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Received — 9 September 2026 ⏭ National Geographic España

La naturaleza late al mismo ritmo: científicos descubren un “tempo universal”

9 September 2026 at 10:00

Un equipo de científicos ha confirmado que muchos animales separados por millones de años de evolución se comunican con ritmos de entre 0,5 y 4 Hz, una coincidencia que podría estar relacionada con la manera en que sus cerebros procesan las señales.

La pista apareció casi por accidente. Durante una expedición en Tailandia, investigadores de la Universidad Northwestern observaron que unas luciérnagas parpadeaban mientras los grillos cercanos parecían cantar prácticamente al mismo compás: ambos rondaban los 2,4 ciclos por segundo. No estaban verdaderamente sincronizados, pero aquella semejanza abrió una pregunta mucho mayor: ¿y si buena parte de la naturaleza hubiera convergido hacia un mismo “tempo” para comunicarse?

Publicado en PLOS Biology, el trabajo amplió la búsqueda a insectos, crustáceos, anfibios, peces, aves y mamíferos. El resultado apunta a una especie de “zona caliente” entre 0,5 y 4 Hz, un intervalo que aparece una y otra vez pese a las enormes diferencias de tamaño, hábitat, anatomía y forma de emitir las señales. Y hay un detalle especialmente intrigante: esa misma franja coincide con ritmos lentos presentes en la actividad cerebral.

Un compás que aparece desde una luciérnaga hasta un primate

Los autores no estudiaron cualquier sonido animal. Se concentraron en señales isócronas, es decir, eventos que se repiten con intervalos aproximadamente regulares, como los golpes de un metrónomo. Esto permite comparar fenómenos tan diferentes como un destello luminoso, una llamada acústica o determinados movimientos corporales utilizando una misma medida: cuántas veces ocurre la señal cada segundo.

Cuando reunieron ejemplos procedentes de trabajos científicos previos, apareció una regularidad inesperada. Animales que difieren en hasta 8 órdenes de magnitud de masa corporal utilizaban con frecuencia tempos comprendidos entre 0,5 y 4 Hz. Allí figuraban luciérnagas, grillos, crustáceos, ranas, aves, peces, simios, humanos y leones marinos. La coincidencia atravesaba incluso los sentidos: algunas especies se comunicaban mediante sonido; otras, mediante luz o movimiento.

Pero los investigadores eran conscientes de un problema: podrían haber seleccionado, sin pretenderlo, ejemplos que encajaran demasiado bien con la hipótesis. Para reducir ese riesgo recurrieron también a xeno-canto, una gran base de datos de sonidos de fauna salvaje, y escogieron aleatoriamente 50 señales isócronas pertenecientes a aves, murciélagos, ranas, saltamontes y mamíferos terrestres.

La distribución volvió a señalar hacia el mismo territorio temporal. El máximo se situaba aproximadamente alrededor de los 3 Hz, y la mediana observada alcanzaba 3,45 Hz. Para llegar a esas 50 muestras válidas tuvieron que examinar 124 grabaciones. El patrón, por tanto, no dependía únicamente de los ejemplos elegidos inicialmente por los autores.

Pero aquí comienza el verdadero misterio. Un grillo y un primate no producen señales con los mismos músculos, ni poseen el mismo tamaño, ni viven sometidos a las mismas presiones ambientales. Entonces, ¿por qué tantos organismos distintos parecen reunirse en una franja temporal relativamente estrecha?

El cerebro podría ser el metrónomo oculto

Una posibilidad evidente sería que el cuerpo impusiera ese ritmo. Sin embargo, los autores consideran difícil explicar toda la coincidencia mediante restricciones mecánicas porque los sistemas utilizados para generar las señales son extraordinariamente distintos. Además, muchas de esas especies pueden producir estímulos más rápidos y, naturalmente, también podrían espaciarlos mucho más.

La explicación propuesta cambia entonces de protagonista: en lugar de mirar al animal que envía la señal, mira al que la recibe. Todos esos receptores, por diferentes que sean, terminan procesando la información mediante neuronas. Quizá la evolución haya favorecido señales que se encuentran dentro de una ventana temporal especialmente fácil de detectar y procesar para pequeños circuitos neuronales.

La franja de 0,5 a 4 Hz coincide además con la denominada banda delta en neurociencia. Esto no significa que una luciérnaga, una rana y una persona posean cerebros equivalentes, ni que sus señales activen exactamente los mismos mecanismos. La hipótesis es más sutil: ciertas propiedades biofísicas elementales de las neuronas podrían imponer escalas temporales semejantes incluso en sistemas nerviosos muy diferentes.

Para comprobar si esa idea era físicamente plausible, los científicos construyeron modelos computacionales de pequeños circuitos formados por cinco osciladores neuronales. Probaron 1.665 configuraciones diferentes de conexión y analizaron cómo respondían cuando recibían una señal periódica externa. En la mayoría de las topologías, el circuito podía dejarse arrastrar por el estímulo sin necesitar una arquitectura extraordinariamente afinada.

El modelo mostró además una propiedad decisiva: la respuesta era máxima cuando el ritmo externo se acercaba a la frecuencia natural del propio circuito. Esa resonancia proporciona un mecanismo teórico capaz de explicar por qué una señal situada en determinada franja temporal podría resultar especialmente eficaz para capturar la actividad coordinada de las neuronas receptoras.

Dicho de otra forma: quizá muchos animales no hayan convergido hacia ese tempo porque resulte sencillo producirlo, sino porque resulta ventajoso escucharlo, verlo o percibirlo.

De los grillos a nosotros: una pista sobre el origen del ritmo

La idea tiene una consecuencia fascinante para nuestra propia especie. Un tempo de 2 Hz equivale aproximadamente a 120 pulsaciones por minuto, una velocidad extraordinariamente familiar en la música humana. Tradicionalmente se ha relacionado nuestra preferencia por tempos cercanos a esa cifra con movimientos corporales como caminar, pero el nuevo estudio plantea que la explicación podría hundir sus raíces mucho más profundamente en la evolución de los sistemas nerviosos.

Ya existían pistas compatibles con esa posibilidad. Experimentos con ratas mostraron que estos animales pueden sincronizar espontáneamente movimientos con pulsos musicales y que determinadas respuestas neuronales son especialmente intensas alrededor de los 2 Hz, un resultado citado por los autores como apoyo a la hipótesis de una ventana temporal privilegiada.

También sabemos que las fronteras rítmicas entre especies pueden influir en la comunicación cotidiana. Un estudio de PLOS Biology sobre perros y humanos encontró que los perros vocalizan aproximadamente a 2 emisiones por segundo, mientras que el habla humana dirigida a adultos ronda las 4 sílabas por segundo. Cuando hablamos a nuestros perros, reducimos espontáneamente el ritmo hacia unos 3 Hz, como si buscáramos un terreno temporal intermedio que resulte más accesible para ambos.

Eso no demuestra la existencia de un “idioma universal de la naturaleza”. El trabajo de Amichay, Balasubramanian y Abrams es exploratorio, su recopilación no es exhaustiva y existen especies cuyos tempos quedan claramente fuera de los 0,5–4 Hz. Los propios investigadores reconocen posibles sesgos tanto en la literatura disponible como en nuestra capacidad humana para detectar determinadas señales.

Lo extraordinario, por tanto, no es imaginar que un grillo pueda conversar con una luciérnaga. Es algo quizá más profundo: que cerebros y sistemas nerviosos separados por vastas distancias evolutivas puedan compartir una ventana temporal especialmente favorable para recibir información. Si futuros experimentos demuestran que esa resonancia neuronal ha moldeado realmente la evolución de las señales, el pulso de la comunicación animal podría revelar una regla biológica que hasta ahora permanecía escondida a plena vista.

© iStock

Descubren que las galaxias pueden tener crecimientos explosivos

8 September 2026 at 14:00

Un equipo de científicos ha confirmado que la galaxia Messier 74 prácticamente ha duplicado el tamaño conocido de su disco, pasando de unos 14 a 30 kilopársecs, y que buena parte de esa gigantesca extensión podría haberse formado en menos de 1.000 millones de años. La edad estimada de sus estrellas ronda, de hecho, los 640 millones de años.

El descubrimiento, publicado en Astronomy & Astrophysics, ofrece una extraordinaria fotografía de algo que normalmente contemplamos a cámara lenta: el crecimiento de una galaxia casi en pleno proceso de construcción. Messier 74 (también denominada M74 o NGC 628) se encuentra a unos 9,3 megapársecs de nosotros y posee una masa estelar estimada de entre 15.000 y 22.000 millones de masas solares.

Hasta ahora, los modelos sostenían que las galaxias de disco crecen fundamentalmente «de dentro hacia fuera»: nuevo gas llega a sus regiones externas y allí alimenta nuevas generaciones de estrellas. La gran incógnita era si esta expansión ocurre suavemente durante miles de millones de años o mediante episodios mucho más violentos y rápidos. M74 apunta hacia la segunda posibilidad.

Un disco invisible que llevaba años delante de nuestros ojos

Para encontrarlo había que mirar mucho más profundamente de lo habitual. El equipo encabezado por Ignacio Ruiz Cejudo, del Instituto de Astrofísica de Canarias y la Universidad de La Laguna, utilizó el Transient Survey Telescope (TST), un telescopio de 1 metro situado en el Observatorio del Teide, y acumuló varias horas de observación en tres bandas ópticas.

El resultado permitió alcanzar niveles extraordinariamente débiles de brillo superficial: hasta 31,44 magnitudes por segundo de arco cuadrado en la banda g. Esa sensibilidad hizo visible una estructura que observaciones menos profundas, como las del Sloan Digital Sky Survey, prácticamente borraban del paisaje.

Más allá del disco conocido, cuyo borde se situaba alrededor de 14 kilopársecs, apareció una población estelar azul y extremadamente tenue que llega aproximadamente hasta los 30 kilopársecs. Es decir, el radio estelar conocido de M74 prácticamente se duplica.

Pero hay un detalle aún más revelador. Ese nuevo componente óptico coincide aproximadamente con la extensión que previamente se había observado en hidrógeno neutro y ultravioleta. Lo que parecía un gigantesco depósito gaseoso alrededor de M74 contiene también estrellas jóvenes extremadamente difíciles de detectar.

El nuevo disco apenas añade masa. Los investigadores calculan alrededor de 12.500 millones de masas solares dentro de los primeros 14 kilopársecs y unos 12.800 millones dentro de los 28 kilopársecs. La galaxia, por tanto, habría aumentado espectacularmente su extensión sin incrementar de forma comparable su masa estelar. Es como extender una ciudad construyendo una periferia gigantesca, pero extraordinariamente poco poblada.

Estrellas de 640 millones de años: la pista de un crecimiento explosivo

La auténtica sorpresa llegó cuando los investigadores estudiaron los colores de aquella periferia. Las estrellas exteriores son notablemente azules, precisamente el aspecto esperado en una población estelar joven.

Combinando las observaciones ópticas con datos ultravioletas de GALEX y comparándolas con modelos de evolución estelar, los autores estimaron para una metalicidad baja una edad media de 640 millones de años, aunque con incertidumbres importantes. Al probar diferentes metalicidades, las estimaciones cambian, pero siguen siendo compatibles con una población de menos de aproximadamente 1.000 millones de años.

Eso cambia la interpretación de la galaxia. M74 podría haber extendido recientemente su disco desde unos 14 hasta aproximadamente 30 kilopársecs: unos 16 kilopársecs adicionales en menos de 1.000 millones de años.

Y semejante transformación importa más allá de esta galaxia concreta. Cuando se considera únicamente su antiguo disco, M74 ocupa una zona relativamente baja de la relación entre masa y tamaño de las galaxias. Cuando se incorpora el nuevo componente, salta hacia el extremo superior: se convierte en una galaxia excepcionalmente extensa para su masa. Podríamos estar viendo, por tanto, una recién llegada al grupo de las grandes galaxias de disco actuales.

Un encuentro hace 1.000 millones de años pudo encender la galaxia

Queda la pregunta inevitable: ¿qué provocó semejante estallido de crecimiento? Los autores plantean varias posibilidades, pero existe un sospechoso especialmente interesante: UGC 1176, una pequeña galaxia que pudo pasar cerca de M74 hace alrededor de 1.000 millones de años. No habría sido necesariamente una colisión frontal. Un sobrevuelo suficientemente próximo podría haber perturbado el enorme reservorio de hidrógeno situado en las afueras de M74 y desencadenado allí la formación de estrellas.

Las escalas temporales encajan de manera sugerente. Los investigadores calculan que un objeto situado actualmente a unos 130 kilopársecs podría haber interactuado con M74 hace aproximadamente 930 millones de años. Una perturbación de ese tipo podría haberse propagado por las regiones exteriores del disco en unos 530 millones de años.

UGC 1176 presenta además una morfología irregular y colores azulados, características compatibles con un episodio de formación estelar que también hubiera sido estimulado por aquel encuentro. Aun así, los investigadores presentan esta explicación como un escenario plausible, no como una demostración definitiva.

Y ahí reside quizá la cuestión más fascinante del hallazgo. Si M74 constituye una excepción, estaremos ante un extraordinario accidente cósmico. Pero si observaciones igualmente profundas encuentran discos jóvenes semejantes alrededor de muchas otras galaxias, habrá que reconsiderar hasta qué punto su crecimiento es realmente lento y continuo.

© Telescopio Espacial James Webb de la NASA

James Hansen, científico : "El fenómeno de El Niño se ha intensificado enormemente"

7 September 2026 at 15:00

El actual El Niño ya supera al gigantesco episodio de 1997-1998 en el calor acumulado en los primeros 300 metros del Pacífico ecuatorial. Y lo más inquietante es que, cuando James Hansen y sus colaboradores publicaron su análisis el 21 de agosto de 2026, todavía faltaban varios meses para que llegaran sus efectos máximos.

Las métricas habituales han rebasado los máximos registrados durante la era de observaciones fiables. Sin embargo, Hansen, Pushker Kharecha, Dylan Morgan y Jasen Vest advierten de algo todavía más importante: el auténtico problema no sería únicamente El Niño, sino el planeta extraordinariamente caliente sobre el que está desarrollándose. 

Hay además una paradoja que convierte el fenómeno en una señal mucho más inquietante. El Niño de 2023-2024 fue relativamente moderado y, aun así, coincidió con un salto excepcional de la temperatura planetaria. Una investigación anterior encabezada por Hansen calculó que la temperatura global aumentó más de 0,4 °C en apenas dos años y alcanzó temporalmente alrededor de +1,6 °C respecto al promedio de 1880-1920. 

Un El Niño que ha roto la escala del Pacífico

Para medir la potencia de El Niño solemos mirar la temperatura superficial del Pacífico tropical, especialmente la denominada región Niño 3.4. Hansen y sus colegas prefieren añadir otra ventana: la anomalía térmica almacenada en los primeros 300 metros del océano ecuatorial, entre aproximadamente 180° y 100° oeste. Esa masa de agua funciona como una enorme batería de calor capaz de alimentar la interacción entre océano y atmósfera durante meses.

La curva de 2026 ya ha sobrepasado la correspondiente al “super-El Niño” de 1997-1998, uno de los episodios más potentes documentados instrumentalmente. En la figura 2 del informe, la trayectoria actual asciende con una pendiente extraordinariamente pronunciada y supera los máximos de los otros grandes eventos comparados desde 1980. En el índice Niño 3.4, mostrado en el apéndice del documento, 2026 también se separa claramente de los años anteriores.

Hansen no interpreta esta intensidad como una simple rareza natural aislada del cambio climático. Los autores plantean que el calentamiento provocado por las actividades humanas probablemente está contribuyendo a la anomalía del propio El Niño. Es una interpretación de los autores (no una atribución definitiva demostrada por este breve informe), pero encaja con su argumento más amplio: la variabilidad natural está actuando ahora sobre un sistema climático con mucha más energía acumulada. El Niño es el protagonista más visible, pero el escenario térmico que lo rodea es global.

El calor no se queda en el océano

Este fondo cálido importa porque las olas de calor marinas ya son más frecuentes y prolongadas que hace un siglo. Un estudio publicado en Nature Communications encontró que, entre los períodos 1925-1954 y 1987-2016, su frecuencia media mundial aumentó un 34 %, su duración un 17 % y el número anual de días sometidos a estos episodios creció un 54 %. Buena parte de la tendencia se explica por el incremento de la temperatura media del océano.

En tierra firme, el problema adquiere una dimensión todavía más humana. Según las series reproducidas por Hansen, la temperatura sobre los continentes está aumentando aproximadamente el doble que sobre los océanos. Durante el episodio de 2023-2024, la anomalía terrestre llegó a unos +2,4 °C respecto al promedio de 1880-1920. Los autores consideran posible que ronde los +2,7 °C en 2027, cuando el actual El Niño haya desplegado plenamente su influencia.

El peligro térmico no es igual para todas las edades. Una investigación reciente ha incorporado límites fisiológicos de tolerancia al calor específicos para adultos jóvenes, personas de mediana edad y mayores de 60 años, en lugar de aplicar el mismo umbral a toda la población. 

El “problema mayor”: un planeta que acumula cada vez más energía

El Niño extraordinario sería el acontecimiento inmediato; el desequilibrio energético de la Tierra sería el problema de fondo. Nuestro planeta recibe radiación solar y devuelve energía al espacio en forma de radiación térmica. Cuando entra persistentemente más energía de la que sale, el sistema climático continúa calentándose.

Según la interpretación de los autores, el desequilibrio energético terrestre aproximadamente se ha duplicado y no muestra todavía una disminución sostenida. Pero conviene distinguir aquí evidencia y debate científico. La existencia del calentamiento antropogénico está sólidamente establecida; la magnitud exacta de su aceleración reciente y algunos mecanismos que propone el grupo de Hansen continúan siendo objeto de investigación y discusión. 

El propio equipo sostiene, por ejemplo, que la sensibilidad climática sería mayor que la estimación central utilizada por el IPCC y que ciertos cambios en aerosoles han reforzado el calentamiento reciente. Son hipótesis cuantitativas importantes, pero no todas poseen todavía el mismo grado de consenso.

Lo que sí convierte al episodio de 2026 en algo excepcional es la coincidencia de señales: un El Niño que ya supera registros anteriores, océanos sometidos a olas de calor crecientes, continentes calentándose con mayor rapidez y una humanidad envejecida especialmente vulnerable a los extremos térmicos. No se trata solamente de contemplar una nueva marca en un gráfico climático. Se trata de averiguar qué ocurre cuando la variabilidad natural pulsa el acelerador de una Tierra que ya circula mucho más caliente.

© Columbia Climate School

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