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NASA recently captured a summertime spectacle in orbital imagery of the Black Sea, as eerie-looking swirls of turquoise could be seen swarming in its waters.
The curious curling features were observed by astronauts aboard the International Space Station in May, and more recently by the Ocean Color Instrument (OCI) on NASA’s Plankton, Aerosol, Cloud, Ocean Ecosystem (PACE) satellite on June 22, 2026, as it passed over the body of water that marks the boundary between Europe and Asia.
The vibrant oceanic display is believed to be the result of summertime blooms of coccolithophores, which begin surging in ocean waters near the shoreline in warmer weather months.
These phytoplankton are armored in plates composed of calcium carbonate, which can often cause discoloration in ocean waters as the blooms occur, which are driven by nutrients entering ocean waters that are often carried from inland sources.

Earlier this year, a similar turquoise spectacle occurred in Atlantic waters along the eastern United States, as coccolithophores surged in numbers as temperatures rose, and meltwater in mountainous regions made its way downstream, carrying vital nutrients which were deposited in coastal waters after they made their way downstream.
Unlike coccolithophores, which generally brighten the color of ocean water in the spring and early summer, later in the year another kind of microscopic organism, known as diatoms, can darken the water due to the silica shells that encase their microscopic bodies.
Similar orbital color shows were observed in recent weeks within the narrow waters of the Bosporus Strait, which separates Turkey as it parts Asia Minor and Thrace. In the recent photos obtained from the ISS, the entire Bosporus can be seen illuminated in turquoise as its waters have been flooded with coccolithophores.

Apart from the odd but beautiful swirling patterns they produce as these phytoplankton are carried by ocean currents, these colorful creatures also provide a more practical benefit, since they can be leveraged by remote sensing technologies to help study the dynamics of these blooms when they occur.
Additionally, these microscopic creatures can also make significant contributions to oceanic carbon cycles, since the creatures sink to the seafloor at the end of their life cycles, carrying carbon they’ve absorbed with them. Once deposited on the ocean floor, this carbon can be maintained at such depths for long periods.
Additional information about the recent coccolithophore blooms in the Black Sea, along with other imagery of our planet as seen from space, can be found at NASA’s Earth Observatory page.
Micah Hanks is the Editor-in-Chief and Co-Founder of The Debrief. A longtime reporter on science, defense, and technology with a focus on space and astronomy, he can be reached at micah@thedebrief.org. Follow him on X @MicahHanks, and at micahhanks.com.
La retirada estadounidense de la Organización Mundial de la Salud se hace efectiva tras un año de preaviso, dejando una deuda millonaria, un vacío presupuestario difícil de cubrir y un debate abierto sobre si un país puede abandonar una agencia clave de la ONU sin cumplir todas sus obligaciones.
Está semana se cumplió el plazo que convierte en oficial la salida de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud. La decisión, anunciada hace un año por el entonces presidente Donald Trump, no solo supone un golpe financiero directo para la agencia sanitaria de Naciones Unidas, sino que también plantea una pregunta de fondo que va más allá del dinero: ¿puede un Estado abandonar la OMS de forma unilateral y sin saldar sus cuentas pendientes?
La respuesta no es sencilla. La OMS pierde de golpe a su mayor contribuyente, responsable de cerca del 20 % de su presupuesto total, mientras expertos en derecho internacional discuten si la retirada estadounidense es plenamente válida desde el punto de vista jurídico. Al mismo tiempo, la organización intenta ganar tiempo y dejar la puerta abierta a un eventual regreso, consciente de que las consecuencias se sentirán en programas de salud en todo el mundo.
La decisión de abandonar la OMS fue comunicada por Trump el 22 de enero de 2025, en línea con una visión crítica hacia los organismos multilaterales que marcó gran parte de su política exterior. Sin embargo, el proceso no podía hacerse efectivo de inmediato. El acuerdo firmado por Estados Unidos al incorporarse a la OMS establece un preaviso de un año antes de que la retirada sea válida, un plazo que se cumple ahora.
Durante estos doce meses, la incertidumbre ha sido constante. Por un lado, la OMS se preparaba para un escenario sin financiación estadounidense; por otro, la Casa Blanca dejaba claro que no tenía intención de dar marcha atrás ni de cumplir plenamente con las obligaciones financieras pendientes. Según informó NPR, el medio público estadounidense, Estados Unidos mantiene una deuda de 278 millones de dólares correspondientes a las contribuciones de 2024 y 2025, una cantidad que la administración Trump no piensa pagar antes de la retirada.
El Departamento de Estado fue explícito en una declaración recogida por la emisora pública: “Los Estados Unidos no realizarán pagos a la OMS antes de su retirada”. El argumento oficial es que el coste para el contribuyente estadounidense, derivado de lo que consideran fallos graves de la organización durante la pandemia de covid-19, ya ha sido demasiado alto.
El impago de las cuotas no es un detalle menor. Para numerosos expertos en derecho internacional, la retirada sin saldar la deuda plantea serias dudas sobre su legalidad. Lawrence Gostin, profesor de derecho sanitario global en la Universidad de Georgetown y director de un centro colaborador de la OMS, describió la situación con una metáfora contundente en declaraciones a NPR. “Es un divorcio muy público y muy desordenado”, afirmó. “Él dice: no voy a pagar y ya no estamos casados. Y ella responde: no puedes estar divorciado mientras no me pagues”.
Gostin sostiene que abandonar la OMS sin cumplir las obligaciones financieras es “ilegal”, aunque reconoce que, en la práctica, existen pocos mecanismos para impedirlo. No hay una demanda en curso ni una iniciativa clara en el Congreso estadounidense para frenar la decisión presidencial. En ese vacío político y jurídico se mueve ahora el proceso.
Desde la OMS, el enfoque es más prudente. Steven Solomon, el principal responsable legal de la organización, explicó también a NPR que la cuestión de si la retirada es efectiva, y en qué condiciones, corresponde en última instancia a los Estados miembros. Es decir, no es solo una decisión bilateral entre Washington y Ginebra, sino un asunto que deberá ser debatido colectivamente en los órganos de gobierno de la OMS.
El caso estadounidense es excepcional por otra razón: la Constitución de la OMS no contempla la posibilidad de que un país abandone la organización. Sus 194 Estados miembros, en teoría, no pueden retirarse. Esta ausencia de una cláusula de salida no es un olvido, sino una elección deliberada.
Según explicó Solomon, los redactores del texto fundacional entendieron que la lucha contra la propagación internacional de enfermedades requería una organización verdaderamente universal. En su visión, permitir la retirada de los países podía debilitar la respuesta global ante amenazas sanitarias compartidas. Por eso no incluyeron ningún mecanismo de salida.
Estados Unidos, sin embargo, cuenta con una singularidad histórica. Cuando se incorporó a la OMS en 1948, negoció una condición especial que le permite retirarse si así lo decide, siempre que cumpla con ciertos requisitos, entre ellos el pago de todas las contribuciones pendientes. Es precisamente este último punto el que ahora genera el conflicto.
La existencia de esa excepción refuerza la posición de Washington en cuanto al derecho a marcharse, pero al mismo tiempo refuerza el argumento de quienes sostienen que la retirada no puede completarse sin saldar la deuda. De ahí que la OMS insista en que el proceso aún no está completamente cerrado.
El debate no se resolverá hoy. Está previsto que la cuestión de la retirada estadounidense figure en la agenda del Consejo Ejecutivo de la OMS, que se reúne a finales de febrero, y que vuelva a tratarse en mayo durante la Asamblea Mundial de la Salud, el máximo órgano de decisión de la organización.
Hasta entonces, la OMS se mueve entre dos estrategias. Por un lado, asume que debe adaptarse a un escenario con menos recursos; por otro, mantiene un discurso diplomático que deja abierta la posibilidad de un reencuentro. “Espero que los Estados Unidos reconsideren su decisión y vuelvan a unirse”, dijo recientemente el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, en una rueda de prensa. “No se trata de dinero. El dinero se puede ajustar. Se trata de cooperación”.
La afirmación subraya la dimensión política del conflicto. Más allá de los presupuestos, la salida de Estados Unidos debilita la idea de una gobernanza sanitaria global coordinada, especialmente en un contexto marcado por el recuerdo reciente de la pandemia.
Pese a los intentos de minimizar el papel del dinero en el discurso oficial, el golpe económico es innegable. Estados Unidos ha sido, durante décadas, el mayor donante de la OMS. En el último decenio, su aportación anual osciló entre unos 160 millones y 815 millones de dólares, dentro de un presupuesto total que ronda los 2000 a 3000 millones de dólares al año.
La retirada de un contribuyente de ese tamaño obliga a ajustes drásticos. Ya en noviembre del año pasado, la OMS anunció que tendría que recortar aproximadamente una cuarta parte de su plantilla debido a la salida estadounidense. Eso supone la eliminación de unos 2400 puestos de trabajo en todo el mundo, una reducción sin precedentes para la organización.
Además de los despidos, varios programas e iniciativas de salud pública se verán afectados o directamente cancelados. La OMS desempeña un papel central en la coordinación de respuestas frente a brotes de enfermedades como el ébola, la polio o el mpox, así como en el apoyo técnico a países con sistemas sanitarios frágiles. Menos recursos significan menos capacidad de intervención, especialmente en regiones donde otros actores internacionales tienen una presencia limitada.
La OMS es una agencia especializada de Naciones Unidas encargada de la salud pública internacional. Se financia mediante una combinación de contribuciones obligatorias y aportaciones voluntarias de sus 194 Estados miembros, además de donaciones de otros actores. Las cuotas obligatorias se calculan en función de la riqueza y la población de cada país y se revisan periódicamente.
Su mandato incluye coordinar la respuesta mundial a emergencias sanitarias, ofrecer asistencia técnica, facilitar la distribución de vacunas y tratamientos, y elaborar directrices sobre cientos de enfermedades y condiciones de salud, tanto físicas como mentales. Aunque no tiene poder para imponer políticas a los Estados, sus recomendaciones suelen marcar la pauta en situaciones de crisis.
A lo largo de más de siete décadas, la OMS ha sido clave en logros históricos como la erradicación de la viruela y la drástica reducción de la polio a nivel mundial. También opera en contextos de conflicto o en zonas de difícil acceso, donde pocas organizaciones internacionales pueden trabajar de forma continuada.
El distanciamiento entre Trump y la OMS no es nuevo. Ya durante su primer mandato, el presidente criticó duramente a la organización por su gestión de la pandemia de covid-19 y por lo que consideraba una excesiva influencia de China en sus decisiones. En un decreto presidencial emitido el año pasado, Trump detalló los motivos de su rechazo.
Una parte central del documento se centraba en el reparto de la carga financiera. Según el texto, la OMS “sigue exigiendo pagos injustamente elevados a los Estados Unidos, que no guardan proporción con las contribuciones de otros países”. El decreto también señalaba que China, con una población aproximadamente tres veces mayor que la estadounidense, aporta cerca de un 90 % menos en contribuciones obligatorias.
Más allá del dinero, el decreto acusaba a la OMS de no haber implementado “reformas urgentemente necesarias” y de haber demostrado una falta de independencia frente a la influencia política de algunos Estados miembros durante crisis sanitarias recientes. Estas críticas reflejan una visión más amplia de la política exterior de Trump, escéptica del multilateralismo y partidaria de priorizar la soberanía nacional.
La salida de Estados Unidos de la OMS no es solo un episodio administrativo. Marca un precedente que podría animar a otros países a replantearse su compromiso con las instituciones multilaterales, especialmente en un contexto de tensiones geopolíticas crecientes.
Para la OMS, el desafío inmediato es mantener su capacidad operativa con menos recursos y demostrar que puede seguir siendo relevante sin el respaldo financiero y político de Washington. Para la comunidad internacional, la preocupación es que la fragmentación debilite la respuesta colectiva frente a futuras pandemias.
Aunque la puerta a un regreso estadounidense no está completamente cerrada, el daño ya es tangible. Programas reducidos, personal despedido y una organización obligada a redefinir sus prioridades son parte del nuevo paisaje. En un mundo interconectado, donde los virus no reconocen fronteras, la pregunta que queda en el aire es si la salud global puede permitirse un divorcio tan ruidoso y costoso.