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Durante cien años hemos buscado la acompañante de Betelgeuse… ahora tenemos foto

13 September 2026 at 10:59
A la izquierda, la supergigante roja Betelgeuse captada por ALMA (Atacama Large Millimeter/submillimeter Array), a la derecha su posición dentro de la constelación de Orión.

Betelgeuse es el gigante rojo de nuestro cielo nocturno. Es una de las diez estrellas más brillantes y, en una noche clara, podremos localizarla sin demasiados problemas como un punto anaranjado sobre el hombro del cazador Orión. Su tamaño según las estimaciones más recientes (basadas en modelos de su pulsación) es simplemente descomunal, tan grande que es difícil de explicar o visualizar… Si colocásemos Betelgeuse en el centro de nuestro Sistema Solar, su diámetro engulliría todos los planetas desde Mercurio hasta Marte, rozando casi Júpiter. Su clasificación científica es M1-2, una  supergigante roja que vemos claramente a simple vista, no tanto por la temperatura de su superficie (es mucho más fría que el Sol) sino gracias a su cercanía (tan solo 548 años luz de la Tierra) y, sobre todo, por su inmenso tamaño.

Es precisamente su brillo lo que ha mantenido fascinados y entretenidos durante algo más de un siglo a todos los astrónomos y astrofísicos que la han estudiado. Su luz oscila de manera abrupta y en ocasiones, como en 2019, sufre oscurecimientos drásticos. Estas marcadas variaciones en su brillo han dividido a los científicos en dos grandes grupos con teorías compatibles entre sí aunque muy diferentes.

Variaciones en el brillo de Betelgeuse captadas por el VLT en 2019. Imagen: ESO’s Very Large Telescope (VLT-ESO)

¿A qué se deben estos cambios tan notables en Betelgeuse? Algunos recuerdan que el recorrido de una gigante tan masiva es fugaz y que la estrella se aproxima rápidamente hacia el final de su vida, momento en el que cual explotará como supernova… un evento que promete ser espectacular ya que se debería verse fácilmente desde la Tierra, incluso a plena luz del día. Por otro lado, y sin descartar su evidente evolución hacia supernova, hay astrofísicos que añadieron una opción extra a la primera teoría: Quizá la gigante roja tenga una compañera invisible que altera periódicamente el brillo que nos llega de la estrella. Esto explicaría no solo las oscilaciones en su brillo sino también algunas variaciones en sus movimientos que aún no podemos explicar.

No obstante, incluso en nuestros días y con nuestra tecnología, estudiar una estrella tan enorme y luminosa como Betelgeuse es muy complicado, su tamaño y su brillo oculta todo a su alrededor, casi como intentar mirar lo que hay tras una potente linterna mientras te ciega los ojos. Pero para estas laboriosas tareas hemos desarrollado telescopios cada vez más potentes, como el Very Large Telescope del Observatorio Europeo Austral en el desierto de Atacama en Chile (VLT-ESO) que, hace tan solo unos días nos ha dado una sorpresa solucionando este misterio centenario de la manera más tajante posible: con una fotografía.

Imagen de Betelgeuse B, la acompañante hasta ahora invisible de Betelgeuse, captada por el VLT-ESO. Fuente: M. Montargès, A. Boccaletti, O. Flasseur et al. (2026) Astronomy & Astrophysics CC BY 4.0

Un equipo dirigido por el astrónomo francés Miguel Montargès, utilizando el instrumento SPHERE del VLT, acaba de publicar en el journal Astronomy & Astrophysics, la imagen más clara hasta el momento de lo que se cree que es Betelgeuse B, una pequeña estrella que orbita la famosa supergigante roja. La emoción de Montargès queda clara en sus declaraciones a Science Daily: «Cuando terminé de procesar la imagen, di un salto en la silla. Es la conclusión de una búsqueda que ha durado un siglo».

Durante miles de años el ser humano ha mirado a Betelgeuse con asombro e imaginación, en los últimos siglos la hemos estudiado a fondo con las tecnologías disponibles en cada época, pero no importa lo mucho que creamos saber del Cosmos, incluso en una constelación tan popular y conocida como Orión, hoy hemos logrado desvelar una compañera estelar, oculta durante tanto tiempo, que resulta ser hasta tres veces más masiva y brillante que el Sol.

Pero también es un logro tecnológico. Es curioso cómo un instrumento como SPHERE y las técnicas de procesamiento de imagen que se desarrollaron originalmente para encontrar exoplanetas, pueden ser tremendamente útiles aplicadas a otros objetos, incluyendo estrellas tan cegadoras como la supergigante Betelgeuse.

Por supuesto aún queda un largo camino por recorrer. «Para estar seguros de que esa compañera está realmente allí, todavía tenemos que observarla dentro de un año (cuando esté al otro lado de la estrella), pero hoy sabemos que queda muy poco espacio para la duda». Pero ni siquiera entonces habrá terminado la búsqueda… en ciencia cuando cierras una puerta se abren otras tantas y es aquí cuándo comenzarán nuevas preguntas. Por lo que sabemos de otros sistemas binarios, las estrellas dobles suelen tener masas parecidas. Cuando estos soles surgen de una gran nube original, van creciendo, van adquiriendo material y tienden a igualar sus masas, pero la diferencia entre la supergigante Betelgeuse y su pequeña acompañante es desconcertante… ¿Cómo se formó esa pequeña compañera? ¿Cómo conviven dos astros tan desiguales en un mismo sistema? ¿Cuántas supergigantes ocultan sistemas binarios tras su resplandor? Como suele pasar con frecuencia quizá hayamos resuelto un misterio solo para descubrir que había otros tantos detrás de él.

 

Referencias científicas y más información:

Montargès, A. Boccaletti, O. Flasseur et al.  (2026) VLT/SPHERE images of the candidate companion of Betelgeuse Astronomy & Astrophysics (2026) DOI: 10.1051/0004-6361/202661023

European Southern Observatory (ESO) (2026) «I jumped from my chair” – Astronomers spot Betelgeuse’s hidden companion» Science Daily

 

 

Sobre el autor: Javier Peláez (@Irreductible), es escritor y comunicador científico. Autor de «500 Años de Frío» (2019), «Planeta Océano» (2022) y «En busca del último continente» (2026). También es guionista en el programa de TVE «Órbita Laika», creador del Podcast Irreductible, ganador de tres premios Bitácoras, un premio Prisma a la mejor web de divulgación científica por Naukas.com y un Premio Ondas al mejor programa de radio digital por Catástrofe Ultravioleta.

 

El artículo Durante cien años hemos buscado la acompañante de Betelgeuse… ahora tenemos foto se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Los ojos de un viejo tiburón

6 September 2026 at 10:59

 

Groenlandia
Fotografía del esquivo tiburón de Groenlandia nadando en aguas profundas. Fuente: NOAA Flickr CCommons

 

Durante siglos los pueblos que habitaban (y navegaban) las costas del Atlántico norte hablaban de un enorme tiburón que se movía lentamente, como un espectro pálido y sigiloso, bajo las frías aguas de aquellos mares. Durante mucho tiempo este misterioso animal no solo alimentó las fantasías y leyendas de los pobladores nórdicos sino que también llenó sus estómagos con su carne en antiguas recetas, como el Hákarl, que aún se conservan en nuestros días. Tuvimos que esperar hasta principios del siglo XIX, concretamente a 1801, para que dos naturalistas alemanes Marcus Elieser Bloch y Johann Gottlob Schneider pudieran clasificarlo científicamente, bautizándolo como Squalus microcephalus, aunque estudios posteriores lo reclasificaron dentro del género Somniosus. Su nombre común, el nombre con el que todos lo conocemos es tiburón de Groenlandia o tiburón boreal, un fabuloso tiburón que ronda entre los cinco y siete metros de longitud y que habita en las gélidas profundidades de los mares árticos.

La gran sorpresa llegó en 2016 cuando un equipo de biólogos de la Universidad de Copenhague en Dinamarca, publicó en la revista Science que los tiburones de Groenlandia son los vertebrados más longevos del mundo, con una esperanza de vida que puede superar los 500 años… un hecho fascinante que nos hace volar la imaginación hacia la paradoja temporal de que quizá algunos de los tiburones analizados por los investigadores daneses en su estudio en Science podrían ser los mismos que catalogaron Bloch y Schneider en 1801 y, quién sabe, si alguno llegaría a ser protagonista de esos viejos mitos y leyendas de los pueblos inuits un par de siglos antes…

Groenlandia
Ilustración de Bloch y Schneider del tiburón boreal en 1801, Fuente: Dominio Público

 

Los ojos de este viejo tiburón han sido claves para los dos grandes descubrimientos que vamos a tratar. El primero, la determinación de su longevidad en el estudio de 2016, se realizó mediante «datación por radiocarbono de los núcleos del cristalino de 28 tiburones hembras de Groenlandia (de 81 a 502 cm de longitud total) que reveló una esperanza de vida media de al menos 272 años». El trabajo de los investigadores daneses llegó a conclusiones sorprendentes como que la edad de madurez sexual de la especie llega a aproximadamente a los 160 años y que el ejemplar más grande analizado (más de cinco metros) presentaba dataciones de casi 400 años (con un error de  ± 120 años). Esto convertía al tiburón boreal en un récord Guiness viviente, el vertebrado más longevo conocido, desbancando a otro titán acuático, la ballena boreal que también nada en los mismos mares árticos y que posee una esperanza de vida de unos 200 años.

Sin embargo, todos sabemos que la edad conlleva importantes desventajas y parecía que la extensa longevidad del tiburón de Groenlandia también le acarrea graves deficiencias visuales, que sumadas a la presencia de un parásito corneal que le acompaña habitualmente, hicieron pensar que estos tiburones, especialmente los de edad más avanzada, eran prácticamente ciegos.

Aquí es donde llega el segundo gran hallazgo sobre la especie. Recientemente, un artículo publicado en Nature Communications, ha tirado por tierra esas ideas previas que nos habíamos formado sobre el tiburón de Groenlandia. En este caso, el estudio lo ha realizado una colaboración investigadores de las Universidades de Basilea y California-Irvine y comienza su abstract de esta manera:

«Debido a su extrema esperanza de vida, sus duras condiciones ambientales y su frecuente parasitación en la córnea, anteriormente se pensaba que el tiburón de Groenlandia tenía una visión deteriorada o degenerada. Aquí presentamos evidencia genómica, transcriptómica, histológica y funcional de que el tiburón de Groenlandia conserva un sistema visual intacto y bien adaptado a la vida en condiciones de poca luz. La histología y la expresión de opsina in vitro revelaron adaptaciones visuales típicas de las especies de aguas profundas, incluidos bastones alargados y densamente empaquetados y un cambio de longitud de onda corta en la sensibilidad visual del pigmento de los bastones en comparación con los tiburones de aguas poco profundas. La hibridación in situ confirmó la presencia de tipos de células visuales esenciales: bastones, glía de Müller y células bipolares, amacrinas y ganglionares. Además, a pesar de tener más de un siglo de antigüedad, los especímenes examinados no mostraron signos evidentes de degeneración de la retina».

Groenlandia
Circuito visual intacto y adaptaciones visuales subcelulares en el tiburón de Groenlandia. Fuente: Fogg, Lily G., et al.  (2026) Nature Communications doi: 10.1038/s41467-025-67429-6.

Este nuevo estudio comenzó con una simple idea y una observación mientras miraban unos clips en Youtube, una cuestión que terminó convirtiéndose en una pregunta a responder… la evolución nos ha enseñado que no suele conservar órganos que no son necesarios pero, «después de ver muchos vídeos, notamos que estos animales movían sus globos oculares hacia la luz». Durante los siguientes años, los investigadores estadounidenses iniciaron una colaboración científica con la Estación Ártica de la Universidad de Copenhague en la isla Disko, Groenlandia, para analizar los ojos de diferentes especímenes de tiburón boreal.

«El laboratorio olía como un mercado de pescado», recuerda Emily Tom, una de las autoras del estudio, mientras realizaba los análisis morfológicos, genéticos, histológicos y específicos de tejido ocular de tiburón. Tras cuatro años de investigaciones (2020 a 2024) los investigadores «no encontraron evidencia de muerte celular en la retina» lo que sugiere que «la notable esperanza de vida del tiburón de Groenlandia no viene necesariamente acompañada del grave deterioro de la retina que podría esperarse en un animal tan viejo».

Las conclusiones más interesantes del artículo apuntan a que los tiburones de Groenlandia poseen «un mecanismo de reparación del ADN que les permite preservar su vista durante siglos sin mostrar signos de degeneración de la retina. Además, sus sistemas visuales también parecen especialmente adaptados a los niveles de luz extremadamente bajos de su hábitat ártico».

Resulta difícil no pensar en el ser humano al leer este nuevo estudio. El envejecimiento conlleva una inexorable y progresiva caída en nuestras capacidades visuales pero, si un vertebrado tan longevo como el tiburón de Groenlandia es capaz de mantener su sistema visual en tan buen estado durante siglos, quizás entender cómo lo hace podría ofrecernos pistas sobre mecanismos de protección aplicables a enfermedades humanas relacionadas con el paso de los años como las cataratas, la presbicia o la degeneración macular asociada a la edad. Por supuesto, este estudio es una primera aproximación, no tiene una aplicación clínica directa todavía, pero es el tipo de ciencia básica comparativa que bien podría alimentar futuras líneas de investigación sobre envejecimiento y enfermedades oculares para nosotros.

 

Referencias científicas y más información:

Fogg, Lily G., et al.  (2026) The Visual System of the Longest-Living Vertebrate, the Greenland Shark Nature Communications doi: 10.1038/s41467-025-67429-6.

Cynthia Rebolledo (2026) Eye-opening research University California Irvine News

University of California – Irvine (2026) This shark can live 400 years. Its eyes barely seem to age Science Daily (2026)

Sobre el autor: Javier Peláez (@Irreductible), es escritor y comunicador científico. Autor de «500 Años de Frío» (2019), «Planeta Océano» (2022) y «En busca del último continente» (2026). También es guionista en el programa de TVE «Órbita Laika», creador del Podcast Irreductible, ganador de tres premios Bitácoras, un premio Prisma a la mejor web de divulgación científica por Naukas.com y un Premio Ondas al mejor programa de radio digital por Catástrofe Ultravioleta.

El artículo Los ojos de un viejo tiburón se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

El asombro de contemplar el cielo nocturno mejora nuestro bienestar y lo estamos perdiendo

cielo nocturno
FMirar las estrellas mejora el bienestar. La ciencia comienza a desarrollar herramientas para medir sus beneficios y, justo ahora, el cielo nocturno está desapareciendo. Foto: Greg Rakozy en Unsplash

Contemplar el cielo nocturno tiene algo especial que el ser humano ha experimentado desde sus más lejanos orígenes, una mezcla de humildad, íntima conexión, respeto, espiritualidad y profundo asombro que nos ha acompañado desde nuestros primeros pasos como especie. Disfrutar de la inmensa vista del cosmos durante una de estas noches de verano nos deja la confusa, pero agradable sensación de ser muy pequeños y muy grandes a la vez. Los japoneses, acostumbrados a concentrar ideas intangibles y complejas con unos simples caracteres, poseen el concepto Yügen (幽玄) que no designa un objeto o un sentimiento concretos, sino el estado intermedio que se mueve entre ambos. Yügen es la percepción, profunda y hasta melancólica, de la enorme belleza del Universo incluso cuando la contemplamos de forma incompleta, velada, sugerida… Los anglosajones, más prácticos y directos, suelen usar la palabra «Awe» para reflexionar sobre esa esquiva sensación de asombro. En castellano no existe un único vocablo y, como se puede comprobar, he necesitado todo este párrafo para acercarme a su difusa descripción.

El contacto con la Naturaleza despierta esa misteriosa interacción y desencadena reacciones físicas y psicológicas que la ciencia, desde hace ya varias décadas, ha empezado a analizar y documentar. Los beneficios de la interacción con el entorno natural son claros: menos estrés, menos ansiedad, mejor atención, mayor resiliencia… Podríamos incluso ir un paso más allá y mencionar que existen estudios que relacionan esa sensación de asombro con ser más generosos, con la percepción de que tenemos más tiempo y somos más felices, y hasta sabemos que mejora nuestra salud física. «El hecho de contemplar con asombro la belleza natural y sus maravillas proporciona un empujón extra a nuestro sistema inmunitario, promoviendo niveles más saludables de citoquinas, unas moléculas que pueden bloquear hormonas y neurotransmisores clave —como la serotonina y la dopamina— que controlan el estado de ánimo, el apetito, el sueño y la memoria».

Lo que el asombro hace al cerebro es, cuando menos, contraintuitivo. En lugar de inquietar al individuo, lo apacigua. Paul Piff y sus colaboradores de la Universidad de California demostraron en 2015 que quienes «experimentaban asombro se volvían más generosos, más éticos y, sobre todo, se percibían a sí mismos como menos importantes». No en el sentido de la autoestima dañada, sino en el más literal: el yo se empequeñece ante algo mayor, y esa perspectiva —lo llamaron el «yo pequeño»— tiene efectos medibles sobre el comportamiento y el estado de ánimo.

Sin embargo hay un detalle revelador en toda esa literatura: casi todos los artículos científicos publicados se han centrado en lo que ocurre de día. Contamos con estudios que analizan las ventajas físicas y mentales de la observación de aves (White et al., 2023), de caminar por espacios naturales (Keenan, et al. 2021; Nisbet et al., 2019; Samus et al. 2022), de participar en proyectos de ciencia ciudadana como el recuento de mariposas (Pocock et al., 2023) o de intervenciones específicas como baños forestales (Kotera et al. 2020).

La mitad nocturna del entorno natural ha sido, hasta hace muy poco, un camino poco transitado por la investigación. De hecho, entre esta maraña de artículos sobre el bienestar de actividades naturales diurnas apenas destaca ningún estudio que haya analizado la contemplación del cielo nocturno, como fenómeno separable del comportamiento diurno relacionado con la naturaleza.

Foto:  Uvejs Bektas / Pexels.com

 

Esta ausencia de estudios sobre la observación del cielo nocturno fue el motivo por el que Christopher Barnes de la Universidad de Derby (UK) y Holli-Anne Passmore, de la Universidad de Edmonton (Canadá), se decidieron a intentar llenar ese hueco con un punto de partida bastante sencillo: si tenemos escalas psicométricas para medir la conexión y el bienestar de alguien en contacto con un bosque o con el océano, ¿por qué no existe nada equivalente para el cielo nocturno? Su respuesta se publicó en 2024 en el Journal of Environmental Psychology y su propósito principal fue «diseñar, desarrollar y validar una nueva medida: el Índice de Conectividad del Cielo Nocturno (NSCI)». En la práctica, el NSCI representa la primera escala psicométrica validada capaz de medir la conexión de una persona con el cielo nocturno.

Para crear esta escala NSCI los autores no partieron de cero sino que aprovecharon otros modelos de medición del bienestar, como el modelo de Pathways to Nature Conectedness, que identifica cinco elementos clave a través de los cuales los seres humanos desarrollamos vínculos con el mundo natural: contacto, emoción, compasión, significado y percepción de belleza. Después se pusieron en contacto con diferentes grupos de interés que incluían tanto a colectivos de astrónomos aficionados, profesiones relacionadas con la guarda y observación del cielo nocturno, así como con personas sin ningún interés especial en astronomía (n=406). Los voluntarios se sometieron a diferentes test con atención especial a dos elementos o subescalas: Conexión con el cielo nocturno y voluntad de protección del mismo.

Los resultados del estudio fueron más que previsibles: Mayor conexión con el cielo nocturno se relaciona positivamente con salud mental y bienestar físico, predice un mayor nivel de preocupación ambiental y quienes viven en zonas con más contaminación lumínica puntúan menos en conexión y declaran menor intención de proteger el cielo.

Por supuesto, el estudio posee numerosas limitaciones que los propios autores reconocen: la muestra es de población general y probablemente no es representativa de todos los grupos demográficos; las relaciones encontradas son correlacionales, no causales; y el índice necesita ser probado en contextos culturales distintos al anglosajón, donde el cielo nocturno puede tener significados y prácticas muy diferentes. Sin embargo, más allá de los datos, la importancia de este artículo radica en el desarrollo de un primer instrumento de medición que permite cuantificar con rigor algo tan etéreo como el «Awe» y sus consecuencias.

Parece una simple apreciación técnica, pero tiene consecuencias notables: Sin herramientas fiables de medición y cuantificación, la relación humana con el cielo nocturno permanece en el terreno de la experiencia personal inarticulada. Con medición, se convierte en un objeto legítimo de investigación científica, de diseño de políticas ambientales y de evaluación de futuros programas.

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Predicciones del brillo y las posiciones de los satélites comparando el millón de satélites-centros de datos para IA propuestos por SpaceX con la megaconstelación de 42.000 satélites aprobada anteriormente. Fuente: Lawler et al (2022), CC BY-NC-ND / The Conversation.

Por otro lado, se hace muy difícil no apreciar la triste ironía tras esta cronología: Durante décadas, el interés científico por el cielo nocturno y la salud humana fue marginal. Ahora, justo cuando la psicología por fin construye las herramientas para medir esa relación con rigor, el recurso que la hace posible —un cielo oscuro con estrellas visibles— está siendo alterado de forma irreversible desde dos frentes simultáneos: la contaminación lumínica terrestre, que ya afecta al 80% de la población mundial, y la creciente población orbital de objetos artificiales.

Entre 2019 y 2025, el número de satélites en órbita pasó de unos 2.000 a más de 12.000, un descomunal crecimiento impulsado casi en su totalidad por megaconstelaciones de internet satelital. SpaceX lanza de media alrededor de 40 satélites Starlink cada semana. Amazon, con su Proyecto Kuiper, puso sus primeros 27 en órbita en abril de 2025 y planea más de 3200.

Hace poco, el dueño de SpaceX y reciente billonario Elon Musk ha presentado su propuesta de un millón de satélites a la Comisión Federal de Comunicaciones de los Estados Unidos (FCC) y, aunque hasta ahora sólo ha proporcionado información básica sobre estos nuevos satélites, sí podemos anticipar «que la nueva constelación propuesta tendrá satélites en órbitas mucho más altas, lo que los hará visibles durante períodos más largos de la noche».

En resumen, parece que cuando empezamos a interesarnos por las ventajas en nuestro bienestar físico y mental de la contemplación del cielo nocturno, cuando comenzamos a desarrollar herramientas científicas que nos permitan estudiarlas y cuantificarlas… es justo cuando empezamos a perder el cielo nocturno. Quizás, antes de atiborrar la espléndida visión que se expande sobre nuestras cabezas con miles o millones de satélites, deberíamos estudiar, cuantificar y comprender lo que estamos a punto de emborronar.

 

Referencias científicas y más información:

Christopher Barnes & Holli-Anne Passmore (2024) Development and testing of the Night Sky Connectedness Index (NSCI) Journal of Environmental Psychology doi: 10.1016/j.jenvp.2023.102198

Samantha Lawler, Aaron Boley, Hanno Rein (2026) A million new SpaceX satellites will destroy the night sky — for everyone on Earth The Conversation (2026)

Mal James  (2026) Psychology suggests stargazing might be better for us than we realize SpaceDaily

 

Sobre el autor: Javier Peláez (@Irreductible), es escritor y comunicador científico. Autor de «500 Años de Frío» (2019), «Planeta Océano» (2022) y «En busca del último continente» (2026). También es guionista en el programa de TVE «Órbita Laika», ganador de tres premios Bitácoras, un premio Prisma a la mejor web de divulgación científica por Naukas.com y un Premio Ondas al mejor programa de radio digital por Catástrofe Ultravioleta.

El artículo El asombro de contemplar el cielo nocturno mejora nuestro bienestar y lo estamos perdiendo se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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