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Ruth Gates: la bióloga que retó a la evolución para salvar los corales

15 September 2026 at 09:00

Cuando en 2018 Ruth Gates falleció, prematuramente, el mundo perdió una de las más reconocidas biólogas marinas, pero sobre todo una gran defensora de los arrecifes de coral que el cambio climático lleva a la muerte. Ella supo verlo hace décadas y salvarlos se convirtió en su principal motivación. Tras años de trabajo, logró revolucionar la ciencia al desarrollar los llamados «supercorales», unas cepas genéticamente seleccionadas para resistir en las aguas cálidas en las que hoy tienen que vivir. La divulgación fue su otra pasión: el documental Chasing Coral (En busca del coral), en el que cuenta su trabajo, marcó un antes y un después en la concienciación sobre un legado natural que estábamos perdiendo.

Ruth Gates. HIMB.

Ruth nació en la mediterránea isla de Chipre el 28 de marzo de 1962, en concreto en la península de Akrotiri, donde estaba destinado su padre, militar británico. Debido a los constantes viajes de sus progenitores por esta profesión, la mandaron a estudiar y vivir a un internado en Kent (Inglaterra) y fue ahí donde, siendo niña, se quedó fascinada con las imágenes de la serie El mundo submarino de Jacques Cousteau: «Aunque Cousteau nos llegaba a través de la televisión, desveló los océanos de una manera que nadie más había logrado hacer», diría después para explicar por qué tuvo claro desde muy joven que estudiaría biología en la Universidad de NewCastle.

Tras graduarse, en 1984, aficionada al buceo, hizo un viaje a las Indias Occidentales en el que quedó maravillada con las formaciones coralinas que ocultaba el mar. Y cambió su vida: decidió trasladarse a vivir a Jamaica para poder estudiarlas de cerca. Le intrigaba la simbiosis entre un animal, el coral, y esas diminutas algas (zooxantelas) que viven en sus tejidos y con las que construyen estructuras masivas. Su interés se centró en cómo la temperatura del agua tenía que ver con esa delicada alianza. Fue así como, a finales de esa década, se convirtió en una de las primeras testigos de eventos de blanqueamiento causados por el cambio climático global: al aumentar la temperatura del agua apenas 1 o 2 ºC, el coral expulsa a esas algas que le dan color y el 90 % de su energía y se queda vivo pero hambriento, lo que detiene su crecimiento, destruye su capacidad reproductiva y lo vuelve vulnerable a enfermedades mortales. Ver esa mortandad la impulsó a dedicarse a su rescate.

Tras obtener su título doctorado en 1989, fue contratada gracias a una beca como investigadora postdoctoral en la Universidad de California (UCLA). En los 12 años que estuvo en la UCLA, Ruth Gates perfeccionó sus habilidades técnicas para estudiar los corales analizando su ADN, comprendiendo lo que ocurre a nivel molecular cuando un arrecife sufre estrés, investigando por qué la relación del coral y las algas se rompe con el calentamiento, y buscando soluciones. Estando allí vivió el brutal evento de blanqueamiento de 1998, que mató al 15 % de los corales del mundo. Encontró que, ante un evento de calor, no todos los corales tienen la misma resiliencia genética, unos sobreviven por sutiles diferencias en sus genes o por el tipo de alga al que hospedan. Ese fue el origen del desarrollo de la llamada “evolución asistida” que ideó.

Una revolucionaria en el laboratorio

Con todo este conocimiento acumulado, en el año 2003 se trasladó al Instituto de Biología Marina de la Universidad de Hawái (HIMB) ya como científica líder en arrecifes coralinos y con su propio laboratorio para poner en marcha sus experimentos. «Ruth no solo fue una estrella brillante en la investigación de corales, sino también un espíritu indomable en todos los aspectos de la vida» –ha dicho de ella Judy Lemus, ex directora interina del HIMB y amiga de Gates– «su entusiasmo era contagioso y amaba profundamente lo que hacía».

Y es que enseguida revolucionó la forma de trabajar. No tardó en descubrir las ventajas de estar en un laboratorio situado sobre un arrecife vivo, la bahía de Coconut. Frente a quienes argumentaban que para salvar los arrecifes bastaba crear áreas protegidas y reducir la pesca, defendía que el coral no se adaptaría de forma natural a la velocidad del cambio climático y había que actuar. Por ello, en sus primeros años en Hawái, se centró avanzar en la comprensión de la resiliencia genética de algunos ejemplares al blanqueamiento, lo que investigaba en la misma bahía.

Un momento de inflexión tuvo lugar en 2013, cuando con su colega australiana Madeleine van Oppen, que trabaja aún en la Gran Barrera de Coral de Australia, obtuvieron el premio Paul G. Allen Ocean Challenge, de la fundación del cofundador de Microsoft. Los 10 000 dólares de este galardón les permitieron poner en marcha, por fin, el proyecto de supercorales. Dos años después, la misma fundación le otorgó cuatro millones de financiación, con los que fundó el Gates Coral Lab (actualmente Coral Resilience Lab) y pudo dar alas a su proyecto de evolución asistida acelerada con tres estrategias: el llamado entrenamiento térmico por el que sometía a fragmentos de coral a estrés por calor, descubriendo que tienen memoria epigenética (es decir, que recuerdan el aumento de las temperaturas y activan mecanismos biológicos en cada evento); la cría selectiva de los ejemplares de coral más resistentes; y el cambio de las algas y bacterias que tenían por otras que sobreviven mejor dentro del tejido coralino. Sus hallazgos demostraron al mundo que los corales no eran víctimas pasivas del cambio climático, sino organismos con recursos biológicos ocultos que podían ser potenciados para defenderse, acelerando la adaptación por selección natural.

Logotipo del Coral Resilience Lab.

Con estas certezas científicas, en 2017 lanzó el primer taller de restauración con estos supercorales.  «No puedo soportar la idea de que las generaciones futuras no experimenten un arrecife de coral. La misión es comenzar a resolver el problema, no solo estudiarlo», aseguraba Ruth. Bien es verdad que también hubo críticas de quienes consideran que soltar estos corales modificados podía convertirlos en especies invasoras y acabar con otros menos fuertes, uniformizando las poblaciones y aumentando el riesgo ante enfermedades por falta de diversidad genética; pero Ruth alertaba que de todas las formas la selección natural no iba a llegar a tiempo al ritmo del calentamiento. Por desgracia, diez años después el océano global ha batido récord absoluto de temperatura, las previsiones más optimistas indican que para 2050 se alcanzarán 1,8 ºC más de temperatura global respecto al periodo preindustrial y, con esas condiciones, podríamos perder casi el 99 % de los arrecifes de coral vivos.

A esta faceta científica, Ruth también sumó su activismo. Detectó el daño de determinados protectores solares a los corales y logró que en 2018 varios productos se prohibieran en este archipiélago y más adelante en otros lugares turísticos, como la Ribera Maya en México o Palaos. En concreto, se veta a los que tienen octinoxato y oxibenzona (en la UE se siguen vendiendo, y también tenemos corales). Además, organizaba continuas actividades en Hawái para concienciar a pescadores y niños de la importancia de proteger los arrecifes, y no dudó en implicarse en el mencionado documental Chasing Coral, donde explicaba en 2017 su trabajo y alertaba:

Estamos ante la erradicación de un ecosistema entero durante nuestra propia vida.

Asimismo, en 2015, se convirtió en la primera mujer en ser presidenta de la Sociedad Internacional de Estudios de Arrecifes (ISRS), cargo desde el que no solo modernizó la organización, sino que abrió la puerta a una nueva generación de científicas. Ese mismo año pasó a dirigir el HIMB. Incluso en su vida personal fue un icono, al visibilizar el lesbianismo en la comunidad científica. Tenía tanta energía vital que llegó a ser cinturón negro de kárate y a crear en Hawái una academia de este deporte.

En mayo de 2018, cuando su carrera estaba en auge, le fue detectado un cáncer cerebral. Prematuramente, falleció el 25 de octubre de ese año debido a complicaciones en una cirugía por diverticulitis, sin relación con su diagnóstico anterior.

Su legado es inmenso. Hoy siguen en marcha sus proyectos, no solo en Hawái sino también en laboratorios de Arizona y Florida; la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) financia proyectos basados en sus hallazgos, y también en la amenazada Gran Barrera de Coral. Unas famosas becas de biología marina llevan su nombre.

Ruth Gates no vio cómo desaparecen todos los arrecifes de coral de la Tierra, como temía, quizá porque fue tuvo una muerte prematura, pero sobre todo porque trabajó intensamente para que ese 0,1 % del océano, del que depende el 25 % de la vida marina, sigan teniendo un futuro en este planeta.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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La paradoja antártica: nunca supimos tanto sobre el continente helado, pero quizá no sabemos lo necesario

11 September 2026 at 09:00

 

Virginia Morandini, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)

Base Antártica Española Juan Carlos I. UTM-CSIC.

En 1959, en plena Guerra Fría, doce naciones se sentaron a negociar el futuro de un continente en el extremo sur del planeta y casi completamente cubierto de hielo. El resultado fue el Tratado Antártico, un acuerdo internacional que estableció que la Antártida debía ser un continente dedicado a la paz y la ciencia.

Aquel tratado creó un sistema de gobernanza único para un lugar único. Décadas después, para reforzar su protección ambiental, se firmó en Madrid el llamado Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente o Protocolo de Madrid. En él se declaró la Antártida como una reserva natural dedicada a la paz y la ciencia, prohibiendo la explotación de recursos minerales, salvo con fines científicos.

En la actualidad, el tratado cuenta con 58 miembros y su conservación depende de la cooperación internacional y la capacidad de alcanzar acuerdos entre países. Durante más de 60 años, este sistema ha mantenido el continente helado como un espacio excepcional de cooperación científica internacional.

Hoy en día, la Antártida está más vigilada que nunca. Satélites, bases científicas, barcos oceanográficos, sensores remotos y campañas internacionales producen cada año una enorme cantidad de datos sobre el hielo, el océano, el clima y sus ecosistemas. Sabemos más que nunca sobre su fauna, el retroceso del hielo y la contaminación.

Sin embargo, más ciencia no significa necesariamente mejores decisiones.

En un estudio publicado recientemente en People and Nature, planteamos precisamente esta paradoja: la investigación actual en el continente helado produce una gran cantidad de información, pero no siempre genera el conocimiento necesario para guiar su protección.

Un caso reciente: la pesca de kril

La península antártica es una de las zonas donde coinciden con más intensidad la pesca de kril –pequeños crustáceos marinos– y la presencia de especies que dependen de él, como pingüinos, focas, peces y ballenas. Por eso, a la hora de regular la pesca no basta solo con fijar un límite total de capturas. Si una parte demasiado grande de esta actividad se concentra en una zona especialmente sensible, el riesgo ecológico puede aumentar aunque el cupo total no se haya superado.

Para reducir ese riesgo, desde 2009 la medida CM 51-07 distribuía espacialmente el límite precautorio de captura de kril entre varias subáreas de pesca. Por ejemplo, el límite total para el Área 48 era de 620 000 toneladas por temporada, pero la subárea 48.1, que abarca gran parte de la península antártica, tenía un cupo específico de 155 000. Ese reparto buscaba evitar que la presión pesquera se concentrara excesivamente en esta región a la vez frágil, productiva y codiciada por la actividad pesquera.

En 2024, la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos, el organismo internacional que regula la pesca en el océano Austral, se reunió para decidir si mantenía ese reparto espacial del cupo de kril. La medida expiró y no se renovó.

En consecuencia, desde la temporada de pesca de 2025, ya no está distribuido el límite de captura de kril entre esas subáreas de pesca. Su expiración se debió a la dificultad de alcanzar un acuerdo entre los países miembros del tratado con la información científica disponible. Este caso mostró hasta qué punto la gestión de la Antártida depende de contar con una base científica sólida, compartida y útil para apoyar decisiones colectivas.

Un pequeño crustáceo semitransparente flotando sobre una roca
Kril antártico. Tarpan/Shutterstock.

Una protección bajo presión

Cuando los datos no son suficientes, no son comparables o no se traducen en acuerdos sólidos, las decisiones pueden acabar reflejando más los bloqueos políticos y los intereses económicos que el principio de precaución.

Hoy, esto importa especialmente porque hay una fecha en el horizonte: 2048. El Protocolo de Madrid, que prohibió la explotación de recursos minerales salvo con fines científicos, podría ser revisado a partir de ese año. Se espera que en el futuro el continente sea físicamente más accesible que cuando se diseñó su actual marco de protección. Las proyecciones indican que las zonas libres de hielo podrían aumentar alrededor de un 25 % hacia finales de siglo, aumentando su accesibilidad y modificando los intereses geopolíticos y económicos sobre el territorio.

Si llegamos a posibles debates sobre recursos minerales, presencia humana o nuevas formas de explotación sin una ciencia integrada, sostenida y aceptada como base común, la protección de la Antártida podría depender más de negociaciones políticas que de una evaluación sólida de los riesgos.

La opacidad epistémica antártica

En nuestro trabajo usamos el concepto de «opacidad epistémica» para describir una situación aparentemente paradójica: puede haber muchos datos científicos y, aun así, faltar una visión clara, integrada y útil para tomar decisiones.

La opacidad surge cuando la información existe, pero está fragmentada. Cuando los estudios no son comparables entre regiones. Cuando los datos científicos disponibles no responden directamente a las preguntas que deben resolver quienes toman decisiones. O cuando la información científica existe, pero no llega de forma integrada, comprensible y útil a los espacios donde esas decisiones se toman.

En la Antártida, este problema no se debe a la falta de buena ciencia. La investigación antártica ha producido descubrimientos fundamentales para entender el planeta. El problema está en cómo se organiza, financia, coordina y utiliza esa ciencia. Un estudio reciente sobre seguimiento a largo plazo en la Antártida mostró, por ejemplo, que más del 60 % de las investigaciones se centran en megafauna carismática, como pingüinos y mamíferos marinos.

La solución no es simplemente producir más artículos científicos. Es generar conocimiento más integrado, mantenido en el tiempo y conectado con las necesidades de conservación y gobernanza. Esto implica reforzar los seguimientos a largo plazo, armonizar protocolos, coordinar observatorios, compartir datos y asegurar que las regiones y procesos menos visibles también formen parte de la agenda científica.

Afortunadamente, la comunidad científica antártica no es ajena a este problema. En los últimos años han surgido iniciativas internacionales que avanzan en esa dirección: mayor coordinación entre programas, integración de datos, identificación de prioridades comunes y esfuerzos para conectar mejor la ciencia antártica con la toma de decisiones. Son pasos importantes. Pero ¿serán suficientes y llegarán a tiempo?

Lo que ocurre en la Antártida no se queda allí

La Antártida no está tan aislada como solemos pensar. En la temporada 2024–25 recibió 118 491 turistas, una cifra impensable hace pocas décadas.

No podemos seguir viviendo de espaldas a este continente. Lo que pasa en el resto del planeta llega hasta allí en forma de calentamiento, contaminación, presión pesquera, turismo o enfermedades emergentes. Y lo que ocurre allí puede repercutir en el resto del mundo a través del clima, el océano, el nivel del mar y la biodiversidad.

Mirar hacia la Antártida ya no es solo una cuestión científica o geográfica. Es una forma de preguntarnos si sabremos proteger algo antes de perderlo.The Conversation

Sobre la autora

Virginia Morandini, Investigadora Ramón y Cajal en Ecología Antártica y Cambio Global, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Ir al artículo original.

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¿Fue el clima el responsable del colapso de las civilizaciones de la Edad del Bronce? Un nuevo estudio desmonta las viejas teorías

8 August 2026 at 20:00
Durante 3.200 años, nadie supo por qué la sequía que azotó el Levante y el Mediterráneo fue tan brutal, hasta el punto de que se le achacó el colapso de la Edad del Bronce. Un estudio de 2026 revela los factores ocultos de este proceso.

El océano Ártico cruza un punto de no retorno y altera la base de toda su cadena alimentaria

2 June 2026 at 00:47
Vista del océano Ártico con hielo marino fragmentado y aguas abiertas, escenario de los cambios climáticos y químicos que afectan la cadena alimentaria del ecosistema polar.

Un nuevo estudio científico revela que el océano Ártico habría atravesado un punto de inflexión ecológico alrededor de 2009. La rápida pérdida de hielo marino está provocando una transformación química que reduce una de las sustancias más importantes para la vida marina: el nitrato. Los investigadores advierten que las consecuencias podrían extenderse desde el plancton hasta las pesquerías comerciales del Atlántico Norte y afectar también la capacidad del océano para almacenar carbono.

Durante décadas, el deshielo del Ártico fue considerado una de las señales más visibles del cambio climático. Sin embargo, los científicos creían que la desaparición del hielo marino tendría al menos un efecto aparentemente positivo: permitiría que una mayor cantidad de luz solar alcanzara la superficie del océano, favoreciendo el crecimiento del fitoplancton, los microorganismos que constituyen la base de la red alimentaria marina.

Ahora, una investigación internacional liderada por científicos de la University of Edinburgh muestra que la realidad es mucho más compleja. El aumento de la luz solar está desencadenando procesos químicos que eliminan nitrato del agua, un nutriente esencial para el desarrollo del fitoplancton. Lejos de impulsar la productividad biológica, el deshielo estaría reduciendo la capacidad del ecosistema ártico para sostener la vida marina. 

Los hallazgos fueron publicados en la revista científica Communications Earth & Environment bajo el título Sea ice loss drives a regime shift in Arctic Ocean nitrogen biogeochemistry, firmado por Marta Santos-García, Raja S. Ganeshram y otros investigadores especializados en oceanografía y biogeoquímica marina. 

Un cambio químico oculto bajo el deshielo

El estudio se basa en más de dos décadas de observaciones realizadas en el estrecho de Fram, una de las principales puertas de salida de las aguas del océano Ártico hacia el Atlántico. Los investigadores analizaron datos recopilados entre 1998 y 2023 para reconstruir la evolución química de estas masas de agua. 

Los resultados mostraron una tendencia clara. A partir de aproximadamente 2009 comenzó una disminución sostenida de las concentraciones de nitrógeno disponible, especialmente en forma de nitrato. Esta caída coincidió temporalmente con una aceleración significativa de la pérdida de hielo marino en la región ártica. 

Según los investigadores, la desaparición del hielo está permitiendo que la luz solar alcance amplias zonas costeras poco profundas que anteriormente permanecían cubiertas durante gran parte del año. Esa nueva exposición favorece un fenómeno conocido como desnitrificación bentónica, mediante el cual bacterias presentes en los sedimentos convierten el nitrato en nitrógeno gaseoso, eliminándolo del ecosistema marino. 

El problema es que casi la mitad de la superficie del océano Ártico está formada por estas plataformas continentales poco profundas, lo que amplifica enormemente el impacto de este proceso. 

El nutriente que sostiene la vida marina

Aunque el nitrato suele pasar desapercibido fuera de los círculos científicos, se trata de uno de los componentes más importantes para la vida en los océanos. Está formado por nitrógeno y oxígeno y constituye una fuente fundamental de nutrientes para las algas microscópicas y el fitoplancton.

El nitrógeno es indispensable para la formación de proteínas, ADN y otras moléculas esenciales para todos los organismos vivos. Sin embargo, la mayor parte del nitrógeno presente en la atmósfera se encuentra en una forma que la mayoría de los seres vivos no puede utilizar directamente. El nitrato actúa como una especie de puente biológico que vuelve accesible ese elemento para la vida. 

En el océano, el fitoplancton depende de este nutriente para crecer. A su vez, estos microorganismos alimentan al zooplancton, que sirve de alimento para peces, aves marinas y mamíferos como focas y ballenas. Cuando disminuye la disponibilidad de nitrato, toda la estructura ecológica que se apoya sobre esa base comienza a debilitarse. 

Los autores del estudio sostienen que el Ártico está experimentando una transición hacia un sistema donde el nitrato se ha convertido en el principal factor limitante de la productividad biológica, algo que podría modificar profundamente la composición de las especies que habitan la región. 

Un nuevo tipo de océano Ártico

Uno de los aspectos más preocupantes de la investigación es que no se trata simplemente de una fluctuación temporal. Los científicos describen el fenómeno como un cambio de régimen, es decir, una transformación estructural en el funcionamiento del ecosistema.

Marta Santos-García, investigadora de la Universidad de Edimburgo y autora principal del trabajo, explicó que durante años los modelos científicos asumían que una mayor entrada de luz impulsaría la producción de fitoplancton.

“Nuestros hallazgos sugieren que esta relación ha cambiado: el océano Ártico parece haber pasado de ser un sistema limitado principalmente por la luz a uno cada vez más limitado por la disponibilidad de nitrato, con consecuencias de gran alcance para los ecosistemas marinos, las cadenas alimentarias y el papel del Ártico en el sistema climático de la Tierra”, afirmó la investigadora. 

La consecuencia inmediata podría ser un cambio en las especies dominantes de fitoplancton. Los organismos más grandes suelen requerir mayores cantidades de nutrientes, mientras que las especies más pequeñas pueden sobrevivir en ambientes pobres en nitrato.

Este cambio aparentemente sutil puede alterar toda la cadena alimentaria. Las especies pequeñas contienen menos energía disponible para los niveles superiores, reduciendo la cantidad de alimento que puede sostener poblaciones de peces, aves y mamíferos marinos. 

Menos plancton, menos captura de carbono

Las implicaciones del estudio van mucho más allá de la biodiversidad marina. El fitoplancton también desempeña un papel crucial en la regulación del clima global.

A través de la fotosíntesis, estos microorganismos absorben dióxido de carbono de la atmósfera. Parte de ese carbono termina hundiéndose hacia las profundidades oceánicas cuando los organismos mueren o son consumidos, quedando almacenado durante largos períodos de tiempo. Este mecanismo es conocido como bomba biológica de carbono. 

Si la productividad del fitoplancton disminuye debido a la escasez de nitrato, también podría reducirse la capacidad del océano Ártico para actuar como sumidero de carbono.

En otras palabras, menos nitrato implica menos plancton; menos plancton significa una menor captura de dióxido de carbono; y una menor captura de carbono puede contribuir a acelerar el calentamiento global. Los investigadores consideran que este efecto podría convertirse en una retroalimentación climática adicional que agrave los cambios ya observados en la región polar. 

Diversos trabajos recientes ya habían detectado cambios en las poblaciones de animales marinos del Ártico, aunque las causas concretas seguían siendo difíciles de identificar. El nuevo estudio aporta una posible explicación relacionada con la disponibilidad de nutrientes esenciales en el ecosistema. 

El punto de inflexión de 2009

Los científicos consideran que alrededor de 2009 se produjo un umbral crítico. A partir de ese momento, los registros muestran un descenso continuo del nitrato en las aguas que abandonan el Ártico.

“El ecosistema del océano Ártico alcanzó un punto de inflexión alrededor de 2009. Debemos vigilar muy de cerca cómo este cambio se propaga a través de la cadena alimentaria, porque podría tener consecuencias profundas para todos nosotros, incluidas las pesquerías comerciales del Atlántico Norte”, señaló el profesor Raja Ganeshram, quien ha dirigido esta línea de investigación durante los últimos veinte años. 

El concepto de punto de inflexión climático se utiliza para describir cambios que, una vez iniciados, se vuelven extremadamente difíciles de revertir. En este caso, los investigadores consideran improbable que el océano Ártico regrese a su estado anterior debido a que el proceso está directamente vinculado a la pérdida continua de hielo marino. 

La preocupación también se extiende más allá de las regiones polares. Las aguas árticas terminan mezclándose con el Atlántico Norte, por lo que las alteraciones químicas observadas podrían influir en ecosistemas marinos situados a miles de kilómetros de distancia. Las repercusiones sobre especies comerciales de peces y sobre las redes alimentarias oceánicas aún están siendo investigadas. 

Mientras el hielo continúa retrocediendo a un ritmo acelerado, los científicos advierten que el Ártico podría estar entrando en una nueva etapa ecológica. Una etapa marcada no solo por la desaparición del hielo, sino también por una transformación profunda de los procesos químicos que sostienen la vida marina y ayudan a regular el clima del planeta. 

Las muertes por eventos climáticos aumentan, pero algunas regiones logran revertir la tendencia

28 January 2026 at 11:00
Inundación severa cubriendo calles y viviendas tras lluvias intensas, con personas desplazándose entre el agua y equipos de emergencia al fondo.

Un análisis global de casi cuatro décadas revela que el cambio climático está asociado a un mayor número de muertes por fenómenos extremos, aunque la adaptación humana ha permitido salvar cientos de miles de vidas en determinadas partes del mundo.

Desde finales de la década de 1980, el número de personas que mueren como consecuencia directa de fenómenos meteorológicos extremos ha aumentado de forma notable a escala global. Olas de calor, inundaciones y tormentas se han vuelto más intensas y, en muchos casos, más frecuentes, en un contexto de calentamiento del planeta ampliamente documentado por la comunidad científica. Sin embargo, esta tendencia general esconde una realidad más compleja: no todas las regiones del mundo siguen el mismo patrón, y en algunas el impacto humano de estos desastres se ha reducido de manera significativa.

Así lo muestra un nuevo estudio liderado por el geofísico B. B. Cael, de la University of Chicago, publicado en la revista Geophysical Research Letters. La investigación analiza casi cuarenta años de datos sobre desastres climáticos y sus víctimas mortales, con un enfoque que combina rigor estadístico y una mirada comparativa entre continentes. El resultado es un panorama desigual, donde conviven señales de alarma con ejemplos claros de que las políticas de adaptación pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Una base de datos global y criterios estrictos

Para su análisis, Cael recurrió a la Emergency Events Database (EM-DAT), uno de los registros más completos y utilizados a nivel internacional para el seguimiento de catástrofes naturales. El investigador decidió aplicar un criterio especialmente exigente: solo incluyó eventos climáticos que hubieran causado al menos 30 muertes. El objetivo era centrarse en los episodios con mayor impacto humano y evitar que fluctuaciones menores distorsionaran las tendencias de largo plazo.

El período estudiado abarca desde 1988 hasta 2024. Tras el proceso de filtrado, la base de datos final quedó compuesta por 1974 eventos extremos, entre ellos 300 olas de calor y frío, 1088 inundaciones y 586 tormentas. En conjunto, estos fenómenos fueron responsables de aproximadamente 941 000 muertes en todo el mundo durante el período analizado.

La distribución geográfica de estos desastres no es uniforme. Asia concentra la mayor parte de los eventos y de las víctimas, seguida por África, Europa, América Latina y América del Norte. Para identificar tendencias, Cael aplicó métodos estadísticos utilizados habitualmente en el análisis de fenómenos extremos, como los que se emplean para estudiar daños por huracanes o precipitaciones excepcionales. Esto permitió evaluar, por continente y por tipo de desastre, si la letalidad de estos eventos ha aumentado, disminuido o se ha mantenido estable con el paso del tiempo.

Asia y el peso de la adaptación

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio se observa en Asia. A pesar de ser la región más afectada por inundaciones y tormentas, estas no se han vuelto más mortales con el tiempo. Al contrario, la tendencia apunta a una reducción clara del número de víctimas por evento.

Según las estimaciones del estudio, entre 1988 y 2024 se habrían salvado alrededor de 350 000 vidas en Asia gracias a una disminución sostenida de la mortalidad asociada a inundaciones y tormentas. En términos relativos, esto equivale a una caída cercana al 40 % en la tasa de muertes por estos fenómenos, incluso teniendo en cuenta el crecimiento poblacional en la región.

El propio Cael califica estas cifras de “sorprendentemente altas” y las atribuye a una combinación de factores: mejores sistemas de alerta temprana, infraestructuras más robustas, planes de evacuación más eficaces y una respuesta de emergencia más rápida y coordinada. Todo ello ha permitido reducir la vulnerabilidad de millones de personas frente a eventos que, en décadas anteriores, habrían tenido consecuencias mucho más graves.

Este resultado es especialmente relevante porque no considera explícitamente el aumento en la intensidad de las precipitaciones asociado al cambio climático. Es decir, la mejora observada en Asia se produce a pesar de que algunos riesgos climáticos están aumentando, lo que refuerza la idea de que la adaptación puede compensar, al menos en parte, los efectos de un clima más extremo.

África y el peso de los eventos excepcionales

En África, el panorama es más complejo y difícil de interpretar. Los datos muestran una aparente tendencia al aumento de muertes por inundaciones, en un contexto de rápido crecimiento demográfico y expansión de asentamientos en zonas vulnerables, como llanuras aluviales y áreas costeras mal protegidas.

No obstante, el estudio advierte que esta tendencia está fuertemente influida por un solo evento de magnitud excepcional: la tormenta Daniel, que golpeó el Mediterráneo en septiembre de 2023. En Libia, el colapso de dos presas cerca de la ciudad de Derna provocó inundaciones catastróficas que causaron la muerte de más de 13 000 personas y generaron daños económicos estimados en decenas de miles de millones.

Cuando este episodio se excluye del análisis estadístico, la tendencia al alza en la mortalidad por inundaciones en África prácticamente desaparece. Esto sugiere que el continente no está experimentando, al menos por ahora, un aumento sostenido y sistemático en la letalidad de estos eventos, sino que sigue siendo extremadamente vulnerable a catástrofes raras pero devastadoras, que algunos expertos califican como fenómenos de ocurrencia centenaria o incluso bicentenaria.

El caso africano pone de relieve la importancia de la infraestructura crítica, como presas y sistemas de drenaje, y de su mantenimiento. También subraya cómo la combinación de eventos meteorológicos extremos y fallos estructurales puede multiplicar el impacto humano de una sola tormenta.

Europa y el avance silencioso del calor

Europa destaca en el estudio por una tendencia claramente preocupante: el aumento de la mortalidad asociada a las olas de calor. A diferencia de otras regiones, donde las inundaciones y las tormentas dominan las estadísticas, en el continente europeo el calor extremo se ha convertido en el principal factor de riesgo climático para la población.

El análisis muestra que las muertes relacionadas con el calor han aumentado de forma significativa desde finales de los años ochenta. Este cambio no se explica por un aumento de la población expuesta, ya que el crecimiento demográfico europeo en ese período fue inferior al 4 %. La causa principal es la mayor frecuencia e intensidad de los veranos extremadamente calurosos, junto con una reducción de los episodios de frío intenso.

Además, se observa un desplazamiento estacional de la mortalidad. Mientras que en el pasado las muertes asociadas al clima se concentraban sobre todo en otoño e invierno, ahora una proporción creciente ocurre en primavera y verano. Este fenómeno afecta especialmente a personas mayores, pacientes con enfermedades cardiovasculares y poblaciones urbanas expuestas al efecto isla de calor.

A diferencia de las inundaciones, donde las obras de ingeniería y los sistemas de alerta pueden ofrecer una protección directa, la adaptación al calor extremo requiere estrategias más complejas, que van desde el rediseño de las ciudades hasta cambios en los sistemas de salud y en los hábitos cotidianos de la población.

América sin tendencias claras

En América del Norte y América Latina, el estudio no identifica tendencias estadísticamente significativas en la mortalidad por eventos climáticos extremos durante el período analizado. Esto no implica que la región esté libre de riesgos, sino que las variaciones observadas no siguen un patrón claro de aumento o disminución a largo plazo.

En estas regiones conviven realidades muy distintas: países con alta capacidad de respuesta y otros con sistemas de protección más frágiles, zonas expuestas a huracanes, sequías prolongadas, inundaciones repentinas y olas de calor cada vez más frecuentes. Esta diversidad dificulta la identificación de tendencias continentales homogéneas y sugiere que los análisis a escala nacional o incluso local son esenciales para comprender el verdadero impacto del cambio climático en la mortalidad.

El papel decisivo de la acción humana

Más allá de las diferencias regionales, el estudio de Cael transmite un mensaje central: el cambio climático incrementa la amenaza de los fenómenos extremos, pero no determina de forma inevitable su impacto humano. Las decisiones políticas, la inversión en infraestructura, la planificación urbana y la preparación de los sistemas de emergencia pueden reducir de manera sustancial el número de víctimas.

La experiencia asiática demuestra que incluso en regiones altamente expuestas es posible salvar cientos de miles de vidas mediante medidas de adaptación sostenidas en el tiempo. Al mismo tiempo, los casos de África y Europa recuerdan que la falta de preparación o la subestimación de riesgos emergentes, como el calor extremo, puede tener consecuencias mortales.

En un mundo que se calienta rápidamente, el estudio refuerza la idea de que la adaptación no es un complemento opcional de la mitigación del cambio climático, sino una necesidad urgente. Construir diques más altos, mejorar los sistemas de alerta, reforzar infraestructuras críticas, rediseñar ciudades y proteger a las poblaciones más vulnerables son acciones que, según los datos, pueden marcar una diferencia real y medible en términos de vidas humanas.

Un planeta en llamas hace 56 millones de años revela nuevas claves sobre el cambio climático

21 January 2026 at 11:00
Incendio forestal avanzando sobre un bosque seco, con grandes llamas y columnas de humo, un fenómeno ligado al aumento de temperaturas.

Restos microscópicos de carbón vegetal hallados en sedimentos marinos muestran que un episodio extremo de calentamiento global en la prehistoria estuvo acompañado por incendios forestales masivos y profundos cambios ecológicos.

Mucho antes de que la actividad humana alterara la atmósfera, la Tierra ya había atravesado episodios de calentamiento abrupto con consecuencias profundas para los ecosistemas. Uno de los más intensos ocurrió hace unos 56 millones de años, durante el llamado Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, un periodo en el que la temperatura media global aumentó de forma rápida y sostenida. Ahora, un nuevo estudio científico aporta pruebas sólidas de que aquel calentamiento estuvo acompañado por incendios forestales generalizados, comparables en escala —aunque no en origen— a los que hoy se observan en distintas regiones del planeta.

La investigación se basa en el análisis detallado de sedimentos marinos extraídos del fondo del océano Atlántico Norte, cerca de las costas actuales de Noruega. En esas capas de sedimento, acumuladas lentamente a lo largo de millones de años, los científicos han identificado abundantes restos de carbón vegetal microscópico, junto con cambios abruptos en el polen fósil y otros indicadores ambientales. El conjunto de evidencias apunta a un escenario de incendios recurrentes y extensos, estrechamente ligados a un aumento repentino de dióxido de carbono en la atmósfera.

El estudio ha sido publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences y constituye uno de los análisis más detallados hasta la fecha sobre la relación entre calentamiento global y fuego en tiempos prehistóricos. Sus resultados refuerzan la idea de que el sistema climático de la Tierra puede reaccionar de manera no lineal ante perturbaciones rápidas, incluso en ausencia de intervención humana directa.

El Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno como laboratorio natural

El episodio del Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, conocido por sus siglas PETM, es uno de los eventos climáticos más estudiados del pasado geológico reciente. Ocurrió unos 10 millones de años después de la extinción de los dinosaurios y se caracterizó por un aumento de la temperatura media global de entre 5 y 8 grados centígrados en apenas unos miles de años, un intervalo extremadamente corto en términos geológicos.

Durante ese periodo, el planeta adoptó un aspecto radicalmente distinto al actual. Las regiones polares carecían casi por completo de hielo permanente, los océanos eran más cálidos y ácidos, y los ecosistemas terrestres experimentaron una reorganización profunda. Grandes cantidades de carbono fueron liberadas a la atmósfera y a los océanos, aunque el origen exacto de esa liberación sigue siendo objeto de debate científico.

Lo que sí está claro es que el PETM ofrece una oportunidad única para estudiar cómo responde la Tierra a una inyección masiva de gases de efecto invernadero. A diferencia de la situación actual, aquel calentamiento no fue provocado por la quema de combustibles fósiles, sino por procesos naturales aún no completamente esclarecidos, como actividad volcánica, liberación de metano desde los fondos marinos o cambios en los ciclos del carbono.

Sedimentos marinos que conservan la memoria del fuego

La nueva investigación se apoya en muestras de sedimento obtenidas mediante perforaciones profundas del lecho marino. Estos sedimentos presentan una estructura laminada, con capas finas superpuestas que funcionan de manera similar a los anillos de crecimiento de un árbol: cada capa registra información ambiental del momento en que se formó.

Al analizar esas capas bajo el microscopio, los investigadores cuantificaron partículas de polen, restos orgánicos y fragmentos de carbón vegetal. La presencia de este último es especialmente reveladora, ya que el carbón se forma únicamente cuando la vegetación terrestre se quema en incendios y sus restos son transportados por el viento o el agua hasta el océano.

Según explica una de las autoras del estudio, Mei Nelissen, investigadora de la Universidad de Utrecht, “la abundancia de carbón vegetal en los sedimentos aumenta de forma muy marcada coincidiendo con el inicio del PETM, lo que indica que los incendios forestales no fueron eventos aislados, sino un fenómeno recurrente y extendido”. La científica añade que los cambios observados en el polen fósil refuerzan esa interpretación.

Antes del aumento de CO₂, los sedimentos muestran una alta proporción de polen de coníferas, árboles que dominaban amplias regiones del hemisferio norte. Sin embargo, tras el inicio del calentamiento, esa vegetación es sustituida rápidamente por otras especies, incluidas variedades de helechos conocidas por colonizar terrenos quemados. “Ese tipo de plantas suele proliferar después de incendios intensos, cuando el paisaje ha quedado abierto y alterado”, señala Nelissen.

Incendios, erosión y océanos alterados

Los incendios no solo transformaron la vegetación terrestre, sino que también tuvieron efectos en cascada sobre otros sistemas del planeta. La desaparición de grandes extensiones de bosque dejó los suelos expuestos a la erosión, facilitando el arrastre de sedimentos y materia orgánica hacia ríos y mares. Esa entrada masiva de nutrientes y carbono en los océanos contribuyó a cambios químicos y biológicos significativos.

El estudio documenta indicios claros de perturbación del suelo, visibles en la composición de los sedimentos marinos. Estos cambios sugieren que los incendios y la pérdida de cobertura vegetal alteraron el ciclo del carbono de forma compleja, amplificando el impacto inicial del calentamiento. En otras palabras, el fuego no fue solo una consecuencia del cambio climático, sino también un factor que pudo intensificarlo.

Esta interacción entre clima, vegetación e incendios es uno de los aspectos más relevantes del trabajo. Los investigadores subrayan que el PETM muestra cómo un aumento rápido de la temperatura puede empujar a los ecosistemas más allá de ciertos umbrales, desencadenando procesos que refuerzan el calentamiento en lugar de amortiguarlo.

Comparaciones inevitables con el presente

Aunque las causas del calentamiento durante el PETM fueron naturales, las comparaciones con la situación actual resultan difíciles de evitar. En la actualidad, la concentración de CO₂ en la atmósfera está aumentando a un ritmo sin precedentes en la historia reciente del planeta, impulsada por la actividad humana. De hecho, las emisiones actuales superan ampliamente las estimadas para el inicio del PETM en términos de velocidad.

“Hoy estamos liberando carbono a la atmósfera a un ritmo al menos diez veces mayor que durante el PETM”, advierte Nelissen en el estudio. No obstante, matiza que la cantidad total de carbono acumulada en la atmósfera durante aquel episodio fue muy elevada, y que el proceso se extendió durante miles de años. Aun así, el paralelismo en los mecanismos de respuesta del sistema terrestre es motivo de preocupación.

Los incendios forestales se están intensificando en muchas regiones del mundo actual, impulsados por temperaturas más altas, sequías prolongadas y cambios en el uso del suelo. El registro geológico del PETM sugiere que, una vez que ciertas condiciones se combinan, el fuego puede convertirse en un elemento dominante del paisaje durante largos periodos.

Preguntas abiertas sobre la recuperación climática

Uno de los grandes interrogantes que persisten es cómo logró la Tierra salir de un estado tan cálido como el del PETM y regresar gradualmente a condiciones más templadas. El estudio reconoce que, pese a los avances en la comprensión de aquel episodio, los mecanismos exactos de enfriamiento posterior siguen siendo objeto de debate.

Algunas hipótesis apuntan a cambios en la configuración de los continentes y a la evolución de las corrientes oceánicas, que habrían facilitado una mayor absorción de carbono por parte de los océanos y un enfriamiento progresivo del clima. Otros investigadores sugieren que el aumento de la meteorización química de las rocas, acelerado por las altas temperaturas y las lluvias intensas, pudo retirar CO₂ de la atmósfera a lo largo de cientos de miles de años.

Lo que resulta claro es que la recuperación no fue rápida desde una perspectiva humana. El PETM duró alrededor de 200 000 años, un lapso durante el cual los ecosistemas tuvieron que adaptarse a condiciones extremas. Esa escala temporal subraya una diferencia crucial con el presente: aunque la Tierra posee mecanismos de autorregulación, estos operan demasiado lentamente como para evitar impactos severos en sociedades humanas y ecosistemas actuales.

Un mensaje desde el pasado profundo

Los autores del estudio insisten en que su trabajo no pretende establecer equivalencias directas entre el PETM y el cambio climático contemporáneo, pero sí ofrecer un contexto más amplio para entender los riesgos asociados a un calentamiento rápido. El registro de incendios masivos en aquel periodo demuestra que el fuego ha sido, y puede volver a ser, una respuesta natural del sistema terrestre ante perturbaciones climáticas extremas.

“Los sedimentos marinos actúan como un archivo extraordinario de la historia de la Tierra”, afirma Nelissen. “Al leer ese archivo con suficiente detalle, podemos identificar patrones que nos ayudan a anticipar posibles trayectorias futuras”. En ese sentido, el pasado remoto se convierte en una herramienta valiosa para interpretar el presente.

El estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences refuerza una idea cada vez más aceptada en la comunidad científica: el cambio climático no solo eleva las temperaturas, sino que reorganiza profundamente los ecosistemas, altera los ciclos biogeoquímicos y puede desencadenar procesos difíciles de revertir. Hace 56 millones de años, el planeta ardió bajo un calor extremo. Hoy, ese recuerdo geológico adquiere una relevancia inquietante.

Los mosquitos se alimentan cada vez más de sangre humana por la deforestación

19 January 2026 at 11:00
Mosquito posado sobre la piel humana, ejemplificando el aumento de picaduras en zonas de bosque brasileño fragmentado.

La pérdida acelerada de biodiversidad en uno de los ecosistemas más ricos del planeta está alterando el comportamiento de los mosquitos forestales, que empiezan a picar con mayor frecuencia a las personas incluso cuando existen otras presas disponibles.

El avance de la deforestación y la fragmentación de los bosques tropicales no solo transforma el paisaje: también modifica las relaciones más básicas entre especies. En Brasil, uno de los países con mayor diversidad biológica del mundo, científicos han detectado un cambio preocupante en la conducta de los mosquitos que habitan los restos del Bosque Atlántico. Estos insectos, tradicionalmente asociados a una amplia variedad de animales silvestres, están recurriendo cada vez más a la sangre humana como fuente principal de alimento.

El hallazgo procede de una investigación reciente publicada en la revista científica Frontiers in Ecology and Evolution, que analizó con detalle qué especies están picando los mosquitos en áreas forestales degradadas del estado de Río de Janeiro. Los resultados apuntan a una tendencia clara: incluso en entornos donde aún sobreviven anfibios, aves y mamíferos, los mosquitos optan de forma desproporcionada por los seres humanos. El fenómeno, advierten los autores, no es anecdótico y podría tener implicaciones directas para la salud pública.

Un ecosistema fragmentado bajo presión

El Bosque Atlántico brasileño es uno de los grandes puntos calientes de biodiversidad del planeta. Durante siglos albergó una enorme variedad de especies, muchas de ellas endémicas. Sin embargo, la expansión urbana, la agricultura intensiva y las infraestructuras han reducido este ecosistema a fragmentos aislados que, en conjunto, representan apenas una parte del bosque original.

En ese contexto de presión ambiental se desarrolló el estudio liderado por investigadores brasileños especializados en entomología y ecología de enfermedades. El trabajo se llevó a cabo en dos áreas protegidas del estado de Río de Janeiro, Sítio Recanto Preservar y la Reserva Ecológica del Río Guapiaçu, dos enclaves que conservan restos significativos de vegetación nativa, pero rodeados por zonas habitadas y explotadas por el ser humano.

Para evaluar el comportamiento alimentario de los mosquitos, el equipo instaló trampas de luz durante la noche, un método habitual para atraer a estos insectos. A lo largo del muestreo se capturaron 1 714 mosquitos pertenecientes a 52 especies diferentes. De ellos, 145 hembras presentaban el abdomen lleno de sangre, lo que indicaba que se habían alimentado recientemente.

El análisis de la sangre revela una preferencia inesperada

El siguiente paso fue determinar de qué animales procedía esa sangre. Aunque suele asumirse que los mosquitos forestales se alimentan de una gran diversidad de vertebrados, especialmente en ecosistemas ricos, los datos obtenidos ofrecieron una imagen distinta. Solo en 24 muestras fue posible identificar con precisión el origen del alimento, pero el resultado fue contundente: 18 correspondían a sangre humana.

“Mostramos que los mosquitos capturados en fragmentos del Bosque Atlántico presentan una clara preferencia por alimentarse de sangre humana”, explica el biólogo Jeronimo Alencar, uno de los autores principales del estudio. Según el investigador, este patrón resulta llamativo porque contradice la expectativa de una dieta más variada en un entorno con múltiples hospedadores potenciales.

Para identificar el origen de la sangre, los científicos recurrieron a una técnica de análisis genético basada en la amplificación de un fragmento específico de ADN. Ese segmento funciona como una especie de código de barras biológico que permite distinguir entre especies animales al compararlo con bases de datos internacionales. Gracias a este método, los investigadores pudieron confirmar no solo la presencia de sangre humana, sino también restos procedentes de anfibios, aves, cánidos y roedores.

Picaduras múltiples y contactos cruzados

El análisis reveló además que algunos mosquitos habían ingerido sangre de más de una especie. En un ejemplar de Coquillettidia venezuelensis, por ejemplo, se detectó una mezcla de sangre humana y de anfibios. En otros casos, como en Coquillettidia fasciolata, predominaba la sangre de aves combinada con la de otros vertebrados.

Este tipo de resultados sugiere que los mosquitos pueden interrumpir una picadura y continuar alimentándose en otro hospedador, o bien realizar varias tomas consecutivas durante un mismo periodo de actividad. Desde el punto de vista epidemiológico, este comportamiento es especialmente relevante, ya que facilita el salto de patógenos entre especies distintas.

Los autores subrayan que el número limitado de muestras identificables no resta valor al patrón observado. Al contrario, consideran que la alta proporción de sangre humana detectada refuerza la hipótesis de que el entorno degradado está influyendo de manera directa en las decisiones alimentarias de los mosquitos.

¿Por qué los humanos se vuelven la presa principal?

El estudio no se limita a describir el fenómeno, sino que explora posibles explicaciones. El comportamiento de los mosquitos, señalan los investigadores, es el resultado de una combinación de factores genéticos y ambientales. Algunas especies pueden tener preferencias innatas por determinados hospedadores, pero la disponibilidad y la cercanía juegan un papel decisivo.

En los fragmentos de bosque cada vez más pequeños, muchas especies animales desaparecen o reducen drásticamente sus poblaciones. Al mismo tiempo, la presencia humana aumenta, ya sea por asentamientos permanentes, actividades agrícolas o turismo. “Con menos opciones naturales, los mosquitos se ven obligados a buscar otras fuentes de alimento”, señala Sergio Machado, investigador en microbiología e inmunología de la Universidad Federal de Río de Janeiro y coautor del trabajo. “Por simple disponibilidad, los humanos se convierten en el hospedador más frecuente”.

Esta interacción creciente entre mosquitos y personas no es solo una molestia. En regiones tropicales, muchas de las especies analizadas son conocidas por su capacidad para transmitir virus y otros patógenos. El cambio en los patrones de picadura puede, por tanto, alterar la dinámica de las enfermedades infecciosas.

Un riesgo creciente para la salud pública

En el área estudiada circulan virus como el de la fiebre amarilla, el dengue, el Zika, el chikungunya o el Mayaro, entre otros. No todos los mosquitos están infectados ni todas las picaduras derivan en enfermedad, pero el aumento del contacto entre insectos y humanos incrementa la probabilidad de transmisión.

Machado advierte que “en un entorno con gran diversidad de vertebrados, una preferencia marcada por los humanos eleva de forma significativa el riesgo de que los patógenos salten de un hospedador a otro y se propaguen con mayor rapidez”. Desde esta perspectiva, la pérdida de biodiversidad no solo empobrece los ecosistemas, sino que también puede favorecer escenarios más propicios para brotes epidémicos.

La investigación, difundida también a través de un comunicado científico en EurekAlert!, insiste en que estos cambios no deben interpretarse como un fenómeno aislado. Se trata de una señal de que el equilibrio ecológico está siendo alterado a varios niveles, con consecuencias que trascienden el ámbito ambiental.

Limitaciones y nuevas preguntas abiertas

Los propios autores reconocen que el estudio tiene limitaciones. Solo una fracción de los mosquitos capturados contenía sangre identificable, y las técnicas actuales aún presentan dificultades para analizar muestras mezcladas o degradadas. Aun así, consideran que los resultados justifican la necesidad de ampliar este tipo de investigaciones en otras regiones y con metodologías más avanzadas.

Comprender con mayor precisión qué especies pican a los humanos, en qué momentos y bajo qué condiciones ambientales, puede ser clave para diseñar estrategias de vigilancia y control más eficaces. En lugar de enfoques generalistas, los científicos proponen sistemas de monitoreo adaptados a las características ecológicas de cada zona.

Alencar destaca que “si sabemos que en determinados fragmentos forestales los mosquitos recurren con mayor frecuencia a las personas, podemos anticiparnos y reforzar las medidas preventivas”. Esto incluye desde campañas de información hasta programas de control vectorial que tengan en cuenta el impacto sobre el ecosistema y no se limiten a la eliminación indiscriminada de insectos.

Biodiversidad, un escudo invisible

Más allá de los mosquitos, el estudio pone de relieve un mensaje más amplio: la biodiversidad actúa como una barrera natural frente a la propagación de enfermedades. Cuando los ecosistemas se simplifican y pierden especies, las interacciones se vuelven más directas y, a menudo, más peligrosas para el ser humano.

La creciente dependencia de los mosquitos de la sangre humana en los bosques degradados del sureste brasileño es un ejemplo concreto de cómo los cambios ambientales pueden tener efectos inesperados. Lo que comienza como una alteración del hábitat termina influyendo en la salud y el bienestar de las poblaciones humanas que viven en contacto con esos entornos.

En ese sentido, los investigadores subrayan que proteger los ecosistemas no es solo una cuestión de conservación de la naturaleza, sino también una inversión en prevención sanitaria. Mantener bosques funcionales y diversos reduce la probabilidad de que los mosquitos y otros vectores concentren su actividad en un único hospedador.

El trabajo publicado en Frontiers in Ecology and Evolution aporta así una nueva pieza al complejo rompecabezas que conecta la degradación ambiental con la aparición y expansión de enfermedades. Un recordatorio de que, en un mundo cada vez más interconectado, la salud humana y la salud de los ecosistemas son, en realidad, dos caras de la misma moneda.

El nitrógeno impulsa el crecimiento acelerado de los bosques tropicales jóvenes

14 January 2026 at 11:00
Bosque tropical en regeneración con árboles jóvenes y vegetación densa, mostrando crecimiento acelerado y captura natural de carbono en un ecosistema húmedo.

Un amplio experimento internacional revela que la falta de nitrógeno frena la recuperación de los bosques tropicales y que su presencia puede casi duplicar su velocidad de crecimiento durante la primera década, con un impacto directo en la captura de dióxido de carbono.

La regeneración de los bosques tropicales se ha convertido en una de las grandes esperanzas frente al cambio climático. A medida que los árboles crecen, extraen dióxido de carbono de la atmósfera y lo almacenan en su madera, sus raíces y sus ramas. Esta función convierte a los bosques en auténticos sumideros de carbono, especialmente durante las primeras etapas de su recuperación tras la deforestación. Sin embargo, ese potencial no se activa automáticamente: depende de condiciones ecológicas muy concretas.

Una investigación publicada en Nature Communications aporta ahora una pieza clave para entender por qué muchos bosques tropicales jóvenes no crecen tan rápido como cabría esperar. El estudio concluye que la escasez de nitrógeno, un nutriente esencial para las plantas, limita de forma decisiva la velocidad de recuperación de estos ecosistemas. Cuando ese elemento está disponible, el crecimiento puede acelerarse hasta casi el doble durante los primeros años, lo que se traduce en una mayor absorción de CO₂ a escala global.

Según las estimaciones del equipo científico, si los bosques tropicales en recuperación dispusieran del nitrógeno necesario, podrían llegar a almacenar alrededor de 820 millones de toneladas adicionales de dióxido de carbono al año durante su fase más activa de crecimiento. Ese ritmo, subrayan los autores, puede mantenerse durante aproximadamente diez años, un periodo considerado crítico en la lucha por frenar el calentamiento global.

Jóvenes bosques como aliados climáticos

Los bosques jóvenes desempeñan un papel desproporcionadamente importante en el ciclo del carbono. A diferencia de los bosques maduros, donde la captación y la liberación de carbono tienden a equilibrarse, las masas forestales en regeneración crecen con rapidez y acumulan grandes cantidades de biomasa en poco tiempo. Esa dinámica los convierte en aliados estratégicos para mitigar las emisiones humanas, siempre que se den las condiciones adecuadas.

La ecóloga Sarah Batterman, del Cary Institute of Ecosystem Studies y una de las autoras del trabajo, lo resume así: “El nitrógeno determina la rapidez con la que regresan los bosques jóvenes”. En declaraciones difundidas a través de un comunicado científico internacional publicado en EurekAlert!, añade que “durante los primeros diez años, los bosques crecieron casi el doble de rápido cuando añadimos nitrógeno al suelo. Eso supone un aumento muy significativo de la captura de CO₂ y nos permite ganar un tiempo valioso para reducir las emisiones netas”.

El contexto global refuerza la relevancia del hallazgo. Se calcula que cerca de la mitad de los bosques tropicales del planeta se encuentran actualmente en proceso de recuperación tras haber sido degradados por la tala, los incendios o la expansión agrícola. En muchos casos, estas perturbaciones provocan la pérdida de nutrientes del suelo, que se erosionan o se lixivian con las lluvias, dejando a los ecosistemas empobrecidos y menos capaces de sostener un crecimiento rápido.

Un experimento a gran escala en Panamá

Para comprobar qué nutrientes limitan realmente el crecimiento de los bosques tropicales, un equipo internacional liderado por Wenguang Tang, de la Universidad de Glasgow, diseñó uno de los experimentos más ambiciosos realizados hasta ahora en este campo. El estudio se desarrolló en Panamá, en una región que alberga bosques en diferentes etapas de desarrollo, desde antiguas tierras agrícolas abandonadas hasta selvas maduras con siglos de antigüedad.

Los investigadores establecieron 76 parcelas experimentales, cada una de aproximadamente 60 por 30 metros, un tamaño comparable al de una pista de hockey sobre hielo. En cada una aplicaron tratamientos distintos: algunas recibieron nitrógeno, otras fósforo, otras ambos nutrientes y un último grupo se dejó como control, sin añadidos. A lo largo de los años, cada parcela fue inventariada de forma exhaustiva al menos cinco veces, registrando datos de más de 20 000 árboles en cada campaña.

“Es el experimento más grande y prolongado del mundo en el que se han añadido nitrógeno y fósforo a bosques tropicales”, explica Tang en declaraciones difundidas a través de un comunicado científico. “Cada fragmento de terreno ha sido medido y recontado repetidamente. El esfuerzo logístico fue enorme, pero nos permitió obtener una imagen muy sólida de cómo responden los bosques a estos nutrientes”.

Crecimientos cercanos al 100 por ciento

Los resultados superaron las expectativas del propio equipo. En áreas recientemente abandonadas por la agricultura, los bosques que recibieron nitrógeno crecieron un 95 por ciento más rápido que los de control. En parcelas donde la regeneración llevaba unos diez años en marcha, el aumento medio de la velocidad de crecimiento fue del 48 por ciento. Las diferencias eran visibles incluso a simple vista.

“Fue realmente sorprendente”, reconoce Batterman. “Las parcelas con nitrógeno adicional parecían gigantescas. Los árboles habían crecido de forma descomunal. No esperábamos una respuesta tan rápida y tan intensa al añadir compuestos de nitrógeno al suelo”.

Ese efecto, sin embargo, no se mantuvo indefinidamente. En bosques de 30 años o más, la adición de nitrógeno ya no produjo un aumento apreciable del crecimiento. Los científicos interpretan este resultado como una señal de que, con el tiempo, los suelos forestales recuperan parte de su fertilidad de manera natural. Entre los mecanismos implicados se encuentran los árboles capaces de fijar nitrógeno atmosférico en simbiosis con bacterias, un proceso que enriquece progresivamente el suelo.

El enigma del fósforo

Durante décadas, una de las teorías dominantes en ecología tropical sostenía que el fósforo era el principal nutriente limitante en estos ecosistemas, especialmente en suelos antiguos y muy lavados por las lluvias. Sin embargo, el nuevo estudio no encontró evidencia de que la adición de fósforo acelerara el crecimiento de los bosques, ni siquiera en las etapas más tempranas de la recuperación.

“Este resultado cuestiona una idea muy arraigada”, afirma Tang. “Durante mucho tiempo se pensó que los bosques tropicales estaban sobre todo limitados por la falta de fósforo”.

Los autores no descartan que este elemento desempeñe un papel importante en otros aspectos no medidos directamente, como el desarrollo de raíces, la producción de frutos o la reproducción. También es posible que muchas especies tropicales hayan desarrollado adaptaciones eficientes para prosperar en condiciones de bajo fósforo. Para aclarar estas incógnitas, el equipo planea extender sus investigaciones a bosques de África y Asia, donde las condiciones del suelo y la composición de especies pueden ser diferentes.

Potencial climático y límites prácticos

La magnitud del beneficio climático potencial es considerable. El aumento de la captura de carbono asociado al crecimiento acelerado de los bosques jóvenes sería comparable, según los cálculos del estudio, a retirar de la circulación unos 142 millones de automóviles de gasolina cada año. Sin embargo, los investigadores son cautelosos a la hora de trasladar estos resultados a políticas de intervención directa.

Lejos de promover la fertilización masiva de bosques tropicales con fertilizantes industriales, el equipo subraya que esa estrategia tendría costes económicos y ambientales elevados. La producción y el uso de fertilizantes sintéticos generan emisiones de gases de efecto invernadero y pueden contaminar suelos y aguas si se aplican sin control.

La alternativa, explican, pasa por diseñar programas de restauración forestal más inteligentes. Una de las propuestas consiste en favorecer la plantación de especies arbóreas capaces de fijar nitrógeno de forma natural, de modo que enriquezcan el suelo a medida que crecen. Otra opción es concentrar los esfuerzos de reforestación en zonas donde ya existe una alta deposición de nitrógeno procedente de la agricultura, el tráfico o la actividad industrial.

“De esa manera, los bosques pueden matar dos pájaros de un tiro”, señala Batterman. “Por un lado, eliminan el exceso de nitrógeno que contamina el entorno y, por otro, crecen más rápido”.

Ganar tiempo en una década decisiva

Más allá de las cifras, el estudio pone el acento en un factor temporal que muchos expertos consideran crucial. Aunque a largo plazo los bosques no incrementan indefinidamente su capacidad de almacenar carbono, la aceleración del crecimiento durante los primeros diez años puede marcar una diferencia significativa en el corto plazo.

“A largo plazo, los bosques no almacenan más carbono en total”, explica Batterman. “Pero en esos primeros diez años lo hacen mucho más rápido. Y esos diez años son exactamente los que necesitamos ahora, porque la transición hacia energías limpias avanza demasiado despacio”.

En ese sentido, la investigación refuerza la idea de que la restauración de los bosques tropicales no es solo una cuestión de plantar árboles, sino de entender y gestionar los procesos ecológicos que determinan su crecimiento. El nitrógeno, un elemento a menudo asociado a problemas ambientales en otros contextos, emerge aquí como una pieza clave para liberar el potencial climático de algunos de los ecosistemas más importantes del planeta.

Los océanos rompieron todos los récords de calor en 2025

12 January 2026 at 11:00
Océano polar con grandes placas de hielo derritiéndose, reflejando el impacto del calentamiento global y el aumento récord de calor en los mares.

Los mares del planeta almacenaron más energía térmica que en ningún otro año desde que existen mediciones, confirmando una aceleración sostenida del calentamiento global con efectos directos sobre el clima extremo.

Los océanos de la Tierra actuaron en 2025 como nunca antes. Lejos de ser simples masas de agua pasivas, absorbieron una cantidad de calor sin precedentes, consolidándose como el principal regulador —y víctima— del calentamiento global inducido por las emisiones humanas. Más del 90 % del exceso de energía atrapada por los gases de efecto invernadero terminó en el océano, no solo en su superficie, sino penetrando hasta profundidades de casi dos kilómetros.

Un nuevo análisis internacional cuantificó con precisión esa acumulación térmica y llegó a una conclusión inequívoca: 2025 fue el año más cálido jamás registrado para los primeros 2000 metros de los océanos del mundo. El estudio, publicado en la revista científica Advances in Atmospheric Sciences, especializada en ciencias atmosféricas y oceánicas, detalla que el océano absorbió alrededor de 23 zettajulios adicionales de energía en comparación con 2024, una cifra que equivale a un número difícil de imaginar de explosiones nucleares concentradas en el agua del planeta.

Una señal clara en las profundidades del océano

La investigación fue realizada por un consorcio internacional de climatólogos y oceanógrafos que analizaron décadas de observaciones procedentes de boyas, barcos, satélites y modelos oceánicos. Según explican los autores, la temperatura media del océano profundo es uno de los indicadores más robustos del cambio climático, ya que integra el calentamiento a largo plazo y no se ve tan afectada por variaciones meteorológicas de corto plazo.

“El océano es como un gigantesco archivo climático”, señaló uno de los investigadores principales en declaraciones difundidas a través de un comunicado científico publicado por EurekAlert. “Si queremos saber cuánta energía adicional está entrando realmente en el sistema Tierra —el conjunto formado por la atmósfera, los océanos, la criosfera y la superficie continental— debemos mirar al océano, no solo al aire”. Esa afirmación resume por qué los científicos consideran estos resultados especialmente preocupantes.

Los datos muestran que el calentamiento no se limita a regiones aisladas. En 2025, aproximadamente un tercio de todas las áreas oceánicas del planeta se ubicaron entre los tres años más cálidos jamás observados, mientras que más de la mitad entró en el grupo de los cinco años con mayor contenido de calor. La señal es global, persistente y cada vez más intensa.

Nueve años consecutivos de récords sin precedentes

Uno de los aspectos más llamativos del nuevo informe es la continuidad de la tendencia. Desde 2017 hasta 2025, los océanos han batido récords de contenido de calor de manera ininterrumpida durante nueve años consecutivos. Según los científicos, no existe ningún antecedente similar en los registros modernos.

Esta sucesión de máximos históricos no es un simple accidente estadístico. Los investigadores subrayan que refleja un desequilibrio energético persistente del planeta: entra más energía de la que sale, y el océano absorbe la mayor parte de ese exceso. Mientras las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero sigan aumentando, este proceso continuará.

Algunas regiones destacaron especialmente en 2025. La zona del océano Austral que rodea la Antártida mostró valores récord, al igual que el Atlántico Norte y el mar Mediterráneo. Estas áreas son consideradas puntos clave del sistema climático global, ya que influyen en corrientes oceánicas, patrones atmosféricos y ecosistemas marinos de gran importancia.

Un enfriamiento superficial que no contradice la tendencia

Paradójicamente, mientras las capas profundas del océano seguían acumulando calor, la temperatura media de la superficie marina descendió ligeramente en comparación con el año anterior. En 2025, el valor global fue aproximadamente 0,12 grados inferior al de 2024, que había sido el año más cálido registrado en superficie.

Lejos de contradecir el calentamiento global, este descenso tiene una explicación bien conocida: la presencia del fenómeno climático La Niña. Este patrón natural favorece el afloramiento de aguas más frías en el Pacífico tropical, lo que reduce temporalmente la temperatura superficial media del océano.

“Lo importante es entender que la energía no desaparece”, explican los autores del estudio. “Durante La Niña, el calor se redistribuye dentro del océano y hacia capas más profundas”. De hecho, incluso con ese enfriamiento relativo, 2025 se posicionó como el tercer año más cálido jamás registrado para la temperatura superficial del mar, una señal de que el nivel de partida es cada vez más alto.

Impactos climáticos visibles en todo el planeta

El aumento continuo del calor oceánico no es una curiosidad científica abstracta. Tiene consecuencias directas y medibles sobre el clima extremo. Un océano más cálido libera más vapor de agua a la atmósfera, alimentando tormentas más intensas y lluvias más violentas, mientras que también contribuye a olas de calor más prolongadas en tierra firme.

En 2025, estos efectos se manifestaron de forma dramática en distintas regiones del mundo. En el sudeste asiático, inundaciones catastróficas provocadas por lluvias excepcionales causaron la muerte de más de 1350 personas. En el sur de Europa, una ola de calor extrema llevó los termómetros por encima de los 48 grados, rompiendo récords históricos y poniendo en jaque a los sistemas de salud y energía. En Estados Unidos, una crecida súbita en Texas dejó al menos 138 víctimas mortales tras precipitaciones intensas concentradas en pocas horas.

Los científicos señalan que ningún evento aislado puede atribuirse exclusivamente al calentamiento oceánico, pero el contexto térmico elevado aumenta la probabilidad y la intensidad de estos desastres. “Es como cargar los dados”, explicó uno de los investigadores. “No garantiza un resultado concreto, pero hace que los extremos sean mucho más probables”.

Un ritmo de calentamiento cada vez más rápido

Más allá de los récords anuales, el estudio revela otro dato inquietante: la velocidad a la que se está calentando el océano se ha incrementado de manera notable. Entre 1958 y 1985, el contenido de calor oceánico aumentaba a un ritmo promedio de 2,9 zettajulios por año. Desde 2007, esa cifra se ha disparado hasta superar los 11 zettajulios anuales, es decir, casi cuatro veces más.

Este aumento en la pendiente de la curva es una señal clara de que el sistema climático está respondiendo de forma acelerada al incremento de gases de efecto invernadero. Los investigadores advierten que, incluso si las emisiones se estabilizaran hoy, el océano seguiría calentándose durante años debido a la inercia térmica del sistema.

“El calentamiento del océano solo se detendrá cuando las emisiones netas de gases de efecto invernadero lleguen a cero”, subrayan los autores. Hasta entonces, los mares continuarán absorbiendo energía y amplificando los impactos del cambio climático.

Un indicador más fiable que la temperatura del aire

Los climatólogos insisten en que la temperatura del aire, aunque es el indicador más citado, no siempre refleja con precisión la magnitud real del calentamiento global. Las variaciones asociadas a fenómenos como El Niño y La Niña pueden provocar subidas o bajadas temporales que confunden la percepción pública.

El contenido de calor del océano, en cambio, actúa como un promedio a largo plazo del desequilibrio energético del planeta. Al absorber y almacenar enormes cantidades de energía, suaviza las oscilaciones de corto plazo y revela con mayor claridad la tendencia subyacente.

Por esa razón, muchos científicos consideran que el océano ofrece la “firma térmica” más fiable del cambio climático. Y esa firma, según los datos más recientes, apunta de forma inequívoca hacia un planeta que continúa acumulando calor a un ritmo cada vez mayor.

Un mensaje inequívoco desde el océano

Los resultados de este trabajo científico, difundidos también a través de plataformas internacionales de divulgación académica, refuerzan un mensaje que la comunidad científica viene repitiendo desde hace años: el calentamiento global no se ha detenido ni se ha ralentizado. Por el contrario, se está intensificando, y el océano es el principal testigo de ese proceso.

Mientras las emisiones continúen, los récords seguirán cayendo. Y aunque el océano ha actuado hasta ahora como un amortiguador que protege a la humanidad de un calentamiento aún más rápido del aire, ese servicio tiene un costo creciente para los ecosistemas marinos y para la estabilidad climática del planeta.

En palabras de uno de los autores del estudio, “el océano nos está diciendo, de la forma más clara posible, que el sistema Tierra sigue fuera de equilibrio”. Ignorar esa señal, advierten los científicos, solo hará que los impactos futuros sean más severos y más difíciles de gestionar.

Antiguos restos de lava del fondo marino almacenan enormes cantidades de CO₂

2 January 2026 at 11:00
Superficie del océano Atlántico sobre una dorsal submarina donde antiguas rocas volcánicas almacenan dióxido de carbono durante millones de años

Capas de brecha volcánica formadas en la dorsal mesoatlántica actúan como auténticas esponjas de carbono durante millones de años, ampliando el papel del océano profundo en la regulación del clima terrestre.

El fondo del océano, a menudo percibido como un escenario geológicamente pasivo y lejano, es en realidad uno de los actores más relevantes en el equilibrio químico del planeta. Nuevas evidencias científicas muestran que antiguos escombros de lava acumulados en la base de montañas submarinas pueden atrapar enormes cantidades de dióxido de carbono durante decenas de millones de años. Estos hallazgos amplían la comprensión de cómo la Tierra regula de forma natural el carbono atmosférico a escalas de tiempo geológicas.

La investigación se centra en la dorsal mesoatlántica, una gigantesca cadena montañosa submarina que atraviesa el océano Atlántico de norte a sur. Esta estructura comenzó a formarse hace unos 160 millones de años, cuando el supercontinente Pangea empezó a fragmentarse y los continentes actuales iniciaron su separación. A día de hoy, la dorsal sigue activa y produce nueva corteza oceánica a partir de magma que asciende desde el manto terrestre.

Durante millones de años, la actividad volcánica, la tectónica y la erosión han dado lugar a grandes volúmenes de material fragmentado en los flancos de estas montañas submarinas. Es precisamente ese material, conocido como brecha volcánica o lavapuin, el que ha captado la atención de un equipo internacional de geólogos liderado por investigadores de la Universidad de Southampton.

Un archivo oculto de carbono en la corteza oceánica

Los científicos analizaron núcleos de perforación extraídos del fondo del Atlántico Sur, donde encontraron capas de brecha volcánica con una antigüedad aproximada de 60 millones de años. A diferencia de las coladas de lava compactas que suelen estudiarse en la corteza oceánica, estas brechas están formadas por fragmentos irregulares de lava acumulados tras procesos de erosión y colapso en los flancos de montes submarinos.

El estudio, publicado en la revista Nature Geoscience, revela que estas capas contienen cantidades de CO₂ muy superiores a las detectadas previamente en basaltos oceánicos más homogéneos. La investigación demuestra que el lavapuin puede almacenar entre dos y cuarenta veces más carbono que otros tipos de lava del fondo marino, un resultado que sorprendió incluso a los propios autores del trabajo.

La autora principal, Rosalind Coggon, explica que la clave reside en la estructura porosa del material. “Sabíamos desde hace tiempo que la erosión en los flancos de montañas submarinas produce grandes volúmenes de escombros volcánicos, similares a los canchales que se observan en las montañas continentales”, señala la investigadora. Esa geometría fragmentada multiplica la superficie de contacto entre la roca y el agua de mar, favoreciendo reacciones químicas prolongadas en el tiempo.

El papel del océano en la captura de carbono

El océano es uno de los principales sumideros de carbono del planeta. Una parte del CO₂ atmosférico se disuelve directamente en las aguas superficiales, especialmente en regiones frías, y puede hundirse hacia las profundidades. Otra fracción es absorbida por el fitoplancton, organismos microscópicos que utilizan el carbono para crecer mediante fotosíntesis. Cuando estos organismos mueren, su biomasa desciende al fondo marino y queda enterrada bajo capas de sedimentos, retirando carbono de la atmósfera durante miles o millones de años.

A estos mecanismos biológicos y físicos se suma ahora con mayor claridad un proceso puramente geológico. El estudio muestra que, a escalas temporales muy largas, la interacción entre el agua de mar y determinados tipos de roca puede secuestrar CO₂ de forma altamente eficiente. En el caso de las brechas volcánicas, el agua circula durante millones de años a través de grietas y espacios entre los fragmentos de lava.

“Durante todo ese tiempo, el agua de mar reacciona con la roca, intercambiando elementos químicos”, explica Coggon. “Ese proceso elimina CO₂ del agua y lo fija en minerales estables, como el carbonato cálcico, que quedan atrapados en la estructura de la roca”. Las capas de brecha terminan cementadas por minerales blancos ricos en carbono, transformándose en un archivo químico del pasado oceánico.

Una esponja de carbono a escala planetaria

Los resultados sugieren que la contribución de este tipo de rocas al ciclo global del carbono ha sido subestimada durante décadas. Hasta ahora, la mayor parte de los modelos se centraban en basaltos más compactos de la corteza oceánica o en procesos sedimentarios clásicos. Sin embargo, las brechas volcánicas asociadas a montañas submarinas erosionadas podrían representar un volumen mucho mayor de lo que se pensaba.

Según los investigadores, estas formaciones están ampliamente distribuidas a lo largo de las dorsales oceánicas de todo el planeta. Si su capacidad de almacenamiento de CO₂ es similar en otras regiones, el impacto acumulado sobre el clima terrestre a lo largo de millones de años podría ser considerable. El trabajo destaca que este mecanismo actúa como un regulador lento pero persistente de la concentración de dióxido de carbono en los océanos y, por extensión, en la atmósfera.

Un comunicado difundido por EurekAlert subraya que este descubrimiento obliga a reconsiderar el balance global de carbono a largo plazo y el papel de la corteza oceánica en la estabilización climática del planeta. La brecha volcánica, lejos de ser un simple residuo de la actividad geológica, emerge así como un componente activo del sistema climático profundo.

Implicaciones para la historia del clima terrestre

Comprender cómo se ha almacenado el carbono en el pasado es esencial para interpretar la evolución del clima a lo largo de la historia de la Tierra. Las concentraciones de CO₂ han fluctuado de forma drástica durante cientos de millones de años, influyendo en periodos de calentamiento global, glaciaciones y grandes transformaciones biológicas.

Los autores del estudio señalan que la formación de brechas volcánicas ricas en carbonatos pudo haber contribuido a amortiguar aumentos prolongados de CO₂ atmosférico en determinadas épocas geológicas. Aunque estos procesos son demasiado lentos para compensar las emisiones humanas actuales, ofrecen un marco de referencia crucial para entender los límites naturales del sistema terrestre.

Además, los resultados abren nuevas vías de investigación sobre la distribución de estas rocas y su interacción química con el océano. Aún se desconoce cuánta brecha volcánica existe en total en la corteza oceánica, ni cómo varía su capacidad de almacenamiento de carbono según la edad, la composición mineral o las condiciones locales del agua de mar.

Lecciones para las tecnologías de captura de carbono

El descubrimiento también tiene un eco inesperado en las estrategias modernas de mitigación del cambio climático. En los últimos años, varias iniciativas han apostado por capturar CO₂ directamente de fuentes industriales o del aire y almacenarlo de forma permanente en formaciones geológicas. Un ejemplo es el de la empresa suiza Climeworks, que trabaja en Islandia capturando dióxido de carbono emitido por centrales geotérmicas.

En ese proceso, el gas se disuelve en agua y se inyecta en el subsuelo, donde reacciona con rocas basálticas ricas en calcio y magnesio. En cuestión de años, el CO₂ se transforma en minerales carbonatados sólidos, de manera similar a lo que ocurre de forma natural en las brechas volcánicas del fondo marino. La diferencia es que, en el entorno oceánico, ese proceso ha operado sin intervención humana durante decenas de millones de años.

Los investigadores subrayan que estudiar estos sistemas naturales puede aportar información valiosa para optimizar las tecnologías de almacenamiento geológico. La naturaleza ofrece ejemplos de estabilidad química a largo plazo que podrían servir de inspiración para soluciones más seguras y duraderas frente al exceso de carbono atmosférico.

Un recordatorio del poder geológico del océano profundo

Más allá de sus implicaciones prácticas, el estudio pone de relieve la complejidad del océano como sistema integrado. Bajo kilómetros de agua, lejos de la luz solar y de los ecosistemas más visibles, la corteza oceánica interactúa constantemente con el agua de mar, influyendo en la química global del planeta.

La brecha volcánica de la dorsal mesoatlántica demuestra que incluso los restos fragmentados de antiguas erupciones pueden desempeñar un papel fundamental en la regulación climática. Como señala Coggon, este tipo de roca “actúa como una auténtica esponja de carbono en el ciclo de carbono a largo plazo”, recordando que los procesos geológicos lentos, aunque imperceptibles a escala humana, han sido decisivos para mantener la habitabilidad de la Tierra a lo largo de su historia.

El hallazgo invita a mirar el fondo del océano no solo como un archivo del pasado geológico, sino también como un componente activo y dinámico del sistema climático. En un momento en que la atención se centra en soluciones rápidas frente al cambio climático, estas investigaciones aportan una perspectiva profunda sobre cómo el planeta ha gestionado el carbono durante millones de años y sobre los límites, pero también las posibilidades, de los mecanismos naturales de almacenamiento.

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