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Sopa de letras con efemérides de agosto

Hoy te proponemos una sopa de letras en la que aparecen escondidos los apellidos de diez científicas que han nacido en el mes de agosto. De todas ellas hemos hablado en el blog (¡busca sus nombres usando las pistas!). Los apellidos pueden estar escritos en horizontal, en vertical o en diagonal (en cualquier dirección y sentido).

Generado desde puzzel.

Para facilitar la tarea, vamos a darte una pista sobre cada una de estas científicas, y mostrarte una imagen de cada una de ellas, aunque no están dispuestas necesariamente en el mismo orden.

Sobre las científicas

  1. Esta astrogeóloga eligió en 1969 el lugar en el que debía alunizar el Apolo 11.
  2. El trabajo de esta viróloga fue clave en la cadena de investigación hacia una vacuna contra la poliomielitis, que finalizó en 1955 con la aprobación de la vacuna de Jonas Salk.
  3. Fue una de las personas que lideró el esfuerzo criptoanalítico contra el contrabando internacional y el narcotráfico por radio y mensajes codificados.
  4. Esta matemática es conocida por su gran precisión en la navegación astronómica. Calculó la trayectoria para el Proyecto Mercury (1961) y para el vuelo del Apolo 11 (1969).
  5.  La investigación de esta ictióloga se centró en el análisis del impacto de contaminantes sobre la vida marina y el agua potable a través del análisis de huevos de peces fertilizados.
  6. Fue una pionera en el estudio de la arquitectura de ordenadores en Francia.
  7. Esta arqueóloga jugó un papel clave en la comprensión de los jeroglíficos hititas al descubrir una tableta con alfabeto fenicio.
  8.  Esta bioquímica fue la persona encargada de coordinar la comisión creada por el Gobierno Español para la resolución del problema del síndrome del aceite tóxico (1981).
  9.  Esta astrónoma fue una pionera en espectroscopia, publicando el «Atlas of Representative Stellar Spectra» (1899).
  10.  El trabajo de esta patóloga incluyó estudios sobre infecciones por virus y la vacunación preventiva contra la fiebre tifoidea en los soldados.
Las diez científicas (imágenes extraídas del blog).

Por si no has identificado a alguna de ellas, en este enlace puedes ver la solución.

Sobre la autora

Marta Macho Stadler es doctora en matemáticas, profesora del Departamento de Matemáticas de la EHU y colaboradora en Cátedra de Cultura Científica de la EHU.

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De parteras a profesoras de partos

Título: De parteras a profesoras de partos. Abecedario de las primeras alumnas de la Facultad de Medicina de Granada
Autora: Enriqueta Barranco Castillo
Editorial: Universidad de Granada
Páginas: 276
Fecha de publicación: 2025
ISBN: 978-84-338-7530-3

Información editorial

En esta obra se detalla la evolución de la profesión de parteras a matronas y profesoras en partos en Granada durante el siglo XIX. Se enfoca en la formación académica de las primeras mujeres que asistieron a la Facultad de Medicina de Granada, destacando sus desafíos y logros. La profesión de partera se transformó significativamente en el siglo XIX, pasando de ser una práctica empírica a una formación académica formal en la Facultad de Medicina de Granada. Las primeras mujeres que asistieron a la Facultad de Medicina de Granada enfrentaron numerosos desafíos, incluyendo la necesidad de contar con la autorización marital y superar prejuicios sociales. La formación académica fue crucial para profesionalizar la práctica de las matronas, permitiéndoles adquirir conocimientos teóricos y prácticos necesarios para asistir partos de manera segura. Las matronas enfrentaron desafíos administrativos y legislativos, como la necesidad de legalizar su documentación y pagar tasas elevadas para obtener sus títulos. Algunos médicos y cirujanos jugaron un papel importante en la formación de las matronas, apoyando su educación y contribuyendo a mejorar la salud materno-infantil. La universidad libre de Córdoba tuvo un impacto temporal en la formación de matronas, permitiendo a algunas mujeres obtener su título antes de su cierre en 1874. La legislación sobre la enseñanza de matronas evolucionó, estableciendo requisitos como la necesidad de tener más de 20 años, estar casadas o viudas, y contar con la licencia de sus maridos. En la obra se describe un abecedario detallado de las primeras alumnas de la Facultad de Medicina de Granada, con información sobre sus vidas y carreras. La investigación se basó en el archivo de la universidad de Granada, la diputación provincial y el archivo general de la administración. Se resalta la importancia de reconocer el esfuerzo y la dedicación de las matronas, quienes contribuyeron significativamente a la seguridad de las mujeres en el momento de alumbrar a sus hijas e hijos.

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El ‘pensamiento crítico’ está de moda: ¿qué significa realmente y cómo se enseña?

 

Sara Kells, IE University

MalikNalik/Shutterstock.

En cualquier debate o reflexión acerca del impacto de la inteligencia artificial en la educación e inteligencia se acaba hablando de pensamiento crítico. Esta tecnología está cambiando la forma en que los alumnos aprenden y en que los docentes evalúan el aprendizaje, y ante esta transformación, el pensamiento crítico se presenta a menudo como la respuesta pedagógica adecuada.

Pero a medida que la IA cambia la forma en que aprendemos y enseñamos, es fácil pasar por alto una cuestión crucial: ¿qué significa realmente el pensamiento crítico en el mundo actual?

Existe un peligro real de que se convierta en una palabra de moda vacía de contenido, un antídoto excesivamente simplificado y supuestamente universal contra esta nueva realidad en la que la información, las explicaciones y los resultados cada vez más sofisticados están a solo un clic de distancia.

Ampliando las definiciones

El pensamiento crítico se entiende, en términos generales, como un conjunto complejo y valioso de habilidades y hábitos. Incluye la capacidad de evaluar pruebas, valorar argumentos, identificar supuestos, distinguir las afirmaciones más sólidas de las más débiles y extraer conclusiones razonadas.

Estas habilidades siguen siendo vitales, pero no abarcan por completo lo que los estudiantes necesitan para hacer frente a los retos cognitivos de un mundo impulsado por la IA.

Investigaciones recientes han comenzado a explorar esta distinción a través de conceptos como el pensamiento crítico digital, que incorpora la idea de que los entornos en línea, moldeados por algoritmos opacos, la personalización y la información de las plataformas, exigen que las personas interpreten no solo el contenido con el que se encuentran, sino también cómo han llegado a verlo en primer lugar.

A medida que evolucionan los entornos en los que aprendemos y vivimos, también debería hacerlo nuestra comprensión del pensamiento crítico. Como investigadora en educación cívica, creo que las respuestas no residen en abandonar las definiciones tradicionales del pensamiento crítico, sino en ampliarlas.

Reflexión y juicio

El pensamiento crítico se desarrolla en dos pasos. El primero es la reflexión, ese micromomento vital de pausa y consideración que precede al segundo paso: la formación de un juicio.

La reflexión exige que las personas cuestionen las pruebas, examinen las suposiciones, comparen interpretaciones contrapuestas, reconozcan los límites de su propia perspectiva y estén dispuestas a revisar sus conclusiones a la luz de argumentos más sólidos o de nueva información.

Pero los espacios digitales modernos moldean agresivamente nuestra atención. Las plataformas digitales deciden qué es visible, fiable y digno de atención, y luego ofrecen contenido a los usuarios en forma de vídeos breves, reseñas cortas y feeds que se pueden desplazar sin fin.

El pensamiento crítico resulta difícil en estos espacios digitales porque desaparece el tiempo y el espacio necesarios para la reflexión. En su lugar, es probable que los usuarios pasen directamente del consumo al juicio.

La reflexión, intermedio necesario entre consumo y juicio

Sin embargo, aún podemos fomentar la crucial primera etapa de la reflexión fuera de estos entornos digitales. Y, al igual que cualquier objetivo educativo significativo, este hábito no se adquiere únicamente a través de la enseñanza. Se cultiva gradualmente mediante la práctica repetida, la retroalimentación, la reflexión y la revisión a lo largo de todo el plan de estudios.

Aunque el pensamiento crítico comienza con una reflexión disciplinada, no termina ahí. La reflexión nos prepara para ejercer el juicio.

El juicio es donde el pensamiento comienza a orientar la acción. Es donde decidimos qué merece nuestra atención, cuánta confianza depositar en nuestro conocimiento y qué responsabilidades se derivan de ello. Determina cómo participamos en última instancia junto a los demás en situaciones en las que no podemos estar seguros al 100 % de lo que sabemos.

El ingrediente clave: la humildad intelectual

Uno de los logros menos publicitados de la educación es que ayuda a los alumnos a descubrir los límites de su propia comprensión. Luchar con ideas difíciles, construir argumentos, cometer errores y revisar el propio razonamiento hacen mucho más que simplemente producir conocimiento. Estos procesos calibran gradualmente el juicio al enseñar a los estudiantes la diferencia entre llegar a una respuesta y comprender un tema de forma significativa.

Con las herramientas basadas en la IA, es más fácil que nunca producir trabajos que, a primera vista, parezcan reflexivos, persuasivos y sofisticados. Una persona puede parecer informada y elocuente sin haber realizado nunca el difícil trabajo cognitivo de desarrollar una comprensión real.

Por lo tanto, hay que enseñar a los estudiantes a distinguir entre una respuesta y la comprensión real. La capacidad de escribir un texto fluido y bien construido es una habilidad totalmente distinta a la de elaborar un argumento sólido. De hecho, una prosa ingeniosa a menudo puede enmascarar o distraer la atención de la falta de una comprensión clara.

Apariencia frente a profundidad

Pero el riesgo no es que el uso de la IA genere estudiantes incapaces de pensar. El riesgo es que cada vez resulte más fácil confundir una ejecución pulida con profundidad intelectual, tanto en nosotros mismos como en los demás.

Aquí es donde entra en juego la humildad intelectual. No se trata ni de modestia ni de falta de confianza, sino de la capacidad de reconocer los límites de la propia comprensión, estar abierto a la revisión y calibrar la confianza en función de lo que realmente se sabe. La humildad intelectual es lo que evita que el juicio se endurezca hasta convertirse en una certeza ciega.

Esta capacidad hace que el pensamiento crítico sea algo más que un conjunto de habilidades cognitivas. Se convierte en parte de un proyecto educativo más amplio, que prepara a los estudiantes para ejercer su juicio de forma responsable en relación con otras personas y con el mundo compartido en el que viven.

Proteger la democracia

Las sociedades democráticas dependen de personas capaces de sopesar argumentos contrapuestos, reconocer la incertidumbre sin dejarse paralizar por ella y revisar sus opiniones cuando sea necesario.

Aunque estas capacidades no surgen por sí solas, pueden desarrollarse a través de experiencias educativas que pregunten repetidamente a los estudiantes no solo qué piensan, sino también cómo han llegado a una conclusión concreta, qué pruebas podrían llevarles a reconsiderarla y cuánta confianza merece realmente.

Más allá de una habilidad aislada

Desde esta perspectiva más amplia, el pensamiento crítico no puede reducirse a una habilidad aislada, integrarse en una sola asignatura ni medirse mediante una única evaluación. Se cultiva en todas las disciplinas, a través de experiencias que obligan a los estudiantes a revisar sus conclusiones a la luz de nuevas pruebas, a defender interpretaciones contrapuestas, a explicar el razonamiento que subyace a sus decisiones y a reflexionar con honestidad sobre los límites de su propio entendimiento.

En la práctica, esto se traduce en un experimento científico que refuta la hipótesis de un alumno, una clase de historia en la que se comparan interpretaciones contradictorias de un mismo acontecimiento o un debate literario que explora múltiples lecturas de un texto.

Este tipo de tareas exigen a los alumnos que pongan en práctica el mismo hábito: ejercer el juicio con humildad intelectual. El objetivo no es simplemente llegar a la respuesta correcta, sino aprender a reconocer cuándo su propio razonamiento debe cuestionarse, refinarse o modificarse.

En última instancia, este hábito prepara a los alumnos para el mundo real actual, donde los retos rara vez tienen respuestas claras o información completa. Al igual que todos los adultos, los alumnos tendrán que lidiar con afirmaciones contradictorias y debates públicos, a menudo en plataformas gestionadas mediante algoritmos llenas de contenido generado por IA.

En estos espacios, la confianza tiende a ir por delante de la comprensión.

Cuestionar y reconsiderar

Las sociedades democráticas necesitan ciudadanos que hayan practicado la difícil tarea de revisar sus opiniones. El aula ofrece un entorno seguro y sin grandes riesgos para entrenar esta habilidad antes de ponerla en práctica en el mundo real.

Los colegios y las universidades tienen el deber de enseñar a los alumnos a ejercer un juicio sensato ante la incertidumbre, el desacuerdo y la complejidad. Esa labor no comienza enseñando el pensamiento crítico como una habilidad aislada, sino diseñando experiencias de aprendizaje que inviten repetidamente a los estudiantes a cuestionar, revisar, justificar y reconsiderar su propio pensamiento en todas las disciplinas.

Al hacerlo, la humildad intelectual se convierte no solo en un ejercicio académico, sino en un hábito cívico profundamente arraigado.The Conversation

Sobre la autora

Sara Kells, Director of Program Management at IE Digital Learning and Adjunct Professor of Humanities, IE University

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Ir al artículo original.

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Lilian Edith Hawker (1908-1991), respetada micóloga inglesa

En 1970, la Facultad de Ciencias de la Universidad de Bristol elegía por primera vez a una científica especializada en hongos como decana. Se trataba de Lilian Edith Hawker (1908-1991), conocida por su gran dinamismo como investigadora y entusiasmo por la docencia. Sus excelentes trabajos en la fisiología de los hongos y sus contribuciones a la formación del alumnado la convirtieron en una figura altamente valorada y querida entre quienes la conocieron.

Lilian Edith Hawker. Mycologia.

Lilian E. Hawker nació en un pueblo de Inglaterra llamado Reading en 1908; su padre era maestro de escuela y su madre ama casa. Tras cursar el bachillerato, en 1925 se matriculó en la Universidad de Reading (University of Reading), donde cuatro años después se graduaba con honores en botánica. El micólogo británico Michael Francis Madelin (1931–2007), ha destacado que durante su último curso de carrera Lilian Hawker realizó un trabajo de investigación basado en la reproducción de un árbol conocido con el nombre de tejo (Taxus baccata), que publicó en 1930 siendo su primer artículo científico.

Brillante carrera investigadora

Una vez graduada, la joven comenzó inmediatamente sus estudios de posgrado en Reading, los que culminaron con una tesis de máster sobre el geotropismo de las plantas terrestres. Señalemos que el geotropismo hace referencia al efecto estimulante de la fuerza de gravedad que permite a las plantas dirigir las raíces en la dirección correcta.

El citado botánico Michael F. Madelin ha recordado que «esta fue también la época en que obtuvo su primera experiencia como profesora universitaria, ya que durante sus últimos años en Reading fue ayudante estudiantil». Además, añade el científico, por esas fechas «realizó su primer contacto formal con la ciudad en la que posteriormente pasaría la mayor parte de su carrera, ya que en 1931 recibió un premio por leer su trabajo en un encuentro científico en Bristol».

Cuando Hawker dejó Reading, pasó un año (1931-1932) en el Departamento de Botánica de la Universidad de Manchester (University of Manchester), gracias a una beca de investigación; aquí continuó con su trabajo sobre geotropismo estudiando cómo un grupo de hormonas vegetales llamadas auxinas regulan el crecimiento en las plantas.

Hasta entonces, continúa relatando el profesor Madelin, «en su carrera había muy pocos antecedentes sugiriendo que su futuro campo de trabajo sería la micología. Sus cuatro artículos sobre el geotropismo, publicados en 1932 y 1933, constituyeron contribuciones significativas a lo que se sabía sobre la percepción de la gravedad por las plantas, y claramente sugerían que la fisiología vegetal sería su profesión».

Fue la asistencia en 1932 a un curso avanzado para estudiantes de investigación sobre micología, patología vegetal y bacteriología, organizado en el Imperial College of Science and Technology de Londres, lo que despertó su interés en los hongos. Bajo la influencia del profesor William Brown (1888-1975), se sintió «fascinada por la fisiología de los hongos, y se propuso investigar sobre el tema», rememora Madelin. Y así fue, pues a partir de esas fechas Hawker cambió el foco de su investigación consagrándose a la micología, tanto en sus estudios de laboratorio como en la recolección de hongos silvestres, propósitos que mantuvo durante el resto de su vida.

La emprendedora joven se incorporó al equipo de Brown en el Departamento de Botánica del Imperial College, donde la contrataron como ayudante de investigación en 1933. Centró sus esfuerzos en investigar los factores, como por ejemplo los carbohidratos, que afectan al crecimiento y la fisiología de los hongos, así como a la producción de esporas. Recordemos que en biología, el término espora hace referencia a unas estructuras microscópicas unicelulares o pluricelulares que se forman con fines de dispersión y supervivencia por largo tiempo en condiciones adversas.

Hawker demostró ser una infatigable y original investigadora, y en el año 1937 fue ascendida al cargo de profesora de Micología y Patología. En 1940 recibió la valorada Huxley Medal por su innovador trabajo, que daría lugar a la publicación de valiosos artículos. Poco después, sin embargo, su carrera se vio entorpecida debido a la Segunda Guerra Mundial. En ese tiempo permaneció el Imperial College dando clases bajo condiciones muy difíciles. Finalmente, en 1944 leyó una sobresaliente tesis doctoral en la Universidad de Londres (University of London).

Pese a que Hawker era muy activa tanto en la investigación como en la enseñanza, en el Imperial experimentó una promoción notablemente más lenta de la merecida. El micólogo y escritor Michael J. Carlile ha especulado que tal lentitud podría deberse a que sus contactos eran escasos, aunque también las circunstancias propias de los años de guerra podrían haber sido las responsables del retraso de en su ascenso profesional. No queremos olvidar que el hecho de ser mujer e investigadora destacada, a muchos parecía «poco natural», puesto que por esas fechas la tópica frase de «la ciencia no es cosa de mujeres», representaba «lo natural».

En cualquier caso, Madelin ha apuntado al respecto que «debido a la falta de progreso en su carrera académica, Hawker solicitó con éxito en 1945 una plaza de profesora en el Departamento de Botánica de la Universidad de Bristol».

Una buena decisión: el traslado a la Universidad de Bristol

En la década de 1940, en su nuevo centro la científica participó activamente en el comité de investigación de la British Mycological Society. Su trabajo fue «muy pronto reconocido y premiado con su promoción a profesora de micología en 1948». Años más tarde, a partir de 1965, alcanzó el cargo de catedrática, convirtiéndose en una de las primeras mujeres en ocupar una cátedra universitaria en esta materia.

Cabe apuntar que por esa época, concretamente en 1948, también comenzó a investigar la distribución de las trufas, hongos con cuerpos subterráneos, en el Reino Unido. Según el micólogo e historiador de la ciencia Geoffrey Ainsworth (1905-1998) «[Hawker] revivió el estudio de las trufas en Inglaterra, [ya que] antes de su trabajo este grupo no se había estudiado desde la época Victoriana, y se creía que eran raros en el país». La joven científica halló entre 1948 y 1959, a 1200 especímenes de al menos 60 especies alrededor de 1,5 Km de Bristol. Su investigación tuvo como resultado la publicación en 1954 de una monografía, que en 2005 fue descrita como «todavía inigualable».

Tuber macrosporum, una de las especies de trufas que Hawker identificó en Inglaterra. Wikimedia Commons.

Las valiosas investigaciones de Lilian Hawker sobre la fisiología del crecimiento y reproducción de los hongos avanzaron exitosamente, y sus interesantes resultados le permitieron escribir un libro de texto sobre la fisiología de los hongos titulado Physiology of Fungi, que salió publicado en 1950. Tuvo un éxito inmediato y fue extensamente usado por los estudiantes no graduados, así como por investigadores de todo el mundo. Le siguió en 1957 otro libro sobre la fisiología de la reproducción de los hongos, Physiology of Reproduction in Fungi, que le proporcionó un gran reconocimiento entre sus colegas.

A finales de la década de 1950, Hawker modificó su línea de trabajo dirigiendo su atención al estudio de los cambios internos que tienen lugar en las células fúngicas antes de la reproducción. Con tal fin empleó principalmente una combinación de técnicas citológicas y el microscopio electrónico (Madelin, 1991). Apuntemos, aunque sin entrar en detalles técnicos, que el microscopio electrónico es de considerable utilidad para la ciencia gracias a su gran poder de aumento. Debido a que usa electrones en lugar de la luz visible, puede formar imágenes de objetos diminutos hasta un millón de veces aumentadas. El primero fue diseñado entre los años 1922 y 1935, y unos años más tarde empezó a usarse para la investigación científica.

Alrededor de 1960 la Universidad de Bristol adquirió un microscopio electrónico (m.e.), y Lilian Hawker figura entre los primeros investigadores, hombres y mujeres, en usar este novedoso instrumento como herramienta para elucidar problemas micológicos específicos. Las posibilidades que el microscopio ofrecía despertó un creciente entusiasmo en la investigadora. Con su empleo alcanzó inapreciables logros, que en 1965 plasmó en una extensa revisión sobre la ultraestructura de los hongos (se llama ultraestructura a los aspectos de los organismos que solamente pueden observase con un m.e.). El estudio de Hawker se convirtió en un referente de considerable importancia en ese nuevo campo en rápida expansión.

Desde 1963 hasta su jubilación, la inagotable investigadora se dedicó a estudiar los cambios ultraestructurales que tienen lugar en los hongos durante la producción y germinación de las esporas. Sus fructíferos resultados dieron lugar a que publicara prolíficamente sobre el tema y alcanzara reconocimiento en su país y a nivel internacional.

En 1965 fue nombrada Directora del Departamento de Micología de la Universidad de Bristol, distinción que, según Madelin, le proporcionó gran satisfacción, sobre todo porque tales nombramientos de mujeres en Bristol eran una novedad. Unos años más tarde, fue la primera mujer elegida decana de una facultad, cargo que desempeñó hasta su retiro en 1973.

Profesora respetada y querida por su alumnado

Tras el relevante recorrido de Lilian Hawker como investigadora, había una gran profesora comprometida y entusiasta. El citado micólogo Michael Carlile ha recordado que el nivel de las contribuciones de esta científica a la educación universitaria ha sido descrito como «impresionante». Ayudó a fundar el Grado de Microbiología en la Universidad de Bristol, que bajo su influencia incluyó estudios sobre micología.

Este último aspecto alimentaba un acalorado debate, ya que había quienes discrepaban abiertamente de tal inclusión. Hawker se involucró en las discusiones, pues el tema constituía una parte importante de su pensamiento; ella siempre había insistido en que «la microbiología no debía ser meramente otro nombre para la bacteriología y la virología», sino que debía igualmente contener a la micología. En tal sentido, consiguió coeditar dos importantes libros de texto de microbiología que incluían también a los hongos, lo que reflejaba claramente su visión y autoridad en la materia.

Por otra parte, con el fin de realizar indagaciones sobre la manera de adaptar las prácticas de laboratorio a un buen nivel universitario, en 1965 visitó diversos centros de los Estados Unidos. Las pesquisas resultantes, según apuntaba Madelin, despertaron en ella un notable entusiasmo, porque estaba profundamente convencida de la importancia del trabajo práctico en la formación del alumnado. De hecho, sus clases de laboratorio eran muy apreciadas, particularmente por la riqueza de especímenes frescos que la propia profesora recolectaba durante sus incursiones por los campos vecinos en los fines de semana.

Cabe también recordar, como han señalado gran parte de sus colegas, que Hawker siempre mostró un claro interés por sus antiguos estudiantes, cuyos éxitos en sus carreras micológicas le proporcionaban un especial placer que nunca pretendió ocultar.

Justos reconocimientos a una gran científica

Entre los múltiples reconocimientos que Lilian E. Hawker recibió, valga comentar a título de ejemplo, que cuando se jubiló en el año 1973, se acordó por unanimidad nombrarla profesora emérita de la Universidad de Bristol. Asimismo, en 1975 fue elegida miembro honoraria de la British Mycological Society, de la que había sido presidenta en 1955. Sus méritos fueron también reconocidos por la Mycological Society of America, que la incluyó entre sus miembros.

Tras su muerte en 1991, Bristol nombró un moderno laboratorio en su honor, lo cual afortunadamente ha servido para que su nombre como científica no cayese en el profundo olvido que históricamente ha acompañado a valiosas figuras femeninas. Las jóvenes estudiantes pudieron tener conocimiento de sus notables aportaciones, y algunas se sintieron estimuladas a seguir su senda.

 Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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Isabella Cortese y sus «secretos»

Isabella Cortese fue una alquimista y escritora italiana del Renacimiento. Todo lo que se sabe de su vida y obra procede de su libro I secreti della signora Isabella Cortese. El libro contenía desde consejos para cuidar la casa hasta una discusión sobre la conversión de metales en oro.

Frontispicio de I secreti della signora Isabella Cortese. Digitalic.

Isabella Cortese estuvo activa hacia 1560. Declaró haber estudiado alquimia durante treinta años; entre otras consultó las obras de alquimistas consagrados como Geber (721-815), Ramon Llull (1232-1316) y Arnau de Vilanova (1238-1311). Isabella rechazaba abiertamente su trabajo, calificándolo de «un completo disparate, lleno de fábulas y recetas descabelladas que solo te hacen perder tiempo y dinero». Pensaba que no había ganado nada estudiando estas obras, salvo un «aumento en la probabilidad de una muerte prematura». Así, se piensa que Cortese aprendió sobre alquimia fundamentalmente viajando (visitó Moravia, Polonia o Hungría, entre otros países), sin limitarse a la mera lectura de algunos libros antiguos que trataban el tema.

I secreti della signora Isabella Cortese

En aquella época, un «secreto» era un conocimiento que alguien poseía sobre las propiedades de una cosa o de un procedimiento útil en medicina o en otra ciencia, arte u oficio (significado que sigue definiendo a las palabra).

I secreti della signora Isabella Cortese apareció impreso por primera vez en Venecia en 1561.

Los «secretos» de Cortese en su libro eran recetas con distintos fines cosméticos y medicinales; hoy en día los calificaríamos como remedios caseros. Se mostraban las instrucciones paso a paso para realizar estas recetas, de manera sencilla y concisa. Las recetas proporcionadas estaban distribuidas en cuatro libros que se centraban en puntos de vista diferentes dirigidos tanto a hombres como a mujeres.

El primer libro se centra en recetas medicinales y detalla formas de tratar las principales enfermedades que se propagaban por Europa en ese momento, como la sífilis o la peste común. Esta parte también incluye una forma general de curar heridas mediante la alquimia, con procesos como la destilación.

El segundo libro se centra más en cómo producir sustancias como oro. Cortese realiza algunas sugerencias antes de explicar los procedimientos; entre otros, invita a sus lectoras y lectores a trabajar solos, a usar recipientes, a familiarizarse con los experimentos alquímicos, a prepararse en el uso de tenazas, a mantener el secreto en todo el trabajo, a encontrar aliados confiables y a… alabar a Dios después del éxito de un experimento. Una vez establecidas estas «maneras de trabajar», en el texto se dan las instrucciones sobre cómo alterar las propiedades de los metales, como transformar el cobre en oro.

El tercer libro engloba contenidos más amplios, incluyendo temas como la manera de construir espejos, teñir el cabello o tejidos, eliminar manchas… o «hacerle una estrella en la frente a un caballo blanco».

El cuarto libro está dirigido a las mujeres, centrándose en la manera de realzar la belleza a través de cremas, polvos, tintes para el cabello y diferentes aceites y perfumes. Ilustramos el tono de sus consejos con el siguiente ejemplo que, supuestamente, ayuda a limpiar y desintoxicar el rostro:

Primero, reúna algunas vainas de limón; asegúrese de que las vainas estén secas. Luego, una vez que haya mezclado los dos, agregue la mezcla a un recipiente lleno de vino blanco. Cuando esté listo, reúna un poco de miel, algunos huevos y un par de onzas de leche de cabra. Combine todos estos ingredientes y luego comience a destilar la mezcla. Este compuesto final se puede aplicar para ayudar a eliminar el rostro de toxinas y químicos dañinos que generalmente lo resecan o lo hacen excesivamente graso.

El libro de Cortese fue muy popular; para 1599 ya tenía siete ediciones y se publicaron once impresiones entre 1561 y 1677, además de dos ediciones de una traducción al alemán. Parte de este éxito puede atribuirse a la insistencia de Cortese en que sus lectoras y lectores guardaran los secretos de su libro para sí mismos. Como ya hemos comentado antes, les aconsejaba que mantuvieran a otras personas alejadas de su «lugar de trabajo alquímico» para preservar sus propios descubrimientos y que quemaran su libro una vez que hubieran aprendido todos sus secretos…

Este libro situó el nombre de Isabella Cortese entre los Professori di Segreti (Profesores de Secretos) enumerados por el escritor Tomaso Garzoni (1549-1589) en su enciclopedia La piazza universale di tutte le professioni del mondo.

Al no existir ningún registro documental sobre la autora (a excepción del libro), algunas personas especulan que Isabella Cortese era el seudónimo de Timotheo Rosselló, quien publicó el libro Della summa de’secreti uniuersali in ogni materia parte prima di Don Timotheo Rosselló en la misma editorial que el de Cortese en 1559 y 1561. Además, dedicaba su escrito, como Isabella, a Mario Chaboga, archidiácono de Ragusa. Quizás sea cierto que, para vender sus «secretos» fundamentalmente a mujeres, Rosselló prefirió esconderse bajo una identidad femenina. En contra de esta hipótesis, otros autores argumentan que el estilo de ambos textos es muy diferente. Nunca sabremos la verdad, aunque este no debería quedar como otro caso más de apropiación de saberes de las mujeres.

Isabella Cortese es una de las 39 + 999 mujeres homenajeadas en The Dinner Party de Judy Chicago: acompaña en el segundo lado de la mesa a la comensal Isabel de Este, noble italiana.

En Venus, el cráter Cortese recuerda su figura.

Referencias

Sobre la autora

Marta Macho Stadler es doctora en matemáticas, profesora del Departamento de Matemáticas de la EHU y colaboradora en la Cátedra de Cultura Científica de la EHU.

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Emmy Stein, la botánica que ayudó a entender qué cambios se pasan a las siguientes generaciones

Una planta puede crecer torcida si recibe poca luz. También puede desarrollar hojas más pequeñas cuando le falta agua o sufrir deformaciones después de una enfermedad. Sin embargo, normalmente ninguna de esas características pasa a la siguiente generación. Otras, en cambio, sí pueden heredarse y aparecer después en los descendientes.

Hoy sabemos que la diferencia está en si el cambio afecta o no al material genético. Pero a comienzos del siglo XX nadie sabía todavía dónde residía exactamente la información hereditaria ni qué podía modificarla. Esa era una de las grandes preguntas de la nueva genética. Emmy Stein dedicó buena parte de su carrera a intentar responderla exponiendo plantas a fuentes de radiación para observar qué cambios sufrían y, sobre todo, cuáles de ellos aparecían también en la siguiente generación.

Una botánica en los inicios de la genética

Emmy Stein. Der Züchter.

Emmy Stein nació en Düsseldorf, Alemania, el 21 de junio de 1879. En una época en la que las universidades alemanas apenas comenzaban a admitir mujeres, inició su formación en la Escuela de Horticultura para Mujeres de Berlin-Marienfelde y posteriormente completó los estudios que le permitieron acceder a la Universidad de Jena, donde obtuvo el doctorado en Botánica en 1913.

Antes incluso de doctorarse realizó un viaje científico a las entonces Indias Orientales Neerlandesas, hoy Indonesia, para estudiar la flora tropical del lugar. Tras participar como voluntaria de la Cruz Roja en la Primera Guerra Mundial, en 1919 se incorporó al Instituto Kaiser Wilhelm de Biología donde trabajó junto al genetista Erwin Baur, uno de los principales impulsores de la genética experimental en Alemania.

La genética era entonces una disciplina muy joven. Las leyes de Mendel acababan de consolidarse y los investigadores empezaban a comprender cómo se transmitían muchas características de una especie entre una generación y la siguiente, pero habiendo muchas cosas aún desconocidas. Por ejemplo, seguía sin saberse dónde residía esa herencia, esto es, qué era exactamente aquello que se heredaba ni de qué manera podía eso cambiar y por tanto aparecer características nuevas.

¿Podía la radiación cambiar una planta… y a sus descendientes?

A finales del siglo XIX el descubrimiento del radio había abierto un campo completamente nuevo de investigación. Los físicos sabían que emitía una radiación invisible capaz de atravesar distintos materiales, impresionar placas fotográficas y provocar cambios físicos y químicos sin necesidad de calor ni luz. Sus efectos sobre los organismos vivos, sin embargo, apenas empezaban a explorarse.

Stein decidió utilizar esa nueva herramienta para intentar dar respuesta a esas preguntas fundamentales para la genética que aún no tenían respuesta. Trabajó con plantas del género Antirrhinum, popularmente llamadas bocas de dragón, muy convenientes para esta rama científica ya que muchas de las características hereditarias son visibles a simple vista. Las expuso a radiación y observó cuidadosamente su desarrollo. El objetivo no consistía únicamente en comprobar si las plantas cambiaban por efecto de la radiación, sino si los cambios que se observaban se limitaban a esa planta o si se transmitían también a sus descendientes.

Un resultado correcto pero aún sin explicación

Antirrhinum normal y tres especímenes tras
ser sometidos a radiación. Fuente: Untersuchungen
über die Radiomorphosen von Antirrhinum.

En 1921 Stein presentó sus resultados ante la Sociedad Alemana de Genética. Las plantas irradiadas desarrollaban características nuevas que permanecían estables y reaparecían cuando se obtenían nuevas generaciones a partir de ellas. Pero para Stein la pregunta decisiva seguía abierta. ¿Qué era exactamente lo que había cambiado dentro de la planta para que esa nueva característica pudiera heredarse?

En la actualidad responderíamos que la radiación había alterado el ADN contenido en el núcleo de algunas células reproductoras y que esa modificación genética pasó después a la descendencia. Sin embargo, en la década de 1920 nadie sabía todavía que el ADN era lo que contenía la herencia genética de los seres vivos (en este caso, de la planta) y por eso ella interpretó inicialmente sus resultados como modificaciones permanentes de las células de la planta, en general, más que como alteraciones del material hereditario en concreto.

Es decir, Stein había observado esos cambios estables y heredables de una generación a otra, pero todavía no sabía, porque no lo sabía nadie por entonces, era qué parte de la célula conservaba y transmitía esa información.

Nuevas interpretaciones para experimentos antiguos

En 1927 Hermann Joseph Muller demostró que los rayos X podían inducir mutaciones hereditarias en la mosca de la fruta (otra especie muy utilizada en el campo de la genética, en este caso porque debido a sus cortos ciclos de vida se pueden observar distintas generaciones en poco tiempo). Aquellos experimentos confirmarían definitivamente que la radiación podía modificar el material biológico responsable de la herencia y abrirían una nueva etapa en la genética experimental.

Las investigaciones de Stein pudieron ser interpretadas entonces bajo otro prisma distinto, uno con mucha más información. Sus observaciones seguían siendo las mismas, pero ahora podían interpretarse dentro de un marco teórico mucho más sólido. En los años siguientes continuó trabajando sobre los efectos biológicos de la radiación y acuñó el término fitocarcinoma para describir determinados crecimientos extraños y en ocasiones malignos provocados experimentalmente en las plantas.

Desarrolló prácticamente toda su carrera en el Instituto Kaiser Wilhelm de Biología, donde también investigó sobre hormonas vegetales e injertos, permaneciendo vinculada a la institución incluso después de su reorganización tras la Segunda Guerra Mundial como parte de la Sociedad Max Planck.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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Melissa García Caballero: «Me interesa comprender por qué algunos tumores generan entornos vasculares que favorecen la metástasis o la resistencia a la inmunoterapia»

Melissa García Caballero es biología molecular e investigadora responsable del grupo BE-18 “Vascular Biology, Tumor Microenvironment & Target Discovery” del Instituto de Investigación Biomédica de Málaga – IBIMA Plataforma BIONAND.

Con un enfoque integrador entre biología básica y aplicaciones biomédicas, realiza investigación traslacional centrada en la biología vascular, el microambiente tumoral y la identificación de nuevas dianas terapéuticas en cáncer.

Ha recibido numerosos premios y distinciones por su brillante trayectoria científica. En 2021, fue una de los cinco investigadores seleccionados por la Universidad de Málaga dentro del programa Beatriz Galindo. Un año más tarde fue reconocida con el Premio L’Oréal-UNESCO a Mujeres en Ciencia. En 2024 fue galardonada con el Premio Málaga de Investigación en la modalidad de Ciencias (otorgado por la Fundación Málaga junto a la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo y la Academia Malagueña de Ciencias) en reconocimiento a «su trabajo en el campo de la biología molecular, especializado en el estudio de la angiogénesis y su relación con el cáncer».

Melissa García Caballero. Fotografía proporcionada por la investigadora.

1. ¿Cuál es tu área de investigación?
Mi área de investigación se centra en la biología vascular del cáncer y, en particular, en comprender cómo los vasos sanguíneos y linfáticos que forman parte del microambiente tumoral contribuyen a la progresión de la enfermedad, la diseminación metastásica y la respuesta a los tratamientos. Durante muchos años, la investigación en cáncer se ha focalizado principalmente en las células tumorales, pero hoy sabemos que el tumor no actúa de manera aislada, sino que mantiene un diálogo constante con las células que lo rodean. Entre ellas, las células endoteliales que forman la vasculatura tumoral desempeñan un papel fundamental.

En mi grupo estudiamos la heterogeneidad de esa vasculatura y cómo las células endoteliales se reprograman dentro del tumor para favorecer su crecimiento, modular la respuesta inmunitaria o facilitar la metástasis, especialmente a través de los vasos linfáticos. Para ello combinamos modelos experimentales con tecnologías de vanguardia, como la transcriptómica de célula única, las ómicas espaciales y los análisis multi-ómicos, con el objetivo de identificar nuevas dianas terapéuticas y biomarcadores que puedan contribuir a mejorar el tratamiento de los pacientes con cáncer.

2. ¿Por qué te dedicas a ella?
Me dedico a la investigación porque, en mi caso, es algo profundamente vocacional. Desde pequeña he sentido una gran curiosidad y admiración por todo lo que me rodea: la naturaleza, el funcionamiento del cuerpo humano, las enfermedades que afectan a la humanidad y la posibilidad de comprender, aunque sea poco a poco, los mecanismos que explican la vida y también su alteración. Esa curiosidad inicial fue creciendo con los años y terminó convirtiéndose en la necesidad de dedicarme profesionalmente a generar conocimiento que pudiera tener un impacto real en la sociedad.

Dentro de la investigación biomédica, desde mis primeros años me atrajo especialmente la idea de que el cáncer no podía entenderse mirando únicamente a la célula tumoral. Me parecía fascinante que una enfermedad tan compleja dependiera también de cómo las células normales del organismo son “educadas” por el tumor para colaborar con él. Dentro de ese ecosistema, la vasculatura me pareció un componente especialmente interesante: por un lado, porque los vasos son esenciales para alimentar al tumor y permitir su crecimiento; por otro, porque constituyen una vía de comunicación con el sistema inmunitario y una ruta de diseminación metastásica.

Con el tiempo, mi interés se fue desplazando de la angiogénesis tumoral clásica hacia preguntas cada vez más específicas sobre la heterogeneidad del endotelio y, especialmente, sobre el papel de los vasos linfáticos en la progresión tumoral. La posibilidad de estudiar estas poblaciones celulares con una resolución antes inimaginable, gracias a las nuevas tecnologías de célula única y ómicas espaciales, ha abierto una etapa apasionante. Me motiva mucho pensar que entender mejor esos mecanismos puede traducirse en nuevas estrategias terapéuticas para tumores que todavía presentan un pronóstico desfavorable o una respuesta limitada a los tratamientos disponibles.

3. ¿Has tenido alguna figura de referencia en tu trayectoria?
He tenido muchos referentes a lo largo de mi trayectoria, y cada uno de ellos ha sido importante en las distintas etapas de mi vida y de mi carrera profesional. Desde algunas profesoras del instituto, que alimentaron mi interés innato por la ciencia, hasta mis supervisores de tesis doctoral y de la etapa postdoctoral, pasando por compañeras y compañeros con quienes he compartido trabajo, aprendizaje y crecimiento profesional. De todas esas personas he ido tomando enseñanzas diferentes, no solo sobre cómo hacer buena ciencia, sino también sobre cómo afrontar las dificultades, cómo trabajar en equipo y cómo construir una carrera investigadora con rigor y pasión.

Durante mi etapa postdoctoral en Bélgica, trabajar en el entorno científico del profesor Carmeliet fue especialmente inspirador. Su laboratorio ha sido una referencia internacional en biología vascular, y esa experiencia marcó profundamente mi manera de entender la investigación: la importancia de formular preguntas ambiciosas, de combinar aproximaciones mecanísticas con relevancia biomédica y de mantener siempre un alto nivel de exigencia científica.

Además de los grandes referentes científicos, también han sido fundamentales muchas personas cercanas que, quizá desde lugares menos visibles, han dejado una huella muy importante en mi forma de investigar y de entender esta profesión. A veces, una figura de referencia no es solo quien firma descubrimientos relevantes, sino también quien te enseña, te acompaña, confía en ti o te inspira con su manera de trabajar. En ese sentido, me considero muy afortunada por haber encontrado a lo largo del camino a tantas personas de las que aprender.

4. ¿Qué te gustaría descubrir o solucionar en tu campo?
Me gustaría contribuir a descifrar con mayor precisión cómo la vasculatura tumoral, y en especial el endotelio linfático, participa activamente en la progresión del cáncer y en la modulación de la respuesta inmunitaria. Durante mucho tiempo, los vasos se han considerado sobre todo estructuras de soporte o vías de transporte, pero cada vez tenemos más evidencias de que son poblaciones celulares dinámicas, heterogéneas y con funciones mucho más complejas de lo que pensábamos.

Uno de mis objetivos es identificar qué estados endoteliales aparecen de forma específica en los tumores, qué señales los inducen y cuáles de esos mecanismos pueden explotarse terapéuticamente. Me interesa especialmente comprender por qué algunos tumores generan entornos vasculares que favorecen la metástasis o la resistencia a la inmunoterapia, y si podemos intervenir sobre ellos para hacer los tratamientos más eficaces. En última instancia, me gustaría que nuestros hallazgos ayudaran a desarrollar nuevas estrategias que no se limiten a atacar la célula tumoral, sino que también reprogramen su microambiente para volverlo menos permisivo para la enfermedad.

5. ¿Qué consejo darías a quien quiera adentrarse en el mundo de la investigación?
Diría, en primer lugar, que la investigación requiere curiosidad, pero también mucha constancia y responsabilidad. No siempre se avanza en línea recta, y una parte importante del trabajo científico consiste en aprender a convivir con la incertidumbre, con los experimentos que no salen como esperábamos y con las preguntas que generan nuevas preguntas. Esa dificultad forma parte del proceso, pero también es lo que hace que investigar sea tan estimulante.

También aconsejaría contar con buenos mentores y con equipos donde se pueda aprender, preguntar y equivocarse. La ciencia no se hace en solitario, y rodearse de gente que comparta el entusiasmo por descubrir, pero también valores como el rigor y la colaboración, marca una gran diferencia.

Y, por último, recomendaría no perder nunca de vista por qué se empezó. En los momentos más exigentes, recordar la pregunta que te mueve, el problema que quieres ayudar a resolver o el impacto que tu trabajo puede llegar a tener es lo que permite mantener la motivación. La investigación es una carrera larga y de fondo, pero también una profesión extraordinariamente bonita para quien disfruta aprendiendo, creando conocimiento y contribuyendo a mejorar la vida de los demás.

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Economía de Género

La economía de género es una rama de la economía que estudia las desigualdades sistemáticas entre mujeres y hombres en resultados económicos, los procesos que generan esas desigualdades, y el papel que desempeñan las instituciones, normas sociales y políticas públicas en su persistencia o mitigación.

La Fundación Ramón Areces acaba de publicar el handbook titulado Economía de Género que está coordinado por las Dras. Lídia Farré (Instituto de Análisis Económico (IAE-CSIC) y Barcelona School of Economics) y Judit Vall Castelló (Universidad de Barcelona, IEB, ICREA Academia y Presidenta de la Sociedad Catalana de Economía).

Sinopsis

La economía de género ha transformado el análisis económico tradicional al visibilizar las desigualdades sistemáticas entre mujeres y hombres y cuestionar la supuesta neutralidad de los modelos clásicos. Esta obra examina cómo las instituciones, las normas sociales y las políticas públicas influyen en la persistencia o mitigación de las brechas de género en múltiples dimensiones de la actividad económica. Lejos de ser únicamente un problema de justicia social, la marginación del talento femenino representa una pérdida fundamental de eficiencia y productividad para la economía en su conjunto, un hecho reconocido internacionalmente con hitos como la concesión del Premio Nobel de Economía a Claudia Goldin en 2023.

Este handbook sintetiza el conocimiento empírico y teórico acumulado en esta consolidada área de investigación. A través del análisis del mercado laboral, la penalización por maternidad, las aspiraciones educativas, la economía del cuidado y el impacto de la violencia de genero, el volumen ofrece una panorámica exhaustiva de los mecanismos que perpetúan la desigualdad. Esta obra será de gran utilidad para académicos, estudiantes y profesionales que busquen una base sólida sobre cómo el enfoque de género enriquece la disciplina económica y resulta indispensable para el diseño de políticas públicas más equitativas y eficientes.

Organización del texto

El handbook se organiza en once capítulos con diferentes temáticas y autoría:

Capítulo 1. Brechas de género en el marcado laboral (por Jaime Arellano-Bover y Barbara Biasi)

Capítulo 2. Empresas, flexibilidad y natalidad (por Nezih Guner, Alessandro Ruggieri, Ezgi Kaya y Virginia Sánchez-Marcos)

Capítulo 3. La penalización por maternidad (por Alicia de Quinto, Laura Hospido y Belén Rodríguez-Moro)

Capítulo 4. Brechas de género en el sistema educativo español (por Cristina Bellés-Obrero y Anastasia Terskaya)

Capítulo 5. Normas y brechas de género (por Pilar Cuevas Ruiz, José Ignacio Giménez-Nadal y Almudena Sevilla)

Capítulo 6.  Brechas de género en aspiraciones, expectativas y estereotipos: evidencia empírica y restos pendientes (por Rosa Ferrer y Belén Rodríguez Moro)

Capítulo 7. Diferencias de género en preferencias, actitudes y habilidades cognitivas medidas a través de experimentos (por Jaume García Segarra, Iñigo Hernández Arenaz y Pedro Rey Biel)

Capítulo 8. Políticas familiares y brechas de género (por Lídia Farré, Libertad González, Claudia Hupkau y Jenifer Ruiz-Valenzuela)

Capítulo 9. Las cuotas de género (por Manuel Bagues y Natalia Zinovyeva)

Capítulo 10. Las desigualdades de género en salud (por Laia Maynou y Judit Vall)

Capítulo 11. Empoderamiento de la mujer y violencia de pareja (por Elisabetta Calabresi y Núria Rodríguez-Planas)

Nota

El handbook puede consultarse y descargarse libremente en formato pdf en este enlace.

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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Hilda Pérez Carvajal, la científica que desveló la relevancia del sistema inmunitario frente a los parásitos

Las enfermedades parasitarias son infecciones causadas por organismos (parásitos) que viven y se alimentan dentro otro ser vivo (huésped). Cada año afectan a millones de personas en todo el mundo, especialmente en regiones tropicales. Comprender cómo se comportan los parásitos y cómo el cuerpo humano se defiende de ellos ha sido un gran desafío para la medicina contemporánea.

La inmunoparasitóloga Hilda Pérez Carvajal (1945-2019) destaca entre quienes contribuyeron decisivamente a construir ese conocimiento. Su carrera de más de cinco décadas combinó el estudio de enfermedades tropicales como la leishmaniasis y la malaria, la formación de nuevas generaciones de especialistas y un firme compromiso con la salud pública en América Latina.

Hilda Pérez Carvajal. Imagen creada a partir de la original de Cazadores de microbios.

Hilda Antonieta Pérez Carvajal nació el 11 de mayo de 1945 en Cumaná, Venezuela. Su interés por la biología comenzó a manifestarse desde temprano, y su afán por entender los mecanismos de la vida la llevó a ingresar en la Escuela de Biología de la Universidad Central de Venezuela, donde se graduó en 1967. Su trabajo de fin de carrera, dedicado al análisis químico de un bacteriófago, fue premiado por su excelencia, un reconocimiento que anunciaba el talento investigador que Hilda desarrollaría en las décadas siguientes.

Gracias a una beca del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de su país, en 1971 cruzó el océano para realizar un doctorado en el prestigioso Instituto Nacional de Investigaciones Médicas de Londres. Bajo la tutela de expertos mundiales, Hilda se especializó en la inmunología de la esquistosomiasis, una enfermedad causada por gusanos parásitos que afecta a millones de personas en regiones tropicales. Aquella etapa le permitió adquirir una formación robusta que la convirtió en la primera persona venezolana con formación de posgrado en las áreas combinadas de inmunología y parasitología. De regreso a su país en 1975, decidió aplicar el conocimiento adquirido al estudio de enfermedades parasitarias relevantes en Venezuela.

Comprender la leishmaniasis para mejorar su tratamiento

Pérez se incorporó al Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, donde desarrollaría gran parte de su carrera. Comenzó centrando su trabajo en la leishmaniasis, una enfermedad causada por protozoos del género Leishmania y transmitida por la picadura de pequeños insectos, que puede provocar desde lesiones cutáneas hasta formas mucho más graves y potencialmente mortales.

Ciclo vital de los parásitos del género Leishmania, responsables de la leismaniasis.
Wikimedia Commons.

Hasta ese momento, se desconocían los mecanismos que explicaban por qué unas personas desarrollaban cuadros leves y otras cuadros más severos, y se creía que las diferentes manifestaciones clínicas de la enfermedad dependían únicamente de la variedad del parásito. Sin embargo, Hilda y su equipo demostraron que la respuesta dependía en gran medida de la susceptibilidad genética del huésped, es decir, de la manera en que el sistema inmunitario de cada individuo reaccionaba frente al parásito. Para llegar a esa conclusión, emplearon un diseño experimental innovador que utilizaba modelos animales genéticamente idénticos, y se convirtieron en pioneros –y referentes mundiales– en este tipo de investigaciones.

Su trabajo contribuyó a comprender mejor la interacción entre el parásito y el sistema inmunitario, un conocimiento imprescindible para diseñar tratamientos más eficaces y orientar futuras investigaciones sobre vacunas.

Frente a la malaria: ciencia al servicio de la comunidad

A finales de la década de 1980, la malaria volvía a convertirse en un problema de salud pública en Venezuela, e Hilda decidió orientar su investigación hacia esta enfermedad. Lejos de escoger el camino más sencillo, centró sus esfuerzos en Plasmodium vivax, el parásito responsable de la mayoría de los casos de esta enfermedad en América Latina y, al mismo tiempo, uno de los más difíciles de estudiar en el laboratorio por su compleja biología.

Con una visión interdisciplinaria, el laboratorio de Pérez incorporó técnicas de biología molecular y biotecnología que eran avanzadas e innovadoras para la época. Estas herramientas les permitieron caracterizar proteínas del parásito y avanzar en el desarrollo de métodos de diagnóstico temprano y en la identificación de posibles candidatos para futuras vacunas. Además de producir resultados científicos de gran impacto, Pérez impulsó una forma de trabajar basada en la cooperación entre laboratorios, favoreciendo así la creación de redes de investigación que fortalecieron la capacidad científica del país.

El trabajo de Hilda tuvo un impacto directo en las zonas rurales y comunidades indígenas al sur del río Orinoco, donde la transmisión era alta y el acceso a la salud era limitado. Gracias a sus contribuciones, fue posible orientar tratamientos más efectivos frente a la creciente resistencia del parásito a los medicamentos convencionales, demostrando que la ciencia de vanguardia puede y debe ser una herramienta de justicia social.

Formación de nuevas generaciones

Más allá de sus más de cien publicaciones científicas y su papel como asesora experta de la Organización Mundial de la Salud, esta mujer tuvo un gran impacto como docente de la Universidad de Los Andes, la Universidad Central de Venezuela y el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Allí formó a generaciones de estudiantes que posteriormente continuarían investigando en inmunología, microbiología y parasitología. También participó activamente en la creación de programas de posgrado y sociedades científicas, como la Sociedad Venezolana de Parasitología, de la que fue presidenta en dos ocasiones.

A lo largo de su trayectoria recibió diversos reconocimientos, entre ellos la Orden Rafael Rangel al Mérito Científico en 1995 y el Premio Mujeres en Ciencia, en su primera edición (2013), concedido por la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales de Venezuela.

Hilda Pérez Carvajal falleció el 19 de julio de 2019 en Caracas, a los 74 años.

Referencias

Sobre la autora

Edurne Gaston Estanga es doctora en ciencia y tecnología de los alimentos. Actualmente se dedica a la gestión de proyectos en organizaciones que fomentan la difusión del conocimiento de la ciencia y la tecnología.

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Mujeres, ciencia y mercado: evidencia sobre la brecha de género en la innovación tecnológica

Las mujeres artistas han sido con frecuencia relegadas por la historia oficial. Muchas de sus obras permanecieron durante años ocultas, ignoradas o incluso atribuidas a hombres. Un ejemplo es Lady at the Tea Table (1883-1885), de la pintora impresionista estadounidense Mary Cassatt. Debido a las críticas de su familia, Cassatt conservó el cuadro en su colección privada durante décadas, hasta donarlo en 1923 al Museo Metropolitano de Nueva York, donde hoy se expone.

Mary Cassatt, Lady at the Tea Table (c. 1883-1885), Wikimedia Commons.

El artículo de Marlène Koffi y Matt Marx «Cassatts in the attic: Is there a gender gap in the commercialization of science?» estudia si a las contribuciones científicas realizadas por mujeres con potencial de comercialización les ocurre lo mismo que a las obras de arte realizadas por mujeres: ¿se quedan guardadas en un cajón o en el ático? El trabajo se pregunta si los descubrimientos científicos de investigadoras tienen la misma probabilidad que las realizadas por investigadores de convertirse en innovaciones comercialmente explotadas. ¿Afecta la desigualdad de género también al proceso mediante el cual el conocimiento científico se transforma en innovaciones comercialmente explotadas?

Datos y resultados principales

El trabajo utiliza información de 70 millones de artículos científicos publicados en múltiples disciplinas. Para medir la comercialización, vincula publicaciones científicas con patentes posteriores relacionadas con esos descubrimientos. De este modo se puede observar qué avances científicos terminan teniendo una aplicación concreta.

Para asegurarse de que las diferencias observadas no reflejan simplemente una mayor o menor calidad científica, el artículo compara investigaciones con características muy similares en cuanto a impacto académico, potencial comercial y composición de los equipos. De este modo, investiga si existe una brecha que se debe realmente al género y no a posibles diferencias en la calidad o relevancia de la investigación o al potencial económico de los descubrimientos.

El artículo identifica una brecha de género del 14 % en la comercialización de la ciencia. Es decir, los avances científicos realizados por mujeres tienen una menor probabilidad de llegar al mercado que los realizados por hombres.

Además, la brecha es especialmente pronunciada cuando la última autora del artículo (la investigadora principal o directora del laboratorio) es una mujer. Incluso entre trabajos de alta calidad, los resultados producidos bajo liderazgo femenino son comercializados con menor frecuencia. Ello es especialmente relevante porque indica que la desigualdad aumenta precisamente en los segmentos de investigación con mayor potencial de impacto.

Posibles explicaciones

Uno de los resultados más llamativos es que la brecha desaparece cuando los propios científicos o las propias científicas crean nuevas empresas para aplicar industrialmente sus descubrimientos. Es decir, las diferencias entre hombres y mujeres prácticamente no existen cuando las investigadoras participan directamente en la creación de empresas (startups) para llevar sus descubrimientos al mercado.

Este resultado sugiere que la brecha en la comercialización se debe a los intermediarios tradicionales del proceso de desarrollo empresarial (grandes empresas, departamentos de I+D o inversores). Estas organizaciones pueden no reconocer adecuadamente las contribuciones científicas femeninas o pueden valorarlas menos de lo que deberían.

El artículo también encuentra evidencia compatible con otro mecanismo bien conocido en economía y sociología: la homofilia de género, es decir, la tendencia de las personas a colaborar con otras de su mismo género. Como la mayoría de quienes toman decisiones sobre el desarrollo y la explotación comercial de nuevas tecnologías siguen siendo hombres, los descubrimientos realizados por científicos varones pueden beneficiarse de redes profesionales más favorables. De hecho, la brecha se reduce cuando la comercialización se realiza mediante empresas pequeñas o mediante organizaciones con una mayor presencia de inventoras. Esto refuerza la hipótesis de que la composición de género de las redes de innovación influye significativamente en qué descubrimientos reciben atención comercial.

Conclusión

Koffi y Marx muestran que existe una brecha del 14 % en la comercialización de la ciencia que no puede atribuirse a diferencias en calidad ni en potencial comercial. La desigualdad es especialmente marcada para investigaciones dirigidas por mujeres y para investigaciones de alta calidad. La desaparición de la brecha cuando las investigadoras comercializan directamente sus descubrimientos mediante nuevas empresas sugiere que los sesgos, las redes profesionales y las estructuras organizativas desempeñan un papel fundamental en la existencia de la brecha.

Si descubrimientos de igual calidad tienen distintas oportunidades de llegar al mercado según el género de quienes los producen, no solo se genera una desigualdad para las investigadoras. También se desperdician oportunidades de innovación que podrían beneficiar al conjunto de la sociedad.

Referencia

KOFFI, Marlène y MARX, Matt, 2026, «Cassatts in the attic: Is there a gender gap in the commercialization of science?». American Economic Journal: Applied Economics 18 (2), 266-298

Sobre el autor

David Pérez Castrillo es doctor en Economía y profesor emérito de la Barcelona School of Economics.

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Janet Taylor, la brújula matemática del siglo XIX

Janet Taylor.

Son pocas las mujeres que han tenido protagonismo en la historia de la navegación. Sus contribuciones se han ignorado de forma constante, destacándose solo los inventos hechos por hombres, sus grandes gestas y descubrimientos. Pero en este panorama hay una figura femenina que en el siglo XIX, justo el momento en el que el Europa expandía sus tentáculos por el océano global, supuso una revolución en el arte y la ciencia de navegar. Se trata de la británica Janet Taylor, que aplicó el hallazgo de Isaac Newton de que la Tierra es esferoidal, es decir, que está achatada por los polos, a los cálculos de navegación. Aquello aumentó la precisión y la seguridad de los navegantes, siendo reconocida por ello en un mundo regido por el género masculino.

Nacida como Jane Ionn el 13 de mayo de 1804, en el condado de Durham (Inglaterra),  tuvo la fortuna de que su padre, profesor de navegación, la permitiera estudiar de niña en una escuela de varones donde enseguida destacó por su precoz inteligencia. La base matemática que logró allí, le facilitó obtener a los 9 años una beca de la Reina Carlota para continuar sus estudios en la Escuela Real de Bordado para Mujeres donde, pese a eses nombre, pudo cultivar su pasión por los globos terráqueos, los mapas y la geometría. Cuando la escuela cerró, se trasladó a un internado a las afueras de Londres, donde comenzó siendo adolescente a trabajar como tutora.

Al salir, con solo 16 años, Janet se colocó como institutriz en una familia, a cuyos hijos fascinaba con sus clases de astronomía. Al morir su padre un año después, se encontró con una importante herencia, si bien optó por ayudar a su hermano, que había abierto un negocio y necesitaba apoyo con sus finanzas, una experiencia que le sirvió para más adelante para abrir sus empresas, como mujer emprendedora que era. Fueron años en los que, por su cuenta, empezó a resolver enigmas de navegación cada vez más complejos, más por inquietud personal que por pensar en vivir de su talento.

Cuando su hermano se arruinó, la joven se fue a vivir a Amberes con un familiar, donde conoció al que sería su esposo, George Taylor, que regentaba un pub. Juntos, en 1831, decidieron abrir la primera Academia de Náutica George Taylor, nombrada así por su esposo aunque era ella la que aportaba el conocimiento. Su idea era obtener ingresos con la publicación de libros, la venta de cartas náuticas y el desarrollo de instrumentos, hasta lograr fondos para ofrecer formación con el plan de estudios diseñado por Janet.

Para su primer libro, la joven se puso a recalcular las ecuaciones de navegación, que aún se basaban en que la Tierra era una bola esférica cuando se sabía desde Newton que no era así. Tras numerosos y laboriosos cálculos, elaboró ​​nuevas tablas de posición, que publicó en 1833 como Tablas Luni-Solares y Horarias, una obra que tuvo siete ediciones en los siguientes 20 años. Un año después publicó Principios de Navegación Simplificados, que permitían enseñar cómo utilizar tanto sus tablas como otros métodos usados por los marineros para determinar su posición y rumbo en el mar. Si bien al principio estos avances no eran muy conocidos, la crítica furibunda que recibió por sus tablas en 1835 en The Nautical Magazine, fue un golpe de timón. El artículo ponía en entredicho sus datos, destacando que era una mujer quien los hacía para quitarles valor. Pero Janet no se amilanó y en el siguiente número de la revista respondió con argumentos que demostraban que había decenas de millas de diferencia entre sus posiciones y las usadas hasta entonces para navegar. Fue tan contundente que el respeto de la comunidad náutica aumentó exponencialmente y sus libros se convirtieron en lectura obligada.

Algunas de las publicaciones de Janet Taylor.

La cuestión es que estas investigaciones no le daban suficiente para vivir y emprender. Ya en 1834 había patentado un instrumento de su invención –para algunos su gran aportación– en el que invirtió su herencia, una calculadora de navegación, que unía varios instrumentos en uno permitiendo medir a la vez ángulos, altitud, tiempo real y acimut. De hecho, fue la primera mujer en patentar un invento para navegar de la historia. Y de nuevo tropezó con dificultades: el Almirantazgo británico no la autorizó oficialmente porque consideró que era demasiado sofisticada para los marineros. Curiosamente en tiempos recientes se reprodujo y se calificó como “una genialidad adelantada a su tiempo”, aunque las autoridades navales de su tiempo llegaron a decir que era algo “indigno del patrocinio de los lores”.

El nuevo revés, lejos de hundirla, la animó a iniciar nuevas aventuras. En 1835 abrió otro negocio con su nombre: la Academia Náutica de Mrs. Janet Taylor, donde vendía instrumentos necesarios para enfrentarse al océano. Trabajaba para ella un fabricante que hacía sus diseños y que, para su disgusto, acabó por independizarse y abrir un local cerca del suyo. Por supuesto, también vendía sus publicaciones: en 1842, Taylor publicó un segundo libro, Epítome de Navegación y Astronomía Náutica, con las Tablas Lunares Mejoradas, que alcanzó las 12 ediciones. Novedad suya fue también una guía para navegar por la costa brasileña. Cada vez más conocida, eran muchos los que antes de iniciar un viaje se pasaban por su academia para llevarse cartas de navegación que ella modificaba a mano con información mucho más precisa que la que venía del Almirantazgo, muy retrasado a la hora de actualizarla.

La academia creció en fama porque no solo enseñaba a oficiales de la marina mercante las técnicas para navegar (incluyendo trigonometría, geometría, matemáticas, astronomía, mecánica, meteorología, etcétera), sino que facilitaba que los barcos surcaran los mares con mucha más seguridad. De todas sus actividades, la más lucrativa era ajustar las brújulas que llevaban los buques, que se desajustaban debido al hierro con el que se hacían. Para ello, formó a uno de sus trabajadores como experto en estos ajustes.

Más trabas en el camino por ser mujer

Todo ello lo compaginaba con una gran familia: entre 1831 y 1844 dio a luz a ocho hijos. Cuentan sus biografías que Janet se negaba a descansar y recuperarse entre parto y parto porque le preocupaba que su inactividad pusiera en peligro vidas de marineros. Este compromiso sería valorado por gobiernos extranjeros –desde los monarcas holandeses y prusianos hasta el Papa–, que le otorgaron medallas de oro en reconocimiento a sus contribuciones.

Tarjeta promocional de Janet Taylor (1850).

Los que tardaron en reconocer su mérito fueron los gobernantes de su propio país, a los que Taylor solicitó repetidamente una pensión anual, como las 300 libras anuales que si le concedían a la astrónoma Mary Somerville, pero se la negaron repetidamente hasta que murió George y entonces le dieron el mínimo: 50 libras al año. Además, cuando murió su esposo también el ajustador de brújulas que ella formó se fue con la competencia, lo que la generó un importante agujero.

Aún así, trató de mantener su negocio con sus innovaciones. En la Gran Exposición de 1851, presentó una bitácora de bronce con brújula como un objeto especial y en los años siguientes siguió haciendo experimentos –como balancear barcos de un lado a otro del Támesis para registrar el movimiento de la brújula–, probando sus inventos (como un accesorio para sextantes y cuadrantes, llamado ‘horizonte artificial marino’)  y diseñando innovadoras brújulas y sextantes, que presentó en 1862 en la Exposición Universal de Londres. Al año siguiente, aún publicaría una edición de su popular obra Directions to the Planisphere of the Stars, su guía detallada del cielo nocturno.

Nada de ello fue suficiente para cambiar el rumbo financiero de la empresa. Además, ninguno de sus hijos tenía el más mínimo interés de seguir sus pasos, así que finalmente la declaró en bancarrota en 1864. En 1866, con 62 años de edad, Janet Taylor abandonó Londres definitivamente para irse con sus familiares, con quienes vivió los últimos cuatro años, afectada por una grave bronquitis que acabaría con su vida.

Cuentan que poco antes de morir, el 26 de enero de 1870, una de sus últimas peticiones fue poder contemplar Polaris, la Estrella Polar que guía a los marineros. A ellos les dejó un revolucionario legado para su época, tanto en la navegación marítima como en la astronomía. Y Janet, sobre todo, rompió los esquemas de una opresiva sociedad victoriana que intentó invisibilizarla, pero que no lo consiguió. Hoy es considerada una de las mentes técnicas más brillantes de su época.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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La caza de meteoritos

Imagen de fondo: Wikipedia.

Cuando cae un meteorito, empieza una carrera frenética. Tienes que correr mucho, comprar el vuelo el mismo día para ir a buscarlo y llegar el primero.

Maria Elizabeth Zucolotto, astrónoma

Fuente de la cita

Naiara Galarraga Gortázar, Meteoríticas, las científicas que cazan meteoritos en Brasil, El País, 33 julio 2026

Para saber más

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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Karla Ximena Vargas Berrones: «Mi meta es que mis investigaciones ayuden a sanar nuestros ríos y mares»

Karla Ximena Vargas Berrones es Licenciada en Química, Magister en Planeación Estratégica e Innovación y Doctora en Ciencias Ambientales. Es investigadora y docente en la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

Su línea de investigación se enfoca en el desarrollo tecnológico de compuestos químicos sustentables y bioinsumos para disminuir la exposición y efectos adversos a la salud humana y ecológica por la exposición a contaminantes emergentes, así como ofrecer alternativas sostenibles y seguras para el uso de productos químicos domésticos e industriales.  

Ha recibido varias distinciones por su trabajo; la más reciente, en 2024, es la beca L’Oréal-UNESCO para las Mujeres en la Ciencia en colaboración con la Asociación Mexicana de Ciencias. Este reconocimiento subraya su destacada contribución y compromiso con la investigación científica en el ámbito de la química y las ciencias ambientales.

Karla Ximena Vargas Berrones. Fotografía proporcionada por la investigadora.

1. ¿Cuál es tu área de investigación?
Mi trabajo se enfoca en la protección del medio ambiente a través de la ciencia y la tecnología. Investigo cómo restaurar ecosistemas dañados y cómo prevenir la contaminación antes de que ocurra. Actualmente, mi labor se divide en tres áreas clave: primero, identifico contaminantes peligrosos para evitar que afecten nuestra salud; segundo, desarrollo métodos para limpiar ríos, manglares y mares —especialmente tras derrames de petróleo— usando limpiadores orgánicos creados en mi laboratorio; y finalmente, diseño productos industriales seguros, como detergentes sustentables, que impulsan una economía más limpia y circular.

2. ¿Por qué te dedicas a ella?
Me apasiona innovar y crear soluciones reales que cuiden nuestro planeta. Para mí, la innovación no se trata solo de construir robots o viajar al espacio. Soy fiel creyente de que la innovación puede salvar al planeta desde lo cotidiano, no solo con grandes máquinas. Me motiva el reto de sacar los inventos del laboratorio y llevarlos a la industria, porque es ahí donde realmente transforman el mundo. Mi trabajo consiste en tender un puente entre el laboratorio y la industria para que los cambios lleguen a todos. Un ejemplo de esto son los detergentes que desarrollo: una respuesta directa a problemas globales como la contaminación del agua, protegiendo así nuestra salud y la naturaleza.

Al final del día, mi meta es crear soluciones que sanen nuestros ecosistemas y aseguren el bienestar de quienes habitamos en ellos.

3. ¿Has tenido alguna figura de referencia en tu trayectoria?
Mi familia es el pilar de mi trayectoria. De mis padres aprendí que construir una familia es el máximo trabajo en equipo: es sostener al otro cuando no puede y entender que, a veces, para lograr el 100 %, uno pone el 90 % y el otro el 10 % sin reclamos.

Ellos me enseñaron que, mientras la ciencia y los experimentos permiten segundas oportunidades, el tiempo en casa es irreversible. Mis hijos crecen solo una vez. He comprobado que cuando la vida personal está en equilibrio, la profesional despega; tener una red de apoyo sólida hace que cualquier desafío sea más fácil de superar.

4. ¿Qué te gustaría descubrir o solucionar en tu campo?
Creo firmemente que la contaminación del agua es uno de los desafíos más críticos de nuestra era. Aunque resolverlo por completo es una tarea compleja, atenderlo de forma integral puede generar cambios extraordinarios. Mi meta es que mis investigaciones ayuden a sanar nuestros ríos y mares desde dos frentes: primero, evitando la raíz del problema mediante la creación de detergentes sostenibles que no generen residuos tóxicos; y segundo, desarrollando técnicas naturales (biorremediación) para limpiar el agua que ya está dañada.

Pero la ciencia no basta por sí sola; también quiero transformar la conciencia de las personas. Hoy en día, muchos desconocemos que productos tan cotidianos como los detergentes pueden afectar gravemente nuestra salud y el entorno. Compartir este conocimiento me llena de satisfacción, pues estoy convencida de que, si todos aportamos nuestro grano de arena, lograremos un impacto positivo real en la salud de nuestro planeta.

5. ¿Qué consejo darías a quien quiera adentrarse en el mundo de la investigación?
Como corredora, encuentro en el maratón la analogía perfecta para la ciencia. Correr un maratón y hacer ciencia tienen algo en común: el muro del kilómetro 30. Ese momento donde el entusiasmo del inicio desaparece, la meta se siente lejana y piensas seriamente en rendirte. Pero en la pista, como en el laboratorio, la meta no se mueve; ella te espera. Si sigues avanzando —aunque sea paso a paso— vas a llegar. Muchos creen que la ciencia es éxito tras éxito, pero en realidad es la suma de muchos fallos superados. Al final, lo que separa a un científico que transforma el mundo de los demás no es su brillantez absoluta, sino su capacidad de mantenerse en movimiento cuando otros deciden parar.

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Dormir bien para envejecer mejor

 

Paula Núñez, Universidad de Oviedo

shutterstock.

Dormir bien es fundamental para mantener una buena salud y resulta especialmente importante en las personas mayores. Mantener un ritmo de vida matutino puede favorecer la movilidad en la vejez, siempre que vaya acompañado de una vida activa. Sin embargo, factores como la contaminación lumínica o el uso de somníferos pueden dificultar un descanso verdaderamente reparador.

En un estudio reciente con 151 personas de entre 62 y 92 años, todas ellas estudiantes del Programa Universitario para Mayores de la Universidad de Oviedo (PUMUO), observamos que incluso en personas físicamente activas, con una intensa vida social y altas puntuaciones en pruebas cognitivas, los ritmos biológicos internos siguen desempeñando un papel determinante en la salud.

En concreto, los sujetos del estudio encarnaban el perfil del envejecimiento activo, realizaban ejercicio físico regular –como caminar, gimnasia de mantenimiento o pilates– y obtenían puntuaciones excelentes en todas las pruebas físicas y cognitivas.

En los test de movilidad, sus medias se situaron en el rango de “bajo riesgo de caídas”, lo que indica una agilidad envidiable. De igual forma, en los test cognitivos sus resultados rozaron el máximo de la escala, lo que demuestra una lucidez y una capacidad mental sobresalientes.

Pero a pesar del envidiable nivel de actividad de los participantes, el sueño seguía siendo el gran talón de Aquiles para muchos de ellos.

¿Alondras o búhos?

Todos conocemos a alguien que salta de la cama con energía al amanecer (llamados “alondras”) y a quien rinde mejor cuando cae el sol (los “búhos”). Esta preferencia natural se llama cronotipo y no es un simple hábito: es la predisposición biológica de nuestro cuerpo para estar alerta o descansar a determinadas horas del día.

Es muy común que, con el paso de los años, las personas experimenten un avance de fase. Esto significa que nuestro reloj biológico se adelanta, empezamos a sentir sueño antes por la noche y nos despertamos de forma natural de madrugada.

Por este motivo, los resultados con nuestros participantes fueron los esperables: casi la mitad de ellos eran del tipo matutino. Lo más revelador es que estas personas demostraron un equilibrio y una movilidad superiores a los de perfil vespertino. Los búhos del grupo obtuvieron puntuaciones satisfactorias, pero más bajas en las pruebas de estabilidad.

Esto sugiere que vivir en sintonía con la luz natural favorece una mejor coordinación motora. En las personas mayores, ese pequeño margen de estabilidad puede ser clave para prevenir caídas.

El sueño no es igual para todos

Dormir bien no es solo un placer: es el “taller” de reparación de nuestro organismo. Durante la noche, el cerebro se limpia de toxinas y los músculos se regeneran para mantenernos ágiles. Sin embargo, este proceso no se desarrolla de la misma manera en todas las personas.

Uno de los hallazgos más llamativos es que las mujeres presentan peor calidad de sueño que los hombres, con más despertares nocturnos asociados, por ejemplo, a dolores físicos o sofocos. Además, se identificaron dos grandes enemigos del descanso:

  1. La luz nocturna. Dormir con claridad en la habitación o usar dispositivos electrónicos antes de acostarse empeora drásticamente la calidad del sueño. Un descanso reparador debe ser ininterrumpido y profundo, permitiendo que el cuerpo complete sus ciclos naturales. Si hay luz, el sueño se vuelve ligero y fragmentado, lo que provoca que nos despertemos con una sensación de agotamiento, como si no hubiéramos descansado.
  2. Los fármacos para dormir. El uso de esta medicación se asocia con un menor rendimiento cognitivo. En términos sencillos, estas pastillas podrían estar nublando la agilidad mental y la memoria de quienes las consumen. Por ello es fundamental que cualquier ajuste o cambio en la medicación se realice siempre bajo supervisión médica.

Claves para un envejecimiento activo

Para que nuestro cuerpo sepa que es hora de dormir, necesitamos mantener una “higiene de luz” un par de horas antes de acostarnos. Lo ideal es usar luces tenues y cálidas en casa y evitar las pantallas de móviles y tablets. En caso de despertarnos a medianoche es importante mantenernos a oscuras lo máximo posible. Esto ayuda a que el cerebro fabrique melatonina, la hormona que regula el ciclo del sueño y facilita el descanso.

En el caso de los adultos mayores, las guías médicas son claras: las pastillas para dormir deben ser la última opción. Si se usan, debe ser por periodos breves y a dosis muy bajas. Lo más recomendable es apostar por estrategias naturales, como rutinas fijas y terapia especializada, que ataquen la raíz del insomnio sin generar dependencia.

Sin duda, para valernos por nosotros mismos –incluso a edades avanzadas– no basta con estudiar y mantenernos activos: también hay que escuchar al reloj biológico y cuidar la calidad del sueño.The Conversation

Sobre la autora

Paula Núñez, Profesora de Fisiología, Universidad de Oviedo

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Ir al artículo original.

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Tanya Atwater, la geofísica que ayudó a reconstruir la historia de la costa oeste de Norteamérica

Cuando Tanya Atwater comenzó a estudiar Geología en la década de 1960, la mayor parte del conocimiento sobre la Tierra seguía interpretándose como si continentes y océanos hubieran estado siempre más o menos donde están ahora. Se conocían las montañas, los volcanes y el magma que tienen debajo, los terremotos y sus mecanismos, las grandes fallas en las que se divide la corteza terrestre…, pero no había una explicación general que justificara todos esos fenómenos.

Tanya Atwater. AMACAD.

Cuando llevaba ya varios años de formación, y aún tenía otros cuantos por delante, la disciplina sufrió un auténtico terremoto, esta vez intelectual. La acumulación de pruebas procedentes del fondo de los océanos, del estudio del magnetismo de las rocas y de la actividad sísmica terminó consolidando la llamada teoría de la tectónica de placas: la superficie terrestre estaba formada por enormes fragmentos rígidos “flotando” sobre otras capas no del todo sólidas y que por tanto se desplazaban lentamente unos respecto a otros.

Aquella nueva idea obligó a reinterpretar prácticamente toda la historia geológica conocida. Atwater estaba entonces en primera fila de esta revolución científica y contribuyó a demostrar cómo esa nueva teoría permitía explicar la evolución del oeste de Norteamérica y el origen de una de las estructuras geológicas más estudiadas del planeta, la falla de San Andrés.

Formarse en mitad de una revolución científica

Tanya Atwater nació en Los Ángeles (California) en 1942 y creció en una región donde terremotos, volcanes y grandes cordilleras forman parte del paisaje cotidiano. Aquellos fenómenos despertaban desde hacía décadas el interés de los geólogos, aunque todavía no existía un marco teórico capaz de explicar por qué aparecían precisamente allí. Quizá porque creció rodeada de estos fenómenos eligió estudiar Geología en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), donde se licenció en 1965 y se doctoró en 1972.

Fueron años excepcionales para esta rama de la ciencia. Gracias al desarrollo de nuevas técnicas de exploración del fondo oceánico, las campañas oceanográficas estaban revelando que los océanos escondían largas cordilleras submarinas, profundas fosas y un registro magnético que solo podía explicarse si el suelo oceánico se estaba creando y desplazando continuamente. Aquellas observaciones terminaron por consolidar una idea que hasta entonces había sido recibida con escepticismo: los continentes no eran estructuras inmóviles, sino que viajaban lentamente sobre placas tectónicas en movimiento.

Atwater recordaría años después que tuvo la suerte de formarse precisamente cuando muchas de las grandes preguntas seguían abiertas y era posible participar directamente en la construcción de las respuestas.

Un rompecabezas geológico

Su tesis doctoral abordó uno de los problemas más complejos de la geología norteamericana: reconstruir la evolución tectónica de la costa oeste del continente durante los últimos millones de años.

Hasta entonces, muchos de los rasgos geológicos de California parecían difíciles de relacionar entre sí. Existían grandes fallas, cordilleras, cuencas donde se habían depositado y compactado sedimentos durante miles de años, volcanes y fragmentos de antigua corteza oceánica cuya distribución no se había podido explicar de forma completa y satisfactoria hasta entonces. La nueva teoría de la tectónica de placas ofrecía un punto de partida para conseguirlo, pero sin una demostración basada en evidencias no era más que una hipótesis.

Atwater reconstruyó los movimientos de las placas del Pacífico, Norteamérica y Farallón a lo largo del tiempo (hablamos de eras geológicas, esto es, miles y millones de años) y demostró cómo la desaparición progresiva de esta última explicaba la formación de la falla de San Andrés y buena parte de la evolución tectónica del oeste de Norteamérica. Su trabajo permitió integrar en un único modelo fenómenos que hasta entonces se habían estudiado por separado.

La falla de San Andrés y la larga historia que cuenta

La falla de San Andrés aparece en la conversación pública cada vez que un terremoto sacude California, algo que ocurre con cierta frecuencia. Sin embargo, pensar en ella simplemente como una grieta es quedarse en la superficie de su naturaleza, ya que esa falla es en realidad el punto donde dos placas tectónicas que llevan millones de años desplazándose se encuentran, se chocan y se rozan continuamente.

Falla de San Andrés en la llanura de Carrizo. Wikimedia Commons.

Para entender y confirmar esto fue necesario reconstruir océanos desaparecidos, trazar el movimiento de placas ya desaparecidas, consumidas en el interior de la Tierra, y calcular cómo ha cambiado la posición de los continentes actuales durante millones de años.

Atwater llevó a cabo esas reconstrucciones, cálculos y proyecciones, y gracias a eso pudo contar la historia de forma coherente. Sus mapas mostraban que la geología de California no era el resultado de procesos aislados, sino el capítulo más reciente de procesos que llevan en marcha desde mucho antes de que existieran los seres humanos. Aquellos trabajos se convirtieron en una referencia para generaciones de geólogos y geólogas y siguen utilizándose para explicar la evolución tectónica de la región.

Enseñando la nueva teoría

Tras completar el doctorado, Atwater desarrolló la mayor parte de su carrera en la Universidad de California en Santa Bárbara, donde continuó investigando sobre la evolución tectónica del océano Pacífico y la costa oeste norteamericana.

Con el tiempo dedicó una atención creciente a la divulgación científica. Era consciente de que uno de los mayores obstáculos para comprender la tectónica de placas reside en la enorme escala temporal sobre la que actúan estos procesos: desde la perspectiva del tiempo que tenemos los seres humanos, procesos tan gigantescos y tan lentos (las placas se desplazan unos pocos centímetros al año, como mucho) resultan difícilmente aprehensibles. Para superar esa dificultad trabajó en el desarrollo de animaciones y reconstrucciones digitales capaces de mostrar el movimiento de continentes y océanos a lo largo de millones de años. Aquellas herramientas han terminado utilizándose tanto en investigación como en enseñanza y permitieron visualizar procesos que hasta entonces solo podían imaginarse a partir de mapas estáticos.

Su trayectoria ha sido reconocida con algunos de los principales galardones de la geología internacional, entre ellos la medalla Penrose de la Sociedad Geológica de Estados Unidos o la medalla Wollaston de la Sociedad Geológica de Londres.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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Lady Nazca

Lady Nazca es un drama histórico franco-alemán dirigido por Damien Dorsaz, estrenado en Alemania y Francia en 2025, y en otros países el pasado 3 de julio de 2026.

Perú, 1936. María, una joven maestra alemana instalada en Lima, intenta encontrar su lugar lejos de casa. Su vida cambia cuando conoce a Paul d’Harcourt, un arqueólogo francés que la introduce en un mundo desconocido y fascinante: el desierto de Nazca.

Allí, bajo la inmensidad de la pampa peruana, María descubre unas misteriosas figuras milenarias trazadas sobre la tierra. Lo que comienza como una revelación inesperada se convierte poco a poco en una obsesión, una vocación y, finalmente, en la gran obra de su vida.

Inspirada en la historia real de María Reiche, Lady Nazca narra el viaje extraordinario de una mujer adelantada a su tiempo que, guiada por la curiosidad, la pasión y una determinación inquebrantable, dedicó su vida a estudiar y proteger uno de los enigmas arqueológicos más fascinantes de la humanidad.

Sinopsis

Damien Dorsaz conoció personalmente a Maria Reiche, cuya vida inspiró Lady Nazca; fue en 1996, en su primer viaje a Perú, dos años antes del fallecimiento de la arqueóloga. Aunque Lady Nazca está inspirada en la vida de la verdadera Maria Reiche, el cineasta comenta:

No es en absoluto un biopic, y mucho menos una recreación histórica. Es una búsqueda existencial, un viaje de autodescubrimiento. También podría resumir la película así: una persona descubre qué quiere hacer con su vida y encuentra una conexión profunda con el mundo.

Actualmente, la teoría más aceptada del significado de las figuras del desierto de Nazca (patrimonio de la Humanidad de la UNESCO) es la que propuso en su momento Maria Reiche: se trataría de un gigantesco calendario astronómico, el más grande de la historia, realizado para medir los ciclos agrícolas.

Lo que intenté transmitir con Lady Nazca es un personaje europeo que, por una vez, no solo viene a llevarse cosas de un país o a vivir una historia exótica, sino que llega para servir a esta cultura y termina dedicándole su vida. […] Lo que me gustó del personaje de María es que es extremadamente humilde. No impone nada a los peruanos de la región; se enamora de su cultura. Se sumerge profundamente en su mundo.

Damien Dorsaz

Más información

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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Alwine Bertels-Psotka, respetada micropaleontóloga argentina

Entre las especialistas en el estudio de los microfósiles nacidas en Sudamérica, a lo largo de gran parte del siglo XX ha destacado la figura de Alwine Bertels-Psotka. Durante casi 40 años de ininterrumpida actividad, sus originales contribuciones sobre diminutos organismos que vivieron hace unos 60 millones de años lograron ampliar y enriquecer los conocimientos de la comunidad especializada.

Alwine Bertels. «Mujeres de las piedras».

Su legado ha sido altamente valorado tanto en su país como en el extranjero, razón por la cual la Asociación Paleontológica Argentina instituyó y comenzó a otorgar un premio en su nombre a partir del año 2022, dedicado a «profesionales en investigaciones paleontológicas o disciplinas relacionadas». Asimismo, el acreditado laboratorio de la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde pasó largas jornadas de trabajo, lleva el título de «Laboratorio de Micropaleontología Dra. Alwine Bertels-Psotka».

Primeros pasos de una notable investigadora

Nacida el 10 de enero de 1930 en la provincia de Santa Fe, Alwine Bertels-Psotka no tuvo una vida sencilla. Como ha descrito el doctor en microbiología del Museo Argentino de Ciencias Naturales, Horacio H. Camacho, «Alwine, dotada de un carácter firme decidido y luchador, supo afrontar con entereza todas las situaciones surgidas a lo largo de su recorrido vital».

Comencemos apuntando que, una vez completada su formación primaria y secundaria, la joven Alwine optó por matricularse en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, para estudiar Ciencias Geológicas. Muy pronto se despertó su vocación por el estudio de los foraminíferos fósiles, y formó parte del primer curso de micropaleontología impartido en su universidad.

Señalemos que los foraminíferos son pequeños organismos unicelulares que generan una concha externa propia de cada especie. Son muy útiles en los estudios paleontológicos porque muestran fielmente su continuo desarrollo evolutivo, de modo que las especies más antiguas se encuentran en los yacimientos más viejos. De esta manera, identificando los foraminíferos hallados en un sustrato determinado se puede calcular su antigüedad.

Alwine Bertels-Psotka, tras finalizar la licenciatura en 1968 defendió su Tesis Doctoral centrada en la micropaleontología y estratigrafía de diminutos organismos fósiles. Tal como se informa en el libro Mujeres de las piedras, se trata de un excelente trabajo sobre foraminíferos con unos 60 millones de años de antigüedad procedentes de la provincia de Neuquén, sita en el noroeste de la Patagonia.

El citado experto Horacio Camacho, ha especificado en relación a dicha tesis que «en aquel tiempo, uno de los problemas estratigráficos más discutidos se relacionaba con el límite Cretácico–Terciario, al que no se podía identificar a través del estudio de las megafaunas [esto es, animales «gigantes», «muy grandes» o «grandes», hoy extinguidos], por lo que el conocimiento de las microfaunas [o sea, organismos microscópicos, de tamaño inferior a 0,1 mm], alentaba grandes esperanzas en la búsqueda de una posible solución». Fue este contexto el que impulsó a Alwine Bertels-Psotka a dedicar sus esfuerzos a los microorganismos. «Al hacer suyo este desafío, continúa el profesor Camacho, convirtió la investigación de los foraminíferos en el tema medular y predominante de su vida».

Desarrollo de una excelente carrera profesional

Tras doctorase, ha descrito el mencionado microbiólogo, «fue muy importante para su formación científica posterior recibir una beca externa otorgada por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, CONICET, que en 1965 le permitió ampliar estudios en Alemania, concretamente en Frankfurt y en Hannover».  Posteriormente, en 1967 acudió al prestigioso laboratorio oceanográfico Woods Hole (Woods Hole Oceanographic Institution) en los Estados Unidos.

Tal como informa Wikipedia, a partir del año 1970, Alwine Bertels-Psotka estableció vínculos con instituciones científicas brasileñas, particularmente con la Universidad Federal de Río Grande do Sul. Nació entonces una fructífera colaboración que le ofreció la oportunidad de realizar interesantes publicaciones relacionadas con la fauna fósil de la región sur de Brasil. En esas fechas, también llevó a cabo investigaciones en el Atlántico Sur, incluyendo microfaunas del litoral bonaerense y del Plateau de Malvinas, una gran meseta submarina ubicada al suroeste del océano Atlántico Sur.

En cuanto a la capacidad investigadora de Alwine, el experto Horacio Camacho ha dejado escrito que era una «trabajadora incansable, no detenía el ritmo de sus actividades ni durante los días festivos, y las exigencias que ella misma se imponía las trasladaba a quienes dirigía en los trabajos de investigación. Sin embargo, detrás de la aparente dureza que parecía caracterizar algunos de sus actos, se escondía una personalidad extremadamente humana y generosa, dispuesta en todo momento a brindar ayuda desinteresadamente. Quienes, a través de los años tratamos a Magda (como afectuosamente la nombrábamos) con mayor asiduidad, siempre observamos en ella una conducta leal y sincera».

Ampliando horizontes

El conocimiento de los foraminíferos característicos de otras regiones del mundo, permitió que nuestra protagonista estableciese con bastante precisión las características principales de los nuevos yacimientos objeto de su investigación. Ciertamente, sus contribuciones centradas en microorganismos de la región austral fueron de gran trascendencia, ya que sus resultados no solo enriquecieron el estado de la cuestión del momento con el aporte de nuevas especies y datos, sino que, además estimularon y sirvieron de modelo para numerosos proyectos originales en trabajos posteriores.

A lo expuesto hay que añadir que, paralelamente a sus actividades de investigación científica, a partir de 1969 Alwine Bertels-Psotka inició una intensa y meritoria carrera docente en el Departamento de Ciencias Geológicas de la UBA; primero como profesora ayudante hasta alcanzar casi diez años más tarde, en 1978, el máximo nivel docente: Profesora Titular de Micropaleontología, según se describe en el citado libro Mujeres de las piedras.

Alwine Bertels. Wikimedia Commons.

Cabe asimismo apuntar que esta inagotable científica no limitó su docencia a la UBA, sino que desde comienzos de los años setenta, también impartió clases y conferencias en la Universidad de la Plata. A todo ello, agregó su participación en la formación de mi­cropaleontólogos brasileños, principalmente a través de la Universidad Federal de Río Grande do Sul. Igualmente, colaboró con el Centro de Investigaciones Petroecuador de Guayaquil en varias ocasiones.

Logros y reconocimientos

Las múltiples aportaciones de notable valor con las que Alwine Bertels-Psotka enriqueció la micropaleontología, la hicieron merecedora de diversas distinciones y honores. A título de ejemplo, cabe recordar que fue la primera mujer elegida para ocupar cargos de relevancia. Entre 1975 y 1977, fue Presidenta de la Asociación Paleontológica Argentina. Por esas fechas, en 1976, la nombraron directora del reconocido laboratorio de Micropaleontología de la Facultad de Ciencias Exactas (UBA). En 1978 presidió el Primer Congreso Latinoamericano de Paleontología, celebrado en la ciudad de Buenos Aires, como se explicita en Mujeres de las piedras.

Los reconocimientos, sin embargo, no procedieron solo de su país natal. Internacionalmente, fue escogida para coordinar y asesorar importantes proyectos de investigación, gran parte de ellos instaurados por la acreditada y famosa Organización de las Naciones Unidas, UNESCO.  Por otra parte, tuvo el honor de formar parte activa del Comité Editor de la reconocida publicación científica de micropaleontología Stereo-atlas of Ostracod Shells, creada en 1973 en la Universidad de Leicester por destacados expertos del Reino Unido y del resto del mundo. Como se apunta en Wikipedia, a lo largo de sus 25 años de historia la serie de esta publicación, que concluyó en 1998, incluyó a figuras notorias de la comunidad micropaleontológica.

El citado paleontólogo Horacio Camacho ha enfatizado que la científica «expuso los resultados de sus investigaciones en numerosas conferencias, reuniones nacionales e internacionales y en aproximadamente 65 publicaciones en libros y revistas del país y del extranjero».

Ante tan buen currículo, hay que subrayar que en ningún momento Alwine Bertels-Psotka abandonó su labor como docente. De hecho, puso gran interés en la formación de sus discípulos, dirigiendo diez Trabajos Finales de Licenciatura y ocho Tesis Doctorales en la Universidad de Buenos Aires. Además, tuteló a cuatro Doctorandos de las Universidades de La Plata, del Comahue (provincia de Neuquén) y del Noreste (Corrientes). Y por si esto fuera poco, hay que sumar las cinco Maestrías y el asesoramiento a dos Doctorados que cumplió con entusiasmo en instituciones brasileñas.

Los galardones recibidos por Bertels-Psotka sumaron numerosas distinciones significativas, aunque aquí solo citaremos un par de ellas: el Premio Eduardo L. Holmberg (respetado médico, naturalista y escritor argentino), concedido en 1985 por la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Otro premio fue el distinguido Mérito Paleontológico, otorgado en 1996 por la Asociación Paleontológica Argentina. Destaquemos, además, que el Centro Biográfico Internacional de Cambridge (Inglaterra) la eligió Mujer del Año 1992-1993, en reconocimiento a su dilatada trayectoria científica.

Para concluir, nos hacernos eco de un párrafo escrito por el Dr. Camacho en la nota necrológica dedicada a su colega y amiga:

La desaparición física de la Dra. Alvine Bertels ha privado a la comunidad paleontológica argentina de una investigadora ejemplar, pero nos queda su obra como prolongación de su fructífera y exitosa existencia, la que ya constituye un capítulo insustituible de la historia del conocimiento micropaleontológico del Cretácico superior y del Terciario de la región austral sudamericana.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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Emmy Noether

Emmy Noether

Imagen de fondo: 4E858.06 EMMY NOETHER (1882-1935). Crédito: The Granger Collection, New York.

Tu teorema
conquistó el corazón de
las ciencias físicas.

Para saber más sobre Emmy Noether y su investigación

Nota de la autora

Un sciku consiste en una tapa de ciencia, elaborada con una breve pieza poética y servida en tres líneas. Tal y como indica su nombre, está inspirado en el haiku japonés y, como este, suele componerse de tres versos con cinco, siete y cinco sílabas, respectivamente, sin ningún tipo de rima. En español, debido a la longitud de la mayoría de las palabras, también puede emplearse la combinación 8/11/8.

Sobre la autora

Laura Morrón Ruiz de Gordejuela es licenciada en Física por la Universidad de Barcelona especializada en el campo de la protección radiológica, con un máster en Ingeniería y Gestión de Energías Renovables por IL3. Técnica de apoyo del Secretariado de Divulgación Científica y Cultural de la Universidad de Sevilla. Autora del libro A hombros de gigantas, obra que ha tenido continuidad en esta sección.

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Tus preguntas sobre las vacunas merecen respuestas reales

Kizzmekia Corbett es una inmunóloga viral estadounidense del Centro de Investigación de Vacunas  en el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (Institutos Nacionales de Salud) donde actualmente lidera el Equipo de Coronavirus. Su trabajo se centra en nuevas vacunas contra coronavirus, incluyendo la vacuna contra el COVID-19. Codesarrolló la primera vacuna contra la COVID-19 que entró en ensayos clínicos.

En esta conferencia TED2026 (en inglés, con subtítulos en castellano) Kizzmekia Corbett afirma que crear la vacuna contra la COVID-19 nunca fue la parte más difícil. El verdadero obstáculo, según ella,  es la brecha entre los científicos y las personas que tienen dudas legítimas sobre las vacunas que se les pide que reciban. La inmunóloga comparte un enfoque renovador para abordar las inquietudes sobre la vacunación y garantizar que estemos preparados para la próxima pandemia.

La tecnología de las vacunas va a seguir y seguir, pero me gusta creer que la reticencia a vacunarse no tiene por qué seguir y seguir adelante.

Transcripción del vídeo.

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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Nancy Farley Wood, física

Nancy Farley Wood. AHF.

La física y empresaria Nancy Farley Wood (1903-2003) nació un 12 de julio.

Durante la Segunda Guerra Mundial,  enseñó cálculo a militares de la Armada de los Estados Unidos en Chicago. También fue reclutada para el Proyecto Manhattan, donde diseñó y desarrolló detectores de radiación ionizante con el físico John Alexander Simpson en la división de instrumentación del Laboratorio Metalúrgico de la Universidad de Chicago.

En 1949 fundó el N. Wood Counter Laboratory, empresa fundada para desarrollar, fabricar y suministrar detectores de radiación gamma y detectores de radiación de neutrones llenos de gas. 

Más información

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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