Los Hijos de Milé, la ciencia detrás de la leyenda irlandesa que sitúa el origen de los celtas en el norte de España


Una planta puede crecer torcida si recibe poca luz. También puede desarrollar hojas más pequeñas cuando le falta agua o sufrir deformaciones después de una enfermedad. Sin embargo, normalmente ninguna de esas características pasa a la siguiente generación. Otras, en cambio, sí pueden heredarse y aparecer después en los descendientes.
Hoy sabemos que la diferencia está en si el cambio afecta o no al material genético. Pero a comienzos del siglo XX nadie sabía todavía dónde residía exactamente la información hereditaria ni qué podía modificarla. Esa era una de las grandes preguntas de la nueva genética. Emmy Stein dedicó buena parte de su carrera a intentar responderla exponiendo plantas a fuentes de radiación para observar qué cambios sufrían y, sobre todo, cuáles de ellos aparecían también en la siguiente generación.

Emmy Stein nació en Düsseldorf, Alemania, el 21 de junio de 1879. En una época en la que las universidades alemanas apenas comenzaban a admitir mujeres, inició su formación en la Escuela de Horticultura para Mujeres de Berlin-Marienfelde y posteriormente completó los estudios que le permitieron acceder a la Universidad de Jena, donde obtuvo el doctorado en Botánica en 1913.
Antes incluso de doctorarse realizó un viaje científico a las entonces Indias Orientales Neerlandesas, hoy Indonesia, para estudiar la flora tropical del lugar. Tras participar como voluntaria de la Cruz Roja en la Primera Guerra Mundial, en 1919 se incorporó al Instituto Kaiser Wilhelm de Biología donde trabajó junto al genetista Erwin Baur, uno de los principales impulsores de la genética experimental en Alemania.
La genética era entonces una disciplina muy joven. Las leyes de Mendel acababan de consolidarse y los investigadores empezaban a comprender cómo se transmitían muchas características de una especie entre una generación y la siguiente, pero habiendo muchas cosas aún desconocidas. Por ejemplo, seguía sin saberse dónde residía esa herencia, esto es, qué era exactamente aquello que se heredaba ni de qué manera podía eso cambiar y por tanto aparecer características nuevas.
A finales del siglo XIX el descubrimiento del radio había abierto un campo completamente nuevo de investigación. Los físicos sabían que emitía una radiación invisible capaz de atravesar distintos materiales, impresionar placas fotográficas y provocar cambios físicos y químicos sin necesidad de calor ni luz. Sus efectos sobre los organismos vivos, sin embargo, apenas empezaban a explorarse.
Stein decidió utilizar esa nueva herramienta para intentar dar respuesta a esas preguntas fundamentales para la genética que aún no tenían respuesta. Trabajó con plantas del género Antirrhinum, popularmente llamadas bocas de dragón, muy convenientes para esta rama científica ya que muchas de las características hereditarias son visibles a simple vista. Las expuso a radiación y observó cuidadosamente su desarrollo. El objetivo no consistía únicamente en comprobar si las plantas cambiaban por efecto de la radiación, sino si los cambios que se observaban se limitaban a esa planta o si se transmitían también a sus descendientes.

En 1921 Stein presentó sus resultados ante la Sociedad Alemana de Genética. Las plantas irradiadas desarrollaban características nuevas que permanecían estables y reaparecían cuando se obtenían nuevas generaciones a partir de ellas. Pero para Stein la pregunta decisiva seguía abierta. ¿Qué era exactamente lo que había cambiado dentro de la planta para que esa nueva característica pudiera heredarse?
En la actualidad responderíamos que la radiación había alterado el ADN contenido en el núcleo de algunas células reproductoras y que esa modificación genética pasó después a la descendencia. Sin embargo, en la década de 1920 nadie sabía todavía que el ADN era lo que contenía la herencia genética de los seres vivos (en este caso, de la planta) y por eso ella interpretó inicialmente sus resultados como modificaciones permanentes de las células de la planta, en general, más que como alteraciones del material hereditario en concreto.
Es decir, Stein había observado esos cambios estables y heredables de una generación a otra, pero todavía no sabía, porque no lo sabía nadie por entonces, era qué parte de la célula conservaba y transmitía esa información.
En 1927 Hermann Joseph Muller demostró que los rayos X podían inducir mutaciones hereditarias en la mosca de la fruta (otra especie muy utilizada en el campo de la genética, en este caso porque debido a sus cortos ciclos de vida se pueden observar distintas generaciones en poco tiempo). Aquellos experimentos confirmarían definitivamente que la radiación podía modificar el material biológico responsable de la herencia y abrirían una nueva etapa en la genética experimental.
Las investigaciones de Stein pudieron ser interpretadas entonces bajo otro prisma distinto, uno con mucha más información. Sus observaciones seguían siendo las mismas, pero ahora podían interpretarse dentro de un marco teórico mucho más sólido. En los años siguientes continuó trabajando sobre los efectos biológicos de la radiación y acuñó el término fitocarcinoma para describir determinados crecimientos extraños y en ocasiones malignos provocados experimentalmente en las plantas.
Desarrolló prácticamente toda su carrera en el Instituto Kaiser Wilhelm de Biología, donde también investigó sobre hormonas vegetales e injertos, permaneciendo vinculada a la institución incluso después de su reorganización tras la Segunda Guerra Mundial como parte de la Sociedad Max Planck.
Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.
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Un amplio estudio genómico revela que la presencia de cerdos en islas remotas del sudeste asiático y el Pacífico no es fruto del azar, sino el resultado de migraciones humanas repetidas a lo largo de decenas de milenios, con consecuencias ecológicas y culturales que aún persisten.
Durante siglos, la distribución de los animales en el planeta ha servido para trazar fronteras invisibles entre regiones biológicas. Una de las más influyentes fue propuesta en el siglo XIX por el naturalista Alfred Russell Wallace, quien observó una clara separación entre las faunas de Asia y Australia. Esa línea, conocida hoy como la Línea de Wallace, marcaba un límite casi infranqueable para la mayoría de los grandes mamíferos terrestres. Sin embargo, había una excepción llamativa: los cerdos.
Estos animales aparecen a ambos lados de la Línea de Wallace y, además, en islas tan distantes como Vanuatu o regiones apartadas de la Polinesia. La pregunta de cómo llegaron hasta allí ha intrigado durante décadas a biólogos, arqueólogos y antropólogos. Ahora, un estudio publicado en la revista Science ofrece la reconstrucción más detallada hasta la fecha de ese proceso, apoyándose en el análisis genómico de cientos de animales actuales y restos arqueológicos.
El trabajo, difundido también a través de una nota científica en EurekAlert!, muestra que los cerdos no cruzaron mares y estrechos por sus propios medios. Fueron los seres humanos quienes los transportaron deliberadamente en distintas oleadas migratorias, desde épocas muy tempranas hasta la expansión de las primeras sociedades agrícolas por el Pacífico.
La Línea de Wallace separa dos mundos evolutivos distintos. Al oeste predominan especies típicamente asiáticas, mientras que al este se imponen formas de vida emparentadas con Australia. Esta división se explica por la historia geológica de la región y por profundos canales marinos que, incluso durante las glaciaciones, nunca llegaron a secarse por completo.
En ese contexto, la presencia de cerdos en islas situadas muy al este de la línea resultaba desconcertante. No se trata de animales capaces de nadar largas distancias ni de sobrevivir a travesías oceánicas accidentales. Su distribución sugería una intervención humana sistemática, pero faltaban pruebas genéticas sólidas que permitieran reconstruir cuándo y desde dónde se produjo esa expansión.
El nuevo estudio aborda ese vacío mediante un enfoque exhaustivo. Los investigadores analizaron el ADN de más de 700 cerdos, combinando muestras de animales vivos con restos hallados en yacimientos arqueológicos. Esta base de datos genética permitió rastrear linajes, detectar cruces entre poblaciones y reconstruir rutas de dispersión con una resolución inédita.
Los resultados confirman que la historia de los cerdos en estas islas es, en realidad, una historia de viajes humanos, contactos culturales y adaptaciones ecológicas que se extienden a lo largo de decenas de miles de años.
El análisis genómico reveló que no hubo un único episodio de traslado, sino múltiples movimientos en distintas épocas. Cada uno dejó una huella genética reconocible en las poblaciones actuales. Según el equipo, este patrón solo puede explicarse si los cerdos acompañaron a diferentes grupos humanos en sucesivas migraciones.
Una de las señales más antiguas apunta a Sulawesi, en la actual Indonesia. En esta isla existen evidencias de presencia humana de hace al menos 50 000 años, así como algunas de las representaciones artísticas más antiguas conocidas, entre ellas pinturas rupestres de cerdos. Los datos genéticos sugieren que poblaciones humanas muy tempranas pudieron haber trasladado cerdos salvajes o jabalíes verrugosos desde Sulawesi hacia otras islas cercanas.
La hipótesis planteada por los investigadores es que estos animales no eran necesariamente domesticados. Podrían haber sido introducidos deliberadamente como una forma de asegurar futuras presas de caza. En islas a las que se planeaba regresar, dejar animales capaces de reproducirse era una estrategia eficaz para garantizar recursos alimentarios a largo plazo.
Este tipo de manejo temprano de la fauna muestra un grado de planificación y conocimiento ecológico notable en sociedades humanas muy antiguas, mucho antes del desarrollo formal de la agricultura.
Aunque hubo movimientos tempranos, el estudio identifica un punto de inflexión claro hace unos 4000 años. En ese periodo, comunidades agrícolas comenzaron a expandirse rápidamente por el sudeste asiático insular y el Pacífico occidental. A diferencia de los grupos anteriores, estos pueblos ya practicaban una forma estable de ganadería y agricultura, y transportaban animales domésticos de manera sistemática.
Los datos genéticos indican que esta oleada se originó en Taiwán. Desde allí, las comunidades se desplazaron hacia el sur, pasando por Filipinas y el norte de Indonesia, antes de alcanzar Papúa Nueva Guinea. En cada etapa del viaje, los cerdos viajaron con ellos, estableciendo nuevas poblaciones en las islas visitadas.
Desde Papúa Nueva Guinea, la expansión continuó hacia islas más remotas, como Vanuatu, y posteriormente hacia regiones aún más aisladas del Pacífico. Algunos de esos cerdos acabaron llegando a zonas de la Polinesia que se encuentran entre las más alejadas de cualquier continente.
Una vez introducidos, muchos animales escaparon o fueron liberados, adaptándose a la vida salvaje. Con el tiempo, estas poblaciones ferales desarrollaron rasgos propios y comenzaron a interactuar de forma compleja con los ecosistemas locales.
Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es la evidencia de cruces entre distintas poblaciones de cerdos introducidas en momentos diferentes. En algunos archipiélagos, los animales transportados por agricultores se mezclaron con poblaciones más antiguas de jabalíes verrugosos llevados por grupos humanos previos.
Un ejemplo destacado se encuentra en las islas Komodo. Allí, el análisis genético muestra que los cerdos ferales actuales descienden de una mezcla entre cerdos domésticos y jabalíes procedentes de Sulawesi. Este mestizaje dio lugar a animales adaptados al entorno local, con un papel ecológico específico.
En el caso de Komodo, esos cerdos híbridos se han convertido en una fuente de alimento clave para los dragones de Komodo, una especie amenazada y emblemática. De este modo, una introducción humana realizada siglos atrás ha acabado influyendo directamente en la supervivencia de uno de los grandes depredadores actuales.
El estudio subraya que estos procesos no pueden entenderse como simples “errores” humanos del pasado. En muchos casos, las especies introducidas llevan tanto tiempo integradas que forman parte esencial del funcionamiento de los ecosistemas modernos.
Más allá de la historia de un animal concreto, los investigadores destacan el valor del estudio como herramienta para comprender los desplazamientos humanos antiguos. El profesor Laurent Frantz, uno de los autores, señala que “es extraordinario que, a partir del ADN antiguo de los cerdos, podamos reconstruir por dónde viajaron las personas y cómo conectaron islas separadas por enormes distancias”.
Según Frantz, los animales domésticos y semidomésticos actúan como marcadores biológicos de las migraciones humanas. A diferencia de otros restos arqueológicos, el ADN conserva información detallada sobre mezclas, aislamientos y contactos repetidos entre poblaciones.
El trabajo publicado en Science demuestra que, en regiones donde las evidencias humanas directas son escasas o fragmentarias, el estudio genético de los animales asociados puede ofrecer una ventana complementaria al pasado.
Los resultados también plantean preguntas complejas para la conservación actual. Frantz advierte que “si una especie fue introducida por humanos hace decenas de miles de años y hoy está completamente integrada en el ecosistema, ¿debemos seguir considerándola no nativa?”. Esta cuestión no es solo teórica: tiene implicaciones directas para las políticas de gestión de la fauna.
En muchas islas del Pacífico, los cerdos desempeñan papeles muy distintos según el contexto. En algunos lugares son animales con un profundo significado cultural y espiritual, ligados a rituales y tradiciones ancestrales. En otros, son vistos como una plaga que degrada suelos, destruye vegetación y amenaza especies endémicas.
El estudio sugiere que las respuestas simples no son suficientes. La historia ecológica de cada isla es el resultado de miles de años de interacción entre humanos, animales y paisajes. Ignorar esa complejidad puede conducir a decisiones de conservación que, aunque bien intencionadas, tengan efectos imprevistos.
Al reconstruir la expansión de los cerdos por el sudeste asiático y el Pacífico, la investigación muestra hasta qué punto las acciones humanas del pasado remoto siguen moldeando el mundo actual. Los movimientos de pequeñas comunidades prehistóricas dejaron huellas que hoy se manifiestan en la genética de los animales, en las cadenas tróficas y en las culturas locales.
Los autores insisten en que comprender esta historia es clave para diseñar estrategias de conservación más realistas. No se trata solo de decidir qué especies “pertenecen” a un lugar, sino de entender cómo se formaron los ecosistemas y qué equilibrios se han establecido a lo largo del tiempo.
Así, los cerdos, animales cotidianos en muchas islas, se convierten en testigos silenciosos de una de las grandes historias de la humanidad: la capacidad de viajar, adaptarse y transformar el entorno mucho antes de la era moderna.