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Received — 11 September 2026 ⏭ Mujeres con ciencia

La paradoja antártica: nunca supimos tanto sobre el continente helado, pero quizá no sabemos lo necesario

11 September 2026 at 09:00

 

Virginia Morandini, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)

Base Antártica Española Juan Carlos I. UTM-CSIC.

En 1959, en plena Guerra Fría, doce naciones se sentaron a negociar el futuro de un continente en el extremo sur del planeta y casi completamente cubierto de hielo. El resultado fue el Tratado Antártico, un acuerdo internacional que estableció que la Antártida debía ser un continente dedicado a la paz y la ciencia.

Aquel tratado creó un sistema de gobernanza único para un lugar único. Décadas después, para reforzar su protección ambiental, se firmó en Madrid el llamado Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente o Protocolo de Madrid. En él se declaró la Antártida como una reserva natural dedicada a la paz y la ciencia, prohibiendo la explotación de recursos minerales, salvo con fines científicos.

En la actualidad, el tratado cuenta con 58 miembros y su conservación depende de la cooperación internacional y la capacidad de alcanzar acuerdos entre países. Durante más de 60 años, este sistema ha mantenido el continente helado como un espacio excepcional de cooperación científica internacional.

Hoy en día, la Antártida está más vigilada que nunca. Satélites, bases científicas, barcos oceanográficos, sensores remotos y campañas internacionales producen cada año una enorme cantidad de datos sobre el hielo, el océano, el clima y sus ecosistemas. Sabemos más que nunca sobre su fauna, el retroceso del hielo y la contaminación.

Sin embargo, más ciencia no significa necesariamente mejores decisiones.

En un estudio publicado recientemente en People and Nature, planteamos precisamente esta paradoja: la investigación actual en el continente helado produce una gran cantidad de información, pero no siempre genera el conocimiento necesario para guiar su protección.

Un caso reciente: la pesca de kril

La península antártica es una de las zonas donde coinciden con más intensidad la pesca de kril –pequeños crustáceos marinos– y la presencia de especies que dependen de él, como pingüinos, focas, peces y ballenas. Por eso, a la hora de regular la pesca no basta solo con fijar un límite total de capturas. Si una parte demasiado grande de esta actividad se concentra en una zona especialmente sensible, el riesgo ecológico puede aumentar aunque el cupo total no se haya superado.

Para reducir ese riesgo, desde 2009 la medida CM 51-07 distribuía espacialmente el límite precautorio de captura de kril entre varias subáreas de pesca. Por ejemplo, el límite total para el Área 48 era de 620 000 toneladas por temporada, pero la subárea 48.1, que abarca gran parte de la península antártica, tenía un cupo específico de 155 000. Ese reparto buscaba evitar que la presión pesquera se concentrara excesivamente en esta región a la vez frágil, productiva y codiciada por la actividad pesquera.

En 2024, la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos, el organismo internacional que regula la pesca en el océano Austral, se reunió para decidir si mantenía ese reparto espacial del cupo de kril. La medida expiró y no se renovó.

En consecuencia, desde la temporada de pesca de 2025, ya no está distribuido el límite de captura de kril entre esas subáreas de pesca. Su expiración se debió a la dificultad de alcanzar un acuerdo entre los países miembros del tratado con la información científica disponible. Este caso mostró hasta qué punto la gestión de la Antártida depende de contar con una base científica sólida, compartida y útil para apoyar decisiones colectivas.

Un pequeño crustáceo semitransparente flotando sobre una roca
Kril antártico. Tarpan/Shutterstock.

Una protección bajo presión

Cuando los datos no son suficientes, no son comparables o no se traducen en acuerdos sólidos, las decisiones pueden acabar reflejando más los bloqueos políticos y los intereses económicos que el principio de precaución.

Hoy, esto importa especialmente porque hay una fecha en el horizonte: 2048. El Protocolo de Madrid, que prohibió la explotación de recursos minerales salvo con fines científicos, podría ser revisado a partir de ese año. Se espera que en el futuro el continente sea físicamente más accesible que cuando se diseñó su actual marco de protección. Las proyecciones indican que las zonas libres de hielo podrían aumentar alrededor de un 25 % hacia finales de siglo, aumentando su accesibilidad y modificando los intereses geopolíticos y económicos sobre el territorio.

Si llegamos a posibles debates sobre recursos minerales, presencia humana o nuevas formas de explotación sin una ciencia integrada, sostenida y aceptada como base común, la protección de la Antártida podría depender más de negociaciones políticas que de una evaluación sólida de los riesgos.

La opacidad epistémica antártica

En nuestro trabajo usamos el concepto de «opacidad epistémica» para describir una situación aparentemente paradójica: puede haber muchos datos científicos y, aun así, faltar una visión clara, integrada y útil para tomar decisiones.

La opacidad surge cuando la información existe, pero está fragmentada. Cuando los estudios no son comparables entre regiones. Cuando los datos científicos disponibles no responden directamente a las preguntas que deben resolver quienes toman decisiones. O cuando la información científica existe, pero no llega de forma integrada, comprensible y útil a los espacios donde esas decisiones se toman.

En la Antártida, este problema no se debe a la falta de buena ciencia. La investigación antártica ha producido descubrimientos fundamentales para entender el planeta. El problema está en cómo se organiza, financia, coordina y utiliza esa ciencia. Un estudio reciente sobre seguimiento a largo plazo en la Antártida mostró, por ejemplo, que más del 60 % de las investigaciones se centran en megafauna carismática, como pingüinos y mamíferos marinos.

La solución no es simplemente producir más artículos científicos. Es generar conocimiento más integrado, mantenido en el tiempo y conectado con las necesidades de conservación y gobernanza. Esto implica reforzar los seguimientos a largo plazo, armonizar protocolos, coordinar observatorios, compartir datos y asegurar que las regiones y procesos menos visibles también formen parte de la agenda científica.

Afortunadamente, la comunidad científica antártica no es ajena a este problema. En los últimos años han surgido iniciativas internacionales que avanzan en esa dirección: mayor coordinación entre programas, integración de datos, identificación de prioridades comunes y esfuerzos para conectar mejor la ciencia antártica con la toma de decisiones. Son pasos importantes. Pero ¿serán suficientes y llegarán a tiempo?

Lo que ocurre en la Antártida no se queda allí

La Antártida no está tan aislada como solemos pensar. En la temporada 2024–25 recibió 118 491 turistas, una cifra impensable hace pocas décadas.

No podemos seguir viviendo de espaldas a este continente. Lo que pasa en el resto del planeta llega hasta allí en forma de calentamiento, contaminación, presión pesquera, turismo o enfermedades emergentes. Y lo que ocurre allí puede repercutir en el resto del mundo a través del clima, el océano, el nivel del mar y la biodiversidad.

Mirar hacia la Antártida ya no es solo una cuestión científica o geográfica. Es una forma de preguntarnos si sabremos proteger algo antes de perderlo.The Conversation

Sobre la autora

Virginia Morandini, Investigadora Ramón y Cajal en Ecología Antártica y Cambio Global, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Ir al artículo original.

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Nina Starr Braunwald, la cirujana que dio forma con sus manos a los recambios para el corazón

10 September 2026 at 09:00

El historiador griego Plutarco recogió en uno de sus textos lo que se conoce como la paradoja del barco de Teseo. Esa paradoja consiste en plantearse si un barco que sale de un puerto, y durante el viaje va reemplazando todas sus piezas sigue siendo el mismo barco, o si por el contrario no puede considerarse que sea la misma nave ya que no conserva ninguna de las partes que lo formaba cuando partió.

Es intrigante pensar, aunque no podamos saberlo, si cuando a mediados del siglo XX la cirugía cardíaca se encontraba a las puertas de la revolución que causaría el desarrollo, experimentación y finalmente generalización de prótesis cardíacas, sus protagonistas se plantearían esta paradoja, aplicada a su propio campo: ¿es un corazón al que se le van reemplazando distintas partes el mismo corazón que latía en origen en el pecho del paciente intervenido?

Nina Braunwald. Research Gate.

Nina Starr Braunwald, médica y cirujana, desarrolló su carrera en esa época, cuando operaciones de corazón que hoy resultan, si no rutinarias, al menos habituales, estaban empezando a concebirse como posibles gracias a nuevas técnicas quirúrgicas. Ella reunía en su perfil profesional y científico dos aspectos esenciales en este desarrollo: por un lado, evidentemente, el de una cirujana, pero por otro, y esto resultaba menos evidente de partida pero igual de esencial, el de una persona acostumbrada a construir cosas con sus propias manos, ya que ella misma diseñó y fabricó algunas prótesis que probó experimentalmente y finalmente implementó en sus pacientes.

De construir cosas a operar

Nina Starr nació el 2 de marzo de 1928 en Brooklyn, Nueva York. Hija de un médico, desde pequeña mostró habilidad para trabajar con las manos: construía objetos, pintaba y dibujaba. Estudió Medicina en la Universidad de Nueva York. Aquella combinación entre el interés por la medicina y el trabajo manual terminaría orientándola hacia la cirugía.

En 1952 comenzó sus prácticas y residencia en el Bellevue Hospital de Nueva York, donde fue una de las primeras mujeres que se formaron en cirugía general. Continuó después su preparación en el Georgetown University Medical Center y realizó una estancia posdoctoral en el laboratorio del cirujano Charles Hufnagel, uno de los pioneros en el desarrollo de válvulas cardíacas artificiales.

La cirugía del corazón era entonces un campo reciente. Las técnicas capaces de mantener artificialmente la circulación y la oxigenación de la sangre durante una operación permitían, desde hacía poco tiempo, trabajar dentro de un corazón temporalmente detenido sin perder la vida del paciente. Eso abría posibilidades que pocos años antes habían sido imposibles, como la de tratar válvulas dañadas y sustituirlas por dispositivos artificiales. Braunwald se incorporó al entonces llamado National Heart Institute y comenzó a trabajar en la Clínica de Cirugía.

Una pieza nueva dentro del corazón

Las válvulas cardíacas cumplen una función esencial en la circulación sanguínea: hacer que la sangre circule en la dirección correcta al contraerse el corazón, impidiendo que ésta retroceda cuando el corazón se expande de nuevo. La válvula mitral cumple esa función entre las dos cavidades izquierdas del órgano, y cuando está dañada, el mecanismo deja de funcionar correctamente y la salud del paciente se ve afectada. Hoy existen distintas opciones para reparar o reemplazar válvulas enfermas, pero a finales de los años cincuenta desarrollar una prótesis capaz de cumplir esa función seguía siendo un desafío técnico y quirúrgico.

Braunwald centró parte de su investigación en ese problema, trabajando para desarrollar una prótesis que pudiese sustituir completamente la válvula mitral. En 1959 publicó sus resultados, un dispositivo que utilizaba láminas flexibles de poliuretano y tiras de teflón para desempeñar la función de las cuerdas tendinosas, las estructuras que ayudan a controlar el movimiento de la válvula natural. Antes de utilizarlo en una persona, Braunwald lo probó en una serie de experimentos con perros.

El 11 de marzo de 1960 llegó el momento de utilizarlo en una paciente humana. Era una mujer de 44 años con insuficiencia mitral y fallo cardiaco muy avanzado. Braunwald y su equipo sustituyeron su válvula mitral por la prótesis que había diseñado. La intervención se realizó utilizando circulación cardiopulmonar artificial. La evolución posoperatoria fue buena y la paciente pudo abandonar el hospital. Murió de forma repentina cuatro meses después, probablemente a consecuencia de una arritmia.

Nina Braunwald operando. Research Gate.

La intervención no convirtió aquel primer diseño en una solución definitiva ni eliminó todos los problemas asociados a las prótesis valvulares, pero sí demostró que era posible sustituir por completo una válvula mitral humana por un dispositivo artificial y que una paciente podía recuperarse de la operación y regresar a casa. Aquella intervención es considerada el primer reemplazo exitoso de una válvula mitral.

Diseñar para que el cuerpo acepte una máquina

Entre 1965 y 1968 fue subdirectora de la Clínica de Cirugía del Instituto Nacional del Corazón. Braunwald continuó trabajando en el desarrollo de prótesis cardiacas. Uno de los principales problemas de introducir materiales artificiales en el sistema circulatorio es el riesgo de que favorezcan la formación de coágulos y trombos que causen graves daños al paciente, incluso la muerte.

A finales de los años sesenta, Braunwald comenzó a colaborar con los Laboratorios Cutter en una nueva válvula mecánica que intentaba reducir ese problema mediante el recubrimiento de partes de la prótesis con tejido sintético. La idea era favorecer que el tejido del propio paciente creciese sobre aquella superficie reduciendo así el riesgo de aparición de coágulos.

El resultado fue la válvula Braunwald-Cutter, una prótesis mecánica cuya utilización clínica comenzó en 1968 y que llegó a implantarse en miles de pacientes. No era simplemente una mejora de la primera válvula, sino que representaba otro intento de resolver uno de los problemas fundamentales de cualquier prótesis situada dentro del corazón: la interacción entre los materiales artificiales y la sangre.

Sin embargo, y aunque se utilizó ampliamente, esta válvula y la solución que proponía suponía sus propios problemas: con el tiempo el recubrimiento de la Braunwald-Cutter se iba deteriorando, y su utilización clínica acabó abandonándose. El Museo Smithsonian conserva ejemplares de estas válvulas y las presenta como un ejemplo de una idea de ingeniería puntera y razonable en su momento que, en la práctica, mostró limitaciones importantes.

En 1968 dejó el NIH y se trasladó a la Universidad de California en San Diego, donde ocupó un puesto como profesora asociada de cirugía y creó un programa de cirugía cardiovascular. En 1972 se trasladó a Boston como profesora asociada de cirugía en Harvard Medical School y desarrolló su actividad en distintos hospitales de la zona, entre ellos Boston Children’s Hospital, Brigham and Women’s Hospital y el hospital de veteranos de West Roxbury.

Braunwald siguió investigando otras formas de reemplazar válvulas y de reducir la formación de coágulos alrededor de prótesis y dispositivos de asistencia circulatoria. Entre sus contribuciones estuvieron el desarrollo de injertos de la válvula aórtica de un donante (llamados homoinjertos) para utilizarlos como sustitutos de la válvula mitral y el empleo experimental de cultivos de tejidos sobre superficies artificiales.

Una cirujana donde casi no había mujeres

Todo aquello ocurrió además en una especialidad en la que la presencia femenina brillaba por su prácticamente completa ausencia. Braunwald fue la primera mujer certificada por el Consejo Estadounidense de Cirugía Torácica y también la primera elegida miembro de la Asociación Estadounidense de Cirugía Torácica.

Su trayectoria profesional convivió con una vida familiar igualmente intensa. Estuvo casada con el cardiólogo Eugene Braunwald y tuvieron tres hijas. Las biografías institucionales que reconstruyen su carrera señalan explícitamente el esfuerzo que supuso compatibilizar la maternidad con las exigencias de la cirugía cardiaca en una época en la que apenas había mujeres siguiendo ese camino profesional.

Nina Starr Braunwald murió en 1992, a los 64 años.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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Patricia Alvarado, sismóloga

10 September 2026 at 05:00
Patricia Alvarado. Konex.

La sismóloga Patricia Alvarado (1966-2022) nació un 10 de septiembre.

Fue investigadora principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Centro de Investigaciones de la Geósfera y Biósfera (CIGEOBIO, CONICET-UNSJ).

Fue la creadora del Observatorio Sismológico del CONICET y la primera mujer en dirigir el Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES).

Desarrolló una tecnología para estudiar los sismos históricos de Argentina. Para ello se digitalizaron los registros impresos de terremotos históricos ocurridos en el territorio argentino, se generó un modelo probabilístico para la predicción de las zonas de peligro sísmico y la elaboración de un mapa de movimiento del suelo sobre la base de sismos que se produjeron anteriormente en su país. 

Más información

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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