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Mary Elvira Weeks, la científica que humanizó la historia de la química

Mary Elvira Weeks. Springer.

La química estadounidense Mary Elvira Weeks (1892-1975) se especializó en Historia de la Ciencia y con su obra Discovery of the Elements transformó la manera en que entendemos el origen de los elementos químicos.

Mary Elvira Weeks nació el 10 de abril de 1892 en Lyons, Wisconsin, EE. UU, en el seno de una familia con vocación intelectual. Desde joven mostró interés por las ciencias, y obtuvo una licenciatura en el Ripon College en 1913. Apenas un año después, completó una maestría en la Universidad de Wisconsin-Madison, donde trabajó con Joseph Howard Mathews, pionero de la fotoquímica en Estados Unidos. Durante los siguientes siete años, Weeks se desempeñó como profesora de secundaria y técnica en la industria química, antes de dar el salto definitivo a la academia.

Pionera en la Universidad de Kansas

En 1921, se incorporó a la Universidad de Kansas como profesora ayudante de análisis cuantitativo, al tiempo que continuaba sus estudios de posgrado. Su llegada coincidió con un periodo difícil para las mujeres en el mercado laboral, ya que muchas estaban siendo desplazadas por veteranos que regresaban de la Primera Guerra Mundial. A pesar de estas presiones, Weeks perseveró bajo la tutela de Hamilton P. Cady, y fue la primera mujer en recibir un doctorado en química por la Universidad de Kansas en 1927. Su tesis doctoral versó sobre el papel de la concentración de iones de hidrógeno en la precipitación de calcio y magnesio.

Durante más de dos décadas, Weeks impartió docencia en química física y química analítica, disciplinas que exigían un elevado dominio experimental y matemático. Aunque publicó algunos artículos científicos en estas disciplinas, la elevada carga docente limitaba el tiempo que podía dedicar a la investigación de laboratorio. Poco a poco, la científica se sintió atraída por un área menos competitiva y más acorde con sus intereses humanísticos: la historia de la química. Mientras preparaba clases y materiales para sus estudiantes, comenzó a recopilar información sobre las personas y los caminos que habían conducido al descubrimiento de los diferentes elementos químicos. Aquella inquietud acabaría transformándose en el proyecto intelectual que marcaría su carrera.

Contar la historia de los elementos para entender la ciencia

Entre 1932 y 1933, Weeks publicó una serie de 21 artículos en el Journal of Chemical Education sobre el descubrimiento de los elementos. Debido a la enorme demanda de reimpresiones, estos artículos se recopilaron en 1933 en el libro Discovery of the Elements, obra que hoy se considera un clásico de la literatura química.

Página de Discovery of the Elements.

Weeks creó, por primera vez, una narración que explicaba de forma ordenada cómo había evolucionado el conocimiento sobre los elementos químicos a lo largo de la historia. Construyó su relato con un extraordinario rigor documental –podía leer alemán, francés, italiano, español, sueco, ruso y japonés, lo que le permitió acceder a fuentes primarias globales–. El éxito del libro se debió en gran parte a su capacidad para combinar datos científicos con detalles de las controversias y los errores que acompañaron a cada descubrimiento. El resultado fue una obra que muestra la ciencia como un proceso colectivo, lleno de avances graduales, rectificaciones y colaboraciones entre personal científico de distintos países. Lejos de presentar los descubrimientos como una sucesión de genialidades individuales, Weeks explica cómo cada generación se apoyó en el trabajo de la anterior para avanzar un poco más en la comprensión de la materia.

El libro tuvo un éxito enorme. Para 1968, había alcanzado su séptima edición y había sido traducido a varios idiomas –la propia Weeks participó activamente en las traducciones–. Con el tiempo se convertiría en uno de los textos de química más leídos del mundo.

Nueva etapa dedicada a preservar el conocimiento científico

En 1944, tras veintidós años en Kansas y sin haber alcanzado el rango de profesora titular, Weeks decidió trasladarse a Detroit para iniciar una nueva etapa profesional en la Biblioteca Científica Kresge-Hooker de la Universidad Estatal Wayne. Allí trabajó como investigadora asociada de literatura científica y jefa del departamento de traducción, un entorno que le permitió explotar al máximo su amor por los libros y los idiomas. Con su trabajo facilitaba el acceso de investigadores estadounidenses a conocimiento generado en otras partes del mundo, una responsabilidad especialmente importante en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando gran parte de la literatura científica más relevante se publicaba en lenguas distintas al inglés.

Paralelamente continuó desarrollando su faceta como historiadora de la química. Durante este periodo asumió otro reto: completar la historia de la Sociedad Estadounidense de Química (ACS, por sus siglas en inglés). El proyecto editorial había sido iniciado por Charles A. Browne pero, tras la muerte de este en 1947, Weeks asumió la responsabilidad de completarlo, para lo cual tuvo que escribir la mayoría de los capítulos restantes. A History of the American Chemical Society: Seventy-five Eventful Years se publicó en 1952 y fue un trabajo elogiado por evitar los escollos habituales de las obras por encargo.

Reconocimiento y legado

El reconocimiento formal a su carrera llegó en 1967, cuando la ACS le otorgó el prestigioso Premio Dexter a logros sobresalientes en la historia de la química. Fiel a su naturaleza humilde y retraída, Weeks expresó sentirse indigna del galardón y sugirió que se entregara a alguien más joven, aunque finalmente lo aceptó ante la insistencia de sus colegas.

Mary Elvira Weeks falleció el 20 de junio de 1975 en Detroit, a los 83 años. El legado de esta química no reside en sus descubrimientos de laboratorio, sino en su labor como historiadora, gracias a la cual construyó un relato necesario para humanizar la ciencia.

Referencias

Sobre la autora

Edurne Gaston Estanga es doctora en ciencia y tecnología de los alimentos. Actualmente se dedica a la gestión de proyectos en organizaciones que fomentan la difusión del conocimiento de la ciencia y la tecnología.

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Kadambini Ganguly: la doctora que cambió conciencias en la India

La historia de la médica india Kadambini Ganguly está jalonada de hitos profesionales y sociales en un país en el que las mujeres, también las de casta alta, a la que pertenecía su familia, estaban sometidas a las presiones patriarcales y a severas restricciones que las aislaban del mundo y las constreñían al ámbito familiar. No fue su caso. Ganguly se convirtió en la primera en la India en ejercer la medicina occidental como profesional, tras ser también pionera en conseguir titularse para ello. Llegó a ser la médica oficial de la Reina de Nepal y, además, una gran reformadora social. En su camino, como el de otras muchas, se encontró con piedras que tuvo que saltar en un mundo colonial que estaba organizado por estrictas clases sociales, hasta convertirse en un referente de la lucha por la igualdad cuando aún se consideraba una quimera.

Kadambini Ganguly. Wikimedia Commons.

Kadambini Bose, su apellido de nacimiento, vino al mundo el 18 de julio de 1861 en la ciudad de Bhagalpur, en el estado de Bengala (hoy Bihar). Su padre era director de la escuela de la localidad y, junto a Abhay Charan Mallick, había iniciado un adelantado movimiento por la emancipación de las mujeres, creando en 1863 la primera organización femenina india. Fue él quien la matriculó en sus primeros años en una institución educativa progresista de su municipio para que pudiera recibir su formación en inglés. Esos valores progresistas que vivió desde la infancia marcarían su vida.

Tras licenciarse en Artes en el Bethune College, asociado a la Universidad de Calcuta, donde con Chandramukhi Basu fueron las primeras graduadas de todo el Imperio Británico, Kadambini decidió estudiar medicina, obteniendo con 25 años su título de Graduada en el College Médico de Bengala (GBMC). Para entonces se había casado con Dwarkanath Ganguly, un viudo 17 años mayor que ella que era un ferviente defensor de la emancipación femenina y se convirtió en su mejor aliado. De hecho, fue él quien amenazó con denunciar públicamente al Calcutta Medical College porque en un principio se negó a admitirla por ser mujer. Al final tuvieron que dar su brazo a torcer, pero eso no impidió que la joven se encontrara con un ambiente hostil de profesores y alumnos, hasta el punto que uno de sus docentes la reprobó en una de las materias claves de la carrera. Aun así, logró un nuevo hito al conseguir el título y ser la primera en la India a la que se le permitió ejercer la medicina occidental.

La olvidada salud de las mujeres, su prioridad

No tardó en iniciar su carrera profesional. Para 1888, por un sueldo de 300 rupias, logró trabajo en el Hospital Lady Dufferin, lo que fue otro reto: en aquel lugar, fundado por la Marquesa de Dufferin, solo trabajaban mujeres europeas. Tuvo que intervenir la pionera de la enfermería moderna, la británica Florence Nightingale, que conocía su brillante expediente, para que le dieran un puesto como “asistente médica”, y por tanto sin responsabilidad. Y es que para sus colegas británicas era una profesional inferior por tener un título indio, una discriminación que Kadambini denunció públicamente en medios locales por ser racista, aunque con escaso éxito.

Pese a estos problemas, solo un año después, tanto su trabajo como su defensa de la atención a la salud de las mujeres había trascendido y en 1889 se la eligió como una de las seis delegadas de toda la India que acudirían a la 5ª Sesión del Congreso Nacional Indio, el órgano que promovía la independencia de los británicos. Repitió al año siguiente, siendo la primera mujer en poder hablar en un podio político. Como es de imaginar, aquella visibilidad no era bien vista socialmente. En 1891, una revista conservadora publicó un artículo satírico donde se la insultaba y calificaba de «cortesana» (es decir, de moralidad depravada) por trabajar fuera del hogar. Kadambini no se amilanó: puso una demanda por difamación y ganó un juicio que condenó al editor a seis meses de prisión.

Visto que la institucionalidad británica no la iba a dejar prosperar, y deseosa de una mayor especialización en ginecología y obstetricia, en 1892 decidió viajar sola hasta el Reino Unido, dejando temporalmente a sus hijos con su esposo. Y, por cierto, tuvo ocho hijos, dos de ellos del matrimonio anterior de él. Fue una estancia en Edimburgo que aprovechó al máximo: allí obtuvo el prestigioso «Triple Diploma» en medicina, cirugía y ginecología. A su regreso a la India, ya como una de las profesionales más cualificadas del continente asiático, fundó su propio centro privado de medicina, desde el que realizó importantes contribuciones al campo de la salud femenina, abordando problemas médicos que tradicionalmente se habían pasado por alto debido a los tabúes sociales que la rodeaban. Tan alto llegó a ser su prestigio profesional que en 1895 la familia real de Nepal la contrató para que viajara al país del Himalaya y tratara de una grave enfermedad a la Reina Madre, lo que logró con éxito.

Pero todo este trabajo en el ámbito de la medicina no le bastó. También se implicó activamente en la lucha por la igualdad y los derechos de las mujeres. La doctora Ganguly, como se la conocía, gran defensora de la reforma social, se implicó en el movimiento Brahmo Samaj, que buscaba modernizar la sociedad hindú y promovía la abolición del matrimonio infantil, la dote, la opresión de las viudas y la educación de las mujeres. Para ella, era fundamental formar a las niñas para que tuvieran una posibilidad de empoderamiento. De hecho, también formó parte de la Asociación de Mujeres de Bengala, muy centrada en este objetivo. Además, fue la primera presidenta de la Asociación India de Transvaal, fundada por el Henry Polak, gran colega de Gandhi, así como miembro de la Conferencia de Mujeres celebrada en Calcuta en 1907. La lucha por la independencia y la igualdad eran un todo para ella.

Para poder organizar su trabajo, su hogar y su activismo social y político, cuentan sus biografías que Kakambini tenía su rutina diaria meticulosamente planeada. Ella se encargaba personalmente de las tareas domésticas y de la educación de sus hijos antes de salir a trabajar al hospital. Esa educación progresista, que compartía con su esposo, dio sus frutos: su hija Jyotirmayee Ganguly fue una reconocida luchadora por la libertad y su  hijastra se casó con el escritor Upendrakishore Ray Chowdhury, abuelo del famoso cineasta Satyajit Ray. En general, todos sus hijos e hijas pasaron a formar parte de la élite intelectual del país.

Los últimos años de su vida estuvieron marcados por problemas de salud, sobre todo una hipertensión crónica. Pese a ello, ni quería jubilarse ni reducir su carga de trabajo. En 1922, ya con su salud muy frágil, hizo un complejo viaje a Bihar y Odisha para inspeccionar las deplorables condiciones en las que vivían las mujeres en las minas de carbón. También seguía liderando campañas en aras de mejorar la salud femenina.

Finalmente, su cuerpo dijo basta en 3 de octubre de 1923, cuando tenía 62 años. A las pocas horas de realizar una operación muy complicada con éxito, sufrió un derrame cerebral que le causó un colapso fulminante.

Kadambini Ganguly. Google Doodles.

El historiador estadounidense David Kopf señala que la doctora Ganguly «fue la mujer Brahmo más liberada de su tiempo», una figura singular incluso entre las mujeres emancipadas de la sociedad bengalí contemporánea. Su figura es recordada y reconocida en toda la India, hasta el punto que se han hecho dos series en televisión sobre su vida en 2020. El 18 de julio de 2021 también Google le rindió homenaje: celebró el 160 aniversario de su nacimiento con un doodle en su página en India.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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Lilian Edith Hawker (1908-1991), respetada micóloga inglesa

En 1970, la Facultad de Ciencias de la Universidad de Bristol elegía por primera vez a una científica especializada en hongos como decana. Se trataba de Lilian Edith Hawker (1908-1991), conocida por su gran dinamismo como investigadora y entusiasmo por la docencia. Sus excelentes trabajos en la fisiología de los hongos y sus contribuciones a la formación del alumnado la convirtieron en una figura altamente valorada y querida entre quienes la conocieron.

Lilian Edith Hawker. Mycologia.

Lilian E. Hawker nació en un pueblo de Inglaterra llamado Reading en 1908; su padre era maestro de escuela y su madre ama casa. Tras cursar el bachillerato, en 1925 se matriculó en la Universidad de Reading (University of Reading), donde cuatro años después se graduaba con honores en botánica. El micólogo británico Michael Francis Madelin (1931–2007), ha destacado que durante su último curso de carrera Lilian Hawker realizó un trabajo de investigación basado en la reproducción de un árbol conocido con el nombre de tejo (Taxus baccata), que publicó en 1930 siendo su primer artículo científico.

Brillante carrera investigadora

Una vez graduada, la joven comenzó inmediatamente sus estudios de posgrado en Reading, los que culminaron con una tesis de máster sobre el geotropismo de las plantas terrestres. Señalemos que el geotropismo hace referencia al efecto estimulante de la fuerza de gravedad que permite a las plantas dirigir las raíces en la dirección correcta.

El citado botánico Michael F. Madelin ha recordado que «esta fue también la época en que obtuvo su primera experiencia como profesora universitaria, ya que durante sus últimos años en Reading fue ayudante estudiantil». Además, añade el científico, por esas fechas «realizó su primer contacto formal con la ciudad en la que posteriormente pasaría la mayor parte de su carrera, ya que en 1931 recibió un premio por leer su trabajo en un encuentro científico en Bristol».

Cuando Hawker dejó Reading, pasó un año (1931-1932) en el Departamento de Botánica de la Universidad de Manchester (University of Manchester), gracias a una beca de investigación; aquí continuó con su trabajo sobre geotropismo estudiando cómo un grupo de hormonas vegetales llamadas auxinas regulan el crecimiento en las plantas.

Hasta entonces, continúa relatando el profesor Madelin, «en su carrera había muy pocos antecedentes sugiriendo que su futuro campo de trabajo sería la micología. Sus cuatro artículos sobre el geotropismo, publicados en 1932 y 1933, constituyeron contribuciones significativas a lo que se sabía sobre la percepción de la gravedad por las plantas, y claramente sugerían que la fisiología vegetal sería su profesión».

Fue la asistencia en 1932 a un curso avanzado para estudiantes de investigación sobre micología, patología vegetal y bacteriología, organizado en el Imperial College of Science and Technology de Londres, lo que despertó su interés en los hongos. Bajo la influencia del profesor William Brown (1888-1975), se sintió «fascinada por la fisiología de los hongos, y se propuso investigar sobre el tema», rememora Madelin. Y así fue, pues a partir de esas fechas Hawker cambió el foco de su investigación consagrándose a la micología, tanto en sus estudios de laboratorio como en la recolección de hongos silvestres, propósitos que mantuvo durante el resto de su vida.

La emprendedora joven se incorporó al equipo de Brown en el Departamento de Botánica del Imperial College, donde la contrataron como ayudante de investigación en 1933. Centró sus esfuerzos en investigar los factores, como por ejemplo los carbohidratos, que afectan al crecimiento y la fisiología de los hongos, así como a la producción de esporas. Recordemos que en biología, el término espora hace referencia a unas estructuras microscópicas unicelulares o pluricelulares que se forman con fines de dispersión y supervivencia por largo tiempo en condiciones adversas.

Hawker demostró ser una infatigable y original investigadora, y en el año 1937 fue ascendida al cargo de profesora de Micología y Patología. En 1940 recibió la valorada Huxley Medal por su innovador trabajo, que daría lugar a la publicación de valiosos artículos. Poco después, sin embargo, su carrera se vio entorpecida debido a la Segunda Guerra Mundial. En ese tiempo permaneció el Imperial College dando clases bajo condiciones muy difíciles. Finalmente, en 1944 leyó una sobresaliente tesis doctoral en la Universidad de Londres (University of London).

Pese a que Hawker era muy activa tanto en la investigación como en la enseñanza, en el Imperial experimentó una promoción notablemente más lenta de la merecida. El micólogo y escritor Michael J. Carlile ha especulado que tal lentitud podría deberse a que sus contactos eran escasos, aunque también las circunstancias propias de los años de guerra podrían haber sido las responsables del retraso de en su ascenso profesional. No queremos olvidar que el hecho de ser mujer e investigadora destacada, a muchos parecía «poco natural», puesto que por esas fechas la tópica frase de «la ciencia no es cosa de mujeres», representaba «lo natural».

En cualquier caso, Madelin ha apuntado al respecto que «debido a la falta de progreso en su carrera académica, Hawker solicitó con éxito en 1945 una plaza de profesora en el Departamento de Botánica de la Universidad de Bristol».

Una buena decisión: el traslado a la Universidad de Bristol

En la década de 1940, en su nuevo centro la científica participó activamente en el comité de investigación de la British Mycological Society. Su trabajo fue «muy pronto reconocido y premiado con su promoción a profesora de micología en 1948». Años más tarde, a partir de 1965, alcanzó el cargo de catedrática, convirtiéndose en una de las primeras mujeres en ocupar una cátedra universitaria en esta materia.

Cabe apuntar que por esa época, concretamente en 1948, también comenzó a investigar la distribución de las trufas, hongos con cuerpos subterráneos, en el Reino Unido. Según el micólogo e historiador de la ciencia Geoffrey Ainsworth (1905-1998) «[Hawker] revivió el estudio de las trufas en Inglaterra, [ya que] antes de su trabajo este grupo no se había estudiado desde la época Victoriana, y se creía que eran raros en el país». La joven científica halló entre 1948 y 1959, a 1200 especímenes de al menos 60 especies alrededor de 1,5 Km de Bristol. Su investigación tuvo como resultado la publicación en 1954 de una monografía, que en 2005 fue descrita como «todavía inigualable».

Tuber macrosporum, una de las especies de trufas que Hawker identificó en Inglaterra. Wikimedia Commons.

Las valiosas investigaciones de Lilian Hawker sobre la fisiología del crecimiento y reproducción de los hongos avanzaron exitosamente, y sus interesantes resultados le permitieron escribir un libro de texto sobre la fisiología de los hongos titulado Physiology of Fungi, que salió publicado en 1950. Tuvo un éxito inmediato y fue extensamente usado por los estudiantes no graduados, así como por investigadores de todo el mundo. Le siguió en 1957 otro libro sobre la fisiología de la reproducción de los hongos, Physiology of Reproduction in Fungi, que le proporcionó un gran reconocimiento entre sus colegas.

A finales de la década de 1950, Hawker modificó su línea de trabajo dirigiendo su atención al estudio de los cambios internos que tienen lugar en las células fúngicas antes de la reproducción. Con tal fin empleó principalmente una combinación de técnicas citológicas y el microscopio electrónico (Madelin, 1991). Apuntemos, aunque sin entrar en detalles técnicos, que el microscopio electrónico es de considerable utilidad para la ciencia gracias a su gran poder de aumento. Debido a que usa electrones en lugar de la luz visible, puede formar imágenes de objetos diminutos hasta un millón de veces aumentadas. El primero fue diseñado entre los años 1922 y 1935, y unos años más tarde empezó a usarse para la investigación científica.

Alrededor de 1960 la Universidad de Bristol adquirió un microscopio electrónico (m.e.), y Lilian Hawker figura entre los primeros investigadores, hombres y mujeres, en usar este novedoso instrumento como herramienta para elucidar problemas micológicos específicos. Las posibilidades que el microscopio ofrecía despertó un creciente entusiasmo en la investigadora. Con su empleo alcanzó inapreciables logros, que en 1965 plasmó en una extensa revisión sobre la ultraestructura de los hongos (se llama ultraestructura a los aspectos de los organismos que solamente pueden observase con un m.e.). El estudio de Hawker se convirtió en un referente de considerable importancia en ese nuevo campo en rápida expansión.

Desde 1963 hasta su jubilación, la inagotable investigadora se dedicó a estudiar los cambios ultraestructurales que tienen lugar en los hongos durante la producción y germinación de las esporas. Sus fructíferos resultados dieron lugar a que publicara prolíficamente sobre el tema y alcanzara reconocimiento en su país y a nivel internacional.

En 1965 fue nombrada Directora del Departamento de Micología de la Universidad de Bristol, distinción que, según Madelin, le proporcionó gran satisfacción, sobre todo porque tales nombramientos de mujeres en Bristol eran una novedad. Unos años más tarde, fue la primera mujer elegida decana de una facultad, cargo que desempeñó hasta su retiro en 1973.

Profesora respetada y querida por su alumnado

Tras el relevante recorrido de Lilian Hawker como investigadora, había una gran profesora comprometida y entusiasta. El citado micólogo Michael Carlile ha recordado que el nivel de las contribuciones de esta científica a la educación universitaria ha sido descrito como «impresionante». Ayudó a fundar el Grado de Microbiología en la Universidad de Bristol, que bajo su influencia incluyó estudios sobre micología.

Este último aspecto alimentaba un acalorado debate, ya que había quienes discrepaban abiertamente de tal inclusión. Hawker se involucró en las discusiones, pues el tema constituía una parte importante de su pensamiento; ella siempre había insistido en que «la microbiología no debía ser meramente otro nombre para la bacteriología y la virología», sino que debía igualmente contener a la micología. En tal sentido, consiguió coeditar dos importantes libros de texto de microbiología que incluían también a los hongos, lo que reflejaba claramente su visión y autoridad en la materia.

Por otra parte, con el fin de realizar indagaciones sobre la manera de adaptar las prácticas de laboratorio a un buen nivel universitario, en 1965 visitó diversos centros de los Estados Unidos. Las pesquisas resultantes, según apuntaba Madelin, despertaron en ella un notable entusiasmo, porque estaba profundamente convencida de la importancia del trabajo práctico en la formación del alumnado. De hecho, sus clases de laboratorio eran muy apreciadas, particularmente por la riqueza de especímenes frescos que la propia profesora recolectaba durante sus incursiones por los campos vecinos en los fines de semana.

Cabe también recordar, como han señalado gran parte de sus colegas, que Hawker siempre mostró un claro interés por sus antiguos estudiantes, cuyos éxitos en sus carreras micológicas le proporcionaban un especial placer que nunca pretendió ocultar.

Justos reconocimientos a una gran científica

Entre los múltiples reconocimientos que Lilian E. Hawker recibió, valga comentar a título de ejemplo, que cuando se jubiló en el año 1973, se acordó por unanimidad nombrarla profesora emérita de la Universidad de Bristol. Asimismo, en 1975 fue elegida miembro honoraria de la British Mycological Society, de la que había sido presidenta en 1955. Sus méritos fueron también reconocidos por la Mycological Society of America, que la incluyó entre sus miembros.

Tras su muerte en 1991, Bristol nombró un moderno laboratorio en su honor, lo cual afortunadamente ha servido para que su nombre como científica no cayese en el profundo olvido que históricamente ha acompañado a valiosas figuras femeninas. Las jóvenes estudiantes pudieron tener conocimiento de sus notables aportaciones, y algunas se sintieron estimuladas a seguir su senda.

 Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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Isabella Cortese y sus «secretos»

Isabella Cortese fue una alquimista y escritora italiana del Renacimiento. Todo lo que se sabe de su vida y obra procede de su libro I secreti della signora Isabella Cortese. El libro contenía desde consejos para cuidar la casa hasta una discusión sobre la conversión de metales en oro.

Frontispicio de I secreti della signora Isabella Cortese. Digitalic.

Isabella Cortese estuvo activa hacia 1560. Declaró haber estudiado alquimia durante treinta años; entre otras consultó las obras de alquimistas consagrados como Geber (721-815), Ramon Llull (1232-1316) y Arnau de Vilanova (1238-1311). Isabella rechazaba abiertamente su trabajo, calificándolo de «un completo disparate, lleno de fábulas y recetas descabelladas que solo te hacen perder tiempo y dinero». Pensaba que no había ganado nada estudiando estas obras, salvo un «aumento en la probabilidad de una muerte prematura». Así, se piensa que Cortese aprendió sobre alquimia fundamentalmente viajando (visitó Moravia, Polonia o Hungría, entre otros países), sin limitarse a la mera lectura de algunos libros antiguos que trataban el tema.

I secreti della signora Isabella Cortese

En aquella época, un «secreto» era un conocimiento que alguien poseía sobre las propiedades de una cosa o de un procedimiento útil en medicina o en otra ciencia, arte u oficio (significado que sigue definiendo a las palabra).

I secreti della signora Isabella Cortese apareció impreso por primera vez en Venecia en 1561.

Los «secretos» de Cortese en su libro eran recetas con distintos fines cosméticos y medicinales; hoy en día los calificaríamos como remedios caseros. Se mostraban las instrucciones paso a paso para realizar estas recetas, de manera sencilla y concisa. Las recetas proporcionadas estaban distribuidas en cuatro libros que se centraban en puntos de vista diferentes dirigidos tanto a hombres como a mujeres.

El primer libro se centra en recetas medicinales y detalla formas de tratar las principales enfermedades que se propagaban por Europa en ese momento, como la sífilis o la peste común. Esta parte también incluye una forma general de curar heridas mediante la alquimia, con procesos como la destilación.

El segundo libro se centra más en cómo producir sustancias como oro. Cortese realiza algunas sugerencias antes de explicar los procedimientos; entre otros, invita a sus lectoras y lectores a trabajar solos, a usar recipientes, a familiarizarse con los experimentos alquímicos, a prepararse en el uso de tenazas, a mantener el secreto en todo el trabajo, a encontrar aliados confiables y a… alabar a Dios después del éxito de un experimento. Una vez establecidas estas «maneras de trabajar», en el texto se dan las instrucciones sobre cómo alterar las propiedades de los metales, como transformar el cobre en oro.

El tercer libro engloba contenidos más amplios, incluyendo temas como la manera de construir espejos, teñir el cabello o tejidos, eliminar manchas… o «hacerle una estrella en la frente a un caballo blanco».

El cuarto libro está dirigido a las mujeres, centrándose en la manera de realzar la belleza a través de cremas, polvos, tintes para el cabello y diferentes aceites y perfumes. Ilustramos el tono de sus consejos con el siguiente ejemplo que, supuestamente, ayuda a limpiar y desintoxicar el rostro:

Primero, reúna algunas vainas de limón; asegúrese de que las vainas estén secas. Luego, una vez que haya mezclado los dos, agregue la mezcla a un recipiente lleno de vino blanco. Cuando esté listo, reúna un poco de miel, algunos huevos y un par de onzas de leche de cabra. Combine todos estos ingredientes y luego comience a destilar la mezcla. Este compuesto final se puede aplicar para ayudar a eliminar el rostro de toxinas y químicos dañinos que generalmente lo resecan o lo hacen excesivamente graso.

El libro de Cortese fue muy popular; para 1599 ya tenía siete ediciones y se publicaron once impresiones entre 1561 y 1677, además de dos ediciones de una traducción al alemán. Parte de este éxito puede atribuirse a la insistencia de Cortese en que sus lectoras y lectores guardaran los secretos de su libro para sí mismos. Como ya hemos comentado antes, les aconsejaba que mantuvieran a otras personas alejadas de su «lugar de trabajo alquímico» para preservar sus propios descubrimientos y que quemaran su libro una vez que hubieran aprendido todos sus secretos…

Este libro situó el nombre de Isabella Cortese entre los Professori di Segreti (Profesores de Secretos) enumerados por el escritor Tomaso Garzoni (1549-1589) en su enciclopedia La piazza universale di tutte le professioni del mondo.

Al no existir ningún registro documental sobre la autora (a excepción del libro), algunas personas especulan que Isabella Cortese era el seudónimo de Timotheo Rosselló, quien publicó el libro Della summa de’secreti uniuersali in ogni materia parte prima di Don Timotheo Rosselló en la misma editorial que el de Cortese en 1559 y 1561. Además, dedicaba su escrito, como Isabella, a Mario Chaboga, archidiácono de Ragusa. Quizás sea cierto que, para vender sus «secretos» fundamentalmente a mujeres, Rosselló prefirió esconderse bajo una identidad femenina. En contra de esta hipótesis, otros autores argumentan que el estilo de ambos textos es muy diferente. Nunca sabremos la verdad, aunque este no debería quedar como otro caso más de apropiación de saberes de las mujeres.

Isabella Cortese es una de las 39 + 999 mujeres homenajeadas en The Dinner Party de Judy Chicago: acompaña en el segundo lado de la mesa a la comensal Isabel de Este, noble italiana.

En Venus, el cráter Cortese recuerda su figura.

Referencias

Sobre la autora

Marta Macho Stadler es doctora en matemáticas, profesora del Departamento de Matemáticas de la EHU y colaboradora en la Cátedra de Cultura Científica de la EHU.

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Emmy Stein, la botánica que ayudó a entender qué cambios se pasan a las siguientes generaciones

Una planta puede crecer torcida si recibe poca luz. También puede desarrollar hojas más pequeñas cuando le falta agua o sufrir deformaciones después de una enfermedad. Sin embargo, normalmente ninguna de esas características pasa a la siguiente generación. Otras, en cambio, sí pueden heredarse y aparecer después en los descendientes.

Hoy sabemos que la diferencia está en si el cambio afecta o no al material genético. Pero a comienzos del siglo XX nadie sabía todavía dónde residía exactamente la información hereditaria ni qué podía modificarla. Esa era una de las grandes preguntas de la nueva genética. Emmy Stein dedicó buena parte de su carrera a intentar responderla exponiendo plantas a fuentes de radiación para observar qué cambios sufrían y, sobre todo, cuáles de ellos aparecían también en la siguiente generación.

Una botánica en los inicios de la genética

Emmy Stein. Der Züchter.

Emmy Stein nació en Düsseldorf, Alemania, el 21 de junio de 1879. En una época en la que las universidades alemanas apenas comenzaban a admitir mujeres, inició su formación en la Escuela de Horticultura para Mujeres de Berlin-Marienfelde y posteriormente completó los estudios que le permitieron acceder a la Universidad de Jena, donde obtuvo el doctorado en Botánica en 1913.

Antes incluso de doctorarse realizó un viaje científico a las entonces Indias Orientales Neerlandesas, hoy Indonesia, para estudiar la flora tropical del lugar. Tras participar como voluntaria de la Cruz Roja en la Primera Guerra Mundial, en 1919 se incorporó al Instituto Kaiser Wilhelm de Biología donde trabajó junto al genetista Erwin Baur, uno de los principales impulsores de la genética experimental en Alemania.

La genética era entonces una disciplina muy joven. Las leyes de Mendel acababan de consolidarse y los investigadores empezaban a comprender cómo se transmitían muchas características de una especie entre una generación y la siguiente, pero habiendo muchas cosas aún desconocidas. Por ejemplo, seguía sin saberse dónde residía esa herencia, esto es, qué era exactamente aquello que se heredaba ni de qué manera podía eso cambiar y por tanto aparecer características nuevas.

¿Podía la radiación cambiar una planta… y a sus descendientes?

A finales del siglo XIX el descubrimiento del radio había abierto un campo completamente nuevo de investigación. Los físicos sabían que emitía una radiación invisible capaz de atravesar distintos materiales, impresionar placas fotográficas y provocar cambios físicos y químicos sin necesidad de calor ni luz. Sus efectos sobre los organismos vivos, sin embargo, apenas empezaban a explorarse.

Stein decidió utilizar esa nueva herramienta para intentar dar respuesta a esas preguntas fundamentales para la genética que aún no tenían respuesta. Trabajó con plantas del género Antirrhinum, popularmente llamadas bocas de dragón, muy convenientes para esta rama científica ya que muchas de las características hereditarias son visibles a simple vista. Las expuso a radiación y observó cuidadosamente su desarrollo. El objetivo no consistía únicamente en comprobar si las plantas cambiaban por efecto de la radiación, sino si los cambios que se observaban se limitaban a esa planta o si se transmitían también a sus descendientes.

Un resultado correcto pero aún sin explicación

Antirrhinum normal y tres especímenes tras
ser sometidos a radiación. Fuente: Untersuchungen
über die Radiomorphosen von Antirrhinum.

En 1921 Stein presentó sus resultados ante la Sociedad Alemana de Genética. Las plantas irradiadas desarrollaban características nuevas que permanecían estables y reaparecían cuando se obtenían nuevas generaciones a partir de ellas. Pero para Stein la pregunta decisiva seguía abierta. ¿Qué era exactamente lo que había cambiado dentro de la planta para que esa nueva característica pudiera heredarse?

En la actualidad responderíamos que la radiación había alterado el ADN contenido en el núcleo de algunas células reproductoras y que esa modificación genética pasó después a la descendencia. Sin embargo, en la década de 1920 nadie sabía todavía que el ADN era lo que contenía la herencia genética de los seres vivos (en este caso, de la planta) y por eso ella interpretó inicialmente sus resultados como modificaciones permanentes de las células de la planta, en general, más que como alteraciones del material hereditario en concreto.

Es decir, Stein había observado esos cambios estables y heredables de una generación a otra, pero todavía no sabía, porque no lo sabía nadie por entonces, era qué parte de la célula conservaba y transmitía esa información.

Nuevas interpretaciones para experimentos antiguos

En 1927 Hermann Joseph Muller demostró que los rayos X podían inducir mutaciones hereditarias en la mosca de la fruta (otra especie muy utilizada en el campo de la genética, en este caso porque debido a sus cortos ciclos de vida se pueden observar distintas generaciones en poco tiempo). Aquellos experimentos confirmarían definitivamente que la radiación podía modificar el material biológico responsable de la herencia y abrirían una nueva etapa en la genética experimental.

Las investigaciones de Stein pudieron ser interpretadas entonces bajo otro prisma distinto, uno con mucha más información. Sus observaciones seguían siendo las mismas, pero ahora podían interpretarse dentro de un marco teórico mucho más sólido. En los años siguientes continuó trabajando sobre los efectos biológicos de la radiación y acuñó el término fitocarcinoma para describir determinados crecimientos extraños y en ocasiones malignos provocados experimentalmente en las plantas.

Desarrolló prácticamente toda su carrera en el Instituto Kaiser Wilhelm de Biología, donde también investigó sobre hormonas vegetales e injertos, permaneciendo vinculada a la institución incluso después de su reorganización tras la Segunda Guerra Mundial como parte de la Sociedad Max Planck.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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Hilda Pérez Carvajal, la científica que desveló la relevancia del sistema inmunitario frente a los parásitos

Las enfermedades parasitarias son infecciones causadas por organismos (parásitos) que viven y se alimentan dentro otro ser vivo (huésped). Cada año afectan a millones de personas en todo el mundo, especialmente en regiones tropicales. Comprender cómo se comportan los parásitos y cómo el cuerpo humano se defiende de ellos ha sido un gran desafío para la medicina contemporánea.

La inmunoparasitóloga Hilda Pérez Carvajal (1945-2019) destaca entre quienes contribuyeron decisivamente a construir ese conocimiento. Su carrera de más de cinco décadas combinó el estudio de enfermedades tropicales como la leishmaniasis y la malaria, la formación de nuevas generaciones de especialistas y un firme compromiso con la salud pública en América Latina.

Hilda Pérez Carvajal. Imagen creada a partir de la original de Cazadores de microbios.

Hilda Antonieta Pérez Carvajal nació el 11 de mayo de 1945 en Cumaná, Venezuela. Su interés por la biología comenzó a manifestarse desde temprano, y su afán por entender los mecanismos de la vida la llevó a ingresar en la Escuela de Biología de la Universidad Central de Venezuela, donde se graduó en 1967. Su trabajo de fin de carrera, dedicado al análisis químico de un bacteriófago, fue premiado por su excelencia, un reconocimiento que anunciaba el talento investigador que Hilda desarrollaría en las décadas siguientes.

Gracias a una beca del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de su país, en 1971 cruzó el océano para realizar un doctorado en el prestigioso Instituto Nacional de Investigaciones Médicas de Londres. Bajo la tutela de expertos mundiales, Hilda se especializó en la inmunología de la esquistosomiasis, una enfermedad causada por gusanos parásitos que afecta a millones de personas en regiones tropicales. Aquella etapa le permitió adquirir una formación robusta que la convirtió en la primera persona venezolana con formación de posgrado en las áreas combinadas de inmunología y parasitología. De regreso a su país en 1975, decidió aplicar el conocimiento adquirido al estudio de enfermedades parasitarias relevantes en Venezuela.

Comprender la leishmaniasis para mejorar su tratamiento

Pérez se incorporó al Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, donde desarrollaría gran parte de su carrera. Comenzó centrando su trabajo en la leishmaniasis, una enfermedad causada por protozoos del género Leishmania y transmitida por la picadura de pequeños insectos, que puede provocar desde lesiones cutáneas hasta formas mucho más graves y potencialmente mortales.

Ciclo vital de los parásitos del género Leishmania, responsables de la leismaniasis.
Wikimedia Commons.

Hasta ese momento, se desconocían los mecanismos que explicaban por qué unas personas desarrollaban cuadros leves y otras cuadros más severos, y se creía que las diferentes manifestaciones clínicas de la enfermedad dependían únicamente de la variedad del parásito. Sin embargo, Hilda y su equipo demostraron que la respuesta dependía en gran medida de la susceptibilidad genética del huésped, es decir, de la manera en que el sistema inmunitario de cada individuo reaccionaba frente al parásito. Para llegar a esa conclusión, emplearon un diseño experimental innovador que utilizaba modelos animales genéticamente idénticos, y se convirtieron en pioneros –y referentes mundiales– en este tipo de investigaciones.

Su trabajo contribuyó a comprender mejor la interacción entre el parásito y el sistema inmunitario, un conocimiento imprescindible para diseñar tratamientos más eficaces y orientar futuras investigaciones sobre vacunas.

Frente a la malaria: ciencia al servicio de la comunidad

A finales de la década de 1980, la malaria volvía a convertirse en un problema de salud pública en Venezuela, e Hilda decidió orientar su investigación hacia esta enfermedad. Lejos de escoger el camino más sencillo, centró sus esfuerzos en Plasmodium vivax, el parásito responsable de la mayoría de los casos de esta enfermedad en América Latina y, al mismo tiempo, uno de los más difíciles de estudiar en el laboratorio por su compleja biología.

Con una visión interdisciplinaria, el laboratorio de Pérez incorporó técnicas de biología molecular y biotecnología que eran avanzadas e innovadoras para la época. Estas herramientas les permitieron caracterizar proteínas del parásito y avanzar en el desarrollo de métodos de diagnóstico temprano y en la identificación de posibles candidatos para futuras vacunas. Además de producir resultados científicos de gran impacto, Pérez impulsó una forma de trabajar basada en la cooperación entre laboratorios, favoreciendo así la creación de redes de investigación que fortalecieron la capacidad científica del país.

El trabajo de Hilda tuvo un impacto directo en las zonas rurales y comunidades indígenas al sur del río Orinoco, donde la transmisión era alta y el acceso a la salud era limitado. Gracias a sus contribuciones, fue posible orientar tratamientos más efectivos frente a la creciente resistencia del parásito a los medicamentos convencionales, demostrando que la ciencia de vanguardia puede y debe ser una herramienta de justicia social.

Formación de nuevas generaciones

Más allá de sus más de cien publicaciones científicas y su papel como asesora experta de la Organización Mundial de la Salud, esta mujer tuvo un gran impacto como docente de la Universidad de Los Andes, la Universidad Central de Venezuela y el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Allí formó a generaciones de estudiantes que posteriormente continuarían investigando en inmunología, microbiología y parasitología. También participó activamente en la creación de programas de posgrado y sociedades científicas, como la Sociedad Venezolana de Parasitología, de la que fue presidenta en dos ocasiones.

A lo largo de su trayectoria recibió diversos reconocimientos, entre ellos la Orden Rafael Rangel al Mérito Científico en 1995 y el Premio Mujeres en Ciencia, en su primera edición (2013), concedido por la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales de Venezuela.

Hilda Pérez Carvajal falleció el 19 de julio de 2019 en Caracas, a los 74 años.

Referencias

Sobre la autora

Edurne Gaston Estanga es doctora en ciencia y tecnología de los alimentos. Actualmente se dedica a la gestión de proyectos en organizaciones que fomentan la difusión del conocimiento de la ciencia y la tecnología.

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Janet Taylor, la brújula matemática del siglo XIX

Janet Taylor.

Son pocas las mujeres que han tenido protagonismo en la historia de la navegación. Sus contribuciones se han ignorado de forma constante, destacándose solo los inventos hechos por hombres, sus grandes gestas y descubrimientos. Pero en este panorama hay una figura femenina que en el siglo XIX, justo el momento en el que el Europa expandía sus tentáculos por el océano global, supuso una revolución en el arte y la ciencia de navegar. Se trata de la británica Janet Taylor, que aplicó el hallazgo de Isaac Newton de que la Tierra es esferoidal, es decir, que está achatada por los polos, a los cálculos de navegación. Aquello aumentó la precisión y la seguridad de los navegantes, siendo reconocida por ello en un mundo regido por el género masculino.

Nacida como Jane Ionn el 13 de mayo de 1804, en el condado de Durham (Inglaterra),  tuvo la fortuna de que su padre, profesor de navegación, la permitiera estudiar de niña en una escuela de varones donde enseguida destacó por su precoz inteligencia. La base matemática que logró allí, le facilitó obtener a los 9 años una beca de la Reina Carlota para continuar sus estudios en la Escuela Real de Bordado para Mujeres donde, pese a eses nombre, pudo cultivar su pasión por los globos terráqueos, los mapas y la geometría. Cuando la escuela cerró, se trasladó a un internado a las afueras de Londres, donde comenzó siendo adolescente a trabajar como tutora.

Al salir, con solo 16 años, Janet se colocó como institutriz en una familia, a cuyos hijos fascinaba con sus clases de astronomía. Al morir su padre un año después, se encontró con una importante herencia, si bien optó por ayudar a su hermano, que había abierto un negocio y necesitaba apoyo con sus finanzas, una experiencia que le sirvió para más adelante para abrir sus empresas, como mujer emprendedora que era. Fueron años en los que, por su cuenta, empezó a resolver enigmas de navegación cada vez más complejos, más por inquietud personal que por pensar en vivir de su talento.

Cuando su hermano se arruinó, la joven se fue a vivir a Amberes con un familiar, donde conoció al que sería su esposo, George Taylor, que regentaba un pub. Juntos, en 1831, decidieron abrir la primera Academia de Náutica George Taylor, nombrada así por su esposo aunque era ella la que aportaba el conocimiento. Su idea era obtener ingresos con la publicación de libros, la venta de cartas náuticas y el desarrollo de instrumentos, hasta lograr fondos para ofrecer formación con el plan de estudios diseñado por Janet.

Para su primer libro, la joven se puso a recalcular las ecuaciones de navegación, que aún se basaban en que la Tierra era una bola esférica cuando se sabía desde Newton que no era así. Tras numerosos y laboriosos cálculos, elaboró ​​nuevas tablas de posición, que publicó en 1833 como Tablas Luni-Solares y Horarias, una obra que tuvo siete ediciones en los siguientes 20 años. Un año después publicó Principios de Navegación Simplificados, que permitían enseñar cómo utilizar tanto sus tablas como otros métodos usados por los marineros para determinar su posición y rumbo en el mar. Si bien al principio estos avances no eran muy conocidos, la crítica furibunda que recibió por sus tablas en 1835 en The Nautical Magazine, fue un golpe de timón. El artículo ponía en entredicho sus datos, destacando que era una mujer quien los hacía para quitarles valor. Pero Janet no se amilanó y en el siguiente número de la revista respondió con argumentos que demostraban que había decenas de millas de diferencia entre sus posiciones y las usadas hasta entonces para navegar. Fue tan contundente que el respeto de la comunidad náutica aumentó exponencialmente y sus libros se convirtieron en lectura obligada.

Algunas de las publicaciones de Janet Taylor.

La cuestión es que estas investigaciones no le daban suficiente para vivir y emprender. Ya en 1834 había patentado un instrumento de su invención –para algunos su gran aportación– en el que invirtió su herencia, una calculadora de navegación, que unía varios instrumentos en uno permitiendo medir a la vez ángulos, altitud, tiempo real y acimut. De hecho, fue la primera mujer en patentar un invento para navegar de la historia. Y de nuevo tropezó con dificultades: el Almirantazgo británico no la autorizó oficialmente porque consideró que era demasiado sofisticada para los marineros. Curiosamente en tiempos recientes se reprodujo y se calificó como “una genialidad adelantada a su tiempo”, aunque las autoridades navales de su tiempo llegaron a decir que era algo “indigno del patrocinio de los lores”.

El nuevo revés, lejos de hundirla, la animó a iniciar nuevas aventuras. En 1835 abrió otro negocio con su nombre: la Academia Náutica de Mrs. Janet Taylor, donde vendía instrumentos necesarios para enfrentarse al océano. Trabajaba para ella un fabricante que hacía sus diseños y que, para su disgusto, acabó por independizarse y abrir un local cerca del suyo. Por supuesto, también vendía sus publicaciones: en 1842, Taylor publicó un segundo libro, Epítome de Navegación y Astronomía Náutica, con las Tablas Lunares Mejoradas, que alcanzó las 12 ediciones. Novedad suya fue también una guía para navegar por la costa brasileña. Cada vez más conocida, eran muchos los que antes de iniciar un viaje se pasaban por su academia para llevarse cartas de navegación que ella modificaba a mano con información mucho más precisa que la que venía del Almirantazgo, muy retrasado a la hora de actualizarla.

La academia creció en fama porque no solo enseñaba a oficiales de la marina mercante las técnicas para navegar (incluyendo trigonometría, geometría, matemáticas, astronomía, mecánica, meteorología, etcétera), sino que facilitaba que los barcos surcaran los mares con mucha más seguridad. De todas sus actividades, la más lucrativa era ajustar las brújulas que llevaban los buques, que se desajustaban debido al hierro con el que se hacían. Para ello, formó a uno de sus trabajadores como experto en estos ajustes.

Más trabas en el camino por ser mujer

Todo ello lo compaginaba con una gran familia: entre 1831 y 1844 dio a luz a ocho hijos. Cuentan sus biografías que Janet se negaba a descansar y recuperarse entre parto y parto porque le preocupaba que su inactividad pusiera en peligro vidas de marineros. Este compromiso sería valorado por gobiernos extranjeros –desde los monarcas holandeses y prusianos hasta el Papa–, que le otorgaron medallas de oro en reconocimiento a sus contribuciones.

Tarjeta promocional de Janet Taylor (1850).

Los que tardaron en reconocer su mérito fueron los gobernantes de su propio país, a los que Taylor solicitó repetidamente una pensión anual, como las 300 libras anuales que si le concedían a la astrónoma Mary Somerville, pero se la negaron repetidamente hasta que murió George y entonces le dieron el mínimo: 50 libras al año. Además, cuando murió su esposo también el ajustador de brújulas que ella formó se fue con la competencia, lo que la generó un importante agujero.

Aún así, trató de mantener su negocio con sus innovaciones. En la Gran Exposición de 1851, presentó una bitácora de bronce con brújula como un objeto especial y en los años siguientes siguió haciendo experimentos –como balancear barcos de un lado a otro del Támesis para registrar el movimiento de la brújula–, probando sus inventos (como un accesorio para sextantes y cuadrantes, llamado ‘horizonte artificial marino’)  y diseñando innovadoras brújulas y sextantes, que presentó en 1862 en la Exposición Universal de Londres. Al año siguiente, aún publicaría una edición de su popular obra Directions to the Planisphere of the Stars, su guía detallada del cielo nocturno.

Nada de ello fue suficiente para cambiar el rumbo financiero de la empresa. Además, ninguno de sus hijos tenía el más mínimo interés de seguir sus pasos, así que finalmente la declaró en bancarrota en 1864. En 1866, con 62 años de edad, Janet Taylor abandonó Londres definitivamente para irse con sus familiares, con quienes vivió los últimos cuatro años, afectada por una grave bronquitis que acabaría con su vida.

Cuentan que poco antes de morir, el 26 de enero de 1870, una de sus últimas peticiones fue poder contemplar Polaris, la Estrella Polar que guía a los marineros. A ellos les dejó un revolucionario legado para su época, tanto en la navegación marítima como en la astronomía. Y Janet, sobre todo, rompió los esquemas de una opresiva sociedad victoriana que intentó invisibilizarla, pero que no lo consiguió. Hoy es considerada una de las mentes técnicas más brillantes de su época.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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Tanya Atwater, la geofísica que ayudó a reconstruir la historia de la costa oeste de Norteamérica

Cuando Tanya Atwater comenzó a estudiar Geología en la década de 1960, la mayor parte del conocimiento sobre la Tierra seguía interpretándose como si continentes y océanos hubieran estado siempre más o menos donde están ahora. Se conocían las montañas, los volcanes y el magma que tienen debajo, los terremotos y sus mecanismos, las grandes fallas en las que se divide la corteza terrestre…, pero no había una explicación general que justificara todos esos fenómenos.

Tanya Atwater. AMACAD.

Cuando llevaba ya varios años de formación, y aún tenía otros cuantos por delante, la disciplina sufrió un auténtico terremoto, esta vez intelectual. La acumulación de pruebas procedentes del fondo de los océanos, del estudio del magnetismo de las rocas y de la actividad sísmica terminó consolidando la llamada teoría de la tectónica de placas: la superficie terrestre estaba formada por enormes fragmentos rígidos “flotando” sobre otras capas no del todo sólidas y que por tanto se desplazaban lentamente unos respecto a otros.

Aquella nueva idea obligó a reinterpretar prácticamente toda la historia geológica conocida. Atwater estaba entonces en primera fila de esta revolución científica y contribuyó a demostrar cómo esa nueva teoría permitía explicar la evolución del oeste de Norteamérica y el origen de una de las estructuras geológicas más estudiadas del planeta, la falla de San Andrés.

Formarse en mitad de una revolución científica

Tanya Atwater nació en Los Ángeles (California) en 1942 y creció en una región donde terremotos, volcanes y grandes cordilleras forman parte del paisaje cotidiano. Aquellos fenómenos despertaban desde hacía décadas el interés de los geólogos, aunque todavía no existía un marco teórico capaz de explicar por qué aparecían precisamente allí. Quizá porque creció rodeada de estos fenómenos eligió estudiar Geología en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), donde se licenció en 1965 y se doctoró en 1972.

Fueron años excepcionales para esta rama de la ciencia. Gracias al desarrollo de nuevas técnicas de exploración del fondo oceánico, las campañas oceanográficas estaban revelando que los océanos escondían largas cordilleras submarinas, profundas fosas y un registro magnético que solo podía explicarse si el suelo oceánico se estaba creando y desplazando continuamente. Aquellas observaciones terminaron por consolidar una idea que hasta entonces había sido recibida con escepticismo: los continentes no eran estructuras inmóviles, sino que viajaban lentamente sobre placas tectónicas en movimiento.

Atwater recordaría años después que tuvo la suerte de formarse precisamente cuando muchas de las grandes preguntas seguían abiertas y era posible participar directamente en la construcción de las respuestas.

Un rompecabezas geológico

Su tesis doctoral abordó uno de los problemas más complejos de la geología norteamericana: reconstruir la evolución tectónica de la costa oeste del continente durante los últimos millones de años.

Hasta entonces, muchos de los rasgos geológicos de California parecían difíciles de relacionar entre sí. Existían grandes fallas, cordilleras, cuencas donde se habían depositado y compactado sedimentos durante miles de años, volcanes y fragmentos de antigua corteza oceánica cuya distribución no se había podido explicar de forma completa y satisfactoria hasta entonces. La nueva teoría de la tectónica de placas ofrecía un punto de partida para conseguirlo, pero sin una demostración basada en evidencias no era más que una hipótesis.

Atwater reconstruyó los movimientos de las placas del Pacífico, Norteamérica y Farallón a lo largo del tiempo (hablamos de eras geológicas, esto es, miles y millones de años) y demostró cómo la desaparición progresiva de esta última explicaba la formación de la falla de San Andrés y buena parte de la evolución tectónica del oeste de Norteamérica. Su trabajo permitió integrar en un único modelo fenómenos que hasta entonces se habían estudiado por separado.

La falla de San Andrés y la larga historia que cuenta

La falla de San Andrés aparece en la conversación pública cada vez que un terremoto sacude California, algo que ocurre con cierta frecuencia. Sin embargo, pensar en ella simplemente como una grieta es quedarse en la superficie de su naturaleza, ya que esa falla es en realidad el punto donde dos placas tectónicas que llevan millones de años desplazándose se encuentran, se chocan y se rozan continuamente.

Falla de San Andrés en la llanura de Carrizo. Wikimedia Commons.

Para entender y confirmar esto fue necesario reconstruir océanos desaparecidos, trazar el movimiento de placas ya desaparecidas, consumidas en el interior de la Tierra, y calcular cómo ha cambiado la posición de los continentes actuales durante millones de años.

Atwater llevó a cabo esas reconstrucciones, cálculos y proyecciones, y gracias a eso pudo contar la historia de forma coherente. Sus mapas mostraban que la geología de California no era el resultado de procesos aislados, sino el capítulo más reciente de procesos que llevan en marcha desde mucho antes de que existieran los seres humanos. Aquellos trabajos se convirtieron en una referencia para generaciones de geólogos y geólogas y siguen utilizándose para explicar la evolución tectónica de la región.

Enseñando la nueva teoría

Tras completar el doctorado, Atwater desarrolló la mayor parte de su carrera en la Universidad de California en Santa Bárbara, donde continuó investigando sobre la evolución tectónica del océano Pacífico y la costa oeste norteamericana.

Con el tiempo dedicó una atención creciente a la divulgación científica. Era consciente de que uno de los mayores obstáculos para comprender la tectónica de placas reside en la enorme escala temporal sobre la que actúan estos procesos: desde la perspectiva del tiempo que tenemos los seres humanos, procesos tan gigantescos y tan lentos (las placas se desplazan unos pocos centímetros al año, como mucho) resultan difícilmente aprehensibles. Para superar esa dificultad trabajó en el desarrollo de animaciones y reconstrucciones digitales capaces de mostrar el movimiento de continentes y océanos a lo largo de millones de años. Aquellas herramientas han terminado utilizándose tanto en investigación como en enseñanza y permitieron visualizar procesos que hasta entonces solo podían imaginarse a partir de mapas estáticos.

Su trayectoria ha sido reconocida con algunos de los principales galardones de la geología internacional, entre ellos la medalla Penrose de la Sociedad Geológica de Estados Unidos o la medalla Wollaston de la Sociedad Geológica de Londres.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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Alwine Bertels-Psotka, respetada micropaleontóloga argentina

Entre las especialistas en el estudio de los microfósiles nacidas en Sudamérica, a lo largo de gran parte del siglo XX ha destacado la figura de Alwine Bertels-Psotka. Durante casi 40 años de ininterrumpida actividad, sus originales contribuciones sobre diminutos organismos que vivieron hace unos 60 millones de años lograron ampliar y enriquecer los conocimientos de la comunidad especializada.

Alwine Bertels. «Mujeres de las piedras».

Su legado ha sido altamente valorado tanto en su país como en el extranjero, razón por la cual la Asociación Paleontológica Argentina instituyó y comenzó a otorgar un premio en su nombre a partir del año 2022, dedicado a «profesionales en investigaciones paleontológicas o disciplinas relacionadas». Asimismo, el acreditado laboratorio de la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde pasó largas jornadas de trabajo, lleva el título de «Laboratorio de Micropaleontología Dra. Alwine Bertels-Psotka».

Primeros pasos de una notable investigadora

Nacida el 10 de enero de 1930 en la provincia de Santa Fe, Alwine Bertels-Psotka no tuvo una vida sencilla. Como ha descrito el doctor en microbiología del Museo Argentino de Ciencias Naturales, Horacio H. Camacho, «Alwine, dotada de un carácter firme decidido y luchador, supo afrontar con entereza todas las situaciones surgidas a lo largo de su recorrido vital».

Comencemos apuntando que, una vez completada su formación primaria y secundaria, la joven Alwine optó por matricularse en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, para estudiar Ciencias Geológicas. Muy pronto se despertó su vocación por el estudio de los foraminíferos fósiles, y formó parte del primer curso de micropaleontología impartido en su universidad.

Señalemos que los foraminíferos son pequeños organismos unicelulares que generan una concha externa propia de cada especie. Son muy útiles en los estudios paleontológicos porque muestran fielmente su continuo desarrollo evolutivo, de modo que las especies más antiguas se encuentran en los yacimientos más viejos. De esta manera, identificando los foraminíferos hallados en un sustrato determinado se puede calcular su antigüedad.

Alwine Bertels-Psotka, tras finalizar la licenciatura en 1968 defendió su Tesis Doctoral centrada en la micropaleontología y estratigrafía de diminutos organismos fósiles. Tal como se informa en el libro Mujeres de las piedras, se trata de un excelente trabajo sobre foraminíferos con unos 60 millones de años de antigüedad procedentes de la provincia de Neuquén, sita en el noroeste de la Patagonia.

El citado experto Horacio Camacho, ha especificado en relación a dicha tesis que «en aquel tiempo, uno de los problemas estratigráficos más discutidos se relacionaba con el límite Cretácico–Terciario, al que no se podía identificar a través del estudio de las megafaunas [esto es, animales «gigantes», «muy grandes» o «grandes», hoy extinguidos], por lo que el conocimiento de las microfaunas [o sea, organismos microscópicos, de tamaño inferior a 0,1 mm], alentaba grandes esperanzas en la búsqueda de una posible solución». Fue este contexto el que impulsó a Alwine Bertels-Psotka a dedicar sus esfuerzos a los microorganismos. «Al hacer suyo este desafío, continúa el profesor Camacho, convirtió la investigación de los foraminíferos en el tema medular y predominante de su vida».

Desarrollo de una excelente carrera profesional

Tras doctorase, ha descrito el mencionado microbiólogo, «fue muy importante para su formación científica posterior recibir una beca externa otorgada por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, CONICET, que en 1965 le permitió ampliar estudios en Alemania, concretamente en Frankfurt y en Hannover».  Posteriormente, en 1967 acudió al prestigioso laboratorio oceanográfico Woods Hole (Woods Hole Oceanographic Institution) en los Estados Unidos.

Tal como informa Wikipedia, a partir del año 1970, Alwine Bertels-Psotka estableció vínculos con instituciones científicas brasileñas, particularmente con la Universidad Federal de Río Grande do Sul. Nació entonces una fructífera colaboración que le ofreció la oportunidad de realizar interesantes publicaciones relacionadas con la fauna fósil de la región sur de Brasil. En esas fechas, también llevó a cabo investigaciones en el Atlántico Sur, incluyendo microfaunas del litoral bonaerense y del Plateau de Malvinas, una gran meseta submarina ubicada al suroeste del océano Atlántico Sur.

En cuanto a la capacidad investigadora de Alwine, el experto Horacio Camacho ha dejado escrito que era una «trabajadora incansable, no detenía el ritmo de sus actividades ni durante los días festivos, y las exigencias que ella misma se imponía las trasladaba a quienes dirigía en los trabajos de investigación. Sin embargo, detrás de la aparente dureza que parecía caracterizar algunos de sus actos, se escondía una personalidad extremadamente humana y generosa, dispuesta en todo momento a brindar ayuda desinteresadamente. Quienes, a través de los años tratamos a Magda (como afectuosamente la nombrábamos) con mayor asiduidad, siempre observamos en ella una conducta leal y sincera».

Ampliando horizontes

El conocimiento de los foraminíferos característicos de otras regiones del mundo, permitió que nuestra protagonista estableciese con bastante precisión las características principales de los nuevos yacimientos objeto de su investigación. Ciertamente, sus contribuciones centradas en microorganismos de la región austral fueron de gran trascendencia, ya que sus resultados no solo enriquecieron el estado de la cuestión del momento con el aporte de nuevas especies y datos, sino que, además estimularon y sirvieron de modelo para numerosos proyectos originales en trabajos posteriores.

A lo expuesto hay que añadir que, paralelamente a sus actividades de investigación científica, a partir de 1969 Alwine Bertels-Psotka inició una intensa y meritoria carrera docente en el Departamento de Ciencias Geológicas de la UBA; primero como profesora ayudante hasta alcanzar casi diez años más tarde, en 1978, el máximo nivel docente: Profesora Titular de Micropaleontología, según se describe en el citado libro Mujeres de las piedras.

Alwine Bertels. Wikimedia Commons.

Cabe asimismo apuntar que esta inagotable científica no limitó su docencia a la UBA, sino que desde comienzos de los años setenta, también impartió clases y conferencias en la Universidad de la Plata. A todo ello, agregó su participación en la formación de mi­cropaleontólogos brasileños, principalmente a través de la Universidad Federal de Río Grande do Sul. Igualmente, colaboró con el Centro de Investigaciones Petroecuador de Guayaquil en varias ocasiones.

Logros y reconocimientos

Las múltiples aportaciones de notable valor con las que Alwine Bertels-Psotka enriqueció la micropaleontología, la hicieron merecedora de diversas distinciones y honores. A título de ejemplo, cabe recordar que fue la primera mujer elegida para ocupar cargos de relevancia. Entre 1975 y 1977, fue Presidenta de la Asociación Paleontológica Argentina. Por esas fechas, en 1976, la nombraron directora del reconocido laboratorio de Micropaleontología de la Facultad de Ciencias Exactas (UBA). En 1978 presidió el Primer Congreso Latinoamericano de Paleontología, celebrado en la ciudad de Buenos Aires, como se explicita en Mujeres de las piedras.

Los reconocimientos, sin embargo, no procedieron solo de su país natal. Internacionalmente, fue escogida para coordinar y asesorar importantes proyectos de investigación, gran parte de ellos instaurados por la acreditada y famosa Organización de las Naciones Unidas, UNESCO.  Por otra parte, tuvo el honor de formar parte activa del Comité Editor de la reconocida publicación científica de micropaleontología Stereo-atlas of Ostracod Shells, creada en 1973 en la Universidad de Leicester por destacados expertos del Reino Unido y del resto del mundo. Como se apunta en Wikipedia, a lo largo de sus 25 años de historia la serie de esta publicación, que concluyó en 1998, incluyó a figuras notorias de la comunidad micropaleontológica.

El citado paleontólogo Horacio Camacho ha enfatizado que la científica «expuso los resultados de sus investigaciones en numerosas conferencias, reuniones nacionales e internacionales y en aproximadamente 65 publicaciones en libros y revistas del país y del extranjero».

Ante tan buen currículo, hay que subrayar que en ningún momento Alwine Bertels-Psotka abandonó su labor como docente. De hecho, puso gran interés en la formación de sus discípulos, dirigiendo diez Trabajos Finales de Licenciatura y ocho Tesis Doctorales en la Universidad de Buenos Aires. Además, tuteló a cuatro Doctorandos de las Universidades de La Plata, del Comahue (provincia de Neuquén) y del Noreste (Corrientes). Y por si esto fuera poco, hay que sumar las cinco Maestrías y el asesoramiento a dos Doctorados que cumplió con entusiasmo en instituciones brasileñas.

Los galardones recibidos por Bertels-Psotka sumaron numerosas distinciones significativas, aunque aquí solo citaremos un par de ellas: el Premio Eduardo L. Holmberg (respetado médico, naturalista y escritor argentino), concedido en 1985 por la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Otro premio fue el distinguido Mérito Paleontológico, otorgado en 1996 por la Asociación Paleontológica Argentina. Destaquemos, además, que el Centro Biográfico Internacional de Cambridge (Inglaterra) la eligió Mujer del Año 1992-1993, en reconocimiento a su dilatada trayectoria científica.

Para concluir, nos hacernos eco de un párrafo escrito por el Dr. Camacho en la nota necrológica dedicada a su colega y amiga:

La desaparición física de la Dra. Alvine Bertels ha privado a la comunidad paleontológica argentina de una investigadora ejemplar, pero nos queda su obra como prolongación de su fructífera y exitosa existencia, la que ya constituye un capítulo insustituible de la historia del conocimiento micropaleontológico del Cretácico superior y del Terciario de la región austral sudamericana.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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