❌

Normal view

Received — 11 September 2026 ⏭ National Geographic España

El mítico discurso de David J. Gross, Premio Nobel de Física sobre la ciencia de hoy en día

10 September 2026 at 14:00

Hace más de 50 años se constató una de las propiedades más desconcertantes de la materia: cuanto más se aproximan los quarks, más débil se vuelve la interacción entre ellos. Aquel hallazgo, conocido como libertad asintótica, acabaría proporcionando a David J. Gross, H. David Politzer y Frank Wilczek el Premio Nobel de Física de 2004 y ayudaría a consolidar nuestra explicación moderna de la fuerza nuclear fuerte.

Pero Gross deslizó otra idea poderosa cuando recibió el reconocimiento. El físico estadounidense cuestionó la imagen romántica del científico excepcional que, aislado del mundo, cambia por sí solo nuestra comprensión de la naturaleza. “Las exploraciones científicas de la realidad fundamental ya no son terreno del genio solitario [...], sino un esfuerzo colaborativo de una comunidad de científicos”, declaró tras conocerse el Nobel.

La frase tiene algo de paradoja viniendo de un premio Nobel, la institución que quizá mejor simboliza el reconocimiento individual del talento científico. Gross estaba recordando que detrás de un nombre escrito en la historia suele existir una multitud invisible: estudiantes, colaboradores, teóricos, experimentadores, técnicos y generaciones anteriores de investigadores que construyeron las preguntas necesarias para que alguien pudiera encontrar una respuesta.

El descubrimiento de 1973 que cambió nuestra imagen de la materia

David Jonathan Gross nació en Washington D. C. en 1941 y decidió que quería ser físico teórico cuando tenía alrededor de 13 años. Se doctoró en Física por la Universidad de California en Berkeley en 1966 y posteriormente desarrolló una parte fundamental de su carrera en Princeton. Allí protagonizaría, junto a un jovencísimo estudiante llamado Frank Wilczek, uno de los episodios decisivos de la física de partículas del siglo XX.

Para comprender su importancia hay que descender hasta las entrañas del átomo. Protones y neutrones están constituidos por quarks, partículas sometidas a la denominada interacción fuerte. Lo desconcertante es que esta fuerza no se comporta como nuestra intuición esperaría: cuando los quarks se encuentran extremadamente cerca, su interacción disminuye y pueden comportarse casi como si fueran partículas libres.

Gross y Wilczek demostraron en 1973 esta propiedad en las teorías de campos gauge no abelianas. De manera independiente, H. David Politzer llegó a resultados equivalentes. Habían encontrado la “libertad asintótica”, una pieza fundamental para construir la cromodinámica cuántica o QCD, la teoría que describe la interacción fuerte y que terminaría incorporándose al Modelo Estándar de la física de partículas.

La idea resulta casi contraintuitiva. Cuando intentamos separar los quarks, la interacción entre ellos se hace más intensa; cuando los acercamos extraordinariamente, se debilita. Es como una especie de goma elástica subatómica cuyo tirón aumenta precisamente cuando intentamos estirarla. Esa peculiaridad ayuda a explicar por qué los quarks permanecen confinados dentro de partículas como protones y neutrones.

Pero Gross no presentó posteriormente aquel descubrimiento como la iluminación repentina de un cerebro privilegiado. En su conferencia Nobel recordó que el progreso científico real es mucho más desordenado de lo que suelen contar los libros de historia, repleto de pistas falsas, ideas equivocadas y caminos que terminan en ninguna parte.

Por qué un Nobel dice que la época del “genio solitario” ha terminado

Cuando la Real Academia Sueca de Ciencias anunció el premio el 5 de octubre de 2004, reconoció conjuntamente a Gross, Politzer y Wilczek “por el descubrimiento de la libertad asintótica en la teoría de la interacción fuerte”. Los tres recibieron una tercera parte del galardón.

Gross aprovechó entonces el foco mediático para desplazarlo hacia quienes normalmente permanecen fuera de él. Su Nobel, afirmó, reconocía no solamente el trabajo de los tres premiados, sino el de toda la comunidad de física de altas energías. Y es precisamente en ese contexto donde mencionó a Galileo, Newton y Einstein.

Su argumento iba mucho más allá de una muestra de modestia. Gross recordó que cientos de físicos experimentales de los grandes aceleradores habían diseñado y realizado los experimentos que primero proporcionaron indicios sobre el funcionamiento de la fuerza fuerte y después permitieron contrastar las predicciones de la teoría.

Ahí está el verdadero cambio de paradigma. La ciencia contemporánea puede seguir necesitando intuiciones extraordinarias, pero las fronteras del conocimiento se han convertido en territorios demasiado complejos para ser conquistados completamente en solitario. Telescopios, detectores, aceleradores, supercomputadores y observatorios producen cantidades de información y plantean desafíos técnicos que requieren equipos especializados y cooperación entre instituciones y países.

Y la propia historia del Nobel de Gross desmonta parcialmente el mito individual. La libertad asintótica fue descubierta por varias mentes que trabajaban sobre un mismo problema: Gross colaboró con su estudiante Wilczek mientras Politzer obtuvo independientemente el resultado. Después hicieron falta muchos otros investigadores y experimentos para convertir aquella estructura matemática en una descripción extraordinariamente sólida de la naturaleza.

De estudiante de 13 años a explicar una de las 4 fuerzas de la naturaleza

Gross terminó convertido precisamente en una de esas figuras individuales con las que solemos contar la historia de la ciencia. Fue profesor en Princeton, posteriormente dirigió el Kavli Institute for Theoretical Physics de la Universidad de California en Santa Barbara y acumuló reconocimientos como la beca MacArthur, la Medalla Dirac, la Oskar Klein Medal y la Grande Médaille d’Or de la Academia de Ciencias francesa.

Sin embargo, una de las facetas más interesantes del físico aparece cuando habla de cómo debe hacerse ciencia. En una entrevista concedida a NobelPrize.org en 2004 aconsejaba a los jóvenes investigadores mantener siempre a la vista los grandes problemas y observar atentamente qué está intentando decirnos la naturaleza. También confesaba que necesitó varios años de evidencia experimental antes de convencerse plenamente de que el resultado por el que terminaría recibiendo el Nobel era correcto.

Hay aquí una lección que trasciende la física. Los descubrimientos científicos rara vez nacen terminados. Una teoría necesita cálculos; los cálculos necesitan ser contrastados; los experimentos necesitan instrumentos; los instrumentos requieren ingenieros y técnicos; los resultados deben ser reproducidos, discutidos y sometidos al escrutinio de otros especialistas. En suma, una ciencia hecha por todos en perfecta sincronía.

© Fundación Nobel

OpenAI afirma resolver en 88 horas un misterio matemático de 90 años con 10.000 agentes de IA

10 September 2026 at 07:55

OpenAI ha presentado una demostración de 166 páginas según la cual las ecuaciones tridimensionales de Navier–Stokes pueden desarrollar una singularidad en tiempo finito, un resultado obtenido, según la compañía, tras 88 horas de trabajo coordinado de alrededor de 10.000 agentes de inteligencia artificial. La afirmación apunta directamente a uno de los 7 Problemas del Milenio, cada uno dotado originalmente con un premio de un millón de dólares.

Pero todavía existe una diferencia crucial entre presentar una solución y que la comunidad matemática la acepte como tal. OpenAI describe oficialmente el trabajo como una solución propuesta, mientras que el Clay Mathematics Institute continúa incluyendo Navier–Stokes entre los problemas no resueltos. La demostración deberá ser examinada con extraordinario cuidado antes de poder hablar de un capítulo definitivamente cerrado de la historia de las matemáticas.

Y hay algo más. La historia no trata solamente de una ecuación endiabladamente difícil: también podría marcar un cambio en quién (o qué) es capaz de producir matemáticas nuevas. La prueba fue generada por un sistema experimental que OpenAI describe como significativamente más capaz que GPT-6 Astra y cuyo entrenamiento, según la compañía, todavía continúa.

Un vórtice que se estrecha hasta romper la suavidad

Las ecuaciones de Navier–Stokes están detrás de fenómenos tan cotidianos como el agua que rodea un barco, el aire que fluye alrededor de un avión o la turbulencia que aparece dentro de una corriente. El Clay Mathematics Institute resume el corazón del problema con una pregunta aparentemente sencilla: si comenzamos con un fluido tridimensional perfectamente regular, ¿las ecuaciones garantizan que continuará comportándose suavemente para siempre?

El nuevo trabajo de OpenAI sostiene que la respuesta puede ser negativa bajo una de las formulaciones admitidas en el enunciado oficial del problema. Su teorema construye, para cualquier viscosidad positiva, una solución que comienza con velocidad cero y termina desarrollando una velocidad no acotada en un tiempo finito, mientras la energía cinética total permanece uniformemente limitada. La construcción incluye una fuerza externa suave y localizada en el espacio y el tiempo.

La imagen física que emerge de las matemáticas resulta sorprendentemente visual. El mecanismo fundamental es un vórtice cuyo núcleo gira, se contrae radialmente y se alarga mientras la velocidad crece cada vez más. El propio artículo explica que el fluido entra en espiral hacia el eje y es expulsado en dirección axial; la incomprensibilidad impide que simplemente se acumule en el centro.

Pero la región donde ocurre todo se vuelve cada vez más diminuta al mismo tiempo que las velocidades se disparan. Conforme se aproxima el instante singular, el radio del núcleo disminuye más rápidamente que su longitud axial. El resultado recuerda a un filamento que se estira y adelgaza progresivamente: una especie de espagueti matemático de fluido giratorio.

Y ocurre algo todavía menos intuitivo. Aunque la velocidad máxima tiende a hacerse ilimitada, la energía cinética asociada al núcleo puede tender a cero. El volumen donde se concentra el movimiento extremo se contrae tan deprisa que ambas cosas pueden suceder simultáneamente. No es una explosión convencional: es una catástrofe matemática confinada en una región que se desvanece.

10.000 agentes, 88 horas y una prueba que una máquina también puede comprobar

La magnitud del experimento convierte la historia en algo más que otro resultado asistido por inteligencia artificial. OpenAI asegura que aproximadamente 10.000 agentes coordinados alcanzaron la solución en 88 horas utilizando un modelo interno de próxima generación, más capaz que GPT-6 Astra. El sistema no se habría limitado a sugerir ideas: habría participado en la construcción de la arquitectura matemática necesaria para completar la prueba.

El resultado tiene además una segunda capa especialmente importante. OpenAI afirma haber producido tanto una demostración analítica como una formalización en Lean, un asistente de demostración que permite expresar argumentos matemáticos en un lenguaje formal susceptible de comprobación mecánica. Eso no convierte automáticamente una afirmación científica en verdad indiscutible, pero proporciona una vía adicional para detectar inconsistencias lógicas.

La controversia que acompaña al posible hito

El anuncio, sin embargo, llega acompañado de una disputa sobre prioridad científica. Los matemáticos Levent Alpöge y Tristan Buckmaster habían trabajado en problemas estrechamente relacionados sobre formación de singularidades, incluyendo resultados para las ecuaciones de Euler, y publicaron trabajos que también recurrían intensamente a herramientas de inteligencia artificial.

OpenAI ha felicitado expresamente a ambos investigadores y sostiene que ni sus investigadores ni sus agentes tuvieron acceso a los trabajos de Alpöge y Buckmaster antes de que fueran publicados. La compañía afirma además que no accedió a datos específicos de usuarios para resolver Navier–Stokes, aunque reconoce que no puede excluir completamente qué datos desidentificados procedentes del uso de sus productos hubieran contribuido previamente a mejorar sus modelos.

La distinción matemática también importa. OpenAI sostiene que sus demostraciones difieren sustancialmente de las de Alpöge y Buckmaster y señala específicamente diferencias en los resultados relativos a Euler, incluida la presencia o ausencia de fuerzas externas. La controversia, por tanto, no puede reducirse simplemente a dos grupos presentando exactamente la misma prueba.

La situación abre una pregunta que probablemente sobrevivirá incluso al propio problema de Navier–Stokes. ¿Qué significa realmente la prioridad científica cuando investigadores humanos trabajan con modelos que, a su vez, pueden mejorar a partir de enormes cantidades de interacción humana? La frontera entre herramienta, colaborador y potencial competidor intelectual comienza a resultar mucho menos nítida.

Y todavía queda la cuestión decisiva: la validación. El Clay Mathematics Institute continúa presentando Navier–Stokes entre sus problemas abiertos y sus reglas exigen un proceso mucho más amplio que la publicación de un manuscrito. Por espectacular que sea el anuncio, las matemáticas no se resuelven mediante una nota de prensa: se resuelven cuando una demostración resiste el intento sistemático de otros expertos por destruirla.

Si la prueba supera ese proceso, el significado histórico podría ir mucho más allá de la dinámica de fluidos. Estaríamos ante una demostración extraordinariamente compleja producida esencialmente por una comunidad artificial de miles de agentes, capaz de explorar, corregir y formalizar matemáticas situadas durante décadas fuera del alcance de una solución completa.

© OpenAI

❌