Solo los conocíamos por pequeños huesos: una cueva china revela por fin cómo era el brazo de los denisovanos, nuestro pariente más esquivo




Partiendo de las asociaciones que se repiten en las pinturas rupestres, el investigador Iñaki Intxaurbe ha identificado los patrones estructurales y jerárquicos que siguen el arte figurativo prehistórico. Bisontes y cabras suelen aparecer orientados hacia la izquierda, mientras que los caballos se representaban mirando hacia la derecha; el resto de animales se distribuye a su alrededor. Aunque se desconocen las razones concretas, el estudio demuestra que las imágenes responden a una organización interna determinada.

El doctor Iñaki Intxaurbe desarrolla su labor investigadora en el Departamento de Expresión Gráfica y Proyectos de Ingeniería de la Universidad del País Vasco (EHU): «Trabajo con arte rupestre, concretamente con las imágenes que se dibujaban en las paredes de las cuevas. Hago copias digitales de esas figuras para luego realizar simulaciones y análisis estadísticos», explica. En concreto, ha analizado 500 motivos gráficos de nueve cuevas del entorno del Golfo de Vizcaya, realizados entre hace 16 000 y 14 000 años aproximadamente. «Quería comprobar si esas imágenes se trazaron al azar o si seguían algún tipo de patrón», añade.
La expresión gráfica puede definirse como la representación visual de ideas, conceptos o información. Si la actividad gráfica paleolítica contiene indicios de pensamiento colectivo o simbolismo, puede entenderse como un sistema estructurado de comunicación. «Dado que el arte rupestre constituye una expresión visual y gráfica, parecía razonable pensar que pudiera existir algún tipo de orden sintáctico tras él. La sintaxis determina la organización de palabras y frases, y su estudio permite comprender las estructuras utilizadas en una lengua», señala. Para llevar a cabo esta investigación, el autor ha empleado métodos estadísticos y análisis de redes sobre el conjunto de las imágenes, con el objetivo de describir los patrones de relación existentes entre sus distintos elementos.

Los resultados muestran que el arte rupestre fue concebido de manera ordenada y no aleatoria. En términos generales, los bisontes, caballos y cabras ocupan posiciones centrales, mientras que las representaciones de otros animales desempeñan funciones secundarias pero significativas en torno a ellos. «Los bisontes suelen aparecer orientados hacia la izquierda y los caballos hacia la derecha. Salvo en algunos casos aislados, ocurre justamente lo contrario: los caballos aparecen mirando a la izquierda y el resto de animales a la derecha. Esto demuestra que el sistema no es aleatorio y que detrás de estas imágenes existe una idea general, un elemento relevante dentro de su simbología», subraya Intxaurbe. La investigación pone de manifiesto la existencia de un patrón estructural asociado a estos tres animales principales: «Los análisis estadísticos sugieren que todas las representaciones de las cuevas se organizaban en función de la presencia y orientación de estos animales, dentro de unos niveles de significación».
El estudio no ofrece explicaciones sobre las motivaciones de estas prácticas. Lo que sí demuestra es que detrás de los dibujos existe una estructura organizada, aunque todavía no sea posible determinar qué mensaje pretendían transmitir. Además, la investigación confirma algunas hipótesis formuladas ya en la década de 1950: «Por entonces se planteaba que el arte rupestre no era fortuito. Se sabía que la mayoría de los animales aparecían orientados hacia la izquierda. Algunos autores sugirieron que esto se debía a que los artistas eran mayoritariamente diestros y por ello dibujaban los animales mirando hacia ese lado. Sin embargo, nuestro trabajo demuestra que el caballo es uno de los animales más representados y que, estadísticamente, su orientación predominante es precisamente la contraria: hacia la derecha», explica el investigador de la EHU.
Según el investigador, «las pinturas rupestres no se hacían con fines de ocio. Sabemos que eran importantes para aquellas comunidades, ya que los dibujos solo se realizaban en determinadas cuevas, no en todas. Se seleccionaban cavidades concretas para ello. Ahora sabemos que el arte rupestre del final del Paleolítico poseía una estructura sintáctica y que detrás existe una idea o un código gráfico que nosotros no comprendemos, pero que para ellos era fundamental».
Para llevar a cabo esta investigación, Intxaurbe ha combinado distintas metodologías: «He utilizado análisis estadísticos multivariantes y análisis basados en redes, y los resultados son muy prometedores para realizar análisis comparativos de sistemas gráficos paleolíticos». El investigador ofrece una herramienta útil para estudiar la organización interna de sistemas simbólicos. De hecho, ha publicado tanto la metodología como la base de datos en código abierto para facilitar su utilización a otros especialistas: «En el futuro podrán aplicarse también a cuevas estudiadas por otros equipos. De este modo podremos ir ampliando la base de datos y comparar los resultados con cuevas de Francia, de la península ibérica o de cualquier otra parte del mundo».
La metodología también puede resultar útil para el estudio de inscripciones históricas, la paleografía o la lingüística histórica, ya que se basa en el análisis de coocurrencias y estructuras combinatorias. «Por ejemplo, podría aplicarse a las inscripciones íberas o al vascónico para estudiar cómo se organizan secuencias que hoy todavía no comprendemos y comprobar si siguen algún tipo de estructura en red. Esto podría contribuir a determinar la sintaxis de otras lenguas aún no descifradas», concluye Intxaurbe.
Referencias:
Iñaki Intxaurbe (2026) Mapping the Symbolic Structure of Palaeolithic Rock Art Using Co-occurrence Network Analysis Journal of Archaeological Method and Theory doi: 10.1007/s10816-026-09796-y
Edición realizada por César Tomé López a partir de materiales suministrados por UPV/EHU Komunikazioa
El artículo El patrón de los animales en las pinturas rupestres se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

En la actualidad, la humanidad habla o signa alrededor de 7 500 lenguas. Sin embargo, esta cifra representa únicamente una instantánea dentro de una trayectoria en constante transformación. ¿Cuántas lenguas existían antes de la aparición de los testimonios escritos? ¿Contribuyó la agricultura a reducir la diversidad lingüística al permitir que las poblaciones agrícolas en expansión desplazaran a grupos más reducidos de cazadores-recolectores? ¿O fue el crecimiento demográfico inicial el que propició la emergencia de un mayor número de lenguas?
Un equipo de investigación ha reconstruido las trayectorias plausibles de la diversidad lingüística global durante los últimos 12 000 años. El estudio plantea que la diversidad lingüística aumentó durante la mayor parte del Holoceno, alcanzó un pico extraordinario hace entre 1 000 y 3 000 años aproximadamente, y sufrió un acelerado declive a partir de ese momento.
Ante la ausencia casi total de pruebas directas sobre el número de lenguas con anterioridad a la invención de la escritura —hace unos 6 000 años— y la naturaleza fragmentaria de los datos hasta fechas muy recientes, el equipo combinó información etnográfica, estimaciones sobre el tamaño de las poblaciones prehistóricas y modelos estadísticos y sociocomputacionales.

El punto de partida fueron los datos etnográficos de 171 sociedades cazadoras-recolectoras y pescadoras cuya subsistencia tradicional y patrones de movilidad no se habían visto alterados sustancialmente por el contacto con poblaciones agropastoriles. Estos datos permitieron estimar la distribución probable del tamaño de los grupos etnolingüísticos a comienzos del Holoceno.
A continuación, los investigadores integraron estas estimaciones con reconstrucciones demográficas que sitúan la población mundial de hace 12 000 años entre los 4,4 y los 7 millones de habitantes. Si se asume que, en ese período, los grupos etnolingüísticos se correspondían por lo general con lenguas diferenciadas, los modelos arrojaron para el Holoceno temprano una estimación central de entre 4 500 y 6 200 lenguas, si bien los márgenes plausibles más amplios oscilan entre las 3 300 y las 7 800.
Uno de los hallazgos más sorprendentes revela que el mundo inmediatamente anterior a la aparición de la agricultura no destacaba por una riqueza lingüística excepcional, y es muy probable que existieran menos lenguas que en la actualidad. A partir de ese momento, la diversidad lingüística se incrementó de forma paralela al crecimiento demográfico a lo largo de varios milenios.
La agricultura, las innovaciones tecnológicas y una producción alimentaria más estable permitieron una expansión demográfica sin precedentes. Al mismo tiempo, las sociedades ganaron en dimensión, lo que significó que un número progresivamente mayor de personas pasara a compartir una misma lengua.
Para articular estos procesos contrapuestos, el equipo modelizó miles de posibles trayectorias evolutivas que conectaban las estimaciones del Holoceno temprano con la era contemporánea. Los modelos contemplaban que el promedio de hablantes por lengua aumentara con el tiempo, al tiempo que incorporaban reconstrucciones independientes del crecimiento de la población mundial.
Aunque la trayectoria exacta sigue albergando cierta incertidumbre, los modelos mostraron de forma consistente un patrón general muy marcado: la diversidad de lenguas aumentó durante la mayor parte del Holoceno hasta alcanzar su punto máximo, por lo general, hace entre 1 000 y 3 000 años. Muchas de las trayectorias apuntan a que la cifra de lenguas multiplicó por diez los valores del Holoceno temprano, situando ese pico en el orden de las decenas de miles.
El resultado más imprevisto radica precisamente en lo reciente que resulta este máximo histórico. La época de mayor diversidad lingüística de la humanidad no habría tenido lugar en el remoto Paleolítico, sino durante la fase de expansión de los primeros Estados e imperios. Los autores califican esta etapa como una «edad de oro» lingüística, un fenómeno que apenas se había debatido con anterioridad debido a que la gran mayoría de los registros históricos conservados fueron elaborados por las propias sociedades expansionistas cuyas lenguas terminaron por volverse dominantes.
A esa edad de oro lingüística le sucedió un vertiginoso declive, acentuado en particular durante los últimos dos milenios. Por lo tanto, estos resultados cuestionan la idea de que la crisis actual de sustitución y desaparición de lenguas se iniciara únicamente con la expansión colonial europea hace unos 500 años.
Si bien no cabe duda de que el colonialismo europeo intensificó la sustitución lingüística a una escala masiva, los nuevos modelos sugieren que este proceso hunde sus raíces en la expansión de Estados e imperios multinacionales más antiguos. Dichas expansiones pusieron en contacto continuado a poblaciones antes aisladas y propagaron las lenguas dominantes a la par que sus instituciones políticas, tecnologías, prácticas culturales y agentes patógenos.
Aunque el modelo no precisa qué imperios, regiones o acontecimientos históricos concretos desencadenaron el declive a escala global, sí evidencia que con anterioridad a la época contemporánea tuvo que producirse una drástica contracción en el número de lenguas.
Esta pérdida implica que el conjunto de lenguas habladas en el presente no constituye una muestra representativa de las que existieron en el pasado. Las lenguas vinculadas a poblaciones en expansión tuvieron una probabilidad desproporcionadamente mayor de sobrevivir, mientras que las de los grupos absorbidos, desplazados o en declive acabaron por extinguirse.
Este tamiz histórico podría haber alterado asimismo la frecuencia global de determinadas estructuras gramaticales, inventarios fonológicos y otros rasgos lingüísticos. A menudo, la investigación lingüística explica la presencia recurrente de ciertos rasgos aduciendo que resultan más fáciles de aprender, más eficientes en la comunicación o mejor adaptados a la cognición humana. Sin embargo, el presente estudio pone de manifiesto que las dinámicas de expansión demográfica y extinción son factores que deben tenerse en cuenta.
Las lenguas que han llegado hasta hoy son las supervivientes de un tamiz histórico masivo y fuertemente selectivo. De este modo, un rasgo lingüístico puede ser común hoy no por ser intrínsecamente superior, sino porque dio la casualidad de que lo portaban poblaciones que se expandieron demográficamente, lo que sugiere que los procesos de extinción han modelado la diversidad lingüística de forma mucho más profunda de lo que se estimaba hasta ahora.
Dado que la transmisión de las lenguas suele ser connatural a la de las prácticas religiosas, los sistemas de parentesco, las instituciones sociales y otras formas de acervo cultural, los autores sostienen que este cuello de botella rebasó el plano estrictamente lingüístico, provocando que numerosas tradiciones culturales desaparecieran sin dejar pruebas históricas directas.
Los investigadores enfatizan que el estudio ofrece una reconstrucción global de trazo grueso y no un cómputo directo de las lenguas de la prehistoria. Las estimaciones dependen de premisas sobre el tamaño de los grupos etnolingüísticos primigenios y sobre la relación a largo plazo entre la demografía y el número de lenguas. Las historias regionales diferirán sin duda de este patrón general, y el modelo no puede reconstruir de forma individualizada los colapsos a corto plazo provocados por conflictos bélicos, epidemias o alteraciones medioambientales.
No obstante, la tendencia central se mantiene constante bajo una amplia variedad de condiciones de modelización y premisas alternativas. Los resultados indican que la historia de la diversidad lingüística no consistió en un declive lineal e ininterrumpido desde un Paleolítico altamente diverso, sino que aumentó a la par que la población humana, alcanzó un cénit extraordinario aunque efímero, y sufrió posteriormente una severa contracción a escala planetaria.
Referencias:
Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance
El artículo Auge y caída de la diversidad lingüística se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.


Huesos y dientes hallados en una cueva de Casablanca, con una antigüedad cercana a 773 000 años, aportan nuevas pruebas sobre el origen africano del linaje humano y revelan una diversidad regional más temprana de lo que se pensaba.
En una cantera del suroeste de Casablanca, Marruecos, un conjunto de restos humanos excepcionalmente antiguos vuelve a situar a África en el centro del relato sobre nuestros orígenes. Los fósiles, recuperados en la llamada Grotte à Hominidés, corresponden a individuos que vivieron hace alrededor de 773 000 años, en un momento clave de la evolución humana, cuando las principales líneas que darían lugar a nuestra especie y a otros grupos humanos comenzaban a diferenciarse.
El hallazgo no es reciente, pero sí lo es la certeza sobre su antigüedad y su significado. Tras décadas de excavaciones sistemáticas y análisis geológicos detallados, el yacimiento marroquí se ha convertido en una referencia para comprender cómo y dónde se configuraron las poblaciones humanas arcaicas que acabarían conduciendo a Homo sapiens. Los resultados han sido publicados en la revista Nature y difundidos por el servicio científico EurekAlert, consolidando su impacto en la comunidad internacional.
La Grotte à Hominidés se encuentra incrustada en una antigua cantera, un entorno poco habitual para uno de los yacimientos paleoantropológicos más importantes del norte de África. El primer indicio de su relevancia apareció en 1969, cuando un coleccionista aficionado encontró parte de una mandíbula humana. Durante años, aquel fósil permaneció como una pieza aislada, sin un contexto claro que permitiera evaluar su edad y su lugar en la evolución humana.
No fue hasta 1994 cuando un equipo de investigadores inició excavaciones sistemáticas en la cueva. Desde entonces, los trabajos han sacado a la luz dos mandíbulas parciales, varios dientes, ocho vértebras y un fragmento de fémur. Este conjunto, poco habitual por su variedad anatómica y su estado de conservación, permitió por primera vez estudiar a estos individuos como parte de una población y no como restos aislados.
La acumulación de hallazgos también permitió analizar con precisión las capas de sedimentos en las que se encontraban los fósiles. Esa información geológica resultó decisiva para situar cronológicamente los restos y para descartar que hubieran sido desplazados desde niveles más antiguos o más recientes, una duda habitual en yacimientos descubiertos hace décadas.
Determinar la edad exacta de fósiles tan antiguos es uno de los mayores desafíos de la paleoantropología. En este caso, los investigadores recurrieron al paleomagnetismo, una técnica que analiza la orientación del campo magnético terrestre registrada en las rocas. A lo largo de la historia del planeta, los polos magnéticos se han invertido en múltiples ocasiones, dejando una huella detectable en los sedimentos.
Las capas que rodeaban los restos humanos de Casablanca registran una inversión magnética conocida, ocurrida hace aproximadamente 773 000 años. Los fósiles se depositaron justo en torno a ese cambio, lo que permite asignarles una edad muy precisa. Esta coincidencia convierte al yacimiento en uno de los pocos del norte de África con restos humanos tan antiguos y con una datación tan sólida.
Gracias a este contexto, los científicos pueden afirmar no solo que los fósiles son antiguos, sino que realmente pertenecen a ese periodo concreto. Esa seguridad cronológica refuerza su valor para reconstruir la historia temprana del linaje humano y para compararlos con otros restos hallados en Europa y Asia.
El análisis anatómico de las mandíbulas, los dientes y las vértebras revela una combinación sorprendente de características. Por un lado, algunos rasgos recuerdan a los de homínidos más antiguos, con mandíbulas robustas y proporciones consideradas primitivas. Por otro, aparecen detalles que anticipan características observadas más tarde tanto en Homo sapiens como en los neandertales.
Una de las mandíbulas, de menor tamaño, probablemente perteneció a un adulto de constitución ligera. Justo debajo se encontraron ocho vértebras que, por su posición y tamaño, podrían corresponder al mismo individuo. La otra mandíbula es más grande y robusta, con rasgos que muestran afinidades parciales con poblaciones humanas posteriores de Europa.
Esta diversidad dentro de un mismo yacimiento sugiere que las poblaciones humanas de hace 773 000 años no eran homogéneas. Al contrario, presentaban una variabilidad anatómica notable, reflejo de procesos evolutivos complejos que se desarrollaban de forma paralela en distintas regiones.
Durante años, algunos investigadores plantearon que grupos humanos antiguos de Europa, como Homo antecessor en la península ibérica, podrían representar un ancestro común tanto de los neandertales como de los humanos modernos. Los fósiles marroquíes, de edad similar a los españoles, obligan a matizar esa idea.
Aunque coetáneos, los restos de Casablanca muestran diferencias claras respecto a los europeos. Los fósiles de España parecen alinearse más directamente con la línea que conduciría a los neandertales, mientras que los del norte de África apuntan hacia un linaje más cercano al que desembocaría en Homo sapiens. Esta divergencia indica que ya existían diferencias regionales marcadas mucho antes de lo que se suponía.
Lejos de una evolución lineal y uniforme, el registro fósil sugiere un mosaico de poblaciones humanas arcaicas, adaptadas a distintos entornos y siguiendo trayectorias evolutivas parcialmente independientes. Esa “diversidad temprana” es clave para entender cómo surgió nuestra especie.
Un aspecto llamativo del yacimiento es que la cueva no fue, al parecer, un refugio habitual para los humanos. La abundancia de coprolitos, restos fosilizados de excrementos, y las marcas de mordeduras en muchos huesos indican que el lugar fue utilizado principalmente por grandes carnívoros, probablemente hienas.
Los huesos humanos muestran señales de haber sido roídos, pero carecen de marcas de corte producidas por herramientas de piedra. Esto sugiere que los individuos no murieron ni fueron procesados allí por otros humanos, sino que sus cuerpos pudieron ser transportados a la cueva como presas o carroña por los depredadores.
Este contexto aporta información valiosa sobre la relación entre los humanos tempranos y los grandes carnívoros del Pleistoceno. También recuerda que la supervivencia de aquellos grupos se desarrollaba en un entorno peligroso, donde los humanos no siempre ocupaban la cima de la cadena alimentaria.
La gran pregunta que atraviesa la paleoantropología es dónde y cómo surgió Homo sapiens. Los estudios genéticos indican que la separación entre la línea que conduciría a los humanos modernos y la que daría lugar a neandertales y denisovanos ocurrió entre hace 765 000 y 550 000 años. Sin embargo, los fósiles que representen a esos ancestros tempranos han sido escasos y fragmentarios.
Los restos de Casablanca encajan temporalmente con ese periodo crítico. Sus características anatómicas, combinadas con su ubicación africana, refuerzan la hipótesis de que los antepasados directos de nuestra especie evolucionaron en África, y no en Europa o Asia, como se planteó en algunos momentos del debate científico.
La región del Magreb emerge así como un área de especial relevancia. Ya en 2017, los hallazgos de Jebel Irhoud, también en Marruecos, revelaron restos de Homo sapiens de unos 300 000 años de antigüedad, los más antiguos conocidos hasta ahora. Los nuevos fósiles amplían esa historia hacia atrás, mostrando que el norte de África albergaba poblaciones humanas clave mucho antes.
Cada nuevo yacimiento añade piezas a un rompecabezas que sigue incompleto. Los fósiles de la Grotte à Hominidés no ofrecen una respuesta definitiva, pero sí delimitan mejor el escenario en el que se desarrolló la evolución humana temprana. Muestran que África no solo fue un punto de partida, sino un continente con una rica diversidad de poblaciones humanas arcaicas.
Al situar estos restos en una cronología precisa y compararlos con hallazgos europeos y asiáticos, los investigadores pueden reconstruir con mayor detalle las ramificaciones del árbol evolutivo humano. Lejos de un origen simple, la historia que emerge es la de múltiples poblaciones interactuando, divergiendo y, en ocasiones, desapareciendo.
En ese contexto, Marruecos y el norte de África se consolidan como regiones esenciales para comprender quiénes somos y de dónde venimos. Los huesos y dientes de Casablanca, silenciosos durante cientos de miles de años, se han convertido ahora en testigos clave de un pasado en el que África ya albergaba las raíces profundas de la humanidad.
Un amplio estudio genómico revela que la presencia de cerdos en islas remotas del sudeste asiático y el Pacífico no es fruto del azar, sino el resultado de migraciones humanas repetidas a lo largo de decenas de milenios, con consecuencias ecológicas y culturales que aún persisten.
Durante siglos, la distribución de los animales en el planeta ha servido para trazar fronteras invisibles entre regiones biológicas. Una de las más influyentes fue propuesta en el siglo XIX por el naturalista Alfred Russell Wallace, quien observó una clara separación entre las faunas de Asia y Australia. Esa línea, conocida hoy como la Línea de Wallace, marcaba un límite casi infranqueable para la mayoría de los grandes mamíferos terrestres. Sin embargo, había una excepción llamativa: los cerdos.
Estos animales aparecen a ambos lados de la Línea de Wallace y, además, en islas tan distantes como Vanuatu o regiones apartadas de la Polinesia. La pregunta de cómo llegaron hasta allí ha intrigado durante décadas a biólogos, arqueólogos y antropólogos. Ahora, un estudio publicado en la revista Science ofrece la reconstrucción más detallada hasta la fecha de ese proceso, apoyándose en el análisis genómico de cientos de animales actuales y restos arqueológicos.
El trabajo, difundido también a través de una nota científica en EurekAlert!, muestra que los cerdos no cruzaron mares y estrechos por sus propios medios. Fueron los seres humanos quienes los transportaron deliberadamente en distintas oleadas migratorias, desde épocas muy tempranas hasta la expansión de las primeras sociedades agrícolas por el Pacífico.
La Línea de Wallace separa dos mundos evolutivos distintos. Al oeste predominan especies típicamente asiáticas, mientras que al este se imponen formas de vida emparentadas con Australia. Esta división se explica por la historia geológica de la región y por profundos canales marinos que, incluso durante las glaciaciones, nunca llegaron a secarse por completo.
En ese contexto, la presencia de cerdos en islas situadas muy al este de la línea resultaba desconcertante. No se trata de animales capaces de nadar largas distancias ni de sobrevivir a travesías oceánicas accidentales. Su distribución sugería una intervención humana sistemática, pero faltaban pruebas genéticas sólidas que permitieran reconstruir cuándo y desde dónde se produjo esa expansión.
El nuevo estudio aborda ese vacío mediante un enfoque exhaustivo. Los investigadores analizaron el ADN de más de 700 cerdos, combinando muestras de animales vivos con restos hallados en yacimientos arqueológicos. Esta base de datos genética permitió rastrear linajes, detectar cruces entre poblaciones y reconstruir rutas de dispersión con una resolución inédita.
Los resultados confirman que la historia de los cerdos en estas islas es, en realidad, una historia de viajes humanos, contactos culturales y adaptaciones ecológicas que se extienden a lo largo de decenas de miles de años.
El análisis genómico reveló que no hubo un único episodio de traslado, sino múltiples movimientos en distintas épocas. Cada uno dejó una huella genética reconocible en las poblaciones actuales. Según el equipo, este patrón solo puede explicarse si los cerdos acompañaron a diferentes grupos humanos en sucesivas migraciones.
Una de las señales más antiguas apunta a Sulawesi, en la actual Indonesia. En esta isla existen evidencias de presencia humana de hace al menos 50 000 años, así como algunas de las representaciones artísticas más antiguas conocidas, entre ellas pinturas rupestres de cerdos. Los datos genéticos sugieren que poblaciones humanas muy tempranas pudieron haber trasladado cerdos salvajes o jabalíes verrugosos desde Sulawesi hacia otras islas cercanas.
La hipótesis planteada por los investigadores es que estos animales no eran necesariamente domesticados. Podrían haber sido introducidos deliberadamente como una forma de asegurar futuras presas de caza. En islas a las que se planeaba regresar, dejar animales capaces de reproducirse era una estrategia eficaz para garantizar recursos alimentarios a largo plazo.
Este tipo de manejo temprano de la fauna muestra un grado de planificación y conocimiento ecológico notable en sociedades humanas muy antiguas, mucho antes del desarrollo formal de la agricultura.
Aunque hubo movimientos tempranos, el estudio identifica un punto de inflexión claro hace unos 4000 años. En ese periodo, comunidades agrícolas comenzaron a expandirse rápidamente por el sudeste asiático insular y el Pacífico occidental. A diferencia de los grupos anteriores, estos pueblos ya practicaban una forma estable de ganadería y agricultura, y transportaban animales domésticos de manera sistemática.
Los datos genéticos indican que esta oleada se originó en Taiwán. Desde allí, las comunidades se desplazaron hacia el sur, pasando por Filipinas y el norte de Indonesia, antes de alcanzar Papúa Nueva Guinea. En cada etapa del viaje, los cerdos viajaron con ellos, estableciendo nuevas poblaciones en las islas visitadas.
Desde Papúa Nueva Guinea, la expansión continuó hacia islas más remotas, como Vanuatu, y posteriormente hacia regiones aún más aisladas del Pacífico. Algunos de esos cerdos acabaron llegando a zonas de la Polinesia que se encuentran entre las más alejadas de cualquier continente.
Una vez introducidos, muchos animales escaparon o fueron liberados, adaptándose a la vida salvaje. Con el tiempo, estas poblaciones ferales desarrollaron rasgos propios y comenzaron a interactuar de forma compleja con los ecosistemas locales.
Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es la evidencia de cruces entre distintas poblaciones de cerdos introducidas en momentos diferentes. En algunos archipiélagos, los animales transportados por agricultores se mezclaron con poblaciones más antiguas de jabalíes verrugosos llevados por grupos humanos previos.
Un ejemplo destacado se encuentra en las islas Komodo. Allí, el análisis genético muestra que los cerdos ferales actuales descienden de una mezcla entre cerdos domésticos y jabalíes procedentes de Sulawesi. Este mestizaje dio lugar a animales adaptados al entorno local, con un papel ecológico específico.
En el caso de Komodo, esos cerdos híbridos se han convertido en una fuente de alimento clave para los dragones de Komodo, una especie amenazada y emblemática. De este modo, una introducción humana realizada siglos atrás ha acabado influyendo directamente en la supervivencia de uno de los grandes depredadores actuales.
El estudio subraya que estos procesos no pueden entenderse como simples “errores” humanos del pasado. En muchos casos, las especies introducidas llevan tanto tiempo integradas que forman parte esencial del funcionamiento de los ecosistemas modernos.
Más allá de la historia de un animal concreto, los investigadores destacan el valor del estudio como herramienta para comprender los desplazamientos humanos antiguos. El profesor Laurent Frantz, uno de los autores, señala que “es extraordinario que, a partir del ADN antiguo de los cerdos, podamos reconstruir por dónde viajaron las personas y cómo conectaron islas separadas por enormes distancias”.
Según Frantz, los animales domésticos y semidomésticos actúan como marcadores biológicos de las migraciones humanas. A diferencia de otros restos arqueológicos, el ADN conserva información detallada sobre mezclas, aislamientos y contactos repetidos entre poblaciones.
El trabajo publicado en Science demuestra que, en regiones donde las evidencias humanas directas son escasas o fragmentarias, el estudio genético de los animales asociados puede ofrecer una ventana complementaria al pasado.
Los resultados también plantean preguntas complejas para la conservación actual. Frantz advierte que “si una especie fue introducida por humanos hace decenas de miles de años y hoy está completamente integrada en el ecosistema, ¿debemos seguir considerándola no nativa?”. Esta cuestión no es solo teórica: tiene implicaciones directas para las políticas de gestión de la fauna.
En muchas islas del Pacífico, los cerdos desempeñan papeles muy distintos según el contexto. En algunos lugares son animales con un profundo significado cultural y espiritual, ligados a rituales y tradiciones ancestrales. En otros, son vistos como una plaga que degrada suelos, destruye vegetación y amenaza especies endémicas.
El estudio sugiere que las respuestas simples no son suficientes. La historia ecológica de cada isla es el resultado de miles de años de interacción entre humanos, animales y paisajes. Ignorar esa complejidad puede conducir a decisiones de conservación que, aunque bien intencionadas, tengan efectos imprevistos.
Al reconstruir la expansión de los cerdos por el sudeste asiático y el Pacífico, la investigación muestra hasta qué punto las acciones humanas del pasado remoto siguen moldeando el mundo actual. Los movimientos de pequeñas comunidades prehistóricas dejaron huellas que hoy se manifiestan en la genética de los animales, en las cadenas tróficas y en las culturas locales.
Los autores insisten en que comprender esta historia es clave para diseñar estrategias de conservación más realistas. No se trata solo de decidir qué especies “pertenecen” a un lugar, sino de entender cómo se formaron los ecosistemas y qué equilibrios se han establecido a lo largo del tiempo.
Así, los cerdos, animales cotidianos en muchas islas, se convierten en testigos silenciosos de una de las grandes historias de la humanidad: la capacidad de viajar, adaptarse y transformar el entorno mucho antes de la era moderna.