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Received — 9 September 2026 ⏭ National Geographic España

La Luna podría esconder la primera prueba de vida inteligente extraterrestre

9 September 2026 at 07:00

La respuesta a si estamos solos en el universo podría estar a la vuelta de la esquina. La búsqueda de inteligencia extraterrestre (SETI, por sus siglas en inglés) se ha basado tradicionalmente en escuchar el cosmos. Hemos apuntado gigantescas antenas parabólicas hacia el abismo, esperando captar una señal de radio o un destello láser que nos confirme que no estamos solos.

Sin embargo, la famosa Ecuación de Drake y la Paradoja de Fermi hacen hincapié en que las civilizaciones nacen y mueren, y nuestra ventana para coincidir con ellas es irrisoria. Pero este reciente trabajo mira en otra dirección. La clave podría llevar millones de años acumulándose en nuestro propio patio trasero. En la Luna.

La investigación, liderada por Lewis J. Pinault y un equipo de investigadores del Instituto SETI sin fines de lucro y el Birkbeck College, expone que nuestro satélite natural, la Luna, podría ser una especie de "placa de recolección" cósmica, salpicada de artefactos extraterrestres microscópicos.

En el desván del sistema solar

Esta circunstancia puede darse porque, a diferencia de la Tierra, nuestro satélite carece de atmósfera, de clima y de tectónica de placas. No hay lluvia que erosione la roca, ni viento que barra el polvo, ni magma que recicle la corteza. Durante unos 4.000 millones de años, la Luna ha ido acumulando pasivamente todo lo que el viento estelar y la dinámica galáctica han arrojado sobre ella. Por eso las míticas pisadas de los astronautas que han pisado la Luna no se han borrado. No hay nada que pueda erosionar o borrar esas marcas en la superficie.

De esta manera, la superficie lunar ha estado recogiendo micrometeoritos, polvo cósmico y, según esta nueva hipótesis, posibles tecnomarcadores (firmas tecnológicas) de civilizaciones alienígenas extintas.

Partículas Arkhipov y Bracewell: la "basura" alienígena

Pero, ¿qué estamos buscando exactamente? Buscamos algo sutil y abundante: polvo cósmico.

El astrofísico Brian C. Lacki de Oxford y los investigadores del SETI sugieren que las civilizaciones avanzadas podrían haber construido megaestructuras, como enjambres de esferas Dyson para capturar la energía de sus estrellas y, con el paso del tiempo, el desgaste y sin mantenimiento, estas estructuras tecnológicas teorizadas colisionarían entre sí (un efecto similar al síndrome de Kessler en nuestra órbita), moliéndose una y otra vez hasta convertirse en polvo a escala micrométrica. Estas partículas, impulsadas por los vientos estelares a través de miles de años luz, habrían viajado por la galaxia hasta aterrizar en la Luna.

Los científicos clasifican este tipo de partículas en dos tipos: las partículas Arkhipov (basadas en el trabajo del investigador ucraniano Alexey Arkhipov), que serían los equivalentes espaciales de nuestros microplásticos (desechos no intencionados desprendidos de naves o infraestructuras), y las partículas Bracewell (en honor al físico estadounidense Ronald Bracewell), sondas microscópicas diseñadas deliberadamente para la exploración.

Un metro cúbico de respuestas

El plan propuesto en el artículo (disponible en el servidor de preimpresión arXiv y enviado para su revisión al International Journal of Astrobiology) es metódico y a la par factible gracias al inminente regreso humano a la Luna con el programa Artemis de la NASA. Los científicos proponen excavar y tamizar un solo metro cúbico de regolito lunar para este propósito.

Utilizando herramientas de visión artificial, espectroscopía de alta resolución, microtomografía y análisis isotópico, los investigadores buscarían metales, aleaciones o formas geométricas que sean inconsistentes con la geología lunar natural.

Si no encontráramos absolutamente nada, también obtendríamos información de ello. Significaría que habría límites estrictos a la cantidad de "basura tecnológica" que las civilizaciones pueden esparcer por la galaxia (menos de 0,09 equivalentes de masa terrestre, según sus modelos). No sería un trabajo en vano, ya que le pondría números reales a la Paradoja de Fermi.

En el caso positivo de encontrar un solo grano alienígena confirmado, estaríamos ante una nueva etapa de la historia de la humanidad. Demostraría que la inteligencia tecnológica es común o que, al menos, existió en el pasado (aunque fuese muy lejano).

© iStock

¿Cuándo es la migración de la mariposa monarca?

8 September 2026 at 07:00

La mariposa monarca (Danaus plexippus) pesa menos que un clip de papel (apenas un gramo) y su envergadura no supera los 10 centímetros; sin embargo, este insecto protagoniza cada año uno de los fenómenos naturales más curiosos de nuestro planeta. Un auténtico viaje transcontinental de hasta 5.000 kilómetros.

A diferencia de la mayoría de los insectos de climas templados, las monarcas no pueden sobrevivir a los gélidos inviernos del norte. Por ello, su migración otoñal está dictada por el ritmo o reloj de las estaciones.

Ese largo periplo hacia el sur comienza a finales de agosto en las regiones más septentrionales de su área de distribución (que son el sur de Canadá y el norte de EE. UU.); así que, a medida que los días se acortan y las temperaturas descienden, la gran ola migratoria avanza durante los meses de septiembre y octubre.

Cuando llega finales de octubre y principios de noviembre, millones de estas mariposas logran alcanzar su destino invernal: los bosques de abetos oyamel en las montañas del centro de México (para la población del este) y la costa de California (para la población del oeste). Allí todas estas hermosas mariposas de tonos ocre hibernarán hasta que, en marzo, emprendan el viaje de regreso hacia el norte para reproducirse.

Una vida muy corta, a no ser que seas de la 'súper generación'

Las mariposas monarcas que vemos revolotear en primavera y verano tienen una esperanza de vida efímera, pues apenas viven de dos a seis semanas. Sin embargo, las que nacen a finales del verano son distintas en este sentido. Conocida por los científicos como la "súper generación" o Generación Matusalén, estas mariposas entran en un estado llamado diapausa reproductiva o implantación diferida que tiene consecuencias en su longevidad. Al no gastar energía en reproducirse de inmediato, su esperanza de vida se multiplica por ocho, logrando vivir hasta ocho o nueve meses. Son únicamente ellas las que realizan el viaje completo de ida hacia México, sobreviven al invierno y comienzan el viaje de vuelta en primavera.

¿Cómo logran orientarse sin GPS?

Los animales cuentan con una especie de GPS interno. De esta manera, las mariposas que viajan a México, a pesar de que nunca han estado allí antes, pues son las tataranietas de las que partieron el año anterior, saben exactamente dónde ir porque poseen un sofisticado sistema de navegación integrado. Utilizan una brújula solar compensada por el tiempo. Combinan la posición del Sol con un reloj biológico interno alojado en sus diminutas antenas.

Además, durante los días más nublados, sus ojos cuentan con células especiales que detectan la luz polarizada, e incluso se cree que pueden percibir el campo magnético de la Tierra como sistema de respaldo. Es un instinto heredado, un mapa genético que guía a estas mariposas con una precisión milimétrica hacia los mismos árboles que cobijaron a sus ancestros.

Un santuario en peligro: la importancia del algodoncillo

A pesar de su proeza evolutiva, la migración de la mariposa monarca pende de un hilo. En las últimas décadas, sus poblaciones han sufrido caídas drásticas. Sin ir más lejos, en 2025 pasaron de 1,2 millones a menos de 10.00 ejemplares. El cambio climático, el uso indiscriminado de pesticidas y la deforestación de sus santuarios invernales son amenazas críticas para estas pequeñas voladoras. Los registros son de los más bajos desde que se cuentan oficialmente (desde 1997).

Pero el mayor peligro en su ruta es la erradicación del algodoncillo (Asclepias). Esta planta es el único alimento que consumen sus orugas y el único lugar donde las hembras depositan sus huevos. Además, los adultos necesitan flores ricas en néctar para repostar energía durante su largo viaje, ganando peso en lugar de perderlo mientras vuelan (ya que pueden llegar a recorrer hasta 120 kilómetros en un solo día durante su migración).

© iStock

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