La paradoja de la dieta neandertal: se atiborraban de carne magra, pero nunca sufrieron el 'hambre del conejo'
Hay un enigma sobre la nutrición de los neandertales que lleva mucho tiempo desconcertando a la comunidad científica. Ahora, un trabajo reciente publicado en la revista American Journal of Biological Anthropology por José Luis Guil-Guerrero, de la Universidad de Almería, ha tratado de darle respuesta analizando los marcadores químicos presentes en los restos de estos homínidos antiguos. Al parecer, los resultados cuestionan teorías previas sobre la supervivencia en la Europa del Pleistoceno.
El análisis de los isótopos de nitrógeno-15 hallados en el colágeno fosilizado indicaba una firma propia de hipercarnívoros extremos. En este sentido, los datos mostraban niveles situados entre el 12% y el 14%, cifras muy superiores al 7,9% o 8,4% registrado en depredadores como lobos grises o hienas manchadas. Consumir únicamente carne magra en tales proporciones habría provocado a la especie una intoxicación proteica letal, conocida como la inanición del conejo.
La inanición o hambre del conejo es una forma de desnutrición aguda que ocurre cuando una persona solo come carne muy magra, como la de este animal, que contiene muy escasas cantidades de carbohidratos y grasas. En este tipo de casos, el organismo no puede procesar el exceso de proteína, lo que da lugar a diarrea severa, fatiga y una sensación de hambre constante. Si no se añaden otras fuentes de energía, puede ser mortal.
Para justificar este fenómeno, considerado una anomalía trófica neandertal, una hipótesis planteó que ingerían larvas de insectos presentes en la materia orgánica en descomposición. Estas larvas, al alimentarse de tejido putrefacto, acumulaban altas concentraciones isotópicas que habrían pasado a los tejidos de los homínidos. Sin embargo, las simulaciones matemáticas actuales demuestran que dicho modelo resulta insostenible desde el punto de vista biológico y funcional.
Según los cálculos del estudio, los insectos habrían tenido que representar entre el 40% y el 100% de la dieta diaria para generar esa señal química. En determinados supuestos simulados, la ingesta requerida superaba incluso el 100% del aporte proteico total del individuo. Estas cantidades desproporcionadas invalida la opción de que los gusanos fuesen la fuente principal de su sustento diario en los yacimientos arqueológicos analizados.
La caza de megafauna como respuesta
Descartada la ingesta masiva de larvas, la explicación más plausible apunta hacia el consumo especializado de grandes mamíferos continentales. La carne de los grandes proboscídeos, como el mamut, posee de forma natural un elevado contenido en estos elementos químicos. La persecución sistemática de estas piezas gigantescas por parte de los grupos cazadores justifica los valores observados en el laboratorio sin necesidad de recurrir a dietas compuestas por insectos.
El autor del trabajo matiza la complejidad de la investigación al señalar que "la caza selectiva de megafauna, en particular de mamuts, sigue siendo una hipótesis principal para explicar estas elevaciones tróficas extremas". La estrategia cinegética orientada a presas de gran tamaño permitía obtener toneladas de grasa y proteína, evitando así las deficiencias metabólicas asociadas a la ingesta exclusiva de magro animal.
A pesar del avance que supone este hallazgo, la comunidad científica reconoce que no existe un modelo único capaz de resolver el rompecabezas en todos los territorios. Guil-Guerrero destaca que "hay que reconocer que ningún modelo explicativo, ya sea la caza de mamuts, la aridez, el estrés fisiológico o el consumo de larvas, ha demostrado ser universalmente aplicable", lo que deja la puerta abierta a condicionantes climáticos o de estrés fisiológico.
Las investigaciones futuras deberán examinar las variaciones geográficas y ambientales de cada región habitada por estos homínidos. El investigador concluye que "la causa última de estos valores elevados probablemente implique un mosaico complejo y regionalmente variable de comportamientos y entornos que aún estamos tratando de explicar completamente". El enigma sobre los hábitos alimenticios de nuestros parientes extintos continuará motivando nuevos análisis en la paleobiología internacional.

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