4 claves para entender la dimensión del terremoto de Colombia
El terremoto que sacudió el occidente de Colombia este lunes volvió a poner en primer plano una realidad que forma parte de la geografía del país: Colombia tiembla con frecuencia. El sismo tuvo su epicentro en el municipio de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, alcanzó una magnitud de 7,4 según el Servicio Geológico Colombiano (SGC) y tuvo una profundidad de 103 kilómetros. Se sintió en buena parte del territorio y provocó daños en ciudades como Cali, Pereira y Manizales.
El director general del SGC, Julio Fierro Morales, lo describió como el "sismo más fuerte que se ha sentido en la última década en el país". La profundidad del terremoto ayudó además a explicar que el movimiento se percibiera a gran distancia. La institución señaló que el epicentro se encontraba dentro de la placa oceánica que ya se ha hundido bajo el continente.
Pero para entender por qué un terremoto de estas características puede ocurrir en Colombia y, sobre todo, por qué sus consecuencias son tan diferentes según el lugar, hay que seguir una cadena de causas. Primero está la tectónica; después, la compleja geología que ha construido el territorio; luego, la capacidad de sus edificios para resistir el movimiento; y, finalmente, las condiciones económicas y sociales que determinan cuánto puede protegerse una población.
1. Las placas tectónicas: Colombia tiembla muchas veces al mes
La primera clave está literalmente bajo los pies. La superficie terrestre está dividida en grandes bloques, las placas tectónicas, que se desplazan constantemente. Cuando chocan, se deslizan o una se introduce debajo de otra, pueden liberar la energía acumulada en forma de sismos.
En Colombia interactúan principalmente las placas de Nazca, Sudamericana y Caribe, una configuración que convierte al país en un territorio de elevada actividad geológica. El resultado es que los terremotos forman parte de la actividad cotidiana del territorio. Según el SGC, en Colombia se registran en promedio unos 2.500 sismos al mes, aproximadamente 80 al día. La inmensa mayoría son de baja magnitud y no son percibidos por la población: quedan registrados por la Red Sismológica Nacional de Colombia.
El terremoto del 10 de agosto, por tanto, no representa una anomalía en el sentido de que Colombia haya empezado repentinamente a ser un país sísmico. Lo excepcional es la magnitud y la capacidad de un evento concreto para transformar esa actividad geológica habitual en una emergencia humana. Y esa posibilidad está relacionada con la historia y la estructura geológica del país.
2. Un país con mucha actividad geológica
Colombia es un territorio construido por movimientos geológicos prolongados. La subducción de la placa de Nazca bajo la Sudamericana está relacionada con la formación de las cordilleras y con el vulcanismo de los Andes; el propio SGC sitúa gran parte de la actividad sísmica colombiana en el contexto del Cinturón de Fuego del Pacífico.
La historia reciente muestra qué significa vivir sobre este escenario. En la región afectada por el terremoto de agosto existen antecedentes importantes: un sismo de magnitud 7,2 afectó al Eje Cafetero en 1979; otro de 6,4 provocó daños considerables en San José del Palmar, Pereira y Dosquebradas en 1995; y el terremoto del Eje Cafetero de 1999, de magnitud 6,2 y con epicentro en Córdoba, Quindío, devastó buena parte de Armenia y dejó más de 1.000 muertos.
La actividad geológica tampoco se limita a los terremotos: se trata de un paisaje en el que la construcción de montañas, la actividad volcánica y los sismos forman parte de una misma historia geológica.
3. No se podía predecir, pero sí anticipar
Si Colombia sabe que los terremotos van a seguir ocurriendo, la estrategia pasa por prepararse para cuando lleguen. La idea de las normas sismorresistentes es sencilla: no evitar que un edificio se mueva, sino conseguir que pueda hacerlo sin colapsar y poner en riesgo la vida de quienes están dentro. Colombia empezó a desarrollar una normativa específica después de comprobar, terremoto tras terremoto, qué podía fallar en sus edificios.
El punto de inflexión llegó con el terremoto de Popayán de 1983, que dejó unos 200 muertos en una ciudad de unos 200.000 habitantes y llevó a la primera legislación nacional sobre construcción sismorresistente. En 1984 entró en vigor el primer código colombiano y, desde entonces, la normativa se ha actualizado: primero con la NSR-98, en 1998, y después con la NSR-10, vigente desde 2010. La norma empezó así a incorporarse a la manera en que se diseñan y construyen los edificios del país.
"La norma es de defensa de la vida"
Su objetivo no es garantizar que una construcción salga de un terremoto sin daños: y es que, ante un movimiento fuerte, puede haber desperfectos. Lo fundamental es que la estructura conserve la capacidad de proteger a las personas. Como explica el ingeniero Luis Enrique García, autor del estudio sobre la evolución de la normativa, "la norma es de defensa de la vida".
Y aquí aparece una cuestión importante: no todo lo que existe en Colombia fue construido bajo las mismas reglas. Hay edificios anteriores a la normativa que pueden presentar una vulnerabilidad diferente y que requieren evaluación, reparación o refuerzo. Por eso, anticiparse a los terremotos implica tanto construir mejor como intervenir sobre lo que ya está construido.
4. El terremoto ocurre en el suelo, pero el daño también depende de la economía
El epicentro del terremoto del 10 de agosto estuvo en San José del Palmar, en el departamento del Chocó. El movimiento se sintió a cientos de kilómetros y provocó daños en ciudades como Cali, Pereira y Manizales. En el propio Chocó, las autoridades confirmaron afectaciones importantes, con heridos y daños graves en edificaciones de Quibdó. Todavía es pronto para conocer el alcance completo de lo ocurrido en el departamento, pero el lugar donde se encuentra el epicentro importa.
El Chocó es uno de los territorios con mayores dificultades socioeconómicas de Colombia.Un estudio de la Universidad del Valle (Cali), publicado en Prospectiva, analiza precisamente las desigualdades sociales, ambientales y territoriales del departamento y describe unas condiciones materiales marcadas por la pobreza, la desigualdad y el abandono estructural. Los datos permiten hacerse una idea de esa situación: en 2018, la pobreza monetaria alcanzaba el 61,1 % de la población, frente al 27 % del promedio nacional.
Los chocoanos enfrentan dificultades para acceder a servicios básicos como agua potable y saneamiento y unas condiciones de bienestar que sitúan al departamento entre los territorios más desfavorecidos del país. Esto importa porque la magnitud de un terremoto es un dato físico, pero la dimensión del desastre depende también de la vulnerabilidad: una misma sacudida puede tener consecuencias muy distintas dependiendo de cómo sean las viviendas, de la calidad de las infraestructuras, del acceso a servicios básicos y de la capacidad de respuesta y recuperación de las instituciones y de la población.
En el Chocó, por tanto, la pregunta no es únicamente cuánto ha temblado el suelo. También habrá que saber qué condiciones había sobre ese suelo cuando empezó a moverse. La geología determina dónde y con qué fuerza puede producirse un terremoto; la prevención determina cuánto puede resistir una construcción; y las condiciones sociales y económicas ayudan a explicar quién queda más expuesto cuando todo lo anterior falla.

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