La pareja de periquitos que desafía la extinción: 55 crías para salvar una especie
Sus nombres son Nacho y Trixie. Son una pareja de periquitos de una especie llamada maorí sontano (Cyanoramphus malherbi), endémica de Nueva Zelanda. Llevan juntos desde 2024 y hasta la fecha han criado 55 polluelos, 33 de ellos en solo una temporada. Algo inaudito en esta especie amenazada que solo cosecha unos 450 ejemplares en la vida salvaje. ¿A qué se debe esa alta tasa de reproducción? ¿Es simplemente fruto de una casualidad? ¿O es el resultado del éxito de una política de conservación?
Estos peritos autóctonos fueron declarados extintos en la vida salvaje en dos ocasiones: en 1919 y 1965, aunque los volvieron a descubrir en la profundidad de valles montañosos. Es extraordinariamente raro de ver, por eso está críticamente amenazado, y es que solo pueden progresar en lugares en los que exista suficiente alimento, una contingencia extraordinariamente difícil para una especie que se enfrenta a una importante reducción de hábitat, explica Wayne Beggs, técnico del Departamento de Conservación de Australia (DOC), a National Geographic España a través del correo electrónico.
Y es que, para reproducirse con éxito, estas aves dependen en gran medida de episodios de fructificación masiva. En épocas de abundancia, se alimentan de las semillas que encuentran en las copas de las hayas, pero el resto del tiempo lo permanecen casi por completo cerca del suelo.
"En los bosques de hayas en los que viven, las semillas parecen ser una fuente de alimento principal durante la temporada de cría, ya sea cuando permanecen en los árboles o cuando se encuentran en el suelo del bosque antes de germinar. Sin embargo, en épocas sin producción abundante, a menudo dejan de aparearse después de la primera anidada”, apunta.
Esta contingencia deja poco margen para prosperar en el mundo salvaje, pero no así en los centros de cría en cautividad, como Isaac Conservation and Wildlife Trust. “A las aves del programa se les ofrece una amplia variedad de alimentos, incluyendo semillas, frutos secos y fruta”, afirma Beggs, quien explica que en el centro de cría se les alimenta con suficiente proteína en su dieta para garantizar su reproducción.
Solo hay un inconveniente: el exceso de proteína puede dar lugar a una mayor producción de polluelos machos. Por eso se les administran cantidades limitadas de semillas de haya a lo largo de la temporada de cría.
El caso de Trixie y Nacho no pudo ser más fructífero. A pesar de que la temporada de cría ya había terminado, ella seguía poniendo huevos y criando polluelos. Lo ideal sería que descansase después de una anidada, pero no había tiempo para el reposo, a tenor del número de crías de la última pueta: 7 polluelos.
Por supuesto, no es el único protagonista de esta historia. Nacho también es infatigable, aunque su labor se centra en la búsqueda de alimento. ¿Qué factor explicaría esta devoción por perpetuar la especie? Según Beggs, la razón más probable es genética, aunque hasta la fecha no se ha llevado a cabo ningún estudio que corrobore esta hipótesis.
El peligro oculto de la endogamia
Sea como fuere, el éxito de esta pareja de periquitos es indisoluble de las políticas de conservación de la especie. Desde Isaac Conservation and Wildlife Trust apuntan que la clave está en las técnicas de autoselección llevadas a cabo por los conservacionistas. “Normalmente, las aves se colocan en un aviario en bandadas de entre 6 y 8 ejemplares, y los cuidadores observan cuáles muestran signos de emparejamiento.
Algunas aves pueden ser increíblemente exigentes a la hora de elegir pareja, aunque una vez lo hacen, muchas de ellas permanecen juntas de por vida”, afirma el experto, quien señala que el punto más delicado de criar estas aves en cautividad es la supervivencia de los polluelos. “La manipulación prolongada de las aves puede acabar siendo letal, mientras que la supervivencia de los juveniles en cautividad disminuye aproximadamente tres meses después de que hayan abandonado el nido".
En el caso de Trixie y Nacho, superaron el test sin problema, pues sus polluelos resultaron ser de promedio mucho más grandes que de costumbre. “Un tamaño mayor suele traducirse en una mayor envergadura durante la etapa juvenil y adulta. Además, aumenta la probabilidad de supervivencia tras la liberación, así como las tasas de supervivencia de la especie”, afirma Beggs.
Una apuesta de futuro
Buenas noticias para estos periquitos amenazados, que, sin embargo, se enfrentan a otra amenaza invisible: la endogamia. La gestión de la diversidad genética de la especie es una parte fundamental del programa de recuperación. “Contamos con un genetista experto que ofrece asesoramiento experto sobre la gestión de la diversidad genética de la especie”, explica el conservacionista, quien alude a que se mantienen registros individuales de todas las aves en cautividad en los que se detallan su linaje y su parentesco y se realizan pruebas genómicas a todos los polluelos. No solo eso. También recogen huevos periódicamente de las poblaciones silvestres para reintroducir diversidad genética, y se llevan a cabo translocaciones de juveniles criados en cautividad a poblaciones aisladas para reducir el riesgo de depresión endogámica y mantener así la diversidad genética.
Un esfuerzo titánico para recuperar a estas aves y devolverles a ser como mínimo una parte de lo que un día fueron en estado salvaje. “El objetivo final es que las poblaciones silvestres prosperen sin necesidad de cría en cautividad”, concluye Beggs, quien indica que para ello es necesario garantizar el crecimiento sostenido de las poblaciones salvajes. Trixie y Nacho ya están en ello, aunque es poco probable que puedan hacerlo solos.

© Foto: Wayne Beggs/ Isaac Conservation and Wildlife Trust