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Received — 18 July 2026 ⏭ National Geographic España

El polvo del Sáhara conquista Europa: la amenaza que crece mientras disminuye la contaminación

17 July 2026 at 16:00

Durante décadas, Europa ha librado una batalla constante contra la contaminación atmosférica. Las emisiones procedentes del tráfico, la industria y la calefacción doméstica han disminuido gracias a normativas cada vez más estrictas, dibujando un horizonte de aire progresivamente más limpio. Pero la atmósfera nunca permanece inmóvil. Mientras una fuente de contaminación retrocede, otra avanza desde miles de kilómetros de distancia.

Ese nuevo protagonista llega desde el mayor desierto cálido del planeta. El polvo sahariano, responsable de las conocidas calimas que tiñen de ocre los cielos europeos, está aumentando de forma sostenida. Lo que hasta hace poco se consideraba un fenómeno natural ocasional comienza a consolidarse como un desafío creciente para la calidad del aire y la salud pública, estrechamente relacionado con un clima que continúa transformándose.

Un desierto cada vez más presente sobre Europa

Una investigación internacional liderada por el Instituto Paul Scherrer (Suiza), con participación del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC), ha reconstruido la evolución del polvo desértico en Europa a partir de los datos de más de cien estaciones de medida distribuidas por todo el continente. Los resultados, publicados en Nature, muestran que la concentración de polvo procedente de los desiertos africanos ha aumentado entre un 10 y un 25 % durante la última década.

Los investigadores estiman que la concentración media alcanza 5,3 microgramos por metro cúbico (µg/m³) en el sur de Europa, mientras que en episodios especialmente intensos estas cifras llegan a ser más del doble que las registradas en el centro y norte del continente. La península ibérica constituye una de las regiones más expuestas por su proximidad al norte de África.

Según explica Xavier Querol, investigador del IDAEA-CSIC y coautor del estudio, España experimenta intrusiones de aire africano durante aproximadamente un tercio del año, una frecuencia suficiente para que en numerosos episodios se superen los límites diarios recomendados para las partículas en suspensión.

Los científicos atribuyen este incremento a una combinación de factores. Por un lado, la modificación de la circulación atmosférica favorece la llegada de masas de aire africanas hacia Europa. Por otro, la creciente aridez observada en algunas regiones del norte de África facilita que enormes cantidades de sedimentos sean levantadas por el viento y transportadas a través del Mediterráneo. Todo ello encaja con las proyecciones climáticas que relacionan el calentamiento global con la expansión de las zonas desérticas y el aumento de las sequías.

España, en la primera línea de la calima

Aunque el fenómeno afecta a buena parte del continente, España soporta una de las mayores exposiciones de Europa. Canarias encabeza la clasificación: alrededor del 40 % de los días del año registra episodios de polvo africano. En el sur peninsular la frecuencia ronda el 35 %, mientras que en el noreste alcanza aproximadamente entre el 25 y el 30 %.

La explicación reside en la meteorología. Habitualmente, los vientos alisios transportan el polvo hacia el Atlántico y el Caribe. Sin embargo, determinadas configuraciones atmosféricas (como la presencia de un anticiclón sobre el norte de África o una borrasca próxima al cabo de San Vicente) desvían esas masas de aire directamente hacia la península Ibérica.

En los episodios más extremos, las cifras alcanzan valores extraordinarios. La normativa europea recomienda no superar los 50 µg/m³ diarios de partículas PM10, pero durante algunas intrusiones se han medido concentraciones cercanas a 3.000 µg/m³ en Almería y superiores a 1.000 µg/m³ en zonas del centro peninsular, valores decenas de veces superiores al umbral recomendado.

Lejos de tratarse únicamente de un fenómeno visual, estas nubes minerales alteran la composición del aire durante varios días y pueden afectar de forma significativa a la visibilidad, el transporte y las actividades al aire libre.

Un desafío creciente para la salud pública

El incremento del polvo sahariano plantea una paradoja ambiental. Europa está reduciendo con éxito las emisiones generadas por la actividad humana, pero una fuente natural de partículas amenaza con compensar parte de esos avances.

Además, el polvo no siempre viaja solo. Durante su recorrido puede incorporar contaminantes industriales emitidos en regiones del norte de África, donde las normativas ambientales son, en algunos casos, menos estrictas que las europeas. Esta mezcla incrementa el interés científico por comprender mejor los efectos reales de estas intrusiones.

Las consecuencias sobre la salud ya habían sido observadas hace años. Un estudio desarrollado por investigadores del IDAEA-CSIC y del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) encontró que la mortalidad aumenta durante los episodios de polvo africano en comparación con los días sin estas intrusiones, especialmente entre personas con enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Aunque el origen del polvo sea natural, su creciente frecuencia y la influencia del cambio climático convierten este fenómeno en un problema sanitario cada vez más relevante.

Para reducir sus efectos, los investigadores proponen extender a toda Europa sistemas de alerta temprana similares a los ya existentes para los episodios de contaminación urbana. En España, el IDAEA-CSIC y el CIEMAT mantienen desde 2001 un sistema de predicción que avisa con 24 horas de antelación a redes de calidad del aire, hospitales y servicios sanitarios, permitiendo que los colectivos más vulnerables puedan adoptar medidas preventivas antes de la llegada de una nueva calima.

En un continente donde el aire parecía encaminarse hacia una recuperación progresiva, el desierto recuerda que las fronteras atmosféricas apenas existen. Cada grano de arena transportado por el viento narra una historia de cambios climáticos, circulación global y paisajes que evolucionan. Comprender esa historia será esencial para proteger la salud de millones de europeos en un futuro donde el cielo, cada vez con mayor frecuencia, podría adquirir el inconfundible color del Sáhara.

© Cordon Press

Received — 16 July 2026 ⏭ National Geographic España

La roca espacial que atravesó un tejado podría revelar el origen de la vida

16 July 2026 at 12:00

Un equipo de científicos ha confirmado que el meteorito que impactó contra una vivienda de Nueva Jersey contiene restos de antiguas salmueras ricas en sales y una extraordinaria diversidad de moléculas orgánicas, una combinación que podría arrojar nuevas pistas sobre el origen de la vida en la Tierra. El hallazgo, publicado en Science Advances, convierte a este fragmento de roca espacial en uno de los meteoritos más valiosos jamás recuperados tras una caída observada.

Lo más extraordinario es que el meteorito fue recogido apenas unos minutos después del impacto, evitando que la humedad, el oxígeno o la contaminación terrestre alteraran sus minerales y compuestos químicos. Gracias a esa rápida actuación, los investigadores han podido estudiar prácticamente intacto un fragmento de un antiguo asteroide que conserva información de hace más de 4.500 millones de años.

Un viaje de millones de kilómetros que terminó en el dormitorio de una casa

El 16 de julio de 2024, una brillante bola de fuego cruzó el cielo sobre Nueva York a unos 14,4 kilómetros por segundo, equivalente a más de 51.000 kilómetros por hora. El fenómeno fue acompañado por un potente estampido sónico que fue percibido por decenas de personas en varios estados del noreste de Estados Unidos.

Las cámaras de vigilancia y los registros de radar permitieron reconstruir su trayectoria hasta el cinturón principal de asteroides. Durante la entrada atmosférica, la roca se fragmentó violentamente y uno de los mayores fragmentos, de algo más de un kilogramo, perforó el tejado de una vivienda en Hillsborough, Nueva Jersey.

El propietario describió un fuerte olor parecido al azufre y encontró el dormitorio cubierto por polvo negro y pequeños fragmentos del meteorito. Lejos de manipularlos directamente, utilizó guantes desechables, papel de aluminio y recipientes de vidrio para conservarlos, una decisión que resultó fundamental para preservar su enorme valor científico.

Pero había un detalle que nadie esperaba encontrar. Los análisis mineralógicos revelaron que se trataba de una rara condrita carbonácea CM1/2, una categoría extremadamente escasa. De hecho, solo es el segundo meteorito de este tipo cuya caída ha sido observada y recuperada en condiciones casi perfectas, lo que ofrece una oportunidad excepcional para estudiar los materiales más primitivos del Sistema Solar.

Las huellas de antiguas salmueras escondidas en un asteroide

Al examinar el interior del meteorito, los investigadores identificaron pequeños fragmentos extraordinariamente ricos en sales minerales. Estas sales son la prueba de que, hace miles de millones de años, existieron líquidos muy concentrados en el interior del asteroide del que procedía la roca. Según los autores, el agua líquida se evaporó lentamente cerca de la superficie del cuerpo progenitor, dejando depósitos salinos similares a las salmueras que hoy existen en algunos ambientes extremos de la Tierra.

Este resultado acerca al meteorito de Hillsborough a los materiales recuperados recientemente por las misiones Hayabusa2, de la agencia espacial japonesa, y OSIRIS-REx, de la NASA, que trajeron muestras de los asteroides Ryugu y Bennu con evidencias similares de alteración por agua salada. ¿Por qué resulta tan importante este descubrimiento?

Porque las salmueras representan auténticos laboratorios químicos naturales. Las altas concentraciones de sales favorecen reacciones entre minerales y moléculas orgánicas, además de mantener elementos esenciales como el fósforo disueltos durante largos periodos. En otras palabras, ofrecen un entorno ideal para producir compuestos cada vez más complejos.

Moléculas que pudieron sembrar la Tierra primitiva

Los investigadores también identificaron una notable colección de compuestos orgánicos solubles, entre ellos aminoácidos, ácidos carboxílicos y otras moléculas consideradas fundamentales en la química prebiótica.

Los análisis isotópicos de carbono y nitrógeno confirman que estos compuestos son característicos de las condritas carbonáceas primitivas, reforzando la hipótesis de que meteoritos como este pudieron transportar ingredientes esenciales para la aparición de la vida cuando bombardeaban la Tierra hace más de 4.000 millones de años.

Otro de los resultados más llamativos fue la detección de compuestos organometálicos con magnesio. Aunque los científicos aún investigan su origen exacto, creen que podrían haberse formado mediante reacciones químicas impulsadas por aquellas antiguas salmueras presentes en el asteroide.

La distribución de los aminoácidos indica además que muchas de estas moléculas no se originaron durante el impacto sobre la Tierra, sino dentro del propio asteroide, donde el agua y los minerales actuaron durante millones de años como un gigantesco reactor químico natural.

Cada nuevo análisis de este meteorito ofrece una ventana única al pasado del Sistema Solar. Más que una simple roca caída del espacio, representa un archivo geológico casi intacto de los procesos que ocurrieron cuando los planetas aún estaban formándose.

© Seti Institute

La Vía Láctea esconde un azúcar clave para el origen de la vida

15 July 2026 at 16:02

Un equipo de científicos ha confirmado que la eritrulosa, un azúcar de cuatro átomos de carbono presente en alimentos como las frambuesas, existe también en una gigantesca nube molecular situada cerca del centro de la Vía Láctea. Es la primera vez que un azúcar es detectado en el medio interestelar, un hallazgo que refuerza la idea de que algunos de los ingredientes fundamentales para la vida podrían ser mucho más comunes en el universo de lo que se pensaba.

La molécula fue identificada en la nube molecular G+0.693−0.027, situada a unos 26.000 años luz de la Tierra, gracias a observaciones realizadas con los radiotelescopios españoles Yebes de 40 metros e IRAM de 30 metros. Los resultados, publicados en Nature Astronomy, sugieren que la química necesaria para fabricar moléculas biológicas complejas puede desarrollarse incluso antes de la formación de estrellas y planetas.

Un azúcar inesperado en uno de los lugares más extremos de la galaxia

Durante décadas, la búsqueda de vida fuera de la Tierra ha estado dominada por dos protagonistas: el agua y el carbono. Sin embargo, este descubrimiento recuerda que los azúcares también son piezas imprescindibles del rompecabezas biológico. Sin ellos no existirían muchas de las moléculas responsables del almacenamiento de energía, la estructura celular o el material genético.

La eritrulosa pertenece a la familia de las cetosas y contiene cuatro átomos de carbono. En nuestro planeta puede encontrarse de forma natural en pequeñas cantidades en frutas como las frambuesas, pero jamás había sido identificada en el espacio interestelar.

El hallazgo fue posible gracias a campañas de observación extremadamente sensibles realizadas con los telescopios de Yebes e IRAM. Posteriormente, los investigadores compararon las señales detectadas con mediciones espectroscópicas obtenidas en laboratorio, confirmando sin ambigüedades la presencia de esta molécula.

Pero hay un detalle que ha sorprendido incluso a los propios investigadores. Los modelos químicos indican que la eritrulosa podría ser al menos ocho veces más abundante que otros azúcares más simples de tres carbonos, que siguen sin aparecer incluso en observaciones de máxima sensibilidad. Esto sugiere que las condiciones químicas del espacio favorecen rutas de síntesis muy distintas de las imaginadas hasta ahora.

Una pista sobre cómo comenzó la química de la vida

Más allá de la curiosidad química, el descubrimiento tiene implicaciones profundas para comprender el origen de la vida. La eritrulosa puede transformarse con relativa facilidad en otros azúcares más directamente relacionados con la biología terrestre. Entre ellos se encuentra la treosa, considerada por muchos investigadores como una posible precursora de los primeros ácidos nucleicos que, millones de años después, acabarían evolucionando hacia el ARN y el ADN.

Los autores del estudio sostienen que estas transformaciones podrían producirse cuando estas moléculas llegan a entornos ricos en agua, como asteroides, cometas o planetas jóvenes. En otras palabras, parte de la química necesaria para construir la vida podría llegar ya preparada desde el espacio.

No sería la primera vez que ocurre algo parecido. En los últimos años, numerosas misiones espaciales han encontrado compuestos orgánicos complejos en meteoritos y asteroides. Las muestras recogidas por la misión OSIRIS-REx del asteroide Bennu revelaron la presencia de ribosa, el azúcar que forma el esqueleto del ARN, además de glucosa y otras moléculas esenciales para la biología.

El universo podría fabricar los ingredientes de la vida mucho antes de que existan los planetas

Los investigadores utilizaron modelos cuánticos y simulaciones astroquímicas para reconstruir el posible origen de la eritrulosa. Según sus cálculos, la molécula puede sintetizarse sobre diminutos granos de polvo interestelar mediante reacciones entre aldehídos y alcoholes muy sencillos presentes en las nubes moleculares.

Esto significa que los ingredientes básicos de la vida podrían empezar a fabricarse millones de años antes del nacimiento de un sistema planetario. Cuando posteriormente esas nubes colapsan para formar estrellas, planetas, cometas y asteroides, parte de esas moléculas podrían quedar incorporadas a los nuevos mundos.

La nube G+0.693−0.027 resulta especialmente interesante porque constituye uno de los entornos químicamente más ricos conocidos en la galaxia. Allí ya se han identificado decenas de moléculas orgánicas complejas, convirtiéndola en una especie de laboratorio natural donde la química prebiótica parece desarrollarse con enorme eficiencia.

Pero quizá la conclusión más fascinante es otra. Si un azúcar tan complejo puede formarse espontáneamente en una nube situada cerca del turbulento centro galáctico, resulta razonable pensar que procesos similares ocurran en innumerables regiones de la Vía Láctea e incluso en otras galaxias.

© iStock

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