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El Grito que surgió de un volcán

La noche del pasado viernes 4 de septiembre entró en erupción el volcán indonesio Anak Krakatau, permitiendo que, de nuevo, la Geología copase los medios de comunicación y las redes sociales. Así que, aprovechando el momento y de manera similar a la curiosidad que os conté hace un par de semanas sobre la erupción del Tambora, hoy voy a centrarme en relataros las consecuencias más llamativas de una de las erupciones más importantes que sufrió el “padre volcánico” del Anak Krakatau, el Krakatoa.

Contorno de las islas presentes en el estrecho de Sonda (Indonesia) antes (A) y después (B) de la erupción del Krakatoa de 1883. A) Imagen de ChrisDHDR y B) imagen de Sémhur, ambas de Wikimedia Commons

El 27 de agosto de 1883, en una pequeña isla volcánica situada en el estrecho de Sonda, entre las islas de Java y Sumatra, tres volcanes que atravesaban la isla casi de norte a sur entraron en erupción. Se produjeron cuatro explosiones tremendas, convirtiéndose una de ellas en el sonido más fuerte jamás registrado por la historia de la humanidad, generando unas ondas expansivas que dieron la vuelta al mundo. Además, se expulsaron hacia la atmósfera toneladas de ceniza, fragmentos de rocas y gases de azufre en una enorme columna ardiente que, al colapsar, atravesó la isla a gran velocidad, destruyendo todo lo que pilló por delante. Hasta que alcanzó el mar, donde la descarga de ese enorme volumen de material volcánico generó un tsunami gigantesco, con olas de más de 40m de altura, que arrasó los pueblos costeros de las islas cercanas, incluidas Java y Sumatra.

 

Días después, cuando el caos cesó, se pudieron evaluar sus consecuencias. Dos tercios de la isla original desaparecieron y se contabilizaron más de 40.000 personas muertas entre todas las islas de alrededor, debido tanto al flujo ardiente de materiales volcánicos como al tsunami posterior. Pero el principal efecto de esta erupción, tal y como sucedió con el Tambora, se encontraba en la atmósfera. Todas esas cenizas y gases de azufre formaron una especie de escudo que impidió la entrada de los rayos del Sol, provocando un descenso de aproximadamente 1ºC en la temperatura promedio en todo el Hemisferio Norte el año siguiente a la erupción. Bajada térmica que duró entre 2 y 5 años, afectando a las cosechas de toda Europa y América del Norte.

Litografía de la erupción del Krakatoa realizada en 1888. Imagen de la litográfica Parker & Coward / Wikimedia Commons

Pero las más afectadas por esta erupción fueron las islas de Java, Sumatra y todos los pequeños islotes desperdigados entre ambas. Gran parte de sus litorales quedaron arrasados por el tsunami, sus terrenos se cubrieron de ceniza y el cambio en las condiciones climáticas acabó con su precaria agricultura. A las muertes directas provocadas por el volcán, se sumaron las generadas por el hambre y las enfermedades en los meses siguientes.

 

Por aquel entonces, esta zona formaba parte del territorio colonial de los Países Bajos bajo la denominación de las Indias Orientales Neerlandesas. Pero, ante la catástrofe volcánica, los colonizadores no respondieron con la ayuda necesaria y solicitada por la población, sino que mantuvieron sus exigencias económicas. Esta respuesta neerlandesa provocó un descontento generalizado entre la población que culminó con numerosos disturbios tanto en Java como en Sumatra, como la Revuelta Campesina de Banten. Así que, aunque Indonesia no consiguió su independencia completa hasta después de la Segunda Guerra Mundial, la erupción del Krakatoa fue la mecha que encendió la liberación del dominio colonial en toda esta zona que forma el límite entre los océanos Índico y Pacífico.

 

Sin embargo, la cobertura atmosférica de gases y cenizas volcánicas expulsadas por el Krakatoa no sólo produjo el descenso generalizado de las temperaturas, también nos trajo el alarido más famoso del arte pictórico. En 1892, casi una década después de la erupción, un joven que paseaba por la ciudad noruega de Oslo se quedó mirando perplejo el atardecer ante un espectáculo visual que le impresionó tanto como para dejar constancia en su diario personal con las siguientes palabras: “De repente el cielo se tiñó de rojo. Había sangre y lenguas de fuego sobre el azul y negro del fiordo y la ciudad. Mis amigos se fueron y me quede solo, temblando de ansiedad. Sentí un gran e interminable grito atravesando la naturaleza”. Ese joven era Edvuard Munch, y justo un año después de dejar por escrito ese texto, presentó uno de sus cuadros más famosos, El Grito.

El Grito (1893). Oleo temple y pastel sobre cartón.  de Edvuard Munch. Fuente: National Gallery de Oslo / Wikimedia Commons

Ese cielo rojizo y anaranjado que caracteriza la obra de Munch se debe al efecto óptico provocado por los aerosoles que aún persistían en la atmósfera mundial. En concreto, los cielos contaminados por cenizas volcánicas dispersan más la luz solar, generando atardeceres más rojizos de lo habitual. De manera idéntica a lo que podemos apreciar cuando se acumula mucho polvo procedente del desierto o demasiada contaminación antrópica en la atmósfera.

 

Si de la erupción del volcán Tambora en 1815 nació un monstruo, de la erupción de 1883 del Krakatoa surgieron una revolución anticolonial y un desgarrador grito que aún nos sigue conmocionando cada vez que lo vemos. Vamos, que un par de erupciones en Indonesia transformaron la literatura gótica inglesa, cambiaron la concepción artística en la pintura noruega y desestabilizaron los cimientos coloniales del poderoso imperio neerlandés. ¡Menudo efecto mariposa geológico!

 

Sobre la autora: Blanca María Martínez es doctora en geología, investigadora de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y colaboradora externa del departamento de Geología de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la UPV/EHU

El artículo El Grito que surgió de un volcán se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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La Odisea… del pensamiento científico

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Representación de la matanza de los pretendientes de Penélope por parte de Odiseo. Foto: The New York Public Library / Unsplash

El último regreso de Ulises a Ítaca, narrado a través de la visión de Christopher Nolan, ha implicado también el regreso de la Odisea de Homero a la conversación pública —si es que alguna vez se fue—. Esa es la magia de los clásicos: no importa el tiempo que haya transcurrido desde que se concibieron, no caducan. Siempre encontramos en ellos incógnitas, conflictos, anhelos… que son tan nuestros como de los seres humanos del pasado, incluso de un pasado de hace casi tres mil años.

Manuscrito más antiguo que se conserva de la Odisea, datado en el siglo III a. C. Fuente: CC BY-SA 4.0/Zunkir

No obstante, cuando se habla de la influencia cultural de estas historias, rara vez se incluye en esa noción de cultura el pensamiento científico. Y, si lo pensamos, podría tener hasta sentido; al fin y al cabo, en la antigua Grecia no había ciencia tal y como la entendemos hoy, ¿no? ¿No sería mezclar churras con merinas? Pues realmente no. No si dejamos de entender la ciencia como esa especie de ente exótico desconectado de lo que somos, de nuestra humanidad… de las humanidades. Son las narrativas las que, cuando permean el imaginario colectivo, iluminan unos caminos y dejan otros en la oscuridad, y la Odisea de Homero no es menos en ese sentido, por muy épica o fantástica que nos pueda parecer. Pongamos un ejemplo:

Y dime cuáles son tu país, tu ciudad y tu raza, que puedan conducirte hasta allí rumbeando en su mente las naves; los feacios no tienen pilotos ni saben de aquellos gobernalles que suelen llevar los demás; sus bajeles tienen ciencia y sentidos de hombres, por ellos distinguen las ciudades de todos los pueblos, sus pingües campiñas, y atraviesan a toda carrera la sima del agua encubiertas en niebla y en sombra: no hay miedo con ellas de morir en naufragio o sufrir daño alguno (Homero, Odisea, VIII, 555-563).

¿Es que acaso las naves de los feacios eran vehículos autónomos? ¿Cómo sabían orientarse en el mar y cómo averiguaban adónde tenían que ir si no las guiaba ningún piloto? ¿Qué brujería es esta? Y nada menos que en una obra de Homero. ¿Esta ocurrencia era pura fantasía o había algo más detrás?

Antes de llevarme un rapapolvo por mis sugerencias heréticas, pido confianza en el proceso. No vamos a Ítaca, pero creo que llegaremos a un lugar igualmente interesante.

Artilugios como estas naves, ingenios mecánicos e incluso máquinas con comportamientos que podrían considerarse «inteligentes» no aparecen solo en la Odisea ni constituyen una rara avis en la mitología griega. En la Ilíada encontramos alguno también; por ejemplo, a las curiosas criadas del dios Hefesto quien, más que un dios, a veces parece un ingeniero:

Marchaban ayudando al soberano unas sirvientas de oro, semejantes a vivientes doncellas. En sus mientes hay juicio, voz y capacidad de movimiento, y hay habilidades que conocen gracias a los inmortales dioses (Homero, Ilíada, XVIII, 417-420).

¿Qué decir, por otro lado, del gigante de bronce Talos tal y como aparece en las Argonáuticas de Apolonio de Rodas? ¿Es que acaso es una especie de androide o protoandroide?

Ciertamente en el resto de su cuerpo y en sus miembros estaba hecho de bronce y era inquebrantable, pero bajo el tendón, en su tobillo, tenía una vena de sangre, y su fina membrana contenía los límites entre la vida y la muerte (Apolonio, Argonáuticas, IV, 1645-1648).

Sé que ahora mismo habrá varios expertos en cultura clásica llevándose las manos a la cabeza y con motivo —si es que alguno ha llegado a este artículo—, porque dar por válidas las afirmaciones anteriores es como sugerir que la mitología griega es, en realidad, ciencia ficción. Nada más lejos de la realidad, como es obvio.

Representación moderna del gigante de bronce Talos en la película Jasón y los Argonautas (1963). Fuente: Dominio público/Columbia Pictures.

Por supuesto que Homero no estaba hablando de vehículos autónomos guiados por algoritmos ni de asistentes dotados de inteligencia artificial, de la misma manera que Apolonio no hablaba de seres mecánicos en el sentido moderno del término robot. Ningún escritor de la Antigüedad estaba tratando de hacer protoespeculación científica —hablar de pensamiento científico tal como lo entendemos hoy no tiene sentido antes de Copérnico— ni de adelantarse a su época cuando introducía elementos de este estilo en sus historias —y aquí podemos incluir Nefelococigia, la ciudad construida en el aire de Aristófanes en Las aves, y el viaje a la Luna de Luciano de Samósata en sus Relatos verídicos —. Lo que estaban haciendo en realidad era algo mucho más importante: imaginar artefactos inexistentes para explorar deseos humanos, que tenían la apariencia de la realidad con la que estaban familiarizados pero una esencia sobrenatural —en este caso, diría que porque realmente no tenían recursos que les permitieran ir más allá en ese sentido—. La explicación del origen y funcionamiento de esos ingenios mágicos, efectivamente, ha cambiado —de lo divino a lo humano y de lo mágico a lo científico—, pero la motivación que a lo largo de siglos de historia nos ha llevado a crearlos, no tanto: evitar el peligro, delegar tareas, ampliar nuestras capacidades… e incluso cuestionarnos nuestra propia naturaleza y tratar de averiguar lo que nos hace únicos.

Estas invenciones mitológicas no son más que nosotros mismos expresándonos a través de nuestras propias creaciones, unas cuya naturaleza se va transformando a lo largo de los siglos al tiempo que nosotros no lo hacemos tanto. Los ecos tecnológicos que aparecen hasta en las obras literarias más antiguas, por muy indistinguibles que sean de la magia, porque, de hecho, son magia, ayudan a crear modelos culturales y sociales. Van dejando imágenes reconocibles en el imaginario colectivo que se convierten en semillas que pueden germinar en cualquier momento gracias a un escritor, un filósofo, un historiador, un antropólogo, un dramaturgo, un pintor… pero también a un científico o un ingeniero. Por eso, desde el presente, las reconocemos, porque Homero y los demás tal vez no sabían bien qué estaban creando en su intento por darle forma a lo maravilloso y excepcional, pero nosotros sí. Simplemente hicimos realidad la visión que ellos implantaron en nuestra mente.

 

Bibliografía

 

Apolonio de Rodas (1996). Argonáuticas (M. V. Sánchez, Trad.). Gredos.

Baños, G. (2024). El sueño de la inteligencia artificial. Shackleton Books.

Cave, S., Dihal, K., & Dillon, S. (Eds.). (2020). AI narratives: A history of imaginative thinking about intelligent machines. Oxford University Press.

Homero (1991). Ilíada (E. C. Güemes, Trad.). Gredos.

Homero. (1983). Odisea (J. M. Pabón, Trad.). Gredos.

Mayor, A. (2019). Dioses y robots: Mitos, máquinas y sueños tecnológicos en la Antigüedad. Desperta Ferro Ediciones.

 

Sobre la autora: Gisela Baños es divulgadora de ciencia, tecnología y ciencia ficción.

El artículo La Odisea… del pensamiento científico se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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Nadie hubiese dicho que eran elefantes enanos

Ahora que la gran epopeya griega de Odiseo (la Odisea) vuelve a estar de moda debido a una reciente adaptación cinematográfica, voy a aprovechar el tirón para hablar de la Geología detrás de uno de los mitos reflejados por Homero en esta magna obra.

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Pintura de Johann Heinrich Wilhelm Tischbein de 1802 en donde representa al cíclope Polifemo. Fuente: CyberGhostface / Wikimedia Commons

Y, para ello, me voy a centrar en uno de los cantos que más atrajo mi atención cuando leí la obra en mi adolescencia. El pasaje en el que Odiseo (o Ulises, como prefiráis llamarlo) y su tripulación llegan a una isla poblada por gigantes con un solo ojo en la frente, que se dedican a pastorear ovejas y viven en cuevas: los cíclopes. Los héroes griegos tienen la mala suerte de meterse en el hogar de uno de estos monstruos, Polifemo, que los encierra en la cueva y empieza a devorarlos como si fuesen un ligero aperitivo. Pero la sagacidad del rey de Ítaca se pone en acción, consiguiendo emborrachar al gigante y cegarle su único ojo, lo que les permite huir de la cueva agarrados a las ovejas. Y gracias a un ingenioso juego de palabras, los griegos se libran de que los colegas de Polifemo le ayuden cuando les pide socorro tras este ataque. Aunque la soberbia de Odiseo al finalizar esta aventura también es la desencadenante de sufrir un castigo de Poseidón que le llevará a pasar por mil suplicios en su viaje de vuelta a casa.

Odiseo
Reconstrucción (A- en 2 dimensiones; y B- en 3 dimensiones) del último puente de tierra existente entre las islas de Sicilia y Malta, en el mar Mediterráneo, durante el último máximo glacial (hace unos 21.000 años), cuando el nivel marino se encontraba unos 120m por debajo del actual. Fuente: Rossi, S., Prampolini, M.C., Galea, C., Valle, G.D., Caruana, A. y Soldati, M. (2025) Geomorphological evidence of the Malta‐Sicily land‐bridge during the Last Glacial Maximum inferred from seismic profiles. Earth Surface Processes and Landforms doi: 10.1002/esp.6061 CC BY 4.0

Pero, ¿qué tienen que ver estos gigantes mitológicos con la Geología? para responder a esta pregunta, vamos a remontarnos a hace unos 800.000 años, hasta una Época geológica denominada Pleistoceno. Si hay algo que caracteriza este periodo temporal es la alternancia entre momentos más fríos, llamados glaciaciones, donde el nivel del mar se encuentra más bajo que el actual, y momentos más cálidos, los interglaciales, que vienen acompañados por ascensos marinos. En concreto, hace unos 800.000 años todo el hemisferio norte estaba sufriendo una glaciación en la cual el nivel marino se encontraba decenas de metros o, incluso, más de 100m por debajo de la actualidad en diversas zonas del Mediterráneo. Esto provocó que varias de las principales islas que hoy en día encontramos en este mar, como Sicilia, Malta o Chipre, estuvieran conectadas por vías terrestres con el continente europeo. Así, ejemplares de elefantes asiáticos pudieron cruzar las barreras marítimas y asentarse en estas islas.

 

Sin embargo, las variaciones posteriores en el contexto geológico del mar Mediterráneo dejaron aisladas estas islas. Este hecho provocó un proceso evolutivo muy particular en los elefantes, el enanismo insular. Para explicarlo de manera sencilla, os podéis imaginar que ser un animal de varios metros de altura y toneladas de peso en un espacio limitado y con pocos recursos alimenticios, no era algo muy favorable. Por eso, los ejemplares que tenían mayor potencial para sobrevivir y, por tanto, reproducirse, eran los que, debido a mutaciones genéticas, tenían un tamaño más pequeño. Así, con el paso de milenios, los elefantes isleños evolucionaron hasta convertirse en nuevas especies de poco más de un metro de altura y media tonelada de peso.

 

Cuando los ejemplares de estas especies de elefantes enanos morían, sus restos quedaban enterrados en el subsuelo de las islas, sobre todo en las cuevas, donde se podían conservar con más facilidad. Hasta que se extinguieron por completo en los momentos más álgidos de la última glaciación, hace aproximadamente 20.000 años.

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Esqueletos fósiles de elefantes enanos (Palaeoloxodon falconeri), macho y hembra, encontrados en Sicilia y ubicados en el Museo Senckenberg de Historia Natural, donde se observa la apertura nasal de la trompa en la parte frontal del cráneo. Foto: Szilas / Dominio público / Wikimedia Commons

Cuando comerciantes y navegantes griegos llegaron a las islas milenios después, se encontraron en las cuevas huesos enormes y cráneos gigantescos con una gran cavidad en la parte frontal. Imaginaos el impacto que esto supuso entre personas que no habían visto un elefante en su vida, normal que creyesen que esos restos pertenecían a monstruos humanoides con un solo ojo. Lo que no sabían es que, ese agujero en el centro de la frente de los cráneos, en realidad, era la cavidad nasal de los animales, en donde se insertaba la trompa. Mientras que las cuencas oculares se disponían ligeramente desplazadas hacia los laterales del cráneo y tenían un tamaño mucho menor, por lo que no era tan fácil identificarlas.

 

Así, unos pacíficos elefantes enanos que vivieron en las islas mediterráneas hace decenas y cientos de miles de años, acabaron formando parte del folclore helenístico como enormes gigantes antropófagos con un único ojo en la frente que convivieron con dioses, semidioses, monstruos y seres humanos durante la época griega de los héroes. Un hermoso ejemplo de que, detrás de todo mito clásico, siempre se esconde algo de realidad. La mayoría de las veces, con una explicación geológica.

 

Ahora ya no podréis decir que nadie os ha contado la verdadera historia detrás de uno de los pasajes de la Odisea. Aunque creo que, por mi parte, voy a imitar a Circe y me voy a preparar una poción refrescante a base de jugo de chufa y hielo para sentarme a la sombra de un árbol, junto a mis mascotas, a releer la Odisea estos días de verano.

 

Agradecimientos:

A mi colega y amiga Jone Mendicoa, por esas animadas conversaciones sobre mitología clásica que siempre me dan buenas ideas para escribir artículos como este.

Sobre la autora: Blanca María Martínez es doctora en geología, investigadora de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y colaboradora externa del departamento de Geología de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la UPV/EHU

El artículo Nadie hubiese dicho que eran elefantes enanos se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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Los satélites de Arthur C. Clarke y John R. Pierce

 

En el número del mes de octubre de 1945 de la revista Wireless World apareció un artículo firmado por Arthur C. Clarke que pasó en su momento sin pena ni gloria, pero que, según él mismo diría más tarde: «es lo más importante que he escrito», por encima incluso de La ciudad y las estrellas, El fin de la infancia, Las arenas de Marte y El centinela —relato en el que se basa 2001—, dicho por él mismo. En este caso, no obstante, no se trataba de una obra de ficción, sino de una disertación técnica en la que planteaba la posibilidad de situar «estaciones espaciales» geoestacionarias en la órbita terrestre con, entre otras, funciones de telecomunicaciones. El título era «Extra-terrestial relays. Can rocket stations give world-wide radio coverage?».

Primeras paginas de «Extra-terrestial relays. Can rocket stations give world-wide radio coverage?», tal y como se publicó en la revista Wireless World. Con el tiempo se reeditaría en varias ocasiones más y aparecería en varios compendios del autor. Fuente: Wireless World

Seguramente esta sea una de las «predicciones» más famosas de la ciencia ficción, y las amistades con las que se codeaba Clarke en aquella época ayudaron en buena medida a hacerla realidad. En concreto, la que tenía con un ingeniero de los Laboratorios Bell llamado John R. Pierce.

A pesar de sus numerosas contribuciones al mundo de la electrónica —la palabra «transistor» se la debemos a él—, de las telecomunicaciones y de la música por ordenador, el nombre de John R. Pierce no es todo lo conocido que podría ser. También era escritor de ciencia ficción, y formaba parte del entorno de la Edad de Oro —1938-1946 aproximadamente—. De hecho, no era raro verlo en tertulias televisivas en las que su compañero de mesa podía perfectamente ser Isaac Asimov o cualquier otro autor más reconocido. Bien es verdad que Pierce no alcanzó el Olimpo al que sí llegaron algunos de sus amigos, pero  su pluma era habitual en Astounding Science Fiction, Science Wonder Stories e incluso Scientific American, unas veces publicando ficción, otras breves artículos técnicos y divulgativos. En muchas ocasiones lo hacía bajo el seudónimo J. J. Coupling.

Pierce
A John Robinson Pierce (1910-2002) le debemos que el transistor se llame así y lideró el equipo que creó el primer satélite de comunicaciones experimental, Echo. Fuente: NASA

Pierce no había leído el artículo de Clarke cuando, el 14 de octubre de 1954, dio una conferencia en en Instituto de Radioingeniería de Princeton hablando de la posibilidad de poner en órbita satélites de comunicaciones. La conferencia se publicaría al año siguiente bajo el título de «Orbital radio relays» en el Journal of Jet Propulsion, la revista de la American Rocket Society, y, si bien Clarke iba muy bien encaminado, su idea todavía estaba muy adelantada a la época. Pierce la aterrizó y la planteó como algo no solo realista, sino posible. El primero hablaba de estaciones espaciales con tripulación, laboratorios, diversos tipos de habitáculos… el segundo, de satélites tal y como los entendemos hoy. Además, el ingeniero de los Bell Labs no se limitó a plantear el concepto, sino que realizó los cálculos para llevarlo a cabo de forma detallada… y vaya si lo hizo.

El Proyecto Echo, que empezó en 1960, fue el primer intento de crear un repetidor pasivo de señal en el espacio. En él colaboraron la NASA y los Laboratorios Bell, que contaron con Pierce como promotor y coordinador. No tenía una gran complejidad técnica, consistía simplemente en un enorme globo de plástico metalizado —de unos 30 metros de diámetro el primero que se envió y 40 metros el segundo— que actuaba como un espejo para las ondas de radio. No amplificaba ni procesaba ninguna señal, pero sirvió para demostrar que las comunicaciones vía satélite eran posibles y, en un giro inesperado de los acontecimientos, para que años después Arno Penzias y Robert Wilson descubrieran el fondo cósmico de microondas.

Pierce
Echo-1, el primer satélite de telecomunicaciones, de 30 m de diámetro. Podía observarse a simple vista. Fuente: NASA

Hagamos aquí un inciso —¡alerta crossover!— , y es que la famosa antena con forma de cuerno de los Laboratorios Bell que revolucionaría el curso de la cosmología, se construyó para el Proyecto Echo. Su diseño permitía detectar señales de microondas extremadamente débiles, justo como las que reflejaba el globo… o nuestro universo.

Holmdel horn antenna de los Laboratorios Bell. A día de hoy se considera Monumento Histórico Nacional de EE. UU. Fuente: NASA

Los satélites Echo no eran geoestacionarios, pero cumplieron su objetivo, y pronto llegó su sucesor, también de la mano de la NASA y los Laboratorios Bell: Telstar 1, un repetidor activo capaz de recibir, aplificar y retransmitir señales. Fue el primer satélite de comunicaciones comercial, se lanzó en julio de 1962, y permitió realizar las primeras retransmisiones televisivas entre Estados Unidos y Europa, además de llamadas telefónicas e incluso envío de datos. Fue un éxito, y hubiera funcionado durante más de los siete meses que lo hizo si a algún iluminado no se le hubiera ocurrido hacer una prueba nuclear a gran altitud que dejó un rastro de radiación alrededor de nuestro planeta y le acabó friendo la electrónica.

Réplica de la Estrella de la M… perdón, del Telstar 1, que se puede ver en el Museo de Ciencias de Londres. El original sigue en órbita en 2026, aunque está inservible.
Créditos: CC BY 4.0/Science Museum Group

Telstar 1, no obstante, tampoco era geoestacionario, para eso habría que esperar a 1964 y a Syncom 3 —Syncom 2 era geosincrónico, pero no geoestacionario—. Aun así, de nuevo, una idea que surgió en el ámbito de la ciencia ficción se fue materializando a medida que el desarrollo tecnológico lo fue permitiendo.

Arthur C. Clarke y John R. Pierce no tuvieron nunca problema en compartir el mérito por una misma idea, y así lo declararon en numerosas ocasiones. Fue una relación que le dio muchísimas alegrías a la ciencia ficción, ya que Pierce era una fuente de información tecnológica puntera de primera mano para Clarke —y otros autores de la época—. En este caso concreto, es fácil ver si fue antes el huevo o la gallina —la ciencia ficción o la ciencia—, pero otras no es tan sencillo, y eso es lo divertido.

 

Bibliografía

 

Clarke, A. C. (1999 [1945]). Extraterrestrial relays. En I. T. Macauley (Ed.), Greetings, carbon-based bipeds!: A vision of the 20th century as it happened (pp. 19-25). Voyager.

Noll, A. M. (2018, April 25). First-hand: Bell Labs and 2001: A space odyssey. Engineering and Technology History Wiki.

Penzias, A. A. (2005, junio). Arno Penzias: Biographical. NobelPrize.org.

Pierce, J. R. (1997). Looking back. The Bent of Tau Beta Pi, 88(2), 11–12.

Pierce, J. R. (1955). Orbital radio relays. Journal of Jet Propulsion, 25(4), 153–157. doi: 10.2514/8.6641

Whalen, D. J. (2010, November 30). Communications satellites: Making the global village possible. NASA.

Wright, P. (2002, April 9). John Pierce. The Guardian.

Sobre la autora: Gisela Baños es divulgadora de ciencia, tecnología y ciencia ficción.

El artículo Los satélites de Arthur C. Clarke y John R. Pierce se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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Un héroe geológico inesperado

La semana pasada nos dejó una de las voces más icónicas del rock, la grandísima Gaynor Hopkins, más conocida como Bonnie Tyler. Cuando pienso en ella, me viene a la memoria el curioso videoclip de “Holding Out for a Hero”, donde la dama rubia de voz rasgada aguantaba el tipo de pie junto a uno de los acantilados del Gran Cañón del Colorado. Ese icónico momento, para mí, se convertía en una pequeña clase de geología, porque este enorme tajo en el terreno recoge gran parte de la historia de Norteamérica, casi de manera continua.

Gran Cañón del Colorado
Panorámica del Parque Nacional y Patrimonio Mundial de la Humanidad del Gran Cañón del Colorado.Foto: Lennart Sikkema / Wikimedia Commons

El Gran Cañón es una enorme zanja de paredes casi verticales excavada por el río Colorado en una meseta de Arizona, en Estados Unidos. El corte tiene una anchura que oscila entre unos 150m y casi 30km y sigue el sinuoso curso del río Colorado por una longitud de más de 440km a lo largo de gran parte del estado de Arizona. Pero lo más espectacular de este cañón es la altura de sus paredes, que alcanzan los 1800 m en su zona más profunda, dejando a la vista miles de capas de rocas rojizas, con algunas de tonos grisáceos, apiladas unas encima de las otras.

 

Ahora vamos a armarnos de valor, como hizo Bonnie Tyler, y empecemos nuestro descenso desde la parte más alta del acantilado hasta el curso del río Colorado, revelando la historia geológica de este lugar. Pero haremos el viaje al revés de como os he acostumbrado en otras ocasiones, porque iremos desde los materiales más modernos hacia los más antiguos. Y, para hacerle también un pequeño homenaje al Tour de Francia, que se está disputando estos días, desarrollaremos nuestro camino en varias etapas, con descansos incluidos.

Gran Cañón del Colorado
Esquema geológico de un perfil vertical del Gran Cañón del Colorado, con los niveles en los que se han perdido materiales señalados en blanco y la Gran Discordancia marcada en rojo. Imagen modificada de Karlstrom, K., L. Crossey, A. Mathis, and C. Bowman. (2021) Telling time at Grand Canyon National Park: 2020 update. Natural Resource Report NPS/GRCA/NRR—2021/2246. National Park Service, Fort Collins, Colorado. doi: 10.36967/nrr-2285173.

La primera etapa de este viaje es la típica larga y rompe piernas, ya que comienza con unas rocas formadas hace unos 230 millones de años, durante el Periodo Triásico, y culmina con materiales depositados hace unos 310 millones de años, en el Periodo Carbonífero. En esos momentos, toda esta zona era un ambiente litoral, donde el nivel del mar subía y bajaba continuamente, por lo que se alternan materiales depositados en medio marino con rocas formadas en extensas playas. Y esto nos lo chivan los fósiles que aparecen en estas rocas, ya que en algunos niveles encontramos corales o gasterópodos marinos, mientras que en otros descubrimos restos de plantas y huellas de animales continentales.

Gran Cañón del Colorado
Detalle del aspecto de las rocas del Carbonífero presentes en el Gran Cañón del Colorado. Fuente: Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS)

Si seguimos bajando por el cañón, disputaremos la segunda etapa de nuestro viaje, mucho más tranquila y sosegada. Aquí nos encontramos con unas rocas formadas entre hace 310 y unos 395 millones de años, lo que corresponde a parte de los Periodos Carbonífero y Devónico. En estos materiales aparecen fósiles de organismos marinos, como peces y trilobites, que nos informan que en este momento se instauró en esta zona un mar poco profundo y de aguas tropicales.

 

Nos encontramos ahora con la primera jornada de descanso en este viaje en el tiempo, ya que han desaparecido más de 100 millones de años de depósito que no nos permiten conocer la historia completa de este lugar.

 

Continuando con el descenso, la tercera etapa nos llevará a descubrir unas rocas formadas hace entre 500 y 570 millones de años, lo que abarca el Periodo Cámbrico y el final de la Era Neoproterozoica, cuando otro mar poco profundo en el que vivían organismos como los trilobites cubría este lugar.

 

Aparece entonces la segunda jornada de descanso, pero esta es bastante más particular. No sólo porque hayan desaparecido más de 450 millones de años de historia de este lugar, sino también por lo que nos encontramos debajo. Y es que, en la cuarta etapa de nuestro viaje, a la que podemos llamar “etapa reina”, aparecen unas rocas formadas hace unos 1000 millones de años, a finales de la Era Mesoproterozoica, en un ambiente litoral colonizado por bacterias fotosintéticas que formaban unas estructuras rocosas llamadas estromatolitos. Pero lo realmente llamativo de estos materiales es que las capas de rocas están inclinadas y chocan directamente contra las capas horizontales más modernas que tienen por encima.

 

A esta estructura geológica donde las capas de rocas inferiores están inclinadas y las que se sitúan por encima están horizontales, por lo que su contacto forma un ángulo, y, además, han desaparecido varios millones de años de depósito en el límite entre ambos bloques de materiales se la denomina discordancia angular. Y la que aparece en el Cañón del Colorado es tan llamativa e importante que se la conoce como la Gran Discordancia.

Gran Cañón del Colorado
Imagen de la Gran Discordancia angular del Gran Cañón del Colorado, donde se señala la orientación inclinada de las capas de rocas inferiores y su contacto con las capas horizontales más modernas de la parte superior. Foto: Doug Dolde / Wikimedia Commons

Tras una nueva jornada de descanso en la que nos faltan unos 700 millones de años de esta historia, alcanzamos la última etapa de nuestro viaje. En la base del Gran Cañón encontramos unas rocas metamórficas (esquistos) e ígneas (granitos) formadas hace entre 1700 y 2000 millones de años, durante la Era Paleoproterozoica. Esto quiere decir que, en ese descenso de unos 90km a lo largo de los acantilados de Gran Cañón, hemos sido testigos de casi 1800 millones de años de la historia de Norteamérica, aunque nos falten algunas páginas de este fabuloso libro de Geología.

 

Pero esta aventura no termina aquí, ya que nos falta conocer cómo y cuándo se generó este enorme cañón. Como siempre, el pistoletazo de salida es culpa de la tectónica, ya que, hace unos 60 millones de años, un choque de placas produjo el ascenso de toda esta zona, que se convirtió en una planicie elevada. El escenario perfecto para que el río Colorado, con paciencia y tesón, lleve 6 millones de años excavando las rocas y arrastrando toneladas de materiales en su camino hacia su desembocadura en el Golfo de California.

 

Sin duda, cuando Bonnie clamaba por un héroe salvador junto al Gran Cañón del Colorado, la escena era realmente épica. Pero no creo que la maravillosa cantante supiese que la verdadera epopeya se encontraba a su espalda. Ahora, ella también formará parte de la historia de ese emblemático lugar por los próximos millones de años.

Sobre la autora: Blanca María Martínez es doctora en geología, investigadora de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y colaboradora externa del departamento de Geología de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la UPV/EHU

El artículo Un héroe geológico inesperado se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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