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Restos humanos tempranos en Marruecos refuerzan a África como cuna de nuestra especie

9 January 2026 at 11:00
Mandíbula fósil humana ThI-GH-1 de 773 000 años hallada en la cantera Thomas, Marruecos, clave para entender el origen africano de la humanidad.

Huesos y dientes hallados en una cueva de Casablanca, con una antigüedad cercana a 773 000 años, aportan nuevas pruebas sobre el origen africano del linaje humano y revelan una diversidad regional más temprana de lo que se pensaba.

En una cantera del suroeste de Casablanca, Marruecos, un conjunto de restos humanos excepcionalmente antiguos vuelve a situar a África en el centro del relato sobre nuestros orígenes. Los fósiles, recuperados en la llamada Grotte à Hominidés, corresponden a individuos que vivieron hace alrededor de 773 000 años, en un momento clave de la evolución humana, cuando las principales líneas que darían lugar a nuestra especie y a otros grupos humanos comenzaban a diferenciarse.

El hallazgo no es reciente, pero sí lo es la certeza sobre su antigüedad y su significado. Tras décadas de excavaciones sistemáticas y análisis geológicos detallados, el yacimiento marroquí se ha convertido en una referencia para comprender cómo y dónde se configuraron las poblaciones humanas arcaicas que acabarían conduciendo a Homo sapiens. Los resultados han sido publicados en la revista Nature y difundidos por el servicio científico EurekAlert, consolidando su impacto en la comunidad internacional.

Una cueva redescubierta por la ciencia

La Grotte à Hominidés se encuentra incrustada en una antigua cantera, un entorno poco habitual para uno de los yacimientos paleoantropológicos más importantes del norte de África. El primer indicio de su relevancia apareció en 1969, cuando un coleccionista aficionado encontró parte de una mandíbula humana. Durante años, aquel fósil permaneció como una pieza aislada, sin un contexto claro que permitiera evaluar su edad y su lugar en la evolución humana.

No fue hasta 1994 cuando un equipo de investigadores inició excavaciones sistemáticas en la cueva. Desde entonces, los trabajos han sacado a la luz dos mandíbulas parciales, varios dientes, ocho vértebras y un fragmento de fémur. Este conjunto, poco habitual por su variedad anatómica y su estado de conservación, permitió por primera vez estudiar a estos individuos como parte de una población y no como restos aislados.

La acumulación de hallazgos también permitió analizar con precisión las capas de sedimentos en las que se encontraban los fósiles. Esa información geológica resultó decisiva para situar cronológicamente los restos y para descartar que hubieran sido desplazados desde niveles más antiguos o más recientes, una duda habitual en yacimientos descubiertos hace décadas.

El reloj magnético de la Tierra

Determinar la edad exacta de fósiles tan antiguos es uno de los mayores desafíos de la paleoantropología. En este caso, los investigadores recurrieron al paleomagnetismo, una técnica que analiza la orientación del campo magnético terrestre registrada en las rocas. A lo largo de la historia del planeta, los polos magnéticos se han invertido en múltiples ocasiones, dejando una huella detectable en los sedimentos.

Las capas que rodeaban los restos humanos de Casablanca registran una inversión magnética conocida, ocurrida hace aproximadamente 773 000 años. Los fósiles se depositaron justo en torno a ese cambio, lo que permite asignarles una edad muy precisa. Esta coincidencia convierte al yacimiento en uno de los pocos del norte de África con restos humanos tan antiguos y con una datación tan sólida.

Gracias a este contexto, los científicos pueden afirmar no solo que los fósiles son antiguos, sino que realmente pertenecen a ese periodo concreto. Esa seguridad cronológica refuerza su valor para reconstruir la historia temprana del linaje humano y para compararlos con otros restos hallados en Europa y Asia.

Rasgos antiguos y rasgos modernos

El análisis anatómico de las mandíbulas, los dientes y las vértebras revela una combinación sorprendente de características. Por un lado, algunos rasgos recuerdan a los de homínidos más antiguos, con mandíbulas robustas y proporciones consideradas primitivas. Por otro, aparecen detalles que anticipan características observadas más tarde tanto en Homo sapiens como en los neandertales.

Una de las mandíbulas, de menor tamaño, probablemente perteneció a un adulto de constitución ligera. Justo debajo se encontraron ocho vértebras que, por su posición y tamaño, podrían corresponder al mismo individuo. La otra mandíbula es más grande y robusta, con rasgos que muestran afinidades parciales con poblaciones humanas posteriores de Europa.

Esta diversidad dentro de un mismo yacimiento sugiere que las poblaciones humanas de hace 773 000 años no eran homogéneas. Al contrario, presentaban una variabilidad anatómica notable, reflejo de procesos evolutivos complejos que se desarrollaban de forma paralela en distintas regiones.

Un panorama más complejo que una sola línea evolutiva

Durante años, algunos investigadores plantearon que grupos humanos antiguos de Europa, como Homo antecessor en la península ibérica, podrían representar un ancestro común tanto de los neandertales como de los humanos modernos. Los fósiles marroquíes, de edad similar a los españoles, obligan a matizar esa idea.

Aunque coetáneos, los restos de Casablanca muestran diferencias claras respecto a los europeos. Los fósiles de España parecen alinearse más directamente con la línea que conduciría a los neandertales, mientras que los del norte de África apuntan hacia un linaje más cercano al que desembocaría en Homo sapiens. Esta divergencia indica que ya existían diferencias regionales marcadas mucho antes de lo que se suponía.

Lejos de una evolución lineal y uniforme, el registro fósil sugiere un mosaico de poblaciones humanas arcaicas, adaptadas a distintos entornos y siguiendo trayectorias evolutivas parcialmente independientes. Esa “diversidad temprana” es clave para entender cómo surgió nuestra especie.

Hienas y humanos en un mismo escenario

Un aspecto llamativo del yacimiento es que la cueva no fue, al parecer, un refugio habitual para los humanos. La abundancia de coprolitos, restos fosilizados de excrementos, y las marcas de mordeduras en muchos huesos indican que el lugar fue utilizado principalmente por grandes carnívoros, probablemente hienas.

Los huesos humanos muestran señales de haber sido roídos, pero carecen de marcas de corte producidas por herramientas de piedra. Esto sugiere que los individuos no murieron ni fueron procesados allí por otros humanos, sino que sus cuerpos pudieron ser transportados a la cueva como presas o carroña por los depredadores.

Este contexto aporta información valiosa sobre la relación entre los humanos tempranos y los grandes carnívoros del Pleistoceno. También recuerda que la supervivencia de aquellos grupos se desarrollaba en un entorno peligroso, donde los humanos no siempre ocupaban la cima de la cadena alimentaria.

África, un escenario clave para el origen humano

La gran pregunta que atraviesa la paleoantropología es dónde y cómo surgió Homo sapiens. Los estudios genéticos indican que la separación entre la línea que conduciría a los humanos modernos y la que daría lugar a neandertales y denisovanos ocurrió entre hace 765 000 y 550 000 años. Sin embargo, los fósiles que representen a esos ancestros tempranos han sido escasos y fragmentarios.

Los restos de Casablanca encajan temporalmente con ese periodo crítico. Sus características anatómicas, combinadas con su ubicación africana, refuerzan la hipótesis de que los antepasados directos de nuestra especie evolucionaron en África, y no en Europa o Asia, como se planteó en algunos momentos del debate científico.

La región del Magreb emerge así como un área de especial relevancia. Ya en 2017, los hallazgos de Jebel Irhoud, también en Marruecos, revelaron restos de Homo sapiens de unos 300 000 años de antigüedad, los más antiguos conocidos hasta ahora. Los nuevos fósiles amplían esa historia hacia atrás, mostrando que el norte de África albergaba poblaciones humanas clave mucho antes.

Un rompecabezas en expansión

Cada nuevo yacimiento añade piezas a un rompecabezas que sigue incompleto. Los fósiles de la Grotte à Hominidés no ofrecen una respuesta definitiva, pero sí delimitan mejor el escenario en el que se desarrolló la evolución humana temprana. Muestran que África no solo fue un punto de partida, sino un continente con una rica diversidad de poblaciones humanas arcaicas.

Al situar estos restos en una cronología precisa y compararlos con hallazgos europeos y asiáticos, los investigadores pueden reconstruir con mayor detalle las ramificaciones del árbol evolutivo humano. Lejos de un origen simple, la historia que emerge es la de múltiples poblaciones interactuando, divergiendo y, en ocasiones, desapareciendo.

En ese contexto, Marruecos y el norte de África se consolidan como regiones esenciales para comprender quiénes somos y de dónde venimos. Los huesos y dientes de Casablanca, silenciosos durante cientos de miles de años, se han convertido ahora en testigos clave de un pasado en el que África ya albergaba las raíces profundas de la humanidad.

Los humanos llevan miles de años trasladando cerdos de isla en isla

5 January 2026 at 11:00
Ilustración de cerdos en una isla del Pacífico que muestra antiguas rutas de migración humana y la dispersión de animales entre archipiélagos.

Un amplio estudio genómico revela que la presencia de cerdos en islas remotas del sudeste asiático y el Pacífico no es fruto del azar, sino el resultado de migraciones humanas repetidas a lo largo de decenas de milenios, con consecuencias ecológicas y culturales que aún persisten.

Durante siglos, la distribución de los animales en el planeta ha servido para trazar fronteras invisibles entre regiones biológicas. Una de las más influyentes fue propuesta en el siglo XIX por el naturalista Alfred Russell Wallace, quien observó una clara separación entre las faunas de Asia y Australia. Esa línea, conocida hoy como la Línea de Wallace, marcaba un límite casi infranqueable para la mayoría de los grandes mamíferos terrestres. Sin embargo, había una excepción llamativa: los cerdos.

Estos animales aparecen a ambos lados de la Línea de Wallace y, además, en islas tan distantes como Vanuatu o regiones apartadas de la Polinesia. La pregunta de cómo llegaron hasta allí ha intrigado durante décadas a biólogos, arqueólogos y antropólogos. Ahora, un estudio publicado en la revista Science ofrece la reconstrucción más detallada hasta la fecha de ese proceso, apoyándose en el análisis genómico de cientos de animales actuales y restos arqueológicos.

El trabajo, difundido también a través de una nota científica en EurekAlert!, muestra que los cerdos no cruzaron mares y estrechos por sus propios medios. Fueron los seres humanos quienes los transportaron deliberadamente en distintas oleadas migratorias, desde épocas muy tempranas hasta la expansión de las primeras sociedades agrícolas por el Pacífico.

Una frontera biológica con una excepción inesperada

La Línea de Wallace separa dos mundos evolutivos distintos. Al oeste predominan especies típicamente asiáticas, mientras que al este se imponen formas de vida emparentadas con Australia. Esta división se explica por la historia geológica de la región y por profundos canales marinos que, incluso durante las glaciaciones, nunca llegaron a secarse por completo.

En ese contexto, la presencia de cerdos en islas situadas muy al este de la línea resultaba desconcertante. No se trata de animales capaces de nadar largas distancias ni de sobrevivir a travesías oceánicas accidentales. Su distribución sugería una intervención humana sistemática, pero faltaban pruebas genéticas sólidas que permitieran reconstruir cuándo y desde dónde se produjo esa expansión.

El nuevo estudio aborda ese vacío mediante un enfoque exhaustivo. Los investigadores analizaron el ADN de más de 700 cerdos, combinando muestras de animales vivos con restos hallados en yacimientos arqueológicos. Esta base de datos genética permitió rastrear linajes, detectar cruces entre poblaciones y reconstruir rutas de dispersión con una resolución inédita.

Los resultados confirman que la historia de los cerdos en estas islas es, en realidad, una historia de viajes humanos, contactos culturales y adaptaciones ecológicas que se extienden a lo largo de decenas de miles de años.

El ADN como mapa del pasado humano

El análisis genómico reveló que no hubo un único episodio de traslado, sino múltiples movimientos en distintas épocas. Cada uno dejó una huella genética reconocible en las poblaciones actuales. Según el equipo, este patrón solo puede explicarse si los cerdos acompañaron a diferentes grupos humanos en sucesivas migraciones.

Una de las señales más antiguas apunta a Sulawesi, en la actual Indonesia. En esta isla existen evidencias de presencia humana de hace al menos 50 000 años, así como algunas de las representaciones artísticas más antiguas conocidas, entre ellas pinturas rupestres de cerdos. Los datos genéticos sugieren que poblaciones humanas muy tempranas pudieron haber trasladado cerdos salvajes o jabalíes verrugosos desde Sulawesi hacia otras islas cercanas.

La hipótesis planteada por los investigadores es que estos animales no eran necesariamente domesticados. Podrían haber sido introducidos deliberadamente como una forma de asegurar futuras presas de caza. En islas a las que se planeaba regresar, dejar animales capaces de reproducirse era una estrategia eficaz para garantizar recursos alimentarios a largo plazo.

Este tipo de manejo temprano de la fauna muestra un grado de planificación y conocimiento ecológico notable en sociedades humanas muy antiguas, mucho antes del desarrollo formal de la agricultura.

La gran expansión agrícola por el Pacífico

Aunque hubo movimientos tempranos, el estudio identifica un punto de inflexión claro hace unos 4000 años. En ese periodo, comunidades agrícolas comenzaron a expandirse rápidamente por el sudeste asiático insular y el Pacífico occidental. A diferencia de los grupos anteriores, estos pueblos ya practicaban una forma estable de ganadería y agricultura, y transportaban animales domésticos de manera sistemática.

Los datos genéticos indican que esta oleada se originó en Taiwán. Desde allí, las comunidades se desplazaron hacia el sur, pasando por Filipinas y el norte de Indonesia, antes de alcanzar Papúa Nueva Guinea. En cada etapa del viaje, los cerdos viajaron con ellos, estableciendo nuevas poblaciones en las islas visitadas.

Desde Papúa Nueva Guinea, la expansión continuó hacia islas más remotas, como Vanuatu, y posteriormente hacia regiones aún más aisladas del Pacífico. Algunos de esos cerdos acabaron llegando a zonas de la Polinesia que se encuentran entre las más alejadas de cualquier continente.

Una vez introducidos, muchos animales escaparon o fueron liberados, adaptándose a la vida salvaje. Con el tiempo, estas poblaciones ferales desarrollaron rasgos propios y comenzaron a interactuar de forma compleja con los ecosistemas locales.

Cruces, híbridos y nuevos equilibrios ecológicos

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es la evidencia de cruces entre distintas poblaciones de cerdos introducidas en momentos diferentes. En algunos archipiélagos, los animales transportados por agricultores se mezclaron con poblaciones más antiguas de jabalíes verrugosos llevados por grupos humanos previos.

Un ejemplo destacado se encuentra en las islas Komodo. Allí, el análisis genético muestra que los cerdos ferales actuales descienden de una mezcla entre cerdos domésticos y jabalíes procedentes de Sulawesi. Este mestizaje dio lugar a animales adaptados al entorno local, con un papel ecológico específico.

En el caso de Komodo, esos cerdos híbridos se han convertido en una fuente de alimento clave para los dragones de Komodo, una especie amenazada y emblemática. De este modo, una introducción humana realizada siglos atrás ha acabado influyendo directamente en la supervivencia de uno de los grandes depredadores actuales.

El estudio subraya que estos procesos no pueden entenderse como simples “errores” humanos del pasado. En muchos casos, las especies introducidas llevan tanto tiempo integradas que forman parte esencial del funcionamiento de los ecosistemas modernos.

Lo que los cerdos revelan sobre nuestras migraciones

Más allá de la historia de un animal concreto, los investigadores destacan el valor del estudio como herramienta para comprender los desplazamientos humanos antiguos. El profesor Laurent Frantz, uno de los autores, señala que “es extraordinario que, a partir del ADN antiguo de los cerdos, podamos reconstruir por dónde viajaron las personas y cómo conectaron islas separadas por enormes distancias”.

Según Frantz, los animales domésticos y semidomésticos actúan como marcadores biológicos de las migraciones humanas. A diferencia de otros restos arqueológicos, el ADN conserva información detallada sobre mezclas, aislamientos y contactos repetidos entre poblaciones.

El trabajo publicado en Science demuestra que, en regiones donde las evidencias humanas directas son escasas o fragmentarias, el estudio genético de los animales asociados puede ofrecer una ventana complementaria al pasado.

El debate entre especies autóctonas e invasivas

Los resultados también plantean preguntas complejas para la conservación actual. Frantz advierte que “si una especie fue introducida por humanos hace decenas de miles de años y hoy está completamente integrada en el ecosistema, ¿debemos seguir considerándola no nativa?”. Esta cuestión no es solo teórica: tiene implicaciones directas para las políticas de gestión de la fauna.

En muchas islas del Pacífico, los cerdos desempeñan papeles muy distintos según el contexto. En algunos lugares son animales con un profundo significado cultural y espiritual, ligados a rituales y tradiciones ancestrales. En otros, son vistos como una plaga que degrada suelos, destruye vegetación y amenaza especies endémicas.

El estudio sugiere que las respuestas simples no son suficientes. La historia ecológica de cada isla es el resultado de miles de años de interacción entre humanos, animales y paisajes. Ignorar esa complejidad puede conducir a decisiones de conservación que, aunque bien intencionadas, tengan efectos imprevistos.

Una historia que sigue influyendo en el presente

Al reconstruir la expansión de los cerdos por el sudeste asiático y el Pacífico, la investigación muestra hasta qué punto las acciones humanas del pasado remoto siguen moldeando el mundo actual. Los movimientos de pequeñas comunidades prehistóricas dejaron huellas que hoy se manifiestan en la genética de los animales, en las cadenas tróficas y en las culturas locales.

Los autores insisten en que comprender esta historia es clave para diseñar estrategias de conservación más realistas. No se trata solo de decidir qué especies “pertenecen” a un lugar, sino de entender cómo se formaron los ecosistemas y qué equilibrios se han establecido a lo largo del tiempo.

Así, los cerdos, animales cotidianos en muchas islas, se convierten en testigos silenciosos de una de las grandes historias de la humanidad: la capacidad de viajar, adaptarse y transformar el entorno mucho antes de la era moderna.

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