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Received — 18 July 2026 ⏭ National Geographic España

¿Se alimentaban las ardillas prehistóricas de carne de mamut?

18 July 2026 at 15:00

Es probable que para la mayoría de los lectores, la región ártica de Beringia les refiera un puente que durante las glaciaciones conectaba dos continentes, lo que permitió el paso de humanos y animales de un lado a otro. Sin embargo, este no siempre fue un simple lugar de paso.

Durante cientos de miles de años fue el hogar de innumerables criaturas que la poblaban durante los períodos glaciales, y albergó un nicho ecológico propio que permaneció intacto durante eones, un registro que conserva en su capa de permafrost. Un equipo de científicos equipado con las tecnologías actuales ha analizado restos de heces congelados por el tiempo, y se han llevado una intrigante sorpresa: los nidos de ardillas prehistóricas demuestran presencia de grandes herbívoros, entre ellos mamuts y bisontes de las estepas, e incluso carnívoros, desde antiguos lobos hasta pumas prehistóricos. ¿Qué significa este hallazgo?

Durante la última glaciación, ocurrida hace unos 110.0000 años, el descenso del nivel del mar dejó al descubierto una enorme extensión de terreno donde hoy se encuentra el estrecho de Bering. Sin embargo, mientras gran parte del hemisferio Norte quedaba sepultada bajo capas de hielo de kilómetros de espesor, la región de Bering permaneció libre de glaciares, lo que la convirtió en un refugio para numerosas especies de animales de aquella época. 

Aquel lugar no era tan inhóspito como hoy, sino que en él se tapizaba una frondosa estepa dominada por pastos que sostenía una variada y rica fauna de herbívoros, como el mamut lanudo o el bisonte estepario, que convivían con otros carnívoros, además de otros mamíferos de menor tamaño, como las ardillas prehistóricas, parientes lejanos de las especies actuales.

Un nicho ecológico con una identidad propia

Lo interesante es que Beringia no solo sirvió de puente para especies que ya existían en otros lugares. Sino que también fue un espacio donde poblaciones enteras de fauna se aislaron hasta formar un nicho ecológico particular, cuya singularidad demuestra su diferenciación ecológica, que dio pie a linajes propios que no pueden encontrarse en ningún lugar.

Un ejemplo revelador de esta singularidad lo encontramos en un lugar inesperado, según una investigación recién publicada en Nature. Los ecólogos extrajeron y analizaron el ADN ambiental conservado en coprolitos (heces fosilizadas) congeladas en el permafrost de la región de Yukón, en Canadá, con muestras de hasta 700.000 años de antigüedad. Descubrieron un linaje genético de ardillas del que nunca se había tenido constancia hasta la actualidad. Y eso no es todo, esos propios restos desvelaban por primera vez ADN de especies de herbívoros, como el mamut estepario, del que nunca se habían obtenido evidencias en esa región.

 

¿eran las ardillas realmente carnívoras?

Que nadie se lleve a engaño, es probable que algún lector imaginativo haya pensado en temibles ardillas voladoras que se lanzan a yugular a grandes herbívoros y otros depredadores de aquella era antediluviana. Nada más lejos de la realidad. Las ardillas prehistóricas no eran depredadoras, aunque es posible que sí que fueran carnívoras ocasionales, a la vista de las conclusiones de esta investigación.

Según explica a National Geographic España el coautor del estudio Duane G. Froese, de la Universidad de Alberta, los investigadores se esperaban este hallazgo. Un descubrimiento revelador, aunque lógico, desde el punto de vista evolutivo, explica. “Sabemos que las ardillas terrestres árticas actuales son carroñeras oportunistas, por lo que creemos que probablemente se alimentaban de los restos de mamuts que encontraban en el paisaje”. Una mera hipótesis que, de momento, aclara, no han podido comprobar.

¿Y qué ocurre con otros carnívoros, desde parientes de los lobos y los pumas, también hallados en los coprolitos? “Lo más probable es que intentaran entrar en el hibernáculo de las ardillas”, aunque, de la misma manera, se trata de una mera hipótesis que no han podido comprobar hasta la fecha.

"Los datos que observamos aquí son de un período corto de tiempo, y de baja cobertura, pero lo que lo hace especialmente interesante es la antigüedad de las muestras —apunta el científico—. Algunas son de hace unos 31.000 años, cuando sabemos que había nuevos clados de bisontes y mamuts que entraban a América del Norte por el puente de Bering. No sería descartable ver algún carnívoro que se dispersara junto con estos megahervívoros. 

Lo más importante del descubrimiento, asegura el experto, es que demuestra que el permafrost no solo conserva huesos, sino también el registro genético de ecosistemas enteros de Beringia a lo largo de cientos de miles de años. Eso, apunta, nos permite reconstruir cómo respondió la vida en el norte a los cambios climáticos del pasado con una precisión sin precedentes.

Una demostración de que aquella fauna antediluviana pudo adaptarse a un mundo cambiante con una extraordinaria resiliencia. Ojalá nuestra especie pueda decir lo mismo en el futuro. Si no, puede que guardemos en nuestros intestinos aquello que un día fuimos. 

© Foto: Jukka Jantunen/Shutterstock

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