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El precio oculto de limpiar tu sistema bacteriano

Para entender por qué los antibióticos son uno de los mayores avances en la medicina moderna basta con mirar las causas de mortalidad de antes de su adopción. En los primeros puestos aparecen nombres como la tuberculosis, neumonía, fiebre escarlata, meningitis o sepsis; enfermedades terribles para las que no había tratamiento. En aquel momento, un simple corte o una muela que se infectase corría grave riesgo de transformarse en una amenaza seria para la vida, ya que no había nada más que el propio sistema inmunitario para acabar con las bacterias. Y no siempre lo lograba.

Para hacerse a la idea de la magnitud del problema, conviene recordar que en torno al 90 % de los niños que desarrollaban meningitis bacteriana antes de la democratización de los antibióticos, fallecían. La tuberculosis, por su parte, acababa con alrededor del 30 % de los que infectaba y llegó a convertirse en una plaga que azotó Europa y Estados Unidos durante el siglo XIX. Pero además de las muertes, enfermedades de transmisión sexual, como la sífilis o la gonorrea, así como otras infecciones, resultaban en desfiguraciones y daños neurológicos en miles de personas, lo que suponía una clara pérdida de calidad de vida.

De entre los muchos remedios que se fueron desarrollando con los años, la penicilina supuso un antes y un después en el tratamiento de estas enfermedades infecciosas. El compuesto, producido por el hongo Penicillium chrysogenum o notatum, acababa con un gran número de bacterias patógenas. Científicamente este tipo de antibióticos se conocen como betalactámicos, y funcionan porque impiden que estos microorganismos formen su pared celular, una estructura de protección necesaria y presente en muchas familias de bacterias.

Medicamentos que no discriminan

El problema de los antibióticos es que no suelen discriminar con qué bacterias acaban. Los betalactámicos fulminarán a la mayoría de las bacterias que presenten pared bacteriana, sean patógenas o beneficiosas. Entre estas últimas se incluirán las que están presentes en nuestra microbiota. Y otros antibióticos que tengan por diana diferentes aspectos del funcionamiento bacteriano tendrán efectos similares con otras familias. De nuevo, estos medicamentos no discriminarán, por ello es importante seguir a rajatabla las indicaciones del personal sanitario en cuanto al uso de antibióticos.

Aún con todo, cuando tomamos un antibiótico la microbiota intestinal sufre las consecuencias. Según han demostrado un gran número estudios al respecto, el consumo de estos medicamentos puede reducir la diversidad de las especies que habitan en nuestro intestino. Entre las bacterias afectadas destacan Bacteroidetes, Bifidobacterium, y Lactobacillus, que ocupan un nicho importante a la hora de transformar los alimentos en compuestos beneficiosos.

Por lo general, tras tomar un antibiótico, muchas de las especies de nuestro microbioma se recuperan en una horquilla de tiempo que comprende entre dos semanas y dos meses. Aunque aquí cabe señalar un matiz muy importante. Estudios recientes de seguimiento en pacientes con prescripción de antibióticos muestran que hay grandes variaciones en la abundancia de cada especie, y que estos cambios pueden mantenerse durante años.

Entonces ¿es malo tomar antibióticos?

Los autores de estos estudios extrapolan que seguir una pauta de antibióticos puede impactar en el metabolismo a largo plazo. Aunque las especies de bacterias se recuperen al poco tiempo, la alteración de sus números totales puede provocar una disminución en la producción de vitaminas (como la K) o de otros compuestos beneficiosos como el acetato, propionato y butirato, que sirven de fuente de energía a las células intestinales.

Además, la muerte de un número significativo de bacterias puede dar lugar a “huecos” que colonicen patógenos oportunistas como Clostridium difficile. Por ello, en muchas ocasiones, con la toma de antibióticos se aconseja consumir probióticos y prebióticos para así recuperar rápidamente la microbiota beneficiosa y recubrir el intestino.

Así pues, ante la pregunta sobre si es malo tomar antibióticos, la respuesta es, como tantas veces en salud, que depende de la situación. Los antibióticos han de tomarse cuando existe una amenaza real para la vida de una persona o una condición que le afecta en su día a día cuya causa es una bacteria. Se trata de medicamentos efectivos que permiten acabar con enfermedades otrora mortales.

Sin embargo, los investigadores todavía están tratando comprender plenamente cómo los antibióticos modulan la microbiota y si esto está relacionado con consecuencias a largo plazo para la salud. Ahora bien, se trata de un campo incipiente en el árbol de la ciencia. Para hallar esos resultados hacen falta más estudios basados en poblaciones reales centrados específicamente en las disbiosis provocadas por antibióticos.

© Foto: Cordon Press

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