Una nueva investigación confirma el infierno que se desató en la extinción del triásico
Ninguna ruptura es sencilla. Sin embargo, la del supercontinente Pangea, que aglomeraba a todos los continentes actuales en una única masa de tierra, fue mucho más brutal de lo que cualquier relación humana pueda aspirar. Cuando se separaron los continentes, las enormes fisuras que se generaron en el terreno provocaron el surgimiento de gigantescos volcanes, especialmente en la que se ha denominado la Provincia Magmática del Atlántico Central. Este área cubría zonas de la actual Norteamérica, Sudamérica, África y Europa, y se cree que en pocos cientos de miles de años transformó la Tierra en un infierno.
Se estima que las erupciones comenzaron hace 201.566 millones de años y fueron sucediéndose en pulsos de varios miles de años durante un total de 600.000. Pero fue al final del evento, en los últimos 20.000 años, en los que el vulcanismo acabó liberando tanto CO₂ a la atmósfera que pudo provocar un aumento de las temperaturas de entre 5 y 10ºC. El CO₂, además de calentar la superficie, también se disolvió en las aguas oceánicas, lo que las acidificó y desplazó al oxígeno, dando lugar a una situación de anoxia que provocó el colapso de los ecosistemas marinos.
El tierra firme las cosas no iban mucho mejor. Debido a la cantidad de CO₂ emitida por los volcanes y al consecuente aumento de las temperaturas, los otrora paisajes llenos de bosques fueron muriendo, y los suelos fueron erosionándose hasta convertirse, en su mayor parte, en grandes eriales. Ahora bien, una zona desprovista de gran vegetación es una oportunidad para otras clases de plantas, y así fue como los helechos fueron colonizando enormes extensiones de terreno.
En palabras del Dr. Bas van de Schootbrugge, de la Universidad de Utrecht: “Los helechos son plantas verdaderamente extraordinarias que han resistido numerosas crisis a lo largo de la historia de la Tierra, y algunas especies son capaces de adaptarse a los entornos más extremos. Se les puede considerar especies especialistas en desastres”. Pero tanto helecho también puede causar un problema. Y sólo se necesita una pequeña llama.
El infierno en la Tierra
“Cuando los helechos se secan, forman una especie de alfombra densa de vegetación seca que es el combustible ideal para desencadenar incendios forestales masivos”, explica Van de Schootbrugge. Y en un periodo que duró entre 40.000 y 300.000 años, había sabanas que podían ocupar miles de kilómetros cuadrados repletas de estas plantas. Por tanto, todo ardía periódicamente en incendios de una magnitud inimaginable. Aunque para “ver” estos incendios pasados han tenido que darle una vuelta al registro sedimentario.
En un estudio publicado en Nature Geoscience, el equipo de Van de Schootbrugge analizó detenidamente cuatro testigos de sondeo (cilindros que se extraen del terreno), incluido uno de 640 metros de longitud. Según iban profundizando más y más en la tierra, fueron detectando lugares en los que había mayor concentración de carbón y otras moléculas relacionadas con paleoincendios, como los hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAHs), procedentes de ceniza y humo.
Estos registros, junto a los fósiles de polen y esporas, permitían reconstruir la historia hasta cierto punto, pero había un problema para la datación de ciertos incendios: el carbón es muy frágil. Cuando se rompe, sus trozos más pequeños pueden mezclarse con otras capas y, por tanto, dar lugar a interpretaciones erróneas. Además, los PAHs no tienen por qué caer cerca de donde se produce el incendio, lo que añade todavía más incertidumbre.
Los tonos oscuros del núcleo
Así pues, el equipo de Van de Schootbrugge decidió centrarse en un aspecto que normalmente pasa desapercibido en este tipo de muestras: el color de los microfósiles. Cuando la materia orgánica queda enterrada, debió a la presión y a la temperatura va cambiando de color. Cuanto más tiempo pasa y más profundo se encuentra, mayor es la temperatura y, por tanto, el color se vuelve más oscuro. Pero cuando hablábamos de que los investigadores le habían dado la vuelta al registro, en realidad nos referíamos a los colores, ya que no coincidían con lo esperado.
Las muestras más antiguas son más claras que las que coinciden con el intervalo de la extinción, donde también hay más carbón y PAHs. Y después del evento, los microfósiles vuelven a ser de un amarillo claro. “Este fenómeno nos dejó bastante perplejos”, explica Van de Schootbrugge, “ya que se produce en los cuatro núcleos exactamente al mismo tiempo, por lo que no podía estar relacionado con el enterramiento de los sedimentos, dado que las cuatro cuencas tuvieron historias geológicas muy diferentes”. La única explicación era que los incendios afectasen que abarcaba prácticamente toda tierra firme. Un infierno a nivel continental
Según concluye el profesor: “La lección que podemos extraer de todo esto es que la combinación del cambio climático, la deforestación y la propagación de especies oportunistas puede reunir todos los ingredientes para una tormenta perfecta”. Una tormenta que acabó con los ecosistemas del pasado y que puede ser un reflejo de lo que ocurra en el futuro.

© Mark Garlick
