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Los bosques tropicales del Amazonas no absorben dióxido de carbono durante El Niño

Los grandes sumideros de carbono terrestres se enfrentan a un desafío sin precedentes debido a las anomalías climáticas. Un exhaustivo estudio internacional publicado en la revista científica Nature y dado a conocer por la investigadora Amy Bennett en The Conversation revela que los bosques tropicales de América del Sur experimentan una interrupción drástica en su capacidad de mitigar el calentamiento global. Las investigaciones demuestran que la vegetación selvática detiene la absorción de dióxido de carbono justo cuando se desencadena el fenómeno meteorológico de El Niño.

Esta alteración en el ciclo de absorción de gases de efecto invernadero coincide con la fase cálida de un ciclo climático natural que eleva las temperaturas de forma extrema. El trabajo de monitorización, desarrollado por un equipo de más de cien científicos, confirma que la cuenca del Amazonas sufre un colapso temporal en su función de pulmón del planeta. La preocupante vulnerabilidad detectada en estos ecosistemas pone en entredicho la estabilidad de las mayores reservas de biomasa del mundo.

Impacto de las temperaturas extremas

La fotosíntesis de las plantas depende estrechamente de la estabilidad térmica y de la disponibilidad de agua en el suelo. Cuando el termómetro sube de forma anómala, los árboles cierran sus estomas para evitar una pérdida letal de agua por evaporación. Este mecanismo de defensa impide la entrada del carbono necesario para su nutrición, lo que paraliza su crecimiento y debilita la estructura forestal. El estrés hídrico prolongado eleva la tasa de mortalidad de los ejemplares de la selva tropical de forma alarmante.

Los datos obtenidos tras medir más de medio millón de árboles de 4.000 especies diferentes reflejan la magnitud del daño en seis países sudamericanos. Durante el episodio extremo de El Niño registrado entre los años 2015 y 2016, las temperaturas terrestres aumentaron al menos un grado. Ese incremento provocó que una parte significativa de los bosques del continente dejara de actuar de manera efectiva como un sumidero de gases contaminantes.

Vulnerabilidad en los márgenes del amazonas

Las áreas periféricas de la gran llanura aluvial, acostumbradas a periodos de sequía estacional, son las que presentan una mayor debilidad ante el cambio climático. El análisis de campo evidencia que un incremento de apenas 0,5 grados de temperatura se traduce en una pérdida del 0,5% del carbono aéreo. Este retroceso afecta especialmente a los ecosistemas más secos que limitan con la selva amazónica, donde el margen de adaptación biológica ya se ha superado.

La investigación determinó que los árboles más corpulentos y con maderas de menor densidad sufren una mortalidad mucho más elevada que las especies jóvenes. El índice de mortandad en los ejemplares medianos y grandes de más de 20 centímetros de diámetro llegó a duplicarse durante las peores fases del evento térmico. Este patrón sugiere que los ejemplares colosales mueren por un fallo hidráulico provocado por la alta demanda de humedad de la atmósfera, que rompe la tensión de sus conductos internos de agua.

Riesgos ante un año sin precedentes

Los modelos de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de EEUU, conocida como NOAA por sus siglas en inglés, indican una intensificación de estos fenómenos. Los registros históricos confirman que los eventos severos de El Niño se han duplicado en las últimas seis décadas en comparación con el periodo anterior. La comunidad científica teme que el año 2026 vuelva a marcar un récord histórico de calor en la superficie terrestre debido al calentamiento global.

El principal motivo de alarma actual reside en que este nuevo ciclo cálido ha comenzado con unas temperaturas oceánicas y atmosféricas inusualmente elevadas. Los bordes de la cuenca amazónica han soportado las mayores tasas de calentamiento de toda la región tropical en las últimas tres décadas. La falta de tiempo para que la vegetación se recupere de las sequías previas amenaza con provocar una pérdida de masa forestal y una liberación de carbono nunca antes vistas.

© NOAA

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Astrónomos acaban de encontrar cuatro 'cadáveres' cósmicos en el sistema solar

El universo observable tiene un diámetro aproximado de 93.000 millones de años luz. Sin embargo, debido a la velocidad de la luz y a que está expandiéndose, la luz de las galaxias más lejanas no llegará a nosotros y, por tanto, nunca podremos verlo al completo. Es decir, puede ser mucho más grande o, incluso, infinito. Asimismo, el radio de la Vía Láctea está en torno a los 50.000 años luz. Por ello, 65 años luz se considera muy poca distancia en términos astronómicos.

Precisamente, esa es la distancia que nos separa de una serie de cuatro astros ocultos que no habíamos visto hasta ahora. Unos cuerpos descritos en la revista MNRAS por investigadores de las universidades de Warwick y Colorado Boulder y que parecen ser enanas blancas. Unos remanentes de estrellas que agotaron su combustible y que, por esa razón, son denominados habitualmente como cadáveres estelares. Hasta ahora, la intensa luz de sus estrellas compañeras había impedido que los telescopios detectaran su presencia en el espacio cercano, a pesar de su cercanía.

El hallazgo ha sido posible gracias a que estas enanas blancas forman parte de sistemas binarios junto a estrellas enanas rojas. Al ser estas últimas mucho más grandes y brillantes, terminaban por eclipsar por completo la débil radiación de los cuerpos apagados en el espectro visible. Los científicos tuvieron que recurrir a metodologías alternativas para identificar las firmas individuales de estos esquivos objetos celestes que orbitan en la penumbra.

Tecnología espacial para romper el eclipse

Para desvelar la existencia de estos sistemas, el equipo de astrofísicos analizó los sutiles bamboleos gravitacionales en las trayectorias de las enanas rojas. Posteriormente, confirmaron las sospechas analizando datos del espectrógrafo ultravioleta del telescopio espacial Hubble, un rango donde las enanas blancas brillan con fuerza. Gracias a calibraciones personalizadas, lograron separar la señal del cadáver estelar de los violentos destellos emitidos por la estrella principal.

"Las enanas blancas aisladas y cercanas suelen ser fáciles de encontrar, pero no pudimos ver estas cuatro estrellas directamente en longitudes de onda visibles porque sus compañeras enanas rojas ahogaban su luz. Es un recordatorio de que incluso en nuestro propio vecindario cósmico podemos encontrar sorpresas si miramos de la manera correcta, en las longitudes de onda adecuadas", dijo Mairi O'Brien, investigadora de la Universidad de Warwick.

Entre los sistemas descubiertos destaca especialmente el denominado G 203-47, situado a tan solo 25 años luz de distancia. Este sistema alberga la novena enana blanca más cercana al Sol, un cuerpo que tardó 27 años en ser plenamente confirmado tras detectarse su primer indicio gravitatorio. Su comportamiento dinámico ha desconcertado por completo a los expertos debido al inesperado ritmo de su rotación interna.

Anomalías en la rotación estelar

"Lo fascinante es que G 203-47 no debería rotar tan lentamente si se formó de la misma manera que sistemas similares. Esto sugiere que estas binarias han tenido historias evolutivas muy diferentes. Algunas sufrieron interacciones violentas y prolongadas al principio que las acoplaron gravitacionalmente. Otras, como G 203-47, experimentaron encuentros más suaves y breves que las dejaron en este estado inusual", dijo David Wilson, de la Universidad de Colorado Boulder.

"Solo alrededor del 30% de las enanas rojas dentro de 20 pársecs han sido examinadas sistemáticamente en busca de compañeras enanas blancas ocultas. Creemos que podría haber hasta nueve o 10 sistemas binarios adicionales en nuestro entorno estelar local que aún no hemos encontrado. Si dedicamos un esfuerzo más específico a observar las enanas rojas, tal vez encontremos más sorpresas como esta", declaró Pier-Emmanuel Tremblay.

© National Geographic España

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