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Ir al cine, al teatro o a un museo podría ralentizar el envejecimiento fisiológico

Según avanzan los días, meses y años en el calendario las experiencias se acumulan en nuestros cuerpos. Reflejo de estas experiencias son las cicatrices, marcas evitables que cuentan la historia de aquella vez que nos caímos yendo en bicicleta o que fuimos demasiado optimistas al dar un salto. Pero para algunas marcas no hace falta ningún evento, sino que su origen es el mismo paso del tiempo. Y aquí, cada cuerpo reacciona de una forma. Por ello se dice que la edad cronológica (cuántos años llevamos vivos) puede ser muy distinta de la edad biológica (cómo de envejecido está nuestro cuerpo).

Estamos totalmente indefensos ante la edad cronológica, ya que las leyes de la física nos impiden desplazarnos hacia atrás en el tiempo. Pero cada vez hay más investigación que trata de frenar, o incluso revertir hasta cierto punto la edad fisiológica. Pero claro, para medir la edad fisiológica no es tan sencillo como preguntar la edad, sino que se trata de una estimación que se obtiene a partir de ciertos parámetros biológicos asociados a la juventud, lo que da lugar a un valor. Lo ideal es que este valor sea menor que la edad real, ya que quiere decir que se está envejeciendo mejor que el promedio de la población.

Cada vez hay más estudios que tratan de comprender cómo disminuir esta edad fisiológica, para así poder envejecer con una mayor calidad de vida y mantener la independencia en la vejez. Y gracias a estos estudios, se ha obtenido que los cinco pilares del envejecimiento son el ejercicio físico, la dieta sana, el manejo del estrés, una buena higiene del sueño y tener buenas conexiones sociales. Pero en el envejecimiento, al igual que con un postre, cuanto más azúcar, más dulce. Así que se siguen buscando nuevos pilares con los que disminuir aún más la edad fisiológica.

Seis pilares, mejores cimientos

Los países a los que más les interesa comprender cómo mantener la independencia en la vejez son aquellos que tienen una población más envejecida, como España o Japón. Por ello, ambos territorios cuentan con equipos de investigación punteros en el estudio de la gerontología. Y en este caso, del país nipón viene un estudio que trata de comprender cómo influye participar en actividades culturales en el envejecimiento fisiológico.

La conclusión del artículo, publicado en la revista Journal of Epidemiology and Community Health, es bastante clara: Cuanta mayor participación tiene una persona en actividades culturales, como ir a museos, al cine, o al teatro, menor es su edad fisiológica en comparación con la gente que no tiene estas aficiones. O al menos así lo muestran los datos de 1899 adultos que participaron en otra investigación previa llevada a cabo en Reino Unido, llamada English Longitudinal Study of Ageing que tuvo lugar entre 2004 y 2009.

Lo que han hecho estos investigadores es aislar la variable cultural y comparar los marcadores biológicos (cómo la presión sanguínea, concentración de hemoglobina, o fuerza de agarre en las manos entre otros) entre los distintos participantes. Tras analizar los datos, el estudio reveló que las personas con altos niveles de participación en actividades culturales, que acudían con una frecuencia mayor a una vez al mes a estos eventos) tenían una edad fisiológica media de 66,9 años, tres años menor que aquellos que participaban en estos eventos (69,9 años).

Culturizarse para mantenerse joven

Los autores sugieren que este tipo de participación, por lo general, actúa como un catalizador para un estilo de vida más saludable. Acudir a estos eventos fortalece las relaciones sociales, promueve estilos de vida más saludables y, de paso, mejora la salud mental, al enfrentar al cerebro a situaciones nuevas. Sin embargo, el estudio es meramente observacional, por lo que no se puede extraer una conclusión clara de causa - efecto.

Es decir, que puede ser que sea del revés, que las personas más sanas tiendan a participar más en estas actividades porque puedan hacerlo, mientras que aquellas personas que se encuentran peor físicamente, al no tener tanta movilidad, no tengan fuerzas para acudir. Esto explicaría por qué las personas con mayor participación solían ser mujeres de un nivel socioeconómico más alto, con empleo y con buena salud. Por tanto, según indican los autores, se necesitan más estudios para confirmar o desmentir estas observaciones.

Pero sea como fuere, nunca va a hacer mal acudir a un museo, al cine o al teatro a culturizarse. Como ya hemos abordado en artículos anteriores, para evitar el detrimento de la plasticidad neuronal es muy importante poner al cerebro ante desafíos nuevos que lo estimulen. Si, además, esta actividad supone salir de casa, caminar y quedar con personas, lograremos fortalecer dos de los pilares de nuestro envejecimiento, con el beneficio a la salud que esto supone.

© iStock

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Ni material biológico ni metal: esta mandíbula desconcierta a los científicos

La vida en los mares y océanos es fascinante por su complejidad y disparidad. La fuerte presión evolutiva a la que se someten los seres que habitan el fondo marino les provoca cambios en los cuerpos que los adaptan a situaciones realmente complejas. Algunos de estos cambios, incluso redefinen los fundamentos más básicos de la clasificación de la materia.

En nuestra infancia, en el colegio, una de las primeras clasificaciones que aprendemos distingue entre el mundo animal, mundo vegetal y mundo mineral. Esta clasificación, nos ayuda a diferenciar algunos de los aspectos más básicos de lo que observamos en el mundo tangible. Animal es todo aquello que está vivo y se mueve por sí mismo, vegetal que está vivo y no se mueve, mientras que queda relegado a mineral el resto de materia que no cumple ninguna de las dos premisas anteriores.

Por supuesto, la clasificación es muy incompleta; ni incluye hongos, ni microorganismos, ni ideas, ni otro tipo de materiales (personalmente no clasificaría un ladrillo como un mineral), pero nos sirve para salir al paso en los primeros estadios de la vida. Ahora bien, cuando ahondamos un poco más en comprender la materia que conforma todo lo que nos rodea nos damos cuenta que esas barreras o fronteras que establecemos de pequeños son, en realidad, mucho más difusas de lo que creíamos.

Aún así, una clasificación que sigue bastante presente es la que distingue la materia viva de la que no lo está. Pero como siempre, hay excepciones, y en este caso, vienen de Perinereis cultrifera, un gusano depredador que puede superar los 20 cm y que habita aguas poco profundas de ciertos mares.

La mandíbula de metal

Al observar detenidamente el orificio por el que se alimenta este gusano, los investigadores de las principales universidades de Viena han descubierto algo muy especial. Perinereis cultrifera, así como otros gusanos similares, pueden triturar o morder a sus presas mediante unas mandíbulas formadas por proteínas estructurales e iones metálicos. Este material, que no pueden clasificar ni como material biológico ni como metal, requiere de una nueva categoría. Por ello, han acuñado el término de “biometales” y en la actualidad es un campo emergente de la biofísica.

Como cualquier nuevo campo científico, una de las primeras acciones es tratar de poner orden al caos del conocimiento que se tiene al respecto. Así pues, de momento, han establecido que los biometales se pueden clasificar según tres cualidades: dureza, mecánica de deformación y estructura ion-proteína. Así que, tras dar con esta clasificación, los investigadores se pusieron a analizar las características de la mandíbula de P. cultrifera.

Todo sobre el biometal

Para estudiar la dureza, los investigadores emplearon una técnica denominada nanoindentación, que consiste en hacer hendiduras microscópicas en un material y después aplicar análisis químicos y otras técnicas de imagen. De este modo, pudieron confirmar que la concentración de metal es mayor en las puntas de la mandíbula, la zona que está en contacto con los alimentos, y que también se trata de la zona más dura.

Pero además de dureza, las mandíbulas también tienen unas propiedades que no comparten con otras sustancias. Como explica el autor del estudio: Christian Hellmich: “Las mandíbulas de estos gusanos también tienen cierto grado de elasticidad dependiente del tamaño; esta es una característica distintiva de los biometales en comparación con los metales cristalinos estándar como el cobre o la plata”.

¿Y todo esto por qué?

Llegados a este punto, cualquier persona podría llegar a preguntarse por qué dedicarle tanto esfuerzo y estudios a comprender un biometal en una mandíbula de un gusano marino. Y es una duda legítima, porque puede que en el corto plazo no se le encuentre ninguna utilidad, pero en un futuro, este tipo de materiales podrían emplearse para diversas aplicaciones médicas, como prótesis biocompatibles.

Aunque de momento, todas esas ideas quedan muy lejos. Por lo pronto, los investigadores de Viena tienen previsto seguir ampliando la base de datos con nuevas especies para seguir comprendiendo la teoría y explorar el papel de la genética en la creación de este tipo de materiales.  “Todo ello va acompañado de un auténtico entusiasmo por la belleza, la elegancia y el refinamiento que se encuentran en la naturaleza y que esta misma produce.” Concluye Hellmich.

© Dominio Público

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