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Mária Telkes y el arte de guardar el calor del Sol

Cuando pensamos en almacenamiento de energía, solemos imaginar baterías de ion litio, vehículos eléctricos o grandes sistemas capaces de equilibrar la variabilidad de las renovables. Sin embargo, almacenar energía no significa necesariamente almacenar electricidad. También puede significar algo mucho más intuitivo: guardar calor.

Mucho antes de que la transición energética se convirtiera en un concepto global, una investigadora ya había entendido que captar la energía del Sol era solo la mitad del problema. La otra mitad, más compleja, consistía en conservarla cuando el Sol desaparecía.

Mária Telkes. Imagen proporcionada por la autora.

Esa investigadora era Mária Telkes, física, química e inventora húngaro-estadounidense, conocida como la “Reina del Sol”. Su trabajo anticipó los principios del almacenamiento térmico moderno: materiales capaces de absorber calor, retenerlo y liberarlo cuando fuera necesario. Desde calefacción doméstica hasta desalinizadores u hornos solares, Telkes dedicó su vida a convertir la radiación solar en soluciones prácticas.

Su historia no es solo la de una pionera de la energía solar. Es también la de una científica que intentó transformar ideas arriesgadas en tecnología real en un mundo donde la ingeniería estaba dominada por hombres. Sus experimentos no siempre funcionaron, pero incluso sus fallos ayudaron a construir el conocimiento actual sobre almacenamiento térmico.

Una científica entre biología, energía y materiales: el reto de aprovechar el Sol

Mária Telkes nació en Budapest en 1900. Estudió fisicoquímica y se doctoró en 1924. Desde el inicio mostró un interés poco habitual: la relación entre energía, materiales y sistemas vivos. Esa combinación la llevó a una carrera marcadamente interdisciplinar.

En 1925 emigró a Estados Unidos, donde trabajó en la Cleveland Clinic como biofísica. Allí investigó cómo medir la energía en sistemas biológicos. Más tarde se incorporó a Westinghouse Electric, donde trabajó con dispositivos termoeléctricos capaces de convertir diferencias de temperatura en electricidad. Esa etapa fue clave. Telkes comprendió que el calor no era un subproducto, sino una forma de energía con identidad propia: podía captarse, transformarse y, sobre todo, almacenarse.

En 1939 entró en el MIT, dentro del Solar Energy Conversion Project. En aquel momento, la energía solar era prometedora pero limitada: abundante, sí, pero intermitente. Podía calentar durante el día, pero no resolvía la noche ni el invierno. Telkes comprendió el problema central con claridad: el Sol no falla como fuente, falla como sistema continuo. La solución no era solo captarlo, sino desplazar su energía en el tiempo.

La Segunda Guerra Mundial dio a su trabajo una dimensión urgente. Pilotos y marineros podían sobrevivir en el océano, pero no sin agua potable. Beber agua salada aceleraba la deshidratación. Telkes diseñó un desalinizador solar portátil: un sistema que evaporaba agua de mar mediante calor solar y condensaba el vapor en agua dulce. Era simple, ligero y autónomo. No era aún almacenamiento térmico, pero sí contenía su lógica esencial: capturar energía, dirigirla y convertirla en un efecto útil sin depender de combustibles.

Tras la guerra, Telkes se centró en su gran objetivo: una vivienda capaz de calentarse exclusivamente con energía solar. El reto era evidente: la calefacción se necesita cuando el Sol no está. Para resolverlo, no bastaba con captar energía. Era necesario almacenarla.

La Dover Sun House: una casa que almacenaba calor

A finales de los años 40, Telkes colaboró con la arquitecta Eleanor Raymond y la filántropa Amelia Peabody. El resultado fue la Dover Sun House, construida en 1948 en Massachusetts. El proyecto era extraordinario no solo por su tecnología, sino por su autoría: tres mujeres liderando ciencia, arquitectura y financiación en una época en la que eso era excepcional.

Mária Telkes y Eleanor Raymond frente a la Dover Sun House (1948). Fuente: Architectuul. CC BY-SA.

La casa tenía una gran fachada orientada al sur. El aire caliente se dirigía a compartimentos con 21 toneladas de sulfato de sodio decahidratado, conocido como sal de Glauber. Este material no almacenaba calor solo por temperatura, sino mediante cambio de fase. Cuando se fundía, absorbía energía sin aumentar su temperatura. Cuando solidificaba, liberaba ese calor. En términos actuales, era un material de cambio de fase. La casa funcionaba como una batería térmica: no almacenaba electricidad, sino energía en forma de transformaciones físicas. La idea era profundamente moderna: integrar captación, almacenamiento y distribución de energía en la propia arquitectura.

Durante un tiempo, la casa funcionó. La prensa la presentó como el futuro de la vivienda. Parecía posible vivir solo con el Sol. Con el tiempo, el sistema empezó a fallar. La sal se separaba en fases, los contenedores se corroían y el rendimiento térmico disminuía. En periodos sin suficiente radiación, la casa necesitaba calefacción eléctrica. Finalmente, el sistema solar fue retirado.

Pero aquello no fue un fracaso, sino una lección. La idea funcionaba en principio, pero no en condiciones reales. El problema no era solo almacenar energía, sino hacerlo de forma estable, repetible y duradera. La Dover Sun House mostró algo fundamental: entre la teoría y la práctica hay un espacio donde la ciencia se vuelve ingeniería.

Mária Telkes y el origen del almacenamiento térmico

El apodo de “Reina del Sol” ayudó a popularizar su figura, pero también simplificó su trabajo. Telkes no fue solo una entusiasta de la energía solar, sino una investigadora con una carrera técnica profunda en materiales, termodinámica y transferencia de calor. Reducir su trayectoria a un apodo es ignorar la complejidad de una de las pioneras más completas del almacenamiento térmico.

A lo largo de su vida registró más de veinte patentes. Desarrolló hornos solares, sistemas de secado, refrigeración y nuevas aplicaciones de almacenamiento térmico. Su producción inventiva no fue puntual, sino sostenida y diversa, abarcando múltiples escalas de la energía solar aplicada.

Recibió reconocimientos importantes, como el premio de la Society of Women Engineers en 1952, pero su legado no se mide solo en premios, sino en conceptos. En ciencia, los conceptos que perduran suelen ser más influyentes que los galardones que los acompañan. Su idea central era simple y radical: la energía solar solo es útil si puede almacenarse. Esta afirmación, formulada décadas antes de la transición energética actual, anticipa uno de los grandes retos de la energía renovable contemporánea.

También es importante su dimensión humana. Cuando el sistema académico no respaldó sus ideas, buscó colaboraciones fuera de él. La Dover Sun House fue posible gracias a una red de mujeres que unieron ciencia, diseño y financiación. Ese proyecto no solo fue un experimento energético, sino también un ejemplo excepcional de colaboración interdisciplinar liderada por mujeres en la ciencia del siglo XX.

Hoy, el almacenamiento térmico es una pieza clave de la transición energética. No se trata solo de electricidad: gran parte de la energía que consumimos es calor. De hecho, el calor sigue siendo la forma dominante de consumo energético en edificios e industria a nivel global.

Los edificios necesitan calefacción y refrigeración. La industria necesita vapor y procesos térmicos. En todos estos casos, almacenar calor puede ser más eficiente que convertirlo en electricidad y volver a transformarlo. Esta eficiencia directa es una de las razones por las que el almacenamiento térmico está ganando protagonismo en la descarbonización.

Existen hoy materiales avanzados, sales fundidas, cerámicas y compuestos diseñados para almacenar energía térmica durante horas o días. Pero la lógica es la misma que en la Dover Sun House. La diferencia no está en el principio físico, sino en la sofisticación de los materiales y en la ingeniería de los sistemas.

El Departamento de Energía de EE. UU. y la Agencia Internacional de la Energía consideran el almacenamiento térmico una tecnología clave para integrar renovables, estabilizar redes y descarbonizar la industria. Su inclusión en las estrategias energéticas actuales confirma la vigencia de una idea formulada hace más de medio siglo.

En ese sentido, Telkes no solo fue una pionera histórica. Fue una anticipadora conceptual. Su mayor aportación no fue un dispositivo concreto, sino una forma de entender la energía como algo que puede desplazarse en el tiempo.

Mária Telkes murió en 1995. Para entonces, la energía solar ya había cambiado de forma, pero no de problema: seguía siendo intermitente. La intermitencia, lejos de desaparecer, se ha convertido en el núcleo del desafío energético contemporáneo.

Su legado no es una tecnología concreta, sino una idea persistente: la energía no solo debe captarse, también debe conservarse en el tiempo. Esta idea atraviesa hoy toda la investigación en almacenamiento energético, desde baterías hasta sistemas térmicos.

La Dover Sun House no sobrevivió como sistema, pero sí como intuición científica. Demostró que una vivienda puede ser una máquina térmica, que los materiales pueden almacenar calor y que la arquitectura puede ser parte del sistema energético. Fue un experimento imperfecto, pero profundamente fundacional.

Hoy, cuando hablamos de transición energética, seguimos enfrentándonos a la misma pregunta que ella formuló hace más de setenta años:

¿Cómo guardamos el calor del Sol para cuando lo necesitemos?

Su respuesta fue una casa llena de sal, tubos y luz. No era perfecta, pero abrió un camino.

Porque a veces la ciencia no avanza resolviendo problemas, sino imaginando que el verano puede guardarse para el invierno.

Referencias

Sobre la autora

Tamara Cruz Tena es analista de estrategia en CIC energiGUNE.

Sobre el BRTA

Basque Research & Technology Alliance (BRTA) es una alianza que se anticipa a los retos socioeconómicos futuros globales y de Euskadi y que responde a los mismos mediante la investigación y el desarrollo tecnológico, proyectándose internacionalmente. Los centros de BRTA colaboran en la generación de conocimiento y su transferencia a la sociedad e industria vascas para que sean más innovadoras y competitivas. BRTA es una alianza de 17 centros tecnológicos y centros de investigación cooperativa y cuenta con el apoyo del Gobierno Vasco, SPRI y las Diputaciones Forales de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa.

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Janet Taylor, la brújula matemática del siglo XIX

Janet Taylor.

Son pocas las mujeres que han tenido protagonismo en la historia de la navegación. Sus contribuciones se han ignorado de forma constante, destacándose solo los inventos hechos por hombres, sus grandes gestas y descubrimientos. Pero en este panorama hay una figura femenina que en el siglo XIX, justo el momento en el que el Europa expandía sus tentáculos por el océano global, supuso una revolución en el arte y la ciencia de navegar. Se trata de la británica Janet Taylor, que aplicó el hallazgo de Isaac Newton de que la Tierra es esferoidal, es decir, que está achatada por los polos, a los cálculos de navegación. Aquello aumentó la precisión y la seguridad de los navegantes, siendo reconocida por ello en un mundo regido por el género masculino.

Nacida como Jane Ionn el 13 de mayo de 1804, en el condado de Durham (Inglaterra),  tuvo la fortuna de que su padre, profesor de navegación, la permitiera estudiar de niña en una escuela de varones donde enseguida destacó por su precoz inteligencia. La base matemática que logró allí, le facilitó obtener a los 9 años una beca de la Reina Carlota para continuar sus estudios en la Escuela Real de Bordado para Mujeres donde, pese a eses nombre, pudo cultivar su pasión por los globos terráqueos, los mapas y la geometría. Cuando la escuela cerró, se trasladó a un internado a las afueras de Londres, donde comenzó siendo adolescente a trabajar como tutora.

Al salir, con solo 16 años, Janet se colocó como institutriz en una familia, a cuyos hijos fascinaba con sus clases de astronomía. Al morir su padre un año después, se encontró con una importante herencia, si bien optó por ayudar a su hermano, que había abierto un negocio y necesitaba apoyo con sus finanzas, una experiencia que le sirvió para más adelante para abrir sus empresas, como mujer emprendedora que era. Fueron años en los que, por su cuenta, empezó a resolver enigmas de navegación cada vez más complejos, más por inquietud personal que por pensar en vivir de su talento.

Cuando su hermano se arruinó, la joven se fue a vivir a Amberes con un familiar, donde conoció al que sería su esposo, George Taylor, que regentaba un pub. Juntos, en 1831, decidieron abrir la primera Academia de Náutica George Taylor, nombrada así por su esposo aunque era ella la que aportaba el conocimiento. Su idea era obtener ingresos con la publicación de libros, la venta de cartas náuticas y el desarrollo de instrumentos, hasta lograr fondos para ofrecer formación con el plan de estudios diseñado por Janet.

Para su primer libro, la joven se puso a recalcular las ecuaciones de navegación, que aún se basaban en que la Tierra era una bola esférica cuando se sabía desde Newton que no era así. Tras numerosos y laboriosos cálculos, elaboró ​​nuevas tablas de posición, que publicó en 1833 como Tablas Luni-Solares y Horarias, una obra que tuvo siete ediciones en los siguientes 20 años. Un año después publicó Principios de Navegación Simplificados, que permitían enseñar cómo utilizar tanto sus tablas como otros métodos usados por los marineros para determinar su posición y rumbo en el mar. Si bien al principio estos avances no eran muy conocidos, la crítica furibunda que recibió por sus tablas en 1835 en The Nautical Magazine, fue un golpe de timón. El artículo ponía en entredicho sus datos, destacando que era una mujer quien los hacía para quitarles valor. Pero Janet no se amilanó y en el siguiente número de la revista respondió con argumentos que demostraban que había decenas de millas de diferencia entre sus posiciones y las usadas hasta entonces para navegar. Fue tan contundente que el respeto de la comunidad náutica aumentó exponencialmente y sus libros se convirtieron en lectura obligada.

Algunas de las publicaciones de Janet Taylor.

La cuestión es que estas investigaciones no le daban suficiente para vivir y emprender. Ya en 1834 había patentado un instrumento de su invención –para algunos su gran aportación– en el que invirtió su herencia, una calculadora de navegación, que unía varios instrumentos en uno permitiendo medir a la vez ángulos, altitud, tiempo real y acimut. De hecho, fue la primera mujer en patentar un invento para navegar de la historia. Y de nuevo tropezó con dificultades: el Almirantazgo británico no la autorizó oficialmente porque consideró que era demasiado sofisticada para los marineros. Curiosamente en tiempos recientes se reprodujo y se calificó como “una genialidad adelantada a su tiempo”, aunque las autoridades navales de su tiempo llegaron a decir que era algo “indigno del patrocinio de los lores”.

El nuevo revés, lejos de hundirla, la animó a iniciar nuevas aventuras. En 1835 abrió otro negocio con su nombre: la Academia Náutica de Mrs. Janet Taylor, donde vendía instrumentos necesarios para enfrentarse al océano. Trabajaba para ella un fabricante que hacía sus diseños y que, para su disgusto, acabó por independizarse y abrir un local cerca del suyo. Por supuesto, también vendía sus publicaciones: en 1842, Taylor publicó un segundo libro, Epítome de Navegación y Astronomía Náutica, con las Tablas Lunares Mejoradas, que alcanzó las 12 ediciones. Novedad suya fue también una guía para navegar por la costa brasileña. Cada vez más conocida, eran muchos los que antes de iniciar un viaje se pasaban por su academia para llevarse cartas de navegación que ella modificaba a mano con información mucho más precisa que la que venía del Almirantazgo, muy retrasado a la hora de actualizarla.

La academia creció en fama porque no solo enseñaba a oficiales de la marina mercante las técnicas para navegar (incluyendo trigonometría, geometría, matemáticas, astronomía, mecánica, meteorología, etcétera), sino que facilitaba que los barcos surcaran los mares con mucha más seguridad. De todas sus actividades, la más lucrativa era ajustar las brújulas que llevaban los buques, que se desajustaban debido al hierro con el que se hacían. Para ello, formó a uno de sus trabajadores como experto en estos ajustes.

Más trabas en el camino por ser mujer

Todo ello lo compaginaba con una gran familia: entre 1831 y 1844 dio a luz a ocho hijos. Cuentan sus biografías que Janet se negaba a descansar y recuperarse entre parto y parto porque le preocupaba que su inactividad pusiera en peligro vidas de marineros. Este compromiso sería valorado por gobiernos extranjeros –desde los monarcas holandeses y prusianos hasta el Papa–, que le otorgaron medallas de oro en reconocimiento a sus contribuciones.

Tarjeta promocional de Janet Taylor (1850).

Los que tardaron en reconocer su mérito fueron los gobernantes de su propio país, a los que Taylor solicitó repetidamente una pensión anual, como las 300 libras anuales que si le concedían a la astrónoma Mary Somerville, pero se la negaron repetidamente hasta que murió George y entonces le dieron el mínimo: 50 libras al año. Además, cuando murió su esposo también el ajustador de brújulas que ella formó se fue con la competencia, lo que la generó un importante agujero.

Aún así, trató de mantener su negocio con sus innovaciones. En la Gran Exposición de 1851, presentó una bitácora de bronce con brújula como un objeto especial y en los años siguientes siguió haciendo experimentos –como balancear barcos de un lado a otro del Támesis para registrar el movimiento de la brújula–, probando sus inventos (como un accesorio para sextantes y cuadrantes, llamado ‘horizonte artificial marino’)  y diseñando innovadoras brújulas y sextantes, que presentó en 1862 en la Exposición Universal de Londres. Al año siguiente, aún publicaría una edición de su popular obra Directions to the Planisphere of the Stars, su guía detallada del cielo nocturno.

Nada de ello fue suficiente para cambiar el rumbo financiero de la empresa. Además, ninguno de sus hijos tenía el más mínimo interés de seguir sus pasos, así que finalmente la declaró en bancarrota en 1864. En 1866, con 62 años de edad, Janet Taylor abandonó Londres definitivamente para irse con sus familiares, con quienes vivió los últimos cuatro años, afectada por una grave bronquitis que acabaría con su vida.

Cuentan que poco antes de morir, el 26 de enero de 1870, una de sus últimas peticiones fue poder contemplar Polaris, la Estrella Polar que guía a los marineros. A ellos les dejó un revolucionario legado para su época, tanto en la navegación marítima como en la astronomía. Y Janet, sobre todo, rompió los esquemas de una opresiva sociedad victoriana que intentó invisibilizarla, pero que no lo consiguió. Hoy es considerada una de las mentes técnicas más brillantes de su época.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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