Cuando vemos a los grandes animales, muchas veces perdemos las referencias de su tamaño. Por eso, el fotógrafo Harman Singh Heer decidió fotografiar a este gigantesco rinoceronte de Kenia a muy poca distancia y ubicado a ras de suelo. Con experiencia en el terreno y asesorado por un guía local, esperó que se acercaran y captó el momento con un gran angular. El cuerno, formado principalmente por queratina, parece apuntar a la cámara. Los rinocerontes son unos de los mamíferos más grandes del planeta y posiblemente no hayan visto a Heer porque no tienen buena vista. En cambio, su olfato y audición están extraordinariamente desarrollados...
Los principales indicadores oceanográficos han encendido las alarmas internacionales tras detectar una alteración climática sin precedentes en las aguas del océano Pacífico. Los análisis elaborados por expertos de la Organización Meteorológica Mundial revelan un calentamiento anómalo de la temperatura marina que amenaza con batir todos los registros históricos conocidos de la era satelital durante el próximo año.
Esta perturbación meteorológica, vinculada directamente al calentamiento global por quema de combustibles fósiles, muestra anomalías térmicas extremas que ya afectan gravemente a los monzones asiáticos e intensifican incendios devastadores. Las estimaciones científicas sugieren que este evento podría convertirse en el más potente del último milenio, amenazando la seguridad alimentaria de aproximadamente 50 millones de personas en diversas regiones vulnerables del planeta.
Las proyecciones elaboradas mediante el consenso de 14 modelos climáticos indican que la alteración alcanzará su pico máximo en los próximos meses con incrementos térmicos de hasta 4 ºC. Esta peligrosa aceleración del ciclo marino situará al planeta en una fase meteorológica desconocida, cuyos efectos destructivos se prolongarán con dureza durante todo el año 2027 debido a la liberación masiva de energía hacia la atmósfera.
La alerta global de la ONU
Ante la magnitud de esta crisis medioambiental, las autoridades de la ONU han calificado la situación actual de extremadamente grave e histórica para la humanidad. El máximo responsable del organismo internacional ha sido tajante al valorar la rápida evolución de este fenómeno marino que está desestabilizando los patrones atmosféricos habituales a una velocidad nunca vista hasta la fecha.
"El Niño se está sobredimensionando ante nuestros ojos", afirmó António Guterres. El secretario general advirtió sobre la urgencia de reaccionar de manera inmediata para proteger a las poblaciones vulnerables, señalando tajantemente que: "La ciencia no deja lugar a dudas: el planeta se encuentra en aguas no cartografiadas, y esas aguas se están calentando. El mundo está en la zona de peligro de los fenómenos meteorológicos extremos".
Por su parte, los organismos especializados han puesto en marcha mecanismos de coordinación de emergencia que no se activaban desde hacía medio siglo a nivel global. La secretaria general de la Organización Meteorológica Mundial ha remarcado la severidad de la amenaza estructural para la producción de alimentos y las infraestructuras de transporte en múltiples continentes.
Impactos directos en la economía
"El Niño tiene el potencial de asestar un golpe masivo a las comunidades y economías de todo el mundo", declaró Celeste Saulo. La experta enfatizó además el compromiso de los servicios hidrológicos internacionales para emitir alertas tempranas que salven vidas, argumentando con rotundidad: "Ya estamos viendo perturbaciones y devastación por sequías e inundaciones y esperamos que estos impactos aumenten a medida que El Niño se intensifique".
Finalmente, el deterioro de las condiciones agrícolas se extiende aceleradamente por Europa, donde los episodios prolongados de sequía extrema han hundido las cosechas de cereales y granos. Especialistas de la entidad Energy and Climate Intelligence Unit recuerdan que la falta de resiliencia y la inacción ante las emisiones contaminantes seguirán encareciendo la cesta de la compra mundial de manera progresiva e imparable.
Los investigadores analizaron la actividad cerebral de 12 perros mientras observaban fotografías de personas felices, enfadadas, asustadas y tristes. Y sus cerebros no respondieron igual ante todas ellas. El análisis mostró patrones diferentes para el miedo, la ira y la tristeza. Es decir, los perros no parecen limitarse a distinguir entre una cara buena y una cara mala. Además, las caras felices provocaron una respuesta especialmente interesante. Activaron la corteza temporal y el núcleo caudado, una región relacionada con la recompensa. Y había un detalle importante: algunas de esas caras pertenecían a personas que los perros no conocían.
Hace más de 50 años se constató una de las propiedades más desconcertantes de la materia: cuanto más se aproximan los quarks, más débil se vuelve la interacción entre ellos. Aquel hallazgo, conocido como libertad asintótica, acabaría proporcionando a David J. Gross, H. David Politzer y Frank Wilczek el Premio Nobel de Física de 2004 y ayudaría a consolidar nuestra explicación moderna de la fuerza nuclear fuerte.
Pero Gross deslizó otra idea poderosa cuando recibió el reconocimiento. El físico estadounidense cuestionó la imagen romántica del científico excepcional que, aislado del mundo, cambia por sí solo nuestra comprensión de la naturaleza. “Las exploraciones científicas de la realidad fundamental ya no son terreno del genio solitario [...], sino un esfuerzo colaborativo de una comunidad de científicos”, declaró tras conocerse el Nobel.
La frase tiene algo de paradoja viniendo de un premio Nobel, la institución que quizá mejor simboliza el reconocimiento individual del talento científico. Gross estaba recordando que detrás de un nombre escrito en la historia suele existir una multitud invisible: estudiantes, colaboradores, teóricos, experimentadores, técnicos y generaciones anteriores de investigadores que construyeron las preguntas necesarias para que alguien pudiera encontrar una respuesta.
El descubrimiento de 1973 que cambió nuestra imagen de la materia
David Jonathan Gross nació en Washington D. C. en 1941 y decidió que quería ser físico teórico cuando tenía alrededor de 13 años. Se doctoró en Física por la Universidad de California en Berkeley en 1966 y posteriormente desarrolló una parte fundamental de su carrera en Princeton. Allí protagonizaría, junto a un jovencísimo estudiante llamado Frank Wilczek, uno de los episodios decisivos de la física de partículas del siglo XX.
Para comprender su importancia hay que descender hasta las entrañas del átomo. Protones y neutrones están constituidos por quarks, partículas sometidas a la denominada interacción fuerte. Lo desconcertante es que esta fuerza no se comporta como nuestra intuición esperaría: cuando los quarks se encuentran extremadamente cerca, su interacción disminuye y pueden comportarse casi como si fueran partículas libres.
Gross y Wilczek demostraron en 1973 esta propiedad en las teorías de campos gauge no abelianas. De manera independiente, H. David Politzer llegó a resultados equivalentes. Habían encontrado la “libertad asintótica”, una pieza fundamental para construir la cromodinámica cuántica o QCD, la teoría que describe la interacción fuerte y que terminaría incorporándose al Modelo Estándar de la física de partículas.
La idea resulta casi contraintuitiva. Cuando intentamos separar los quarks, la interacción entre ellos se hace más intensa; cuando los acercamos extraordinariamente, se debilita. Es como una especie de goma elástica subatómica cuyo tirón aumenta precisamente cuando intentamos estirarla. Esa peculiaridad ayuda a explicar por qué los quarks permanecen confinados dentro de partículas como protones y neutrones.
Pero Gross no presentó posteriormente aquel descubrimiento como la iluminación repentina de un cerebro privilegiado. En su conferencia Nobel recordó que el progreso científico real es mucho más desordenado de lo que suelen contar los libros de historia, repleto de pistas falsas, ideas equivocadas y caminos que terminan en ninguna parte.
Por qué un Nobel dice que la época del “genio solitario” ha terminado
Cuando la Real Academia Sueca de Ciencias anunció el premio el 5 de octubre de 2004, reconoció conjuntamente a Gross, Politzer y Wilczek “por el descubrimiento de la libertad asintótica en la teoría de la interacción fuerte”. Los tres recibieron una tercera parte del galardón.
Gross aprovechó entonces el foco mediático para desplazarlo hacia quienes normalmente permanecen fuera de él. Su Nobel, afirmó, reconocía no solamente el trabajo de los tres premiados, sino el de toda la comunidad de física de altas energías. Y es precisamente en ese contexto donde mencionó a Galileo, Newton y Einstein.
Su argumento iba mucho más allá de una muestra de modestia. Gross recordó que cientos de físicos experimentales de los grandes aceleradores habían diseñado y realizado los experimentos que primero proporcionaron indicios sobre el funcionamiento de la fuerza fuerte y después permitieron contrastar las predicciones de la teoría.
Ahí está el verdadero cambio de paradigma. La ciencia contemporánea puede seguir necesitando intuiciones extraordinarias, pero las fronteras del conocimiento se han convertido en territorios demasiado complejos para ser conquistados completamente en solitario. Telescopios, detectores, aceleradores, supercomputadores y observatorios producen cantidades de información y plantean desafíos técnicos que requieren equipos especializados y cooperación entre instituciones y países.
Y la propia historia del Nobel de Gross desmonta parcialmente el mito individual. La libertad asintótica fue descubierta por varias mentes que trabajaban sobre un mismo problema: Gross colaboró con su estudiante Wilczek mientras Politzer obtuvo independientemente el resultado. Después hicieron falta muchos otros investigadores y experimentos para convertir aquella estructura matemática en una descripción extraordinariamente sólida de la naturaleza.
De estudiante de 13 años a explicar una de las 4 fuerzas de la naturaleza
Gross terminó convertido precisamente en una de esas figuras individuales con las que solemos contar la historia de la ciencia. Fue profesor en Princeton, posteriormente dirigió el Kavli Institute for Theoretical Physics de la Universidad de California en Santa Barbara y acumuló reconocimientos como la beca MacArthur, la Medalla Dirac, la Oskar Klein Medal y la Grande Médaille d’Or de la Academia de Ciencias francesa.
Sin embargo, una de las facetas más interesantes del físico aparece cuando habla de cómo debe hacerse ciencia. En una entrevista concedida a NobelPrize.org en 2004 aconsejaba a los jóvenes investigadores mantener siempre a la vista los grandes problemas y observar atentamente qué está intentando decirnos la naturaleza. También confesaba que necesitó varios años de evidencia experimental antes de convencerse plenamente de que el resultado por el que terminaría recibiendo el Nobel era correcto.
Hay aquí una lección que trasciende la física. Los descubrimientos científicos rara vez nacen terminados. Una teoría necesita cálculos; los cálculos necesitan ser contrastados; los experimentos necesitan instrumentos; los instrumentos requieren ingenieros y técnicos; los resultados deben ser reproducidos, discutidos y sometidos al escrutinio de otros especialistas. En suma, una ciencia hecha por todos en perfecta sincronía.
Para entender por qué los antibióticos son uno de los mayores avances en la medicina moderna basta con mirar las causas de mortalidad de antes de su adopción. En los primeros puestos aparecen nombres como la tuberculosis, neumonía, fiebre escarlata, meningitis o sepsis; enfermedades terribles para las que no había tratamiento. En aquel momento, un simple corte o una muela que se infectase corría grave riesgo de transformarse en una amenaza seria para la vida, ya que no había nada más que el propio sistema inmunitario para acabar con las bacterias. Y no siempre lo lograba.
Para hacerse a la idea de la magnitud del problema, conviene recordar que en torno al 90 % de los niños que desarrollaban meningitis bacteriana antes de la democratización de los antibióticos, fallecían. La tuberculosis, por su parte, acababa con alrededor del 30 % de los que infectaba y llegó a convertirse en una plaga que azotó Europa y Estados Unidos durante el siglo XIX. Pero además de las muertes, enfermedades de transmisión sexual, como la sífilis o la gonorrea, así como otras infecciones, resultaban en desfiguraciones y daños neurológicos en miles de personas, lo que suponía una clara pérdida de calidad de vida.
De entre los muchos remedios que se fueron desarrollando con los años, la penicilina supuso un antes y un después en el tratamiento de estas enfermedades infecciosas. El compuesto, producido por el hongo Penicillium chrysogenum o notatum, acababa con un gran número de bacterias patógenas. Científicamente este tipo de antibióticos se conocen como betalactámicos, y funcionan porque impiden que estos microorganismos formen su pared celular, una estructura de protección necesaria y presente en muchas familias de bacterias.
Medicamentos que no discriminan
El problema de los antibióticos es que no suelen discriminar con qué bacterias acaban. Los betalactámicos fulminarán a la mayoría de las bacterias que presenten pared bacteriana, sean patógenas o beneficiosas. Entre estas últimas se incluirán las que están presentes en nuestra microbiota. Y otros antibióticos que tengan por diana diferentes aspectos del funcionamiento bacteriano tendrán efectos similares con otras familias. De nuevo, estos medicamentos no discriminarán, por ello es importante seguir a rajatabla las indicaciones del personal sanitario en cuanto al uso de antibióticos.
Aún con todo, cuando tomamos un antibiótico la microbiota intestinal sufre las consecuencias. Según han demostrado un gran número estudios al respecto, el consumo de estos medicamentos puede reducir la diversidad de las especies que habitan en nuestro intestino. Entre las bacterias afectadas destacan Bacteroidetes, Bifidobacterium, y Lactobacillus, que ocupan un nicho importante a la hora de transformar los alimentos en compuestos beneficiosos.
Por lo general, tras tomar un antibiótico, muchas de las especies de nuestro microbioma se recuperan en una horquilla de tiempo que comprende entre dos semanas y dos meses. Aunque aquí cabe señalar un matiz muy importante. Estudios recientes de seguimiento en pacientes con prescripción de antibióticos muestran que hay grandes variaciones en la abundancia de cada especie, y que estos cambios pueden mantenerse durante años.
Entonces ¿es malo tomar antibióticos?
Los autores de estos estudios extrapolan que seguir una pauta de antibióticos puede impactar en el metabolismo a largo plazo. Aunque las especies de bacterias se recuperen al poco tiempo, la alteración de sus números totales puede provocar una disminución en la producción de vitaminas (como la K) o de otros compuestos beneficiosos como el acetato, propionato y butirato, que sirven de fuente de energía a las células intestinales.
Además, la muerte de un número significativo de bacterias puede dar lugar a “huecos” que colonicen patógenos oportunistas como Clostridium difficile. Por ello, en muchas ocasiones, con la toma de antibióticos se aconseja consumir probióticos y prebióticos para así recuperar rápidamente la microbiota beneficiosa y recubrir el intestino.
Así pues, ante la pregunta sobre si es malo tomar antibióticos, la respuesta es, como tantas veces en salud, que depende de la situación. Los antibióticos han de tomarse cuando existe una amenaza real para la vida de una persona o una condición que le afecta en su día a día cuya causa es una bacteria. Se trata de medicamentos efectivos que permiten acabar con enfermedades otrora mortales.
Sin embargo, los investigadores todavía están tratando comprender plenamente cómo los antibióticos modulan la microbiota y si esto está relacionado con consecuencias a largo plazo para la salud. Ahora bien, se trata de un campo incipiente en el árbol de la ciencia. Para hallar esos resultados hacen falta más estudios basados en poblaciones reales centrados específicamente en las disbiosis provocadas por antibióticos.
No es un micrófono ni una pelota de golf. Tran The Ngoc se acercó a este insecto ayudado por su técnica fotográfica y consiguió una imagen que cuesta comprender a primera vista tras varios minutos buscando el mejor plano. En realidad, es una pequeña crisopa verde (Chrysopidae) de Vietnam. Las crisopas cumplen un rol vital en la agricultura, ya que se alimentan de pequeños insectos y controlan las plagas. Pero lo más curioso es su aspecto: sus alas son transparentes y sus ojos metálicos, que le valió el apodo de "ojos de oro".
OpenAI ha presentado una demostración de 166 páginas según la cual las ecuaciones tridimensionales de Navier–Stokes pueden desarrollar una singularidad en tiempo finito, un resultado obtenido, según la compañía, tras 88 horas de trabajo coordinado de alrededor de 10.000 agentes de inteligencia artificial. La afirmación apunta directamente a uno de los 7 Problemas del Milenio, cada uno dotado originalmente con un premio de un millón de dólares.
Pero todavía existe una diferencia crucial entre presentar una solución y que la comunidad matemática la acepte como tal. OpenAI describe oficialmente el trabajo como una solución propuesta, mientras que el Clay Mathematics Institute continúa incluyendo Navier–Stokes entre los problemas no resueltos. La demostración deberá ser examinada con extraordinario cuidado antes de poder hablar de un capítulo definitivamente cerrado de la historia de las matemáticas.
Y hay algo más. La historia no trata solamente de una ecuación endiabladamente difícil: también podría marcar un cambio en quién (o qué) es capaz de producir matemáticas nuevas. La prueba fue generada por un sistema experimental que OpenAI describe como significativamente más capaz que GPT-6 Astra y cuyo entrenamiento, según la compañía, todavía continúa.
Un vórtice que se estrecha hasta romper la suavidad
Las ecuaciones de Navier–Stokes están detrás de fenómenos tan cotidianos como el agua que rodea un barco, el aire que fluye alrededor de un avión o la turbulencia que aparece dentro de una corriente. El Clay Mathematics Institute resume el corazón del problema con una pregunta aparentemente sencilla: si comenzamos con un fluido tridimensional perfectamente regular, ¿las ecuaciones garantizan que continuará comportándose suavemente para siempre?
El nuevo trabajo de OpenAI sostiene que la respuesta puede ser negativa bajo una de las formulaciones admitidas en el enunciado oficial del problema. Su teorema construye, para cualquier viscosidad positiva, una solución que comienza con velocidad cero y termina desarrollando una velocidad no acotada en un tiempo finito, mientras la energía cinética total permanece uniformemente limitada. La construcción incluye una fuerza externa suave y localizada en el espacio y el tiempo.
La imagen física que emerge de las matemáticas resulta sorprendentemente visual. El mecanismo fundamental es un vórtice cuyo núcleo gira, se contrae radialmente y se alarga mientras la velocidad crece cada vez más. El propio artículo explica que el fluido entra en espiral hacia el eje y es expulsado en dirección axial; la incomprensibilidad impide que simplemente se acumule en el centro.
Pero la región donde ocurre todo se vuelve cada vez más diminuta al mismo tiempo que las velocidades se disparan. Conforme se aproxima el instante singular, el radio del núcleo disminuye más rápidamente que su longitud axial. El resultado recuerda a un filamento que se estira y adelgaza progresivamente: una especie de espagueti matemático de fluido giratorio.
Y ocurre algo todavía menos intuitivo. Aunque la velocidad máxima tiende a hacerse ilimitada, la energía cinética asociada al núcleo puede tender a cero. El volumen donde se concentra el movimiento extremo se contrae tan deprisa que ambas cosas pueden suceder simultáneamente. No es una explosión convencional: es una catástrofe matemática confinada en una región que se desvanece.
10.000 agentes, 88 horas y una prueba que una máquina también puede comprobar
La magnitud del experimento convierte la historia en algo más que otro resultado asistido por inteligencia artificial. OpenAI asegura que aproximadamente 10.000 agentes coordinados alcanzaron la solución en 88 horas utilizando un modelo interno de próxima generación, más capaz que GPT-6 Astra. El sistema no se habría limitado a sugerir ideas: habría participado en la construcción de la arquitectura matemática necesaria para completar la prueba.
El resultado tiene además una segunda capa especialmente importante. OpenAI afirma haber producido tanto una demostración analítica como una formalización en Lean, un asistente de demostración que permite expresar argumentos matemáticos en un lenguaje formal susceptible de comprobación mecánica. Eso no convierte automáticamente una afirmación científica en verdad indiscutible, pero proporciona una vía adicional para detectar inconsistencias lógicas.
La controversia que acompaña al posible hito
El anuncio, sin embargo, llega acompañado de una disputa sobre prioridad científica. Los matemáticos Levent Alpöge y Tristan Buckmaster habían trabajado en problemas estrechamente relacionados sobre formación de singularidades, incluyendo resultados para las ecuaciones de Euler, y publicaron trabajos que también recurrían intensamente a herramientas de inteligencia artificial.
OpenAI ha felicitado expresamente a ambos investigadores y sostiene que ni sus investigadores ni sus agentes tuvieron acceso a los trabajos de Alpöge y Buckmaster antes de que fueran publicados. La compañía afirma además que no accedió a datos específicos de usuarios para resolver Navier–Stokes, aunque reconoce que no puede excluir completamente qué datos desidentificados procedentes del uso de sus productos hubieran contribuido previamente a mejorar sus modelos.
La distinción matemática también importa. OpenAI sostiene que sus demostraciones difieren sustancialmente de las de Alpöge y Buckmaster y señala específicamente diferencias en los resultados relativos a Euler, incluida la presencia o ausencia de fuerzas externas. La controversia, por tanto, no puede reducirse simplemente a dos grupos presentando exactamente la misma prueba.
La situación abre una pregunta que probablemente sobrevivirá incluso al propio problema de Navier–Stokes. ¿Qué significa realmente la prioridad científica cuando investigadores humanos trabajan con modelos que, a su vez, pueden mejorar a partir de enormes cantidades de interacción humana? La frontera entre herramienta, colaborador y potencial competidor intelectual comienza a resultar mucho menos nítida.
Y todavía queda la cuestión decisiva: la validación. El Clay Mathematics Institute continúa presentando Navier–Stokes entre sus problemas abiertos y sus reglas exigen un proceso mucho más amplio que la publicación de un manuscrito. Por espectacular que sea el anuncio, las matemáticas no se resuelven mediante una nota de prensa: se resuelven cuando una demostración resiste el intento sistemático de otros expertos por destruirla.
Si la prueba supera ese proceso, el significado histórico podría ir mucho más allá de la dinámica de fluidos. Estaríamos ante una demostración extraordinariamente compleja producida esencialmente por una comunidad artificial de miles de agentes, capaz de explorar, corregir y formalizar matemáticas situadas durante décadas fuera del alcance de una solución completa.
Lanzado con éxito a finales de agosto de 2026, el nuevo observatorio espacial de la NASA promete, entre otras cosas, multiplicar por veinte el número de exoplanetas conocidos. el telescopio espacial Roman, bautizado así en honor a Nancy Grace Roman, la primera mujer ejecutiva de la NASA y conocida como la "madre del Hubble", se encuentra camino del punto de Lagrange L2, a 1,6 millones de kilómetros de la Tierra, donde compartirá vecindario con el James Webb y el telescopio Euclid.
Hoy, repasamos con uno de los miembros del equipo Roman en la NASA, el ingeniero aeroespacial Alejandro Rivera, los entresijos de este telescopio (y de otros en los que también ha trabajado) y qué proezas nos deparará en el futuro.
Pregunta. Una vez que el telescopio James Webb fue enviado al espacio en diciembre de 2021 y está resultando ser todo un éxito e impulso para los descubrimientos científicos, ¿qué valoración realiza como parte del equipo del Webb tras estos años de recorrido del telescopio?
Respuesta. Ha superado todas las expectativas, incluidas las nuestras. Está observando la infancia del universo — galaxias formadas apenas unos cientos de millones de años después del Big Bang ��� y lo que ha encontrado nos ha descolocado: galaxias más grandes, brillantes y maduras de lo que ningún modelo permitía, y agujeros negros supermasivos que, según nuestras teorías, no habían tenido tiempo de crecer tanto. En atmósferas de exoplanetas ha detectado vapor de agua, dióxido de carbono, metano, y hasta posibles indicios, aún por confirmar, de moléculas que en la Tierra asociamos a la vida. Lo mejor que puedo decir de él es esto: no está confirmando lo que creíamos saber, nos está obligando a revisarlo. Y eso es exactamente lo que un gran observatorio debe hacer.
P. ¿De qué se encargará exactamente este dispositivo una vez sea lanzado al espacio? ¿En qué ayudará a los astrónomos?
R. Tiene dos grandes misiones científicas. La primera, la energía oscura: eso que hace que el universo se expanda cada vez más deprisa y que no emite, absorbe ni refleja luz, de modo que solo la conocemos por su efecto — como el viento, que no vemos, pero vemos moverse las hojas. El Roman medirá ese movimiento de las hojas con una precisión sin precedentes, observando miles de supernovas y cartografiando cientos de millones de galaxias para reconstruir la historia de la expansión y responder a la gran pregunta: ¿es constante, cambia con el tiempo, o lo que falla es nuestra teoría de la gravedad?
La segunda, completar el censo de exoplanetas de nuestra galaxia, descubriendo decenas de miles de mundos nuevos. Y lleva además un coronógrafo que demostrará la tecnología para bloquear la luz de una estrella y fotografiar directamente los planetas que la orbitan — el camino hacia la búsqueda de otras Tierras. A los astrónomos les dará lo que hoy no tienen: estadística. Pasaremos de conocer algunos vecindarios cósmicos a tener el mapa de la ciudad entera.
P.¿Qué características específicas tiene este telescopio para poder analizar tan minuciosamente las microlentes gravitacionales?
R. La microlente gravitacional consiste en detectar un planeta por cómo su gravedad amplifica, durante horas o días, la luz de una estrella lejana que pasa por detrás. Para cazar esos destellos hacen falta tres cosas que el Roman reúne como ningún otro observatorio. Primero, un campo de visión enorme, para vigilar simultáneamente cientos de millones de estrellas hacia el centro de la galaxia. Segundo, visión infrarroja, que atraviesa el polvo que oscurece esa región. Y tercero, la estabilidad del espacio: sin atmósfera, sin ciclos de día y noche, puede monitorizar las mismas estrellas de forma continua durante temporadas de semanas, con una precisión fotométrica que desde tierra es imposible. Esta técnica detecta además planetas que otros métodos apenas ven: los pequeños, los de órbitas lejanas y hasta los planetas errantes que vagan sin estrella.
P. ¿Es cierto que el Nancy Roman será 200 veces más potente que el telescopio Hubble? ¿De cuánta mejora estaríamos hablando respecto a la actualidad?
R. Le propongo precisar la palabra, porque "potente" puede confundir. El espejo del Roman mide 2,4 metros, exactamente igual que el del Hubble, así que la nitidez de sus imágenes es comparable. La diferencia está en el campo de visión: el instrumento principal del Roman abarca en cada imagen un área del cielo unas cien veces mayor que la del instrumento infrarrojo del Hubble, con la misma resolución. En la práctica, eso significa que puede cartografiar el cielo del orden de mil veces más rápido. El Hubble es un microscopio exquisito; el Roman es ese mismo microscopio convertido en máquina de hacer censos. Lo que el Hubble tardaría siglos en fotografiar, el Roman lo hará en años.
P. Con lo poderoso y completo que es el James Webb, ¿podría explicarnos por qué no sirve también para estudiar la influencia de la energía oscura? ¿Qué diferencias prácticas hay entre uno y otro?
R. Porque son herramientas opuestas y complementarias. Observar con el Webb es como mirar el cielo por el ojo de una cerradura: un detalle extraordinario, pero de una zona diminuta. Y la energía oscura no se estudia mirando un objeto: se estudia con estadística, midiendo cientos de millones de galaxias repartidas por áreas inmensas del cielo. Para eso hace falta una máquina de rastreo de gran campo, que es exactamente lo que es el Roman. Además, el Webb está tan solicitado por los astrónomos de todo el mundo que dedicarlo años a un solo rastreo sería un lujo imposible. En la práctica trabajarán en equipo: el Roman encuentra, y el Webb examina en profundidad lo más interesante.
P.¿Qué tipo de imágenes nos aportarán los instrumentos del Nancy Roman?
R. Imágenes de 300 megapíxeles en las que cada fotograma cubre un área del cielo mayor que la Luna llena, con la nitidez del Hubble. Algunas de esas imágenes contendrán, cada una, más de un millón de galaxias. Y como visitará las mismas regiones una y otra vez, no solo hará fotos: hará películas del cosmos, registrando todo lo que cambia — supernovas que estallan, estrellas que fluctúan, destellos de microlente. Para hacerse una idea de la escala: el Roman enviará a la Tierra alrededor de 1,4 terabytes de datos al día — unas 25 veces más que el Webb y unas 500 veces más que el Hubble. El coronógrafo, por su parte, intentará algo que hasta hace poco era ciencia ficción: fotografiar directamente planetas de otras estrellas apagando la luz de su sol.
P. El Roman también buscará exoplanetas, y su coronógrafo intentará incluso fotografiarlos directamente. ¿Por qué es tan difícil ver un planeta de otra estrella? ¿Llegaremos algún día a fotografiar otra Tierra?
R. Es difícil por dos razones que se suman: el planeta es miles de millones de veces más tenue que su estrella, y además está pegado a ella. Para hacerse una idea de las proporciones: fotografiar un planeta como el nuestro orbitando Alfa Centauri, la estrella más cercana, es como intentar ver de noche, desde mi Gijón natal, una luciérnaga revoloteando a un metro del faro de Finisterre, a unos trescientos kilómetros. La luciérnaga existe, pero el faro la borra por completo. El coronógrafo del Roman es un instrumento diseñado para apagar el faro: bloquea la luz de la estrella con una precisión extraordinaria para revelar lo que brilla a su lado, y demostrará en el espacio la tecnología para ver planetas cientos de millones de veces más tenues que su sol.
Es un demostrador, el eslabón entre lo que sabemos hacer hoy y el gran objetivo: el Habitable Worlds Observatory, el observatorio que la NASA ya estudia como sucesor, concebido precisamente para fotografiar planetas como la Tierra y buscar en sus atmósferas las huellas de la vida. Existe además una segunda manera de apagar el faro, en la que tuve la fortuna de trabajar: junto al premio Nobel John Mather, el padre del Webb, estudié los posibles conceptos de estructura desplegable para un "starshade", un parasol estelar de cien metros de diámetro que, volando en el espacio en perfecta alineación con un gran telescopio en tierra, como el Extremely Large Telescope de Chile, bloquearía la luz de la estrella para que este pudiera observar sus planetas. Yo estoy convencido de que esa primera foto de otra Tierra llegará, y de que la verán los jóvenes que hoy están en la escuela. Ojalá alguno de ellos, leyendo esto, decida ser quien la haga posible.