La Antártida también ardió: carbón recuperado del fondo marino revela un bosque templado junto al Polo Sur hace 90 millones de años


Restos microscópicos de carbón vegetal hallados en sedimentos marinos muestran que un episodio extremo de calentamiento global en la prehistoria estuvo acompañado por incendios forestales masivos y profundos cambios ecológicos.
Mucho antes de que la actividad humana alterara la atmósfera, la Tierra ya había atravesado episodios de calentamiento abrupto con consecuencias profundas para los ecosistemas. Uno de los más intensos ocurrió hace unos 56 millones de años, durante el llamado Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, un periodo en el que la temperatura media global aumentó de forma rápida y sostenida. Ahora, un nuevo estudio científico aporta pruebas sólidas de que aquel calentamiento estuvo acompañado por incendios forestales generalizados, comparables en escala —aunque no en origen— a los que hoy se observan en distintas regiones del planeta.
La investigación se basa en el análisis detallado de sedimentos marinos extraídos del fondo del océano Atlántico Norte, cerca de las costas actuales de Noruega. En esas capas de sedimento, acumuladas lentamente a lo largo de millones de años, los científicos han identificado abundantes restos de carbón vegetal microscópico, junto con cambios abruptos en el polen fósil y otros indicadores ambientales. El conjunto de evidencias apunta a un escenario de incendios recurrentes y extensos, estrechamente ligados a un aumento repentino de dióxido de carbono en la atmósfera.
El estudio ha sido publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences y constituye uno de los análisis más detallados hasta la fecha sobre la relación entre calentamiento global y fuego en tiempos prehistóricos. Sus resultados refuerzan la idea de que el sistema climático de la Tierra puede reaccionar de manera no lineal ante perturbaciones rápidas, incluso en ausencia de intervención humana directa.
El episodio del Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, conocido por sus siglas PETM, es uno de los eventos climáticos más estudiados del pasado geológico reciente. Ocurrió unos 10 millones de años después de la extinción de los dinosaurios y se caracterizó por un aumento de la temperatura media global de entre 5 y 8 grados centígrados en apenas unos miles de años, un intervalo extremadamente corto en términos geológicos.
Durante ese periodo, el planeta adoptó un aspecto radicalmente distinto al actual. Las regiones polares carecían casi por completo de hielo permanente, los océanos eran más cálidos y ácidos, y los ecosistemas terrestres experimentaron una reorganización profunda. Grandes cantidades de carbono fueron liberadas a la atmósfera y a los océanos, aunque el origen exacto de esa liberación sigue siendo objeto de debate científico.
Lo que sí está claro es que el PETM ofrece una oportunidad única para estudiar cómo responde la Tierra a una inyección masiva de gases de efecto invernadero. A diferencia de la situación actual, aquel calentamiento no fue provocado por la quema de combustibles fósiles, sino por procesos naturales aún no completamente esclarecidos, como actividad volcánica, liberación de metano desde los fondos marinos o cambios en los ciclos del carbono.
La nueva investigación se apoya en muestras de sedimento obtenidas mediante perforaciones profundas del lecho marino. Estos sedimentos presentan una estructura laminada, con capas finas superpuestas que funcionan de manera similar a los anillos de crecimiento de un árbol: cada capa registra información ambiental del momento en que se formó.
Al analizar esas capas bajo el microscopio, los investigadores cuantificaron partículas de polen, restos orgánicos y fragmentos de carbón vegetal. La presencia de este último es especialmente reveladora, ya que el carbón se forma únicamente cuando la vegetación terrestre se quema en incendios y sus restos son transportados por el viento o el agua hasta el océano.
Según explica una de las autoras del estudio, Mei Nelissen, investigadora de la Universidad de Utrecht, “la abundancia de carbón vegetal en los sedimentos aumenta de forma muy marcada coincidiendo con el inicio del PETM, lo que indica que los incendios forestales no fueron eventos aislados, sino un fenómeno recurrente y extendido”. La científica añade que los cambios observados en el polen fósil refuerzan esa interpretación.
Antes del aumento de CO₂, los sedimentos muestran una alta proporción de polen de coníferas, árboles que dominaban amplias regiones del hemisferio norte. Sin embargo, tras el inicio del calentamiento, esa vegetación es sustituida rápidamente por otras especies, incluidas variedades de helechos conocidas por colonizar terrenos quemados. “Ese tipo de plantas suele proliferar después de incendios intensos, cuando el paisaje ha quedado abierto y alterado”, señala Nelissen.
Los incendios no solo transformaron la vegetación terrestre, sino que también tuvieron efectos en cascada sobre otros sistemas del planeta. La desaparición de grandes extensiones de bosque dejó los suelos expuestos a la erosión, facilitando el arrastre de sedimentos y materia orgánica hacia ríos y mares. Esa entrada masiva de nutrientes y carbono en los océanos contribuyó a cambios químicos y biológicos significativos.
El estudio documenta indicios claros de perturbación del suelo, visibles en la composición de los sedimentos marinos. Estos cambios sugieren que los incendios y la pérdida de cobertura vegetal alteraron el ciclo del carbono de forma compleja, amplificando el impacto inicial del calentamiento. En otras palabras, el fuego no fue solo una consecuencia del cambio climático, sino también un factor que pudo intensificarlo.
Esta interacción entre clima, vegetación e incendios es uno de los aspectos más relevantes del trabajo. Los investigadores subrayan que el PETM muestra cómo un aumento rápido de la temperatura puede empujar a los ecosistemas más allá de ciertos umbrales, desencadenando procesos que refuerzan el calentamiento en lugar de amortiguarlo.
Aunque las causas del calentamiento durante el PETM fueron naturales, las comparaciones con la situación actual resultan difíciles de evitar. En la actualidad, la concentración de CO₂ en la atmósfera está aumentando a un ritmo sin precedentes en la historia reciente del planeta, impulsada por la actividad humana. De hecho, las emisiones actuales superan ampliamente las estimadas para el inicio del PETM en términos de velocidad.
“Hoy estamos liberando carbono a la atmósfera a un ritmo al menos diez veces mayor que durante el PETM”, advierte Nelissen en el estudio. No obstante, matiza que la cantidad total de carbono acumulada en la atmósfera durante aquel episodio fue muy elevada, y que el proceso se extendió durante miles de años. Aun así, el paralelismo en los mecanismos de respuesta del sistema terrestre es motivo de preocupación.
Los incendios forestales se están intensificando en muchas regiones del mundo actual, impulsados por temperaturas más altas, sequías prolongadas y cambios en el uso del suelo. El registro geológico del PETM sugiere que, una vez que ciertas condiciones se combinan, el fuego puede convertirse en un elemento dominante del paisaje durante largos periodos.
Uno de los grandes interrogantes que persisten es cómo logró la Tierra salir de un estado tan cálido como el del PETM y regresar gradualmente a condiciones más templadas. El estudio reconoce que, pese a los avances en la comprensión de aquel episodio, los mecanismos exactos de enfriamiento posterior siguen siendo objeto de debate.
Algunas hipótesis apuntan a cambios en la configuración de los continentes y a la evolución de las corrientes oceánicas, que habrían facilitado una mayor absorción de carbono por parte de los océanos y un enfriamiento progresivo del clima. Otros investigadores sugieren que el aumento de la meteorización química de las rocas, acelerado por las altas temperaturas y las lluvias intensas, pudo retirar CO₂ de la atmósfera a lo largo de cientos de miles de años.
Lo que resulta claro es que la recuperación no fue rápida desde una perspectiva humana. El PETM duró alrededor de 200 000 años, un lapso durante el cual los ecosistemas tuvieron que adaptarse a condiciones extremas. Esa escala temporal subraya una diferencia crucial con el presente: aunque la Tierra posee mecanismos de autorregulación, estos operan demasiado lentamente como para evitar impactos severos en sociedades humanas y ecosistemas actuales.
Los autores del estudio insisten en que su trabajo no pretende establecer equivalencias directas entre el PETM y el cambio climático contemporáneo, pero sí ofrecer un contexto más amplio para entender los riesgos asociados a un calentamiento rápido. El registro de incendios masivos en aquel periodo demuestra que el fuego ha sido, y puede volver a ser, una respuesta natural del sistema terrestre ante perturbaciones climáticas extremas.
“Los sedimentos marinos actúan como un archivo extraordinario de la historia de la Tierra”, afirma Nelissen. “Al leer ese archivo con suficiente detalle, podemos identificar patrones que nos ayudan a anticipar posibles trayectorias futuras”. En ese sentido, el pasado remoto se convierte en una herramienta valiosa para interpretar el presente.
El estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences refuerza una idea cada vez más aceptada en la comunidad científica: el cambio climático no solo eleva las temperaturas, sino que reorganiza profundamente los ecosistemas, altera los ciclos biogeoquímicos y puede desencadenar procesos difíciles de revertir. Hace 56 millones de años, el planeta ardió bajo un calor extremo. Hoy, ese recuerdo geológico adquiere una relevancia inquietante.
La pérdida acelerada de biodiversidad en uno de los ecosistemas más ricos del planeta está alterando el comportamiento de los mosquitos forestales, que empiezan a picar con mayor frecuencia a las personas incluso cuando existen otras presas disponibles.
El avance de la deforestación y la fragmentación de los bosques tropicales no solo transforma el paisaje: también modifica las relaciones más básicas entre especies. En Brasil, uno de los países con mayor diversidad biológica del mundo, científicos han detectado un cambio preocupante en la conducta de los mosquitos que habitan los restos del Bosque Atlántico. Estos insectos, tradicionalmente asociados a una amplia variedad de animales silvestres, están recurriendo cada vez más a la sangre humana como fuente principal de alimento.
El hallazgo procede de una investigación reciente publicada en la revista científica Frontiers in Ecology and Evolution, que analizó con detalle qué especies están picando los mosquitos en áreas forestales degradadas del estado de Río de Janeiro. Los resultados apuntan a una tendencia clara: incluso en entornos donde aún sobreviven anfibios, aves y mamíferos, los mosquitos optan de forma desproporcionada por los seres humanos. El fenómeno, advierten los autores, no es anecdótico y podría tener implicaciones directas para la salud pública.
El Bosque Atlántico brasileño es uno de los grandes puntos calientes de biodiversidad del planeta. Durante siglos albergó una enorme variedad de especies, muchas de ellas endémicas. Sin embargo, la expansión urbana, la agricultura intensiva y las infraestructuras han reducido este ecosistema a fragmentos aislados que, en conjunto, representan apenas una parte del bosque original.
En ese contexto de presión ambiental se desarrolló el estudio liderado por investigadores brasileños especializados en entomología y ecología de enfermedades. El trabajo se llevó a cabo en dos áreas protegidas del estado de Río de Janeiro, Sítio Recanto Preservar y la Reserva Ecológica del Río Guapiaçu, dos enclaves que conservan restos significativos de vegetación nativa, pero rodeados por zonas habitadas y explotadas por el ser humano.
Para evaluar el comportamiento alimentario de los mosquitos, el equipo instaló trampas de luz durante la noche, un método habitual para atraer a estos insectos. A lo largo del muestreo se capturaron 1 714 mosquitos pertenecientes a 52 especies diferentes. De ellos, 145 hembras presentaban el abdomen lleno de sangre, lo que indicaba que se habían alimentado recientemente.
El siguiente paso fue determinar de qué animales procedía esa sangre. Aunque suele asumirse que los mosquitos forestales se alimentan de una gran diversidad de vertebrados, especialmente en ecosistemas ricos, los datos obtenidos ofrecieron una imagen distinta. Solo en 24 muestras fue posible identificar con precisión el origen del alimento, pero el resultado fue contundente: 18 correspondían a sangre humana.
“Mostramos que los mosquitos capturados en fragmentos del Bosque Atlántico presentan una clara preferencia por alimentarse de sangre humana”, explica el biólogo Jeronimo Alencar, uno de los autores principales del estudio. Según el investigador, este patrón resulta llamativo porque contradice la expectativa de una dieta más variada en un entorno con múltiples hospedadores potenciales.
Para identificar el origen de la sangre, los científicos recurrieron a una técnica de análisis genético basada en la amplificación de un fragmento específico de ADN. Ese segmento funciona como una especie de código de barras biológico que permite distinguir entre especies animales al compararlo con bases de datos internacionales. Gracias a este método, los investigadores pudieron confirmar no solo la presencia de sangre humana, sino también restos procedentes de anfibios, aves, cánidos y roedores.
El análisis reveló además que algunos mosquitos habían ingerido sangre de más de una especie. En un ejemplar de Coquillettidia venezuelensis, por ejemplo, se detectó una mezcla de sangre humana y de anfibios. En otros casos, como en Coquillettidia fasciolata, predominaba la sangre de aves combinada con la de otros vertebrados.
Este tipo de resultados sugiere que los mosquitos pueden interrumpir una picadura y continuar alimentándose en otro hospedador, o bien realizar varias tomas consecutivas durante un mismo periodo de actividad. Desde el punto de vista epidemiológico, este comportamiento es especialmente relevante, ya que facilita el salto de patógenos entre especies distintas.
Los autores subrayan que el número limitado de muestras identificables no resta valor al patrón observado. Al contrario, consideran que la alta proporción de sangre humana detectada refuerza la hipótesis de que el entorno degradado está influyendo de manera directa en las decisiones alimentarias de los mosquitos.
El estudio no se limita a describir el fenómeno, sino que explora posibles explicaciones. El comportamiento de los mosquitos, señalan los investigadores, es el resultado de una combinación de factores genéticos y ambientales. Algunas especies pueden tener preferencias innatas por determinados hospedadores, pero la disponibilidad y la cercanía juegan un papel decisivo.
En los fragmentos de bosque cada vez más pequeños, muchas especies animales desaparecen o reducen drásticamente sus poblaciones. Al mismo tiempo, la presencia humana aumenta, ya sea por asentamientos permanentes, actividades agrícolas o turismo. “Con menos opciones naturales, los mosquitos se ven obligados a buscar otras fuentes de alimento”, señala Sergio Machado, investigador en microbiología e inmunología de la Universidad Federal de Río de Janeiro y coautor del trabajo. “Por simple disponibilidad, los humanos se convierten en el hospedador más frecuente”.
Esta interacción creciente entre mosquitos y personas no es solo una molestia. En regiones tropicales, muchas de las especies analizadas son conocidas por su capacidad para transmitir virus y otros patógenos. El cambio en los patrones de picadura puede, por tanto, alterar la dinámica de las enfermedades infecciosas.
En el área estudiada circulan virus como el de la fiebre amarilla, el dengue, el Zika, el chikungunya o el Mayaro, entre otros. No todos los mosquitos están infectados ni todas las picaduras derivan en enfermedad, pero el aumento del contacto entre insectos y humanos incrementa la probabilidad de transmisión.
Machado advierte que “en un entorno con gran diversidad de vertebrados, una preferencia marcada por los humanos eleva de forma significativa el riesgo de que los patógenos salten de un hospedador a otro y se propaguen con mayor rapidez”. Desde esta perspectiva, la pérdida de biodiversidad no solo empobrece los ecosistemas, sino que también puede favorecer escenarios más propicios para brotes epidémicos.
La investigación, difundida también a través de un comunicado científico en EurekAlert!, insiste en que estos cambios no deben interpretarse como un fenómeno aislado. Se trata de una señal de que el equilibrio ecológico está siendo alterado a varios niveles, con consecuencias que trascienden el ámbito ambiental.
Los propios autores reconocen que el estudio tiene limitaciones. Solo una fracción de los mosquitos capturados contenía sangre identificable, y las técnicas actuales aún presentan dificultades para analizar muestras mezcladas o degradadas. Aun así, consideran que los resultados justifican la necesidad de ampliar este tipo de investigaciones en otras regiones y con metodologías más avanzadas.
Comprender con mayor precisión qué especies pican a los humanos, en qué momentos y bajo qué condiciones ambientales, puede ser clave para diseñar estrategias de vigilancia y control más eficaces. En lugar de enfoques generalistas, los científicos proponen sistemas de monitoreo adaptados a las características ecológicas de cada zona.
Alencar destaca que “si sabemos que en determinados fragmentos forestales los mosquitos recurren con mayor frecuencia a las personas, podemos anticiparnos y reforzar las medidas preventivas”. Esto incluye desde campañas de información hasta programas de control vectorial que tengan en cuenta el impacto sobre el ecosistema y no se limiten a la eliminación indiscriminada de insectos.
Más allá de los mosquitos, el estudio pone de relieve un mensaje más amplio: la biodiversidad actúa como una barrera natural frente a la propagación de enfermedades. Cuando los ecosistemas se simplifican y pierden especies, las interacciones se vuelven más directas y, a menudo, más peligrosas para el ser humano.
La creciente dependencia de los mosquitos de la sangre humana en los bosques degradados del sureste brasileño es un ejemplo concreto de cómo los cambios ambientales pueden tener efectos inesperados. Lo que comienza como una alteración del hábitat termina influyendo en la salud y el bienestar de las poblaciones humanas que viven en contacto con esos entornos.
En ese sentido, los investigadores subrayan que proteger los ecosistemas no es solo una cuestión de conservación de la naturaleza, sino también una inversión en prevención sanitaria. Mantener bosques funcionales y diversos reduce la probabilidad de que los mosquitos y otros vectores concentren su actividad en un único hospedador.
El trabajo publicado en Frontiers in Ecology and Evolution aporta así una nueva pieza al complejo rompecabezas que conecta la degradación ambiental con la aparición y expansión de enfermedades. Un recordatorio de que, en un mundo cada vez más interconectado, la salud humana y la salud de los ecosistemas son, en realidad, dos caras de la misma moneda.
Un amplio experimento internacional revela que la falta de nitrógeno frena la recuperación de los bosques tropicales y que su presencia puede casi duplicar su velocidad de crecimiento durante la primera década, con un impacto directo en la captura de dióxido de carbono.
La regeneración de los bosques tropicales se ha convertido en una de las grandes esperanzas frente al cambio climático. A medida que los árboles crecen, extraen dióxido de carbono de la atmósfera y lo almacenan en su madera, sus raíces y sus ramas. Esta función convierte a los bosques en auténticos sumideros de carbono, especialmente durante las primeras etapas de su recuperación tras la deforestación. Sin embargo, ese potencial no se activa automáticamente: depende de condiciones ecológicas muy concretas.
Una investigación publicada en Nature Communications aporta ahora una pieza clave para entender por qué muchos bosques tropicales jóvenes no crecen tan rápido como cabría esperar. El estudio concluye que la escasez de nitrógeno, un nutriente esencial para las plantas, limita de forma decisiva la velocidad de recuperación de estos ecosistemas. Cuando ese elemento está disponible, el crecimiento puede acelerarse hasta casi el doble durante los primeros años, lo que se traduce en una mayor absorción de CO₂ a escala global.
Según las estimaciones del equipo científico, si los bosques tropicales en recuperación dispusieran del nitrógeno necesario, podrían llegar a almacenar alrededor de 820 millones de toneladas adicionales de dióxido de carbono al año durante su fase más activa de crecimiento. Ese ritmo, subrayan los autores, puede mantenerse durante aproximadamente diez años, un periodo considerado crítico en la lucha por frenar el calentamiento global.
Los bosques jóvenes desempeñan un papel desproporcionadamente importante en el ciclo del carbono. A diferencia de los bosques maduros, donde la captación y la liberación de carbono tienden a equilibrarse, las masas forestales en regeneración crecen con rapidez y acumulan grandes cantidades de biomasa en poco tiempo. Esa dinámica los convierte en aliados estratégicos para mitigar las emisiones humanas, siempre que se den las condiciones adecuadas.
La ecóloga Sarah Batterman, del Cary Institute of Ecosystem Studies y una de las autoras del trabajo, lo resume así: “El nitrógeno determina la rapidez con la que regresan los bosques jóvenes”. En declaraciones difundidas a través de un comunicado científico internacional publicado en EurekAlert!, añade que “durante los primeros diez años, los bosques crecieron casi el doble de rápido cuando añadimos nitrógeno al suelo. Eso supone un aumento muy significativo de la captura de CO₂ y nos permite ganar un tiempo valioso para reducir las emisiones netas”.
El contexto global refuerza la relevancia del hallazgo. Se calcula que cerca de la mitad de los bosques tropicales del planeta se encuentran actualmente en proceso de recuperación tras haber sido degradados por la tala, los incendios o la expansión agrícola. En muchos casos, estas perturbaciones provocan la pérdida de nutrientes del suelo, que se erosionan o se lixivian con las lluvias, dejando a los ecosistemas empobrecidos y menos capaces de sostener un crecimiento rápido.
Para comprobar qué nutrientes limitan realmente el crecimiento de los bosques tropicales, un equipo internacional liderado por Wenguang Tang, de la Universidad de Glasgow, diseñó uno de los experimentos más ambiciosos realizados hasta ahora en este campo. El estudio se desarrolló en Panamá, en una región que alberga bosques en diferentes etapas de desarrollo, desde antiguas tierras agrícolas abandonadas hasta selvas maduras con siglos de antigüedad.
Los investigadores establecieron 76 parcelas experimentales, cada una de aproximadamente 60 por 30 metros, un tamaño comparable al de una pista de hockey sobre hielo. En cada una aplicaron tratamientos distintos: algunas recibieron nitrógeno, otras fósforo, otras ambos nutrientes y un último grupo se dejó como control, sin añadidos. A lo largo de los años, cada parcela fue inventariada de forma exhaustiva al menos cinco veces, registrando datos de más de 20 000 árboles en cada campaña.
“Es el experimento más grande y prolongado del mundo en el que se han añadido nitrógeno y fósforo a bosques tropicales”, explica Tang en declaraciones difundidas a través de un comunicado científico. “Cada fragmento de terreno ha sido medido y recontado repetidamente. El esfuerzo logístico fue enorme, pero nos permitió obtener una imagen muy sólida de cómo responden los bosques a estos nutrientes”.
Los resultados superaron las expectativas del propio equipo. En áreas recientemente abandonadas por la agricultura, los bosques que recibieron nitrógeno crecieron un 95 por ciento más rápido que los de control. En parcelas donde la regeneración llevaba unos diez años en marcha, el aumento medio de la velocidad de crecimiento fue del 48 por ciento. Las diferencias eran visibles incluso a simple vista.
“Fue realmente sorprendente”, reconoce Batterman. “Las parcelas con nitrógeno adicional parecían gigantescas. Los árboles habían crecido de forma descomunal. No esperábamos una respuesta tan rápida y tan intensa al añadir compuestos de nitrógeno al suelo”.
Ese efecto, sin embargo, no se mantuvo indefinidamente. En bosques de 30 años o más, la adición de nitrógeno ya no produjo un aumento apreciable del crecimiento. Los científicos interpretan este resultado como una señal de que, con el tiempo, los suelos forestales recuperan parte de su fertilidad de manera natural. Entre los mecanismos implicados se encuentran los árboles capaces de fijar nitrógeno atmosférico en simbiosis con bacterias, un proceso que enriquece progresivamente el suelo.
Durante décadas, una de las teorías dominantes en ecología tropical sostenía que el fósforo era el principal nutriente limitante en estos ecosistemas, especialmente en suelos antiguos y muy lavados por las lluvias. Sin embargo, el nuevo estudio no encontró evidencia de que la adición de fósforo acelerara el crecimiento de los bosques, ni siquiera en las etapas más tempranas de la recuperación.
“Este resultado cuestiona una idea muy arraigada”, afirma Tang. “Durante mucho tiempo se pensó que los bosques tropicales estaban sobre todo limitados por la falta de fósforo”.
Los autores no descartan que este elemento desempeñe un papel importante en otros aspectos no medidos directamente, como el desarrollo de raíces, la producción de frutos o la reproducción. También es posible que muchas especies tropicales hayan desarrollado adaptaciones eficientes para prosperar en condiciones de bajo fósforo. Para aclarar estas incógnitas, el equipo planea extender sus investigaciones a bosques de África y Asia, donde las condiciones del suelo y la composición de especies pueden ser diferentes.
La magnitud del beneficio climático potencial es considerable. El aumento de la captura de carbono asociado al crecimiento acelerado de los bosques jóvenes sería comparable, según los cálculos del estudio, a retirar de la circulación unos 142 millones de automóviles de gasolina cada año. Sin embargo, los investigadores son cautelosos a la hora de trasladar estos resultados a políticas de intervención directa.
Lejos de promover la fertilización masiva de bosques tropicales con fertilizantes industriales, el equipo subraya que esa estrategia tendría costes económicos y ambientales elevados. La producción y el uso de fertilizantes sintéticos generan emisiones de gases de efecto invernadero y pueden contaminar suelos y aguas si se aplican sin control.
La alternativa, explican, pasa por diseñar programas de restauración forestal más inteligentes. Una de las propuestas consiste en favorecer la plantación de especies arbóreas capaces de fijar nitrógeno de forma natural, de modo que enriquezcan el suelo a medida que crecen. Otra opción es concentrar los esfuerzos de reforestación en zonas donde ya existe una alta deposición de nitrógeno procedente de la agricultura, el tráfico o la actividad industrial.
“De esa manera, los bosques pueden matar dos pájaros de un tiro”, señala Batterman. “Por un lado, eliminan el exceso de nitrógeno que contamina el entorno y, por otro, crecen más rápido”.
Más allá de las cifras, el estudio pone el acento en un factor temporal que muchos expertos consideran crucial. Aunque a largo plazo los bosques no incrementan indefinidamente su capacidad de almacenar carbono, la aceleración del crecimiento durante los primeros diez años puede marcar una diferencia significativa en el corto plazo.
“A largo plazo, los bosques no almacenan más carbono en total”, explica Batterman. “Pero en esos primeros diez años lo hacen mucho más rápido. Y esos diez años son exactamente los que necesitamos ahora, porque la transición hacia energías limpias avanza demasiado despacio”.
En ese sentido, la investigación refuerza la idea de que la restauración de los bosques tropicales no es solo una cuestión de plantar árboles, sino de entender y gestionar los procesos ecológicos que determinan su crecimiento. El nitrógeno, un elemento a menudo asociado a problemas ambientales en otros contextos, emerge aquí como una pieza clave para liberar el potencial climático de algunos de los ecosistemas más importantes del planeta.