global de una especie de foraminíferos puede ocultar especies crípticas. Los estudios genéticos han revelado que, a menudo, lo que se consideraba una sola especie basándose en la forma de las conchas (incluido el sentido del enrollamiento) era, en realidad, más de una especie.

¿Y si, planteó su equipo como hipótesis, una de estas especies crípticas hubiera desarrollado alguna ventaja adaptativa de amplio alcance? Esta especie críptica podría extenderse por todo el planeta, transportada por las corrientes oceánicas y favorecida por su propio éxito, en un gigantesco barrido poblacional, y hacer que un único sentido de enrollamiento pasara a predominar en el proceso, preservando así el acontecimiento en el registro fósil.

A diferencia de las especies con concha que nos resultan más familiares, los foraminíferos no viven totalmente dentro de su concha. La concha perforada se sitúa bajo la membrana celular y queda envuelta por un protoplasma de consistencia gelatinosa. Todos los ejemplares aquí mostrados miden menos de 1 milímetro. Fuente: Takagi, H. et al (2019) Biogeosciences doi: 10.5194/bg-16-3377-2019

«En mi opinión, las inversiones significan que han experimentado especiación», afirma Darling, que no participó en el estudio de Wade.

Tanto si los foraminíferos que invirtieron el sentido son una especie nueva como si son una variante genética, tendrían que presentar una ventaja significativa frente a otros foraminíferos para extenderse por todo el mundo. «Es un poco como lo que ocurrió con las variantes de la COVID-19, que se hicieron muy abundantes en un lugar», explica Wade, «y luego tuvieron una ligera ventaja de aptitud biológica frente a otra variante genética» y se propagaron rápidamente hasta convertirse en la cepa dominante en prácticamente todos los países de la Tierra.

Sin embargo, Ujiié advierte contra la suposición de que exista una relación sencilla entre la identidad genética de una especie y la quiralidad de su concha. «El sentido del enrollamiento parece tener una base genética», afirma, «pero eso no significa necesariamente que los individuos dextrales [de enrollamiento hacia la derecha] y sinistrales [de enrollamiento hacia la izquierda] representen poblaciones genéticamente distintas».

Todavía no está claro por qué una población entera se enrollaría del mismo modo en primer lugar; esto solo ocurre en un subconjunto de especies de foraminíferos planctónicos con conchas enrolladas. En otras especies, las conchas se enrollan en ambos sentidos en una proporción aproximadamente de 50-50. Entonces, ¿por qué algunas presentan un marcado sesgo de quiralidad? En lo único que parecen coincidir los científicos es en que todavía no lo saben.

Meilland, que estudia la reproducción de foraminíferos en cultivos vivos, ha observado que las proporciones de los distintos sentidos de enrollamiento en sus cultivos no coinciden necesariamente con lo que cabría esperar encontrar en la naturaleza a partir de los estudios fósiles. Considera que los factores que determinan el sentido del enrollamiento podrían ser bastante complejos. «Creo que podría haber algo relacionado con los genes, con la recombinación, con su intento de evolucionar, con el entorno y también con la suerte y con la vida, sin más», afirma.

Aunque la casi sincronía de las inversiones de los foraminíferos en todo el mundo pueda parecer desconcertante, Darling y Ujiié señalan que lo que aparece como instantáneo en el registro fósil podría desarrollarse durante 1.000 años o más en tiempo real. Durante ese periodo, las aguas oceánicas circulan alrededor de todo el planeta. Las masas de agua también cambian y se desplazan, lo que podría acelerar la propagación de una nueva variante.

Es posible que los caracteres o las especies de otros organismos marinos también puedan extenderse por todo el planeta de esta manera. Pero sería difícil observarlo sin un marcador fósil claro, como la quiralidad de las conchas de los foraminíferos. Estas inversiones del enrollamiento constituyen, por tanto, una rara ventana a la manera en que los procesos evolutivos pueden desarrollarse a escala mundial.

 

 


El artículo original, Why Do These Fossil Shells Flip Their Spirals Every Few Millennia?, se publicó el 11 de septiembre de 2026 en Quanta Magazine. Cuaderno de Cultura Científica tiene un acuerdo de distribución en castellano con Quanta Magazine.

Traducido por César Tomé López

El artículo ¿Por qué estas conchas fósiles invierten el sentido de su espiral cada pocos milenios? se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Deimos, un mundo muy suave

14 September 2026 at 10:59

Si echamos un vistazo a cualquiera de las imágenes de Deimos -el satélite de Marte- llegadas a través de las misiones espaciales que han podido visitarla de cerca, además de su forma, una de las cosas que más llama la atención es la gran “suavidad” de su topografía. Si lo comparamos con Fobos, el otro satélite natural del planeta rojo, este efecto es mucho más evidente.

Pero, ¿y si realmente este suave relieve que observamos hoy día fue el resultado de un evento brutal? Un nuevo estudio publicado en Nature Astronomy propone una teoría interesante para explicar el peculiar aspecto de este pequeño satélite: la enorme depresión que hay en su polo sur, su sedosa superficie o los cráteres poco profundos, entre otros detalles, podrían ser la consecuencia de un impacto gigante ocurrido hace mucho tiempo, cuando un asteroide de unos pocos cientos de metros golpeó a Deimos con energía suficiente como para redistribuir una parte importante de su masa sin destruirla por completo.

Si están en lo cierto, este impacto hizo algo más que crear un enorme cráter: nos dio pistas sobre cómo es el interior de Deimos, ya que en vez de comportarse como una pequeña luna rocosa formada por una roca monolítica, su interior podría parecerse más a los asteroides de tipo “rubble pile”, formados por distintos fragmentos que viajan juntos por efecto de la gravedad. En muchas ocasiones estos fragmentos proceden de la destrucción de un cuerpo anterior, como un asteroide o un satélite.

Deimos
En esta imagen podemos ver dos perspectivas de Deimos tomadas por la cámara HiRISE que viaja a bordo de la Mars Reconaissance Orbiter. Aunque es cierto que hay algunos cráteres marcados, si nos fijamos en los cráteres más grandes y en su topografía general, veremos claramente que es muy suave. Imagen cortesía de NASA/JPL-Caltech/University of Arizona.

Deimos ha sorprendido a los científicos durante décadas, y una de estas razones es el fuerte contraste -como dijimos anteriormente- con Fobos, el otro satélite natural de Marte. Fobos tiene unos 22 kilómetros de diámetro -en el sentido laxo, ya que tiene una forma irregular- y su superficie está completamente marcada por los cráteres, sistemas de surcos y otras formas geológicas. Deimos, a pesar de haber sido también bombardeado por los impactos, tiene una superficie realmente suave, si me permiten el símil, como si estuviese cubierta por un fino velo de seda.

De hecho, su relieve parece haber sido suavizado por una capa de regolito, una mezcla de polvo y fragmentos de roca que se acumula en las superficies de los cuerpos planetarios. Así, si miramos cualquiera de sus imágenes, podremos observar cómo parece que muchos de sus cráteres dan el aspecto de haber sido parcialmente enterrados, como si algún proceso hubiese querido taparlos sin dejar rastro.

Hay otro aspecto del satélite que también es muy llamativo: la existencia de una enorme depresión cercana al polo sur y de 10 kilómetros de diámetro. Teniendo en cuenta que el diámetro del satélite es de 12 kilómetros, podremos entender mejor la magnitud de esta depresión.

Durante años, los investigadores han propuesto varias formas de explicar por qué la superficie de Deimos parece estar cubierta por tal cantidad de regolito. Estos materiales podrían haber llegado a partir de impactos ocurridos sobre Fobos o Marte, por ejemplo. Incluso podrían ser los restos de un antiguo satélite que habría sido destruido o haberse acumulado lentamente a causa de los impactos continuados sobre su superficie durante miles de millones de años. Pero ninguna de estas explicaciones tiene la capacidad de reproducir la magnitud de este polvoriento velo que cubre su superficie.

Es aquí donde este nuevo estudio aporta una idea más sencilla: la gigantesca depresión de su polo sur y la suavidad de la superficie de Deimos podrían tener una misma causa. Para ello, los investigadores intentaron reconstruir la forma del satélite antes de que existiese esta depresión presente en el polo sur y se pusieron a simular una serie de impactos sobre la superficie.

Deimos
Imagen de la superficie de Deimos tomada por la Viking Orbiter 2 desde una distancia de tan solo 40 kilómetros. Se aprecia una superficie muy suave a excepción de cráteres que podrían ser más recientes, formados después del gran evento de rejuvenecimiento que comentamos en el artículo. Cortesía de NASA/JPL.

Cuando hablamos de simulaciones nos referimos a complejos modelos numéricos capaces de mostrar cómo un material poroso y granular -a distintas escalas- responde a una colisión a gran velocidad teniendo en cuenta todos sus efectos: fricción, cohesión, gravedad, generación de calor y la brutal compactación del espacio entre los poros que ocurre durante un impacto.

En las simulaciones probaron el impacto de asteroides entre 300 y 260 metros de diámetro, llegando desde direcciones distintas y golpeando al satélite en distintos puntos. Asumieron una velocidad de 8,2 kilómetros por segundo, o lo que es lo mismo, 30.000 kilómetros por hora. Cada simulación dejaba al satélite evolucionar durante ocho horas, tiempo suficiente para que el cráter se desarrollase y el material expulsado escapase de Deimos o cayese de nuevo sobre su superficie. Entre todas ellas, hubo una que destacó sobre las demás.

La que más encajaba con lo que vemos hoy era la que tenía como protagonista el impacto de un cuerpo de unos 320 metros de diámetro golpeando de manera oblicua -con unos 45º con respecto a su superficie- y ligeramente desviado del centro de la depresión del polo sur. La superficie resultante del modelo difería tan solo unos metros de la topografía que observamos hoy día.

Ojo, esto no quiere decir que lo que ocurrió fuera exactamente así, sino que es una de las posibles explicaciones, ya que los modelos numéricos dependen de una serie de condiciones y propiedades que no se pueden medir directamente, al menos todavía. En este caso, la estructura interna y resistencia mecánica del interior de Deimos.

Los autores han denominado a este evento como una colisión “subcatastrófica”, un término que habla por sí solo. El impacto fue de una gran magnitud con respecto a Deimos, pero no lo suficientemente grande como para destruir por completo el satélite.

Con unos proyectiles -asteroides- más grandes el resultado de las simulaciones era la destrucción de Deimos al completo. En el escenario más ajustado a las observaciones, el satélite sobrevive con un importante rejuvenecimiento de su superficie, pero todavía reconocible. Quizás la parte más interesante de esta historia empieza después de la formación del gran cráter nacido tras el impacto.

En un satélite pequeño la eyecta -el material expulsado por la colisión- no se comporta de la misma manera que lo haría en la Tierra. En Deimos, la gravedad es muy débil, de tal manera que el material que sale despedido puede viajar distancias enormes en comparación con el tamaño del propio cuerpo. De hecho, en las simulaciones parte del material escapa del campo gravitatorio del satélite, mientras otra parte sigue una lenta trayectoria balística antes de volver a caer sobre la superficie, como un cañonazo a cámara lenta.

En las simulaciones más ajustadas a la realidad, aproximadamente un uno por ciento de la masa del satélite escapaba al espacio, mientras que entre un diez y un veinte por ciento se redistribuyó por la superficie. En tan solo unas pocas horas, toda esta eyecta habría caído de nuevo sobre la luna, formando una capa de materiales sueltos de varios metros de espesor, llegando a medir hasta 200 metros en algunas zonas.

Deimos
En esta imagen de Deimos podemos observar la enorme depresión que hay cerca de su polo sur, a la izquierda de la imagen. Fue tomada por la Viking Orbiter 2 desde una distancia de 1400 kilómetros al satélite. Imagen cortesía de NASA/JPL.

En términos sencillos, este impacto provocó un lifting casi completo a Deimos, explicando por qué algunos de sus cráteres son tan poco profundos. Los investigadores midieron 14 de los cráteres de mayor diámetro del satélite, y casi todos parecen estar más rellenos que otros cráteres recientes formados en otros cuerpos del Sistema Solar.

De estas medidas se deduce que los cráteres más antiguos podrían estar cubiertos con entre 100 y 150 metros de material procedente de este impacto, y existir una capa global de regolito de unos 120 metros de media. Esta estimación cuadra perfectamente con el resultado de las simulaciones.

También existen algunas pistas visuales: las imágenes de Deimos tomadas por las distintas misiones espaciales muestran materiales de tonos claros alrededor de la depresión del hemisferio sur y algunas líneas formándose ladera abajo desde los bordes de los cráteres y zonas elevadas, donde los modelos predicen una gran redistribución de los materiales superficiales, ya que el material más “fresco” -en el sentido de menos alterado, no de más frío- y menos expuesto al rigor del espacio difiere en color de los materiales que han estado expuestos a estas condiciones.

Hay un detalle más: como mencionábamos al principio, este impacto nos permite conocer un poco mejor el interior de Deimos. Una colisión capaz de producir una depresión de diez kilómetros tendría la energía suficiente como para mandar ondas de choque a través de todo el satélite. Si Deimos fuese un cuerpo relativamente sólido y similar al material que forma nuestra Luna, estos impactos habrían borrado o alterado en gran medida los relieves existentes, pero, a pesar de esto, algunos sobrevivieron.

Las imágenes obtenidas en el sobrevuelo de la misión Hera en marzo del pasado año revelaron, entre otras cosas, una depresión de unos tres kilómetros en la cara oculta de Deimos, lo que permitió a los científicos repetir las simulaciones probando diferentes materiales.

Los resultados fueron fascinantes. Cuando modelaban Deimos con un material resistente y poco compresible, las ondas de choque viajaban de manera muy eficiente a través del interior del satélite y borraban el cráter preexistente. Pero si el interior, en cambio, era poroso y fácil de comprimir, los espacios vacíos funcionaban como un parachoques. La energía iba siendo consumida para ir cerrando los poros y reordenar el material interno, por lo que las ondas que llegaban hasta el otro hemisferio eran mucho más débiles y este detalle permitió a esta pequeña y antigua depresión sobrevivir al impacto.

Imagen de Deimos -en primer plano- y Marte de fondo. Fue tomada por la misión Hera el 12 de marzo de 2025. En el momento de tomar la imagen, la sonda se encontraba a 1000 kilómetros de distancia del satélite. Destaca mucho el color de Deimos, mucho más oscuro que el de Marte. Imagen cortesía de ESA.

Esto nos quiere decir que Deimos podría ser extraordinariamente buena a la hora de absorber los impactos, ya que la mayor parte de su interior está vacío. Las estimaciones que se han podido calcular a partir de su masa y volumen implican una porosidad que va del 40 al 50 por ciento de su volumen.

Así que en vez de imaginarnos un enorme pedrusco en órbita alrededor de Marte -y permítanme el uso de ese término coloquial para referirme a una roca maciza- tenemos que imaginarnos un saco de rocas viajando juntos por el espacio, y donde la tela del saco es la gravedad que mantiene a todos esos fragmentos juntos.

Si hacemos una retrospectiva, esta descripción es similar a la que usamos para asteroides como Bennu, Ryugu, Dimorfos, entre muchos otros. Ojo, esto no quiere decir que Deimos sea un asteroide capturado, y ya hemos discutido alguna vez los posibles orígenes de los dos satélites de Marte en esta sección, pero sí quiere decir una cosa: los pequeños cuerpos planetarios podrían evolucionar hacia estados físicos similares. Un satélite creado a partir de los restos de un impacto gigante en Marte, por ejemplo, podría ir evolucionando a ser un cuerpo cada vez más fracturado, fragmentado y poroso hasta que se parezca a un asteroide de tipo “rubble pile”.

¿Cuándo podremos saber más sobre los satélites marcianos? Si todo va bien, en octubre de este mismo año debería despegar la misión MMX (Martian Moons eXploration), una sonda de la agencia espacial nipona (JAXA) que intentará traer muestras de Fobos a la Tierra y, además, realizará varios sobrevuelos de Deimos en los que podremos observar mejor su topografía y ver si la depresión del hemisferio sur encaja con un impacto gigante, así como ayudarnos a estudiar con más detalle sus cráteres y ver si su suavidad se ajusta a lo que esperamos que ocurra con una gran capa de regolito sobre ellos.

Todo esto es solo una prueba de que incluso los cuerpos más pequeños de nuestro Sistema Solar pueden tener una historia que, lejos de ser aburrida, nos demuestra que tienen todavía mucho que contarnos.

Referencias:

Raducan, S. D., Agrusa, H. F., Asphaug, E., Ernst, C. M., Jutzi, M., Michel, P., Popescu, M., & Sugita, S. (2026). Deimos’s shape and geology explained by a subcatastrophic impact Nature Astronomy doi: 10.1038/s41550-026-02956-w

 

Sobre el autor: Nahúm Méndez Chazarra es geólogo planetario y divulgador científico.

El artículo Deimos, un mundo muy suave se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Durante cien años hemos buscado la acompañante de Betelgeuse… ahora tenemos foto

13 September 2026 at 10:59
A la izquierda, la supergigante roja Betelgeuse captada por ALMA (Atacama Large Millimeter/submillimeter Array), a la derecha su posición dentro de la constelación de Orión.

Betelgeuse es el gigante rojo de nuestro cielo nocturno. Es una de las diez estrellas más brillantes y, en una noche clara, podremos localizarla sin demasiados problemas como un punto anaranjado sobre el hombro del cazador Orión. Su tamaño según las estimaciones más recientes (basadas en modelos de su pulsación) es simplemente descomunal, tan grande que es difícil de explicar o visualizar… Si colocásemos Betelgeuse en el centro de nuestro Sistema Solar, su diámetro engulliría todos los planetas desde Mercurio hasta Marte, rozando casi Júpiter. Su clasificación científica es M1-2, una  supergigante roja que vemos claramente a simple vista, no tanto por la temperatura de su superficie (es mucho más fría que el Sol) sino gracias a su cercanía (tan solo 548 años luz de la Tierra) y, sobre todo, por su inmenso tamaño.

Es precisamente su brillo lo que ha mantenido fascinados y entretenidos durante algo más de un siglo a todos los astrónomos y astrofísicos que la han estudiado. Su luz oscila de manera abrupta y en ocasiones, como en 2019, sufre oscurecimientos drásticos. Estas marcadas variaciones en su brillo han dividido a los científicos en dos grandes grupos con teorías compatibles entre sí aunque muy diferentes.

Variaciones en el brillo de Betelgeuse captadas por el VLT en 2019. Imagen: ESO’s Very Large Telescope (VLT-ESO)

¿A qué se deben estos cambios tan notables en Betelgeuse? Algunos recuerdan que el recorrido de una gigante tan masiva es fugaz y que la estrella se aproxima rápidamente hacia el final de su vida, momento en el que cual explotará como supernova… un evento que promete ser espectacular ya que se debería verse fácilmente desde la Tierra, incluso a plena luz del día. Por otro lado, y sin descartar su evidente evolución hacia supernova, hay astrofísicos que añadieron una opción extra a la primera teoría: Quizá la gigante roja tenga una compañera invisible que altera periódicamente el brillo que nos llega de la estrella. Esto explicaría no solo las oscilaciones en su brillo sino también algunas variaciones en sus movimientos que aún no podemos explicar.

No obstante, incluso en nuestros días y con nuestra tecnología, estudiar una estrella tan enorme y luminosa como Betelgeuse es muy complicado, su tamaño y su brillo oculta todo a su alrededor, casi como intentar mirar lo que hay tras una potente linterna mientras te ciega los ojos. Pero para estas laboriosas tareas hemos desarrollado telescopios cada vez más potentes, como el Very Large Telescope del Observatorio Europeo Austral en el desierto de Atacama en Chile (VLT-ESO) que, hace tan solo unos días nos ha dado una sorpresa solucionando este misterio centenario de la manera más tajante posible: con una fotografía.

Imagen de Betelgeuse B, la acompañante hasta ahora invisible de Betelgeuse, captada por el VLT-ESO. Fuente: M. Montargès, A. Boccaletti, O. Flasseur et al. (2026) Astronomy & Astrophysics CC BY 4.0

Un equipo dirigido por el astrónomo francés Miguel Montargès, utilizando el instrumento SPHERE del VLT, acaba de publicar en el journal Astronomy & Astrophysics, la imagen más clara hasta el momento de lo que se cree que es Betelgeuse B, una pequeña estrella que orbita la famosa supergigante roja. La emoción de Montargès queda clara en sus declaraciones a Science Daily: «Cuando terminé de procesar la imagen, di un salto en la silla. Es la conclusión de una búsqueda que ha durado un siglo».

Durante miles de años el ser humano ha mirado a Betelgeuse con asombro e imaginación, en los últimos siglos la hemos estudiado a fondo con las tecnologías disponibles en cada época, pero no importa lo mucho que creamos saber del Cosmos, incluso en una constelación tan popular y conocida como Orión, hoy hemos logrado desvelar una compañera estelar, oculta durante tanto tiempo, que resulta ser hasta tres veces más masiva y brillante que el Sol.

Pero también es un logro tecnológico. Es curioso cómo un instrumento como SPHERE y las técnicas de procesamiento de imagen que se desarrollaron originalmente para encontrar exoplanetas, pueden ser tremendamente útiles aplicadas a otros objetos, incluyendo estrellas tan cegadoras como la supergigante Betelgeuse.

Por supuesto aún queda un largo camino por recorrer. «Para estar seguros de que esa compañera está realmente allí, todavía tenemos que observarla dentro de un año (cuando esté al otro lado de la estrella), pero hoy sabemos que queda muy poco espacio para la duda». Pero ni siquiera entonces habrá terminado la búsqueda… en ciencia cuando cierras una puerta se abren otras tantas y es aquí cuándo comenzarán nuevas preguntas. Por lo que sabemos de otros sistemas binarios, las estrellas dobles suelen tener masas parecidas. Cuando estos soles surgen de una gran nube original, van creciendo, van adquiriendo material y tienden a igualar sus masas, pero la diferencia entre la supergigante Betelgeuse y su pequeña acompañante es desconcertante… ¿Cómo se formó esa pequeña compañera? ¿Cómo conviven dos astros tan desiguales en un mismo sistema? ¿Cuántas supergigantes ocultan sistemas binarios tras su resplandor? Como suele pasar con frecuencia quizá hayamos resuelto un misterio solo para descubrir que había otros tantos detrás de él.

 

Referencias científicas y más información:

Montargès, A. Boccaletti, O. Flasseur et al.  (2026) VLT/SPHERE images of the candidate companion of Betelgeuse Astronomy & Astrophysics (2026) DOI: 10.1051/0004-6361/202661023

European Southern Observatory (ESO) (2026) «I jumped from my chair” – Astronomers spot Betelgeuse’s hidden companion» Science Daily

 

 

Sobre el autor: Javier Peláez (@Irreductible), es escritor y comunicador científico. Autor de «500 Años de Frío» (2019), «Planeta Océano» (2022) y «En busca del último continente» (2026). También es guionista en el programa de TVE «Órbita Laika», creador del Podcast Irreductible, ganador de tres premios Bitácoras, un premio Prisma a la mejor web de divulgación científica por Naukas.com y un Premio Ondas al mejor programa de radio digital por Catástrofe Ultravioleta.

 

El artículo Durante cien años hemos buscado la acompañante de Betelgeuse… ahora tenemos foto se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Sergi Romeu, entomólogo: “Los insectos son el menú principal de la mayoría de animales”

12 September 2026 at 10:59

Los insectos son los pequeños grandes protagonistas de esta edición de Bilbo Zientzia Plaza (BZP). Una exposición, una conferencia-coloquio y dos talleres acercarán al público su fascinante mundo. Además, el último día del festival, Sergi Romeu, criador de insectos y educador especializado en invertebrados, ofrecerá un taller en el que se podrá conocer de cerca e incluso tocar algunos de estos pequeños animales.

 

En esta entrevista rompe prejuicios sobre los insectos, destaca su papel fundamental en el equilibrio de los ecosistemas y adelanta algunos detalles sobre qué podrán descubrir quienes participen en la actividad del próximo 4 de octubre.

insectos
El entomólogo, Sergi Romeu, con una mariposa durante uno de sus talleres. © Sergi Romeu.

 

Para empezar, ¿cómo nació su pasión por los insectos y otros bichos?

 

Mi afición nació cuando era niño. Mi abuelo era ornitólogo, criaba pájaros e insectos, y gracias a él empecé a interesarme por estos animales. Desde entonces no he dejado de criarlos hasta convertir esta pasión en mi profesión. Aunque soy ingeniero técnico agrícola, desde hace años me dedico a impartir charlas, talleres y clases sobre invertebrados en colegios, institutos, museos, zoos y acuarios a través de mi proyecto educativo Fasmids. Siempre voy acompañado de animales vivos porque creo que la mejor manera de conocerlos es tenerlos delante y observarlos de cerca.

 

En sus talleres habla sobre invertebrados, artrópodos e insectos. Sin embargo, muchas veces se utilizan estos términos como si fueran sinónimos. ¿En qué se diferencian?

 

Los animales invertebrados constituyen la gran mayoría de animales del planeta, alrededor del 97%, y se dividen en seis grandes grupos. Uno de ellos, el más diverso y abundante, es el de los artrópodos. Estos animales se caracterizan por tener patas articuladas y un exoesqueleto que los protege y los hace más resistentes. Dentro de los artrópodos se encuentran los insectos (abejas, mariposas), junto con los arácnidos (arañas, escorpiones), los crustáceos (cangrejos, gambas) y los miriápodos (ciempiés, milpiés). Los insectos se distinguen por tener seis patas, mientras que los arácnidos tienen ocho, la mayoría de crustáceos diez y los miriápodos más de catorce.

 

¿Qué especies suelen acompañarle en sus talleres?

 

En mis talleres llevo representantes de los cuatro grandes grupos e intento mostrar la mayor variedad posible de artrópodos. También llevo un caracol que es un invertebrado, pero no un artrópodo, sino un molusco, para que el público pueda comparar un artrópodo con un animal que no lo es y así entender mejor sus diferencias. Entre los animales que nunca faltan están los cangrejos, los milpiés, una tarántula -que suele ser la estrella de la función- y un escorpión. Por otro lado, a los insectos les dedico la mayor parte del tiempo dado que son, con diferencia, el grupo más importante.

 

Algunos insectos como los escarabajos o las cucarachas y arácnidos como las arañas o escorpiones despiertan miedo, rechazo o indiferencia. En general, ¿por qué cree que nos cuesta tanto apreciarlos?

 

Más allá de que algunas especies piquen o muerdan, creo que el rechazo que generan muchos insectos y otros artrópodos se debe, en gran parte, a la cantidad de patas que tienen. En mis talleres trato de que la gente pierda ese miedo, porque tengo claro que para poder cuidar y respetar a estos animales primero hay que conocerlos. Por eso los acerco al público y animo a quienes participan a que los toquen y los sientan: algunos tienen pequeñas uñas, otros, ventosas; algunos son más suaves y ligeros, otros son más ásperos y pesan más… Cuando comprueban que pueden tenerlos en su mano sin que ocurra nada, muchos superan esos miedos y prejuicios.

 

Más allá de las picaduras y otras molestias que puedan generar, ¿por qué son los insectos tan importantes para la vida en La Tierra?

 

Los insectos son fundamentales porque sostienen la biodiversidad que genera el equilibrio de los ecosistemas. Constituyen la base de la cadena trófica y son el menú principal de la mayoría de los animales. De hecho, la mayoría de los animales, de una forma o de otra, se alimentan de insectos. Si desaparecieran, muchas especies de aves, reptiles, anfibios y mamíferos también lo harían.

Además de servir de alimento, también desempeñan otras dos funciones esenciales: la polinización y la degradación de la materia orgánica. Sin la polinización muchas plantas no podrían reproducirse, con lo cual no darían ni fruto ni semilla y nos quedaríamos sin planeta. Asimismo, insectos como larvas y escarabajos -junto con seres microscópicos como hongos y bacterias- son los responsables de comerse los restos de hojas, hojarasca y madera que quedan en descomposición en los suelos, y de transformarlos en nutrientes, convirtiéndolos en el mejor sustrato posible para las plantas.

 

En los últimos años se habla cada vez más del declive de las poblaciones de insectos. ¿Qué está ocurriendo y qué podemos hacer para contribuir a su conservación?

 

Los insectos están en declive porque, en general, nos resultan molestos y cada vez transformamos más sus hábitats. El uso excesivo de insecticidas, la contaminación, la urbanización y algunas prácticas forestales reducen los espacios y los recursos que necesitan para vivir. Si queremos conservar sus poblaciones, debemos proteger sus hábitats y favorecer entornos donde puedan alimentarse, reproducirse y desempeñar su papel en los ecosistemas. El asfalto y el cemento no son los lugares idóneos para que vivan los insectos.

 

Después de tantos años estudiando estos animales, ¿hay alguno que siga maravillándole, ya sea por su comportamiento, capacidad de adaptación o por alguna otra característica?

 

Siempre me han fascinado los fásmidos, como los bichos palo o los insectos hoja, por su extraordinaria capacidad de camuflaje y la gran variedad de formas y colores que adoptan. Pero todos los insectos tienen algo que los hace especiales: la fuerza de los escarabajos hércules, la belleza del vuelo de las mariposas, el comportamiento de la mantis religiosa o la organización de los insectos sociales como las hormigas y las abejas. Son animales de los que todavía podemos aprender mucho.

 

insectos
Los fásmidos son conocidos por su asombrosa capacidad de adaptación. © Museo de Ciencias Universidad de Navarra.

 

 

El último día de Bilbo Zientzia Plaza ofrecerá un taller para conocer y tocar a varios de estos animales de cerca. ¿Con qué se encontrará el público que participe? ¿Puede adelantarnos algo de lo que van a ver?

 

Quienes participen podrán conocer de cerca una gran variedad de artrópodos: arañas y tarántulas, escorpiones, milpiés, cangrejos e insectos de distintas especies, tamaños y colores como mariposas, escarabajos o bichos palo. Aprovecharé para explicar las diferencias entre los principales grupos de invertebrados, especialmente entre los artrópodos. Además, podrán tocar algunos de estos animales como una tarántula, que suele ser la estrella del taller. Mi objetivo es que pierdan el miedo, despierten su curiosidad y descubran lo fascinante que puede ser el mundo de los insectos.

 

¿Qué lecciones cree que todavía podemos aprender de estos animales y con qué idea le gustaría que se quedara el público?

 

Me gustaría que el público perdiera el miedo a los insectos y empezara a mirarlos con curiosidad y respeto. Son animales extraordinarios que llevan millones de años adaptándose al planeta y desempeñan un papel esencial en los ecosistemas. Cuanto más los conocemos, mejor comprendemos su importancia y más motivos tenemos para protegerlos. Estoy convencido de que todavía nos queda mucho por aprender sobre ellos, en especial, de la organización de los insectos sociales y de su extraordinaria capacidad de adaptación.

 

 

Sobre la autora

María Larumbe es periodista y responsable de comunicación en la Cátedra de Cultura Científica de la EHU.

 

—

Si quieres seguir descubriendo el mundo de los insectos…

 

 

 

 

 

El artículo Sergi Romeu, entomólogo: “Los insectos son el menú principal de la mayoría de animales” se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Received — 11 September 2026 ⏭ Cuaderno de Cultura Científica

El decágono en las nubes de Saturno

11 September 2026 at 10:59
Mapa polar del hemisferio sur de Saturno obtenida en la longitude de onda de 763 nm el 29 agosto 2025 con el Telescopio Espacial Hubble. Imagen: NASA, ESA, A. Sánchez-Lavega / EHU

Un equipo de la EHU descubre una estructura en forma de decágono en las nubes de Saturno. La investigación liderada por el catedrático Agustín Sánchez-Lavega se ha apoyado en las imágenes obtenidas por el telescopio Hubble y una amplia red de astrónomos aficionados y permitirá avanzar en el conocimiento de los fenómenos atmosféricos en los planetas gaseosos.

Cuando las naves espaciales Voyager 1 y Voyager 2 sobrevolaron en los años 1980 y 1981 el planeta Saturno, entre sus muchos descubrimientos, destacó la presencia en sus nubes superiores de una formación con geometría hexagonal rodeando al polo norte del planeta. Dicha estructura, conocida como el hexágono de Saturno, ha sobrevivido hasta nuestros días, a lo largo de más de un año de ese planeta (que equivale a unos 30 años terrestres). Nunca se había observado nada semejante en ningún planeta del Sistema Solar y su naturaleza sigue siendo un desafío para los meteorólogos planetarios.

El hexágono de Saturno visto desde el polo norte. Fuente: NASA

Curiosamente, a pesar de la simetría en la distribución de los vientos y en la dinámica atmosférica en Saturno, durante todos los años transcurridos desde entonces, no se había observado una estructura semejante en el hemisferio sur, lo que desconcertaba a la comunidad investigadora. Pero en el año 2023, a medida que el hemisferio sur del planeta se iba haciendo más visible, las imágenes tomadas con el Telescopio Espacial Hubble (HST) mostraban no un hexágono sino una estructura decagonal (un polígono de diez lados) alrededor de la región polar sur del planeta. Las imágenes obtenidas posteriormente con el HST en los años 2024 y 2025, así como las obtenidas con telescopios en Tierra, confirmaron su existencia. Las imágenes muestran que algunos vértices del decágono están menos contrastados que otros, lo que sugiere que se trata de un fenómeno en desarrollo, quizás por ahora menos estable que el hexágono.

«Estamos realmente sorprendidos por este descubrimiento, totalmente inesperado, y que abre las puertas a una investigación detallada en los próximos años de esta peculiar estructura atmosférica y a su comparación con el hexágono», declara Agustín Sánchez-Lavega, profesor emérito de la EHU en la Escuela de Ingeniería de Bilbao, quien lidera el estudio que se publica en la revista de alto impacto Science Advances.

Localización del decágono, indicada por la flecha negra. Imagen: NASA, ESA, A. Sánchez-Lavega / EHU

Para poder seguir la evolución del decágono con regularidad, la investigación se ha apoyado en las imágenes obtenidas por una amplia red de astrónomos aficionados que con sus telescopios han sido capaces, a lo largo del año 2025, de observar los vértices del decágono, lo que ha permitido estudiar con precisión su movimiento. Al igual que el hexágono, el decágono se encuentra inmerso en una corriente en chorro cuya velocidad máxima es de unos 400 kilómetros por hora, si bien el propio decágono se mueve como un todo, lentamente con respecto a la rotación del planeta, a unos 10 kilómetros por hora. Simultáneamente, sus vértices avanzan realizando un movimiento oscilante, con un período de unos 32 días, algo no observado en el hexágono.

En paralelo, gracias a observaciones en el infrarrojo realizadas con el telescopio VLT del Observatorio Europeo Austral (ESO), realizadas por un equipo angloamericano, se ha podido estudiar la estructura térmica en la región del decágono y obtener medidas de los vientos que muestran cambios en su velocidad con la altura. Simultáneamente, las imágenes del HST obtenidas en diferentes rangos espectrales muestran una estratificación vertical en las nubes y nieblas superiores que conforman el decágono.

La naturaleza del fenómeno desafía los modelos atmosféricos. «No sabemos si tanto el hexágono como el decágono son estructuras enraizadas en profundidad en la atmósfera del planeta, bajo las capas de nubes superiores, o bien se trata de formaciones meteorológicas superficiales, que afectan solo a dichas nubes», explica Sánchez-Lavega. Para explorar estas ideas, en colaboración con investigadores de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC), se han llevado a cabo simulaciones numéricas sobre un modelo simplificado de atmósfera que muestran, preliminarmente, que una onda con geometría decagonal puede generarse de diferentes formas y sobrevivir un tiempo sobre la corriente en chorro sobre la que se asienta.

La investigación abre muchas preguntas básicas sobre los fenómenos atmosféricos en los planetas gaseosos. ¿Por qué solo Saturno forma este tipo de ondas poligonales? ¿Guarda el fenómeno alguna relación con la disposición poligonal de cinco y ocho lados de los ciclones que rodean a los polos de Júpiter? Nuevas observaciones del fenómeno a lo largo de los próximos años, en los que la visibilidad del hemisferio sur del planeta se irá incrementando, ayudarán a su caracterización y a la realización de modelos avanzados que permitan resolver este curioso rompecabezas atmosférico.

Referencia:

Agustín Sánchez-Lavega, Amy A. Simon, Michael H. Wong, Leigh N. Fletcher, Arrate Antuñano, Ricardo Hueso, Peio Iñurrigarro, Aida Flix-Bellmunt, Arnau Miró, Enrique García-Melendo, Trevor Barry, Jean-Paul Oger, Glenn S. Orton, Itziar Garate-Lopez (2026) A decagon wave around Saturn’s south pole Science Advances doi: 10.1126/sciadv.aee4251

Edición realizada por César Tomé López a partir de materiales suministrados por UPV/EHU Komunikazioa

El artículo El decágono en las nubes de Saturno se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

El Grito que surgió de un volcán

10 September 2026 at 10:59

La noche del pasado viernes 4 de septiembre entró en erupción el volcán indonesio Anak Krakatau, permitiendo que, de nuevo, la Geología copase los medios de comunicación y las redes sociales. Así que, aprovechando el momento y de manera similar a la curiosidad que os conté hace un par de semanas sobre la erupción del Tambora, hoy voy a centrarme en relataros las consecuencias más llamativas de una de las erupciones más importantes que sufrió el “padre volcánico” del Anak Krakatau, el Krakatoa.

Contorno de las islas presentes en el estrecho de Sonda (Indonesia) antes (A) y después (B) de la erupción del Krakatoa de 1883. A) Imagen de ChrisDHDR y B) imagen de Sémhur, ambas de Wikimedia Commons

El 27 de agosto de 1883, en una pequeña isla volcánica situada en el estrecho de Sonda, entre las islas de Java y Sumatra, tres volcanes que atravesaban la isla casi de norte a sur entraron en erupción. Se produjeron cuatro explosiones tremendas, convirtiéndose una de ellas en el sonido más fuerte jamás registrado por la historia de la humanidad, generando unas ondas expansivas que dieron la vuelta al mundo. Además, se expulsaron hacia la atmósfera toneladas de ceniza, fragmentos de rocas y gases de azufre en una enorme columna ardiente que, al colapsar, atravesó la isla a gran velocidad, destruyendo todo lo que pilló por delante. Hasta que alcanzó el mar, donde la descarga de ese enorme volumen de material volcánico generó un tsunami gigantesco, con olas de más de 40m de altura, que arrasó los pueblos costeros de las islas cercanas, incluidas Java y Sumatra.

 

Días después, cuando el caos cesó, se pudieron evaluar sus consecuencias. Dos tercios de la isla original desaparecieron y se contabilizaron más de 40.000 personas muertas entre todas las islas de alrededor, debido tanto al flujo ardiente de materiales volcánicos como al tsunami posterior. Pero el principal efecto de esta erupción, tal y como sucedió con el Tambora, se encontraba en la atmósfera. Todas esas cenizas y gases de azufre formaron una especie de escudo que impidió la entrada de los rayos del Sol, provocando un descenso de aproximadamente 1ºC en la temperatura promedio en todo el Hemisferio Norte el año siguiente a la erupción. Bajada térmica que duró entre 2 y 5 años, afectando a las cosechas de toda Europa y América del Norte.

Litografía de la erupción del Krakatoa realizada en 1888. Imagen de la litográfica Parker & Coward / Wikimedia Commons

Pero las más afectadas por esta erupción fueron las islas de Java, Sumatra y todos los pequeños islotes desperdigados entre ambas. Gran parte de sus litorales quedaron arrasados por el tsunami, sus terrenos se cubrieron de ceniza y el cambio en las condiciones climáticas acabó con su precaria agricultura. A las muertes directas provocadas por el volcán, se sumaron las generadas por el hambre y las enfermedades en los meses siguientes.

 

Por aquel entonces, esta zona formaba parte del territorio colonial de los Países Bajos bajo la denominación de las Indias Orientales Neerlandesas. Pero, ante la catástrofe volcánica, los colonizadores no respondieron con la ayuda necesaria y solicitada por la población, sino que mantuvieron sus exigencias económicas. Esta respuesta neerlandesa provocó un descontento generalizado entre la población que culminó con numerosos disturbios tanto en Java como en Sumatra, como la Revuelta Campesina de Banten. Así que, aunque Indonesia no consiguió su independencia completa hasta después de la Segunda Guerra Mundial, la erupción del Krakatoa fue la mecha que encendió la liberación del dominio colonial en toda esta zona que forma el límite entre los océanos Índico y Pacífico.

 

Sin embargo, la cobertura atmosférica de gases y cenizas volcánicas expulsadas por el Krakatoa no sólo produjo el descenso generalizado de las temperaturas, también nos trajo el alarido más famoso del arte pictórico. En 1892, casi una década después de la erupción, un joven que paseaba por la ciudad noruega de Oslo se quedó mirando perplejo el atardecer ante un espectáculo visual que le impresionó tanto como para dejar constancia en su diario personal con las siguientes palabras: “De repente el cielo se tiñó de rojo. Había sangre y lenguas de fuego sobre el azul y negro del fiordo y la ciudad. Mis amigos se fueron y me quede solo, temblando de ansiedad. Sentí un gran e interminable grito atravesando la naturaleza”. Ese joven era Edvuard Munch, y justo un año después de dejar por escrito ese texto, presentó uno de sus cuadros más famosos, El Grito.

El Grito (1893). Oleo temple y pastel sobre cartón.  de Edvuard Munch. Fuente: National Gallery de Oslo / Wikimedia Commons

Ese cielo rojizo y anaranjado que caracteriza la obra de Munch se debe al efecto óptico provocado por los aerosoles que aún persistían en la atmósfera mundial. En concreto, los cielos contaminados por cenizas volcánicas dispersan más la luz solar, generando atardeceres más rojizos de lo habitual. De manera idéntica a lo que podemos apreciar cuando se acumula mucho polvo procedente del desierto o demasiada contaminación antrópica en la atmósfera.

 

Si de la erupción del volcán Tambora en 1815 nació un monstruo, de la erupción de 1883 del Krakatoa surgieron una revolución anticolonial y un desgarrador grito que aún nos sigue conmocionando cada vez que lo vemos. Vamos, que un par de erupciones en Indonesia transformaron la literatura gótica inglesa, cambiaron la concepción artística en la pintura noruega y desestabilizaron los cimientos coloniales del poderoso imperio neerlandés. ¡Menudo efecto mariposa geológico!

 

Sobre la autora: Blanca María Martínez es doctora en geología, investigadora de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y colaboradora externa del departamento de Geología de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la UPV/EHU

El artículo El Grito que surgió de un volcán se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Received — 9 September 2026 ⏭ Cuaderno de Cultura Científica

Algunas galletas tienen mucha ciencia…

9 September 2026 at 10:59

A mediados del mes de septiembre se defienden algunos de los trabajos fin de máster de nuestro alumnado. Formo parte del tribunal de uno de estos trabajos que trata sobre cohomología y sus aplicaciones. El autor del trabajo incluye una aplicación “gastronómica” en la que utiliza la teoría clásica que ha expuesto en los capítulos previos para refutar una conjetura del matemático y físico Vicente Bosca sobre los llamados “∞-Oreos”.

 

galletas
Diferentes tamaños de galletas Oreo. Fuente: Wikimedia Commons.

 

Me picaba la curiosidad y, a través del artículo de Bosca, he encontrado bastantes curiosidades sobre las diferentes variaciones de estas famosas galletas, las Oreo, que vamos a llamar sencillamente O.

 

Las galletas O originales

 

Las galletas O, las más vendidas del mundo, se pueden adquirir en más de cien países. Fueron elaboradas por primera vez el 6 de marzo de 1912 en la fábrica de la empresa Nabisco de Nueva York. Se lanzaron en ese momento dos sabores, las originales y una con sabor a limón, que dejó de fabricarse en 1920.

 

Cada pieza original contiene un 29 % de crema de vainilla y un 71 % de galleta (en dos piezas) de chocolate. Por motivos publicitarios, de vez en cuando, se lanza una nueva propuesta con una crema diferente, aunque suelen desaparecer del mercado en poco tiempo.

 

Las ‘Thin’, las ‘Double’, las ‘Mega’, las ‘Most’… y la física de la crema

 

En cierto momento se lanzaron las galletas O, “Double Stuf” con, supuestamente, el doble de relleno y después las “Mega Stuf” con el triple de crema que la original. Y, supongo que en un intento de motivar al alumnado, en 2013, un profesor de matemáticas de escuela secundaria puso como tarea a su alumnado comprobar si lo que se prometía sobre la cantidad de crema de relleno era cierta. El profesor compró paquetes de galletas de los tres tipos, y pesando las unas y las otras (incluso pesando las obleas por separado, eliminando la crema, para comprobar sus mediciones), comprobaron que las doble sólo tenían 1,86 veces más crema que las O originales y las triples 2,68 veces… ¡indignante! ¡Hasta la CNN se hizo eco!

 

Los portavoces de la empresa de galletas, sin querer menospreciar las habilidades matemáticas del alumnado, aseguraron que las cantidades eran las prometidas en la publicidad. Es cierto que algunas otras personas hicieron sus propios experimentos y dieron la razón a la empresa.

 

Parece que no solo se les ocurren estas cosas a las personas que se dedican a las matemáticas. James Lamers, fotógrafo y mochilero, también hizo sus propios cálculos en 2020, incluyendo en su caso las “Thin” y las “Most Stuf”, con la mitad y el cuádruple de crema que las galletas originales.

 

Lamers, con un método muy científico, midió el grosor de lada galleta y las pesó (completas y en partes, separando las obleas de la crema… labor que no siempre es fácil si se busca precisión). Además, como deportista también estudió las cualidades nutritivas de cada tipo de galleta.

 

Y descubrió que las “Thins” (de 7 mm de grosor, con dos obleas de 2 mm) tienen mayor proporción de crema que las originales (12 mm de grosor, con obleas de 4 mm). Descubrió que las “Double Stuf” tenía el doble de crema, en contra de otros experimentos realizados, como el nombrado arriba. Aunque se disculpaba aludiendo a sus métodos de medición poco precisos que podían “engañarle”. Con las “Mega Stuf” se quedó sorprendido porque tienen el mismo grosor que las “Double” (14 mm)… pero había más crema porque ésta cubría una mayor superficie, pero tan solo contenía 2,5 veces más cantidad que las originales. Y las “Most Stuf” contenían 3,5 veces la cantidad de crema de las originales en vez de las 4 anunciadas… Lamers afirmaba que ya eran suficientemente empalagosas de esta manera y confesaba su preferencia por las originales.

 

Por si las matemáticas no fueran suficientes, hay personas (serias) en revistas (científicas serias) que también estudian la crema de las galletas O. El resumen de este artículo sobre “oreología” así lo explica:

 

Usando un reómetro de laboratorio, medimos la mecánica de fallas de la “crema” del oreo epónimo y sondeamos la influencia de la tasa de rotación, la cantidad de crema y el sabor en la curva de tensión-deformación y la distribución de crema post mortem. Los resultados típicamente muestran fallos adhesivos, en los que casi toda (95 %) crema permanece en una oblea después del fallo, y lo atribuimos al proceso de producción, ya que confirmamos que el lado pesado de la crema está orientado uniformemente dentro de la mayoría de las cajas de Oreos. Sin embargo, las galletas en cajas almacenadas en condiciones potencialmente adversas (mayor temperatura y humedad) muestran un fallo cohesivo que resulta en la división de la crema entre las mitades de la oblea después del fallo. La mecánica de fracaso clasifica aún más la textura de la crema como “pastosilla”. Finalmente, introducimos y validamos el diseño de un oreómetro impreso tridimensionalmente de código abierto impulsado por bandas elásticas y monedas para fomentar estudios en el hogar de mayor precisión para contribuir con nuevos descubrimientos a este incipiente campo de estudio.

 

Había pensado que podía ser una broma del 1 de abril… pero parece que no.

 

Las ∞-Oreos

 

Vuelvo al origen de mi inmersión en el fascinante mundo de las galletas. Esto ya es más complicado. Bosca habla en este artículo aún no publicado sobre productos alimenticios que contienen versiones de sí mismos. Y como no, volvemos a las galletas O, para estudiar las “Loaded”, galletas “Mega Stuf” cuyo relleno contiene migas de la oblea de chocolate. El propio autor explica que se pueden ver como el resultado de mezclar una “Mega Stuf Oreo” en un “Mega Stuf”. Y se trata de iterar este proceso para producir una secuencia de galletas cada vez más “autorreferenciales”. Y después, Bosca toma el límite para obtener la ∞-Oreo. Y claro, se trata de estudiar cómo queda el relleno. El autor demuestra que el relleno de la ∞-Oreo contiene aproximadamente 95,8 % de crema y 4,2 % de oblea.

 

Todo este estudio (en el que aparecen más alimentos) se hace usando definiciones y teoremas matemáticos. No puedo explicar en este medio la conjetura a la que me he referido al principio, pero tiene que ver con conceptos de topología algebraica. ¡Lo que dan de sí estas galletas!

 

 

Y para terminar…

 

Las galletas O son conocidas por sus extraños sabores y tamaños promocionales que aparecen en los titulares y luego desaparecen, porque son eso, promocionales. Hace unos días vi una nueva vuelta de tuerca, la pollo Oreo Original Recipe, una hamburguesa de pollo cubierta con puré de patatas y espolvoreada con migas de galletas O… que se sirve en un pan de hamburguesa de chocolate con sabor a O negro. ¡Están disponibles por tiempo limitado… en China!

 

Referencias

 

 

Sobre la autora: Marta Macho Stadler es profesora de Topología en el Departamento de Matemáticas de la UPV/EHU, y editora de Mujeres con Ciencia

El artículo Algunas galletas tienen mucha ciencia… se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Un plástico que señala dónde ha recibido un golpe

8 September 2026 at 10:59

 

Muchos materiales han podido sufrir una deformación considerable sin que a simple vista podamos saber qué ha ocurrido en su interior. Así, un plástico puede estirarse, doblarse o recibir una carga repetida y conservar aparentemente el mismo aspecto mientras, a escala molecular, las fuerzas han recorrido su estructura, modificándola y, con ello, alterado sus propiedades. Una de las aspiraciones de la llamada mecanoquímica es hacer visible ese proceso: conseguir que un material responda a una fuerza con una señal que podamos observar. Un equipo de investigadores ha encontrado una forma de conseguirlo que, aunque la aplicación práctica concreta de este caso se nos antoje remota, es muy ingeniosa y muestra como pueden relacionarse tres escalas de observación distintas en un solo fenómeno. Veámoslo, centrándonos en el cómo, no en el qué.

Mecanocromismo

Una de las vías más estudiadas para visualizar el estrés mecánico recibido consiste en introducir en las cadenas del polímero unas moléculas especialmente diseñadas, llamadas mecanóforos, capaces de experimentar una transformación química cuando reciben suficiente fuerza. Cuando esa transformación produce un cambio de color o de emisión luminosa hablamos de mecanocromismo. La idea no es nueva: los mecanóforos llevan años utilizándose como herramientas para relacionar lo que sucede a escala molecular con la deformación de un material.

El problema es que introducir uno de estos «sensores moleculares» en un polímero no suele ser sencillo. En muchos casos hay que diseñar y sintetizar las cadenas poliméricas teniendo en cuenta desde el principio dónde debe quedar situado el mecanóforo. Eso limita la posibilidad de aprovechar directamente materiales que ya se fabrican y utilizan a escala industrial. El trabajo de Kuniaki Ishizuki y colaboradores plantea una alternativa: en lugar de modificar químicamente el polímero que queremos convertir en sensor, añadirle otro polímero que lleve incorporado el mecanóforo. Puede parecer trivial, pero no lo es en absoluto.

La clave está en la estructura

Para entender por qué funciona hay que mirar primero la arquitectura del material elegido. Los investigadores utilizaron SBS, un copolímero en bloque de estireno y butadieno. En un copolímero en bloque, distintos segmentos de la cadena están formados por diferentes unidades químicas agrupadas, de ahí el originalísimo nombre, en bloques; esta arquitectura permite combinar propiedades que serían difíciles de obtener con un solo polímero

El SBS tiene una característica clave: sus dos componentes no se mezclan completamente a escala microscópica. Se organizan en pequeños dominios. Unos están constituidos por poliestireno y son relativamente rígidos; otros corresponden al polibutadieno y son mucho más flexibles. Es lo que se denomina separación de microfases. Esta organización no es un defecto del material, sino precisamente una de las razones por las que los copolímeros de este tipo pueden comportarse como elastómeros termoplásticos: combinan la flexibilidad de una fase blanda con la consistencia de las regiones rígidas.

Iguales tienden a juntarse

mecanocromismo
Fuente: K. Ishizuki et al. (2026)  Advanced Materials doi: 10.1002/adma.74610

Los investigadores aprovecharon esta característica. para ello, prepararon un poliestireno que contiene, aproximadamente en el centro de cada cadena, una molécula llamada tetraarilsuccinonitrilo, abreviada TASN. Esa molécula es el mecanóforo propiamente dicho. El nuevo polímero, denominado PS-TASN-PS, se mezcló físicamente con SBS. Como el material añadido es químicamente poliestireno, tiende a incorporarse a los dominios de poliestireno del SBS. De este modo, el mecanóforo acaba situado en la misma región del material en la que a recibir la fuerza.

No hace falta construir de nuevo toda la cadena del plástico para introducir el mecanocromismo. Se puede aprovechar la organización interna que ya posee el material y añadir un segundo polímero que «sepa» dónde colocarse.

Cuando el SBS se estira poco, la deformación se produce principalmente en las regiones blandas de polibutadieno. El mecanóforo situado en los dominios rígidos de poliestireno apenas recibe suficiente fuerza para reaccionar. Pero, al aumentar la deformación y superar el punto de fluencia del material, la situación cambia. Los experimentos muestran que la señal mecanoquímica aumenta claramente a partir de ese momento: una parte cada vez mayor de la fuerza aplicada llega a los dominios rígidos y se transmite a las cadenas que contienen TASN.

Entonces ocurre algo extraordinario para un material que, a simple vista, sigue siendo simplemente plástico. El enlace central del TASN puede romperse por efecto de la fuerza, generando dos especies químicas llamadas radicales de diariacetonitrilo (DAAN). Estas especies son fluorescentes. Por eso, después de estirar las películas, los investigadores observaron una emisión amarillo-verdosa cuando las iluminaron con luz ultravioleta de 365 nanómetros. Además de observar la fluorescencia, confirmaron mediante espectroscopia de resonancia paramagnética electrónica que se habían formado realmente esos radicales.

No tiremos cohetes

Ojo, esto no significa que el plástico vaya a brillar ante cualquier pequeño arañazo o que permita identificar automáticamente una grieta antes de que aparezca. En los experimentos, la respuesta fue pequeña antes del punto de fluencia y aumentó con deformaciones grandes. De hecho, para caracterizar de forma reproducible la fluorescencia los autores llegaron a estirar las muestras hasta un 1000 % (mil por ciento, has leído bien) de deformación, aunque siempre por debajo de su rotura. Por tanto, el resultado debe entenderse como una demostración de que es posible hacer visible la transferencia de fuerza dentro de estos materiales.

Pero no es un detector comercial de daños listo para utilizar. El comportamiento no es como el de una bombilla que se enciende y se queda encendida. Tras retirar la carga, la fluorescencia disminuye rápidamente y prácticamente desaparece al cabo de un día. Los radicales generados por la ruptura del TASN permanecen suficientemente próximos dentro de los dominios de poliestireno para volver a combinarse. Si el material se vuelve a estirar después de haber descansado, la fluorescencia reaparece. En uno de los experimentos, además, las curvas mecánicas de los dos ciclos fueron prácticamente iguales. El material, por tanto, conserva su comportamiento mecánico mientras su señal luminosa puede regenerarse.

Fijémonos, tres escalas

El verdadero interés para este químico de este resultado está menos en el destello amarillo-verdoso que en la estrategia que lo hace posible. La investigación demuestra que la microestructura de un polímero puede utilizarse como una herramienta para llevar una fuerza macroscópica hasta una reacción química localizada. Es una forma particularmente elegante de conectar tres escalas: la deformación que podemos aplicar con las manos, la organización microscópica de las distintas partes del plástico y, finalmente, la ruptura de un enlace químico individual.

Convertir esta demostración en una tecnología capaz de diagnosticar componentes reales requerirá todavía estudiar cuestiones como la sensibilidad, la geometría de las piezas, la fatiga y las condiciones de servicio. Pero el principio queda establecido: en determinados copolímeros, no es necesario rediseñar todo el material para hacerlo sensible a la fuerza. A veces basta con entender muy bien cómo está organizado por dentro y colocar el «chivato» molecular en el lugar adecuado, y, en cualquier caso, disfrutar intelectualmente de que esto sea posible.

Referencia:

K. Ishizuki, A. Kodaka, A. Takahashi, and H. Otsuka (2026) Stress Transfer Within Microphase-Separated Structures: A Post-Synthetic Strategy to Impart Mechanoresponsiveness to Block Copolymer Materials Advanced Materials doi: 10.1002/adma.74610

 

Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance

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Un sistema defensivo es legado por las plantas a su descendencia a través del suelo

7 September 2026 at 10:59

Las plantas tienen que enfrentarse continuamente a desafíos de su entorno. Necesitan luz, nutrientes, agua y, no menos importante, defensas contra los herbívoros que se alimentan de ellas. Estas defensas pueden ser directas como, por ejemplo, el desarrollo de espinas o la acumulación de sustancias tóxicas. También pueden ser indirectas, basadas en la atracción de depredadores o parasitoides de los herbívoros que las atacan.

Es especialmente interesante el caso de los parasitoides. Reciben este nombre los animales, frecuentemente insectos himenópteros, que depositan sus huevos en un hospedador. Cuando las larvas emergen, se alimentan de los tejidos de dicho hospedador, que se mantiene vivo por algún tiempo. Finalmente, las voraces larvas causan la muerte de su víctima. Por esta razón, no se consideran auténticos parásitos, y los denominamos parasitoides. Este comportamiento, referido en particular a ciertos icneumónidos, fue mencionado por Charles Darwin en una carta a su amigo Asa Gray en 1860, porque le hacía difícil creer en la existencia de la benevolencia  divina:

 “No puedo persuadirme de que un Dios benévolo y omnipotente hubiera diseñado intencionalmente a los icneumónidos con el expreso propósito de que se alimentaran dentro del cuerpo vivo de las orugas.”

Sabíamos desde hace tiempo que una planta atacada por orugas puede liberar compuestos volátiles que atraigan parasitoides para su defensa. Esto se ha comprobado en numerosas especies de plantas, tanto silvestres como cultivadas[1].

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A la izquierda, la judía Vigna unguiculata utilizada en la investigación. Fuente: Francisco Manuel Blanco, Flora de Filipinas, dominio público.  A la derecha, galería excavada por una larva de la mosca minadora Liriomyza commelinae, muy similar a la citada en este estudio (Liriomyza trifolii). Obsérvese como se ensancha la galería a medida que la larva va creciendo. Fuente: Even Dankowicz, CC BY 4.0.

Un grupo de investigación chino acaba de publicar en Cell Reports un sorprendente artículo acerca de este tema. En un modelo experimental de planta atacada por una larva de mosca, el grupo demostró que este ataque no solo inducía la atracción de parasitoides, sino que además condicionaba el suelo para que futuras generaciones de plantas disfrutaran de la misma protección. La planta en cuestión es una especie de judía (Vigna unguiculata), sus atacantes son las larvas de la mosca minadora (Liriomyza trifolii) (Figura 1) y el aliado parasitoide la avispilla Neochrysocharis formosa, a la que vemos aquí poniendo huevos en su víctima:

El estudio, en primer lugar, constató que las plantas atacadas atraían activamente a los parasitoides, al tiempo que elevaban la producción de una fitohormona clave en la respuesta a la agresión: el ácido jasmónico. Una vez comprobado esto, eliminaron las plantas, y utilizaron la tierra en la que habían crecido plantas atacadas (tierra condicionada) y no atacadas por la plaga (tierra control). Las judías que crecieron en la tierra condicionada atrajeron más parasitoides que las judías control, aunque no estaban siendo atacadas. Es decir, las plantas de la siguiente generación ya estaban preparadas preventivamente para un ataque de las moscas minadoras.

A partir de esta observación, se realizó una serie de experimentos para conocer el mecanismo de esta defensa heredada. Se comprobó que el fenómeno era dependiente de la producción de ácido jasmónico. También se observó que en las raíces de las plantas atacadas aumentaba la producción de unos compuestos llamados flavonoides, muy importantes para las plantas.

Por otro lado, si la tierra condicionada era esterilizada, las nuevas plantas perdían la capacidad de atracción de parasitoides, lo que indicaba un papel de las comunidades microbianas de la rizosfera (la parte del suelo inmediata a las raíces vivas). En definitiva, la conclusión del estudio fue la siguiente: la planta atacada por la mosca minadora produce ácido jasmónico y emite compuestos volátiles que atraen a parasitoides. Al mismo tiempo, sus raíces segregan flavonoides, lo que modifica la composición de la microbiota local. La comunidad microbiana modificada actúa sobre la nueva generación de plantas induciendo la producción de ácido jasmónico y la emisión de los compuestos volátiles atractivos para los parasitoides[2] (Figura 2).

suelo
Resumen gráfico del artículo comentado en el texto. Las plantas atacadas por la plaga condicionan el suelo liberando flavonoides por sus raíces. Esto modifica la comunidad microbiana local de forma que, al crecer nuevas plantas en ese suelo, estas responden con procesos mediados por la fitohormona ácido jasmónico (JA). Así se estimula la liberación de moléculas volátiles que atraen parasitoides, aunque la planta no haya sido todavía atacada. Fuente: Gao et al. (2026), citado en referencias, con licencia CC-BY 4.0.

Estos resultados son extraordinarios por dos razones: por primera vez se demuestra que las defensas indirectas usadas por las plantas pueden legarse a la siguiente generación a través del suelo. En segundo lugar, la planta involucra para su defensa y la de sus descendientes a organismos de dos reinos diferentes, animales (los parasitoides) y bacterias (las de la rizosfera). Dado que los parasitoides se están utilizando cada vez más en el control biológico de plagas, estos resultados podrían ser de aplicación para la protección de los cultivos.

Notas:

[1] Esta es una razón más para un uso racional de los insecticidas fitosanitarios. Combaten las plagas, pero también pueden afectar a parasitoides beneficiosos y a polinizadores.

[2] Los investigadores pudieron incluso identificar uno de estos compuestos volátiles, el (Z)-3-hexenyl-acetato.

Referencias

Gao, Y., Hong, H., Chen, Q. et al. (2026) Herbivory leaves a soil-borne defensive legacy that recruits parasitoids Cell Reports doi: 10.1016/j.celrep.2026.117869.

 

Sobre el autor: Ramón Muñoz-Chápuli Oriol es Catedrático de Biología Animal (jubilado) de la Universidad de Málaga.na razón más para un uso racional de los insecticidas fitosanitarios. Combaten las plagas, pero también pueden afectar a parasitoides beneficiosos y a polinizadores.

El artículo Un sistema defensivo es legado por las plantas a su descendencia a través del suelo se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Los ojos de un viejo tiburón

6 September 2026 at 10:59

 

Groenlandia
Fotografía del esquivo tiburón de Groenlandia nadando en aguas profundas. Fuente: NOAA Flickr CCommons

 

Durante siglos los pueblos que habitaban (y navegaban) las costas del Atlántico norte hablaban de un enorme tiburón que se movía lentamente, como un espectro pálido y sigiloso, bajo las frías aguas de aquellos mares. Durante mucho tiempo este misterioso animal no solo alimentó las fantasías y leyendas de los pobladores nórdicos sino que también llenó sus estómagos con su carne en antiguas recetas, como el Hákarl, que aún se conservan en nuestros días. Tuvimos que esperar hasta principios del siglo XIX, concretamente a 1801, para que dos naturalistas alemanes Marcus Elieser Bloch y Johann Gottlob Schneider pudieran clasificarlo científicamente, bautizándolo como Squalus microcephalus, aunque estudios posteriores lo reclasificaron dentro del género Somniosus. Su nombre común, el nombre con el que todos lo conocemos es tiburón de Groenlandia o tiburón boreal, un fabuloso tiburón que ronda entre los cinco y siete metros de longitud y que habita en las gélidas profundidades de los mares árticos.

La gran sorpresa llegó en 2016 cuando un equipo de biólogos de la Universidad de Copenhague en Dinamarca, publicó en la revista Science que los tiburones de Groenlandia son los vertebrados más longevos del mundo, con una esperanza de vida que puede superar los 500 años… un hecho fascinante que nos hace volar la imaginación hacia la paradoja temporal de que quizá algunos de los tiburones analizados por los investigadores daneses en su estudio en Science podrían ser los mismos que catalogaron Bloch y Schneider en 1801 y, quién sabe, si alguno llegaría a ser protagonista de esos viejos mitos y leyendas de los pueblos inuits un par de siglos antes…

Groenlandia
Ilustración de Bloch y Schneider del tiburón boreal en 1801, Fuente: Dominio Público

 

Los ojos de este viejo tiburón han sido claves para los dos grandes descubrimientos que vamos a tratar. El primero, la determinación de su longevidad en el estudio de 2016, se realizó mediante «datación por radiocarbono de los núcleos del cristalino de 28 tiburones hembras de Groenlandia (de 81 a 502 cm de longitud total) que reveló una esperanza de vida media de al menos 272 años». El trabajo de los investigadores daneses llegó a conclusiones sorprendentes como que la edad de madurez sexual de la especie llega a aproximadamente a los 160 años y que el ejemplar más grande analizado (más de cinco metros) presentaba dataciones de casi 400 años (con un error de  ± 120 años). Esto convertía al tiburón boreal en un récord Guiness viviente, el vertebrado más longevo conocido, desbancando a otro titán acuático, la ballena boreal que también nada en los mismos mares árticos y que posee una esperanza de vida de unos 200 años.

Sin embargo, todos sabemos que la edad conlleva importantes desventajas y parecía que la extensa longevidad del tiburón de Groenlandia también le acarrea graves deficiencias visuales, que sumadas a la presencia de un parásito corneal que le acompaña habitualmente, hicieron pensar que estos tiburones, especialmente los de edad más avanzada, eran prácticamente ciegos.

Aquí es donde llega el segundo gran hallazgo sobre la especie. Recientemente, un artículo publicado en Nature Communications, ha tirado por tierra esas ideas previas que nos habíamos formado sobre el tiburón de Groenlandia. En este caso, el estudio lo ha realizado una colaboración investigadores de las Universidades de Basilea y California-Irvine y comienza su abstract de esta manera:

«Debido a su extrema esperanza de vida, sus duras condiciones ambientales y su frecuente parasitación en la córnea, anteriormente se pensaba que el tiburón de Groenlandia tenía una visión deteriorada o degenerada. Aquí presentamos evidencia genómica, transcriptómica, histológica y funcional de que el tiburón de Groenlandia conserva un sistema visual intacto y bien adaptado a la vida en condiciones de poca luz. La histología y la expresión de opsina in vitro revelaron adaptaciones visuales típicas de las especies de aguas profundas, incluidos bastones alargados y densamente empaquetados y un cambio de longitud de onda corta en la sensibilidad visual del pigmento de los bastones en comparación con los tiburones de aguas poco profundas. La hibridación in situ confirmó la presencia de tipos de células visuales esenciales: bastones, glía de Müller y células bipolares, amacrinas y ganglionares. Además, a pesar de tener más de un siglo de antigüedad, los especímenes examinados no mostraron signos evidentes de degeneración de la retina».

Groenlandia
Circuito visual intacto y adaptaciones visuales subcelulares en el tiburón de Groenlandia. Fuente: Fogg, Lily G., et al.  (2026) Nature Communications doi: 10.1038/s41467-025-67429-6.

Este nuevo estudio comenzó con una simple idea y una observación mientras miraban unos clips en Youtube, una cuestión que terminó convirtiéndose en una pregunta a responder… la evolución nos ha enseñado que no suele conservar órganos que no son necesarios pero, «después de ver muchos vídeos, notamos que estos animales movían sus globos oculares hacia la luz». Durante los siguientes años, los investigadores estadounidenses iniciaron una colaboración científica con la Estación Ártica de la Universidad de Copenhague en la isla Disko, Groenlandia, para analizar los ojos de diferentes especímenes de tiburón boreal.

«El laboratorio olía como un mercado de pescado», recuerda Emily Tom, una de las autoras del estudio, mientras realizaba los análisis morfológicos, genéticos, histológicos y específicos de tejido ocular de tiburón. Tras cuatro años de investigaciones (2020 a 2024) los investigadores «no encontraron evidencia de muerte celular en la retina» lo que sugiere que «la notable esperanza de vida del tiburón de Groenlandia no viene necesariamente acompañada del grave deterioro de la retina que podría esperarse en un animal tan viejo».

Las conclusiones más interesantes del artículo apuntan a que los tiburones de Groenlandia poseen «un mecanismo de reparación del ADN que les permite preservar su vista durante siglos sin mostrar signos de degeneración de la retina. Además, sus sistemas visuales también parecen especialmente adaptados a los niveles de luz extremadamente bajos de su hábitat ártico».

Resulta difícil no pensar en el ser humano al leer este nuevo estudio. El envejecimiento conlleva una inexorable y progresiva caída en nuestras capacidades visuales pero, si un vertebrado tan longevo como el tiburón de Groenlandia es capaz de mantener su sistema visual en tan buen estado durante siglos, quizás entender cómo lo hace podría ofrecernos pistas sobre mecanismos de protección aplicables a enfermedades humanas relacionadas con el paso de los años como las cataratas, la presbicia o la degeneración macular asociada a la edad. Por supuesto, este estudio es una primera aproximación, no tiene una aplicación clínica directa todavía, pero es el tipo de ciencia básica comparativa que bien podría alimentar futuras líneas de investigación sobre envejecimiento y enfermedades oculares para nosotros.

 

Referencias científicas y más información:

Fogg, Lily G., et al.  (2026) The Visual System of the Longest-Living Vertebrate, the Greenland Shark Nature Communications doi: 10.1038/s41467-025-67429-6.

Cynthia Rebolledo (2026) Eye-opening research University California Irvine News

University of California – Irvine (2026) This shark can live 400 years. Its eyes barely seem to age Science Daily (2026)

Sobre el autor: Javier Peláez (@Irreductible), es escritor y comunicador científico. Autor de «500 Años de Frío» (2019), «Planeta Océano» (2022) y «En busca del último continente» (2026). También es guionista en el programa de TVE «Órbita Laika», creador del Podcast Irreductible, ganador de tres premios Bitácoras, un premio Prisma a la mejor web de divulgación científica por Naukas.com y un Premio Ondas al mejor programa de radio digital por Catástrofe Ultravioleta.

El artículo Los ojos de un viejo tiburón se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Revisando la ciencia del botijo

5 September 2026 at 10:59

botijo

En 2014 Joaquín Sevilla dio una charla sobre el mecanismo del botijo en la que demostraba que no era tan simple como se suele asumir. En 2025 Sevilla escribe un estupendo epílogo.

Joaquín Sevilla Moroder es catedrático de la Universidad Pública de Navarra en el departamento de Ingeniería Eléctrica, Electrónica y de Comunicación. Divulgador científico, también es Director de la Cátedra de Cultura Científica Laboral Kutxa – UPNA .

 

Edición realizada por César Tomé López

El artículo Revisando la ciencia del botijo se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

¿Una vacuna contra el melanoma?

4 September 2026 at 10:59

“Una vacuna contra el melanoma supera con éxito un ensayo clínico en fase III”

Enunciado así, el avance que hicieron público las compañías Merck y Moderna el pasado agosto suena revolucionario. Podríamos pensar en una vacuna que nos protegerá del cáncer como otras nos evitan contraer enfermedades infecciosas, pero no funciona así. Veamos en qué consiste exactamente y cuál es el alcance del nuevo ensayo.

Una vacuna que no previene, sino que trata

Intismeran autogene (así se llama la nueva tecnología que se ha puesto a prueba) no se administra a personas sanas para reducir su riesgo de melanoma, sino que se trata de una vacuna terapéutica.

En el ensayo del que se han hecho eco los medios –y que disparó la cotización en bolsa de Merck y Moderna– participaron 1 137 personas con melanoma cutáneo de alto riesgo. Es decir, tenían una probabilidad elevada de que la enfermedad reapareciera o se extendiera a otras partes del cuerpo. A todas ellas se les había extirpado el tumor por completo mediante cirugía. Esto puede sonar extraño: si el tumor ya no está, ¿qué queda por tratar?

Una cirugía exitosa no garantiza que no queden células tumorales sueltas. Pueden ser demasiado escasas para detectarlas, pero capaces de causar una recaída con el tiempo. Por eso existen los tratamientos adyuvantes: se administran después del tratamiento principal —en este caso, la cirugía— para reducir ese riesgo.

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La capacidad de las celulas tumorales de desplazarse y diseminarse depende de estructuras como los podosomas, mostradas en esta imagen de células de melanoma en amarillo. Los podosomas son ricos en unas proteínas filamentosas llamadas actinas. También visibles son los núcleos celulares (azul), moléculas de actina libre (rojo) y reguladores de la actina (verde). Fuente: Julio C. Valencia / National Cancer Institute / Dominio Público / Wikimedia Commons

Así que en este ensayo la pregunta no era “¿podemos evitar el melanoma?”, sino “¿podemos ayudar al sistema inmunitario de alguien que ya lo ha tenido a eliminar las células que puedan haber quedado?”.

¿Por qué la llamamos vacuna?

Lo que define a una vacuna no es que se administre antes de enfermar, sino su estrategia. Se trata de enseñar al sistema inmunitario a reconocer y atacar algo concreto. En las vacunas frente a virus, ese “algo” son piezas del virus, mientras que aquí son piezas de las propias células tumorales.

La tecnología Intismeran autogene tiene una particularidad: cada vacuna se fabrica específicamente para cada paciente a partir de su propio tumor. Primero se analizan las mutaciones de sus células tumorales, y después se identifican las que podrían activar mejor al sistema inmunitario contra ellas. Son los llamados neoantígenos, que la vacuna lleva codificados en forma de ARN mensajero (ARNm).

Por tanto, no se trata exactamente de “una vacuna contra el melanoma”; es más bien una vacuna contra las características moleculares del melanoma de cada paciente. No obstante, enseñarle al sistema inmunitario qué debe reconocer es solo una parte del problema.

Encontrar a Wally… y poder actuar

Podemos imaginarlo como un enorme Buscando a Wally. El sistema inmunitario tiene que reconocer células tumorales entre millones de células sanas.

Sin embargo, los tumores pueden aprovechar mecanismos naturales que frenan la respuesta inmunitaria. Por eso, incluso un linfocito capaz de reconocer una célula tumoral puede tener dificultades para actuar contra ella.

Aquí entra en escena el medicamento llamado pembrolizumab, un tipo de inmunoterapia que ya se utiliza en melanoma y que bloquea uno de esos frenos. La pregunta entonces parece evidente: si combinamos la vacuna, que facilita el reconocimiento, con una inmunoterapia que libera la respuesta inmune, ¿obtendremos mejores resultados?

Para comprobarlo, los participantes del ensayo se dividieron en dos grupos: unos recibieron inmunoterapia más la vacuna personalizada y a los otros se les administró únicamente inmunoterapia.

¿Ha funcionado?

El estudio analizó principalmente cuánto tiempo permanecían los pacientes sin que el melanoma reapareciera. Es lo que se denomina “supervivencia libre de recurrencia”. Adicionalmente, los investigadores analizaron cuánto tiempo permanecían sin desarrollar metástasis a distancia; es decir, sin que el melanoma apareciera en lugares alejados del tumor original.

Y aquí llega la noticia: según Merck y Moderna, añadir la vacuna a pembrolizumab mejoró significativamente ambos resultados frente a utilizar solo pembrolizumab. Las compañías califican además esas diferencias como clínicamente relevantes.

Hasta aquí, suena muy bien. El siguiente interrogante es: ¿cuánto mejor? Aquí hay un matiz importante. Las empresas farmacéuticas han anunciado que el ensayo ha alcanzado esos objetivos, pero todavía no han publicado los resultados completos de la fase III. Es decir, sabemos que los pacientes tratados con la combinación permanecieron más tiempo sin recurrencia y sin metástasis a distancia, pero no cuánto más.

Merck y Moderna presentarán esos datos en un próximo congreso médico internacional. Además, el ensayo continúa para estudiar otros resultados, entre ellos la supervivencia global.

Entonces, ¿de dónde salen los porcentajes de 49 % y 59 % de éxito que se han difundido en algunas noticias? Las cifras son reales, pero no pertenecen al nuevo ensayo. Proceden de uno Fase IIb, anterior y mucho más pequeño, con 157 pacientes. En él ya se había hecho la misma comparación con resultados prometedores.

Así, tras cinco años de seguimiento, añadir la vacuna se asoció con una reducción del 49 % en el riesgo de recurrencia o muerte y con una disminución de un 59 % en las probabilidades de metástasis a distancia o muerte. A continuación había que comprobar si aquella señal se mantenía en un ensayo mucho más grande, que es del que estamos hablando ahora.

Aunque sabemos que también ha dado un resultado positivo, la incógnita es cuánto beneficio ha supuesto realmente añadir la vacuna. Para despejarla tendremos que esperar a que se presenten los datos completos.

¿Estamos ante un hito en las vacunas contra el cáncer?

La idea de utilizar vacunas para tratar el cáncer no es nueva, ni tampoco lo es fabricar vacunas personalizadas contra las mutaciones de cada tumor. De hecho, este tipo de vacunas de ARN ya se probaba en pacientes de melanoma hace casi una década.

Lo que cambia ahora es la escala: por primera vez, una vacuna personalizada de ARN mensajero dirigida contra los neoantígenos de cada paciente ha alcanzado resultados positivos en un ensayo de fase III con más de mil participantes.

Si los datos completos confirman un beneficio clínicamente relevante, sería un paso importante para este tipo de tratamientos. No porque hayamos descubierto que podemos enseñar al sistema inmunitario a reconocer un tumor, sino porque una estrategia que llevaba años mostrando resultados prometedores en estudios más pequeños habría probado que puede funcionar también en un gran ensayo clínico.The Conversation

Sobre la autora: Cristina Penas Lago, Investigadora Postdoctoral en el Cancer and Traslational Medicine Group, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.

El artículo ¿Una vacuna contra el melanoma? se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Received — 11 August 2026 ⏭ Cuaderno de Cultura Científica

Los neutrinos procedentes de las profundidades de la Tierra proporcionan una nueva imagen del manto

11 August 2026 at 10:59

Una constelación mundial de detectores de neutrinos está ofreciendo una visión inédita de los elementos radiactivos que alimentan el motor térmico de la tectónica terrestre.

Un artículo de James Dinneen. Historia original reimpresa con permiso de Quanta Magazine, una publicación editorialmente independiente respaldada por la Fundación Simons.

Se espera que el experimento JUNO, ubicado en las afueras de la ciudad de Guangzhou en China, reporte sus primeras detecciones de geoneutrinos este año. Fuente: JUNO Collaboration

 

En un laboratorio a 2 kilómetros bajo tierra, una grúa baja a Matt Depatie, tecnólogo de detectores, a través de una escotilla hasta una caverna de paredes blancas llena de unas 7.000 toneladas de agua ultrapura que brilla con un azul tan intenso como el del líquido limpiaparabrisas bajo la luz. «Splashdown», dice Depatie por radio al pisar una balsa inflable que lo espera abajo.

 

Normalmente, la caverna es uno de los lugares más oscuros de la Tierra, pero hoy está iluminada para realizar tareas de mantenimiento, lo que ofrece una rara oportunidad de ver su interior. Miro a través de la escotilla a Depatie mientras rema hasta el experimento sumergido para examinarlo. Está inspeccionando un detector del tamaño de una casa construido para captar algunas de las partículas más esquivas que conoce la física: los neutrinos.

 

Este es el experimento de neutrinos SNO+, enterrado en las profundidades de la mina Creighton, en Snolab, un laboratorio de física subterráneo en Sudbury, Canadá. SNO+ consiste en una esfera de acrílico revestida con casi 10.000 detectores sensibles a la luz y llena de 780 toneladas de líquido centelleador oleoso, que emite destellos cuando lo atraviesan partículas energéticas. El agua que rodea el dispositivo y la roca que lo cubre protegen el detector del resplandor de la radiación cósmica, permitiendo que se hagan visibles los destellos de interacciones menos frecuentes entre partículas.

 

Todo el descenso ha formado parte de la cruzada por mantener una oscuridad absoluta, incluso más allá del espectro visible de la luz. Al bajar por el pozo principal y caminar por un túnel rocoso hasta el laboratorio, nuestros cuerpos y nuestra ropa recogieron pequeñas cantidades de polvo radiactivo de radón. Antes de entrar en el espacio principal del laboratorio, nos quitamos la ropa de mina, nos duchamos y nos pusimos monos azul eléctrico y redes para el pelo para minimizar la contaminación que llevábamos con nosotros. «Las duchas no son para vosotros», dice Depatie mientras nos cambiamos, «son para la ciencia».

 

Matt Depatie (izquierda) ayuda a mantener el detector SNO+, que reutiliza componentes del experimento SNO que se llevó a cabo entre 1999 y 2006. Foto: James Dinneen

 

Estos extremos son necesarios cuando se trata de atrapar fantasmas, en este caso, fantasmas que pueden ayudar a revelar los secretos de regiones inaccesibles en las profundidades de la Tierra.

 

Un planeta radiactivo

 

Los neutrinos son las partículas dotadas de masa más abundantes. Pero esa masa es minúscula: apenas una millonésima de la masa de un electrón. Con tan poca masa y sin carga electromagnética, estas partículas apenas interaccionan con la materia. Billones de neutrinos, en su mayoría producidos en el Sol, atraviesan nuestros cuerpos cada segundo; sin embargo, tras años de buscarlos con detectores como SNO+, los investigadores solo han capturado unos pocos cientos de miles de sus preciosos destellos.

 

Aún más esquivos, tanto que, tras décadas de búsqueda, los científicos solo han detectado unos pocos cientos, son los geoneutrinos.

 

Los geoneutrinos se producen en procesos que calientan el interior del planeta. Este calor desempeña un papel importante en el movimiento de las rocas del manto, que da forma a todo, desde la tectónica de placas hasta el campo magnético terrestre. Procede de dos fuentes principales: el calor residual de la formación del planeta y el calor producido por la desintegración del uranio, el torio y el potasio en las rocas del manto y la corteza. Sin esta segunda fuente, la Tierra se habría enfriado hace mucho y se habría convertido en un planeta tectónicamente muerto.

 

El experimento SNO+ se ubica a gran profundidad bajo tierra, protegido de los rayos cósmicos bajo dos kilómetros de roca. Cortesía de Leo Duquette/SNOLAB

 

Al contar geoneutrinos, los físicos pueden obtener una medida directa de los elementos de la Tierra que producen calor. «Es lo único que hacemos que se centra en la Tierra», afirma Ryan Bayes, astrofísico de partículas de Queen’s University, en Ontario, que trabaja en SNO+. «Todo lo demás se centra más en lo que recibimos de otros lugares del universo».

 

La primera detección de geoneutrinos, realizada por un instrumento en Japón llamado KamLAND, se comunicó en 2005. En 2009, el detector Borexino, en Italia, informó de la detección de varias docenas más. En noviembre de 2025, SNO+ comunicó su primera detección, elevando en unos 50 el número de geoneutrinos observados.

 

Ilustración: Mark Belan/Quanta Magazine

 

Lo que hace especiales las detecciones de SNO+ es la ubicación del experimento: son los primeros geoneutrinos medidos en el hemisferio occidental, lo que ofrece una nueva perspectiva del interior radiactivo de la Tierra.

 

Persisten importantes incertidumbres en la interpretación de los resultados de estos experimentos, pero las mejores estimaciones de los investigadores sugieren que cada emplazamiento mide un flujo diferente. «Podría ser el primer indicio de que el manto no es uniforme», comenta Mark Chen, astrofísico de partículas de Queen’s University y director de la colaboración SNO+.

 

Los geoquímicos han supuesto tradicionalmente que los elementos radiactivos se distribuyen de manera uniforme por el manto, porque la roca en movimiento debería mezclarlo todo. Pero las mediciones de geoneutrinos en distintos lugares podrían indicar que no es así.

 

Las regiones que parecen producir más geoneutrinos se sitúan aproximadamente por encima de masas de material anómalamente caliente y denso del tamaño de un continente, conocidas como grandes provincias de baja velocidad de cizalla (large low-shear-velocity provinces, o LLSVP), que los sismólogos han cartografiado a ambos lados del núcleo. Una se encuentra bajo África y la otra bajo el océano Pacífico. «Puede haber estructuras profundas en el manto que no se entienden», dice Chen. «Podría ser que [ellas] concentren ciertos tipos de elementos».

 

Los neutrinos podrían ofrecer algún día una nueva perspectiva sobre el origen, aún misterioso, de estas estructuras profundas y, de forma más amplia, sobre los patrones del manto que subyacen a muchos aspectos del sistema Tierra. «Realmente sería una forma de elaborar un mapa químico del interior de la Tierra», afirma William McDonough, geoquímico de la Academia China de Ciencias que lleva mucho tiempo siendo una voz destacada en la búsqueda de geoneutrinos.

 

Captación de geoneutrinos

 

La cuestión pendiente es si las mediciones de geoneutrinos revelan diferencias entre las zonas del manto situadas bajo cada experimento, o si el desequilibrio se origina en la forma en que los distintos experimentos cuentan sus geoneutrinos. Los investigadores coinciden en que aún hay tanta incertidumbre que es imposible afirmarlo.

 

«Si lo tomamos al pie de la letra, podríamos decir que quizá el hemisferio occidental tiene mucho más material radiactivo que el oriental», comenta McDonough. Pero hay motivos para desconfiar de estas estimaciones. «¿Tienen razón los italianos? ¿Tienen razón los japoneses? ¿La tienen ambos? ¿O hay algo que no cuadra?», pregunta.

 

El experimento Borexino, ubicado en el Laboratorio Nacional de Gran Sasso (Italia), fue diseñado principalmente para estudiar los neutrinos provenientes del Sol. Foto: Volker Steger/LNGS-INFN

 

Las incertidumbres asociadas a los resultados de cada detector provienen del proceso de clasificación que realizan los físicos para identificar los geoneutrinos, explica Bayes. «No aparecen y dicen: “Hola, soy un geoneutrino”».

 

Los científicos deben eliminar las señales de partículas con demasiada energía, de partículas con un valor incorrecto de una propiedad llamada helicidad y de partículas que esperan detectar procedentes de reactores nucleares. También deben eliminar los geoneutrinos procedentes de la corteza terrestre, cuya mayor contribución procede de la zona situada a unos pocos cientos de kilómetros del detector. Cuando se restan esas otras detecciones del recuento total, debería quedar solo la señal de geoneutrinos procedente del manto.

 

En términos generales, el flujo de geoneutrinos del manto parece ser muy alto en Borexino y muy bajo en KamLAND, aunque las incertidumbres son grandes. Una interpretación geológica detallada de los resultados de SNO+ aún está en preparación, indica Chen, pero hasta ahora los científicos ven un manto «bastante intermedio» bajo Canadá.

 

Un reto particular para los científicos de SNO+ es comprender los neutrinos procedentes del entorno del detector, incluida una cuenca formada hace 1.800 millones de años por un gran cuerpo impactor. «Hay muchas incógnitas en esta zona geológica», explica Virginia Strati, investigadora de la Universidad de Ferrara (Italia) que ayudó a desarrollar un modelo local de radiactividad para Snolab.

 

El detector JUNO, de 20 kilotones, comenzó a operar en agosto de 2025. Además de detectar geoneutrinos, estudia las partículas que emanan de las centrales nucleares de Taishan y Yangjiang. Fuente: JUNO Collaboration

 

La incertidumbre también proviene de las estimaciones de la cantidad total de material radiactivo que calienta el manto. El flujo de geoneutrinos sugiere que estos elementos podrían contribuir desde un pequeño porcentaje del calor del manto hasta la mitad de este, una discrepancia equivalente a la producción de decenas de miles de centrales nucleares.

 

Ambas fuentes de incertidumbre dificultan aún más detectar cualquier diferencia en la composición química de secciones concretas del manto. La diferencia en el flujo de geoneutrinos esperado a partir de distintas distribuciones de elementos radiactivos «es muy pequeña y queda oculta en estas incertidumbres», afirma Strati.

 

Flujos futuros

 

La detección en SNO+ llega en un momento emocionante para la investigación de geoneutrinos: JUNO, otro enorme experimento de neutrinos que está recogiendo datos en China, se espera que comunique su primer flujo de geoneutrinos a finales de este año, añadiendo una cuarta perspectiva, notablemente más rica. Con más de 20.000 toneladas de centelleador, el experimento, enterrado bajo una montaña a las afueras de la ciudad de Guangzhou, es tan grande que se espera que detecte más geoneutrinos en su primer año que la producción combinada de KamLAND, Borexino y SNO+ a lo largo de décadas.

 

Estimaciones más claras del flujo de geoneutrinos en cada experimento podrían provenir de datos geológicos más detallados, así como de nuevos recuentos de geoneutrinos en cada emplazamiento. Sin embargo, McDonough afirma que lo mejor sería construir un detector de neutrinos en el fondo del océano. Es una idea que McDonough ha defendido durante décadas.

 

Tal detector estaría lejos de las rocas continentales, ricas en elementos radiactivos; la corteza oceánica es también más delgada y uniforme. Las incertidumbres relacionadas con la corteza disminuyen tanto que «se está en territorio solo de manto», dice.

 

La idea de un detector en el fondo oceánico, cuyo coste se estima en cientos de millones de dólares, ha tenido poca acogida hasta la fecha por parte de los financiadores gubernamentales. Pero McDonough espera poder lograr algo en China, que ha dado luz verde a otros grandes proyectos de geociencias. «Es muy posible», afirma. Hasta entonces, los físicos seguirán remando en busca de respuestas en las profundidades subterráneas.

 


El artículo original, Neutrinos From Deep Inside Earth Provide a New Picture of the Mantle, se publicó el 7 de agosto de 2026 en Quanta Magazine. Cuaderno de Cultura Científica tiene un acuerdo de distribución en castellano con Quanta Magazine.

Traducido por César Tomé López

El artículo Los neutrinos procedentes de las profundidades de la Tierra proporcionan una nueva imagen del manto se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

El olor de la rata topo reina suprime la reproducción de sus rivales

10 August 2026 at 10:59

 

Los himenópteros (hormigas, abejas y avispas) y las termitas constituyen muy frecuentemente colonias eusociales. En ellas, la capacidad reproductora se restringe a una hembra (reina) fecundada por un grupo reducido de machos. Las sucesivas generaciones de descendientes reciben cuidados cooperativos de individuos estériles, hembras en el caso de los himenópteros. Fuera de los insectos, solo encontramos estructuras eusociales en algunas especies de gambas del género Synalpheus y en las ratas topo (familia batiérgidos). Los casos más conocidos son la rata topo desnuda (Heterocephalus glaber) y el fuko o rata topo de Damara (Fukomys damarensis) (Figura 1).

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Figura 1. Arriba, la rata topo desnuda (Heterocephalus glaber). Fuente: Roman Klementschitz, con licencia CC BY-SA 3.0. Abajo, el fuko o rata topo de Damara (Fukomys damarensis). Fuente: Jessie Cohen, con licencia CC BY 2.0.

Las ratas topo desnudas de África oriental son animales fascinantes. Su longevidad es extraordinaria, ya que pueden superar ampliamente los 30 años de edad, mucho más de lo que correspondería a un mamífero de su tamaño (alrededor de 10 cm, el triple en el caso de las reinas). Sus mecanismos celulares y genéticos las hacen resistentes al cáncer, toleran bajísimos niveles de oxígeno y elevadas concentraciones de CO2, y además son insensibles al dolor causado por sustancias químicas. Viven en madrigueras subterráneas donde forman colonias con una reina o hembra fértil, y de uno a tres machos reproductores. Los demás individuos (entre 20 y 300) son estériles, y se reparten las funciones de excavar túneles, buscar comida, atender a la reina y sus crías, y defender la colonia de agresores.

Cuando la reina muere, las hembras de mayor posición social luchan ferozmente entre ellas hasta que la vencedora se establece como nueva reina, aumenta su tamaño y su peso, y se aparea con los machos. Aquí podemos ver a estos roedores en acción:

El fuko de Damara vive en Angola y Namibia, y también forma colonias subterráneas. Aparte de la reina y uno o dos machos reproductores, el resto de los individuos forma dos grupos: los trabajadores “frecuentes” y los trabajadores “infrecuentes”. Estos últimos realizan menos trabajos, pero en la estación húmeda excavan nuevas galerías y amplían los dominios de la colonia. De esta forma, las hembras pueden encontrarse con machos de otras colonias y, al estar alejadas de su reina, adquieren capacidad reproductiva formando una nueva colonia.

Se sabía que la reina de la rata topo desnuda inhibe activamente la reproducción de las demás hembras, manteniéndolas en una especie de pubertad permanente. Sin embargo, el mecanismo responsable era un misterio hasta ahora. Un grupo internacional de investigación acaba de desvelar en la revista Nature la molécula implicada. Nadie podría haber imaginado su naturaleza.

La investigación consistió en el análisis de 232 compuestos químicos contenidos en el olor corporal de 52 individuos procedentes de ocho colonias, usando una técnica extremadamente sensible: la cromatografía de gases-espectrometría de masas con desorción térmica.

Un compuesto concreto fue detectado exclusivamente en las reinas y, en menor medida, en los neonatos, probablemente por el contacto con sus madres. Se trata del miristato de isopropilo (MIP), un líquido oleoso, incoloro e inodoro para los humanos, muy usado en cosmética y farmacia como vehículo de lociones y cremas, ya que facilita la penetración en la piel de los principios activos. Lo extraño de este descubrimiento es que el MIP no había sido detectado hasta ahora de forma significativa en los seres vivos. Su producción es exclusivamente industrial.

En un siguiente paso se comprobó que el MIP es detectado por las neuronas olfativas de la rata topo, y causa reacción en las áreas olfatorias de su cerebro. En cuanto a sus efectos, si en una colonia se retira a la reina, pero se suministra MIP, las hembras se mantienen en bloqueo reproductivo. Si los animales son tratados con metimazol, un fármaco que causa la pérdida reversible del olfato, las hembras se vuelven insensibles al MIP y luchan entre ellas para acceder el puesto de reina.

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Figura 2. Esquema de la función del miristato de isopropilo (IPM) en la organización eusocial de la rata topo desnuda. A la izquierda, la producción de IPM por la reina mantiene altos los niveles de prolactina y bajos los de progesterona en el resto de las hembras de la colonia. La ausencia de la reina y la desaparición del IPM revierte la situación: baja la prolactina y sube la progesterona en las hembras. Estas se vuelven potencialmente fértiles, pero luchan entre ellas para acceder a la sucesión de la reina. De Khallaf et al. (2026), cita completa en referencias, con licencia CC BY 4.0.

Los investigadores comprobaron que un efecto fisiológico del MIP es el aumento en sangre de la prolactina (Figura 2). Recordemos que esta hormona, que estimula la producción de leche materna, bloquea también la reproducción durante el periodo de lactancia inhibiendo la liberación de la hormona liberadora de gonadotropinas (GnRH). De hecho, cuando una rata topo no reproductora se aísla de la colonia (o se trata con metimazol), sus niveles de prolactina disminuyen y los de progesterona aumentan, con lo que se vuelve fértil (y agresiva para sus rivales).

Lo que resulta fascinante es que la estructura eusocial de las colonias de las ratas topo se haya basado en la utilización del mecanismo natural de inhibición reproductora durante la lactancia, y que esta utilización se haya conseguido mediante un compuesto químico inusual que actúa como un disruptor endocrino. Este nuevo descubrimiento genera muchas preguntas: ¿Cuál es la ruta de biosíntesis del MIP? ¿Cuáles son sus receptores en las neuronas olfativas? ¿Por qué la reina no es sensible a su propio MIP? No será esta la última sorpresa que nos deparen las ratas topo.

Referencias

Khallaf, M.A., Hart, D.W., Luo, W. et al. (2026) A queen odour mediates reproductive suppression in a eusocial mammal Nature doi: 10.1038/s41586-026-10772-5.

Sobre el autor: Ramón Muñoz-Chápuli Oriol es Catedrático de Biología Animal (jubilado) de la Universidad de Málaga.

El artículo El olor de la rata topo reina suprime la reproducción de sus rivales se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Received — 9 August 2026 ⏭ Cuaderno de Cultura Científica

Cómo los jesuitas domaron al dragón chino de los eclipses

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La bandera con un dragón devorando el Sol, también conocida como bandera del Dragón amarillo se convirtió en la primera bandera nacional de China.
Wikimedia commons, CC BY

 

La imagen es poderosa: un dragón celestial devorando el Sol, mientras en la Tierra, el pueblo, aterrorizado, hace sonar tambores y gongs para espantarlo y salvar la luz del día. Este mito, que durante milenios explicó los eclipses solares en China, escondía una cruda realidad política y científica. Para los astrónomos de la corte imperial, un eclipse no era solo un espectáculo celeste, sino una cuestión de vida o muerte y de legitimidad dinástica.

En muchos textos de historia de la astronomía de los eclipses se recoge esta imagen del dragón que devora al Sol (que llegó a ser precisamente la bandera de la novena dinastía del imperio, la dinastía Qing –清朝– desde 1889 hasta su caída el 11 de octubre de 1911) como si fuera su principal contribución a este tema.

Pero resulta terriblemente injusto pensar que en un imperio milenario donde todo se registraba cuidadosamente –incluyendo, miles de años antes que en otros lugares, anotaciones sobre manchas en el Sol, estrellas nuevas y cometas– o donde la propia divinidad del emperador estaba asociada al cielo, lo único que hicieron con los eclipses fue tocar tambores.

El primer eclipse solar se registró en China

De hecho, el primer eclipse solar del que tenemos constancia ocurrió en China el 22 de octubre del año 2137 a. e. c., según aparece documentado en el Shujing o Clásico de Historia (書經) una de las fuentes históricas del Imperio chino, en compendios escritos en torno al siglo tercero antes de nuestra era, pero que recogen sucesos hasta del siglo XI a. e. c.

La leyenda cuenta que los astrónomos reales He y Hi, posiblemente distraídos o quizá ebrios e incapaces de predecirlo, fueron ajusticiados por su fracaso. Aunque debemos reconocer que toda esta historia es posiblemente apócrifa y que tanto el registro como su datación precisa de la mano de la astronomía son dudosos, como analiza el veterano comunicador científico Moncho Núñez en su reciente libro Eclipses. Historia y ciencia de la ocultación extemporánea del Sol (Guadalmazán, 2026). Un castigo ejemplarizante que mostraba que la astronomía en China era una ciencia de Estado al servicio del poder. El emperador, como “Hijo del Cielo”, basaba su legitimidad en una armonía cósmica. Un eclipse imprevisto era una grieta en ese orden, un presagio potencial de desgracia que podía interpretarse como una pérdida del Mandato Celestial.

Calendario chino y burocracia

El corazón de este sistema era el calendario lunisolar, una monumental obra de ingeniería matemática que sincronizaba los ciclos de la Luna con el año solar. Este calendario no solo organizaba el tiempo: regulaba desde la siembra y la cosecha hasta los impuestos y los complejos rituales imperiales. Su correcto funcionamiento era el termómetro del buen gobierno. Para sostenerlo se desarrolló una astronomía basada en la observación meticulosa y el registro minucioso, casi obsesivo, generando series de datos que abarcaban siglos. De hecho, se consideraba un orgullo que a lo largo de una serie temporal de miles de años se pudiera mantener la coherencia de los diferentes calendarios que se superpusieron en cada dinastía.

La Oficina de Astronomía Imperial, el Qīntiānjiān (钦天监), era la encargada de esta tarea. Sus astrónomos trabajaban con un método sofisticado basado en ciclos empíricos, derivados de ese archivo histórico. Conocían y aplicaban, por ejemplo, el ciclo metónico (19 años solares casi iguales a 235 meses lunares), un patrón descubierto también en otras culturas antiguas que permitía predecir épocas propicias para eclipses.

El nombre de este ciclo recuerda al astrónomo griego Metón de Atenas, que lo anotó en 432 a. e. c. Sabemos que en Mesopotamia se conocía dos siglos antes, aunque estaba ya en la base aún anterior de los primeros calendarios lunisolares, al tener en cuenta las repeticiones de los plenilunios a lo largo de los años solares.

Fracasos en la predicción

En cualquier caso, este método aritmético tenía un margen de error considerable. Podía alertar de que en un mes dado era probable un eclipse, pero fallaba al predecir la hora exacta, la duración o, incluso, si sería visible desde la capital imperial. Un eclipse predicho que no se veía, o uno no anunciado que oscurecía el cielo de Pekín, eran fracasos igualmente graves. Lo malo es que si se introducían correcciones para mejorar estos pronósticos, la duración de los años y los calendarios empezaba a variar y se podría perder la serie consolidada del registro histórico.

El problema se agravó durante la dinastía Ming (1368-1644). El calendario oficial, el Datong li (Calendario del Gran Inicio), establecido en 1384, acumulaba errores que se magnificaban con el tiempo. Para finales del siglo XVI, sus predicciones fallaban con frecuencia y notoriedad. Este deterioro no pasó desapercibido para los eruditos. El destacado astrónomo Xing Yunlu ya había señalado graves inexactitudes y abogado por una reforma en las décadas de 1570 y 1580. Sin embargo, su propuesta chocó con la muralla de la burocracia del Imperio Ming.

Asunto de Estado

La Oficina de Astronomía se había convertido en una casta burocrática y hereditaria. Como señala el historiador de la ciencia Nathan Sivin en su libro Granting the Seasons (Springer, 2009), estas posiciones a menudo se transmitían dentro de las mismas familias, creando un sistema nepotista más preocupado por mantener privilegios y estabilidad que por innovar (y menos aún reconocer errores). Un cambio en el calendario no era una mera actualización técnica; era un asunto de estado de primer orden que implicaba admitir el fracaso de un sistema vinculado a la legitimidad cosmológica de la dinastía. Promover una reforma era un riesgo político enorme, pues un error podía ser castigado severamente, mientras que mantener el statu quo, aunque fuera defectuoso, era el camino más seguro.

Este rifirrafe político creó el caldo de cultivo perfecto para la intervención externa. Los fracasos predictivos se hicieron tan evidentes que, hacia 1590, incluso altos funcionarios como los del Ministro de Ritos (el Ministerio de los Ritos o Lǐbù ,礼部, era uno de los seis ministerios que formaban el núcleo de la administración civil) comenzaron a presionar para buscar soluciones fuera del sistema tradicional. Fue esta crisis de credibilidad interna, y no solo la curiosidad intelectual, la que provocó que la corte acabara abriendo sus puertas a unos visitantes occidentales.

La llegada de los “letrados del oeste” y su geometría celestial

En este contexto de crisis de precisión y credibilidad en 1601 se presenta en Pekín el italiano Matteo Ricci (1552-1610), normalmente considerado el introductor del cristianismo en China, acompañado por el español Diego de Pantoja (1571-1618). Eran jesuitas, pero su estrategia fue presentarse ante la corte como “letrados occidentales”, eruditos en ciencias y matemáticas. Entre sus regalos al emperador, los más apreciados fueron los relojes mecánicos, instrumentos de una precisión en la medición del tiempo entonces desconocida en China.

Pantoja, nacido en Valdemoro (Madrid) en 1571 y formado como cosmógrafo, desempeñó un papel clave. No solo dirigió la fabricación de relojes solares, sino que colaboró con el erudito y funcionario chino Sun Yuanhua (孫元化) en el Libro ilustrado sobre el reloj de sol, Rìguǐ Túfǎ (日晷圖法), introduciendo nuevas técnicas de medición.

Su mayor aportación, sin embargo, fue demostrar la superioridad práctica de los métodos astronómicos europeos contemporáneos. Mientras el Qīntiānjiān trabajaba con compleja aritmética cíclica, los jesuitas usaban la geometría esférica y los últimos modelos planetarios (como los de Tycho Brahe). Su enfoque no se limitaba a buscar patrones en registros antiguos; calculaban los movimientos reales del Sol y la Luna en el espacio tridimensional. Esto les permitía predecir no solo el día, sino la hora, la duración, la magnitud y la trayectoria de la sombra sobre la Tierra, con una exactitud que dejó pasmada a la corte.

Una revolución silenciosa desde dentro del palacio

La evidencia fue, con el tiempo, incontestable. En repetidas ocasiones, los jesuitas acertaron donde el Datong li fallaba. El poder de su cálculo era tan evidente que, tras la caída de los Ming, el nuevo gobierno de la dinastía Qing tomó una decisión radical: encargar al jesuita Johann Adam Schall von Bell la creación de un nuevo calendario oficial.

El resultado fue el calendario Shixian (Calendario de la Concesión del Tiempo, 時憲曆), promulgado en 1645. Fue un híbrido histórico: la primera vez que el Imperio Celestial adoptaba un sistema astronómico oficial diseñado y dirigido por extranjeros. Se trataba de una síntesis forzada por la necesidad: el marco institucional, la necesidad política y los datos históricos eran chinos, pero la metodología matemática y geométrica era europea. La resistencia burocrática continuó durante décadas, y los errores no desaparecieron por completo, pero se redujeron drásticamente. Para el siglo XVIII, las predicciones tenían márgenes de error de minutos, no de horas o días.

De los ciclos a la geometría pura de Bessel

Sin embargo, esta historia de precisión creciente no termina con los jesuitas. Tanto los ciclos metónicos chinos como las efemérides tabuladas europeas del siglo XVII aún arrastraban limitaciones. Eran herramientas potentes, pero basadas en aproximaciones y correcciones empíricas. El nacimiento de la astronomía moderna y del análisis matemático asociado a la mecánica de Newton permitieron mejorar las predicciones en las posiciones de los planetas, el Sol y la Luna y, con ello, mejorar la precisión en los pronósticos de un eclipse. Como todo problema de los tres cuerpos, incorporaba cálculos complejos y soluciones aproximadas.

Incluso en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando el astrónomo Edmond Halley calculó un eclipse con los mejores métodos astronómicos disponibles para el 3 de mayo de 1715, la precisión en el tiempo es de 4 minutos y en la zona de totalidad de unas 20 millas (32,2 kilómetros), como describen los investigadores Aaaron Robotham y Sabine Bellstedt, de la Universidad de Australia Occidental.

La domesticación matemática del eclipse

La auténtica domesticación matemática de los eclipses llegó en el siglo XIX con el astrónomo prusiano Friedrich Wilhelm Bessel (1784-1846).

En 1824, Bessel introdujo un método revolucionario que transformó el problema. En lugar de calcular laboriosamente las posiciones individuales del Sol y la Luna, expresó toda la geometría del eclipse en torno al cono de sombra de la segunda proyectado sobre la Tierra.

Al definir un plano fundamental perpendicular a este eje de sombra y usar un ingenioso sistema de coordenadas, redujo la complejidad del cálculo a unos pocos parámetros elegantes (los llamados “elementos beselianos”). Este método, que separaba claramente la geometría celeste de los movimientos orbitales, permitía una precisión analítica sin precedentes y es, en esencia, la base de los algoritmos que aún hoy se siguen usando para el cálculo de eclipses.

Así, el largo camino para “domar al dragón” pasó de los tambores rituales y la minuciosa observación y registro de los sucesos a la aritmética de ciclos a la geometría esférica de los jesuitas, y, finalmente, alcanzó la abstracción analítica de Bessel.

El encuentro entre China y Europa en el siglo XVII no fue una simple transferencia de conocimiento, sino el catalizador que resolvió una crisis interna de precisión. Demostró que incluso la tradición observacional más rica del mundo podía estancarse en la inercia burocrática, y que la innovación, a menudo, llega por caminos inesperados y forzados por la pura necesidad de tener razón. Y, por supuesto, tuvo consecuencias sociales, políticas y económicas que propiciaron toda la historia de relaciones entre oriente y occidente a partir de entonces.The Conversation

Sobre el autor: Javier Armentia, Profesor del Máster de comunicación científica, médica y ambiental, Universitat Pompeu Fabra

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.

El artículo Cómo los jesuitas domaron al dragón chino de los eclipses se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

La ingesta emocional como problema

ingesta emocional
Foto: Andriyko Podilnyk / Unsplash

El jefe nos ha echado la bronca, llegamos a casa y nos comemos varias galletas de chocolate. O quizá estemos estudiando para un examen, nerviosos o aburridos abrimos la nevera una y otra vez. O puede que estemos viviendo mucho estrés últimamente, por lo que compramos más snacks, dulces o comida rápida de lo habitual.

Estas situaciones tan familiares tienen algo en común: no comemos por hambre física, sino para gestionar lo que sentimos. Esto se conoce como ingesta emocional. ¿Puede convertirse en un problema? ¿Cómo evitarlo?

Ingesta emocional para afrontar emociones negativas

La ingesta emocional es un fenómeno bastante frecuente y no se considera, por sí misma, un trastorno psicológico. La investigación muestra que muchas personas recurren ocasionalmente a la comida para afrontar emociones negativas. Estamos hablando de entre el 40 y el 45 % de la población adulta y cerca del 30 % en adolescentes. Esto se da en situaciones de estrés, ansiedad y tristeza, y se observó de forma evidente durante la pandemia de covid-19.

Comer en relación a nuestras emociones forma parte de la experiencia cotidiana de muchas personas. De hecho, es habitual celebrar comidas y cenas con gente cercana en momentos importantes. El problema no es tanto recurrir de vez en cuando a la comida, sino que esta estrategia se vuelva habitual cuando nos sentimos mal. El alivio de la comida es pasajero y puede generar sentimientos de culpa.

Además, este patrón se asocia al consumo habitual de alimentos con muchas calorías, ricos en azúcar o grasa. Con el tiempo, esto podría dañar la salud. Por ejemplo, podría aumentar el riesgo de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares. La ingesta emocional también aumenta la probabilidad de desarrollar trastornos de la conducta alimentaria.

¿Cómo manejamos las emociones y qué papel juega la comida?

Existen muchas estrategias para manejar las emociones. Por ejemplo, hablar con alguien, hacer ejercicio o distraernos para no pensar en nuestras preocupaciones. Comer también puede cumplir esa función, pero ¿qué pasa cuando la comida se convierte en nuestro recurso principal para gestionar el malestar?

La comunidad científica se ha interesado durante años por esa y otras preguntas. ¿Tienen más tendencia a esta ingesta las personas que no saben manejar sus emociones? ¿Esta relación aparece solo en quienes tienen problemas de alimentación?

No quedaba claro si la ingesta emocional existía en personas sin problemas y de distintas edades. Tampoco sabíamos hasta qué punto los estudios se podían extrapolar a la población general y en distintas etapas de la vida, porque muchos se han realizado en grupos muy concretos, como personas en tratamiento bariátrico.

Por eso realizamos un metaanálisis (un estudio de estudios), con el objetivo de unir resultados previos e hilar más fino. Así, extrajimos conclusiones más sólidas que las de un único trabajo. También nos permitió saber en qué condiciones el manejo emocional llevaba a usar la comida sin tener hambre.

Nuestro estudio mostró una serie de resultados interesantes:

  1. La gente con mayor dificultad para gestionar emociones negativas recurre más a menudo a la comida.
  2. La relación entre la falta de gestión de las emociones y la ingesta se da tanto en personas con problemas psicológicos como sin ellos.
  3. Esta relación se ve por igual en personas de todas las edades y géneros.
  4. La relación se mantiene igual para cualquier emoción negativa (tristeza, ansiedad, aburrimiento). Sin embargo, no aparece en las emociones positivas.

Aprender a gestionar las emociones es clave

Estos resultados sugieren que aprender a gestionar de manera más adecuada las emociones negativas podría tener efectos beneficiosos en varios ámbitos de la salud, y no solo en la relación que mantenemos con la comida. También deja claro el valor positivo de aprender desde edades tempranas.

Podríamos pensar erróneamente que recurrir al picoteo por no dominar las emociones es algo que les ocurre sobre todo a las mujeres. Es cierto que las mujeres tienden más a la ingesta emocional, pero nuestros hallazgos muestran que la correlación entre la desregulación emocional y el uso de la comida se da de manera similar tanto en ellas como en ellos.

Entonces, ¿qué podemos hacer?

Las intervenciones psicológicas que son eficaces para la gestión de las emociones incorporan elementos que han demostrado ser útiles para la salud mental y para los hábitos de vida. Estas estrategias incluyen aprender a identificar las emociones y a distinguir qué situaciones las desencadenan. También aportan herramientas que ayudan a desarrollar estrategias más adaptativas ante el estrés y a practicar la atención plena.

Esto es relevante porque la regulación emocional no influye solo en nuestra relación con la comida: también se ha visto asociada a problemas como la ansiedad y la depresión. Es lo que en psicología se conoce como “efecto transdiagnóstico”, por lo que influir en algunas variables permite prevenir problemas diferentes. Por lo tanto, mejorar la capacidad de gestionar las emociones podría tener un impacto positivo más amplio sobre la salud y el bienestar.

Si estamos en un punto en el que sentimos que no podemos mantener a raya las emociones hay solución. La evidencia científica muestra que la terapia cognitivo-conductual, el protocolo unificado, la terapia de la conducta dialéctica, y el mindfulness mejoran la gestión emocional. Además, las tres últimas también lo mejoran incluso en el seguimiento. Es decir, provocan un efecto sostenido.

En definitiva, tenemos mucho que ganar sabiendo cómo lidiar con nuestras emociones. Nos puede ahorrar problemas futuros de diverso tipo. La próxima vez que venga el impulso de comer sin hambre, preguntémonos: ¿sé lo que estoy sintiendo en este momento? ¿Puedo hacer alguna otra cosa distinta para sentirme mejor?The Conversation

Sobre las autoras: Itziar Alonso Arbiol, Catedrática de Psicología, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU); Aitziber Pascual Jimeno, Profesora agregada universitaria (EHU); Jara Mendia, Doctoranda en Psicología (EHU); José J. Pizarro Carrasco, Profesor e Investigador en Psicología Social (EHU), y Susana Conejero López, Profesora de Psicología (EHU)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.

El artículo La ingesta emocional como problema se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

La Odisea… del pensamiento científico

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Representación de la matanza de los pretendientes de Penélope por parte de Odiseo. Foto: The New York Public Library / Unsplash

El último regreso de Ulises a Ítaca, narrado a través de la visión de Christopher Nolan, ha implicado también el regreso de la Odisea de Homero a la conversación pública —si es que alguna vez se fue—. Esa es la magia de los clásicos: no importa el tiempo que haya transcurrido desde que se concibieron, no caducan. Siempre encontramos en ellos incógnitas, conflictos, anhelos… que son tan nuestros como de los seres humanos del pasado, incluso de un pasado de hace casi tres mil años.

Manuscrito más antiguo que se conserva de la Odisea, datado en el siglo III a. C. Fuente: CC BY-SA 4.0/Zunkir

No obstante, cuando se habla de la influencia cultural de estas historias, rara vez se incluye en esa noción de cultura el pensamiento científico. Y, si lo pensamos, podría tener hasta sentido; al fin y al cabo, en la antigua Grecia no había ciencia tal y como la entendemos hoy, ¿no? ¿No sería mezclar churras con merinas? Pues realmente no. No si dejamos de entender la ciencia como esa especie de ente exótico desconectado de lo que somos, de nuestra humanidad… de las humanidades. Son las narrativas las que, cuando permean el imaginario colectivo, iluminan unos caminos y dejan otros en la oscuridad, y la Odisea de Homero no es menos en ese sentido, por muy épica o fantástica que nos pueda parecer. Pongamos un ejemplo:

Y dime cuáles son tu país, tu ciudad y tu raza, que puedan conducirte hasta allí rumbeando en su mente las naves; los feacios no tienen pilotos ni saben de aquellos gobernalles que suelen llevar los demás; sus bajeles tienen ciencia y sentidos de hombres, por ellos distinguen las ciudades de todos los pueblos, sus pingües campiñas, y atraviesan a toda carrera la sima del agua encubiertas en niebla y en sombra: no hay miedo con ellas de morir en naufragio o sufrir daño alguno (Homero, Odisea, VIII, 555-563).

¿Es que acaso las naves de los feacios eran vehículos autónomos? ¿Cómo sabían orientarse en el mar y cómo averiguaban adónde tenían que ir si no las guiaba ningún piloto? ¿Qué brujería es esta? Y nada menos que en una obra de Homero. ¿Esta ocurrencia era pura fantasía o había algo más detrás?

Antes de llevarme un rapapolvo por mis sugerencias heréticas, pido confianza en el proceso. No vamos a Ítaca, pero creo que llegaremos a un lugar igualmente interesante.

Artilugios como estas naves, ingenios mecánicos e incluso máquinas con comportamientos que podrían considerarse «inteligentes» no aparecen solo en la Odisea ni constituyen una rara avis en la mitología griega. En la Ilíada encontramos alguno también; por ejemplo, a las curiosas criadas del dios Hefesto quien, más que un dios, a veces parece un ingeniero:

Marchaban ayudando al soberano unas sirvientas de oro, semejantes a vivientes doncellas. En sus mientes hay juicio, voz y capacidad de movimiento, y hay habilidades que conocen gracias a los inmortales dioses (Homero, Ilíada, XVIII, 417-420).

¿Qué decir, por otro lado, del gigante de bronce Talos tal y como aparece en las Argonáuticas de Apolonio de Rodas? ¿Es que acaso es una especie de androide o protoandroide?

Ciertamente en el resto de su cuerpo y en sus miembros estaba hecho de bronce y era inquebrantable, pero bajo el tendón, en su tobillo, tenía una vena de sangre, y su fina membrana contenía los límites entre la vida y la muerte (Apolonio, Argonáuticas, IV, 1645-1648).

Sé que ahora mismo habrá varios expertos en cultura clásica llevándose las manos a la cabeza y con motivo —si es que alguno ha llegado a este artículo—, porque dar por válidas las afirmaciones anteriores es como sugerir que la mitología griega es, en realidad, ciencia ficción. Nada más lejos de la realidad, como es obvio.

Representación moderna del gigante de bronce Talos en la película Jasón y los Argonautas (1963). Fuente: Dominio público/Columbia Pictures.

Por supuesto que Homero no estaba hablando de vehículos autónomos guiados por algoritmos ni de asistentes dotados de inteligencia artificial, de la misma manera que Apolonio no hablaba de seres mecánicos en el sentido moderno del término robot. Ningún escritor de la Antigüedad estaba tratando de hacer protoespeculación científica —hablar de pensamiento científico tal como lo entendemos hoy no tiene sentido antes de Copérnico— ni de adelantarse a su época cuando introducía elementos de este estilo en sus historias —y aquí podemos incluir Nefelococigia, la ciudad construida en el aire de Aristófanes en Las aves, y el viaje a la Luna de Luciano de Samósata en sus Relatos verídicos —. Lo que estaban haciendo en realidad era algo mucho más importante: imaginar artefactos inexistentes para explorar deseos humanos, que tenían la apariencia de la realidad con la que estaban familiarizados pero una esencia sobrenatural —en este caso, diría que porque realmente no tenían recursos que les permitieran ir más allá en ese sentido—. La explicación del origen y funcionamiento de esos ingenios mágicos, efectivamente, ha cambiado —de lo divino a lo humano y de lo mágico a lo científico—, pero la motivación que a lo largo de siglos de historia nos ha llevado a crearlos, no tanto: evitar el peligro, delegar tareas, ampliar nuestras capacidades… e incluso cuestionarnos nuestra propia naturaleza y tratar de averiguar lo que nos hace únicos.

Estas invenciones mitológicas no son más que nosotros mismos expresándonos a través de nuestras propias creaciones, unas cuya naturaleza se va transformando a lo largo de los siglos al tiempo que nosotros no lo hacemos tanto. Los ecos tecnológicos que aparecen hasta en las obras literarias más antiguas, por muy indistinguibles que sean de la magia, porque, de hecho, son magia, ayudan a crear modelos culturales y sociales. Van dejando imágenes reconocibles en el imaginario colectivo que se convierten en semillas que pueden germinar en cualquier momento gracias a un escritor, un filósofo, un historiador, un antropólogo, un dramaturgo, un pintor… pero también a un científico o un ingeniero. Por eso, desde el presente, las reconocemos, porque Homero y los demás tal vez no sabían bien qué estaban creando en su intento por darle forma a lo maravilloso y excepcional, pero nosotros sí. Simplemente hicimos realidad la visión que ellos implantaron en nuestra mente.

 

Bibliografía

 

Apolonio de Rodas (1996). Argonáuticas (M. V. Sánchez, Trad.). Gredos.

Baños, G. (2024). El sueño de la inteligencia artificial. Shackleton Books.

Cave, S., Dihal, K., & Dillon, S. (Eds.). (2020). AI narratives: A history of imaginative thinking about intelligent machines. Oxford University Press.

Homero (1991). Ilíada (E. C. Güemes, Trad.). Gredos.

Homero. (1983). Odisea (J. M. Pabón, Trad.). Gredos.

Mayor, A. (2019). Dioses y robots: Mitos, máquinas y sueños tecnológicos en la Antigüedad. Desperta Ferro Ediciones.

 

Sobre la autora: Gisela Baños es divulgadora de ciencia, tecnología y ciencia ficción.

El artículo La Odisea… del pensamiento científico se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Viaje alrededor del mundo

Aunque cualquier momento es bueno para viajar alrededor del mundo, ahora que estamos en verano es una época más propicia, al menos para las personas que tenemos las vacaciones en este período y no podemos disfrutar de tiempo libre en otros momentos del año. Por este motivo, me ha parecido una buena idea escribir precisamente ahora sobre un juego denominado Viaje alrededor del mundo, entre otros nombres como El docecaedro del viajero o Juego icosiano. Además, las vacaciones son un momento excelente para jugar, por lo que un juego siempre es una buena idea.

 

El dodecaedro del viajero
Imagen del juego El dodecaedro del viajero, con su caja, sus instrucciones y el dispositivo que permite jugar

 

El dodecaedro del viajero

El dodecaedro del viajero, también llamado el viaje alrededor del mundo o el juego icosiano, fue inventado por el matemático irlandés Sir William R. Hamilton (1805-1865) y consiste en lo siguiente. Se considera un dodecaedro (en la versión comercial, de madera, está modificada la forma del dodecaedro para hacerla más manejable, con un mango, como se muestra tanto en la anterior imagen, como en la siguiente), con sus 20 vértices, etiquetados con las 20 consonantes del alfabeto inglés, que representan 20 ciudades del mundo, desde Bruselas, Cantón, Delhi o Frankfurt, hasta Washington, Xerez y Zanzíbar.

 

El dodecaedro del viajero
Dispositivo dodecaédrico del juego denominado el dodecaedro del viajero

 

El objetivo del juego es realizar un recorrido por las aristas del dodecaedro (recordemos que este poliedro regular tiene 30 aristas) que visite exactamente una vez cada una de las 20 ciudades (vértices), pero regresando a la ciudad de la que partió, es decir, la última ciudad del recorrido está conectada mediante una arista a la primera. En la versión comercial, que se muestra en la anterior imagen, los vértices del dodecaedro contienen unos salientes, clavos, y el recorrido se realiza enganchando una cuerda al primer vértice y pasándola después por los demás vértices.

 

El juego tenía también una versión plana del mismo, que consistía en un grafo plano asociado al dodecaedro, con el mismo número de vértices y aristas, conectando estas los mismos vértices que en el dodecaedro. La versión comercial en madera contenía 20 agujeros en los vértices, en los que se colocaba una de las 20 fichas numeradas del 1 al 20 y que marcaban el recorrido del viajero por las 20 ciudades.

 

El dodecaedro del viajero
Versión plana del juego icosiano

 

Un grafo plano asociado al dodecaedro

 

Como nuestras lectoras saben perfectamente la teoría de grafos es la rama de las matemáticas que estudia los grafos, estructuras formadas por puntos –llamados vértices– y líneas uniendo pares de puntos –llamadas aristas–, que son estructuras matemáticas muy sencillas, pero a la vez muy versátiles, con muchas aplicaciones en ciencia y tecnología (véanse, por ejemplo, las entradas El problema de los tres caballeros y los tres criados, El grafo de Marion (Gray), El juego de Sim o Frank Harary, “padre” de la teoría moderna de grafos, entre otras).

 

Los vértices y aristas del dodecaedro forman claramente un grafo tridimensional, sin embargo, en muchas ocasiones nos resulta más fácil de manejar considerar una representación plana del grafo tridimensional, un grafo plano. Una forma de obtener el grafo asociado al dodecaedro es imaginar que nuestro sólido platónico con caras pentagonales fuese de goma extensible, que realizásemos un agujero en el centro de una de las caras y desplegásemos la superficie del dodecaedro, estirándola, sobre el plano. Otra forma de verlo es considerar la proyección geométrica que consiste en proyectar el dodecaedro desde un punto que está encima del centro de una cara y sobre el plano en el que descansa la cara opuesta.

 

Dodecaedro con los vértices nombrados con las 20 consonantes del alfabeto inglés y el grafo plano asociado mediante la proyección desde el asterisco que está encima del centro de la cara RSTVW y sobre el plano en el que descansa la cara opuesta BCDFG

 

El juego icosiano

 

El matemático William R. Hamilton, que realizaría importantes contribuciones en óptica geométrica, mecánica clásica y álgebra, había introducido en 1843 los cuaterniones, un sistema numérico que extendía los números complejos (los cuales se pueden escribir de la forma a + bi, para a y b números reales y donde i es el número imaginario que satisface que i2 = – 1, es decir, es “la raíz cuadrada de menos 1”), y que estaba formado por números de la forma  a + bi + cj + dk, para a, b, c y d números reales, donde los elementos i, j y k son números de tipo imaginario que verifican que i2 = – 1, j2 = – 1, k2 = – 1, así como que el producto de las tres constantes es menos 1, ijk = – 1. Y resultó que la multiplicación de los cuaterniones no era conmutativa, puesto que, por ejemplo, ij = k = – ji.

 

Tabla de multiplicar de los cuaterniones

 

Tras la introducción de los cuaterniones otros matemáticos intentaron desarrollar otros sistemas algebraicos no conmutativos. El propio Hamilton introdujo, en 1856, los icosianos, relacionados con las simetrías del icosaedro. Hamilton relacionó las matemáticas del cálculo icosiano con el problema de viajar a lo largo de las aristas del dodecaedro, pasando exactamente una vez por cada vértice del mismo, y regresando al punto inicial, como expuso en una conferencia en la Asociación Británica de Dublin en 1857.

 

Hamilton se puso en contacto con la compañía londinense de juguetes John Jacques and Sons, a quienes vendió los derechos de su juego por 25 libras. El juego sería comercializado tanto en la versión tridimensional, con el nombre de Nuevo rompecabezas, el dodecaedro del viajero o un viaje alrededor del mundo, como en la versión plana, con el extenso nombre El juego icosiano, inventado por Sir William Rowan Hamilton, astrónomo real de Irlanda; se trata de un juego nuevo y sumamente entretenido para el salón, especialmente interesante para los estudiantes de matemáticas, ya que ilustra los principios del cálculo icosiano, aunque no parece que el juego fuese muy exitoso.

 

En 1855, un año antes de que el matemático irlandés inventase el juego icosiano, el matemático británico Thomas P. Kirkman (1806-1895), quien es conocido por el problema de las colegialas de Kirkman (véase la entrada El problema de las estudiantes de Kirkman), estudió la cuestión de si existían recorridos por las aristas de diferentes poliedros que pasasen una vez, y solo una, por cada uno de sus vértices, regresando al final al punto de partida, que es precisamente lo que plantea el juego icosiano para el dodecaedro.

 

Los cinco poliedros regulares, tetraedro, cubo, octaedro, dodecaedro e icosaedro

 

Resolviendo el juego viaje alrededor del mundo

 

Como siempre que hablamos de juegos, lo primero que os recomiendo es que juguéis al juego en cuestión, en este caso, el viaje alrededor del mundo. Para lo cual solo se necesita papel, bolígrafo (o rotuladores) y lápiz, ya que puede dibujarse (con bolígrafo para que quede permanente) el grafo plano del dodecaedro (o imprimir la imagen del mismo), denominar los vértices con las 20 consonantes (B, C, D, F, G, H, J, K, L, M, N, P, Q, R, S, T, V, W, X, Z) y jugar, es decir, realizar (con un lápiz para que pueda borrarse) un recorrido cerrado por las aristas del “dodecaedro plano” pasando por los veinte vértices del mismo, por las 20 consonantes. En la siguiente imagen tenéis de nuevo el grafo plano del dodecaedro, para que podáis realizar vuestro propio juego.

 

El grafo plano del dodecaedro

 

De hecho, ya que estamos podéis jugar sobre los grafos planos de los cinco poliedros regulares, empezando por los tres más sencillos, tetraedro, cubo y octaedro, que os animarán a seguir con los otros dos, dodecaedro e icosaedro.

 

Los grafos planos de los cinco poliedros regulares

 

Pero vayamos con las soluciones del juego. Si los vértices del dodecaedro no están etiquetados, entonces existen dos soluciones con distinta forma, aunque una no es más que la imagen especular de la otra. Sobre el grafo etiquetado anterior, las dos soluciones serían las que aparecen en la siguiente imagen.

 

Las dos soluciones (simétricas) del juego son BCPNMDFKLTSRQZXWVJHGB y BCPNMDFGHXWVJKLTSRQZB, si no atendemos a las ciudades concretas, sino a la forma de recorrerlas

 

Pero si se considera que los recorridos son diferentes si se pasan por las ciudades en diferente orden, es decir, ahora si se considera que las ciudades están etiquetadas y no solo nos fijamos en la manera de realizar el recorrido, entonces existen 30 de esos circuitos que resuelven el juego, sin tener en cuenta el sentido contrario de los mismos.

 

El juego del dodecaedro del viajero está relacionado con la existencia de un cierto tipo de caminos sobre un grafo, los llamados, caminos, o ciclos si son cerrados, hamiltonianos (aunque quizás, por lo comentado anteriormente, deberían haberse llamado kirkmanianos), de los que ya hablaremos en otra ocasión.

 

Bibliografía

 

1.- Raúl Ibáñez, Del ajedrez a los grafos, la seriedad matemática de los juegos, El mundo es matemático, RBA, 2015.

 

2.- Édouard Lucas, Recreaciones Matemáticas, vol. 1 – 4, Nivola, 2007, 2008.

 

Sobre el autor: Raúl Ibáñez es profesor del Departamento de Matemáticas de la UPV/EHU y colaborador de la Cátedra de Cultura Científica

El artículo Viaje alrededor del mundo se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Metamateriales amorfos, la fuerza del caos

Durante siglos, la ciencia de materiales ha operado bajo un dogma casi indiscutible: el orden es sinónimo de resistencia. Desde los cristales atómicos de un metal hasta la repetitiva estructura de un puente de acero, la geometría simétrica y predecible ha sido el pilar fundamental para diseñar todo lo que nos rodea. Sin embargo, si miramos a la naturaleza, descubrimos una historia completamente diferente. El hueso que sostiene nuestro cuerpo, la madera de los árboles o las complejas redes proteicas de la vida no son cristales perfectos. Su desorden estructural no es una imperfección de la biología, sino la razón exacta por la que pueden absorber impactos violentos y detener grietas mortales sin romperse en pedazos.

Inspirado por esta aparente paradoja, un equipo de físicos e ingenieros ha logrado descifrar el secreto de este deorden natural combinando la física estadística, la inteligencia artificial y la fabricación aditiva. En lugar de moldear piezas compuestas por patrones repetitivos, los científicos se propusieron construir metamateriales mecánicos amorfos, es decir, estructuras irregulares donde la materia prima pierde importancia en favor de una arquitectura única a escala macroscópica.

Comportamiento auxético en redes amorfas…

La clave de estos nuevos metamateriales reside en su comportamiento auxético. La mayoría de los objetos cotidianos se estrechan cuando los estiras y se ensanchan cuando los aplastas. Un material auxético, por el contrario, desafía la intuición: al ser comprimido, sus paredes se contraen hacia el interior, apelmazando la materia justamente en la zona de impacto para amortiguar el golpe.

Hasta ahora, los materiales auxéticos diseñados por el ser humano se basaban en mosaicos de celdas idénticas, lo que provocaba un grave inconveniente. Respondían muy bien si la fuerza provenía de una dirección fija, pero mostraban fragilidad si el golpe llegaba desde un ángulo imprevisto. Además, las simetrías perfectas terminaban funcionando como autopistas para la tensión, encauzando la energía por caminos estrechos donde la estructura colapsaba de forma prematura.

auxético
(a) Distribución del estrés en una estructura auxética regular; (b) en una estructura romboidea regular; y (c) en una estructura auxética desordenada

Las redes amorfas (o desordenadas) eliminan esa debilidad estructural al no tener direcciones preferidas, pero su diseño representaba una auténtica pesadilla matemática. Como el número de formas posibles de conectar una red irregular es prácticamente infinito, encontrar la combinación ideal resultaba imposible para los modelos por ordenador tradicionales.

usando inteligencia artificial…

Para solucionar este desafío, los investigadores crearon un modelo de inteligencia artificial que no busca a ciegas, sino que se guía por las leyes de la física de sistemas desordenados. Tradujeron la búsqueda de la estructura ideal en un proceso similar al enfriamiento lento de un líquido hasta convertirse en cristal o vidrio. La inteligencia artificial simula este enfriamiento térmico mediante un algoritmo, permitiendo que la red realice cambios drásticos en su geometría inicial para ir asentándose, de forma natural, en una configuración desordenada de mínima energía que garantiza la máxima elasticidad y resistencia en todas las direcciones.

y fabricación aditiva

Al imprimir en tres dimensiones estas redes amorfas diseñadas por la inteligencia artificial y someterlas a pruebas extremas en el laboratorio, la realidad superó cualquier expectativa teórica. Los materiales no solo respondieron de forma homogénea ante la compresión, sino que revelaron una tenacidad frente a la fractura sin precedentes.

La fuerza del caos

Cuando se realiza un corte en un material ordenado y se somete a tensión, la grieta avanza rápidamente en línea recta dividiendo la pieza en dos. En el metamaterial amorfo, la fisura se encuentra con un laberinto de conexiones irregulares que la obligan a serpentear, cambiar de rumbo y ramificarse. Al mismo tiempo, el carácter auxético del material hace que los bordes de la fisura intenten cerrarse sobre sí mismos a medida que sufren la tracción. Esta combinación de desorden y geometría exótica multiplicó por más de cuatro veces la energía necesaria para fracturar la pieza en comparación con las redes cristalinas tradicionales.

auxético
Posibles aplicaciones

Este hallazgo demuestra que la resistencia extrema no requiere de una simetría rígida, sino de un desorden minuciosamente calculado. La capacidad de absorber impactos oblicuos y frenar la propagación de fracturas abre la puerta a una nueva generación de cascos de protección, parachoques y piezas aeroespaciales capaces de resistir accidentes impredecibles con un peso drásticamente menor.

Referencia:

Lingyu Jia, Changliang Zhu, Qiaozhi Lei, Hua Tong, Jinkui Meng, Chengyan Xu, Xiangying Shen, and Lei Xu (2026) Unlocking Emergent Resilience in Amorphous Metamaterials via a Physics-Constrained Energy-Based Framework Phys. Rev. X doi: 10.1103/77mh-hflq

Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance

El artículo Metamateriales amorfos, la fuerza del caos se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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