Estudian momias chilenas y descubren restos de viruela europea: esto es lo que significa
La viruela mayor era una enfermedad terrorífica. Las personas que se contagiaban comenzaban a sentir un fuerte dolor de cabeza, fiebre alta y, a veces, vómitos. Después, una pequeña erupción empezaba a extenderse por la piel. Un indicativo de que todo iba a ir a peor. Poco a poco, la erupción se transformaba en dolorosas pústulas que desfiguraban el rostro y las extremidades, lo que podía provocar desde ceguera hasta infecciones graves por bacterias oportunistas. Tras varias semanas de tormento, las pústulas se transformaban en costras que, al caerse, dejaban en su lugar terribles cicatrices. Pero, aunque no lo parezca, pasar por todo el proceso era una buena noticia, porque al menos un tercio de las personas no vacunadas que se contagiaban de la viruela no llegaban a contarlo.
Por fortuna, el párrafo anterior está escrito en pasado porque desde el 26 de octubre de 1977, en Somalia, no ha habido casos de contagio natural de viruela. Por ello, desde 1980, la OMS la considera la única enfermedad infecciosa completamente erradicada de la Tierra. Uno de los logros más notables de las vacunas.
Sin embargo, en los siglos XV y XVI, cuando los europeos descubrieron que había más territorios en ultramar, los conocimientos microbiológicos eran mucho más limitados. Por ello, siempre se ha asumido que, en sus barcos, viajaban como polizones diversas enfermedades y, entre ellas, debía encontrarse el virus Orthopoxvirus variola, causante de la viruela. Pero hasta ahora no había pruebas empíricas, sólo evidencias en forma de documentos y relatos.
Dos momias, una misma cepa de viruela
No ha sido hasta recientemente que los investigadores del Trinity College de Londres han hallado restos del virus de la viruela en dos momias chilenas que datan de la época colonial. Estos resultados, publicados en un artículo de la revista Science, muestran una pieza clave de aquella época truculenta, puesto que son una prueba sólida de que la enfermedad provino del Viejo Continente. Según explican los autores, los virus encontrados en las momias corresponden a un linaje de viruela que emergió en Europa en 1296, previo a los linajes más modernos.
“Este descubrimiento ofrece la primera confirmación molecular de que la viruela fue introducida en América durante el periodo colonial”, afirma el Dr. Shigeki Nakagome, autor del estudio. Concretamente, los autores apuntan a tres vías distintas que están recogidas en documentos de la época. La primera vez que se reportó un brote de viruela fue en 1518, en el Caribe, que se expandió rápidamente por las poblaciones y llegó a México en 1520.
Como relatan las crónicas, la enfermedad llegó a las puertas del Imperio Inca en 1525 y siguió expandiéndose por los territorios hasta llegar a Chile a mediados del siglo XVI. En dicho territorio, la primera epidemia bien documentada data del 1561, pero se cree que pudo llegar varios años antes. Tras esto, el virus siguió causando estragos en oleadas, y se estima que, en pocos años, pudo causar entre tres y cuatro millones de muertos. Las muertes ocurrieron mayoritariamente entre las poblaciones indígenas que no habían tenido exposición previa a la enfermedad.
La viruela fue evolucionando a lo largo del tiempo
“Más allá de rastrear la llegada de la enfermedad, nuestro estudio también arroja nueva luz sobre cómo evolucionó la viruela”, explica Nakagome, y da paso a la Dra. Lara Cassidy, de la Facultad de Genética y Microbiología. “Descubrimos que el virus sufrió un largo periodo de cambios genéticos hasta el siglo XVI, pero que su evolución se ralentizó notablemente durante el apogeo de la expansión colonial y las grandes epidemias de viruela de los siglos XVII y XVIII”, indica la Dra.
El hallazgo sugiere que la viruela pudo alcanzar lo que los investigadores llaman un óptimo evolutivo. Este término se refiere a una configuración en la que el virus puede propagarse con éxito sin adaptarse, por lo que su genética se mantiene estable durante un largo periodo de tiempo. Probablemente, dicho óptimo fue posible gracias a que las poblaciones americanas no tenían ningún tipo de inmunidad natural contra el virus.
Como indican en el artículo, el periodo de estabilidad genómica de la viruela acabó en el siglo XIX, cuando comenzaron las campañas masivas de vacunación. Debido a que la población estaba más protegida, el virus tuvo que evolucionar para tratar de escapar del sistema inmunitario y seguir infectando, pero su ADN no pudo cambiar suficientemente rápido como para encontrar una nueva forma de infectar.
Bruno Romero González, primer autor del estudio, pone de relieve la importancia de esta unión entre historia y ciencia: “En conjunto, los hallazgos muestran cómo es probable que acontecimientos históricos importantes, como la colonización, los cambios demográficos y la vacunación, hayan influido en la evolución de una de las enfermedades infecciosas más devastadoras de la humanidad. A su vez, demuestran el potencial escondido en el ADN antiguo para resolver cuestiones históricas que llevan mucho tiempo sin respuesta”.
Una importante reflexión sobre la integridad en la investigación
Además de su dimensión científica, el artículo reabre un debate sobre la investigación con ADN antiguo, especialmente de países con menor inversión en financiación. La coautora de correspondencia del estudio, la Dra. Constanza de la Fuente Castro, de la Universidad de Chile, explica que el problema radica en que, para obtener las muestras necesarias para realizar los análisis, se ha de destruir parte de los restos arqueológicos, que son únicos e irremplazables. “Esto plantea dudas acerca del consentimiento, la gestión responsable y la conservación futura de dichos restos”, afirma.
Además, afirma que existe una relación asimétrica en la investigación entre los países del hemisferio norte y del sur. “Las muestras viajan desde el Sur Global, mientras que la financiación, el análisis y la toma de decisiones (así como la autoría principal y la de los autores correspondientes que se derivan de ello) siguen concentradas en instituciones del Norte Global”, apunta.
Por tanto, aunque en la actualidad existen ciertas directrices sobre la participación comunitaria que incluyen una rendición de cuentas, la realidad es que su cumplimiento sigue siendo voluntario. Por ello, “Me gustaría que las revistas científicas y los organismos financiadores exigieran un liderazgo conjunto local documentado, una procedencia transparente y registros de consentimiento, además de una inversión sostenida en la capacidad de los laboratorios de los lugares de donde proceden los restos”, concluye la investigadora.
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