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Received — 2 August 2026 ⏭ National Geographic España

La pareja de periquitos que desafía la extinción: 55 crías para salvar una especie

1 August 2026 at 15:00

Sus nombres son Nacho y Trixie. Son una pareja de periquitos de una especie llamada maorí sontano (Cyanoramphus malherbi), endémica de Nueva Zelanda. Llevan juntos desde 2024 y hasta la fecha han criado 55 polluelos, 33 de ellos en solo una temporada. Algo inaudito en esta especie amenazada que solo cosecha unos 450 ejemplares en la vida salvaje. ¿A qué se debe esa alta tasa de reproducción? ¿Es simplemente fruto de una casualidad? ¿O es el resultado del éxito de una política de conservación? 

Estos peritos autóctonos fueron declarados extintos en la vida salvaje en dos ocasiones: en 1919 y 1965, aunque los volvieron a descubrir en la profundidad de valles montañosos. Es extraordinariamente raro de ver, por eso está críticamente amenazado, y es que solo pueden progresar en lugares en los que exista suficiente alimento, una contingencia extraordinariamente difícil para una especie que se enfrenta a una importante reducción de hábitat, explica Wayne Beggs, técnico del Departamento de Conservación de Australia (DOC), a National Geographic España a través del correo electrónico.

Y es que, para reproducirse con éxito, estas aves dependen en gran medida de episodios de fructificación masiva. En épocas de abundancia, se alimentan de las semillas que encuentran en las copas de las hayas, pero el resto del tiempo lo permanecen casi por completo cerca del suelo. 

"En los bosques de hayas en los que viven, las semillas parecen ser una fuente de alimento principal durante la temporada de cría, ya sea cuando permanecen en los árboles o cuando se encuentran en el suelo del bosque antes de germinar. Sin embargo, en épocas sin producción abundante, a menudo dejan de aparearse después de la primera anidada”, apunta.

Esta contingencia deja poco margen para prosperar en el mundo salvaje, pero no así en los centros de cría en cautividad, como Isaac Conservation and Wildlife Trust. “A las aves del programa  se les ofrece una amplia variedad de alimentos, incluyendo semillas, frutos secos y fruta”, afirma Beggs, quien explica que en el centro de cría se les alimenta con suficiente proteína en su dieta para garantizar su reproducción.

Solo hay un inconveniente: el exceso de proteína puede dar lugar a una mayor producción de polluelos machos. Por eso se les administran cantidades limitadas de semillas de haya a lo largo de la temporada de cría.

El caso de Trixie y Nacho no pudo ser más fructífero. A pesar de que la temporada de cría ya había terminado, ella seguía poniendo huevos y criando polluelos.  Lo ideal sería que descansase después de una anidada, pero no había tiempo para el reposo, a tenor del número de crías de la última pueta: 7 polluelos.

Por supuesto, no es el único protagonista de esta historia. Nacho también es infatigable, aunque su labor se centra en la búsqueda de alimento. ¿Qué factor explicaría esta devoción por perpetuar la especie? Según Beggs, la razón más probable es genética, aunque hasta la fecha no se ha llevado a cabo ningún estudio que corrobore esta hipótesis. 

 

El peligro oculto de la endogamia

Sea como fuere, el éxito de esta pareja de periquitos es indisoluble de las políticas de conservación de la especie. Desde Isaac Conservation and Wildlife Trust apuntan que  la clave está en las técnicas de autoselección llevadas a cabo por los conservacionistas. “Normalmente, las aves se colocan en un aviario en bandadas de entre 6 y 8 ejemplares, y los cuidadores observan cuáles muestran signos de emparejamiento.

Algunas aves pueden ser increíblemente exigentes a la hora de elegir pareja, aunque  una vez lo hacen, muchas de ellas permanecen juntas de por vida”, afirma el experto, quien señala que el punto más delicado de criar estas aves en cautividad es la supervivencia de los polluelos. “La manipulación prolongada de las aves puede acabar siendo letal, mientras que la supervivencia de los juveniles en cautividad disminuye aproximadamente tres meses después de que hayan abandonado el nido". 

En el caso de Trixie y Nacho, superaron el test sin problema, pues sus polluelos resultaron ser de promedio mucho más grandes que de costumbre. “Un tamaño mayor suele traducirse en una mayor envergadura durante la etapa juvenil y adulta. Además, aumenta la probabilidad de supervivencia tras la liberación, así como las tasas de supervivencia de la especie”, afirma Beggs. 

Una apuesta de futuro

Buenas noticias para estos periquitos amenazados, que, sin embargo, se enfrentan a otra amenaza invisible: la endogamia. La gestión de la diversidad genética de la especie es una parte fundamental del programa de recuperación. “Contamos con un genetista experto que ofrece asesoramiento experto sobre la gestión de la diversidad genética de la especie”, explica el conservacionista, quien alude a que se mantienen registros individuales de todas las aves en cautividad en los que se detallan su linaje y su parentesco y se realizan pruebas genómicas a todos los polluelos. No solo eso. También recogen huevos periódicamente de las poblaciones silvestres para reintroducir diversidad genética, y se llevan a cabo translocaciones de juveniles criados en cautividad a poblaciones aisladas para reducir el riesgo de depresión endogámica y mantener así la diversidad genética. 

Un esfuerzo titánico para recuperar a estas aves y devolverles a ser como mínimo una parte de lo que un día fueron en estado salvaje. “El objetivo final es que las poblaciones silvestres prosperen sin necesidad de cría en cautividad”, concluye Beggs, quien indica que para ello es necesario garantizar el crecimiento sostenido de las poblaciones salvajes. Trixie y Nacho ya están en ello, aunque es poco probable que puedan hacerlo solos.

© Foto: Wayne Beggs/ Isaac Conservation and Wildlife Trust

El fantasma del 94: el recuerdo del peor año de nuestra historia reciente

1 August 2026 at 07:00

No recuerdo que fuese un verano especial. Tampoco parecía que hiciese un calor insoportable. Sí que hacía viento. Mucho viento. Un viento cálido que disipaba algo el bochorno insufrible del litoral barcelonés. Sin embargo, aquel aire tórrido acababa impregnando los pulmones hasta provocar una indescriptible sensación de ahogo que me acompañó hasta bien entrado septiembre.

De repente, el aire empezó a hacerse más denso, casi irrespirable. Me asomé al balcón y atisbé a lo lejos lo que parecía una demoníaca lengua de fuego que descendía desde lo alto de una ladera. Eran alrededor de las 5 de la tarde del 11 de agosto de 1994. Lo peor estaba por llegar.

Han pasado más de 30 años desde aquel fatídico verano, el que cosechó los peores registros de incendios forestales registrados hasta la fecha, en el que se produjeron ocho de los 21 fuegos más devastadores contabilizados desde 1968.

El balance habla por sí solo: más de 400.000 hectáreas quemadas y hasta 33 víctimas mortales, una de ellas en aquel incendio de Barcelona. Una vez extinguidas las llamas, recuerdo que aquel verano empezamos a usar un neologismo al que hoy nos hemos habituado, por desgracia: superincendios.

El fuego que tanto me aterró aquel nefasto verano de 1994 no fue tan demoledor, pero lo recuerdo con mucha nitidez, pues fue la primera vez que sentí tan de cerca el terror de un bosque en llamas. Aquel era solo uno de los varios focos que atenazaban la Ciudad Condal desde varios flancos. Uno en el norte, desde Badalona hacia los pueblos de Tiana y Alella. Otro en el sur, en la zona residencial de La Floresta, en Sant Cugat. Dos lenguas de fuego que ahogaban la capital catalana en aquel verano postolímpico.

Recuerdo como si fuera ayer aquella imagen del monte ardiendo, el humo negro que avanzaba implacable, cual quimera irreductible que engullía todo a su paso. Las cenizas que llovían del cielo. Las llamas que avanzaban hacia las zonas residenciales, hacia nuestros barrios.

Y de repente, aquel horror despertó una llamarada de solidaridad más viva que la del incendio, aunque, por desgracia, mucho menos eficaz. Hileras de vecinos que trataban de organizarse para enfrentarse a las llamas con lo único que tenían: cubos de agua.

Volviendo al presente, esta semana hemos visto cómo los incendios vuelven a arrasar la geografía española. Ya lo hizo el año pasado, cuando se cosecharon de nuevo datos desgarradores. Ardieron un total de 393.079 hectáreas, lo que hizo de 2025 el año más fatídico desde aquel nefasto 1994. Sin embargo, hay un dato alarmante: este año ya se han quemado unas 170.000 hectáreas, unas seis veces más de las que arrasó el fuego en 2025 por estas fechas. Datos, no elucubraciones, que no presagian nada bueno para este verano.

La historia la conocemos de sobra. Sabemos que la península Ibérica es un polvorín para el fuego. Pero además, este año hemos comprado más boletos de esta nefasta lotería.

Por un lado, la situación de sequía prolongada durante el mes de julio, según datos del Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico (Miteco).

Por otro, la enorme masa forestal que se extiende por la geografía española y que actúa como combustible perfecto. Según datos de Inventario Forestal Nacional, ha crecido un 33% desde 1990.

Por si fuera poco, este año hay un invitado inesperado: las tempranas olas de calor, que, tal y como explica a la Agencia SINC Cristina Santín, investigadora del IMIB-CSIC y experta en incendios forestales, están llegando antes que el año pasado. Todo esto es una combinación perfecta para que todo arda.

Este año ya se han quemado unas 180.000 hectáreas, unas seis veces más de las que arrasó el fuego en 2025 por estas fechas.

Ha pasado mucho tiempo desde aquellos fatídicos incendios, y, sin embargo, el miedo que sentí entonces no ha envejecido: solo ha cambiado de escenario. Aviones de nuevo cuño, ayudas de la UME y medios llegados de toda Europa sofocan los incendios de hoy. Pero los fuegos reiterados que ahogan la geografía española nos recuerdan que, en materia de prevención de incendios, nuestros bosques queman sobre quemado.

De aquellas cenizas arden nuevas brasas, con un combustible que es hoy más abundante que antaño. El fuego llega antes, quema más terreno y más rápido, arrasando un territorio que parece abonado a su propia destrucción.

No es únicamente un tema de hectáreas quemadas, sino de vidas trastocadas: pueblos evacuados, veranos interrumpidos, un país entero que aprende a vivir con el humo como telón de fondo. Y acabamos de empezar el mes de agosto… ¡Feliz verano!

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© Foto: AP Photo/Javier Torres/Cordon Press

Received — 25 July 2026 ⏭ National Geographic España

Estos pájaros decoran sus "casas" con basura para conquistar a las hembras

25 July 2026 at 15:00

La selección sexual servía a Darwin para explicar los rasgos más vistosos de los machos de alguans especies, como puede ser el canto, los colores vivos o la cornamenta. Características que servían para indicar a las hembras que eran ellos, y no otros, los más adecuados para garantizar el éxito de la progenie. 

Es el caso de los pájaros pergoleros, su éxito no depende tanto del canto o de sus atributos, sino de su competencia en artes decorativas. A diferencia de otras aves, los machos de esta especie no ayudan a las hembras a construir el nido, ni a incubar los huevos ni a criar a los pollos. Solo les aportan sus genes. Por eso ellas son extraordinariamente exigentes a la hora de seleccionar a su pareja. 

Sin embargo, en su caso, atraer a las hembras no implica solo tener un plumaje colorido o emitir un canto espectacular. La mayoría de las especies de pergolero construyen unas estructuras que recuerdan una glorieta o un cenador, unas estructuras equipadas con una plataforma artísticamente decorada. Y si quieren tener éxito, están obligados a que sean las mejores del vecindario.

El biólogo evolutivo Jared Diamond dijo en su día que estos pájaros son “las aves más curiosamente humanas” que existen. Razón no le falta, pues son capaces de construir unas chamizas diganas del mejor decorador de exteriores: algunas de ellas con arreglos artísticos de último diseño construidos con flores, hojas, setas… o cualquier objeto que caiga en su pico: ya puede ser un ganchillo sujeta papeles, una bolsa de patatas fritas... y hasta un billete de 50 dólares. 

Todo vale para agasajar a la hembra, y cuanto más brillante, mejor. No importa que no se trate de objetos naturales, sino que sean restos de basura desechados por una especie llamada Homo sapiens que ha expandido sus entornos urbanos e alterado el espacio natural… para algunos machos de pájaro perolero, no hay mal que por bien no venga. 

Así lo han determinado unos investigadores de la Universidad de Exeter que ha estudiado las preferencias de estas aves en varias localizaciones del norte de Qeensland, en Australia, durante la temporada de reproducción de 2023.

Los pájaros pergoleros recolectaban semillas, hojas, ramas de los jardines contiguos para elaborar sus pérbolas. Los investigadores encontraron incluso billetes de 50 dólares y esposas entre los materiales de construcción. 

Descubrieron que la urbanización de esta región costera está modificando el comportamiento reproductivo de estas aves tan peculiares, especialmente en lo relativo al diseño de sus cabañas. Los machos que viven cerca de los entornos urbanos están construyendo unas glorietas más grandes, con decoraciones más vistosas y de mayor variación cromática que sus congéneres rurales, principalmente porque utilizan materiales antropogénicos, como vidrio, plástico o alambre. 

Esta fue la principal conclusión después de analizar repartidas entre un establecimiento urbano (Townsville City) y un asentamiento rural: la estación ganadera de Dreghorn, ambos en Queensland, durante la temporada de reproducción de 2023. 

Desde unas esposas hasta un billete de 50 dólares

“¡Me sorprendió mucho lo ingeniosas que pueden ser las aves a la hora de buscar elementos decorativos!”, explica a National Geographic España Caitlin Evans, coautora de este estudio, publicado en Royal Society.  Uno de los objetos más sorprendentes que encontraron fue un billete de 50 dólares, o unas esposas que algún ave había recogido del vecindario. “Una señora me contó que tiene que mantener sus plantas en el interior, ya que, de lo contrario, los pájaros le roban los frutos de los árboles. Además, tiene que vigilar sus pinzas de la ropa, pues a los pergoleros les encanta robarlas como objetos de decoración. 

cuanto más brillo, mejor 

“Creo que este comportamiento se explica por la preferencia de los machos por los objetos brillantes, llamativos y variados, características presentes en los objetos fabricados por los humanos. Piezas, además, que no se degradan tan fácilmente como los materiales naturales, por lo que es posible que los machos prefieran recolectarlos, ya que así no tienen que gastar tanta energía en sustituir los adornos cuando empiezan a deteriorarse", dice la experta. 

Los científicos descubireron que las aves que anidaban en entornos rurales utilizaban elementos obtenidos en la naturaleza, mucho menos vistosos que los que empleaban sus congéneres urbanos. 

Lo interesante de la investigación es que no indica que las ave urbanas hubiesen cambiado sus preferencias a raíz de su mudanza desde entornos rurales, sino que parece que las aves rurales también prefieren este material de construcción y decoración, que puede parecerles más moderno, más atractivo para las hembras. Sin embargo, las aves situadas cerca de núcleos urbanos tienen mayor disponibilidad de suministros. Como si hubiera más ‘centros comerciales’ en los que adquirirlos. 

¿qué impacto tiene este hábito en el éxito reproductivo de la especie?

Y ello nos lleva a una nueva pregunta ¿Tienen estas decoraciones más suntuosas alguna consecuencia en el éxito reproductivo? “Sospechamos que las hembras podrían preferir a los machos cuando estos exhiben estos objetos, basándonos en el entusiasmo que muestran estos por incluir estas piezas artificiales en su exhibición” asegura Evans, quien afirma asimismo que en la ampliación de esta investigación pretenden dilucidar si este cambio en el comportamiento podría tener alguna consecuencia en el éxito reproductivo de estas aves. “Será interesante estudiar la respuesta conductual de las hembras cuando los machos presenten estas decoraciones artificiales durante el cortejo”, concluye. 

En resumen, estos resultados demuestran que la urbanización está transformando el cortejo del pájaro pergolero grande (Chlamydera nuchalis): los machos que residen en zonas urbanas están construyendo glorietas mucho más grandes y decoradas que sus vecinos rurales.

No es un cambio de preferencia, sino una consecuencia de un mayor acceso a los materiales de construcción. El estudio, sin embargo, plantea una pregunta aún por resolver: ¿son las hembras más receptivas a estas glorietas mejor decoradas? Todavía no lo sabemos, pero los científicos han concluido hasta qué punto la actividad humana puede modificar, aunque sea de un modo muy sutil, un concepto tan determinante en el mundo natural como es la selección sexual. 

© Foto: Caitlin Evans

Received — 18 July 2026 ⏭ National Geographic España

¿Se alimentaban las ardillas prehistóricas de carne de mamut?

18 July 2026 at 15:00

Es probable que para la mayoría de los lectores, la región ártica de Beringia les refiera un puente que durante las glaciaciones conectaba dos continentes, lo que permitió el paso de humanos y animales de un lado a otro. Sin embargo, este no siempre fue un simple lugar de paso.

Durante cientos de miles de años fue el hogar de innumerables criaturas que la poblaban durante los períodos glaciales, y albergó un nicho ecológico propio que permaneció intacto durante eones, un registro que conserva en su capa de permafrost. Un equipo de científicos equipado con las tecnologías actuales ha analizado restos de heces congelados por el tiempo, y se han llevado una intrigante sorpresa: los nidos de ardillas prehistóricas demuestran presencia de grandes herbívoros, entre ellos mamuts y bisontes de las estepas, e incluso carnívoros, desde antiguos lobos hasta pumas prehistóricos. ¿Qué significa este hallazgo?

Durante la última glaciación, ocurrida hace unos 110.0000 años, el descenso del nivel del mar dejó al descubierto una enorme extensión de terreno donde hoy se encuentra el estrecho de Bering. Sin embargo, mientras gran parte del hemisferio Norte quedaba sepultada bajo capas de hielo de kilómetros de espesor, la región de Bering permaneció libre de glaciares, lo que la convirtió en un refugio para numerosas especies de animales de aquella época. 

Aquel lugar no era tan inhóspito como hoy, sino que en él se tapizaba una frondosa estepa dominada por pastos que sostenía una variada y rica fauna de herbívoros, como el mamut lanudo o el bisonte estepario, que convivían con otros carnívoros, además de otros mamíferos de menor tamaño, como las ardillas prehistóricas, parientes lejanos de las especies actuales.

Un nicho ecológico con una identidad propia

Lo interesante es que Beringia no solo sirvió de puente para especies que ya existían en otros lugares. Sino que también fue un espacio donde poblaciones enteras de fauna se aislaron hasta formar un nicho ecológico particular, cuya singularidad demuestra su diferenciación ecológica, que dio pie a linajes propios que no pueden encontrarse en ningún lugar.

Un ejemplo revelador de esta singularidad lo encontramos en un lugar inesperado, según una investigación recién publicada en Nature. Los ecólogos extrajeron y analizaron el ADN ambiental conservado en coprolitos (heces fosilizadas) congeladas en el permafrost de la región de Yukón, en Canadá, con muestras de hasta 700.000 años de antigüedad. Descubrieron un linaje genético de ardillas del que nunca se había tenido constancia hasta la actualidad. Y eso no es todo, esos propios restos desvelaban por primera vez ADN de especies de herbívoros, como el mamut estepario, del que nunca se habían obtenido evidencias en esa región.

 

¿eran las ardillas realmente carnívoras?

Que nadie se lleve a engaño, es probable que algún lector imaginativo haya pensado en temibles ardillas voladoras que se lanzan a yugular a grandes herbívoros y otros depredadores de aquella era antediluviana. Nada más lejos de la realidad. Las ardillas prehistóricas no eran depredadoras, aunque es posible que sí que fueran carnívoras ocasionales, a la vista de las conclusiones de esta investigación.

Según explica a National Geographic España el coautor del estudio Duane G. Froese, de la Universidad de Alberta, los investigadores se esperaban este hallazgo. Un descubrimiento revelador, aunque lógico, desde el punto de vista evolutivo, explica. “Sabemos que las ardillas terrestres árticas actuales son carroñeras oportunistas, por lo que creemos que probablemente se alimentaban de los restos de mamuts que encontraban en el paisaje”. Una mera hipótesis que, de momento, aclara, no han podido comprobar.

¿Y qué ocurre con otros carnívoros, desde parientes de los lobos y los pumas, también hallados en los coprolitos? “Lo más probable es que intentaran entrar en el hibernáculo de las ardillas”, aunque, de la misma manera, se trata de una mera hipótesis que no han podido comprobar hasta la fecha.

"Los datos que observamos aquí son de un período corto de tiempo, y de baja cobertura, pero lo que lo hace especialmente interesante es la antigüedad de las muestras —apunta el científico—. Algunas son de hace unos 31.000 años, cuando sabemos que había nuevos clados de bisontes y mamuts que entraban a América del Norte por el puente de Bering. No sería descartable ver algún carnívoro que se dispersara junto con estos megahervívoros. 

Lo más importante del descubrimiento, asegura el experto, es que demuestra que el permafrost no solo conserva huesos, sino también el registro genético de ecosistemas enteros de Beringia a lo largo de cientos de miles de años. Eso, apunta, nos permite reconstruir cómo respondió la vida en el norte a los cambios climáticos del pasado con una precisión sin precedentes.

Una demostración de que aquella fauna antediluviana pudo adaptarse a un mundo cambiante con una extraordinaria resiliencia. Ojalá nuestra especie pueda decir lo mismo en el futuro. Si no, puede que guardemos en nuestros intestinos aquello que un día fuimos. 

© Foto: Jukka Jantunen/Shutterstock

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