Le sacaron algunas fotos, se llevaron un par de huesos sueltos y dejaron el resto expuesto al viento y la lluvia polar. Nadie volvió a pensar en ese fósil durante 37 años, hasta que un grupo de geólogos noruegos tropezó con él por pura casualidad. Ni ellos, ni nadie, imaginó en ese momento que estaban por reescribir el árbol genealógico de uno de los grupos de depredadores acuáticos más extraños del Triásico
El lunes 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el oeste de Colombia y dejó más de un centenar de personas muertas, con el epicentro en San José del Palmar, en el departamento del Chocó. El sismo, sentido hasta en Bogotá, Ecuador, Panamá y Venezuela, volvió a poner el foco sobre una de las regiones geológicas más activas del planeta: el Cinturón de Fuego del Pacífico
Para llegar hasta él, un grupo de escaladores tuvo que seguir el curso de un río durante 20 kilómetros y después trepar montaña arriba durante dos días completos. Cuando finalmente alcanzaron la copa y dejaron caer una cinta métrica hasta el suelo, el número que apareció superó incluso lo que había calculado el láser desde un avión: 84,1 metros, casi un edificio de 25 pisos escondido en las montañas de Taiwán
La obra solo buscaba reforzar un viejo muro de contención del siglo XVI para que no se derrumbara sobre la ladera. Nadie esperaba encontrar, pegado a esa pared, un edificio romano completo con pisos de mosaico y frescos casi intactos. Ahora los arqueólogos discuten si se trata de la casa de un romano rico, o del cuartel de la unidad que combatía los incendios en la Roma imperial
Terminaban de entrenar, discutir de retórica o competir en el gimnasio, y se zambullían todos juntos en agua fría, con las voces retumbando entre columnas monumentales. Esa escena, que podría parecer sacada de una fantasía histórica, ocurría literalmente todos los días en una ciudad del oeste de Anatolia, en una pileta tan grande que hoy los propios arqueólogos la comparan con una piscina olímpica
A más de 700 metros de profundidad, en medio del océano Atlántico, se esconde un paisaje que parece sacado de una película de ciencia ficción: un conjunto de torres blancas de carbonato que, iluminadas por los focos de un sumergible, desprenden un brillo azulado. Algunas superan los 60 metros de altura, recordando a los rascacielos de una metrópolis hundida. Durante 25 años, la ciencia no supo con certeza de dónde salía la energía que mantiene viva a esta ciudad fantasma
Caminar por un humedal infestado de pasto invasor para plantar un árbol, uno por uno, puede llevar años. Un equipo de biólogos en el estado de Washington decidió saltearse esa parte: prepararon 90 palés con árboles ya crecidos y se los hicieron llegar por aire, colgados de un helicóptero, directo sobre la maleza que querían combatir