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Received — 2 August 2026 ⏭ Cuaderno de Cultura Científica

¿Pueden los robots dudar de sí mismos?

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El profesor Angelo Cangelosi, experto en aprendizaje automático y robótica cognitiva, interactúa con el robot humanoide iCub.
manlitphil.ac.uk, CC BY

 

Para una IA conversacional, una silla puede ser una palabra, una definición o una imagen. Para un robot, una silla es un obstáculo que esquivar, un objeto que mover, una superficie en la que alguien puede sentarse.

Hemos analizado 40 estudios científicos publicados en los últimos diez años sobre robótica cognitiva e interacción humano-robot, y la conclusión es que todavía estamos muy lejos de que nuestra vida se parezca a la película Ex Machina (2014). Tal y como defienden expertos en Robótica Alessandra Sciutti, Giulio Sandini y Pietro Morasso, hemos dominado la inteligencias artificiales capaces de procesar información, pero la cognición robótica exige algo más: cuerpo, acción y experiencia situada. Los robots no entienden el mundo como nosotros; lo perciben y actúan en él de formas todavía parciales.

Para que los robots convivan con nosotros, no basta con que tengan muchos datos; necesitan entender el mundo tal y como lo experimentamos.

La inteligencia múltiple

La robótica cognitiva busca desarrollar robots capaces de percibir, aprender, razonar, decidir y adaptarse en entornos cambiantes. No se trata solo de automatizar movimientos, sino de construir sistemas que puedan interpretar información del entorno y actuar con cierta flexibilidad.

En nuestra revisión sistemática analizamos 40 estudios científicos, pero conviene aclarar algo: no son 40 robots distintos. En robótica, un mismo cuerpo puede alojar distintas arquitecturas cognitivas: diferentes formas de organizar la percepción, la memoria, el aprendizaje, la toma de decisiones o la interacción.

Muestra de ello, tenemos el ejemplo del iCub, un ingenio humanoide del Instituto Italiano de Tecnología, utilizado como plataforma para estudiar cómo se desarrollan e integran capacidades cognitivas en un cuerpo robótico.

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El robot humanoide iCub con la investigadora Giulia Scorza, del Instituto Italiano de Tecnología, durante un experimento sobre cómo la colaboración con robots puede modificar la atención espacial humana. Imagen vinculada al estudio
CELL, CC BY

¿Pueden saber cuándo se equivocan?

A partir de clasificaciones previas de la cognición, organizamos esas capacidades en dos grandes grupos: habilidades cognitivas troncales y habilidades sociocognitivas. Las primeras son el motor básico de la inteligencia robótica.

La percepción les permite transformar datos de cámaras, micrófonos o sensores en información útil. Pueden decidir qué señales importan entre todo lo que ocurre gracias a la atención.

La selección de acción –qué hacer– les permite elegir si moverse, esperar, frenar o cambiar de estrategia. La memoria conserva información relevante y pueden ajustar el comportamiento a partir de la experiencia porque son capaces de aprender.
El razonamiento ayuda a resolver situaciones cuando algo no encaja con el plan previsto. La prospección permite anticipar futuros posibles. Y por último, la metacognición, más ambiciosa, posibilitaría al robot monitorizar sus propios procesos: detectar incertidumbre, corregirse o reconocer que puede estar equivocado.

La silla de ruedas inteligente

Uno de los estudios revisados no trabajaba con un robot humanoide de película, sino con una silla de ruedas inteligente. Su arquitectura cognitiva buscaba ayudar en la navegación sin quitar autonomía al usuario: asistir cuando hacía falta, pero sin convertir a la persona en pasajera pasiva. En ese caso, la cognición no consistía en “conversar” ni parecer humana, sino en decidir cuándo intervenir, cómo moverse y cómo preservar el control de quien la usa. En la evaluación, el tiempo de navegación bajó de 124 a unos 72 segundos para usuarios con menores capacidades cognitivas.

En cuanto a las habilidades cognitivas desarrolladas en los robots, el mapa de resultados dibuja una especie de pirámide. En la base están las capacidades más desarrolladas: percepción en 35 de los 40 estudios, atención y aprendizaje en 31, y selección de acción en 30.

Más arriba aparecen el razonamiento y la memoria, presentes en menos de la mitad de los estudios analizados. Y en la punta quedan las habilidades más sofisticadas: la prospección, con 7 estudios, y la metacognición, presente en solo 2.

Estamos avanzando mucho en robots que perciben, aprenden y actúan, pero bastante menos en robots capaces de anticipar, dudar o revisar sus propios errores. Aunque lo conseguido es mucho, no equivale a tener robots con sentido común, comprensión social o inteligencia humana.

Jugar a “piedra papel o tijera”

Ahora nos centraremos en las habilidades sociocognitivas, las que permiten al robot funcionar en un entorno y hacerlo junto a otros. Incluyen la lectura de intenciones, es decir, inferir qué quiere hacer una persona; la comunicación, para intercambiar información de forma comprensible; el discernimiento entre uno mismo y el otro, clave para diferenciar la propia acción de la ajena; y la atención conjunta, que permite a robot y humano dirigir la atención hacia el mismo objeto o tarea.

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RASA, el robot con el que jugaban a piedra, papel o tijera.
Rresearchgate, CC BY

La lectura de intenciones puede parecer abstracta, pero se entiende muy bien con un juego. En uno de los estudios revisados, un robot social llamado RASA jugaba a “piedra papel o tijera con personas”. La cuestión no era ganar por reflejos, sino probar si el robot podía anticipar la intención humana. Cuando funcionaba en modo predictivo, obtenía mejores resultados que cuando actuaba al azar, y los participantes lo percibían como más inteligente y atractivo.

Prueba con niños con autismo

También hay ejemplos en robótica social y asistencial. Un robot social fue probado con niños con autismo para trabajar el reconocimiento y la reciprocidad emocional. En estos casos, la habilidad importante no es levantar peso ni moverse con precisión, sino leer expresiones, responder con gestos comprensibles y sostener una interacción social mínimamente legible.

Aquí aparece la brecha. La lectura de intenciones y la comunicación aparecen cada una en 13 estudios. El reconocimiento entre uno mismo y el otro, en 6. La atención conjunta, solo en 2. Además, mientras 39 de los 40 trabajos desarrollan al menos tres habilidades troncales, solo 8 incorporan más de una habilidad sociocognitiva.

Estamos construyendo sobre todo el motor invisible de los robots: aquello que les permite ver, calcular, aprender y actuar. Pero desarrollamos mucho menos la parte que, en nuestro imaginario, nos hace decir “esto parece inteligente”: interpretar al otro, coordinarse con él, comunicar dudas, anticipar gestos, volverse legible.

Efectos colaterales

Esto importa porque un robot puede tener muchas habilidades cognitivas troncales y aun así ser difícil de entender para una persona. Puede percibir un objeto, calcular una trayectoria y ejecutar una acción con precisión, pero no transmitir bien qué hará después. Puede anticipar un movimiento humano en laboratorio, pero no generar necesariamente más seguridad, más confianza, menos tensión o más sensación de control.

La prospección y la lectura de intenciones suelen presentarse como habilidades clave para robots que comparten espacio con humanos. Sin embargo, en los estudios revisados, estas capacidades no siempre se traducen en mejoras de seguridad claramente medidas o reportadas.

La historia de la automatización nos recuerda que las herramientas no solo hacen cosas por nosotros, también nos transforman. Un GPS cambia nuestra forma de orientarnos. Un corrector automático modifica nuestra relación con la escritura. Un robot cognitivo puede cambiar cómo prestamos atención, cómo tomamos decisiones y cómo sentimos nuestra presencia en el trabajo o en la vida cotidiana.

La pregunta importante ya no es solo cuánto podrán hacer los robots, sino qué habilidades estamos priorizando y cuáles estamos dejando atrás.The Conversation

Sobre la autora: Nagore Osa Arzuaga, Docente e investigadora en Innovación en Diseño Industrial, con especialización en Diseño de Interacción Humano-Robot y Factores Humanos, Mondragon Unibertsitatea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.

El artículo ¿Pueden los robots dudar de sí mismos? se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

El patrón de los animales en las pinturas rupestres

Partiendo de las asociaciones que se repiten en las pinturas rupestres, el investigador Iñaki Intxaurbe ha identificado los patrones estructurales y jerárquicos que siguen el arte figurativo prehistórico. Bisontes y cabras suelen aparecer orientados hacia la izquierda, mientras que los caballos se representaban mirando hacia la derecha; el resto de animales se distribuye a su alrededor. Aunque se desconocen las razones concretas, el estudio demuestra que las imágenes responden a una organización interna determinada.

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Localización de las cuevas objeto del estudio. Fuente: I. Intxaurbe (2026) Journal of Archaeological Method and Theory doi: 10.1007/s10816-026-09796-y  CC BY 4.0

El doctor Iñaki Intxaurbe desarrolla su labor investigadora en el Departamento de Expresión Gráfica y Proyectos de Ingeniería de la Universidad del País Vasco (EHU): «Trabajo con arte rupestre, concretamente con las imágenes que se dibujaban en las paredes de las cuevas. Hago copias digitales de esas figuras para luego realizar simulaciones y análisis estadísticos», explica. En concreto, ha analizado 500 motivos gráficos de nueve cuevas del entorno del Golfo de Vizcaya, realizados entre hace 16 000 y 14 000 años aproximadamente. «Quería comprobar si esas imágenes se trazaron al azar o si seguían algún tipo de patrón», añade.

La expresión gráfica puede definirse como la representación visual de ideas, conceptos o información. Si la actividad gráfica paleolítica contiene indicios de pensamiento colectivo o simbolismo, puede entenderse como un sistema estructurado de comunicación. «Dado que el arte rupestre constituye una expresión visual y gráfica, parecía razonable pensar que pudiera existir algún tipo de orden sintáctico tras él. La sintaxis determina la organización de palabras y frases, y su estudio permite comprender las estructuras utilizadas en una lengua», señala. Para llevar a cabo esta investigación, el autor ha empleado métodos estadísticos y análisis de redes sobre el conjunto de las imágenes, con el objetivo de describir los patrones de relación existentes entre sus distintos elementos.

Las imágenes no están organizadas al azar

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Foto: Iñaki Intxaurbe.

Los resultados muestran que el arte rupestre fue concebido de manera ordenada y no aleatoria. En términos generales, los bisontes, caballos y cabras ocupan posiciones centrales, mientras que las representaciones de otros animales desempeñan funciones secundarias pero significativas en torno a ellos. «Los bisontes suelen aparecer orientados hacia la izquierda y los caballos hacia la derecha. Salvo en algunos casos aislados, ocurre justamente lo contrario: los caballos aparecen mirando a la izquierda y el resto de animales a la derecha. Esto demuestra que el sistema no es aleatorio y que detrás de estas imágenes existe una idea general, un elemento relevante dentro de su simbología», subraya Intxaurbe. La investigación pone de manifiesto la existencia de un patrón estructural asociado a estos tres animales principales: «Los análisis estadísticos sugieren que todas las representaciones de las cuevas se organizaban en función de la presencia y orientación de estos animales, dentro de unos niveles de significación».

El estudio no ofrece explicaciones sobre las motivaciones de estas prácticas. Lo que sí demuestra es que detrás de los dibujos existe una estructura organizada, aunque todavía no sea posible determinar qué mensaje pretendían transmitir. Además, la investigación confirma algunas hipótesis formuladas ya en la década de 1950: «Por entonces se planteaba que el arte rupestre no era fortuito. Se sabía que la mayoría de los animales aparecían orientados hacia la izquierda. Algunos autores sugirieron que esto se debía a que los artistas eran mayoritariamente diestros y por ello dibujaban los animales mirando hacia ese lado. Sin embargo, nuestro trabajo demuestra que el caballo es uno de los animales más representados y que, estadísticamente, su orientación predominante es precisamente la contraria: hacia la derecha», explica el investigador de la EHU.

Según el investigador, «las pinturas rupestres no se hacían con fines de ocio. Sabemos que eran importantes para aquellas comunidades, ya que los dibujos solo se realizaban en determinadas cuevas, no en todas. Se seleccionaban cavidades concretas para ello. Ahora sabemos que el arte rupestre del final del Paleolítico poseía una estructura sintáctica y que detrás existe una idea o un código gráfico que nosotros no comprendemos, pero que para ellos era fundamental».

Código abierto

Para llevar a cabo esta investigación, Intxaurbe ha combinado distintas metodologías: «He utilizado análisis estadísticos multivariantes y análisis basados en redes, y los resultados son muy prometedores para realizar análisis comparativos de sistemas gráficos paleolíticos». El investigador ofrece una herramienta útil para estudiar la organización interna de sistemas simbólicos. De hecho, ha publicado tanto la metodología como la base de datos en código abierto para facilitar su utilización a otros especialistas: «En el futuro podrán aplicarse también a cuevas estudiadas por otros equipos. De este modo podremos ir ampliando la base de datos y comparar los resultados con cuevas de Francia, de la península ibérica o de cualquier otra parte del mundo».

La metodología también puede resultar útil para el estudio de inscripciones históricas, la paleografía o la lingüística histórica, ya que se basa en el análisis de coocurrencias y estructuras combinatorias. «Por ejemplo, podría aplicarse a las inscripciones íberas o al vascónico para estudiar cómo se organizan secuencias que hoy todavía no comprendemos y comprobar si siguen algún tipo de estructura en red. Esto podría contribuir a determinar la sintaxis de otras lenguas aún no descifradas», concluye Intxaurbe.

Referencias:

Iñaki Intxaurbe (2026) Mapping the Symbolic Structure of Palaeolithic Rock Art Using Co-occurrence Network Analysis Journal of Archaeological Method and Theory doi: 10.1007/s10816-026-09796-y

Edición realizada por César Tomé López a partir de materiales suministrados por UPV/EHU Komunikazioa

El artículo El patrón de los animales en las pinturas rupestres se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Nadie hubiese dicho que eran elefantes enanos

Ahora que la gran epopeya griega de Odiseo (la Odisea) vuelve a estar de moda debido a una reciente adaptación cinematográfica, voy a aprovechar el tirón para hablar de la Geología detrás de uno de los mitos reflejados por Homero en esta magna obra.

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Pintura de Johann Heinrich Wilhelm Tischbein de 1802 en donde representa al cíclope Polifemo. Fuente: CyberGhostface / Wikimedia Commons

Y, para ello, me voy a centrar en uno de los cantos que más atrajo mi atención cuando leí la obra en mi adolescencia. El pasaje en el que Odiseo (o Ulises, como prefiráis llamarlo) y su tripulación llegan a una isla poblada por gigantes con un solo ojo en la frente, que se dedican a pastorear ovejas y viven en cuevas: los cíclopes. Los héroes griegos tienen la mala suerte de meterse en el hogar de uno de estos monstruos, Polifemo, que los encierra en la cueva y empieza a devorarlos como si fuesen un ligero aperitivo. Pero la sagacidad del rey de Ítaca se pone en acción, consiguiendo emborrachar al gigante y cegarle su único ojo, lo que les permite huir de la cueva agarrados a las ovejas. Y gracias a un ingenioso juego de palabras, los griegos se libran de que los colegas de Polifemo le ayuden cuando les pide socorro tras este ataque. Aunque la soberbia de Odiseo al finalizar esta aventura también es la desencadenante de sufrir un castigo de Poseidón que le llevará a pasar por mil suplicios en su viaje de vuelta a casa.

Odiseo
Reconstrucción (A- en 2 dimensiones; y B- en 3 dimensiones) del último puente de tierra existente entre las islas de Sicilia y Malta, en el mar Mediterráneo, durante el último máximo glacial (hace unos 21.000 años), cuando el nivel marino se encontraba unos 120m por debajo del actual. Fuente: Rossi, S., Prampolini, M.C., Galea, C., Valle, G.D., Caruana, A. y Soldati, M. (2025) Geomorphological evidence of the Malta‐Sicily land‐bridge during the Last Glacial Maximum inferred from seismic profiles. Earth Surface Processes and Landforms doi: 10.1002/esp.6061 CC BY 4.0

Pero, ¿qué tienen que ver estos gigantes mitológicos con la Geología? para responder a esta pregunta, vamos a remontarnos a hace unos 800.000 años, hasta una Época geológica denominada Pleistoceno. Si hay algo que caracteriza este periodo temporal es la alternancia entre momentos más fríos, llamados glaciaciones, donde el nivel del mar se encuentra más bajo que el actual, y momentos más cálidos, los interglaciales, que vienen acompañados por ascensos marinos. En concreto, hace unos 800.000 años todo el hemisferio norte estaba sufriendo una glaciación en la cual el nivel marino se encontraba decenas de metros o, incluso, más de 100m por debajo de la actualidad en diversas zonas del Mediterráneo. Esto provocó que varias de las principales islas que hoy en día encontramos en este mar, como Sicilia, Malta o Chipre, estuvieran conectadas por vías terrestres con el continente europeo. Así, ejemplares de elefantes asiáticos pudieron cruzar las barreras marítimas y asentarse en estas islas.

 

Sin embargo, las variaciones posteriores en el contexto geológico del mar Mediterráneo dejaron aisladas estas islas. Este hecho provocó un proceso evolutivo muy particular en los elefantes, el enanismo insular. Para explicarlo de manera sencilla, os podéis imaginar que ser un animal de varios metros de altura y toneladas de peso en un espacio limitado y con pocos recursos alimenticios, no era algo muy favorable. Por eso, los ejemplares que tenían mayor potencial para sobrevivir y, por tanto, reproducirse, eran los que, debido a mutaciones genéticas, tenían un tamaño más pequeño. Así, con el paso de milenios, los elefantes isleños evolucionaron hasta convertirse en nuevas especies de poco más de un metro de altura y media tonelada de peso.

 

Cuando los ejemplares de estas especies de elefantes enanos morían, sus restos quedaban enterrados en el subsuelo de las islas, sobre todo en las cuevas, donde se podían conservar con más facilidad. Hasta que se extinguieron por completo en los momentos más álgidos de la última glaciación, hace aproximadamente 20.000 años.

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Esqueletos fósiles de elefantes enanos (Palaeoloxodon falconeri), macho y hembra, encontrados en Sicilia y ubicados en el Museo Senckenberg de Historia Natural, donde se observa la apertura nasal de la trompa en la parte frontal del cráneo. Foto: Szilas / Dominio público / Wikimedia Commons

Cuando comerciantes y navegantes griegos llegaron a las islas milenios después, se encontraron en las cuevas huesos enormes y cráneos gigantescos con una gran cavidad en la parte frontal. Imaginaos el impacto que esto supuso entre personas que no habían visto un elefante en su vida, normal que creyesen que esos restos pertenecían a monstruos humanoides con un solo ojo. Lo que no sabían es que, ese agujero en el centro de la frente de los cráneos, en realidad, era la cavidad nasal de los animales, en donde se insertaba la trompa. Mientras que las cuencas oculares se disponían ligeramente desplazadas hacia los laterales del cráneo y tenían un tamaño mucho menor, por lo que no era tan fácil identificarlas.

 

Así, unos pacíficos elefantes enanos que vivieron en las islas mediterráneas hace decenas y cientos de miles de años, acabaron formando parte del folclore helenístico como enormes gigantes antropófagos con un único ojo en la frente que convivieron con dioses, semidioses, monstruos y seres humanos durante la época griega de los héroes. Un hermoso ejemplo de que, detrás de todo mito clásico, siempre se esconde algo de realidad. La mayoría de las veces, con una explicación geológica.

 

Ahora ya no podréis decir que nadie os ha contado la verdadera historia detrás de uno de los pasajes de la Odisea. Aunque creo que, por mi parte, voy a imitar a Circe y me voy a preparar una poción refrescante a base de jugo de chufa y hielo para sentarme a la sombra de un árbol, junto a mis mascotas, a releer la Odisea estos días de verano.

 

Agradecimientos:

A mi colega y amiga Jone Mendicoa, por esas animadas conversaciones sobre mitología clásica que siempre me dan buenas ideas para escribir artículos como este.

Sobre la autora: Blanca María Martínez es doctora en geología, investigadora de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y colaboradora externa del departamento de Geología de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la UPV/EHU

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Zofia Szmydt, especialista en ecuaciones diferenciales

 

 

En 1956, la matemática Zofia Szmydt se convirtió en la primera mujer en ganar el prestigioso Premio Stefan Banach otorgado por la Sociedad Matemática Polaca. Su investigación se centró en las áreas de ecuaciones diferenciales, teoría del potencial y teoría de distribuciones.

 

Zofia Szmydt
Zofia Szmydt. Fuente: Wikimedia Commons.

 

Zofia Szmydt nació el 29 de julio de 1923 en Varsovia (Polonia). Su madre, Zofia Wanda Gąsiorowska, era doctora en filología, investigadora y docente en la Universidad de Varsovia. Su padre, Józef Konstanty Szmydt, tenía estudios superiores y trabajaba como agricultor. Zofia tenía una hermana mayor, Maria Danuta.

 

Aprendiendo en la Universidad clandestina de Varsovia

 

Tras su educación primaria, Zofia asistió a una escuela secundaria antes de completar su educación en la Escuela preparatoria para niñas Cecylia Plater-Zyberkówna en Varsovia. Allí estudiaba cuando Alemania invadió Polonia en septiembre de 1939 y comenzó la Segunda Guerra Mundial. Las fuerzas alemanas de ocupación actuaron rápidamente para limitar la educación de la población polaca: se cerraron todas las instituciones secundarias, universitarias y profesionales, permitiendo únicamente una educación primaria muy restringida. Estas escuelas buscaban una instrucción elemental para formar obreros manuales (aprender a contar hasta 500, escribir el propio nombre, ser laborioso y obedecer a los alemanes, entre otros elementos de esta escasa formación), eliminando materias como la geografía, la historia o la lectura.

 

Como respuesta a estas restricciones, muchos profesores polacos organizaron cursos y exámenes clandestinos: Zofia aprobó el examen de acceso a la universidad en matemáticas y física en 1940. Aunque las fuerzas alemanas de ocupación habían cerrado la Universidad de Varsovia para convertir sus edificios en un cuartel, se continuaron impartiendo clases en secreto utilizando casas particulares y edificios religiosos. Gracias a este sistema universitario clandestino, Zofia consiguió una cuidada educación científica. De hecho, su propia madre fue una de esas profesoras que arriesgaron su vida para continuar formando a la juventud de su país.

 

De Varsovia a Cracovia

El 1 de agosto de 1944 comenzó el Levantamiento de Varsovia. Tras dos meses de batalla, la mayor parte de la ciudad quedó destruida y las fuerzas alemanas se ensañaron con la población civil. La familia de Zofia perdió sus propiedades y, tras la rendición de la resistencia polaca, los alemanes enviaron a la familia Szmydt (junto con muchas otras familias polacas supervivientes) a Cracovia.

 

El 17 de enero de 1945, las tropas alemanas abandonaron Cracovia y, dos días después, las fuerzas soviéticas entraron en la ciudad. La Universidad Jaguelónica reabrió sus puertas en marzo de 1945. Zofia se matriculó en la carrera de matemáticas; como ya contaba con una buena formación científica de la Universidad clandestina de Varsovia, pronto estuvo en condiciones de presentarse a los exámenes en Cracovia.

Obtuvo su diploma de Maestría en marzo de 1946, tras ser nombrada asistente sénior en la Facultad de Matemáticas y Ciencias Naturales de la Universidad Jaguelónica el 1 de enero de ese mismo año.

A finales de 1948, el gobierno polaco fundó el Instituto Estatal de Matemáticas (el actual Instituto de Matemáticas de la Academia Polaca de Ciencias) con Wacław Sierpiński (1882-1969) como director. Como en otras ciudades polacas, Cracovia consiguió una delegación: en marzo de 1949, Zofia Szmydt fue nombrada asistente sénior en el Departamento de Ecuaciones Diferenciales del Instituto Estatal de Matemáticas (conservando su puesto en la universidad).

Durante esa época también comenzó su trabajo de tesis doctoral bajo la dirección de Tadeusz Ważewski (1896-1972). Obtuvo su título de doctora en diciembre de 1949 con un trabajo sobre ecuaciones en derivadas parciales.

Contribuciones científicas

 

Zofia Szmydt fue autora o coautora de casi 60 publicaciones científicas y dirigió tres tesis doctorales.

 

En 1972 publicó el libro de texto Transformacja Fouriera i równania różniczkowe liniowe (traducido al inglés en 1977 bajo el título de Fourier Transformation and Linear Differential Equations); fue el primero sobre el tema en publicarse en polaco. En este manual, Zofia Szmydt presentaba los fundamentos de la teoría de ecuaciones en derivadas parciales, con especial énfasis en las distribuciones en problemas límite de las ecuaciones clásicas (la ecuación del calor, la ecuación de Schrödinger, la ecuación de Laplace y la ecuación de Poisson).

 

Una matemática premiada

 

En 1956, Zofia Szmydt recibió el Premio Stefan Banach de la Sociedad Matemática Polaca por su investigación sobre métodos topológicos para ecuaciones diferenciales no lineales ordinarias; fue la primera mujer en conseguirlo.

En 1958, obtuvo su habilitación, una cualificación postdoctoral adicional necesaria para impartir clases como profesora titular.

 

Los padres de Zofia habían regresado a Varsovia en febrero de 1945. La madre de Zofia fue nombrada catedrática en la Universidad de Varsovia; su padre falleció en 1960. En 1971, la salud de su madre se deterioró y Zofia solicitó al Instituto de Matemáticas que le permitiera trasladarse de la sede de Cracovia a la de Varsovia para poder cuidarla. Zofia Szmydt siguió viviendo en Varsovia tras el fallecimiento de su madre.

El 24 de septiembre de 1973, Szmydt recibió la Cruz de Comendadora de la Orden Polonia Restituta en reconocimiento a su labor docente y por la publicación del libro de texto Fourier Transformation and Linear Differential Equations.

 

Falleció el 6 de noviembre de 2010.

 

Referencias

 

Sobre la autora: Marta Macho Stadler es profesora de Topología en el Departamento de Matemáticas de la UPV/EHU, y editora de Mujeres con Ciencia

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Auge y caída de la diversidad lingüística

En la actualidad, la humanidad habla o signa alrededor de 7 500 lenguas. Sin embargo, esta cifra representa únicamente una instantánea dentro de una trayectoria en constante transformación. ¿Cuántas lenguas existían antes de la aparición de los testimonios escritos? ¿Contribuyó la agricultura a reducir la diversidad lingüística al permitir que las poblaciones agrícolas en expansión desplazaran a grupos más reducidos de cazadores-recolectores? ¿O fue el crecimiento demográfico inicial el que propició la emergencia de un mayor número de lenguas?

Un equipo de investigación ha reconstruido las trayectorias plausibles de la diversidad lingüística global durante los últimos 12 000 años. El estudio plantea que la diversidad lingüística aumentó durante la mayor parte del Holoceno, alcanzó un pico extraordinario hace entre 1 000 y 3 000 años aproximadamente, y sufrió un acelerado declive a partir de ese momento.

Ante la ausencia casi total de pruebas directas sobre el número de lenguas con anterioridad a la invención de la escritura —hace unos 6 000 años— y la naturaleza fragmentaria de los datos hasta fechas muy recientes, el equipo combinó información etnográfica, estimaciones sobre el tamaño de las poblaciones prehistóricas y modelos estadísticos y sociocomputacionales.

Mapa de las lenguas actuales y su riesgo de desaparición. Ilustración: © Claire Bowern (usada con permiso)

El punto de partida fueron los datos etnográficos de 171 sociedades cazadoras-recolectoras y pescadoras cuya subsistencia tradicional y patrones de movilidad no se habían visto alterados sustancialmente por el contacto con poblaciones agropastoriles. Estos datos permitieron estimar la distribución probable del tamaño de los grupos etnolingüísticos a comienzos del Holoceno.

A continuación, los investigadores integraron estas estimaciones con reconstrucciones demográficas que sitúan la población mundial de hace 12 000 años entre los 4,4 y los 7 millones de habitantes. Si se asume que, en ese período, los grupos etnolingüísticos se correspondían por lo general con lenguas diferenciadas, los modelos arrojaron para el Holoceno temprano una estimación central de entre 4 500 y 6 200 lenguas, si bien los márgenes plausibles más amplios oscilan entre las 3 300 y las 7 800.

Uno de los hallazgos más sorprendentes revela que el mundo inmediatamente anterior a la aparición de la agricultura no destacaba por una riqueza lingüística excepcional, y es muy probable que existieran menos lenguas que en la actualidad. A partir de ese momento, la diversidad lingüística se incrementó de forma paralela al crecimiento demográfico a lo largo de varios milenios.

Decenas de miles de lenguas

La agricultura, las innovaciones tecnológicas y una producción alimentaria más estable permitieron una expansión demográfica sin precedentes. Al mismo tiempo, las sociedades ganaron en dimensión, lo que significó que un número progresivamente mayor de personas pasara a compartir una misma lengua.

Para articular estos procesos contrapuestos, el equipo modelizó miles de posibles trayectorias evolutivas que conectaban las estimaciones del Holoceno temprano con la era contemporánea. Los modelos contemplaban que el promedio de hablantes por lengua aumentara con el tiempo, al tiempo que incorporaban reconstrucciones independientes del crecimiento de la población mundial.

Aunque la trayectoria exacta sigue albergando cierta incertidumbre, los modelos mostraron de forma consistente un patrón general muy marcado: la diversidad de lenguas aumentó durante la mayor parte del Holoceno hasta alcanzar su punto máximo, por lo general, hace entre 1 000 y 3 000 años. Muchas de las trayectorias apuntan a que la cifra de lenguas multiplicó por diez los valores del Holoceno temprano, situando ese pico en el orden de las decenas de miles.

El resultado más imprevisto radica precisamente en lo reciente que resulta este máximo histórico. La época de mayor diversidad lingüística de la humanidad no habría tenido lugar en el remoto Paleolítico, sino durante la fase de expansión de los primeros Estados e imperios. Los autores califican esta etapa como una «edad de oro» lingüística, un fenómeno que apenas se había debatido con anterioridad debido a que la gran mayoría de los registros históricos conservados fueron elaborados por las propias sociedades expansionistas cuyas lenguas terminaron por volverse dominantes.

La pérdida de diversidad lingüística antes del colonialismo moderno

A esa edad de oro lingüística le sucedió un vertiginoso declive, acentuado en particular durante los últimos dos milenios. Por lo tanto, estos resultados cuestionan la idea de que la crisis actual de sustitución y desaparición de lenguas se iniciara únicamente con la expansión colonial europea hace unos 500 años.

Si bien no cabe duda de que el colonialismo europeo intensificó la sustitución lingüística a una escala masiva, los nuevos modelos sugieren que este proceso hunde sus raíces en la expansión de Estados e imperios multinacionales más antiguos. Dichas expansiones pusieron en contacto continuado a poblaciones antes aisladas y propagaron las lenguas dominantes a la par que sus instituciones políticas, tecnologías, prácticas culturales y agentes patógenos.

Aunque el modelo no precisa qué imperios, regiones o acontecimientos históricos concretos desencadenaron el declive a escala global, sí evidencia que con anterioridad a la época contemporánea tuvo que producirse una drástica contracción en el número de lenguas.

Las lenguas actuales superaron un tamiz

Esta pérdida implica que el conjunto de lenguas habladas en el presente no constituye una muestra representativa de las que existieron en el pasado. Las lenguas vinculadas a poblaciones en expansión tuvieron una probabilidad desproporcionadamente mayor de sobrevivir, mientras que las de los grupos absorbidos, desplazados o en declive acabaron por extinguirse.

Este tamiz histórico podría haber alterado asimismo la frecuencia global de determinadas estructuras gramaticales, inventarios fonológicos y otros rasgos lingüísticos. A menudo, la investigación lingüística explica la presencia recurrente de ciertos rasgos aduciendo que resultan más fáciles de aprender, más eficientes en la comunicación o mejor adaptados a la cognición humana. Sin embargo, el presente estudio pone de manifiesto que las dinámicas de expansión demográfica y extinción son factores que deben tenerse en cuenta.

Las lenguas que han llegado hasta hoy son las supervivientes de un tamiz histórico masivo y fuertemente selectivo. De este modo, un rasgo lingüístico puede ser común hoy no por ser intrínsecamente superior, sino porque dio la casualidad de que lo portaban poblaciones que se expandieron demográficamente, lo que sugiere que los procesos de extinción han modelado la diversidad lingüística de forma mucho más profunda de lo que se estimaba hasta ahora.

Dado que la transmisión de las lenguas suele ser connatural a la de las prácticas religiosas, los sistemas de parentesco, las instituciones sociales y otras formas de acervo cultural, los autores sostienen que este cuello de botella rebasó el plano estrictamente lingüístico, provocando que numerosas tradiciones culturales desaparecieran sin dejar pruebas históricas directas.

Un modelo teórico, no un censo prehistórico

Los investigadores enfatizan que el estudio ofrece una reconstrucción global de trazo grueso y no un cómputo directo de las lenguas de la prehistoria. Las estimaciones dependen de premisas sobre el tamaño de los grupos etnolingüísticos primigenios y sobre la relación a largo plazo entre la demografía y el número de lenguas. Las historias regionales diferirán sin duda de este patrón general, y el modelo no puede reconstruir de forma individualizada los colapsos a corto plazo provocados por conflictos bélicos, epidemias o alteraciones medioambientales.

No obstante, la tendencia central se mantiene constante bajo una amplia variedad de condiciones de modelización y premisas alternativas. Los resultados indican que la historia de la diversidad lingüística no consistió en un declive lineal e ininterrumpido desde un Paleolítico altamente diverso, sino que aumentó a la par que la población humana, alcanzó un cénit extraordinario aunque efímero, y sufrió posteriormente una severa contracción a escala planetaria.

Referencias:

Damian E. Blasi, Marcus J. Hamilton, Russell D. Gray y Claire L. Bowern (2026) The rise and fall of language diversity through the Holocene Science doi: 10.1126/science.adx4343
&nbsp
The lost golden age of language diversity Max Planck Gesellschaft (2026)
&nbsp

Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance

El artículo Auge y caída de la diversidad lingüística se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

La proactividad de la mosca del vinagre para recuperar su ritmo circadiano

Los ritmos circadianos son oscilaciones periódicas de la fisiología y el comportamiento ajustadas al ciclo día/noche. Los encontramos en bacterias, plantas, hongos y animales. La regulación de estos ritmos ha aparecido de forma independiente en diferentes linajes evolutivos, lo que indica su importancia para el funcionamiento de los seres vivos.

El comportamiento de la mosca del vinagre (Drosophila melanogaster) (Figura 1) muestra un marcado ritmo circadiano, con una actividad locomotora máxima en las transiciones día/noche, es decir, al atardecer y al amanecer. El resto del tiempo, su actividad disminuye y es en esos periodos cuando las moscas dedican algún tiempo a dormir.

Figura 1. La mosca del vinagre Drosophila melanogaster. Foto: Lgcerda, CC BY-SA 4.0.

Las moscas, como la mayoría de los animales, pasan por “estados tipo sueño” caracterizados por periodos reversibles de inactividad ajustados a un ritmo circadiano, disminución de la respuesta a estímulos, un lugar o postura específicos y regulación homeostática (recuperación del tiempo perdido de sueño). El cerebro de Drosophila muestra oscilaciones de actividad poco después del comienzo del sueño y justo antes del despertar, mientras que su fase de sueño profundo se caracteriza por una baja actividad cerebral.

El ritmo circadiano de Drosophila se controla mediante un “reloj molecular” basado en cuatro proteínas. Dos factores (CLK y CYC, por Clock y Cycle) activan la expresión de otras dos proteínas (PER y TIM, por Period y Timeless) que a su vez son represoras de CLK y CYC. Todo esto ocurre en unas 150 neuronas del cerebro de la mosca, compuesto por alrededor de 100 000 neuronas.

Durante la noche, PER y TIM se unen y entran en el núcleo donde actúan inhibiendo a CLK y CYC. Tras el amanecer, la luz diurna detectada por un criptocromo provoca la degradación de TIM. Sin la unión a TIM, PER también resulta degradado, con lo que los niveles de estas dos proteínas son muy bajos durante el día, aunque se siga produciendo y acumulando el ARN mensajero de ambas. Cuando la luz desciende en el crepúsculo, la proteína TIM vuelve a sintetizarse, se une a PER protegiéndola de la degradación, y ambas entran en el núcleo durante la noche para inhibir a CLK y CYC, cerrando el ciclo de 24 h (Figura 2).

Figura 2. El ritmo circadiano es regulado por la interacción de las proteínas Clock (CLK), Cycle (CYC), Period (PER) y Timeless (TIM) en un pequeño grupo de neuronas. Durante la noche, el complejo PER/TIM penetra en el núcleo e inhibe a CLK y CYC. Al amanecer, la luz activa un criptocromo que induce la degradación de TIM. Al quedar aislado, PER también resulta degradado. CLK y CYC se activan progresivamente en el núcleo a lo largo del día, produciendo ARN mensajeros para PER y TIM, aunque las proteínas correspondientes siguen inhibidas. Al disminuir la luz al atardecer, la proteína TIM se va estabilizando, protege a PER de la degradación, y ambas forman el complejo PER/TIM que cierra el ciclo durante la noche. Este reloj molecular induce un comportamiento locomotor mayor en las transiciones día/noche. En condiciones de iluminación continua (abajo), TIM no llega a producirse, y la actividad es irregular a lo largo de todo el día. Ilustración: Ramón Muñoz-Chápuli.

Las moscas mutantes para estos genes pierden su ritmo circadiano, y muestran una actividad irregular a lo largo de todo el día. Esto no es letal para las moscas, pero sí muy perjudicial para su fecundidad y esperanza de vida, que se ven reducidas. Algo similar ocurre si las moscas son expuestas continuamente a la luz (Figura 2). Timeless es degradada de forma permanente, Clock y Cycle no son inhibidas, y las moscas se mantienen activas durante todo el tiempo.

Un grupo de investigación de la universidad de Münster (Alemania) acaba de publicar en Science un sorprendente artículo sobre este tema. Los investigadores dieron a las moscas la oportunidad de moverse libremente por habitáculos parcialmente cubiertos y resguardados de la luz. Otras moscas permanecieron expuestas a la luz continua, y a otro grupo solo se le permitió acceder a los habitáculos parcialmente oscurecidos tras tres o cinco días de exposición continua a la luz, con la consiguiente ruptura del ciclo circadiano (Figura 3).

Figura 3. Resumen del experimento realizado por Coculla et al. (2026). Las moscas fueron colocadas en habitáculos que podían estar parcialmente protegidos de la luz (gris oscuro). Tras su aclimatación, fueron sometidas a iluminación permanente. Las que no podían optar por zonas oscuras del habitáculo perdieron su ritmo circadiano (A). Alrededor del 70% de las que sí podían elegir entre luz y oscuridad mantuvo dicho ritmo (C y D). Sorprendentemente, un 60% de las que habían perdido el ritmo circadiano a causa de la iluminación continua lo recuperó cuando pudieron optar por zonas resguardadas de la luz tras 3 o 5 días (B). Ilustración: Ramón Muñoz-Chápuli, basada en resultados de Coculla et al. (2026).

Como era de esperar, la mayoría de las moscas expuestas continuamente a la luz perdió su ritmo circadiano, mostrando patrones irregulares de actividad. Sin embargo, alrededor del 70% de las moscas que podían elegir libremente entre luz y oscuridad mantuvo su ritmo circadiano de actividad, repartiendo su tiempo entre ambas zonas. Y lo más sorprendente fue que alrededor de un 60% de las moscas expuestas a la luz durante tres o cinco días, y que habían perdido su ritmo circadiano, lo recuperó rápidamente tras darles la oportunidad de elegir entre ambientes iluminados y oscuros. Este ritmo recuperado o mantenido fue algo más largo que el típico ciclo diario, alcanzando entre 26 y 28 horas.

Esto quiere decir que las moscas ajustaban su comportamiento y sus preferencias ambientales para mantener o recuperar el ritmo circadiano perdido. Lo más singular es que una vez perdido ese ritmo, y por tanto con el reloj circadiano desajustado, las moscas “supieran” en qué medida debían alternar áreas iluminadas y oscuras para restablecer su reloj.

Por otro lado, la calidad del sueño de las moscas, valorada por el número de episodios de sueño y su duración, se deteriora en las moscas que han perdido el ritmo circadiano, pero tiene a recuperarse también, de forma lenta y progresiva, una vez restablecido dicho ritmo.

El experimento no solo insiste en la importancia de los ritmos circadianos para la fisiología animal, sino que asocia el mantenimiento de los ritmos con pautas activas de comportamiento que resultaban impensables hasta ahora.

Referencias

Coculla, A., García Rodríguez, L., Ogueta, M. et al. (2026). Fruit flies actively restart their circadian clock by proactively shaping their environment. Science doi: 10.1126/science.adw2239.

Sobre el autor: Ramón Muñoz-Chápuli Oriol es Catedrático de Biología Animal (jubilado) de la Universidad de Málaga.

El artículo La proactividad de la mosca del vinagre para recuperar su ritmo circadiano se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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