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Received — 25 July 2026 ⏭ National Geographic España

Una nueva investigación confirma el infierno que se desató en la extinción del triásico

Ninguna ruptura es sencilla. Sin embargo, la del supercontinente Pangea, que aglomeraba a todos los continentes actuales en una única masa de tierra, fue mucho más brutal de lo que cualquier relación humana pueda aspirar. Cuando se separaron los continentes, las enormes fisuras que se generaron en el terreno provocaron el surgimiento de gigantescos volcanes, especialmente en la que se ha denominado la Provincia Magmática del Atlántico Central. Este área cubría zonas de la actual Norteamérica, Sudamérica, África y Europa, y se cree que en pocos cientos de miles de años transformó la Tierra en un infierno.

Se estima que las erupciones comenzaron hace 201.566 millones de años y fueron sucediéndose en pulsos de varios miles de años durante un total de 600.000. Pero fue al final del evento, en los últimos 20.000 años, en los que el vulcanismo acabó liberando tanto CO₂ a la atmósfera que pudo provocar un aumento de las temperaturas de entre 5 y 10ºC. El CO₂, además de calentar la superficie, también se disolvió en las aguas oceánicas, lo que las acidificó y desplazó al oxígeno, dando lugar a una situación de anoxia que provocó el colapso de los ecosistemas marinos.

El tierra firme las cosas no iban mucho mejor. Debido a la cantidad de CO₂ emitida por los volcanes y al consecuente aumento de las temperaturas, los otrora paisajes llenos de bosques fueron muriendo, y los suelos fueron erosionándose hasta convertirse, en su mayor parte, en grandes eriales. Ahora bien, una zona desprovista de gran vegetación es una oportunidad para otras clases de plantas, y así fue como los helechos fueron colonizando enormes extensiones de terreno.

En palabras del Dr. Bas van de Schootbrugge, de la Universidad de Utrecht: “Los helechos son plantas verdaderamente extraordinarias que han resistido numerosas crisis a lo largo de la historia de la Tierra, y algunas especies son capaces de adaptarse a los entornos más extremos. Se les puede considerar especies especialistas en desastres”. Pero tanto helecho también puede causar un problema. Y sólo se necesita una pequeña llama.

El infierno en la Tierra

“Cuando los helechos se secan, forman una especie de alfombra densa de vegetación seca que es el combustible ideal para desencadenar incendios forestales masivos”, explica Van de Schootbrugge. Y en un periodo que duró entre 40.000 y 300.000 años, había sabanas que podían ocupar miles de kilómetros cuadrados repletas de estas plantas. Por tanto, todo ardía periódicamente en incendios de una magnitud inimaginable. Aunque para “ver” estos incendios pasados han tenido que darle una vuelta al registro sedimentario.

En un estudio publicado en Nature Geoscience, el equipo de Van de Schootbrugge analizó detenidamente cuatro testigos de sondeo (cilindros que se extraen del terreno), incluido uno de 640 metros de longitud. Según iban profundizando más y más en la tierra, fueron detectando lugares en los que había mayor concentración de carbón y otras moléculas relacionadas con paleoincendios, como los hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAHs), procedentes de ceniza y humo.

Estos registros, junto a los fósiles de polen y esporas, permitían reconstruir la historia hasta cierto punto, pero había un problema para la datación de ciertos incendios: el carbón es muy frágil. Cuando se rompe, sus trozos más pequeños pueden mezclarse con otras capas y, por tanto, dar lugar a interpretaciones erróneas. Además, los PAHs no tienen por qué caer cerca de donde se produce el incendio, lo que añade todavía más incertidumbre.

Los tonos oscuros del núcleo

Así pues, el equipo de Van de Schootbrugge decidió centrarse en un aspecto que normalmente pasa desapercibido en este tipo de muestras: el color de los microfósiles. Cuando la materia orgánica queda enterrada, debió a la presión y a la temperatura va cambiando de color. Cuanto más tiempo pasa y más profundo se encuentra, mayor es la temperatura y, por tanto, el color se vuelve más oscuro. Pero cuando hablábamos de que los investigadores le habían dado la vuelta al registro, en realidad nos referíamos a los colores, ya que no coincidían con lo esperado.

Las muestras más antiguas son más claras que las que coinciden con el intervalo de la extinción, donde también hay más carbón y PAHs. Y después del evento, los microfósiles vuelven a ser de un amarillo claro. “Este fenómeno nos dejó bastante perplejos”, explica Van de Schootbrugge, “ya que se produce en los cuatro núcleos exactamente al mismo tiempo, por lo que no podía estar relacionado con el enterramiento de los sedimentos, dado que las cuatro cuencas tuvieron historias geológicas muy diferentes”. La única explicación era que los incendios afectasen que abarcaba prácticamente toda tierra firme. Un infierno a nivel continental

Según concluye el profesor: “La lección que podemos extraer de todo esto es que la combinación del cambio climático, la deforestación y la propagación de especies oportunistas puede reunir todos los ingredientes para una tormenta perfecta”. Una tormenta que acabó con los ecosistemas del pasado y que puede ser un reflejo de lo que ocurra en el futuro.

© Mark Garlick

El cáncer se transmite entre estos peces y los científicos no saben la causa

El futuro se torna oscuro para los animales del lago Massawippi, en Canadá. Literalmente. Desde hace algo más de una década, los pescadores reportan unas misteriosas manchas negras han comenzado a teñir la piel de los peces gato de la zona (Ameiurus nebulosus). En 2012, sólo las tenían unos pocos peces, y era una curiosidad más que un motivo de preocupación, pero en 2014, al menos 1 de cada 3, peces gato capturados tenían estas manchas oscuras en su piel, lo que ya comenzó a levantar sospechas y a atraer a los científicos para comprender qué estaba pasando.

La presencia de peces gato está considerado un indicador de calidad del agua, por lo que se empezó a barajar que podría haber algún tipo de contaminación afectando al lugar o que se tratase de un patógeno específico de la especie. “Al principio, pensábamos que esta enfermedad podría ser un virus”, explica Julie Dragon, investigadora de la Universidad de Vermont y colíder del estudio que ha tratado de resolver el misterio. “Pero esa hipótesis no se sostenía” Apunta. Los peces estaban enfermos, pero no sabían de qué.

Tras años de investigación, se dieron cuenta que las lesiones oscuras que tenían los peces eran un melanoma, un tipo de cáncer de piel. En humanos, los melanomas pueden aparecer por la exposición repetida a los rayos ultravioleta procedentes de la luz solar. Estos rayos, al incidir sobre el ADN, pueden provocar mutaciones que, si ocurren en ciertos lugares, pueden llegar a transformar una célula corriente en una cancerosa. De ahí la importancia de protegerse del Sol.

Pero hay un problema cuando se trata de extrapolar esta explicación. Massawippi, en el idioma Abenaki, significa “el gran lago profundo”, y en peces que viven en las aguas turbias del fondo (a alrededor de 40 metros bajo la superficie) los rayos de sol no penetran con tanta intensidad.

El cáncer que se expande

Por tanto, si el melanoma no estaba provocado por la luz solar, había que encontrar una explicación. Así que decidieron investigar a fondo la genética de estas células cancerosas, así como algunas células de los propios peces para compararlas. Lo que esperaban, según indican los propios autores, era hallar alguna especie de mutación hereditaria que volviese a los peces más susceptibles a desarrollar un melanoma. Algo similar a los humanos que heredan mutaciones en BRAC1 o BRAC2, que tienen más probabilidad de padecer cáncer de mama. Pero lo que hallaron era mucho más extraño.

Las células de las muestras de melanoma de varios peces se parecían mucho entre ellas, pero no compartían la misma genética con el pez en el que estaban. Es decir, el cáncer se estaba comportando como un parásito, un ente que había aparecido en algún momento y que se expandía por la población. Todas las células cancerosas que provocaban los melanomas procedían del mismo lugar, y ese lugar no era el pez al que afectaban. Algo completamente inusual.

La cuarta vez que se ve en todo el mundo

Hasta ahora sólo se conocían tres casos similares: Un tipo de tumor facial entre los demonios de Tasmania, un tumor que se transmite por contacto sexual entre perros y una enfermedad similar a la leucemia en almejas, mejillones y otros moluscos bivalvos. Por tanto, debido a la rareza del caso, ha sido muy complicado descartar el resto de las hipótesis.

Según creen, la contaminación de las aguas ha jugado un papel fundamental en la diseminación del cáncer. Los altos niveles de arsénico en las aguas (de origen natural en este lago) y hallados también en las células mutadas apuntan a que esta podría ser la causa. Además, otros contaminantes modernos pueden haber alterado el sistema inmunológico de los peces y haber favorecido que las células cancerosas se adhieran y colonicen su piel, expandiendo la enfermedad. Por otro lado, en las épocas de reproducción, estos peces suelen formar grandes grupos en los que se juntan unos con otros y el roce, en este caso, puede haber transmitido algo más que el cariño.

Lo que esperan tratar de comprender ahora es el impacto que va a tener el cáncer en el ecosistema. En el caso de los tumores de los demonios de Tasmania, su enfermedad ha llegado a acabar con el 90 % de algunas poblaciones. Pero con los perros la historia es muy distinta, puesto que el perro donde se originó el cáncer venéreo vivió, probablemente, hace miles de años, y desde entonces cohabita con ellos sin causarles demasiado problema.

De momento no se ha visto que los animales afectados sufran demasiado por el melanoma, y los investigadores aseguran que las 175.000 personas que dependen del lago para obtener agua potable están completamente a salvo. Incluso los pescadores que atrapen uno de estos peces con cáncer pueden manejarlos sin ningún tipo de miedo, ya que estas células no pueden colonizar otra especie. Sin embargo, “yo no me comería los que tienen tumores”, afirma Mark Henderson colíder del estudio.

Una oportunidad para observar la evolución del cáncer

Lo más interesante del estudio es que, ya en 1852, el escritor, poeta y filósofo estadounidense Henry David Thoreau detalló la observación de varios peces enfermos que coinciden con los síntomas actuales. Sus anotaciones, realizadas en el rio Concord y en algunos de sus afluentes, indican que los peces gato estaban visiblemente afectados: “Tumbado en el fondo, cerca de la orilla, evidentemente enfermo. Deja que la barca se acerque a menos de dos pies de él. Casi la mitad de la cabeza, desde el hocico hacia atrás en diagonal, está cubierta por una especie de lepra de color negro azabache, parecida a un liquen crustáceo”.

Por tanto, los investigadores están tratando de detectar si hay otros sistemas fluviales en los que los peces también tengan estas manchas negras, ya que es una oportunidad única para entender tanto la dinámica de las poblaciones de peces, como la expansión de un cáncer transmisible. En palabras de la propia Julie Dragon: “Al estudiar cómo sobreviven los cánceres y cómo se propagan fuera de su huésped original, podemos aprender mucho sobre qué es lo que mantiene a raya a los cánceres y qué ocurre cuando esas barreras se rompen”.

© Vermont Fish & Wildlife

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