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Cómo los jesuitas domaron al dragón chino de los eclipses

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La bandera con un dragón devorando el Sol, también conocida como bandera del Dragón amarillo se convirtió en la primera bandera nacional de China.
Wikimedia commons, CC BY

 

La imagen es poderosa: un dragón celestial devorando el Sol, mientras en la Tierra, el pueblo, aterrorizado, hace sonar tambores y gongs para espantarlo y salvar la luz del día. Este mito, que durante milenios explicó los eclipses solares en China, escondía una cruda realidad política y científica. Para los astrónomos de la corte imperial, un eclipse no era solo un espectáculo celeste, sino una cuestión de vida o muerte y de legitimidad dinástica.

En muchos textos de historia de la astronomía de los eclipses se recoge esta imagen del dragón que devora al Sol (que llegó a ser precisamente la bandera de la novena dinastía del imperio, la dinastía Qing –清朝– desde 1889 hasta su caída el 11 de octubre de 1911) como si fuera su principal contribución a este tema.

Pero resulta terriblemente injusto pensar que en un imperio milenario donde todo se registraba cuidadosamente –incluyendo, miles de años antes que en otros lugares, anotaciones sobre manchas en el Sol, estrellas nuevas y cometas– o donde la propia divinidad del emperador estaba asociada al cielo, lo único que hicieron con los eclipses fue tocar tambores.

El primer eclipse solar se registró en China

De hecho, el primer eclipse solar del que tenemos constancia ocurrió en China el 22 de octubre del año 2137 a. e. c., según aparece documentado en el Shujing o Clásico de Historia (書經) una de las fuentes históricas del Imperio chino, en compendios escritos en torno al siglo tercero antes de nuestra era, pero que recogen sucesos hasta del siglo XI a. e. c.

La leyenda cuenta que los astrónomos reales He y Hi, posiblemente distraídos o quizá ebrios e incapaces de predecirlo, fueron ajusticiados por su fracaso. Aunque debemos reconocer que toda esta historia es posiblemente apócrifa y que tanto el registro como su datación precisa de la mano de la astronomía son dudosos, como analiza el veterano comunicador científico Moncho Núñez en su reciente libro Eclipses. Historia y ciencia de la ocultación extemporánea del Sol (Guadalmazán, 2026). Un castigo ejemplarizante que mostraba que la astronomía en China era una ciencia de Estado al servicio del poder. El emperador, como “Hijo del Cielo”, basaba su legitimidad en una armonía cósmica. Un eclipse imprevisto era una grieta en ese orden, un presagio potencial de desgracia que podía interpretarse como una pérdida del Mandato Celestial.

Calendario chino y burocracia

El corazón de este sistema era el calendario lunisolar, una monumental obra de ingeniería matemática que sincronizaba los ciclos de la Luna con el año solar. Este calendario no solo organizaba el tiempo: regulaba desde la siembra y la cosecha hasta los impuestos y los complejos rituales imperiales. Su correcto funcionamiento era el termómetro del buen gobierno. Para sostenerlo se desarrolló una astronomía basada en la observación meticulosa y el registro minucioso, casi obsesivo, generando series de datos que abarcaban siglos. De hecho, se consideraba un orgullo que a lo largo de una serie temporal de miles de años se pudiera mantener la coherencia de los diferentes calendarios que se superpusieron en cada dinastía.

La Oficina de Astronomía Imperial, el Qīntiānjiān (钦天监), era la encargada de esta tarea. Sus astrónomos trabajaban con un método sofisticado basado en ciclos empíricos, derivados de ese archivo histórico. Conocían y aplicaban, por ejemplo, el ciclo metónico (19 años solares casi iguales a 235 meses lunares), un patrón descubierto también en otras culturas antiguas que permitía predecir épocas propicias para eclipses.

El nombre de este ciclo recuerda al astrónomo griego Metón de Atenas, que lo anotó en 432 a. e. c. Sabemos que en Mesopotamia se conocía dos siglos antes, aunque estaba ya en la base aún anterior de los primeros calendarios lunisolares, al tener en cuenta las repeticiones de los plenilunios a lo largo de los años solares.

Fracasos en la predicción

En cualquier caso, este método aritmético tenía un margen de error considerable. Podía alertar de que en un mes dado era probable un eclipse, pero fallaba al predecir la hora exacta, la duración o, incluso, si sería visible desde la capital imperial. Un eclipse predicho que no se veía, o uno no anunciado que oscurecía el cielo de Pekín, eran fracasos igualmente graves. Lo malo es que si se introducían correcciones para mejorar estos pronósticos, la duración de los años y los calendarios empezaba a variar y se podría perder la serie consolidada del registro histórico.

El problema se agravó durante la dinastía Ming (1368-1644). El calendario oficial, el Datong li (Calendario del Gran Inicio), establecido en 1384, acumulaba errores que se magnificaban con el tiempo. Para finales del siglo XVI, sus predicciones fallaban con frecuencia y notoriedad. Este deterioro no pasó desapercibido para los eruditos. El destacado astrónomo Xing Yunlu ya había señalado graves inexactitudes y abogado por una reforma en las décadas de 1570 y 1580. Sin embargo, su propuesta chocó con la muralla de la burocracia del Imperio Ming.

Asunto de Estado

La Oficina de Astronomía se había convertido en una casta burocrática y hereditaria. Como señala el historiador de la ciencia Nathan Sivin en su libro Granting the Seasons (Springer, 2009), estas posiciones a menudo se transmitían dentro de las mismas familias, creando un sistema nepotista más preocupado por mantener privilegios y estabilidad que por innovar (y menos aún reconocer errores). Un cambio en el calendario no era una mera actualización técnica; era un asunto de estado de primer orden que implicaba admitir el fracaso de un sistema vinculado a la legitimidad cosmológica de la dinastía. Promover una reforma era un riesgo político enorme, pues un error podía ser castigado severamente, mientras que mantener el statu quo, aunque fuera defectuoso, era el camino más seguro.

Este rifirrafe político creó el caldo de cultivo perfecto para la intervención externa. Los fracasos predictivos se hicieron tan evidentes que, hacia 1590, incluso altos funcionarios como los del Ministro de Ritos (el Ministerio de los Ritos o Lǐbù ,礼部, era uno de los seis ministerios que formaban el núcleo de la administración civil) comenzaron a presionar para buscar soluciones fuera del sistema tradicional. Fue esta crisis de credibilidad interna, y no solo la curiosidad intelectual, la que provocó que la corte acabara abriendo sus puertas a unos visitantes occidentales.

La llegada de los “letrados del oeste” y su geometría celestial

En este contexto de crisis de precisión y credibilidad en 1601 se presenta en Pekín el italiano Matteo Ricci (1552-1610), normalmente considerado el introductor del cristianismo en China, acompañado por el español Diego de Pantoja (1571-1618). Eran jesuitas, pero su estrategia fue presentarse ante la corte como “letrados occidentales”, eruditos en ciencias y matemáticas. Entre sus regalos al emperador, los más apreciados fueron los relojes mecánicos, instrumentos de una precisión en la medición del tiempo entonces desconocida en China.

Pantoja, nacido en Valdemoro (Madrid) en 1571 y formado como cosmógrafo, desempeñó un papel clave. No solo dirigió la fabricación de relojes solares, sino que colaboró con el erudito y funcionario chino Sun Yuanhua (孫元化) en el Libro ilustrado sobre el reloj de sol, Rìguǐ Túfǎ (日晷圖法), introduciendo nuevas técnicas de medición.

Su mayor aportación, sin embargo, fue demostrar la superioridad práctica de los métodos astronómicos europeos contemporáneos. Mientras el Qīntiānjiān trabajaba con compleja aritmética cíclica, los jesuitas usaban la geometría esférica y los últimos modelos planetarios (como los de Tycho Brahe). Su enfoque no se limitaba a buscar patrones en registros antiguos; calculaban los movimientos reales del Sol y la Luna en el espacio tridimensional. Esto les permitía predecir no solo el día, sino la hora, la duración, la magnitud y la trayectoria de la sombra sobre la Tierra, con una exactitud que dejó pasmada a la corte.

Una revolución silenciosa desde dentro del palacio

La evidencia fue, con el tiempo, incontestable. En repetidas ocasiones, los jesuitas acertaron donde el Datong li fallaba. El poder de su cálculo era tan evidente que, tras la caída de los Ming, el nuevo gobierno de la dinastía Qing tomó una decisión radical: encargar al jesuita Johann Adam Schall von Bell la creación de un nuevo calendario oficial.

El resultado fue el calendario Shixian (Calendario de la Concesión del Tiempo, 時憲曆), promulgado en 1645. Fue un híbrido histórico: la primera vez que el Imperio Celestial adoptaba un sistema astronómico oficial diseñado y dirigido por extranjeros. Se trataba de una síntesis forzada por la necesidad: el marco institucional, la necesidad política y los datos históricos eran chinos, pero la metodología matemática y geométrica era europea. La resistencia burocrática continuó durante décadas, y los errores no desaparecieron por completo, pero se redujeron drásticamente. Para el siglo XVIII, las predicciones tenían márgenes de error de minutos, no de horas o días.

De los ciclos a la geometría pura de Bessel

Sin embargo, esta historia de precisión creciente no termina con los jesuitas. Tanto los ciclos metónicos chinos como las efemérides tabuladas europeas del siglo XVII aún arrastraban limitaciones. Eran herramientas potentes, pero basadas en aproximaciones y correcciones empíricas. El nacimiento de la astronomía moderna y del análisis matemático asociado a la mecánica de Newton permitieron mejorar las predicciones en las posiciones de los planetas, el Sol y la Luna y, con ello, mejorar la precisión en los pronósticos de un eclipse. Como todo problema de los tres cuerpos, incorporaba cálculos complejos y soluciones aproximadas.

Incluso en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando el astrónomo Edmond Halley calculó un eclipse con los mejores métodos astronómicos disponibles para el 3 de mayo de 1715, la precisión en el tiempo es de 4 minutos y en la zona de totalidad de unas 20 millas (32,2 kilómetros), como describen los investigadores Aaaron Robotham y Sabine Bellstedt, de la Universidad de Australia Occidental.

La domesticación matemática del eclipse

La auténtica domesticación matemática de los eclipses llegó en el siglo XIX con el astrónomo prusiano Friedrich Wilhelm Bessel (1784-1846).

En 1824, Bessel introdujo un método revolucionario que transformó el problema. En lugar de calcular laboriosamente las posiciones individuales del Sol y la Luna, expresó toda la geometría del eclipse en torno al cono de sombra de la segunda proyectado sobre la Tierra.

Al definir un plano fundamental perpendicular a este eje de sombra y usar un ingenioso sistema de coordenadas, redujo la complejidad del cálculo a unos pocos parámetros elegantes (los llamados “elementos beselianos”). Este método, que separaba claramente la geometría celeste de los movimientos orbitales, permitía una precisión analítica sin precedentes y es, en esencia, la base de los algoritmos que aún hoy se siguen usando para el cálculo de eclipses.

Así, el largo camino para “domar al dragón” pasó de los tambores rituales y la minuciosa observación y registro de los sucesos a la aritmética de ciclos a la geometría esférica de los jesuitas, y, finalmente, alcanzó la abstracción analítica de Bessel.

El encuentro entre China y Europa en el siglo XVII no fue una simple transferencia de conocimiento, sino el catalizador que resolvió una crisis interna de precisión. Demostró que incluso la tradición observacional más rica del mundo podía estancarse en la inercia burocrática, y que la innovación, a menudo, llega por caminos inesperados y forzados por la pura necesidad de tener razón. Y, por supuesto, tuvo consecuencias sociales, políticas y económicas que propiciaron toda la historia de relaciones entre oriente y occidente a partir de entonces.The Conversation

Sobre el autor: Javier Armentia, Profesor del Máster de comunicación científica, médica y ambiental, Universitat Pompeu Fabra

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.

El artículo Cómo los jesuitas domaron al dragón chino de los eclipses se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Mary Elvira Weeks, la científica que humanizó la historia de la química

6 August 2026 at 09:00
Mary Elvira Weeks. Springer.

La química estadounidense Mary Elvira Weeks (1892-1975) se especializó en Historia de la Ciencia y con su obra Discovery of the Elements transformó la manera en que entendemos el origen de los elementos químicos.

Mary Elvira Weeks nació el 10 de abril de 1892 en Lyons, Wisconsin, EE. UU, en el seno de una familia con vocación intelectual. Desde joven mostró interés por las ciencias, y obtuvo una licenciatura en el Ripon College en 1913. Apenas un año después, completó una maestría en la Universidad de Wisconsin-Madison, donde trabajó con Joseph Howard Mathews, pionero de la fotoquímica en Estados Unidos. Durante los siguientes siete años, Weeks se desempeñó como profesora de secundaria y técnica en la industria química, antes de dar el salto definitivo a la academia.

Pionera en la Universidad de Kansas

En 1921, se incorporó a la Universidad de Kansas como profesora ayudante de análisis cuantitativo, al tiempo que continuaba sus estudios de posgrado. Su llegada coincidió con un periodo difícil para las mujeres en el mercado laboral, ya que muchas estaban siendo desplazadas por veteranos que regresaban de la Primera Guerra Mundial. A pesar de estas presiones, Weeks perseveró bajo la tutela de Hamilton P. Cady, y fue la primera mujer en recibir un doctorado en química por la Universidad de Kansas en 1927. Su tesis doctoral versó sobre el papel de la concentración de iones de hidrógeno en la precipitación de calcio y magnesio.

Durante más de dos décadas, Weeks impartió docencia en química física y química analítica, disciplinas que exigían un elevado dominio experimental y matemático. Aunque publicó algunos artículos científicos en estas disciplinas, la elevada carga docente limitaba el tiempo que podía dedicar a la investigación de laboratorio. Poco a poco, la científica se sintió atraída por un área menos competitiva y más acorde con sus intereses humanísticos: la historia de la química. Mientras preparaba clases y materiales para sus estudiantes, comenzó a recopilar información sobre las personas y los caminos que habían conducido al descubrimiento de los diferentes elementos químicos. Aquella inquietud acabaría transformándose en el proyecto intelectual que marcaría su carrera.

Contar la historia de los elementos para entender la ciencia

Entre 1932 y 1933, Weeks publicó una serie de 21 artículos en el Journal of Chemical Education sobre el descubrimiento de los elementos. Debido a la enorme demanda de reimpresiones, estos artículos se recopilaron en 1933 en el libro Discovery of the Elements, obra que hoy se considera un clásico de la literatura química.

Página de Discovery of the Elements.

Weeks creó, por primera vez, una narración que explicaba de forma ordenada cómo había evolucionado el conocimiento sobre los elementos químicos a lo largo de la historia. Construyó su relato con un extraordinario rigor documental –podía leer alemán, francés, italiano, español, sueco, ruso y japonés, lo que le permitió acceder a fuentes primarias globales–. El éxito del libro se debió en gran parte a su capacidad para combinar datos científicos con detalles de las controversias y los errores que acompañaron a cada descubrimiento. El resultado fue una obra que muestra la ciencia como un proceso colectivo, lleno de avances graduales, rectificaciones y colaboraciones entre personal científico de distintos países. Lejos de presentar los descubrimientos como una sucesión de genialidades individuales, Weeks explica cómo cada generación se apoyó en el trabajo de la anterior para avanzar un poco más en la comprensión de la materia.

El libro tuvo un éxito enorme. Para 1968, había alcanzado su séptima edición y había sido traducido a varios idiomas –la propia Weeks participó activamente en las traducciones–. Con el tiempo se convertiría en uno de los textos de química más leídos del mundo.

Nueva etapa dedicada a preservar el conocimiento científico

En 1944, tras veintidós años en Kansas y sin haber alcanzado el rango de profesora titular, Weeks decidió trasladarse a Detroit para iniciar una nueva etapa profesional en la Biblioteca Científica Kresge-Hooker de la Universidad Estatal Wayne. Allí trabajó como investigadora asociada de literatura científica y jefa del departamento de traducción, un entorno que le permitió explotar al máximo su amor por los libros y los idiomas. Con su trabajo facilitaba el acceso de investigadores estadounidenses a conocimiento generado en otras partes del mundo, una responsabilidad especialmente importante en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando gran parte de la literatura científica más relevante se publicaba en lenguas distintas al inglés.

Paralelamente continuó desarrollando su faceta como historiadora de la química. Durante este periodo asumió otro reto: completar la historia de la Sociedad Estadounidense de Química (ACS, por sus siglas en inglés). El proyecto editorial había sido iniciado por Charles A. Browne pero, tras la muerte de este en 1947, Weeks asumió la responsabilidad de completarlo, para lo cual tuvo que escribir la mayoría de los capítulos restantes. A History of the American Chemical Society: Seventy-five Eventful Years se publicó en 1952 y fue un trabajo elogiado por evitar los escollos habituales de las obras por encargo.

Reconocimiento y legado

El reconocimiento formal a su carrera llegó en 1967, cuando la ACS le otorgó el prestigioso Premio Dexter a logros sobresalientes en la historia de la química. Fiel a su naturaleza humilde y retraída, Weeks expresó sentirse indigna del galardón y sugirió que se entregara a alguien más joven, aunque finalmente lo aceptó ante la insistencia de sus colegas.

Mary Elvira Weeks falleció el 20 de junio de 1975 en Detroit, a los 83 años. El legado de esta química no reside en sus descubrimientos de laboratorio, sino en su labor como historiadora, gracias a la cual construyó un relato necesario para humanizar la ciencia.

Referencias

Sobre la autora

Edurne Gaston Estanga es doctora en ciencia y tecnología de los alimentos. Actualmente se dedica a la gestión de proyectos en organizaciones que fomentan la difusión del conocimiento de la ciencia y la tecnología.

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