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Un rinoceronte a escala humana

Cuando vemos a los grandes animales, muchas veces perdemos las referencias de su tamaño. Por eso, el fotógrafo Harman Singh Heer decidió fotografiar a este gigantesco rinoceronte de Kenia a muy poca distancia y ubicado a ras de suelo. Con experiencia en el terreno y asesorado por un guía local, esperó que se acercaran y captó el momento con un gran angular. El cuerno, formado principalmente por queratina, parece apuntar a la cámara. Los rinocerontes son unos de los mamíferos más grandes del planeta y posiblemente no hayan visto a Heer porque no tienen buena vista. En cambio, su olfato y audición están extraordinariamente desarrollados...

© Cordon Press

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El Niño se intensifica y la ONU advierte: “Estamos ante un fenómeno descomunal”

Los principales indicadores oceanográficos han encendido las alarmas internacionales tras detectar una alteración climática sin precedentes en las aguas del océano Pacífico. Los análisis elaborados por expertos de la Organización Meteorológica Mundial revelan un calentamiento anómalo de la temperatura marina que amenaza con batir todos los registros históricos conocidos de la era satelital durante el próximo año.

Esta perturbación meteorológica, vinculada directamente al calentamiento global por quema de combustibles fósiles, muestra anomalías térmicas extremas que ya afectan gravemente a los monzones asiáticos e intensifican incendios devastadores. Las estimaciones científicas sugieren que este evento podría convertirse en el más potente del último milenio, amenazando la seguridad alimentaria de aproximadamente 50 millones de personas en diversas regiones vulnerables del planeta.

Las proyecciones elaboradas mediante el consenso de 14 modelos climáticos indican que la alteración alcanzará su pico máximo en los próximos meses con incrementos térmicos de hasta 4 ºC. Esta peligrosa aceleración del ciclo marino situará al planeta en una fase meteorológica desconocida, cuyos efectos destructivos se prolongarán con dureza durante todo el año 2027 debido a la liberación masiva de energía hacia la atmósfera.

La alerta global de la ONU

Ante la magnitud de esta crisis medioambiental, las autoridades de la ONU han calificado la situación actual de extremadamente grave e histórica para la humanidad. El máximo responsable del organismo internacional ha sido tajante al valorar la rápida evolución de este fenómeno marino que está desestabilizando los patrones atmosféricos habituales a una velocidad nunca vista hasta la fecha.

Comparación de los efectos de El Niño

"El Niño se está sobredimensionando ante nuestros ojos", afirmó António Guterres. El secretario general advirtió sobre la urgencia de reaccionar de manera inmediata para proteger a las poblaciones vulnerables, señalando tajantemente que: "La ciencia no deja lugar a dudas: el planeta se encuentra en aguas no cartografiadas, y esas aguas se están calentando. El mundo está en la zona de peligro de los fenómenos meteorológicos extremos".

Por su parte, los organismos especializados han puesto en marcha mecanismos de coordinación de emergencia que no se activaban desde hacía medio siglo a nivel global. La secretaria general de la Organización Meteorológica Mundial ha remarcado la severidad de la amenaza estructural para la producción de alimentos y las infraestructuras de transporte en múltiples continentes.

Impactos directos en la economía

"El Niño tiene el potencial de asestar un golpe masivo a las comunidades y economías de todo el mundo", declaró Celeste Saulo. La experta enfatizó además el compromiso de los servicios hidrológicos internacionales para emitir alertas tempranas que salven vidas, argumentando con rotundidad: "Ya estamos viendo perturbaciones y devastación por sequías e inundaciones y esperamos que estos impactos aumenten a medida que El Niño se intensifique".

Finalmente, el deterioro de las condiciones agrícolas se extiende aceleradamente por Europa, donde los episodios prolongados de sequía extrema han hundido las cosechas de cereales y granos. Especialistas de la entidad Energy and Climate Intelligence Unit recuerdan que la falta de resiliencia y la inacción ante las emisiones contaminantes seguirán encareciendo la cesta de la compra mundial de manera progresiva e imparable.

© iStock

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Tu perro podría saber si estás triste, enfadado o asustado

Los investigadores analizaron la actividad cerebral de 12 perros mientras observaban fotografías de personas felices, enfadadas, asustadas y tristes. Y sus cerebros no respondieron igual ante todas ellas. El análisis mostró patrones diferentes para el miedo, la ira y la tristeza. Es decir, los perros no parecen limitarse a distinguir entre una cara buena y una cara mala. Además, las caras felices provocaron una respuesta especialmente interesante. Activaron la corteza temporal y el núcleo caudado, una región relacionada con la recompensa. Y había un detalle importante: algunas de esas caras pertenecían a personas que los perros no conocían.

© Jane Thompson

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El mítico discurso de David J. Gross, Premio Nobel de Física sobre la ciencia de hoy en día

Hace más de 50 años se constató una de las propiedades más desconcertantes de la materia: cuanto más se aproximan los quarks, más débil se vuelve la interacción entre ellos. Aquel hallazgo, conocido como libertad asintótica, acabaría proporcionando a David J. Gross, H. David Politzer y Frank Wilczek el Premio Nobel de Física de 2004 y ayudaría a consolidar nuestra explicación moderna de la fuerza nuclear fuerte.

Pero Gross deslizó otra idea poderosa cuando recibió el reconocimiento. El físico estadounidense cuestionó la imagen romántica del científico excepcional que, aislado del mundo, cambia por sí solo nuestra comprensión de la naturaleza. “Las exploraciones científicas de la realidad fundamental ya no son terreno del genio solitario [...], sino un esfuerzo colaborativo de una comunidad de científicos”, declaró tras conocerse el Nobel.

La frase tiene algo de paradoja viniendo de un premio Nobel, la institución que quizá mejor simboliza el reconocimiento individual del talento científico. Gross estaba recordando que detrás de un nombre escrito en la historia suele existir una multitud invisible: estudiantes, colaboradores, teóricos, experimentadores, técnicos y generaciones anteriores de investigadores que construyeron las preguntas necesarias para que alguien pudiera encontrar una respuesta.

El descubrimiento de 1973 que cambió nuestra imagen de la materia

David Jonathan Gross nació en Washington D. C. en 1941 y decidió que quería ser físico teórico cuando tenía alrededor de 13 años. Se doctoró en Física por la Universidad de California en Berkeley en 1966 y posteriormente desarrolló una parte fundamental de su carrera en Princeton. Allí protagonizaría, junto a un jovencísimo estudiante llamado Frank Wilczek, uno de los episodios decisivos de la física de partículas del siglo XX.

Para comprender su importancia hay que descender hasta las entrañas del átomo. Protones y neutrones están constituidos por quarks, partículas sometidas a la denominada interacción fuerte. Lo desconcertante es que esta fuerza no se comporta como nuestra intuición esperaría: cuando los quarks se encuentran extremadamente cerca, su interacción disminuye y pueden comportarse casi como si fueran partículas libres.

Gross y Wilczek demostraron en 1973 esta propiedad en las teorías de campos gauge no abelianas. De manera independiente, H. David Politzer llegó a resultados equivalentes. Habían encontrado la “libertad asintótica”, una pieza fundamental para construir la cromodinámica cuántica o QCD, la teoría que describe la interacción fuerte y que terminaría incorporándose al Modelo Estándar de la física de partículas.

La idea resulta casi contraintuitiva. Cuando intentamos separar los quarks, la interacción entre ellos se hace más intensa; cuando los acercamos extraordinariamente, se debilita. Es como una especie de goma elástica subatómica cuyo tirón aumenta precisamente cuando intentamos estirarla. Esa peculiaridad ayuda a explicar por qué los quarks permanecen confinados dentro de partículas como protones y neutrones.

Pero Gross no presentó posteriormente aquel descubrimiento como la iluminación repentina de un cerebro privilegiado. En su conferencia Nobel recordó que el progreso científico real es mucho más desordenado de lo que suelen contar los libros de historia, repleto de pistas falsas, ideas equivocadas y caminos que terminan en ninguna parte.

Por qué un Nobel dice que la época del “genio solitario” ha terminado

Cuando la Real Academia Sueca de Ciencias anunció el premio el 5 de octubre de 2004, reconoció conjuntamente a Gross, Politzer y Wilczek “por el descubrimiento de la libertad asintótica en la teoría de la interacción fuerte”. Los tres recibieron una tercera parte del galardón.

Gross aprovechó entonces el foco mediático para desplazarlo hacia quienes normalmente permanecen fuera de él. Su Nobel, afirmó, reconocía no solamente el trabajo de los tres premiados, sino el de toda la comunidad de física de altas energías. Y es precisamente en ese contexto donde mencionó a Galileo, Newton y Einstein.

Su argumento iba mucho más allá de una muestra de modestia. Gross recordó que cientos de físicos experimentales de los grandes aceleradores habían diseñado y realizado los experimentos que primero proporcionaron indicios sobre el funcionamiento de la fuerza fuerte y después permitieron contrastar las predicciones de la teoría.

Ahí está el verdadero cambio de paradigma. La ciencia contemporánea puede seguir necesitando intuiciones extraordinarias, pero las fronteras del conocimiento se han convertido en territorios demasiado complejos para ser conquistados completamente en solitario. Telescopios, detectores, aceleradores, supercomputadores y observatorios producen cantidades de información y plantean desafíos técnicos que requieren equipos especializados y cooperación entre instituciones y países.

Y la propia historia del Nobel de Gross desmonta parcialmente el mito individual. La libertad asintótica fue descubierta por varias mentes que trabajaban sobre un mismo problema: Gross colaboró con su estudiante Wilczek mientras Politzer obtuvo independientemente el resultado. Después hicieron falta muchos otros investigadores y experimentos para convertir aquella estructura matemática en una descripción extraordinariamente sólida de la naturaleza.

De estudiante de 13 años a explicar una de las 4 fuerzas de la naturaleza

Gross terminó convertido precisamente en una de esas figuras individuales con las que solemos contar la historia de la ciencia. Fue profesor en Princeton, posteriormente dirigió el Kavli Institute for Theoretical Physics de la Universidad de California en Santa Barbara y acumuló reconocimientos como la beca MacArthur, la Medalla Dirac, la Oskar Klein Medal y la Grande Médaille d’Or de la Academia de Ciencias francesa.

Sin embargo, una de las facetas más interesantes del físico aparece cuando habla de cómo debe hacerse ciencia. En una entrevista concedida a NobelPrize.org en 2004 aconsejaba a los jóvenes investigadores mantener siempre a la vista los grandes problemas y observar atentamente qué está intentando decirnos la naturaleza. También confesaba que necesitó varios años de evidencia experimental antes de convencerse plenamente de que el resultado por el que terminaría recibiendo el Nobel era correcto.

Hay aquí una lección que trasciende la física. Los descubrimientos científicos rara vez nacen terminados. Una teoría necesita cálculos; los cálculos necesitan ser contrastados; los experimentos necesitan instrumentos; los instrumentos requieren ingenieros y técnicos; los resultados deben ser reproducidos, discutidos y sometidos al escrutinio de otros especialistas. En suma, una ciencia hecha por todos en perfecta sincronía.

© Fundación Nobel

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El precio oculto de limpiar tu sistema bacteriano

Para entender por qué los antibióticos son uno de los mayores avances en la medicina moderna basta con mirar las causas de mortalidad de antes de su adopción. En los primeros puestos aparecen nombres como la tuberculosis, neumonía, fiebre escarlata, meningitis o sepsis; enfermedades terribles para las que no había tratamiento. En aquel momento, un simple corte o una muela que se infectase corría grave riesgo de transformarse en una amenaza seria para la vida, ya que no había nada más que el propio sistema inmunitario para acabar con las bacterias. Y no siempre lo lograba.

Para hacerse a la idea de la magnitud del problema, conviene recordar que en torno al 90 % de los niños que desarrollaban meningitis bacteriana antes de la democratización de los antibióticos, fallecían. La tuberculosis, por su parte, acababa con alrededor del 30 % de los que infectaba y llegó a convertirse en una plaga que azotó Europa y Estados Unidos durante el siglo XIX. Pero además de las muertes, enfermedades de transmisión sexual, como la sífilis o la gonorrea, así como otras infecciones, resultaban en desfiguraciones y daños neurológicos en miles de personas, lo que suponía una clara pérdida de calidad de vida.

De entre los muchos remedios que se fueron desarrollando con los años, la penicilina supuso un antes y un después en el tratamiento de estas enfermedades infecciosas. El compuesto, producido por el hongo Penicillium chrysogenum o notatum, acababa con un gran número de bacterias patógenas. Científicamente este tipo de antibióticos se conocen como betalactámicos, y funcionan porque impiden que estos microorganismos formen su pared celular, una estructura de protección necesaria y presente en muchas familias de bacterias.

Medicamentos que no discriminan

El problema de los antibióticos es que no suelen discriminar con qué bacterias acaban. Los betalactámicos fulminarán a la mayoría de las bacterias que presenten pared bacteriana, sean patógenas o beneficiosas. Entre estas últimas se incluirán las que están presentes en nuestra microbiota. Y otros antibióticos que tengan por diana diferentes aspectos del funcionamiento bacteriano tendrán efectos similares con otras familias. De nuevo, estos medicamentos no discriminarán, por ello es importante seguir a rajatabla las indicaciones del personal sanitario en cuanto al uso de antibióticos.

Aún con todo, cuando tomamos un antibiótico la microbiota intestinal sufre las consecuencias. Según han demostrado un gran número estudios al respecto, el consumo de estos medicamentos puede reducir la diversidad de las especies que habitan en nuestro intestino. Entre las bacterias afectadas destacan Bacteroidetes, Bifidobacterium, y Lactobacillus, que ocupan un nicho importante a la hora de transformar los alimentos en compuestos beneficiosos.

Por lo general, tras tomar un antibiótico, muchas de las especies de nuestro microbioma se recuperan en una horquilla de tiempo que comprende entre dos semanas y dos meses. Aunque aquí cabe señalar un matiz muy importante. Estudios recientes de seguimiento en pacientes con prescripción de antibióticos muestran que hay grandes variaciones en la abundancia de cada especie, y que estos cambios pueden mantenerse durante años.

Entonces ¿es malo tomar antibióticos?

Los autores de estos estudios extrapolan que seguir una pauta de antibióticos puede impactar en el metabolismo a largo plazo. Aunque las especies de bacterias se recuperen al poco tiempo, la alteración de sus números totales puede provocar una disminución en la producción de vitaminas (como la K) o de otros compuestos beneficiosos como el acetato, propionato y butirato, que sirven de fuente de energía a las células intestinales.

Además, la muerte de un número significativo de bacterias puede dar lugar a “huecos” que colonicen patógenos oportunistas como Clostridium difficile. Por ello, en muchas ocasiones, con la toma de antibióticos se aconseja consumir probióticos y prebióticos para así recuperar rápidamente la microbiota beneficiosa y recubrir el intestino.

Así pues, ante la pregunta sobre si es malo tomar antibióticos, la respuesta es, como tantas veces en salud, que depende de la situación. Los antibióticos han de tomarse cuando existe una amenaza real para la vida de una persona o una condición que le afecta en su día a día cuya causa es una bacteria. Se trata de medicamentos efectivos que permiten acabar con enfermedades otrora mortales.

Sin embargo, los investigadores todavía están tratando comprender plenamente cómo los antibióticos modulan la microbiota y si esto está relacionado con consecuencias a largo plazo para la salud. Ahora bien, se trata de un campo incipiente en el árbol de la ciencia. Para hallar esos resultados hacen falta más estudios basados en poblaciones reales centrados específicamente en las disbiosis provocadas por antibióticos.

© Foto: Cordon Press

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¿Qué estoy observando?

No es un micrófono ni una pelota de golf. Tran The Ngoc se acercó a este insecto ayudado por su técnica fotográfica y consiguió una imagen que cuesta comprender a primera vista tras varios minutos buscando el mejor plano. En realidad, es una pequeña crisopa verde (Chrysopidae) de Vietnam. Las crisopas cumplen un rol vital en la agricultura, ya que se alimentan de pequeños insectos y controlan las plagas. Pero lo más curioso es su aspecto: sus alas son transparentes y sus ojos metálicos, que le valió el apodo de "ojos de oro".

© Cordon Press

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OpenAI afirma resolver en 88 horas un misterio matemático de 90 años con 10.000 agentes de IA

OpenAI ha presentado una demostración de 166 páginas según la cual las ecuaciones tridimensionales de Navier–Stokes pueden desarrollar una singularidad en tiempo finito, un resultado obtenido, según la compañía, tras 88 horas de trabajo coordinado de alrededor de 10.000 agentes de inteligencia artificial. La afirmación apunta directamente a uno de los 7 Problemas del Milenio, cada uno dotado originalmente con un premio de un millón de dólares.

Pero todavía existe una diferencia crucial entre presentar una solución y que la comunidad matemática la acepte como tal. OpenAI describe oficialmente el trabajo como una solución propuesta, mientras que el Clay Mathematics Institute continúa incluyendo Navier–Stokes entre los problemas no resueltos. La demostración deberá ser examinada con extraordinario cuidado antes de poder hablar de un capítulo definitivamente cerrado de la historia de las matemáticas.

Y hay algo más. La historia no trata solamente de una ecuación endiabladamente difícil: también podría marcar un cambio en quién (o qué) es capaz de producir matemáticas nuevas. La prueba fue generada por un sistema experimental que OpenAI describe como significativamente más capaz que GPT-6 Astra y cuyo entrenamiento, según la compañía, todavía continúa.

Un vórtice que se estrecha hasta romper la suavidad

Las ecuaciones de Navier–Stokes están detrás de fenómenos tan cotidianos como el agua que rodea un barco, el aire que fluye alrededor de un avión o la turbulencia que aparece dentro de una corriente. El Clay Mathematics Institute resume el corazón del problema con una pregunta aparentemente sencilla: si comenzamos con un fluido tridimensional perfectamente regular, ¿las ecuaciones garantizan que continuará comportándose suavemente para siempre?

El nuevo trabajo de OpenAI sostiene que la respuesta puede ser negativa bajo una de las formulaciones admitidas en el enunciado oficial del problema. Su teorema construye, para cualquier viscosidad positiva, una solución que comienza con velocidad cero y termina desarrollando una velocidad no acotada en un tiempo finito, mientras la energía cinética total permanece uniformemente limitada. La construcción incluye una fuerza externa suave y localizada en el espacio y el tiempo.

La imagen física que emerge de las matemáticas resulta sorprendentemente visual. El mecanismo fundamental es un vórtice cuyo núcleo gira, se contrae radialmente y se alarga mientras la velocidad crece cada vez más. El propio artículo explica que el fluido entra en espiral hacia el eje y es expulsado en dirección axial; la incomprensibilidad impide que simplemente se acumule en el centro.

Pero la región donde ocurre todo se vuelve cada vez más diminuta al mismo tiempo que las velocidades se disparan. Conforme se aproxima el instante singular, el radio del núcleo disminuye más rápidamente que su longitud axial. El resultado recuerda a un filamento que se estira y adelgaza progresivamente: una especie de espagueti matemático de fluido giratorio.

Y ocurre algo todavía menos intuitivo. Aunque la velocidad máxima tiende a hacerse ilimitada, la energía cinética asociada al núcleo puede tender a cero. El volumen donde se concentra el movimiento extremo se contrae tan deprisa que ambas cosas pueden suceder simultáneamente. No es una explosión convencional: es una catástrofe matemática confinada en una región que se desvanece.

10.000 agentes, 88 horas y una prueba que una máquina también puede comprobar

La magnitud del experimento convierte la historia en algo más que otro resultado asistido por inteligencia artificial. OpenAI asegura que aproximadamente 10.000 agentes coordinados alcanzaron la solución en 88 horas utilizando un modelo interno de próxima generación, más capaz que GPT-6 Astra. El sistema no se habría limitado a sugerir ideas: habría participado en la construcción de la arquitectura matemática necesaria para completar la prueba.

El resultado tiene además una segunda capa especialmente importante. OpenAI afirma haber producido tanto una demostración analítica como una formalización en Lean, un asistente de demostración que permite expresar argumentos matemáticos en un lenguaje formal susceptible de comprobación mecánica. Eso no convierte automáticamente una afirmación científica en verdad indiscutible, pero proporciona una vía adicional para detectar inconsistencias lógicas.

La controversia que acompaña al posible hito

El anuncio, sin embargo, llega acompañado de una disputa sobre prioridad científica. Los matemáticos Levent Alpöge y Tristan Buckmaster habían trabajado en problemas estrechamente relacionados sobre formación de singularidades, incluyendo resultados para las ecuaciones de Euler, y publicaron trabajos que también recurrían intensamente a herramientas de inteligencia artificial.

OpenAI ha felicitado expresamente a ambos investigadores y sostiene que ni sus investigadores ni sus agentes tuvieron acceso a los trabajos de Alpöge y Buckmaster antes de que fueran publicados. La compañía afirma además que no accedió a datos específicos de usuarios para resolver Navier–Stokes, aunque reconoce que no puede excluir completamente qué datos desidentificados procedentes del uso de sus productos hubieran contribuido previamente a mejorar sus modelos.

La distinción matemática también importa. OpenAI sostiene que sus demostraciones difieren sustancialmente de las de Alpöge y Buckmaster y señala específicamente diferencias en los resultados relativos a Euler, incluida la presencia o ausencia de fuerzas externas. La controversia, por tanto, no puede reducirse simplemente a dos grupos presentando exactamente la misma prueba.

La situación abre una pregunta que probablemente sobrevivirá incluso al propio problema de Navier–Stokes. ¿Qué significa realmente la prioridad científica cuando investigadores humanos trabajan con modelos que, a su vez, pueden mejorar a partir de enormes cantidades de interacción humana? La frontera entre herramienta, colaborador y potencial competidor intelectual comienza a resultar mucho menos nítida.

Y todavía queda la cuestión decisiva: la validación. El Clay Mathematics Institute continúa presentando Navier–Stokes entre sus problemas abiertos y sus reglas exigen un proceso mucho más amplio que la publicación de un manuscrito. Por espectacular que sea el anuncio, las matemáticas no se resuelven mediante una nota de prensa: se resuelven cuando una demostración resiste el intento sistemático de otros expertos por destruirla.

Si la prueba supera ese proceso, el significado histórico podría ir mucho más allá de la dinámica de fluidos. Estaríamos ante una demostración extraordinariamente compleja producida esencialmente por una comunidad artificial de miles de agentes, capaz de explorar, corregir y formalizar matemáticas situadas durante décadas fuera del alcance de una solución completa.

© OpenAI

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Alejandro Rivera: "Lo que el Hubble tardaría siglos en fotografiar, el Roman lo hará en años"

Lanzado con éxito a finales de agosto de 2026, el nuevo observatorio espacial de la NASA promete, entre otras cosas, multiplicar por veinte el número de exoplanetas conocidos. el telescopio espacial Roman, bautizado así en honor a Nancy Grace Roman, la primera mujer ejecutiva de la NASA y conocida como la "madre del Hubble", se encuentra camino del punto de Lagrange L2, a 1,6 millones de kilómetros de la Tierra, donde compartirá vecindario con el James Webb y el telescopio Euclid.

Hoy, repasamos con uno de los miembros del equipo Roman en la NASA, el ingeniero aeroespacial Alejandro Rivera, los entresijos de este telescopio (y de otros en los que también ha trabajado) y qué proezas nos deparará en el futuro.

Pregunta. Una vez que el telescopio James Webb fue enviado al espacio en diciembre de 2021 y está resultando ser todo un éxito e impulso para los descubrimientos científicos, ¿qué valoración realiza como parte del equipo del Webb tras estos años de recorrido del telescopio?

Respuesta. Ha superado todas las expectativas, incluidas las nuestras. Está observando la infancia del universo — galaxias formadas apenas unos cientos de millones de años después del Big Bang ��� y lo que ha encontrado nos ha descolocado: galaxias más grandes, brillantes y maduras de lo que ningún modelo permitía, y agujeros negros supermasivos que, según nuestras teorías, no habían tenido tiempo de crecer tanto. En atmósferas de exoplanetas ha detectado vapor de agua, dióxido de carbono, metano, y hasta posibles indicios, aún por confirmar, de moléculas que en la Tierra asociamos a la vida. Lo mejor que puedo decir de él es esto: no está confirmando lo que creíamos saber, nos está obligando a revisarlo. Y eso es exactamente lo que un gran observatorio debe hacer.

P. ¿De qué se encargará exactamente este dispositivo una vez sea lanzado al espacio? ¿En qué ayudará a los astrónomos?

R. Tiene dos grandes misiones científicas. La primera, la energía oscura: eso que hace que el universo se expanda cada vez más deprisa y que no emite, absorbe ni refleja luz, de modo que solo la conocemos por su efecto — como el viento, que no vemos, pero vemos moverse las hojas. El Roman medirá ese movimiento de las hojas con una precisión sin precedentes, observando miles de supernovas y cartografiando cientos de millones de galaxias para reconstruir la historia de la expansión y responder a la gran pregunta: ¿es constante, cambia con el tiempo, o lo que falla es nuestra teoría de la gravedad?

La segunda, completar el censo de exoplanetas de nuestra galaxia, descubriendo decenas de miles de mundos nuevos. Y lleva además un coronógrafo que demostrará la tecnología para bloquear la luz de una estrella y fotografiar directamente los planetas que la orbitan — el camino hacia la búsqueda de otras Tierras. A los astrónomos les dará lo que hoy no tienen: estadística. Pasaremos de conocer algunos vecindarios cósmicos a tener el mapa de la ciudad entera.

P.¿Qué características específicas tiene este telescopio para poder analizar tan minuciosamente las microlentes gravitacionales?

R. La microlente gravitacional consiste en detectar un planeta por cómo su gravedad amplifica, durante horas o días, la luz de una estrella lejana que pasa por detrás. Para cazar esos destellos hacen falta tres cosas que el Roman reúne como ningún otro observatorio. Primero, un campo de visión enorme, para vigilar simultáneamente cientos de millones de estrellas hacia el centro de la galaxia. Segundo, visión infrarroja, que atraviesa el polvo que oscurece esa región. Y tercero, la estabilidad del espacio: sin atmósfera, sin ciclos de día y noche, puede monitorizar las mismas estrellas de forma continua durante temporadas de semanas, con una precisión fotométrica que desde tierra es imposible. Esta técnica detecta además planetas que otros métodos apenas ven: los pequeños, los de órbitas lejanas y hasta los planetas errantes que vagan sin estrella.

P. ¿Es cierto que el Nancy Roman será 200 veces más potente que el telescopio Hubble? ¿De cuánta mejora estaríamos hablando respecto a la actualidad?

R. Le propongo precisar la palabra, porque "potente" puede confundir. El espejo del Roman mide 2,4 metros, exactamente igual que el del Hubble, así que la nitidez de sus imágenes es comparable. La diferencia está en el campo de visión: el instrumento principal del Roman abarca en cada imagen un área del cielo unas cien veces mayor que la del instrumento infrarrojo del Hubble, con la misma resolución. En la práctica, eso significa que puede cartografiar el cielo del orden de mil veces más rápido. El Hubble es un microscopio exquisito; el Roman es ese mismo microscopio convertido en máquina de hacer censos. Lo que el Hubble tardaría siglos en fotografiar, el Roman lo hará en años.

P. Con lo poderoso y completo que es el James Webb, ¿podría explicarnos por qué no sirve también para estudiar la influencia de la energía oscura? ¿Qué diferencias prácticas hay entre uno y otro?

R. Porque son herramientas opuestas y complementarias. Observar con el Webb es como mirar el cielo por el ojo de una cerradura: un detalle extraordinario, pero de una zona diminuta. Y la energía oscura no se estudia mirando un objeto: se estudia con estadística, midiendo cientos de millones de galaxias repartidas por áreas inmensas del cielo. Para eso hace falta una máquina de rastreo de gran campo, que es exactamente lo que es el Roman. Además, el Webb está tan solicitado por los astrónomos de todo el mundo que dedicarlo años a un solo rastreo sería un lujo imposible. En la práctica trabajarán en equipo: el Roman encuentra, y el Webb examina en profundidad lo más interesante.

P.¿Qué tipo de imágenes nos aportarán los instrumentos del Nancy Roman?

R. Imágenes de 300 megapíxeles en las que cada fotograma cubre un área del cielo mayor que la Luna llena, con la nitidez del Hubble. Algunas de esas imágenes contendrán, cada una, más de un millón de galaxias. Y como visitará las mismas regiones una y otra vez, no solo hará fotos: hará películas del cosmos, registrando todo lo que cambia — supernovas que estallan, estrellas que fluctúan, destellos de microlente. Para hacerse una idea de la escala: el Roman enviará a la Tierra alrededor de 1,4 terabytes de datos al día — unas 25 veces más que el Webb y unas 500 veces más que el Hubble. El coronógrafo, por su parte, intentará algo que hasta hace poco era ciencia ficción: fotografiar directamente planetas de otras estrellas apagando la luz de su sol.

P. El Roman también buscará exoplanetas, y su coronógrafo intentará incluso fotografiarlos directamente. ¿Por qué es tan difícil ver un planeta de otra estrella? ¿Llegaremos algún día a fotografiar otra Tierra?

R. Es difícil por dos razones que se suman: el planeta es miles de millones de veces más tenue que su estrella, y además está pegado a ella. Para hacerse una idea de las proporciones: fotografiar un planeta como el nuestro orbitando Alfa Centauri, la estrella más cercana, es como intentar ver de noche, desde mi Gijón natal, una luciérnaga revoloteando a un metro del faro de Finisterre, a unos trescientos kilómetros. La luciérnaga existe, pero el faro la borra por completo. El coronógrafo del Roman es un instrumento diseñado para apagar el faro: bloquea la luz de la estrella con una precisión extraordinaria para revelar lo que brilla a su lado, y demostrará en el espacio la tecnología para ver planetas cientos de millones de veces más tenues que su sol.

Es un demostrador, el eslabón entre lo que sabemos hacer hoy y el gran objetivo: el Habitable Worlds Observatory, el observatorio que la NASA ya estudia como sucesor, concebido precisamente para fotografiar planetas como la Tierra y buscar en sus atmósferas las huellas de la vida. Existe además una segunda manera de apagar el faro, en la que tuve la fortuna de trabajar: junto al premio Nobel John Mather, el padre del Webb, estudié los posibles conceptos de estructura desplegable para un "starshade", un parasol estelar de cien metros de diámetro que, volando en el espacio en perfecta alineación con un gran telescopio en tierra, como el Extremely Large Telescope de Chile, bloquearía la luz de la estrella para que este pudiera observar sus planetas. Yo estoy convencido de que esa primera foto de otra Tierra llegará, y de que la verán los jóvenes que hoy están en la escuela. Ojalá alguno de ellos, leyendo esto, decida ser quien la haga posible.

© Alejandro Rivera

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Lorenzo Roca: “Nos creemos superiores, pero somos una especie reciente”

Hubo un paréntesis de largos años en la vida de Lorenzo Roca Moreno en los que se dedicó a crear empresas, trabajar como químico y vender productos a laboratorios. Pero al margen de su trayectoria profesional, lo que más lo define es su afición por la naturaleza. Aprendió a respetar a los animales de pequeño cuando vivía en el Pirineo, donde también salía a pescar o buscar setas. Los llama “mis amigos, los bichos”.

Con cierta holgura económica, en 2019 como entretenimiento decidió aportar algo que consideraba inexistente en el mundo de la divulgación: una enciclopedia sobre la comunicación de los animales. Dice que le ha dedicado 10.000 horas y ahora presenta el séptimo libro de la serie.

La parte técnica de la obra ha sido revisada por Luis Palomo Muñoz, doctor en Ciencias Biológicas de la Universidad de Málaga, el Dr. Antonio Román Muñoz Gallego, profesor titular de Biología Animal de la Universidad de Málaga; Alfonso López-Solano (investigador de CSIC); y Mario García Paris (biólogo del Museo Nacional de Ciencias Naturales). Roca define su trabajo de “escribano” de bibliografía sobre la que otros han investigado.

En el primer tomo reconstruyó la cronología de la comunicación del homo sapiens -de las pinturas rupestres hasta el fax-; en el segundo, se detuvo en los mamíferos; luego siguieron las aves, los anfibios, los reptiles, los peces y ahora está presentando el séptimo, dedicado a los invertebrados para finalizar la colección.

“Una araña macho cuando quiere comunicarse con la hembra para reproducirse mueve la patita que pesa 0,00001 gramo y la hembra, que es la tejedora, la observa desde un rinconcillo. Imagínate lo que pesa su pata y a pesar de ser tan pequeñito sabe qué especie es. Eso es espectacular, comunicación por ondas vibratorias”, cuenta Lorenzo Roca a National Geographic, absolutamente fascinado con su campo de estudio y argumentando que este último es su libro preferido. Luego añade:

“Las luciérnagas también son maravillosas. La hembra emite luz desde el abdomen para que el macho vaya a buscarlas. Se dice que hoy en día tienen problemas para procrear porque con las luces de las farolas ahora los machos tienen dificultades para encontrarlas”.

Pregunta. ¿Es cierto que el principal objetivo de comunicación de las especies es la reproducción?

Respuesta. Los animales tienen el único sentido importante que es conseguir la continuación de la especie. Primero, se comunican para reproducirse, pero también para defenderse de otras especies y sobrevivir. Nosotros nos creemos superiores, pero somos una especie reciente en comparación a las demás.

P. Siempre se habla de la comunicación de los cetáceos. ¿Con qué te has encontrado estudiándolo?

R. Me ha impresionado que las orcas entienden su comunicación en grupos concretos, pero si llega una desde otro sitio, no. No sólo han construido un sistema de comunicación como especie, sino un lenguaje dentro un grupo y lugar concreto. Lo mismo pasa con los orangutanes: los de Borneo del sur se comunican diferente a los del norte, pero puede haber cosas comunes como señales de alarma o miedo.

P. ¿Desarrollan mejor su comunicación los animales en mayor peligro?

R. Los peces han entendido que deben poner millones de huevos porque su descendencia está desprotegida. El pez luna produce 30 millones de huevos al año, pero la mayoría los comen otros peces, un pájaro o lo pescan. El objetivo es que sobreviva la especie.

P. ¿Has comprobado la comunicación interespecie?

R. Sí, hay casos, por ejemplo, entre aves y mamíferos. El cuervo negro tiene un pico enorme y robusto, que no es puntiagudo. Solo come las partes blandas porque no puede desgarrar la carne. Entonces cuando observan un animal muerto, busca lobos y el jefe de la manada de lobos capta el mensaje de su vuelo en círculos y lo sigue. Cuando llegan, el cuervo espera que los lobos coman y cuando se marchan, bajan a buscar las partes blandas.

R. Otro caso es el mero y la morena. La morena vive en agujeros, sale para cazar y vuelve a su sitio. El mero, que tiene una cabeza grande, a veces se pone en forma vertical y le envía un mensaje a la morena para llevarlo a coger una presa que él no puede.

P. Los loros tienen una comunicación muy desarrollada, pero no suele pensarse que son los más inteligentes. ¿Por qué?

R. Imitar palabras no quiere decir que sea su lenguaje. Cuando repiten “hola” no está asociado a lo que tú conoces. El lenguaje también son los gestos, la mirada y las expresiones. Algunas aves utilizan cánticos o cambios de plumas para anunciar el período reproductivo. Los delfines hacen bailes o movimientos con la cabeza y se comunican con ultrasonidos por el agua.

© Cedida

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Lo curiosos estudios premiados en los IG Nobel 2026

Lo que popularmente conocemos como cucarachas llevan en este planeta alrededor de 320 millones de años. Y durante ese tiempo la evolución ha hecho de las suyas, especialmente en su método de reproducción. Estos insectos, que no son del agrado de todo el mundo, pueden clasificarse en tres grandes grupos: las que ponen huevos, conocidas como cucarachas ovíparas; las ovovivíparas, que ponen los huevos en un saco especial de la hembra, y una especie muy concreta que es vivípara: Diploptera punctata.

Ser una cucaracha vivípara trae ventajas y desventajas. Por un lado, la hembra ha de invertir menos recursos a la hora de crear los huevos, ya que no han de almacenar tantos nutrientes. Pero mientras se están formando los embriones, estos, necesitan alimento hasta que pueden emerger al mundo exterior. Y ahí es donde entra en juego la leche de cucaracha o Lili-Mip.

La evolución ha dotado a D. punctata con un órgano capaz de almacenar proteínas, hidratos de carbono y lípidos y secretarlos en forma de leche. Pero lo curioso es que, cuando las proteínas de esta leche llegan al intestino del embrión cristalizan, algo muy poco habitual en el reino animal. Gracias a su composición y a este empaquetamiento, la Lili-Mip puede almacenar hasta tres veces más energía que la leche de vaca. Y ahí radica la importancia de este descubrimiento.

Tan solo entre 43 y 52 días tras el nacimiento, dependiendo de las condiciones ambientales, las cucarachas D. punctataalcanzan la madurez sexual. Se trata de un tercio del tiempo de otras cucarachas, como Rhyparobia maderae, ovovivípara, que tarda 160 días en alcanzar ese mismo estado. La clave de este extraordinario crecimiento son, como indican los investigadores, los cristales de Lili-Mip.

¿Por qué debería importarme la leche de cucaracha?

Tras este descubrimiento, se esconde también una forma de entender cómo la biología exprime los principios de la cinética y de la termodinámica para lograr una ventaja evolutiva. Algo que dejaron muy claro en la ceremonia de entrega de los premios, a los que acudieron vestidos con una gorra coronada con una cucaracha gigante y unas camisetas donde se podía leer “Cockroach is my spirit animal” (La cucaracha es mi animal espiritual).

Tras pasarse del tiempo establecido para la curiosa explicación de su proyecto, que incluía una canción acerca de la cristalización de la leche con guitarra y todo, fueron invitados a salir del escenario por varios investigadores vestidos de plátano.

Como ya habrán notado los lectores, los premios IgNobel no son premios científicos convencionales, sino que, a pesar de que la ciencia tras ellos es seria, tratan que no los acompañe la solemnidad (y dicho sea de paso, el aburrimiento) que se asocia a la investigación.

El poso que dejaron tras tan esperpéntica escena es, sin duda, el de la curiosidad. Tras millones de años de evolución, las cucarachas han logrado fabricar una leche más eficiente que la de los mamíferos para alimentar a su prole. Y, quizá, con suficiente investigación, esto podría inspirar nuevas estrategias para diseñar alimentos altamente nutritivos.

Los IgNobel de 2026, desde enterrar 1000 calzoncillos hasta sonarse la nariz

Los IgNobel se crearon en 1991 para premiar las investigaciones más extrañas, pero a su vez que dan que pensar. Al principio se tomaban incluso como una ofensa, pero poco a poco han ido transformándose en unos galardones que muestran la creatividad implícita en la ciencia. Por ello, en la actualidad se consideran una distinción más, y una forma fantástica de darse a conocer ante la comunidad científica. Las demás categorías (nada ortodoxas) premiadas en los IgNobel de 2026 fueron:

  • Biomecánica: A una nueva definición más precisa del acto de besar: Se trata de interacciones no agonísticas que implican un contacto oral-oral dirigido e intraespecífico, con cierto movimiento de los labios o las piezas bucales y sin transferencia de alimento. El estudio se hizo en hormigas, aves, osos polares y seres humanos.
  • Economía: A reunir pruebas de que las personas de clase alta son más propensas a robar caramelos de las provisiones de los niños y a participar en otros tipos de comportamientos poco éticos.
  • Medicina: Concedido al difunto Tokuji Unno, por el estudio titulado «Cómo sonarse la nariz: un estudio aerodinámico del acto de sonarse la nariz».
  • Biología: A una investigación acerca de pisar suavemente diversas partes de varias serpientes venenosas para intentar averiguar qué induce y qué no induce a una serpiente venenosa a morder a un ser humano.
  • Física: A una completísima investigación teórica y experimental cuyo fin era diseñar un urinario que no salpique.
  • Tecnología: Al “Necroprinting”. Es decir, a utilizar probóscides de los mosquitos (lo que emplean para picar) como boquillas de impresión 3D de alta resolución.
  • Olfato: A un estudio que consistía en recopilar pruebas de que los bebés huelen bien para sus padres, pero los adolescentes no.
  • Paz: A la demostración empírica de que valoramos a los amigos que se muestran despiadados con las personas que no nos caen bien.
  • Suelo: A un estudio que consistía en enterrar 1.000 pares idénticos de calzoncillos en más de 25 países y desenterrarlos dos meses después para observar cómo la calidad del suelo influye en la degradación de las fibras de algodón.

© IgNobel

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La naturaleza late al mismo ritmo: científicos descubren un “tempo universal”

Un equipo de científicos ha confirmado que muchos animales separados por millones de años de evolución se comunican con ritmos de entre 0,5 y 4 Hz, una coincidencia que podría estar relacionada con la manera en que sus cerebros procesan las señales.

La pista apareció casi por accidente. Durante una expedición en Tailandia, investigadores de la Universidad Northwestern observaron que unas luciérnagas parpadeaban mientras los grillos cercanos parecían cantar prácticamente al mismo compás: ambos rondaban los 2,4 ciclos por segundo. No estaban verdaderamente sincronizados, pero aquella semejanza abrió una pregunta mucho mayor: ¿y si buena parte de la naturaleza hubiera convergido hacia un mismo “tempo” para comunicarse?

Publicado en PLOS Biology, el trabajo amplió la búsqueda a insectos, crustáceos, anfibios, peces, aves y mamíferos. El resultado apunta a una especie de “zona caliente” entre 0,5 y 4 Hz, un intervalo que aparece una y otra vez pese a las enormes diferencias de tamaño, hábitat, anatomía y forma de emitir las señales. Y hay un detalle especialmente intrigante: esa misma franja coincide con ritmos lentos presentes en la actividad cerebral.

Un compás que aparece desde una luciérnaga hasta un primate

Los autores no estudiaron cualquier sonido animal. Se concentraron en señales isócronas, es decir, eventos que se repiten con intervalos aproximadamente regulares, como los golpes de un metrónomo. Esto permite comparar fenómenos tan diferentes como un destello luminoso, una llamada acústica o determinados movimientos corporales utilizando una misma medida: cuántas veces ocurre la señal cada segundo.

Cuando reunieron ejemplos procedentes de trabajos científicos previos, apareció una regularidad inesperada. Animales que difieren en hasta 8 órdenes de magnitud de masa corporal utilizaban con frecuencia tempos comprendidos entre 0,5 y 4 Hz. Allí figuraban luciérnagas, grillos, crustáceos, ranas, aves, peces, simios, humanos y leones marinos. La coincidencia atravesaba incluso los sentidos: algunas especies se comunicaban mediante sonido; otras, mediante luz o movimiento.

Pero los investigadores eran conscientes de un problema: podrían haber seleccionado, sin pretenderlo, ejemplos que encajaran demasiado bien con la hipótesis. Para reducir ese riesgo recurrieron también a xeno-canto, una gran base de datos de sonidos de fauna salvaje, y escogieron aleatoriamente 50 señales isócronas pertenecientes a aves, murciélagos, ranas, saltamontes y mamíferos terrestres.

La distribución volvió a señalar hacia el mismo territorio temporal. El máximo se situaba aproximadamente alrededor de los 3 Hz, y la mediana observada alcanzaba 3,45 Hz. Para llegar a esas 50 muestras válidas tuvieron que examinar 124 grabaciones. El patrón, por tanto, no dependía únicamente de los ejemplos elegidos inicialmente por los autores.

Pero aquí comienza el verdadero misterio. Un grillo y un primate no producen señales con los mismos músculos, ni poseen el mismo tamaño, ni viven sometidos a las mismas presiones ambientales. Entonces, ¿por qué tantos organismos distintos parecen reunirse en una franja temporal relativamente estrecha?

El cerebro podría ser el metrónomo oculto

Una posibilidad evidente sería que el cuerpo impusiera ese ritmo. Sin embargo, los autores consideran difícil explicar toda la coincidencia mediante restricciones mecánicas porque los sistemas utilizados para generar las señales son extraordinariamente distintos. Además, muchas de esas especies pueden producir estímulos más rápidos y, naturalmente, también podrían espaciarlos mucho más.

La explicación propuesta cambia entonces de protagonista: en lugar de mirar al animal que envía la señal, mira al que la recibe. Todos esos receptores, por diferentes que sean, terminan procesando la información mediante neuronas. Quizá la evolución haya favorecido señales que se encuentran dentro de una ventana temporal especialmente fácil de detectar y procesar para pequeños circuitos neuronales.

La franja de 0,5 a 4 Hz coincide además con la denominada banda delta en neurociencia. Esto no significa que una luciérnaga, una rana y una persona posean cerebros equivalentes, ni que sus señales activen exactamente los mismos mecanismos. La hipótesis es más sutil: ciertas propiedades biofísicas elementales de las neuronas podrían imponer escalas temporales semejantes incluso en sistemas nerviosos muy diferentes.

Para comprobar si esa idea era físicamente plausible, los científicos construyeron modelos computacionales de pequeños circuitos formados por cinco osciladores neuronales. Probaron 1.665 configuraciones diferentes de conexión y analizaron cómo respondían cuando recibían una señal periódica externa. En la mayoría de las topologías, el circuito podía dejarse arrastrar por el estímulo sin necesitar una arquitectura extraordinariamente afinada.

El modelo mostró además una propiedad decisiva: la respuesta era máxima cuando el ritmo externo se acercaba a la frecuencia natural del propio circuito. Esa resonancia proporciona un mecanismo teórico capaz de explicar por qué una señal situada en determinada franja temporal podría resultar especialmente eficaz para capturar la actividad coordinada de las neuronas receptoras.

Dicho de otra forma: quizá muchos animales no hayan convergido hacia ese tempo porque resulte sencillo producirlo, sino porque resulta ventajoso escucharlo, verlo o percibirlo.

De los grillos a nosotros: una pista sobre el origen del ritmo

La idea tiene una consecuencia fascinante para nuestra propia especie. Un tempo de 2 Hz equivale aproximadamente a 120 pulsaciones por minuto, una velocidad extraordinariamente familiar en la música humana. Tradicionalmente se ha relacionado nuestra preferencia por tempos cercanos a esa cifra con movimientos corporales como caminar, pero el nuevo estudio plantea que la explicación podría hundir sus raíces mucho más profundamente en la evolución de los sistemas nerviosos.

Ya existían pistas compatibles con esa posibilidad. Experimentos con ratas mostraron que estos animales pueden sincronizar espontáneamente movimientos con pulsos musicales y que determinadas respuestas neuronales son especialmente intensas alrededor de los 2 Hz, un resultado citado por los autores como apoyo a la hipótesis de una ventana temporal privilegiada.

También sabemos que las fronteras rítmicas entre especies pueden influir en la comunicación cotidiana. Un estudio de PLOS Biology sobre perros y humanos encontró que los perros vocalizan aproximadamente a 2 emisiones por segundo, mientras que el habla humana dirigida a adultos ronda las 4 sílabas por segundo. Cuando hablamos a nuestros perros, reducimos espontáneamente el ritmo hacia unos 3 Hz, como si buscáramos un terreno temporal intermedio que resulte más accesible para ambos.

Eso no demuestra la existencia de un “idioma universal de la naturaleza”. El trabajo de Amichay, Balasubramanian y Abrams es exploratorio, su recopilación no es exhaustiva y existen especies cuyos tempos quedan claramente fuera de los 0,5–4 Hz. Los propios investigadores reconocen posibles sesgos tanto en la literatura disponible como en nuestra capacidad humana para detectar determinadas señales.

Lo extraordinario, por tanto, no es imaginar que un grillo pueda conversar con una luciérnaga. Es algo quizá más profundo: que cerebros y sistemas nerviosos separados por vastas distancias evolutivas puedan compartir una ventana temporal especialmente favorable para recibir información. Si futuros experimentos demuestran que esa resonancia neuronal ha moldeado realmente la evolución de las señales, el pulso de la comunicación animal podría revelar una regla biológica que hasta ahora permanecía escondida a plena vista.

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Últimos días para tomar el sol

Esta tropa de lémures parece que ya saben que quedan pocos días de verano y quieren aprovechar para tomar el sol. Apiñados sobre una roca, la fotógrafa Leslie Poulson los encontró en la Reserva Comunitaria de Anja, en Madagascar durante una mañana. Según observó, se turnaban para ocupar el lugar más soleado durante 10 o 15 minutos y luego continuar sus actividades. Permaneció oculta a unos 20 o 30 metros sin interrumpir y presenció la escena durante casi una hora. Los lémures de cola anillada son una especie exclusiva de la isla y son conocidos porque, a diferencia de muchos primates, les gusta tomar el sol y acostumbran a hacerlo al amanecer para calentarse tras el frío de la noche.

© Cordon Press

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La Luna podría esconder la primera prueba de vida inteligente extraterrestre

La respuesta a si estamos solos en el universo podría estar a la vuelta de la esquina. La búsqueda de inteligencia extraterrestre (SETI, por sus siglas en inglés) se ha basado tradicionalmente en escuchar el cosmos. Hemos apuntado gigantescas antenas parabólicas hacia el abismo, esperando captar una señal de radio o un destello láser que nos confirme que no estamos solos.

Sin embargo, la famosa Ecuación de Drake y la Paradoja de Fermi hacen hincapié en que las civilizaciones nacen y mueren, y nuestra ventana para coincidir con ellas es irrisoria. Pero este reciente trabajo mira en otra dirección. La clave podría llevar millones de años acumulándose en nuestro propio patio trasero. En la Luna.

La investigación, liderada por Lewis J. Pinault y un equipo de investigadores del Instituto SETI sin fines de lucro y el Birkbeck College, expone que nuestro satélite natural, la Luna, podría ser una especie de "placa de recolección" cósmica, salpicada de artefactos extraterrestres microscópicos.

En el desván del sistema solar

Esta circunstancia puede darse porque, a diferencia de la Tierra, nuestro satélite carece de atmósfera, de clima y de tectónica de placas. No hay lluvia que erosione la roca, ni viento que barra el polvo, ni magma que recicle la corteza. Durante unos 4.000 millones de años, la Luna ha ido acumulando pasivamente todo lo que el viento estelar y la dinámica galáctica han arrojado sobre ella. Por eso las míticas pisadas de los astronautas que han pisado la Luna no se han borrado. No hay nada que pueda erosionar o borrar esas marcas en la superficie.

De esta manera, la superficie lunar ha estado recogiendo micrometeoritos, polvo cósmico y, según esta nueva hipótesis, posibles tecnomarcadores (firmas tecnológicas) de civilizaciones alienígenas extintas.

Partículas Arkhipov y Bracewell: la "basura" alienígena

Pero, ¿qué estamos buscando exactamente? Buscamos algo sutil y abundante: polvo cósmico.

El astrofísico Brian C. Lacki de Oxford y los investigadores del SETI sugieren que las civilizaciones avanzadas podrían haber construido megaestructuras, como enjambres de esferas Dyson para capturar la energía de sus estrellas y, con el paso del tiempo, el desgaste y sin mantenimiento, estas estructuras tecnológicas teorizadas colisionarían entre sí (un efecto similar al síndrome de Kessler en nuestra órbita), moliéndose una y otra vez hasta convertirse en polvo a escala micrométrica. Estas partículas, impulsadas por los vientos estelares a través de miles de años luz, habrían viajado por la galaxia hasta aterrizar en la Luna.

Los científicos clasifican este tipo de partículas en dos tipos: las partículas Arkhipov (basadas en el trabajo del investigador ucraniano Alexey Arkhipov), que serían los equivalentes espaciales de nuestros microplásticos (desechos no intencionados desprendidos de naves o infraestructuras), y las partículas Bracewell (en honor al físico estadounidense Ronald Bracewell), sondas microscópicas diseñadas deliberadamente para la exploración.

Un metro cúbico de respuestas

El plan propuesto en el artículo (disponible en el servidor de preimpresión arXiv y enviado para su revisión al International Journal of Astrobiology) es metódico y a la par factible gracias al inminente regreso humano a la Luna con el programa Artemis de la NASA. Los científicos proponen excavar y tamizar un solo metro cúbico de regolito lunar para este propósito.

Utilizando herramientas de visión artificial, espectroscopía de alta resolución, microtomografía y análisis isotópico, los investigadores buscarían metales, aleaciones o formas geométricas que sean inconsistentes con la geología lunar natural.

Si no encontráramos absolutamente nada, también obtendríamos información de ello. Significaría que habría límites estrictos a la cantidad de "basura tecnológica" que las civilizaciones pueden esparcer por la galaxia (menos de 0,09 equivalentes de masa terrestre, según sus modelos). No sería un trabajo en vano, ya que le pondría números reales a la Paradoja de Fermi.

En el caso positivo de encontrar un solo grano alienígena confirmado, estaríamos ante una nueva etapa de la historia de la humanidad. Demostraría que la inteligencia tecnológica es común o que, al menos, existió en el pasado (aunque fuese muy lejano).

© iStock

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Descubren una nueva especie de pez gracias a un vídeo viral en TikTok

Un equipo internacional de zoólogos vio esas imágenes y decidió ir a buscarlo, en un pozo del estado de Bihar, en el este de la India. La búsqueda no fue fácil. Extrajeron miles de litros de agua con bombas manuales, con la esperanza de que el pez apareciera. Tras sacar unos dos mil litros de una de esas bombas, encontró el primer ejemplar. Y quinientos litros después, apareció un segundo. El pez mide unos cuatro centímetros. No tiene costillas aparentes, pero sí vértebras y radios en las aletas. 

© National Geographic España

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Caminar más rápido se asocia con una mayor inteligencia

Caminar nos parece una actividad muy sencilla. No necesitamos pensar conscientemente en cada paso ni recordar cómo hacerlo. Esto sucede porque ya lo practicamos en nuestra infancia y lo almacenamos en la memoria procedimental. Pero caminar es una extraordinaria proeza neurológica: requiere coordinar los sistemas musculoesquelético, nervioso central y periférico, la visión, la capacidad aeróbica, la aptitud cardiorrespiratoria y la producción y el suministro de energía. 

Para la evaluación geriátrica integral, la velocidad de la marcha es una medida importante: caminar lento . Uexiste una contraparte. Se asocia con una peor respuesta a la rehabilitación, enfermedades cardiovasculares, demencia y mayor mortalidad prematura. Afortunadamente, es un signo de envejecimienton estudio longitudinal ha encontrado que quienes caminan más rápido presentan mejor rendimiento cognitivo y varios indicadores de una mejor salud cerebral.

Una carrera de cinco décadas

Para llegar a esta conclusión, el estudio ha analizado a 904 participantes del Dunedin Multidisciplinary Health and Development Study, una investigación que ha seguido durante 5 décadas a una cohorte nacida en Nueva Zelanda. Al cumplir 45 años, valoraron sus capacidades cognitivas, escanearon sus cerebros y analizaron la velocidad caminando normalmente, mientras realizaban simultáneamente una tarea mental y a marcha máxima. Además disponían de algo excepcional: información sobre su funcionamiento cognitivo desde los 3 años.

El ritmo de envejecimiento se midió para cada participante con evaluaciones repetidas de 19 biomarcadores tomadas a los 26, 32, 38 y 45 años

Los resultados fueron sorprendentes. . marcha lenta a los 45 años se asociaron con una mala salud cerebral a los 3 añosLos indicios de Las personas que caminaban más despacio presentaban mayor número de limitaciones físicas, menor fuerza de agarre, peor equilibrio y peor coordinación visomotora. Y la neuroimagen reveló, además, un menor volumen cerebral, menor grosor y superficie cortical y mayor cantidad de hiperintensidades de la sustancia blanca.

¿La senda que conduce a la inteligencia?

Pero había algo todavía más llamativo con relación a la inteligencia y al cociente intelectual (CI), el cual obtuvieron con la Escala de Inteligencia para Adultos de Wechsler-IV: las personas con un CI más bajo a los 45 años tenían una marcha más lenta (había una diferencia media de 16 puntos en el CI). Es más, el deterioro cognitivo de estas personas : velocidad de procesamiento,evidente en múltiples dominios neuropsicológicosfue, además,  memoria de trabajo, razonamiento perceptivo y comprensión verbal.

Otras conclusiones fascinantes se relacionan con aquellos datos obtenidos cuatro décadas atrás. Presentar un peor funcionamiento cognitivo a los 3 años se relaciona significativamente con caminar más despacio a los 45 años. También, quienes experimentaron un mayor descenso de sus capacidades cognitivas desde la infancia hasta la edad adulta presentaban una marcha más lenta. Esto es, la relación entre cerebro y movimiento podría tener raíces más tempranas de lo que imaginábamos.

Pero estos resultados deben entenderse con cautela. No debe interpretarse que comenzar a caminar más rápido nos convertirá en personas más inteligentes. El estudio no demuestra una relación causal, sino una asociación. Lo que sí parece mostrar es que la velocidad con la que nos desplazamos puede funcionar como un indicador sencillo de algo mucho más complejo: el estado conjunto de nuestros sistemas físico, neurológico y cognitivo.

Un nuevo paso hacia la comprensión del envejecimiento

Estos hallazgos exigen repensar la velocidad de la marcha. Pasar de verlo como un índice geriátrico de declive funcional a un índice del papel del funcionamiento neurocognitivo a lo largo de la vida en los procesos de envejecimiento. Es decir, la asociación entre la velocidad de la marcha y la función física es evidente a mediana edad, no solo entre las personas mayores. Por tanto, podría ser más fácil prevenir el daño asociado al envejecimiento que revertirlo.

Estas interpretaciones invitan a reconsiderar la velocidad al caminar no solo como una cuestión motora, sino como una medida integral de la salud, ya que nuestro modo de pasear por el mundo conserva huellas del estado cerebral. Como defendía el filósofo francés Merleau-Ponty, no somos una mente que simplemente posee un cuerpo, sino que existimos y nos expresamos a través de él. Y, a veces, basta con andar para que el cuerpo hable por las neuronas.

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Descubren que las galaxias pueden tener crecimientos explosivos

Un equipo de científicos ha confirmado que la galaxia Messier 74 prácticamente ha duplicado el tamaño conocido de su disco, pasando de unos 14 a 30 kilopársecs, y que buena parte de esa gigantesca extensión podría haberse formado en menos de 1.000 millones de años. La edad estimada de sus estrellas ronda, de hecho, los 640 millones de años.

El descubrimiento, publicado en Astronomy & Astrophysics, ofrece una extraordinaria fotografía de algo que normalmente contemplamos a cámara lenta: el crecimiento de una galaxia casi en pleno proceso de construcción. Messier 74 (también denominada M74 o NGC 628) se encuentra a unos 9,3 megapársecs de nosotros y posee una masa estelar estimada de entre 15.000 y 22.000 millones de masas solares.

Hasta ahora, los modelos sostenían que las galaxias de disco crecen fundamentalmente «de dentro hacia fuera»: nuevo gas llega a sus regiones externas y allí alimenta nuevas generaciones de estrellas. La gran incógnita era si esta expansión ocurre suavemente durante miles de millones de años o mediante episodios mucho más violentos y rápidos. M74 apunta hacia la segunda posibilidad.

Un disco invisible que llevaba años delante de nuestros ojos

Para encontrarlo había que mirar mucho más profundamente de lo habitual. El equipo encabezado por Ignacio Ruiz Cejudo, del Instituto de Astrofísica de Canarias y la Universidad de La Laguna, utilizó el Transient Survey Telescope (TST), un telescopio de 1 metro situado en el Observatorio del Teide, y acumuló varias horas de observación en tres bandas ópticas.

El resultado permitió alcanzar niveles extraordinariamente débiles de brillo superficial: hasta 31,44 magnitudes por segundo de arco cuadrado en la banda g. Esa sensibilidad hizo visible una estructura que observaciones menos profundas, como las del Sloan Digital Sky Survey, prácticamente borraban del paisaje.

Más allá del disco conocido, cuyo borde se situaba alrededor de 14 kilopársecs, apareció una población estelar azul y extremadamente tenue que llega aproximadamente hasta los 30 kilopársecs. Es decir, el radio estelar conocido de M74 prácticamente se duplica.

Pero hay un detalle aún más revelador. Ese nuevo componente óptico coincide aproximadamente con la extensión que previamente se había observado en hidrógeno neutro y ultravioleta. Lo que parecía un gigantesco depósito gaseoso alrededor de M74 contiene también estrellas jóvenes extremadamente difíciles de detectar.

El nuevo disco apenas añade masa. Los investigadores calculan alrededor de 12.500 millones de masas solares dentro de los primeros 14 kilopársecs y unos 12.800 millones dentro de los 28 kilopársecs. La galaxia, por tanto, habría aumentado espectacularmente su extensión sin incrementar de forma comparable su masa estelar. Es como extender una ciudad construyendo una periferia gigantesca, pero extraordinariamente poco poblada.

Estrellas de 640 millones de años: la pista de un crecimiento explosivo

La auténtica sorpresa llegó cuando los investigadores estudiaron los colores de aquella periferia. Las estrellas exteriores son notablemente azules, precisamente el aspecto esperado en una población estelar joven.

Combinando las observaciones ópticas con datos ultravioletas de GALEX y comparándolas con modelos de evolución estelar, los autores estimaron para una metalicidad baja una edad media de 640 millones de años, aunque con incertidumbres importantes. Al probar diferentes metalicidades, las estimaciones cambian, pero siguen siendo compatibles con una población de menos de aproximadamente 1.000 millones de años.

Eso cambia la interpretación de la galaxia. M74 podría haber extendido recientemente su disco desde unos 14 hasta aproximadamente 30 kilopársecs: unos 16 kilopársecs adicionales en menos de 1.000 millones de años.

Y semejante transformación importa más allá de esta galaxia concreta. Cuando se considera únicamente su antiguo disco, M74 ocupa una zona relativamente baja de la relación entre masa y tamaño de las galaxias. Cuando se incorpora el nuevo componente, salta hacia el extremo superior: se convierte en una galaxia excepcionalmente extensa para su masa. Podríamos estar viendo, por tanto, una recién llegada al grupo de las grandes galaxias de disco actuales.

Un encuentro hace 1.000 millones de años pudo encender la galaxia

Queda la pregunta inevitable: ¿qué provocó semejante estallido de crecimiento? Los autores plantean varias posibilidades, pero existe un sospechoso especialmente interesante: UGC 1176, una pequeña galaxia que pudo pasar cerca de M74 hace alrededor de 1.000 millones de años. No habría sido necesariamente una colisión frontal. Un sobrevuelo suficientemente próximo podría haber perturbado el enorme reservorio de hidrógeno situado en las afueras de M74 y desencadenado allí la formación de estrellas.

Las escalas temporales encajan de manera sugerente. Los investigadores calculan que un objeto situado actualmente a unos 130 kilopársecs podría haber interactuado con M74 hace aproximadamente 930 millones de años. Una perturbación de ese tipo podría haberse propagado por las regiones exteriores del disco en unos 530 millones de años.

UGC 1176 presenta además una morfología irregular y colores azulados, características compatibles con un episodio de formación estelar que también hubiera sido estimulado por aquel encuentro. Aun así, los investigadores presentan esta explicación como un escenario plausible, no como una demostración definitiva.

Y ahí reside quizá la cuestión más fascinante del hallazgo. Si M74 constituye una excepción, estaremos ante un extraordinario accidente cósmico. Pero si observaciones igualmente profundas encuentran discos jóvenes semejantes alrededor de muchas otras galaxias, habrá que reconsiderar hasta qué punto su crecimiento es realmente lento y continuo.

© Telescopio Espacial James Webb de la NASA

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Una IA decodifica el lenguaje con el que se comunican tus células

Cuando se juntan el óvulo y el espermatozoide se forma el zigoto, una única célula de la que, si todo va bien, acabará formándose un ser humano. El zigoto es, por tanto, lo que se conoce como una célula totipotente, a partir de la cual se puede formar cualquier tejido. Cuando se divide, las dos células resultantes también son totipotentes, y cuando estas siguen dividiéndose, las cuatro que quedan también lo serán. Pero poco a poco, las células pierden su totipotencia y van especializándose en tejidos concretos. Y esto plantea una de las cuestiones más interesantes de la embriología: ¿Cómo sabe una célula de un embrión que ha de transformarse en una célula muscular? ¿O en un adipocito? ¿O en una neurona?

Para acabar transformándose en los tejidos finales, las células siguen las instrucciones que les dictan sus genes. Aunque tienen truco, puesto que todas las células de un mismo cuerpo humano contienen la misma información genética en su interior. Ergo la clave está en cómo y cuándo se activan las instrucciones codificadas en dichos genes. Y ese es el verdadero misterio.

La respuesta a estas preguntas parece estar más cerca gracias a un nuevo estudio liderado por Pulin Li y Nicholas Hutchins, del Instituto Whitehead y publicado en la revista Nature Methods. Según indican los investigadores, la clave no está en las células en sí, sino en las conversaciones que mantienen unas con otras. Gracias a esto, las células “entienden” en qué lugar y en qué momento del desarrollo se encuentran y qué camino deberían tomar.

Entendiendo un lenguaje químico

Los mensajes en las células se transmiten en lo que se llaman cascadas de señalización. Esto quiere decir que cuando la célula detecta un componente químico o una hormona en su superficie, esta produce una modificación en un componente de la membrana y transmite a su interior una serie de reacciones químicas que van sucediéndose una tras otra. El proceso se asemeja a lo que ocurre cuando activamos un interruptor. Al darle al botón, cerramos un circuito eléctrico y dejamos que fluyan los electrones. Los electrones, después, calientan el filamento de una bombilla, que se vuelve incandescente y por tanto, nos da luz.

En la célula, la información que transmite la sustancia activa un interruptor similar, pero que, en el caso del desarrollo, acaba con la activación o desactivación de ciertos genes. Aunque lo importante del descubrimiento es que han podido estudiar estos mensajes a la inversa. Es decir, han detectado que cada cascada de señalización deja una huella única que muestra exactamente qué señales ha recibido la célula y cómo ha reaccionado. Así también han podido averiguar que las células reaccionan de forma similar a estas cascadas independientemente de en qué tejido se encuentren.

Todo esto ha sido posible gracias a un modelo de aprendizaje automático (machine learning) llamado IRIS que ha sido entrenado específicamente en miles de datos procedentes de las distintas cascadas de señalización. “Piensa en los sistemas de reconocimiento de voz como Siri, que se entrenan principalmente en inglés, pero que luego utilizan ese entrenamiento para reconocer otros idiomas”, explica Li, que también es profesor adjunto de biología en el MIT. “A esto se le llama aprendizaje por transferencia, y es la razón por la que IRIS puede funcionar en muchos tipos de células diferentes”.

Qué significa que IRIS entienda a las células

IRIS es un modelo de inteligencia artificial diseñado para reconocer patrones en datos muy complejos. Para ello, está entrenado específicamente en células embrionarias humanas en las que Li y Hutchins activaban o desactivaban de forma artificial las seis cascadas de señalización principales. Tras miles de combinaciones y réplicas, los investigadores crearon un enorme mapa de carreteras que permitía detectar la ruta que tomaría cada célula dependiendo de la cascada que activasen. Así, sabiendo la situación inicial y las señales que iban a mandar, en teoría IRIS podría predecir si la célula se transformaría en una neurona o en una célula del corazón.

Pero una cosa es la teoría y otra la práctica, así que el siguiente paso fue lanzar a IRIS al mundo real. Para ello, lo probaron en células embrionarias de ratón durante el proceso conocido como gastrulación. Durante ese momento del desarrollo las células empiezan a transformarse en los principales tejidos del cuerpo, así que era el terreno ideal para las pruebas. IRIS pudo predecir con precisión cuándo se activaría cada cascada de señalización que llevaría a las células a formar parte del tejido cardíaco, intestinal, muscular y de la médula espinal.

“IRIS nos está ayudando a descifrar el lenguaje que utilizan las células para comunicarse entre sí a un ritmo mucho más rápido del que podríamos alcanzar de forma realista mediante experimentos”, afirma Hutchins. De este modo, también podrían comprender exactamente qué sucede cuando la comunicación no es como debería. Estos modelos permitirían comprender el origen de enfermedades como el asma o la fibrosis pulmonar, en el que las células pulmonares se transforman en tejido cicatrizal sin que haya una causa conocida detrás.

Por otro lado, también especulan con la posibilidad de utilizar estos modelos para diseñar tratamientos basados en regeneración de tejidos. Aunque para ello, necesitan seguir aprendiendo el idioma de las células, y así seguir viendo qué mensajes se mandan unas con otras para acabar formando el cuerpo humano.

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El perro más raro del mundo

Conocido como perros vinagre o perros venaderos, este cachorro recién nacido forma parte de la especie Speothos venaticus, una de las menos comunes del mundo. La fotografía fue tomada en el zoológico de Chester, Reino Unido, donde se ha registrado el nacimiento de cinco pequeños que pesaron menos de 150 gramos. La especie es originaria de Sudamérica, pero como su población es muy vulnerable ante la pérdida de hábitad, en Europa existen programas de conservación. Este pequeño cachorro pronto se convertirá en un hábil nadador de extraordinarias destrezas para la caza.

© Cordon Press

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