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Cómo los jesuitas domaron al dragón chino de los eclipses

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La bandera con un dragón devorando el Sol, también conocida como bandera del Dragón amarillo se convirtió en la primera bandera nacional de China.
Wikimedia commons, CC BY

 

La imagen es poderosa: un dragón celestial devorando el Sol, mientras en la Tierra, el pueblo, aterrorizado, hace sonar tambores y gongs para espantarlo y salvar la luz del día. Este mito, que durante milenios explicó los eclipses solares en China, escondía una cruda realidad política y científica. Para los astrónomos de la corte imperial, un eclipse no era solo un espectáculo celeste, sino una cuestión de vida o muerte y de legitimidad dinástica.

En muchos textos de historia de la astronomía de los eclipses se recoge esta imagen del dragón que devora al Sol (que llegó a ser precisamente la bandera de la novena dinastía del imperio, la dinastía Qing –清朝– desde 1889 hasta su caída el 11 de octubre de 1911) como si fuera su principal contribución a este tema.

Pero resulta terriblemente injusto pensar que en un imperio milenario donde todo se registraba cuidadosamente –incluyendo, miles de años antes que en otros lugares, anotaciones sobre manchas en el Sol, estrellas nuevas y cometas– o donde la propia divinidad del emperador estaba asociada al cielo, lo único que hicieron con los eclipses fue tocar tambores.

El primer eclipse solar se registró en China

De hecho, el primer eclipse solar del que tenemos constancia ocurrió en China el 22 de octubre del año 2137 a. e. c., según aparece documentado en el Shujing o Clásico de Historia (書經) una de las fuentes históricas del Imperio chino, en compendios escritos en torno al siglo tercero antes de nuestra era, pero que recogen sucesos hasta del siglo XI a. e. c.

La leyenda cuenta que los astrónomos reales He y Hi, posiblemente distraídos o quizá ebrios e incapaces de predecirlo, fueron ajusticiados por su fracaso. Aunque debemos reconocer que toda esta historia es posiblemente apócrifa y que tanto el registro como su datación precisa de la mano de la astronomía son dudosos, como analiza el veterano comunicador científico Moncho Núñez en su reciente libro Eclipses. Historia y ciencia de la ocultación extemporánea del Sol (Guadalmazán, 2026). Un castigo ejemplarizante que mostraba que la astronomía en China era una ciencia de Estado al servicio del poder. El emperador, como “Hijo del Cielo”, basaba su legitimidad en una armonía cósmica. Un eclipse imprevisto era una grieta en ese orden, un presagio potencial de desgracia que podía interpretarse como una pérdida del Mandato Celestial.

Calendario chino y burocracia

El corazón de este sistema era el calendario lunisolar, una monumental obra de ingeniería matemática que sincronizaba los ciclos de la Luna con el año solar. Este calendario no solo organizaba el tiempo: regulaba desde la siembra y la cosecha hasta los impuestos y los complejos rituales imperiales. Su correcto funcionamiento era el termómetro del buen gobierno. Para sostenerlo se desarrolló una astronomía basada en la observación meticulosa y el registro minucioso, casi obsesivo, generando series de datos que abarcaban siglos. De hecho, se consideraba un orgullo que a lo largo de una serie temporal de miles de años se pudiera mantener la coherencia de los diferentes calendarios que se superpusieron en cada dinastía.

La Oficina de Astronomía Imperial, el Qīntiānjiān (钦天监), era la encargada de esta tarea. Sus astrónomos trabajaban con un método sofisticado basado en ciclos empíricos, derivados de ese archivo histórico. Conocían y aplicaban, por ejemplo, el ciclo metónico (19 años solares casi iguales a 235 meses lunares), un patrón descubierto también en otras culturas antiguas que permitía predecir épocas propicias para eclipses.

El nombre de este ciclo recuerda al astrónomo griego Metón de Atenas, que lo anotó en 432 a. e. c. Sabemos que en Mesopotamia se conocía dos siglos antes, aunque estaba ya en la base aún anterior de los primeros calendarios lunisolares, al tener en cuenta las repeticiones de los plenilunios a lo largo de los años solares.

Fracasos en la predicción

En cualquier caso, este método aritmético tenía un margen de error considerable. Podía alertar de que en un mes dado era probable un eclipse, pero fallaba al predecir la hora exacta, la duración o, incluso, si sería visible desde la capital imperial. Un eclipse predicho que no se veía, o uno no anunciado que oscurecía el cielo de Pekín, eran fracasos igualmente graves. Lo malo es que si se introducían correcciones para mejorar estos pronósticos, la duración de los años y los calendarios empezaba a variar y se podría perder la serie consolidada del registro histórico.

El problema se agravó durante la dinastía Ming (1368-1644). El calendario oficial, el Datong li (Calendario del Gran Inicio), establecido en 1384, acumulaba errores que se magnificaban con el tiempo. Para finales del siglo XVI, sus predicciones fallaban con frecuencia y notoriedad. Este deterioro no pasó desapercibido para los eruditos. El destacado astrónomo Xing Yunlu ya había señalado graves inexactitudes y abogado por una reforma en las décadas de 1570 y 1580. Sin embargo, su propuesta chocó con la muralla de la burocracia del Imperio Ming.

Asunto de Estado

La Oficina de Astronomía se había convertido en una casta burocrática y hereditaria. Como señala el historiador de la ciencia Nathan Sivin en su libro Granting the Seasons (Springer, 2009), estas posiciones a menudo se transmitían dentro de las mismas familias, creando un sistema nepotista más preocupado por mantener privilegios y estabilidad que por innovar (y menos aún reconocer errores). Un cambio en el calendario no era una mera actualización técnica; era un asunto de estado de primer orden que implicaba admitir el fracaso de un sistema vinculado a la legitimidad cosmológica de la dinastía. Promover una reforma era un riesgo político enorme, pues un error podía ser castigado severamente, mientras que mantener el statu quo, aunque fuera defectuoso, era el camino más seguro.

Este rifirrafe político creó el caldo de cultivo perfecto para la intervención externa. Los fracasos predictivos se hicieron tan evidentes que, hacia 1590, incluso altos funcionarios como los del Ministro de Ritos (el Ministerio de los Ritos o Lǐbù ,礼部, era uno de los seis ministerios que formaban el núcleo de la administración civil) comenzaron a presionar para buscar soluciones fuera del sistema tradicional. Fue esta crisis de credibilidad interna, y no solo la curiosidad intelectual, la que provocó que la corte acabara abriendo sus puertas a unos visitantes occidentales.

La llegada de los “letrados del oeste” y su geometría celestial

En este contexto de crisis de precisión y credibilidad en 1601 se presenta en Pekín el italiano Matteo Ricci (1552-1610), normalmente considerado el introductor del cristianismo en China, acompañado por el español Diego de Pantoja (1571-1618). Eran jesuitas, pero su estrategia fue presentarse ante la corte como “letrados occidentales”, eruditos en ciencias y matemáticas. Entre sus regalos al emperador, los más apreciados fueron los relojes mecánicos, instrumentos de una precisión en la medición del tiempo entonces desconocida en China.

Pantoja, nacido en Valdemoro (Madrid) en 1571 y formado como cosmógrafo, desempeñó un papel clave. No solo dirigió la fabricación de relojes solares, sino que colaboró con el erudito y funcionario chino Sun Yuanhua (孫元化) en el Libro ilustrado sobre el reloj de sol, Rìguǐ Túfǎ (日晷圖法), introduciendo nuevas técnicas de medición.

Su mayor aportación, sin embargo, fue demostrar la superioridad práctica de los métodos astronómicos europeos contemporáneos. Mientras el Qīntiānjiān trabajaba con compleja aritmética cíclica, los jesuitas usaban la geometría esférica y los últimos modelos planetarios (como los de Tycho Brahe). Su enfoque no se limitaba a buscar patrones en registros antiguos; calculaban los movimientos reales del Sol y la Luna en el espacio tridimensional. Esto les permitía predecir no solo el día, sino la hora, la duración, la magnitud y la trayectoria de la sombra sobre la Tierra, con una exactitud que dejó pasmada a la corte.

Una revolución silenciosa desde dentro del palacio

La evidencia fue, con el tiempo, incontestable. En repetidas ocasiones, los jesuitas acertaron donde el Datong li fallaba. El poder de su cálculo era tan evidente que, tras la caída de los Ming, el nuevo gobierno de la dinastía Qing tomó una decisión radical: encargar al jesuita Johann Adam Schall von Bell la creación de un nuevo calendario oficial.

El resultado fue el calendario Shixian (Calendario de la Concesión del Tiempo, 時憲曆), promulgado en 1645. Fue un híbrido histórico: la primera vez que el Imperio Celestial adoptaba un sistema astronómico oficial diseñado y dirigido por extranjeros. Se trataba de una síntesis forzada por la necesidad: el marco institucional, la necesidad política y los datos históricos eran chinos, pero la metodología matemática y geométrica era europea. La resistencia burocrática continuó durante décadas, y los errores no desaparecieron por completo, pero se redujeron drásticamente. Para el siglo XVIII, las predicciones tenían márgenes de error de minutos, no de horas o días.

De los ciclos a la geometría pura de Bessel

Sin embargo, esta historia de precisión creciente no termina con los jesuitas. Tanto los ciclos metónicos chinos como las efemérides tabuladas europeas del siglo XVII aún arrastraban limitaciones. Eran herramientas potentes, pero basadas en aproximaciones y correcciones empíricas. El nacimiento de la astronomía moderna y del análisis matemático asociado a la mecánica de Newton permitieron mejorar las predicciones en las posiciones de los planetas, el Sol y la Luna y, con ello, mejorar la precisión en los pronósticos de un eclipse. Como todo problema de los tres cuerpos, incorporaba cálculos complejos y soluciones aproximadas.

Incluso en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando el astrónomo Edmond Halley calculó un eclipse con los mejores métodos astronómicos disponibles para el 3 de mayo de 1715, la precisión en el tiempo es de 4 minutos y en la zona de totalidad de unas 20 millas (32,2 kilómetros), como describen los investigadores Aaaron Robotham y Sabine Bellstedt, de la Universidad de Australia Occidental.

La domesticación matemática del eclipse

La auténtica domesticación matemática de los eclipses llegó en el siglo XIX con el astrónomo prusiano Friedrich Wilhelm Bessel (1784-1846).

En 1824, Bessel introdujo un método revolucionario que transformó el problema. En lugar de calcular laboriosamente las posiciones individuales del Sol y la Luna, expresó toda la geometría del eclipse en torno al cono de sombra de la segunda proyectado sobre la Tierra.

Al definir un plano fundamental perpendicular a este eje de sombra y usar un ingenioso sistema de coordenadas, redujo la complejidad del cálculo a unos pocos parámetros elegantes (los llamados “elementos beselianos”). Este método, que separaba claramente la geometría celeste de los movimientos orbitales, permitía una precisión analítica sin precedentes y es, en esencia, la base de los algoritmos que aún hoy se siguen usando para el cálculo de eclipses.

Así, el largo camino para “domar al dragón” pasó de los tambores rituales y la minuciosa observación y registro de los sucesos a la aritmética de ciclos a la geometría esférica de los jesuitas, y, finalmente, alcanzó la abstracción analítica de Bessel.

El encuentro entre China y Europa en el siglo XVII no fue una simple transferencia de conocimiento, sino el catalizador que resolvió una crisis interna de precisión. Demostró que incluso la tradición observacional más rica del mundo podía estancarse en la inercia burocrática, y que la innovación, a menudo, llega por caminos inesperados y forzados por la pura necesidad de tener razón. Y, por supuesto, tuvo consecuencias sociales, políticas y económicas que propiciaron toda la historia de relaciones entre oriente y occidente a partir de entonces.The Conversation

Sobre el autor: Javier Armentia, Profesor del Máster de comunicación científica, médica y ambiental, Universitat Pompeu Fabra

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.

El artículo Cómo los jesuitas domaron al dragón chino de los eclipses se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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La ingesta emocional como problema

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Foto: Andriyko Podilnyk / Unsplash

El jefe nos ha echado la bronca, llegamos a casa y nos comemos varias galletas de chocolate. O quizá estemos estudiando para un examen, nerviosos o aburridos abrimos la nevera una y otra vez. O puede que estemos viviendo mucho estrés últimamente, por lo que compramos más snacks, dulces o comida rápida de lo habitual.

Estas situaciones tan familiares tienen algo en común: no comemos por hambre física, sino para gestionar lo que sentimos. Esto se conoce como ingesta emocional. ¿Puede convertirse en un problema? ¿Cómo evitarlo?

Ingesta emocional para afrontar emociones negativas

La ingesta emocional es un fenómeno bastante frecuente y no se considera, por sí misma, un trastorno psicológico. La investigación muestra que muchas personas recurren ocasionalmente a la comida para afrontar emociones negativas. Estamos hablando de entre el 40 y el 45 % de la población adulta y cerca del 30 % en adolescentes. Esto se da en situaciones de estrés, ansiedad y tristeza, y se observó de forma evidente durante la pandemia de covid-19.

Comer en relación a nuestras emociones forma parte de la experiencia cotidiana de muchas personas. De hecho, es habitual celebrar comidas y cenas con gente cercana en momentos importantes. El problema no es tanto recurrir de vez en cuando a la comida, sino que esta estrategia se vuelva habitual cuando nos sentimos mal. El alivio de la comida es pasajero y puede generar sentimientos de culpa.

Además, este patrón se asocia al consumo habitual de alimentos con muchas calorías, ricos en azúcar o grasa. Con el tiempo, esto podría dañar la salud. Por ejemplo, podría aumentar el riesgo de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares. La ingesta emocional también aumenta la probabilidad de desarrollar trastornos de la conducta alimentaria.

¿Cómo manejamos las emociones y qué papel juega la comida?

Existen muchas estrategias para manejar las emociones. Por ejemplo, hablar con alguien, hacer ejercicio o distraernos para no pensar en nuestras preocupaciones. Comer también puede cumplir esa función, pero ¿qué pasa cuando la comida se convierte en nuestro recurso principal para gestionar el malestar?

La comunidad científica se ha interesado durante años por esa y otras preguntas. ¿Tienen más tendencia a esta ingesta las personas que no saben manejar sus emociones? ¿Esta relación aparece solo en quienes tienen problemas de alimentación?

No quedaba claro si la ingesta emocional existía en personas sin problemas y de distintas edades. Tampoco sabíamos hasta qué punto los estudios se podían extrapolar a la población general y en distintas etapas de la vida, porque muchos se han realizado en grupos muy concretos, como personas en tratamiento bariátrico.

Por eso realizamos un metaanálisis (un estudio de estudios), con el objetivo de unir resultados previos e hilar más fino. Así, extrajimos conclusiones más sólidas que las de un único trabajo. También nos permitió saber en qué condiciones el manejo emocional llevaba a usar la comida sin tener hambre.

Nuestro estudio mostró una serie de resultados interesantes:

  1. La gente con mayor dificultad para gestionar emociones negativas recurre más a menudo a la comida.
  2. La relación entre la falta de gestión de las emociones y la ingesta se da tanto en personas con problemas psicológicos como sin ellos.
  3. Esta relación se ve por igual en personas de todas las edades y géneros.
  4. La relación se mantiene igual para cualquier emoción negativa (tristeza, ansiedad, aburrimiento). Sin embargo, no aparece en las emociones positivas.

Aprender a gestionar las emociones es clave

Estos resultados sugieren que aprender a gestionar de manera más adecuada las emociones negativas podría tener efectos beneficiosos en varios ámbitos de la salud, y no solo en la relación que mantenemos con la comida. También deja claro el valor positivo de aprender desde edades tempranas.

Podríamos pensar erróneamente que recurrir al picoteo por no dominar las emociones es algo que les ocurre sobre todo a las mujeres. Es cierto que las mujeres tienden más a la ingesta emocional, pero nuestros hallazgos muestran que la correlación entre la desregulación emocional y el uso de la comida se da de manera similar tanto en ellas como en ellos.

Entonces, ¿qué podemos hacer?

Las intervenciones psicológicas que son eficaces para la gestión de las emociones incorporan elementos que han demostrado ser útiles para la salud mental y para los hábitos de vida. Estas estrategias incluyen aprender a identificar las emociones y a distinguir qué situaciones las desencadenan. También aportan herramientas que ayudan a desarrollar estrategias más adaptativas ante el estrés y a practicar la atención plena.

Esto es relevante porque la regulación emocional no influye solo en nuestra relación con la comida: también se ha visto asociada a problemas como la ansiedad y la depresión. Es lo que en psicología se conoce como “efecto transdiagnóstico”, por lo que influir en algunas variables permite prevenir problemas diferentes. Por lo tanto, mejorar la capacidad de gestionar las emociones podría tener un impacto positivo más amplio sobre la salud y el bienestar.

Si estamos en un punto en el que sentimos que no podemos mantener a raya las emociones hay solución. La evidencia científica muestra que la terapia cognitivo-conductual, el protocolo unificado, la terapia de la conducta dialéctica, y el mindfulness mejoran la gestión emocional. Además, las tres últimas también lo mejoran incluso en el seguimiento. Es decir, provocan un efecto sostenido.

En definitiva, tenemos mucho que ganar sabiendo cómo lidiar con nuestras emociones. Nos puede ahorrar problemas futuros de diverso tipo. La próxima vez que venga el impulso de comer sin hambre, preguntémonos: ¿sé lo que estoy sintiendo en este momento? ¿Puedo hacer alguna otra cosa distinta para sentirme mejor?The Conversation

Sobre las autoras: Itziar Alonso Arbiol, Catedrática de Psicología, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU); Aitziber Pascual Jimeno, Profesora agregada universitaria (EHU); Jara Mendia, Doctoranda en Psicología (EHU); José J. Pizarro Carrasco, Profesor e Investigador en Psicología Social (EHU), y Susana Conejero López, Profesora de Psicología (EHU)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.

El artículo La ingesta emocional como problema se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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La Odisea… del pensamiento científico

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Representación de la matanza de los pretendientes de Penélope por parte de Odiseo. Foto: The New York Public Library / Unsplash

El último regreso de Ulises a Ítaca, narrado a través de la visión de Christopher Nolan, ha implicado también el regreso de la Odisea de Homero a la conversación pública —si es que alguna vez se fue—. Esa es la magia de los clásicos: no importa el tiempo que haya transcurrido desde que se concibieron, no caducan. Siempre encontramos en ellos incógnitas, conflictos, anhelos… que son tan nuestros como de los seres humanos del pasado, incluso de un pasado de hace casi tres mil años.

Manuscrito más antiguo que se conserva de la Odisea, datado en el siglo III a. C. Fuente: CC BY-SA 4.0/Zunkir

No obstante, cuando se habla de la influencia cultural de estas historias, rara vez se incluye en esa noción de cultura el pensamiento científico. Y, si lo pensamos, podría tener hasta sentido; al fin y al cabo, en la antigua Grecia no había ciencia tal y como la entendemos hoy, ¿no? ¿No sería mezclar churras con merinas? Pues realmente no. No si dejamos de entender la ciencia como esa especie de ente exótico desconectado de lo que somos, de nuestra humanidad… de las humanidades. Son las narrativas las que, cuando permean el imaginario colectivo, iluminan unos caminos y dejan otros en la oscuridad, y la Odisea de Homero no es menos en ese sentido, por muy épica o fantástica que nos pueda parecer. Pongamos un ejemplo:

Y dime cuáles son tu país, tu ciudad y tu raza, que puedan conducirte hasta allí rumbeando en su mente las naves; los feacios no tienen pilotos ni saben de aquellos gobernalles que suelen llevar los demás; sus bajeles tienen ciencia y sentidos de hombres, por ellos distinguen las ciudades de todos los pueblos, sus pingües campiñas, y atraviesan a toda carrera la sima del agua encubiertas en niebla y en sombra: no hay miedo con ellas de morir en naufragio o sufrir daño alguno (Homero, Odisea, VIII, 555-563).

¿Es que acaso las naves de los feacios eran vehículos autónomos? ¿Cómo sabían orientarse en el mar y cómo averiguaban adónde tenían que ir si no las guiaba ningún piloto? ¿Qué brujería es esta? Y nada menos que en una obra de Homero. ¿Esta ocurrencia era pura fantasía o había algo más detrás?

Antes de llevarme un rapapolvo por mis sugerencias heréticas, pido confianza en el proceso. No vamos a Ítaca, pero creo que llegaremos a un lugar igualmente interesante.

Artilugios como estas naves, ingenios mecánicos e incluso máquinas con comportamientos que podrían considerarse «inteligentes» no aparecen solo en la Odisea ni constituyen una rara avis en la mitología griega. En la Ilíada encontramos alguno también; por ejemplo, a las curiosas criadas del dios Hefesto quien, más que un dios, a veces parece un ingeniero:

Marchaban ayudando al soberano unas sirvientas de oro, semejantes a vivientes doncellas. En sus mientes hay juicio, voz y capacidad de movimiento, y hay habilidades que conocen gracias a los inmortales dioses (Homero, Ilíada, XVIII, 417-420).

¿Qué decir, por otro lado, del gigante de bronce Talos tal y como aparece en las Argonáuticas de Apolonio de Rodas? ¿Es que acaso es una especie de androide o protoandroide?

Ciertamente en el resto de su cuerpo y en sus miembros estaba hecho de bronce y era inquebrantable, pero bajo el tendón, en su tobillo, tenía una vena de sangre, y su fina membrana contenía los límites entre la vida y la muerte (Apolonio, Argonáuticas, IV, 1645-1648).

Sé que ahora mismo habrá varios expertos en cultura clásica llevándose las manos a la cabeza y con motivo —si es que alguno ha llegado a este artículo—, porque dar por válidas las afirmaciones anteriores es como sugerir que la mitología griega es, en realidad, ciencia ficción. Nada más lejos de la realidad, como es obvio.

Representación moderna del gigante de bronce Talos en la película Jasón y los Argonautas (1963). Fuente: Dominio público/Columbia Pictures.

Por supuesto que Homero no estaba hablando de vehículos autónomos guiados por algoritmos ni de asistentes dotados de inteligencia artificial, de la misma manera que Apolonio no hablaba de seres mecánicos en el sentido moderno del término robot. Ningún escritor de la Antigüedad estaba tratando de hacer protoespeculación científica —hablar de pensamiento científico tal como lo entendemos hoy no tiene sentido antes de Copérnico— ni de adelantarse a su época cuando introducía elementos de este estilo en sus historias —y aquí podemos incluir Nefelococigia, la ciudad construida en el aire de Aristófanes en Las aves, y el viaje a la Luna de Luciano de Samósata en sus Relatos verídicos —. Lo que estaban haciendo en realidad era algo mucho más importante: imaginar artefactos inexistentes para explorar deseos humanos, que tenían la apariencia de la realidad con la que estaban familiarizados pero una esencia sobrenatural —en este caso, diría que porque realmente no tenían recursos que les permitieran ir más allá en ese sentido—. La explicación del origen y funcionamiento de esos ingenios mágicos, efectivamente, ha cambiado —de lo divino a lo humano y de lo mágico a lo científico—, pero la motivación que a lo largo de siglos de historia nos ha llevado a crearlos, no tanto: evitar el peligro, delegar tareas, ampliar nuestras capacidades… e incluso cuestionarnos nuestra propia naturaleza y tratar de averiguar lo que nos hace únicos.

Estas invenciones mitológicas no son más que nosotros mismos expresándonos a través de nuestras propias creaciones, unas cuya naturaleza se va transformando a lo largo de los siglos al tiempo que nosotros no lo hacemos tanto. Los ecos tecnológicos que aparecen hasta en las obras literarias más antiguas, por muy indistinguibles que sean de la magia, porque, de hecho, son magia, ayudan a crear modelos culturales y sociales. Van dejando imágenes reconocibles en el imaginario colectivo que se convierten en semillas que pueden germinar en cualquier momento gracias a un escritor, un filósofo, un historiador, un antropólogo, un dramaturgo, un pintor… pero también a un científico o un ingeniero. Por eso, desde el presente, las reconocemos, porque Homero y los demás tal vez no sabían bien qué estaban creando en su intento por darle forma a lo maravilloso y excepcional, pero nosotros sí. Simplemente hicimos realidad la visión que ellos implantaron en nuestra mente.

 

Bibliografía

 

Apolonio de Rodas (1996). Argonáuticas (M. V. Sánchez, Trad.). Gredos.

Baños, G. (2024). El sueño de la inteligencia artificial. Shackleton Books.

Cave, S., Dihal, K., & Dillon, S. (Eds.). (2020). AI narratives: A history of imaginative thinking about intelligent machines. Oxford University Press.

Homero (1991). Ilíada (E. C. Güemes, Trad.). Gredos.

Homero. (1983). Odisea (J. M. Pabón, Trad.). Gredos.

Mayor, A. (2019). Dioses y robots: Mitos, máquinas y sueños tecnológicos en la Antigüedad. Desperta Ferro Ediciones.

 

Sobre la autora: Gisela Baños es divulgadora de ciencia, tecnología y ciencia ficción.

El artículo La Odisea… del pensamiento científico se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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Viaje alrededor del mundo

Aunque cualquier momento es bueno para viajar alrededor del mundo, ahora que estamos en verano es una época más propicia, al menos para las personas que tenemos las vacaciones en este período y no podemos disfrutar de tiempo libre en otros momentos del año. Por este motivo, me ha parecido una buena idea escribir precisamente ahora sobre un juego denominado Viaje alrededor del mundo, entre otros nombres como El docecaedro del viajero o Juego icosiano. Además, las vacaciones son un momento excelente para jugar, por lo que un juego siempre es una buena idea.

 

El dodecaedro del viajero
Imagen del juego El dodecaedro del viajero, con su caja, sus instrucciones y el dispositivo que permite jugar

 

El dodecaedro del viajero

El dodecaedro del viajero, también llamado el viaje alrededor del mundo o el juego icosiano, fue inventado por el matemático irlandés Sir William R. Hamilton (1805-1865) y consiste en lo siguiente. Se considera un dodecaedro (en la versión comercial, de madera, está modificada la forma del dodecaedro para hacerla más manejable, con un mango, como se muestra tanto en la anterior imagen, como en la siguiente), con sus 20 vértices, etiquetados con las 20 consonantes del alfabeto inglés, que representan 20 ciudades del mundo, desde Bruselas, Cantón, Delhi o Frankfurt, hasta Washington, Xerez y Zanzíbar.

 

El dodecaedro del viajero
Dispositivo dodecaédrico del juego denominado el dodecaedro del viajero

 

El objetivo del juego es realizar un recorrido por las aristas del dodecaedro (recordemos que este poliedro regular tiene 30 aristas) que visite exactamente una vez cada una de las 20 ciudades (vértices), pero regresando a la ciudad de la que partió, es decir, la última ciudad del recorrido está conectada mediante una arista a la primera. En la versión comercial, que se muestra en la anterior imagen, los vértices del dodecaedro contienen unos salientes, clavos, y el recorrido se realiza enganchando una cuerda al primer vértice y pasándola después por los demás vértices.

 

El juego tenía también una versión plana del mismo, que consistía en un grafo plano asociado al dodecaedro, con el mismo número de vértices y aristas, conectando estas los mismos vértices que en el dodecaedro. La versión comercial en madera contenía 20 agujeros en los vértices, en los que se colocaba una de las 20 fichas numeradas del 1 al 20 y que marcaban el recorrido del viajero por las 20 ciudades.

 

El dodecaedro del viajero
Versión plana del juego icosiano

 

Un grafo plano asociado al dodecaedro

 

Como nuestras lectoras saben perfectamente la teoría de grafos es la rama de las matemáticas que estudia los grafos, estructuras formadas por puntos –llamados vértices– y líneas uniendo pares de puntos –llamadas aristas–, que son estructuras matemáticas muy sencillas, pero a la vez muy versátiles, con muchas aplicaciones en ciencia y tecnología (véanse, por ejemplo, las entradas El problema de los tres caballeros y los tres criados, El grafo de Marion (Gray), El juego de Sim o Frank Harary, “padre” de la teoría moderna de grafos, entre otras).

 

Los vértices y aristas del dodecaedro forman claramente un grafo tridimensional, sin embargo, en muchas ocasiones nos resulta más fácil de manejar considerar una representación plana del grafo tridimensional, un grafo plano. Una forma de obtener el grafo asociado al dodecaedro es imaginar que nuestro sólido platónico con caras pentagonales fuese de goma extensible, que realizásemos un agujero en el centro de una de las caras y desplegásemos la superficie del dodecaedro, estirándola, sobre el plano. Otra forma de verlo es considerar la proyección geométrica que consiste en proyectar el dodecaedro desde un punto que está encima del centro de una cara y sobre el plano en el que descansa la cara opuesta.

 

Dodecaedro con los vértices nombrados con las 20 consonantes del alfabeto inglés y el grafo plano asociado mediante la proyección desde el asterisco que está encima del centro de la cara RSTVW y sobre el plano en el que descansa la cara opuesta BCDFG

 

El juego icosiano

 

El matemático William R. Hamilton, que realizaría importantes contribuciones en óptica geométrica, mecánica clásica y álgebra, había introducido en 1843 los cuaterniones, un sistema numérico que extendía los números complejos (los cuales se pueden escribir de la forma a + bi, para a y b números reales y donde i es el número imaginario que satisface que i2 = – 1, es decir, es “la raíz cuadrada de menos 1”), y que estaba formado por números de la forma  a + bi + cj + dk, para a, b, c y d números reales, donde los elementos i, j y k son números de tipo imaginario que verifican que i2 = – 1, j2 = – 1, k2 = – 1, así como que el producto de las tres constantes es menos 1, ijk = – 1. Y resultó que la multiplicación de los cuaterniones no era conmutativa, puesto que, por ejemplo, ij = k = – ji.

 

Tabla de multiplicar de los cuaterniones

 

Tras la introducción de los cuaterniones otros matemáticos intentaron desarrollar otros sistemas algebraicos no conmutativos. El propio Hamilton introdujo, en 1856, los icosianos, relacionados con las simetrías del icosaedro. Hamilton relacionó las matemáticas del cálculo icosiano con el problema de viajar a lo largo de las aristas del dodecaedro, pasando exactamente una vez por cada vértice del mismo, y regresando al punto inicial, como expuso en una conferencia en la Asociación Británica de Dublin en 1857.

 

Hamilton se puso en contacto con la compañía londinense de juguetes John Jacques and Sons, a quienes vendió los derechos de su juego por 25 libras. El juego sería comercializado tanto en la versión tridimensional, con el nombre de Nuevo rompecabezas, el dodecaedro del viajero o un viaje alrededor del mundo, como en la versión plana, con el extenso nombre El juego icosiano, inventado por Sir William Rowan Hamilton, astrónomo real de Irlanda; se trata de un juego nuevo y sumamente entretenido para el salón, especialmente interesante para los estudiantes de matemáticas, ya que ilustra los principios del cálculo icosiano, aunque no parece que el juego fuese muy exitoso.

 

En 1855, un año antes de que el matemático irlandés inventase el juego icosiano, el matemático británico Thomas P. Kirkman (1806-1895), quien es conocido por el problema de las colegialas de Kirkman (véase la entrada El problema de las estudiantes de Kirkman), estudió la cuestión de si existían recorridos por las aristas de diferentes poliedros que pasasen una vez, y solo una, por cada uno de sus vértices, regresando al final al punto de partida, que es precisamente lo que plantea el juego icosiano para el dodecaedro.

 

Los cinco poliedros regulares, tetraedro, cubo, octaedro, dodecaedro e icosaedro

 

Resolviendo el juego viaje alrededor del mundo

 

Como siempre que hablamos de juegos, lo primero que os recomiendo es que juguéis al juego en cuestión, en este caso, el viaje alrededor del mundo. Para lo cual solo se necesita papel, bolígrafo (o rotuladores) y lápiz, ya que puede dibujarse (con bolígrafo para que quede permanente) el grafo plano del dodecaedro (o imprimir la imagen del mismo), denominar los vértices con las 20 consonantes (B, C, D, F, G, H, J, K, L, M, N, P, Q, R, S, T, V, W, X, Z) y jugar, es decir, realizar (con un lápiz para que pueda borrarse) un recorrido cerrado por las aristas del “dodecaedro plano” pasando por los veinte vértices del mismo, por las 20 consonantes. En la siguiente imagen tenéis de nuevo el grafo plano del dodecaedro, para que podáis realizar vuestro propio juego.

 

El grafo plano del dodecaedro

 

De hecho, ya que estamos podéis jugar sobre los grafos planos de los cinco poliedros regulares, empezando por los tres más sencillos, tetraedro, cubo y octaedro, que os animarán a seguir con los otros dos, dodecaedro e icosaedro.

 

Los grafos planos de los cinco poliedros regulares

 

Pero vayamos con las soluciones del juego. Si los vértices del dodecaedro no están etiquetados, entonces existen dos soluciones con distinta forma, aunque una no es más que la imagen especular de la otra. Sobre el grafo etiquetado anterior, las dos soluciones serían las que aparecen en la siguiente imagen.

 

Las dos soluciones (simétricas) del juego son BCPNMDFKLTSRQZXWVJHGB y BCPNMDFGHXWVJKLTSRQZB, si no atendemos a las ciudades concretas, sino a la forma de recorrerlas

 

Pero si se considera que los recorridos son diferentes si se pasan por las ciudades en diferente orden, es decir, ahora si se considera que las ciudades están etiquetadas y no solo nos fijamos en la manera de realizar el recorrido, entonces existen 30 de esos circuitos que resuelven el juego, sin tener en cuenta el sentido contrario de los mismos.

 

El juego del dodecaedro del viajero está relacionado con la existencia de un cierto tipo de caminos sobre un grafo, los llamados, caminos, o ciclos si son cerrados, hamiltonianos (aunque quizás, por lo comentado anteriormente, deberían haberse llamado kirkmanianos), de los que ya hablaremos en otra ocasión.

 

Bibliografía

 

1.- Raúl Ibáñez, Del ajedrez a los grafos, la seriedad matemática de los juegos, El mundo es matemático, RBA, 2015.

 

2.- Édouard Lucas, Recreaciones Matemáticas, vol. 1 – 4, Nivola, 2007, 2008.

 

Sobre el autor: Raúl Ibáñez es profesor del Departamento de Matemáticas de la UPV/EHU y colaborador de la Cátedra de Cultura Científica

El artículo Viaje alrededor del mundo se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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Metamateriales amorfos, la fuerza del caos

Durante siglos, la ciencia de materiales ha operado bajo un dogma casi indiscutible: el orden es sinónimo de resistencia. Desde los cristales atómicos de un metal hasta la repetitiva estructura de un puente de acero, la geometría simétrica y predecible ha sido el pilar fundamental para diseñar todo lo que nos rodea. Sin embargo, si miramos a la naturaleza, descubrimos una historia completamente diferente. El hueso que sostiene nuestro cuerpo, la madera de los árboles o las complejas redes proteicas de la vida no son cristales perfectos. Su desorden estructural no es una imperfección de la biología, sino la razón exacta por la que pueden absorber impactos violentos y detener grietas mortales sin romperse en pedazos.

Inspirado por esta aparente paradoja, un equipo de físicos e ingenieros ha logrado descifrar el secreto de este deorden natural combinando la física estadística, la inteligencia artificial y la fabricación aditiva. En lugar de moldear piezas compuestas por patrones repetitivos, los científicos se propusieron construir metamateriales mecánicos amorfos, es decir, estructuras irregulares donde la materia prima pierde importancia en favor de una arquitectura única a escala macroscópica.

Comportamiento auxético en redes amorfas…

La clave de estos nuevos metamateriales reside en su comportamiento auxético. La mayoría de los objetos cotidianos se estrechan cuando los estiras y se ensanchan cuando los aplastas. Un material auxético, por el contrario, desafía la intuición: al ser comprimido, sus paredes se contraen hacia el interior, apelmazando la materia justamente en la zona de impacto para amortiguar el golpe.

Hasta ahora, los materiales auxéticos diseñados por el ser humano se basaban en mosaicos de celdas idénticas, lo que provocaba un grave inconveniente. Respondían muy bien si la fuerza provenía de una dirección fija, pero mostraban fragilidad si el golpe llegaba desde un ángulo imprevisto. Además, las simetrías perfectas terminaban funcionando como autopistas para la tensión, encauzando la energía por caminos estrechos donde la estructura colapsaba de forma prematura.

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(a) Distribución del estrés en una estructura auxética regular; (b) en una estructura romboidea regular; y (c) en una estructura auxética desordenada

Las redes amorfas (o desordenadas) eliminan esa debilidad estructural al no tener direcciones preferidas, pero su diseño representaba una auténtica pesadilla matemática. Como el número de formas posibles de conectar una red irregular es prácticamente infinito, encontrar la combinación ideal resultaba imposible para los modelos por ordenador tradicionales.

usando inteligencia artificial…

Para solucionar este desafío, los investigadores crearon un modelo de inteligencia artificial que no busca a ciegas, sino que se guía por las leyes de la física de sistemas desordenados. Tradujeron la búsqueda de la estructura ideal en un proceso similar al enfriamiento lento de un líquido hasta convertirse en cristal o vidrio. La inteligencia artificial simula este enfriamiento térmico mediante un algoritmo, permitiendo que la red realice cambios drásticos en su geometría inicial para ir asentándose, de forma natural, en una configuración desordenada de mínima energía que garantiza la máxima elasticidad y resistencia en todas las direcciones.

y fabricación aditiva

Al imprimir en tres dimensiones estas redes amorfas diseñadas por la inteligencia artificial y someterlas a pruebas extremas en el laboratorio, la realidad superó cualquier expectativa teórica. Los materiales no solo respondieron de forma homogénea ante la compresión, sino que revelaron una tenacidad frente a la fractura sin precedentes.

La fuerza del caos

Cuando se realiza un corte en un material ordenado y se somete a tensión, la grieta avanza rápidamente en línea recta dividiendo la pieza en dos. En el metamaterial amorfo, la fisura se encuentra con un laberinto de conexiones irregulares que la obligan a serpentear, cambiar de rumbo y ramificarse. Al mismo tiempo, el carácter auxético del material hace que los bordes de la fisura intenten cerrarse sobre sí mismos a medida que sufren la tracción. Esta combinación de desorden y geometría exótica multiplicó por más de cuatro veces la energía necesaria para fracturar la pieza en comparación con las redes cristalinas tradicionales.

auxético
Posibles aplicaciones

Este hallazgo demuestra que la resistencia extrema no requiere de una simetría rígida, sino de un desorden minuciosamente calculado. La capacidad de absorber impactos oblicuos y frenar la propagación de fracturas abre la puerta a una nueva generación de cascos de protección, parachoques y piezas aeroespaciales capaces de resistir accidentes impredecibles con un peso drásticamente menor.

Referencia:

Lingyu Jia, Changliang Zhu, Qiaozhi Lei, Hua Tong, Jinkui Meng, Chengyan Xu, Xiangying Shen, and Lei Xu (2026) Unlocking Emergent Resilience in Amorphous Metamaterials via a Physics-Constrained Energy-Based Framework Phys. Rev. X doi: 10.1103/77mh-hflq

Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance

El artículo Metamateriales amorfos, la fuerza del caos se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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Otro jarro de agua fría para Europa

Cuando hace poco tiempo escribí  “Un jarro de agua fría para Europa”, no era consciente de que poco tiempo después se publicaría otro nuevo estudio científico hablando de la dificultad de poder muestrear el agua del océano subterráneo que existe en el satélite joviano. Y créanme, para mi es un jarro de agua fría multiplicado por dos, por eso también me hago eco de este otro estudio.

Como hemos recordado en anteriores ocasiones, Europa, el satélite de Júpiter, es uno de los lugares con mayor potencial e interés astrobiológico de nuestro Sistema Solar gracias a la existencia de un océano de agua líquida bajo su superficie, “enterrado” bajo kilómetros de hielo que tienen la función de “corteza” del satélite.

Hoy por hoy, muestrearlo directamente es tecnológicamente imposible. Pero, en ocasiones, la naturaleza nos ofrece algunos atajos que podrían ayudarnos a conocer la química de este océano y quizás observar si hay pistas que apunten a la existencia de vida en su interior. Estos atajos serían, por ejemplo, la posibilidad de que el agua ascienda a través de sistemas de fracturas a su superficie, como ocurre en el caso de Encélado, satélite de Saturno, dando lugar a géiseres. Así sería mucho más fácil de poder estudiarlo sin necesidad de tener que llegar a su interior.

Imagen de Europa tomada por la sonda Juno en septiembre de 2022, y una de las últimas imágenes de alta resolución que tenemos del satélite Joviano. La imagen está tan “quemada” por la luz porque los científicos estaban buscando signos de los geiseres, y que, desgraciadamente, no aparecieron. Cortesía de NASA/JPL-Caltech/SwRI/MSSS y procesado por Brian Swift CC BY 3.0

En las últimas décadas, los científicos habían hecho una interesante propuesta sobre donde poder encontrar muestras de esta agua procedente del océano. Estas aguas podrían haber ascendido a través de sistemas de fracturas existentes en el hielo de una manera similar a la que el magma se mueve por la corteza terrestre. Estas fracturas rellenas de agua -y similares a los diques magmáticos- podrían alimentar reservas de agua en capas horizontales -que llamaríamos sills en el argot volcánico- y que se encontrarían a pocos kilómetros de profundidad bajo el hielo.

El calor y la presión producidos por estas capas de agua podrían deformar el hielo que tendrían por encima y producir algunas de las formas del terreno más extrañas que observamos en Europa: terrenos caóticos -también existentes en Marte, por ejemplo-, pequeños relieves oscuros conocidas como lenticulae o los sistemas de fracturas más o menos rectos que cruzan su superficie, entre otros.

Si esta idea es correcta, a poca profundidad -aunque no despreciable-, el hielo, debería contener muestras del océano. Esto sería muy valioso porque llegar a unos pocos kilómetros de profundidad es complicado, pero atravesar decenas de kilómetros lo es aún más. Un nuevo estudio publicado por Ojha et al. (2026) nos complica un poco más muestrear las aguas de este océano afirmando que quizás esta conexión entre el océano profundo y la superficie no es tan habitual o es mucho más limitada que lo que pensábamos.

De hecho, el agua que asciende a través de las fracturas tiene más posibilidades de congelarse y taponar los sistemas de fracturas que llevar los enormes volúmenes de agua necesarios -hablaremos de este extremo más adelante- para provocar algunas de las formas del terreno que observamos en la superficie y que, además, son una muestra del rejuvenecimiento de Europa.

Volvamos a la analogía del magma. A simple vista, nada que objetar. La roca fundida asciende por la corteza, entre otras cosas, porque tiene una menor densidad que las rocas que la rodean. Pero el agua se comporta de una manera muy diferente dentro de un satélite cuya corteza no es de roca, sino de hielo. Esto se debe a que el agua es más densa que el hielo, por lo que, de manera normal, no flota “hacia arriba” -ya sé que no es necesario apostillarlo- a través de la corteza del hielo. Para poder ascender necesitaría de un gradiente de presión o de la existencia de gases disueltos que la empujen a moverse.

El magma tiene otra ventaja frente al agua, y es que puede permanecer parcialmente fundido en un rango importante de temperaturas, pero el agua o la salmuera que existe en Europa ya se encuentra muy cerca de su temperatura de congelación, dejando muy poco margen para su movimiento. Una pequeña pérdida de calor puede transformar un líquido -en este caso el agua- que fluye en una mezcla de hielo y agua, como un espeso granizado y acabar cerrando las fracturas por las que se mueve.

En esta figura podemos ver una posible estructura interna para Europa. Si nos fijamos, los géiseres estarían formados por el agua que asciende desde el océano interno y algunas formas de su superficie por efecto del hielo a distintas temperaturas que se mueve por convección. Se pueden apreciar también pequeñas bolsas de agua a una profundidad intermedia dentro de la corteza. Imagen cortesía de NASA/JPL-Caltech.

Para intentar comprender mejor como funcionaría el interior de Europa y el fenómeno de migración del agua hacia la superficie, los científicos de este artículo han trabajado con una serie de modelos matemáticos de movimiento de fluidos, transferencia de calor y congelación. Han simulado el agua moviéndose a través de estrechos conductos -las fracturas- formados por un hielo mucho más frío.

Los primeros cálculos que realizaron sugerían la existencia de un flujo laminar muy suave y ordenado, siendo deliberadamente muy optimistas. Sin una mezcla turbulenta, el calor se transfiere desde el agua hacia las paredes de las fracturas lentamente. Estos cálculos permitieron estimar la mayor cantidad de agua que podría pasar por las fracturas antes de que la propia congelación del agua las cerrase.

Los investigadores exploraron conductos de entre 10 centímetros y 1 metro de diámetro, donde el agua se movía entre 5 y 20 metros por segundo y con temperaturas del hielo situadas en una horquilla que iba de -73 °C a -133 °C, un gradiente de temperaturas que va desde un caso más extremo a un caso más favorable para que el agua circule perdiendo menos calor.

¿Qué cantidad de agua necesitamos para formar los relieves más modestos de los que hemos hablado anteriormente? Una barbaridad. Basándose en las dimensiones y topografía de estas, las estimaciones hechas por los científicos se movían entre mil y diez mil millones de metros cúbicos de agua. Las formas más grandes necesitarían muchísima más. Para que se hagan una idea -yo he tenido que hacer el cálculo- los diez mil millones de metros cúbicos de agua dan para llenar el lago Ness y que aun te sobre un tercio.

Si hacemos los cálculos para una fractura de un diámetro de diez centímetros, la cosa funciona muy mal. Con un hielo a -133 °C, el agua se va congelando y al mismo tiempo va estrechando la fractura hasta cerrarla en tan solo dos horas. Incluso aunque el hielo estuviese a -73 °C, la fractura tardaría en cerrarse seis horas. Si bajamos el punto de congelación del agua y aumentamos su velocidad, el escenario cambia poco.

Bajo el escenario más favorable calculado por los científicos, transportar mil millones de metros cúbicos requeriría una fractura vertical que de lado tuviese 70 kilómetros por los diez centímetros de ancho, una forma realmente extraordinaria, mucho más larga y delgada que los diques volcánicos que conocemos en la Tierra.

Algunas de estas formas circulares que se aprecian en la imagen serían estos relieves de tamaño modesto que necesitarían un menor volumen de agua en movimiento para su formación. Imagen cortesía de NASA/JPL/University of Arizona/University of Colorado.

Bajo unas condiciones de temperatura más realistas, un dique único necesitaría tener 200 kilómetros de largo para poder transportar ese volumen de agua, o 2000 kilómetros para transportar diez mil millones de metros cúbicos. Este transporte de agua también podría hacerse, en vez de con una sola fractura, con cientos o miles funcionando al unísono como un sistema, pero estos números también resultan algo grandes si los comparamos con lo que conocemos de la geología terrestre.

En cambio, si el conducto tuviese un metro de diámetro, ya nos daría volúmenes más razonables. En el caso donde el hielo estuviese a mayor temperatura, -73 °C, podría seguir abierto durante 23 días, pero a -133 °C duraría tan solo una semana. Estos tiempos de congelación y cierre de los diques permiten longitudes de fracturas más razonables para transportar los volúmenes de agua necesarios para la formación de los relieves. Pero también se puede morir de éxito: si el agua se mueve rápidamente pasaríamos de régimen de flujo laminar a uno turbulento y eso cambia mucho las cosas.

Porque la turbulencia, en este caso, altera el cálculo de la transferencia de calor. En un flujo laminar, se forman capas de agua más fría y relativamente estables cerca de las paredes de hielo que forman el dique, de tal manera que aísla parcialmente el interior, dejando un agua más cálida circular por su centro. En cambio, los remolinos turbulentos alteran continuamente la formación de estas capas, provocando que el agua más templada entre en contacto con las paredes y permitiendo que el agua más fría fluya hacia el centro del dique, finalmente haciendo que la columna de agua pierda calor muy rápidamente.

Este efecto tampoco consigue que el agua se congele de golpe formando un tapón. Lo más probable es que primero ocurra la supercongelación, un proceso por el cual la temperatura del agua líquida cae por debajo de su temperatura normal de congelación sin volverse sólida de manera inmediata. Pequeños cristales de hielo sólidos comienzan a formarse en el interior del flujo turbulento donde chocarían los unos con los otros, formando pequeños racimos porosos de hielo.

La caída de la temperatura en el agua es lo suficientemente importante bajo el flujo turbulento como para empezar este proceso de formación de hielo. Esto provoca, a su vez, un importante aumento de la viscosidad por la acumulación de cristales de hielo que acaba atascando el paso del agua.

O, dicho de otra manera, la turbulencia que ayuda a que el agua se mueva y se mezcle, también provoca que la fractura destruya su propia capacidad de llevar agua. Ojo, y estamos hablando de fracturas planas. Si estos diques tienen una pared más en forma de “dientes de sierra” la turbulencia podría ser mayor y generar una pérdida mayor de temperatura. Este último caso no sería de extrañar, ya que las fracturas pueden tener formas complejas.

Mirando este mosaico de imágenes tomado por la sonda Galileo en 1998, se aprecia una clara ausencia de cráteres de impacto en comparación con otros cuerpos del Sistema Solar, por lo que algo debe estar rejuveneciendo -o haber rejuvenecido recientemente- la superficie de Europa. Imagen cortesía de NASA/JPL-Caltech/SETI Institute.

La conclusión: Que igual tenemos que reinterpretar la geología de Europa. El estudio no cierra la puerta a la existencia de reservas de agua líquida a poca profundidad bajo la superficie, ni tampoco a que el agua no se pueda mover a través del hielo. Lo que hace es complicar la posibilidad de que se muevan grandes volúmenes de agua directamente desde el océano a través de diques muy largos que se mantengan abiertos durante mucho tiempo. En cambio, los autores no descartan la teoría de que puedan existir pequeñas bolsas de agua líquida a nivel local cuando la deformación provocada por las mareas, la fricción u otras fuentes de calor sean capaces de fundir parte de la corteza del hielo a poca profundidad de la superficie.

Este pequeño matiz resulta muy importante de cara al interés astrobiológico de Europa: una reserva de agua creada a partir del océano puede guardar información de las sales que contiene, la existencia de compuestos orgánicos y la actividad biológica -si la hay- del océano.

En cambio, una bolsa de agua producida por la fusión del hielo de la corteza puede tener una composición muy diferente y marcada por los materiales atrapados en el propio hielo, pero no decirnos nada del océano. Así que encontrar agua a poca profundidad en Europa va a requerir de un análisis exhaustivo para conocer su verdadero origen y no llevarnos sorpresas desagradables.

Aun así, hay margen para la esperanza, ya que no conocemos con exactitud la temperatura y salinidad de su océano y, si fuese más cálido o salino de como actualmente lo muestran los modelos, quizás podría permitir el ascenso de las salmueras durante más tiempo, dándonos algo de esperanzas para poder muestrear su océano sin tener que excavar demasiado.

Referencia:

Ojha, L., Barik, A., & Buffo, J. (2026). Limited direct fluid exchange between the deep subsurface ocean and the shallow subsurface environment of Europa Nature Astronomy doi: 10.1038/s41550-026-02918-2

 

Sobre el autor: Nahúm Méndez Chazarra es geólogo planetario y divulgador científico.

El artículo Otro jarro de agua fría para Europa se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

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